Civilización o barbarie encuentro internacional «Desafíos y problemas del mundo contemporáneo»



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CIVILIZACIÓN O BARBARIE

Encuentro internacional «Desafíos y problemas del mundo contemporáneo»


Una periodización de las prácticas sociales genocidas

en la Argentina
Gabriela Roffinelli (

La barbarie reaparece, pero esta vez ella es engendrada en el propio seno de la civilización y es parte integrante de ella. Es una barbarie leprosa, la barbarie como la lepra de la civilización”.



Karl Marx

"Para comprender el por qué de los fusilamientos en la Patagonia tiene que ser militar. A nosotros se nos ordenó solucionar el problema de cualquier manera. Y cumplimos con la orden. No podíamos volver a Buenos Aires y decir: Señor Presidente, nos dio lástima esa gente. No: lo que valía era la solución absoluta del problema. Y nosotros lo solucionamos. Nunca más, durante cincuenta años, hubo huelgas en el Sur".

Testimonio de uno de los oficiales del teniente coronel Héctor Varela

represor de los huelguistas de la Patagonia (1921)


Civilización y barbarie

Aquí el capitalismo descubre su cabeza de cadáver, aquí confiesa que su derecho a la existencia ha caducado, que la continuación de su dominación ya no es compatible con el progreso de la humanidad”.



Rosa Luxemburgo

El genocidio perpetrado por los nazis y todos los genocidios que se efectuaron a lo largo del siglo XX en diversos rincones del mundo (América Latina, Europa, Ruanda, Camboya) no fueron el resultado de una recaída en un salvajismo ancestral sino - por el contrario - la aparición de una barbarie plenamente moderna y capitalista.

Barbarie que no podría comprenderse fuera de las estructuras constitutivas de la moderna civilización capitalista: la técnica, la industria, la división del trabajo, la organización burocrática – racional y el monopolio estatal de la violencia. Y justificada por una ideología moderna que se apoya en la ciencia, en la biología, en la higiene social y en la teoría social darwiniana. Se trata, entonces- desde el punto de vista de su ideología y de su estructura - de una barbarie específicamente moderna.

En este sentido el sociólogo Zygmunt Bauman sostiene que el icono de la barbarie moderna lo constituye Auschwitz por su estructura de fábrica de muerte, científica y técnicamente organizada, pero sobre todo porque es un producto típico de la cultura racional burocrática, que elimina de la gestión administrativa toda interferencia moral y toda responsabilidad.



Esta nueva fase de barbarie moderna se inauguró con la Primera Guerra Mundial y aún permanece abierta. Es a partir de la Primera Guerra Mundial, que Rosa Luxemburgo – en su trabajo “La crisis de la socialdemocracia” (1915) - plantea que la verdadera disyuntiva a la que se enfrenta la humanidad no es “civilización o barbarie” sino “socialismo o barbarie”. Para Rosa dentro de la civilización moldeada por el capitalismo no existe alternativa humanista posible, sólo en una civilización construida sobre las bases del socialismo es posible un futuro para la humanidad. Tempranamente advierte que la barbarie a la que nos enfrentamos no implica volver a un pasado tribal, primitivo y salvaje, sino más bien una barbarie eminentemente moderna.

El sociólogo Michael Löwy sintetiza los rasgos que definen la barbarie como propiamente moderna:



  • Utilización de medios técnicos modernos. Industrialización del homicidio.

  • Exterminación en masa gracias a tecnologías científicas de punta.

  • Impersonalidad de la masacre. Poblaciones enteras –hombre y mujeres, niños y ancianos- son "eliminados" con el menor contacto personal posible entre quien es el que toma la decisión y las víctimas.

  • Gestión burocrática, administrativa, eficaz, planificada, "racional" (en términos instrumentales) de los actos de barbarie.

  • Ideología legitimadora de tipo moderno: "biológica", "higiénica", "científica" (no religiosa ni tradicionalista).

  • Todos los crímenes contra la humanidad, genocidios y masacres del siglo XX no son modernos en el mismo grado: el genocidio de los armenios en 1915, el llevado a cabo por Pol Pot en Camboya, aquel de los tutsis en Ruanda, etc., asocian, cada uno de manera específica, características modernas y arcaicas”.*)

Los crímenes en masa meticulosa y pormeronizadamente planificados, burocráticamente organizados y ejecutados por la fuerza del Estado moderno no significan un regreso – simple y llano - a una época de barbarie superada por la civilización sino que son parte de la civilización capitalista. “Simplemente, la barbarie es una de las manifestaciones posibles de la civilización industrial/capitalista moderna –o de su copia “socialista” burocrática.1

Lamentablemente, a lo largo de todo el siglo XX, la barbarie constituyó el rasgo dominante de la época y podemos decir lo mismo de los inicios del presente siglo; sólo con considerar la actual situación en Irak y Palestina. Los genocidios perpetrados constituyen una ruptura con la herencia humanista y universalista de los iluministas y un ejemplo terrible de las potencialidades negativas y destructivas la civilización capitalista. Al mismo tiempo que ponen en jaque la concepción de la historia como progreso ineluctable, inevitable, garantizado por leyes "objetivas" del desenvolvimiento económico.

No se trata de sustentar el fracaso de la modernidad a partir de la existencia de Auschwitz, ni de postular un regreso a un pasado arcaico, pre-moderno – como proponen los culturalismos - , ni de renunciar a uno de los principales aportes de la Ilustración: la idea de que el hombre es el artífice de su propio destino, el hacedor de su propia historia y que ya no está sometido a la voluntad de fuerzas sobrenaturales o divinas.



Pero sí de advertir que el devenir de la modernidad occidental está indisolublemente ligada al desarrollo del capitalismo y a la barbarie, en tanto, una de sus caras. La modernidad capitalista ha dado lo mejor y lo peor a la vez.

Los intelectuales de la Escuela de Frankfurt oportunamente advirtieron acerca de esta dialéctica de la contradicción propia de la modernidad. W. Benjamin se bien reconocía el aporte positivo del desarrollo de la ciencia y de la técnica se preocupaba más por su dominio social. “No se puede confiar ilimitadamente en I.G. Farben y en el perfeccionamiento pacífico de la Luffwaffe.” Señalaba en forma dramáticamente premonitoria en 1929.

También Marx – como señala lucidamente Michael Löwy – pensó la historia como progreso y catástrofe a la vez, sin favorecer ninguno de los dos aspectos. En este sentido Frederic Jameson sostiene que “Marx nos exige hacer lo imposible es decir pensar el desarrollo (del capitalismo) positiva y negativamente a la vez. Se trata de una forma de pensar que sería capaz de captar simultáneamente los rasgos demostrablemente siniestros del capitalismo y su dinamismo extraordinario y liberador en un solo pensamiento y sin atenuar la fuerza de ninguno de los dos aspectos. Debemos abrir nuestra mente hasta poder comprender que el capitalismo es a la vez la mejor y la peor cosa que jamás le ha ocurrido a la humanidad”.2

De allí que los considerados fracasos de la modernidad son en realidad el resultado del despliegue del capitalismo. Pero sobre todo las más claras señales de que – el capitalismo - no es compatible con el “progreso de la humanidad”. Son los inicios “de que ha llegado (el capitalismo) al final del recorrido a lo largo del cual todavía podía parecer sinónimo de progreso, a pesar de sus propias contradicciones. Hoy día entonces la elección «socialismo o barbarie» es verdaderamente aquella a la cual la humanidad está confrontada”.3

Creemos que - para conjurar la barbarie - el capitalismo debe ser superado por un socialismo que marque una diferencia cualitativa en la historia de la humanidad. Es decir tendrá que significar una verdadera transformación social en el ámbito cualitativo, no sólo un mero cambio de sistema económico sino una verdadera transformación de los valores sociales y morales.

En este sentido H. Marcuse señalaba que una auténtica transformación social no significa sustituir un sistema de servidumbre por otro sistema de servidumbre sino que implica un profundo cambio del sistema mismo en su conjunto.

La crítica del capitalismo deberá a su vez establecer reglas alternativas para la organización social, así como valores alternativos. Dicha crítica deberá representar entonces un sistema de racionalidad alternativo que nosotros seguimos llamando socialismo.

Hacia la conformación de la barbarie argentina.
En menos de un siglo la barbarie se ha extendido hacia todos los rincones del mundo. El paradigma lo constituye obviamente el genocidio perpetrado por los nazis con sus campos de exterminio, sus cámaras de gas y sus millones de muertos. Pero lamentablemente este no ha sido el único. La lista es larga: comienza4 en 1915 con el millón de armenios asesinados en Turquía y continúa en el siglo XXI.

Preguntarse qué factores políticos, sociales y culturales contribuyen a generar las condiciones de posibilidad para que sistemáticos y planificados asesinatos en masa se produzcan es imprescindible si queremos avanzar en el conocimiento de estos hechos y, en el mejor de los casos, impedir que se repitan.

Se tratar de entender ¿cómo fue y es posible secuestrar, torturar y asesinar en forma masiva5 en el seno de sociedades - muchas veces - consideradas “civilizadas y modernas”?. ¿Cómo pudieron y pueden existir campos de concentración, tortura y muerte?.6

Entendemos que no es posible pensar el desarrollo de un proceso genocida sólo como obra de unos militares desquiciados. Una violación masiva de los derechos humanos exige un alto grado de organización, una planificación sistemática, la participación activa de grandes sectores de la sociedad y la complacencia acrítica de otros.7

Partimos del supuesto de que un genocidio se define por el nivel de sistematicidad y planificación con que una fuerza social - con control del aparato estatal - decide eliminar a una fracción determinada de la población, sin importar las características a partir de las cuales define a las víctimas de este tipo de accionar. Es decir, entendemos un genocidio a partir de las prácticas sociales de aniquilamiento desarrolladas por una fuerza social y no a partir de las características peculiares de las víctimas; como hacen algunos investigadores restringiéndose a la Declaración de las Naciones Unidas para la Sanción y Prevención del delito de genocidio.

Creemos que un genocidio debe definirse a partir de un tipo de práctica social “con sus características, con sus instrumentos teóricos y prácticos, con sus formas de adiestramiento, con su tecnología particular y sus técnicas específicas. Es por ello que resulta de vital importancia descubrir cómo se construye un genocidio y cómo se construye a sus protagonistas (tanto víctimas como perpetradores)”.8



Si realmente queremos avanzar en el conocimiento de estos hechos horrorosos, para tratar – en el mejor de los casos – de evitar que ser repitan, debemos comprender que un asesinato en masa no se realiza de un día para otro sino que es un proceso social que se construye lentamente.

Desde esta perspectiva, en el presente trabajo intentaremos analizar el genocidio argentino siguiendo la propuesta de periodización de las prácticas sociales genocidas realizada por el sociólogo argentino Daniel Feierstein9 en su libro Seis estudios sobre genocidio. Análisis de las relaciones sociales: otredad, exclusión y exterminio .

Ya Bruno Bettelheim, sobreviviente de los campos de concentración nazis, examinando la falta de oposición al genocidio daba cuenta del mismo como de un proceso gradual. “Hasta cierto punto la ausencia de oposición se debió a la intensa propaganda antisemita y al hecho de que al principio los tornillos que privaban a los judíos del espacio para respirar fueron apretados lentamente. Resultaría pesado repetir aquí las sucesivas medidas que primero convirtieron a los judíos en ciudadanos de segunda clase, luego les despojaron de todos sus derechos civiles y les impidieron ejercer sus profesiones, después les prohibieron ganarse la vida y asistir a reuniones públicas, al mismo tiempo que sus hijos eran excluidos de la escuela; de qué manera primero se ridiculizó a los judíos públicamente, luego se les atacó físicamente, después se les encarceló y finalmente se les internó en los campos.”10

Abordar el genocidio como un proceso social, es decir como el desarrollo sistemático de un conjunto de prácticas sociales, posibilita indagar con mayor minuciosidad las distintas fases que lo conforman:



  1. La construcción del otro negativo (que será exterminado) busca marcar y diferenciar a aquellos que “ponen en peligro” al conjunto de la sociedad.

  2. El hostigamiento que se ejerce sobre el otro negativo prepara y adiestra a la fuerza genocida.

  3. El aislamiento destruye los lazos sociales solidarios del otro y lo recluye.

  4. El debilitamiento quiebra la resistencia del otro.

  5. El exterminio significa la desaparición del otro negativo tanto material como simbólicamente.

En síntesis un genocidio, por lo tanto, debe definirse en función de un tipo de práctica, que procede a la marcación de un sujeto social como “otro negativo”, a su hostigamiento y aislamiento dentro de la estructura social y al montaje de todo un conjunto de acciones destinadas a secuestrarlo del ámbito de su existencia social y a aniquilarlo.

Trataremos de analizar el proceso genocida argentino (1975-1983) desde esta concepción teórica y utilizando la periodización establecida aunque siempre teniendo en cuenta que la realidad social no puede ser encorsetada en categorías analíticas estancas, sino que estás últimas cumplen la modesta función de servirnos de guías y ayuda para analizar los procesos sociales concretos.


Contexto histórico - social
A finales de los años ’60 se vivió en Argentina un auge de la conflictividad social. La dictadura encabezada por Onganía (1966-1970) había establecido un asfixiante régimen político y social que estalló en mayo de 1969 con las masivas movilizaciones callejeras producidas en las ciudades de Rosario y Córdoba. Movilizaciones que rápidamente se extendieron al resto del país.

Constituyeron verdaderas insurrecciones protagonizadas por la clase obrera y el pueblo, con luchas en las calles, fogatas y levantamiento de barricadas y enfrentamientos masivos contra la política y el ejército. Con el paso de los años el Cordobazo se convirtió en el emblema de todas ellas.

Desde mediados de la década se venía gestando un fuerte descontento social que se manifestó más claramente en los sindicatos, en las universidades y hasta en el seno de la iglesia católica.

Surgió una nueva tendencia interna en el seno del movimiento obrero que posibilitó la emergencia de dirigentes sindicales que respondían más a sus bases y que se oponían frontalmente a la política del gobierno de Onganía y a la burocracia sindical.11 Como por ejemplo Raimundo Ongaro (gráficos), Agustín Tosco (Luz y Fuerza de Córdoba), René Salamanca (SMATA) y Leandro Fote (FOTIA) que se nuclearán - a partir de 1968 - en la Confederación General de los Trabajadores Argentinos (CGTA).12

Al mismo tiempo en la universidades13 crecía el descontento y se conformaba una dirigencia estudiantil solidaria – cada vez más - con los reclamos de los sectores obreros. Durante las luchas del movimiento estudiantil de la provincia de Corrientes – en contra el aumento de los vales del comedor universitario - es asesinado por la policía, el estudiante Juan José Cabral (14 de mayo 1969). Esto dio origen a numerosas aciones obreras y populares de repudio por todo el país.

Apenas dos días después en la ciudad de Rosario, provincia de Santa Fe una movilización impulsada por el movimiento estudiantil en homenaje a Cabral, es reprimida ferozmente, produciéndose la muerte - a manos de la policía - de otro estudiante: Adolfo Bello. Hecho que desembocó – el 21 de mayo de 1969 - en la movilización obrera y popular conocida como el Rosariazo.

Unos días después (el 29 mayo) se produce el histórico Cordobazo y entre el 10 y 16 de septiembre de ese mismo año se produce el segundo Rosariazo. Todas ellas constituyen luchas callejeras protagonizadas por obreros y estudiantes – con un amplio apoyo de la población – contra la dictadura de Onganía.

Inclusive así lo analizará, unos años después, el ex presidente de facto Lanusse (1970-1972): “Estoy totalmente seguro – le dije (a Onganía) – que esto (el Cordobazo) estuvo lejos de ser obra exclusiva de la subversión. Los elementos subversivos actuaron y, en algún momento, marcaron el ritmo. Pero en la calle se vivía el descontento de toda la gente. (...) Puedo decir que fue la población de Córdoba, en forma activa o pasiva, la que demostró que estaba en contra del Gobierno Nacional en general y del Gobierno Provincial en particular”.14

Al calor de las insurrecciones callejeras se consolida la alianza popular obrera y estudiantil y surgen - en todo el país - las organizaciones guerrilleras. A su vez, “la dura represión de las movilizaciones obreras, junto con los ejemplos del Che Guevara en Bolivia, Camilo Torres en Colombia y la guerra de Vietnam, dieron lugar a una fuerte discusión en torno a la necesidad de iniciar la lucha armada en la Argentina.”15

Numerosas fueron las agrupaciones armadas que para entrada la década de 1970 realizaban sus actividades. Hacia comienzos de la década existían alrededor de 17 grupos armados de los cuales cinco tuvieron alcance nacional. Estos cinco fueron: Fuerzas Armadas Peronista (FAP), las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), Fuerzas Armadas de Liberación (FAL), Montoneros y Partido Revolucionario de los Trabajadores- Ejercito Revolucionario del Pueblo (PRT- ERP). Aunque fueron el PRT-ERP y Montoneros los de mayor envergadura organizativa en todo el país.

En 1974, el PRT-ERP lanzó la Compañía de Monte “Ramón Rosa Giménez” con entre 50 y 100 combatientes armados en los montes tucumanos. Recuerda José un ex combatiente de dicha guerrilla rural “Teníamos todas las condiciones, no solo el apoyo de la gente, sino, hasta de la estructura de inteligencia, de informar a la gente, de seguir los pasos (...) Cuando se abre el frente rural es a caballo de todo el trabajo previo que habíamos realizado”.

La simpatía que manifestaba la población con las organizaciones sociales y armadas comenzó a preocupar seriamente a la burguesía argentina. En este sentido un terrateniente tucumano, J. M. Avellaneda (quién prestó sus tierras, desde los inicios del Operativo Independencia16, para que sirvieran de base militar) manifiesta que: “La población antes de que llegara el Ejército, estaba en un 90% con la subversión. (...) El almacenero les daba víveres, el otro pasaba información. Le repito: consciente o inconscientemente, queriendo o no queriendo, estaban a favor de la subversión. (...) ¡La mitad de mis obreros estaba con la subversión!”17

Crisis de Hegemonía

Esta situación - brevemente descripta anteriormente - estaba dando cuenta de una crisis de hegemonía u orgánica18 en la Argentina de fines de los años ‘60. En este mismo sentido el sociólogo Juan Carlos Marín argumenta queLa crisis de la ideología burguesa en la conciencia obrera era algo que ya se reflejaba en su permeabilidad hacia los combatientes armados de los movimientos revolucionarios; así como en su decisión creciente de otorgarle a los enfrentamientos una fuerza y orientación que superaba la establecida por las conducciones corporativas y políticas tradicionales del peronismo”.19



En realidad, en Argentina a partir del golpe de Estado de 1955, que derrocó al gobierno peronista ningún sector social logró convertirse en hegemónico. Es decir, no se pudo constituir un modelo estable de hegemonía orgánica ya que ninguna alianza social se encontró en condiciones de subordinar al resto de la sociedad bajo su dominio y de imponer su proyecto económico, social y político. Con la particularidad de que todos los sectores, a su vez, conservaron la capacidad de vetar los proyectos de los demás, produciendo una situación, que el sociólogo Juan Carlos Portantiero denomina, de “empate hegemónico”. Se abre, entonces, a partir de 1955 un largo período de “crisis orgánica”, de ahí que se sucedieran frecuentes crisis e inestabilidades políticas y sociales.

Si bien, Portantiero marca 1955 como el punto de inicio de una crisis de hegemonía en Argentina, destaca que es entre 1969 y 1970 el momento histórico de profundización de la misma y de la emergencia de una verdadera crisis, social, cultural y política, es decir “una verdadera crisis orgánica”.20



La permanencia del orden establecido comenzó a ponerse en duda por la acción de los sectores populares que con sus constantes demandas económicas – corporativas, pero sobre todo con sus reclamos de carácter político, ponían en jaque la precaria gobernabilidad imperante.

Las luchas sociales que se produjeron con el objetivo de enfrentar la política económica y social excluyente de la dictadura de Onganía – Levinston – Lanusse,21 tuvieron sucesivas derrotas pero, a pesar de ello, se logró articular una fuerza social22 constituida por una alianza de carácter popular entre las fracciones más perjudicadas por el régimen. Sobre dicha fuerza social – a partir de enero de 1975 con el Operativo Independencia - se ejerció el aniquilamiento. Pero la misma, no surgió “espontáneamente” (como pudiera aparecer ante las representaciones imaginarias del sentido común) ni tampoco repentinamente. Por el contrario, constituyó el punto de llegada de un largo proceso de génesis histórica conformada a partir de los enfrentamientos, alineamientos, rupturas históricas y realineamientos sucesivos frente a la fuerza social dominante.



Esta génesis social generó, como contrapartida, que la represión concentrara cada vez más - en su fase de respuesta estratégica (social y política) de clase- su accionar sobre los cuerpos indisciplinados que constituyeron esta alianza social contrahegemónica.

Recordemos que cuando el sistema económico, político y social se siente objetiva y/o subjetivamente amenazado, a partir del alto nivel alcanzado por las luchas populares y si ya no puede apelar únicamente al consenso, entonces acude rápidamente a la fuerza, a la coerción con el firme objetivo de restablecer “el orden”. En la búsqueda de esta meta intenta nuevamente restituir el consenso, ya que no puede dominar de manera permanente sólo con la coerción. Se inicia entonces un nuevo período de “paz”, es decir de dominio estable, de hegemonía. Los últimos treinta años de historia argentina constituyen un claro ejemplo confirmatorio de esto.

En este sentido, Gramsci sostiene que para analizar una sociedad no se debe considerar el momento de la hegemonía o el momento ético - político y prescindir del momento de la fuerza sino tener una mirada sobre los dos momentos. Concretamente dirá: “¿Es por casualidad o por una razón tendenciosa que Croce inicia sus narraciones desde 1815 y 1871, o sea que prescinde del momento de la lucha, del momento en el que se elaboran y agrupan y alinean las fuerzas en contraste, del momento en que un sistema ético - político se disuelve y otro se elabora en el fuego y con el hierro , en el que un sistema de relaciones sociales se desintegra y decae y otro sistema surge y se afirma, y por el contrario asume plácidamente como historia en el momento de la expansión cultural o ético - político?”. 23

Es decir, que para analizar la sociedad argentina presente no tenemos que mirar solo el momento actual, que podríamos llamar de hegemonía neoliberal, sino que invariablemente nos tenemos que remitir al momento en que se disolvió el anterior sistema ético – político y el actual sistema se constituyó. Las prácticas sociales genocidas (que tratamos de periodizar en este trabajo) se insertan justo en ese momento histórico de inflexión, mejor dicho, fueron las que posibilitaron la desintegración de un sistema de relaciones sociales y el surgimiento de otro nuevo.

Esto, solo se pudo concretar exterminando los cuerpos constitutivos de la fuerza social portadora de un modo de articulación social antagónico y contradictorio al régimen establecido.


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