Capítulo IV el despertar latinoamericanista. 1920-1950



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CAPÍTULO IV EL DESPERTAR LATINOAMERICANISTA. 1920-1950

En la segunda década de nuestro siglo las repúblicas latinoamericanas proseguían su vida rural, muy distinta de la predominantemente urbana finisecular de hoy. La mayor parte de las poblaciones eran campesinas y de pequeñas provincias. En el campo cada familia trabajaba su pequeña parcela, las pequeñas cosechas eran para autoconsumo y la venta del excedente cubría las compras necesarias para su vida frugal. Las familias vivían separadas unas de otras, apenas se reunían semanalmente e iban cada mes al pueblo más cercano para abastecerse de algunas mercancías. No les llegaba el progreso disfrutado por la capital del país.

Las provincias, a su turno, poseían diversas artesanías y pequeñas industrias para satisfacer necesidades locales y a veces las regionales. Escaseaban los medios de transporte y sólo llegaban las materias necesarias para su transformación artesanal y fabril establecidas. No había zapatos ni camisas para comprar y uno debía mandarlos a confeccionar al zapatero y a la costurera respectivamente. Todos tenían trabajo y la vida transcurría sin mayores exigencias de comodidad, pero sin miseria.

Con el aumento de los medios de transporte y con la invasión tecnológica de las transnacionales vendrá en 1950 un cambio radical del panorama provincial y rural: habrá zapatos y camisas prefabricadas que traerán consigo el fantasma de la desocupación. Como conclusión, nuestras repúblicas se urbanizarán repentinamente y se formarán cinturones de miseria en las ciudades principales de cada país.

Las capitales de nuestras repúblicas eran a la sazón una suerte de vitrinas que poco o nada tenían que ver con la concreta realidad nacional. En las capitales seguía el desarrollo de sus comunidades artísticas. El modernismo adoptado por las artes plásticas desde fines de siglo comenzó a dar frutos a partir de 1920. Seguían, no obstante, las discusiones entre universalistas y nacionalistas. El academicismo había perdido vigencia, pero continuaba la polémica acerca de cuál de los modos nuevos de pintar era el legítimo. Todavía no se aceptaba como legítima la pluralidad de tales modos nuevos.

Con todo, en los años veinte aparece una nueva discrepancia: la autonomía de la obra de arte, vale decir, que ella se bastaba a sí misma y sobraba toda referencia a realidades fuera de ella. En el México de esos años un pintor como Carlos Mérida atacaba a la crítica escrita por literatos, por no remitirse a lo específicamente plástico, y proponía el color, las proporciones y demás elementos plásticos como los depositarios de lo nacional, en lugar de las figuras y el tema.

Los sentimientos nacionalistas también venían mudando sus móviles y finalidades. Ya no eran los de la Colonia, cuando los criollos arremetían contra los españoles, ni eran los de la territorialidad y de la unidad política del país, abrigados por los independentistas. Tampoco eran los afectos a lo visible o al paramento de nuestras costumbres, que animaron a los consolidadores de nuestras repúblicas. En los años veinte los nacionalismo se identificaban con los modos colectivos de ser, esto es, con el saberse y quererse diferentes a los europeos. 1920 es para casi todos los latinoamericanistas el año de arranque de nuestra autoconciencia nacional y latinoamericana. Fue cuando retoñaron nuestras preocupaciones por una cultura nacional o, lo que es igual, por saber si somos o no capaces de producir bienes culturales que revelen nuestra nacionalidad –o que sean diferentes a los europeos- y, a la par, la cohesionen. Abundaron, entonces, los estudios de lo que después denominaremos nuestra identidad colectiva: primero lo nacional y luego la latinoamericana.

No es ninguna paradoja, pero llama la atención de alguna manera, que a medida que fuimos asentando nuestra nacionalidad y más crecían nuestros nacionalismos, mayores iban siendo nuestros latinoamericanismos. Cada república fue fraguando su personalidad y decantando ciertos problemas y soluciones que fueron enraizándose y deviniendo en tradiciones nacionales. En otras palabras, a mayor personalidad nacional, más profunda la necesidad de buscar apoyos y solidaridades –entre otras cosas- por el aumento de los latinoamericanos prácticos y estatales.

Como resultado, las preocupaciones nacionalistas y las latinoamericanistas buscaron apoyo en las artes plásticas, en particular, y en la producción de bienes espirituales, en general. ¿Hasta qué punto nuestros bienes estéticos deben revelar elementos de la nacionalidad y cómo tales bienes son capaces de consolidarla y enriquecerla?

Para ser precisos, se trataba y sigue tratándose del menudo problema de si nuestras realidades nacionales –o latinoamericanas-, que son cambiantes y complejas como todo proceso, pueden ser representadas por las imágenes del sistema cultural constituido por las artes plásticas, también cambiante y complejo. Muy pocos percibían la esencia del problema. La gran mayoría del país –o a Latinoamérica- y al sistema de las artes plásticas como dos entes fijos y definitivos, inmutables. Tomábamos las cosas y fenómenos por fardos cerrados y no por procesos cambiantes y complejos como de hecho son. Estábamos y estamos en la tarea de ir formando nuestra nacionalidad ( o a Latinoamérica) y paralelamente completando y desarrollando el fenómeno de las artes visuales, ambas actividades lentas e interdependientes.

Sea como haya sido, las preocupaciones por la nacionalidad dieron origen a tres caminos o puntos de partida muy legítimos para nuestros productores de bienes estéticos, o científicos: centrarse en las realidades visibles del país entre las cuales se acentuaba la indígena, entonces ignorada, que poseía pasados gloriosos y admirables manifestaciones estéticas; participar en los problemas internacionales, o sea, en los países más ricos de Europa, porque somos parte del momento histórico y además occidentales en gran medida ( por el idioma que hablamos y por la religión que profesamos) por último; buscar la superación dialéctica de los avances de la cultura occidental a favor de nuestras realidades concretas para así ir gestando los necesarios mestizajes o síntesis.

Lamentablemente, nuestros artistas plásticos no tomaron estos tres caminos o puntos de partida como tales, sino como soluciones. Si se quiere confundieron valores: el valor social o cultural de algún uso, costumbre o realidad local fue tomado por estético o artístico. Claro que para nosotros, estudiosos de fines de siglo XX, resulta fácil ver tales errores. En realidad, sigue habiendo hasta ahora tres caminos hacia la creación cultural, vale decir, a poner algo nuevo en el mundo de la cultura, el cual puede revelar algún aspecto colectivo ignorado. Ya tendremos oportunidad de referirnos a la posibilidad de inventar lo nacional y no sólo descubrirlo ni repetirlo o renovarlo.

Pese a todo, en los años veinte comenzó a despuntar la angustia por nuestros modos colectivos de ser o idiosincrásicos. Ya no nos preocupaba lo externo de lo nuestro, sino los modos de percibir, sentir y pensar las realidades nacionales; modos que juntos, nos llevan al modo nacional de representar realidades nacionales o foráneas, sean las visibles, las invisibles o las inventadas. Las opciones eran y siguen siendo varias, pero no fueron percibidas con propiedad porque aún se insistía en ver el arte y cada una de sus obras como entes indivisibles, como unidades cerradas. Hoy nos resultan obvios sus errores si echamos mano de la polifuncionalidad de la obra, a saber: que ella está integrada por el tema, lo estético y lo genérico.

Dicho al margen: que esto no le llame la atención al lector. No estamos abusando de nuestros conocimientos actuales, todo estudio de realidades pretéritas debe emplear los criterios de nuestro tiempo y luego los posiblemente activos en tiempos de la realidad estudiada.

En pintura, como en literatura, el tema tiene que ser nacional (visible, invisible o inventado, da lo mismo) pero nunca de otros lugares. Aquí salta a la vista una singularidad: que el tema puede ser hegemónico o popular, occidental o autóctono, porque las realidades colectivas de Argentina son distintas a las de México. Lo estético, por su lado, debe ser y es de hecho, la sensibilidad personal y colectiva. Aquí también nos encontramos con una estética europea y otra popular. Lo genérico, es decir, lo pictórico, escultórico, arquitectónico o gráfico, tiene que ser occidental. Aquí están incluidos los modos de pintar o esculpir, que pueden ser residuales, dominantes o emergentes. Lo mismo sucede, por ejemplo con la botánica, que es una ciencia occidental y su tema o materia de estudio será la flora nacional, así como también sus utilidades.

Uno de los mayores problemas con que nos topamos cuando queremos conceptuar lo nacional de nuestros países, está en su pluralidad y en la definición que de lo nacional elabora la clase dirigente según sus intereses, y que impone a la colectividad como la única fidedigna. En buena cuenta, siempre hubo pugnas entre los diferentes modos de conceptuar y definir lo nacional que circulan en toda la sociedad. En realidad son diversos los temas posibles de una pintura, así como también los sentimientos estéticos por ella suscitados. En lo pictórico, nunca dejó de haber tampoco una formación o coexistencia de modos residuales, dominantes y emergentes, sea de concebirla o de confeccionarla, de distribuirla o de consumirla, de interpretarla o valorarla. Por doquier nos sale al encuentro la pluralidad.

Pasemos ahora a describir por separado lo sucedido en cada uno de los tres caminos mencionados. Pero antes de cumplir con esta obligación, se nos antoja conveniente delinear los principios, medios y fines ideales de cada uno de los caminos que para nosotros los legitiman como lícitos. Así enfocaremos mejor las prácticas de los productores de los bienes estéticos, rotulados asimismo plásticos o visuales, que los transitan.

Ya lo hemos manifestado: se trata de tres caminos a recorrer o tres puntos de los cuales partir hacia la creación cultural y todos son igualmente lícitos y elegibles. Constituye, pues, un error garrafal tomarlos por soluciones o querer hacer pasar por valores estéticos o artísticos a los valores sociales y culturales de algún tema o realidad nacional, internacional o la combinación de ambas. En la producción de todo bien cultural intervienen factores tanto nacionales o locales como internacionales y “mestizos”, los que muchas veces aparecen en el producto. No sólo esto: todos coexisten en cada uno de nuestros países, aunque en variadas proporciones. Nuestras sociedades son plurales en todo sentido y si se quiere sincréticas. Lo vital está en que cada camino conduzca a una innovación o creación.

Todos estos tres caminos son lícitos por estar nutridos de nacionalismos o sentimientos nacionalistas. Es más son parte de los procesos de nuestra nacionalidad. Por nacionalidad entendemos la realidad objetiva de cada país o nación, cuya existencia es independiente del conocimiento humano. Ella se nos presenta como un “ser social”. Se diferencia de la conciencia social o, lo que es lo mismo, de los sentimientos o conocimientos que tenemos de nuestra nación y que integran la conciencia nacional, cuyos sentimientos y aspiraciones corporizan los denominados nacionalismos.

El primer camino privilegia, en teoría, lo nacional o local, que es plural. En la práctica, busca acentuar aspectos ignorados o menospreciados, como nuestros ingredientes indígenas, los afrolatinos o los mestizos. Constituye un nacionalismo directo y exalta, por eso, lo visible de tales ingredientes, más que su sensibilidad o mentalidad. Aparece, entonces, en el bien estético la iconografía, los usos y costumbres, y los temas locales, con el fin de formar conciencia nacional y revalidar históricamente algunos pasados y culturalmente los sectores populares. No se postula la creación ni se renuncia a las técnicas europeas. En algunos casos se busca adoptar la sensibilidad popular, indígena o afrolatinos. En muchos casos, las obras devienen en instrumentos políticos, más que estéticos y pictóricos. Pero muy ligados al país.

El segundo camino, prefiere los problemas y componentes internacionales, que en realidad son los de los países más ricos del occidente. Se apoya en un nacionalismo que quiere beneficiar al país con vinculaciones y participaciones occidentales. Le interesa acelerar el proceso de occidentalización de nuestros países. Se autodenominan universalistas quienes recorren este camino. En realidad buscan reconocimiento internacional. La universalidad fue, en la práctica, la aspiración de un pensamiento amigo de las verdades absolutas y eternas, que no existen. Todo bien cultural nace en una nación determinada y algunas veces recibe reconocimiento internacional de su tiempo y espacios culturales. Sobre todo cuando este camino conduce a las innovaciones, las cuales suelen llevar alguna impronta nacional. He aquí lo importante. También importa que las exaltaciones de lo internacional no ignoren la oposición complementaria y dialéctica de lo nacional y lo internacional.

El tercer camino, es el realista, pues se apega a la vinculación dialéctica de lo nacional y lo internacional, con el objetivo de beneficiar al país con la superación de los avances de la cultura occidental a favor de nuestros intereses colectivos. El tema, lo estético y lo pictórico combinan aquí lo nacional y lo occidental, para así equilibrar el proceso de occidentalización con el de nacionalización. Las acciones en este camino suelen limitarse a representar y a reproducir mestizajes conocidos, en lugar de superarlos, innovarlos o producir nuevos.

En resumen, existen varios nacionalismos culturales: el indigenista, el occidentalista y el dialéctico. Todos necesarios y complementarios entre sí. Nuestros países –repetimos- entrañan elementos autóctonos, como occidentales y mestizos. Lo mismo hacen los bienes estéticos. Naturalmente, para poder leer sus componentes nacionales requerimos las enseñanzas de las ciencias del arte. En la polifuncionalidad de la obra de arte también se evidencia la indefectible coexistencia de lo nacional y lo occidental (europeo y/o estadounidense). La oposición complementaria de estos dos términos lo encontramos tanto en el tema como en lo estético y en lo genérico. Por último son estructurales las diferencias de los tres caminos entre sí: en cada uno intervienen elementos de la misma procedencia y naturaleza, pero se combinan en distinta jerarquización y varía de uno a otro el o los elementos dominantes.


  1. Los indigenismos

José Vasconcelos, ministro de educación de México, llamó a varios artistas nacionales y los invitó a cubrir los muros de los edificios públicos con pinturas del tema que deseasen. Esto sucedía en 1922, pero la invitación tenía características internas muy particulares. No era uno de los encargos que siempre hizo el Estado de nuestras repúblicas a sus productores de bienes estéticos para que proyectaran edificios y monumentos públicos o para que realizaran pinturas de caballete o murales destinados a los recintos oficiales. La invitación era parte de las políticas culturales, una nueva táctica del Estado para utilizar los bienes culturales con fines políticos, pero sin ocultarlos. Al contrario: declararlos sin ambages como un deber inherente al Estado; sobre todo para modelar los ciudadanos que necesitaba. Habían ya perdido vigencia aquellos fines imaginarios de beneficiar a las artes, como lo declaró Richelieu cuando inauguró la Academia Francesa, o para el disfrute del pueblo, como lo manifestó la república francesa para justificar la expropiación de la colección de El Louvre.

Lunacharsky, comisario de cultura de la Unión Soviética, inventó –por decirlo así- las políticas culturales y las dirigió desde 1917 con amplia libertad para los artistas. Si bien Lenin había formulado, en 1905, la necesidad de que el partido dirigiera la cultura, él se había abstenido de llevarla a cabo y dejó a Lunacharsky actuar libremente. Será en los años treinta cuando Stalin materialice la propuesta de Lenin. Por otro lado, y de 1918 a 1932, los socialistas alemanes emplearon el arte con fines políticos, en su caso, para la toma del poder nunca lograron. El Estado mexicano, surgido después de la revolución, fue el tercero en preocuparse por las artes. Excepción honrosa. Los demás estados latinoamericanos nunca pusieron atención en la utilidad política de las artes.

Era de esperarse que el Estado mexicano, producto de una revolución, buscase una estética nueva y diferente de la francesa, modeladora durante la república de la sensibilidad de nuestras élites. En buena cuenta, estamos ante un grito de independencia estética. Estados Unidos de América –recordemos- tuvo que esperar dos décadas para J. Pollock gritara la suya. La nueva estética de México debía gritar sus ideales y problemas sin preocuparse por las formas. La necesidad de expresionismo fue, pues, esa constante cultural y estética presente en los albores de muchas colectividades, como los primeros cristianos en las catacumbas, que no podían usar las formas romanas. En ningún caso fue una imitación de los ideales del expresionismo alemán, como hasta ahora suponen equivocadamente muchos críticos europeos.

Entre muchas otras cosas, la revolución había impuesto preocupaciones por la integración de los indígenas a la vida republicana. Entonces, los nuevos bienes estéticos estaban forzados a denunciar las injusticias sociales y a difundir los ideales socialistas, al mismo tiempo exaltaban los valores del mundo precolombino y las manifestaciones populares. Las imágenes no podían dejar de cumplir una función política y, a la vez, didáctica, en tanto democratizaban los conocimientos de México y el disfrute de los bienes culturales, entre ellos los estéticos. En definitiva: se combinaban sentimientos nacionalistas y socialistas con didactismos a ultranza.

Para cumplir dichas funciones no artísticas ni estéticas, las imágenes no tenían otra salida que ser públicas y predominantemente pictóricas. Se impuso así la pintura mural, justamente una manifestación familiar para los mexicanos desde tiempos precolombinos. Por otro lado, las ideas e ideales, nacionalismos y socialismos, didactismos y demás anhelos que flotaban en el aire de México posrevolucionario, también operaban en la mente y sensibilidad de J. Vasconcelos y de sus pintores invitados. Abrigaban tácitas expectativas comunes. Así, con presentimientos y sentimientos, sueños y aspiraciones, fue iniciado el proyecto estético de brote nacional que tomó el nombre de muralismo mexicano y que postulaba la pintura mural como la máxima expresión del México revolucionario y posrevolucionario.

Las ideas del muralismo no eran claras, como tampoco lo fueron las de los diversos contrincantes de la Revolución Mexicana. Pero había riqueza emocional y buenas intenciones, que inmediatamente buscaron apoyo en las ideas socialistas. En un comienzo como sabemos, los muralistas pintaron temas religiosos, como si sus ideas socialistas buscasen apoyo en el humanitarismo cristiano. Cabe señalar asimismo la tardanza de sus entusiasmos por Emiliano Zapata, como el exponente de las reivindicaciones agrarias. Lo que después serían muralistas tomaron partido durante la revolución por algún caudillo convencional y burgués.

El proyecto del muralismo no fue invento del Estado. Simplemente éste aprovechó el interés por el mural que venía creciendo desde 1911 con el Dr. Atl y dentro de la comunidad mexicana de pintores. Fueron sin duda, plausibles los méritos del Estado promoverlo y apoyarlo. Sin embargo, los excesos de la oficialización del muralismo y del endiosamiento de sus mayores exponentes trabaron la evolución transfiguradora y positiva de este proyecto. Tampoco estamos ante el producto exclusivo de unos cuantos individuos geniales, como lo propagó el Estado. Por eso abundó en estudios de sus rectores dentro del culto a la personalidad. No le interesaron en absoluto los análisis sociológicos de su realidad. Si bien las máximas calidades estéticas y pictóricas eran méritos de individuos-no importa si endiosados-, el muralismo constituyó, en definitiva, un fenómeno sociocultural con sus múltiples causas internas y externas.

Ya hemos señalado las causas, tanto nacionales como internacionales, de las políticas culturales del Estado mexicano y su invitación a pintar murales. Asimismo fueron exógenas y endógenas las causas del proyecto del muralismo gestado por un grupo de pintores en busca de independencia estética para su país. Las presiones nacionalistas, ejercidas por literatos sobre los pintores, más los indigenismos, socialismos y didactismos de la revolución, coadyuvaron en el brote de una pintura que ya no fue una talentosa imitación europea: por primera vez ella se vinculaba con muchos problemas, factores y aspiraciones de la colectividad nacional. Por mejor decirlo, con el muralismo sale a la luz la primera tendencia estética que brotaba en México, en particular, y en el suelo latinoamericano en general.

Por causas internas del proyecto entendemos la sólida tradición muralista a través de todos los pasados mexicanos, incluyendo las pulquerías de la república. Se sumaban las experiencias de unas artes plásticas, las más desarrolladas en cantidad y calidad de nuestras repúblicas. Como, causas externas que inciden en la comunidad mexicana de pintores cabe señalar a las técnicas de fresco traídas de Italia, los costumbrismos tomados de España y las ideas socialistas o marxistas de suyo europeas. Sin lugar a dudas, el muralismo fue evolucionando a medida que iba apropiándose de los socialismos y nacionalismos, indigenismos y didactismos que le conocemos en los años treinta. Hasta 1940 el muralismo estuvo aliado a un Estado progresista. Luego éste se detiene y deviene en conservador. Entonces, ya se había vuelto imposible para el muralismo entrar en una evolución transfiguradora que lo renovase y adecuase a las transformaciones del momento histórico. Lamentablemente, se truncó nuestra primera tendencia de brote de veras mexicano y latinoamericano.

Lo notable fue la candorosa creencia de los muralistas en poderle sacar partido al Estado a favor del socialismo y de su arte. En realidad, el Estado los utilizó con admirable habilidad política. Ellos fueron por lana y salieron trasquilados.

Cualquier crítica al muralismo está obligada a reparar en el Estado, para evaluar los efectos de sus políticas culturales en las artes, como lo acabamos de hacer. Esto exageró sus reconocimientos y su endiosamiento obnubiló a los muralistas, mientras la oficialización esclerosó al muralismo como proyecto estético. Estas fueron las causas externas más notorias en su caso. Las internas estuvieron en sus rectores cuando tomaron el proyecto como solución definitiva. Como corolario, buscaron imitadores sin darse cuenta de que la endogamia era mortal. Entonces, el germen de la autodestrucción, propia de todo proyecto de envergadura, retoñó más rápido que el germen de su evolución transfiguradora o seminal.

El muralismo no nació y creció sin oposiciones. El Estado mexicano lo apoyó pero un grupo de escritores y artistas en torno a la revista Contemporáneos no; ellos abogaban por la universidad de todo bien cultural, máxime si era estético. El punto de discordia era la politización de la obra de arte, postulada por el muralismo y negada por los universalistas, como M. Rodríguez Lozano (1895-1971), J. Castellanos (1905-1947), A. Lazo (1890-1971), Rufino Tamayo (1899-1991), A. Ruiz (1897-1964) y Carlos Mérida (1895-1984), sin por esto repudiar el tema nacional. Ni unos ni otros aceptaban la obligación o la posibilidad de conciliar lo político con lo artístico y con lo estético, sin mellarle la importancia que éste posee obviamente en las artes.

Como prueba de su politización los muralistas formaron, en 1923, el Sindicato de Trabajadores, Técnicos, Pintores y Escultores. Su militancia política aumentó en los años treinta, cuando se lanzó al grabado como medio político y estético. Fueron iniciados los movimientos 30-30 (fundado en 1928) y el del Taller de la Gráfica Popular 1937, con José Guadalupe Posada como inspiración.

Pasemos ahora al balance de los aspectos temáticos, estéticos y pictóricos de las obras producidas por el muralismo mexicano, para establecer sus lados positivos y negativos. En principio, no creemos en la calidad por autores, sino por obras. Nadie es fabricante de obras maestras. Pero una buena cantidad de artistas muestra individualmente algunas obras de valía y un buen nivel medio de calidad de la producción de cada uno. Pensemos en los siguientes pintores. Jean Charlot (1898-1979), Francisco Leal (1896-1964), R. Montenegro (1885-1968), J.O`Gorman (1905-1982), José Clemente Orozco (1883-1949), Diego Rivera (1886-1957), David Alfaro Siqueiros (1896-1974). No es nuestra intención describir aquí las virtudes de las mejores obras de cada uno, cuyas apreciaciones abundan en muchos libros. Nos proponemos desvelar los aspectos positivos y negativos de las obras en conjunto.

La temática del muralismo, para principiar, fue la continuación del costumbrismo, con nuevas características. Abundó en alusiones precolombinas, alegorías históricas de México, escenas campesinas y populares, sucesos políticos y sindicales, acontecimientos de la revolución, referencias al maestro y a la educación popular, más una iconografía indígena y mestiza. También fue nueva la forma de pintar tales temas, que analizaremos cuando nos ocupemos de lo pictórico. Todo tendía a exaltar lo nacional, con especial atención en lo popular, como una prolongación de la obra de José Guadalupe Posada.

El tema popular -y esto es muy positivo- fue exaltado en su trivialidad: aquella antropomórfica del indígena. Diego Rivera la llevó a las últimas consecuencias en las pinturas de niños en 1924-1925. Por desgracia abandonó esta iconografía para dedicar su pintura de caballete a personajes de clase media y desperdició así la oportunidad de “dignificar” la fisionomía del indígena trivial para, con su frecuente representación en las pinturas, familiarizar al público con dicha trivialidad y contrarrestar, en algo, el racismo sensitivo-iconográfico. La televisión lo acaba de hacer con la iconografía negra en los Estados Unidos de Norteamérica y ahora, por lo menos, la sensibilidad de los blancos ya no siente rechazo ante las imágenes de tal iconografía.

Sus fines didácticos y de adoctrinamiento, si cabe diferenciar unos de otros, fueron cumplidos con atractivas narraciones, simbolizaciones y emblematizaciones. Éstas fueron aparejadas con la riqueza de pormenores de J. O`Gorman, la pletórica imaginación fisionomista de Diego Rivera, el dinamismo epopéyico de José Clemente Orozco, la serena ternura de Francisco Leal o la monumentalidad de David Alfaro Siqueiros. Si bien en los años veinte se justificaba que la pintura mural fuese portadora de enseñanzas y mensajes destinados a los sectores populares, el cine sonoro y a color la invalidó como medio didáctico. No en vano el cine mexicano llegó a su cúspide, durante los años cuarenta, en popularidad latinoamericana. Además, los murales no estuvieron en la calle ni en lugares verdaderamente populares. El Palacio Nacional, el de Bellas Artes, la Preparatoria, la Secretaría de Educación y la Corte Superior de Justicia, eran recintos institucionales, pero no populares. Si hoy el pueblo mexicano conoce los murales es por su reproducción fotográfica en los textos escolares.

Para cubrir toda esta temática los muralistas poseían, sin duda, una buena información intelectual. Se preocupaban por teorías políticas y culturales, estéticas e históricas. Fue una lástima que el artista mexicano de las siguientes generaciones perdiese estas preocupaciones. ¿Hasta qué punto estos muralistas cultos e informados promovieron el emocionalismo y el más craso empirismo? Los estudiosos tienen la respuesta.

Lo cierto es que los muralistas también abrigaron utopías y un roussianismo artístico. Fomentaron las ya existentes Escuela Libres y al Aire Libre para niños y demás público popular. Ellos no estaban convencidos de que cualquiera podía ser receptor idóneo de la obra de arte, sin necesidad de una educación especial: creyeron lo mismo en cuanto a la producción artística. El mito finisecular que postulaba al niño y al primitivo como natos creadores de arte y como los verdaderos reveladores de la identidad nacional fue entronizado en el México de aquellos años. Hoy vemos en la televisión la enseñanza de actividades manuales de pintura no como arte, sino como entretenimiento y terapia. Con razón, porque el pintar no es una actividad artística per se, sino lingüística, y puede devenir en artística en ciertas condiciones y con resultados especiales. El día que en México millones de personas sepan pintar un paisaje vendrá la necesidad de diferenciar entre el pintar profesional y el de los niños, los locos y los “espontáneos” del pincel.

Por lo demás, el grabado y la pintura de caballete de aquel entonces también se abocaron a la misma temática del muralismo, sin ir realmente más allá de los intereses de la clase medio y de los sectores cultos del país.

Lo inteligible del tema nos dice muy poco en realidad y en comparación con los sentimientos estéticos suscitados por las imágenes. En primer lugar, y como ya lo indicamos, el muralismo buscó temas sin importancia o se la quitó. La trivialidad como categoría estética fue acertada por ser en rigor eminentemente realista (no importa si en algunos casos se idealizaba la imagen de Emiliano Zapata o los aspectos precolombinos). Realismo auténtico es trivialidad y ésta constituye un promedio y, por lo tanto, se halla lejos de la belleza y de la fealdad, pues ambas son excepciones de toda realidad, natural o cultural da lo mismo. No se trata, por consiguiente, de ese falso realismo que es el naturalismo idealizado o embellecedor, propio del socialrealismo de algunos países socialistas y en los niños pobres de B. E. Murillo.

Esto lo supo Pedro Figari y renunció el trazo académico por ser contraproducente a la trivialidad de los negros de Montevideo. Buscó, por eso, la trivialidad del trazo para el tema.

Los temas y la iconografía elegidos por el muralismo eran realidades mexicanas comunes de tenor dramático y cierta fealdad para la mirada occidental por extraña o inhabitual. Quizá hubo una búsqueda de la fealdad por la fealdad misma en algunas obras de David Alfaro Siqueiros. Pero en el muralismo se trataba de alejarse de la bellomanía o de la belleza como la única categoría estética en las artes. Si se quiere, quiso anteponer la ética de la justicia social y el pathos nacionalista a una estética limitada a la belleza occidental.

Otra categoría estética importante –además de la trivialidad- que los muralistas imprimieron a las figuras de sus temas, fue la dramaticidad de las situaciones sociales de toda índole y propias de México. José Clemente Orozco la llevó a sus máximas intensidades con sus virulentas y agresivas deformaciones expresionistas. En Diego Rivera, en cambio, hubo una serenidad narrativa combinada con alguna versión de la comicidad, tal como lo mordaz o lo irónico, lo sarcástico o lo grotesco. Lo sublime o grandioso estuvo presente en las obras de los muralistas. No solo en la monumentalidad de David Alfaro Siqueiros, sino también en el dinamismo de José Clemente Orozco y la profusión fisionómica de Diego Rivera. De ahí la grandilocuencia cuando había cualquier falla o debilidad en la solución.

Faltan análisis de cada una de las categorías estéticas presentes en los temas del muralismo. Cuando las analicen las nuevas generaciones será posible establecer en qué casos hay tipicidad y novedad, infrecuente por dialéctico de categorías estéticas. La primera por ser la generalización de una particularidad, mientras la segunda es la singularización de alguna generalidad.

Mediando entre lo estético y lo pictórico están las formas en los temas de los muralistas, en tanto ellas también pueden ser bellas y dramáticas, sea en la línea trazada, la pincelada o un color. Los temas populares o indigenistas de la realidad mexicana no podían ser representados con la modosidad académica ni con un naturalismo tirando a la belleza formal. Hubiese sido una contradicción, como la de los neoclasicistas que pintaron imágenes de nuestros indios con facciones grecorromanas y de tez oscura. El estilo del realismo iconográfico tenía que poseer un trazo entre primitivista y pueril, vale decir, trivial; trazo que Diego Rivera cubre con una simplicidad de abolengo egipcio por decirlo así. José Clemente Orozco, a su turno, la vistió con deformaciones o hipérboles expresionistas.

En lo puramente pictórico predominaron las modalidades antiacadémicas y hasta antinaturalistas, esto es, las modernas del expresionismo y el realismo. La expresividad de lo trivial debió tener formas comunes, en lugar de las cultas y decorativas acostumbradas. No sólo quedaba atrás el academicismo, sino también el naturalismo y la belleza monopolizadora de lo estético en las artes. En muchos casos hubo, en las pinturas, una acentuación de lo gráfico en vez de lo pictórico, verbigracia José Clemente Orozco.

Lo estético y lo pictórico (o lo artístico) empleados por los muralistas fueron las variantes de las artes occidentales o, lo que es lo mismo, de las hegemónicas de México. Sus trazos y posturas estéticas se acercaban al pueblo y el tema era popular o precolombino, pero ignoraba por completo la posible estética precolombina. Rufino Tamayo, en cambio, adoptó el color popular y las proporciones precolombinas (o primitivas). Si bien su rechazo de la politización del arte fue tildado de antimexicano, su obra quizá resultaba la más mexicana de entonces. Rufino Tamayo exploraba en el sustrato mítico del mundo indígena, pero al mismo tiempo buscaba para sus obras alcances internacionales, que él denominaba universales.

En resumen, el muralismo tuvo muchos logros en sus propósitos y medios utilizados. Pero no tuvo los efectos deseados, menos los voceados por el Estado mexicano, aunque hasta sus errores nos resultan hoy muy aleccionadores. Veamos, pues, cuál fue el curso que tomaron sus obras en la sociedad mexicana y en Latinoamérica, así como en los Estados Unidos de Norteamérica y en Europa. Después de todo, no sólo importan los antepasados: también los descendientes dan importancia a las obras que siguen y continúan. Todo fenómeno sociocultural tiene su unidad y continuidad. En el muralismo fue excesiva la primera y faltó la segunda al truncarse en 1940, después de los pasos progresistas de Lázaro Cárdenas, con la expropiación del petróleo y los ferrocarriles, más el incremento de la reforma agraria.

Para comenzar, el grupo muralista es el primero en mostrar los efectos deplorables de la oficialización y endiosamiento de los denominados tres grandes: Diego Rivera, José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros, aunque en un tiempo fue nombrado Francisco Leal en lugar del último de los tres. Como ya dijimos, se tomó al proyecto muralista como solución definitiva y los otros miembros del grupo giraron en torno a esas vedettes, en lugar de las ideas o teorías. Las vedettes no tardaron en exigir imitadores y a obstaculizar, por ende, cualquier evolución transfiguradora. Siempre nos pareció que una de las venganzas del pueblo mexicano fue endiosar a los valores estatales para alejarlos de la realidad, y así la preocupación por ejercer y cuidar su endiosamiento los frustró como innovadores y los privó de la virtud más autorremunerativa y bella del éxito y de la vejez: la generosidad.

Con el tiempo, el muralismo se fue convirtiendo en una institución estatal ocupada en proveer murales a todo edificio público, tanto en la capital como en provincia. Si en los años cuarenta se pintaban un máximo de 18 murales al año, en los cincuenta subió a unos 30; en 1964 hubo unos 75 y todavía en los ochenta las universidades y demás instituciones estatales y paraestatales siguieron encargando murales. (Suarez, O. S. 1972). Un lamentable malentendido del gobierno socialista de Nicaragua fue haber promovido murales después de medio siglo de que éstos hubieran periclitado política y estéticamente. Remedó la institución política que en México era el pintar murales, creyendo así democratizar al arte y difundir las ideas socialistas por el mero hecho de tener imágenes pictóricas en una pared pública, supuestamente popular.

Por las varias décadas transcurridas, y pese a la oposición de los universalistas en derredor de la revista Contemporáneos, el muralismo dejó marcada a las inspiraciones de las generaciones futuras de la comunidad artística del país: les impuso la prioridad de lo popular y de lo público. Así veremos a los “perfomadores” y los no-objetualistas de los años ochenta privilegiar lo popular en sus soluciones. Por otro lado, los escultores bucarán siempre el espacio público. También el muralismo impuso el “contenidismo” y el consecuente menosprecio de las formas puras, que lastrará por varias generaciones a los diseñadores mexicanos al obligarlos a inspirarse en lo popular o en lo precolombino.

Como sabemos, El Estado introdujo en la enseñanza pública el adoctrinamiento de sus niños en el amor ciego a los tres endiosados del muralismo y lo introdujo como un dirigismo estético. ¿Hasta qué punto el Estado tuvo y tiene el derecho de educar a los niños en el culto a Rivera u Orozco? Acaso, ¿no es preferible dotar al niño de recursos para que él mismo pueda elegir, con libertad sus preferencias estéticas?

Con todo, el muralismo prestigió a la pintura como un bien estético de disfrute colectivo y necesario. El Estado incrementó la enseñanza artística, fundó museos y creó, en 1946, el Instituto Nacional de Bellas Artes, como el máximo aparato de sus políticas culturales (junto con el Instituto de Antropología e Historia). En el sector privado crecía el interés por la pintura de caballete y, en 1934, se abrió la Galería de Arte Mexicano. La crítica del arte también aumentó; lo mismo la historia y la teoría del arte; esta última representada por Paul Westheim, quien desarrolló sus teorías acerca del arte precolombino. La Universidad Nacional Autónoma de México organizó el Instituto de Investigaciones Estéticas. La crítica continúo –eso sí- en la pluma de los literatos. Faltó una crítica de manejo conceptual para contrarrestar las ligerezas de quienes enarbolaron la estética marxista y para neutralizar los endiosamientos oficiales. En otras palabras, hubo un desarrollo en cantidad y calidad de la producción, distribución y consumo de bienes estéticos, en especial las pinturas. Será en los años cincuenta cuando las nuevas generaciones de artistas rompan la cerrazón xenófoba del muralismo.

Si los síntomas no nos engañan y miramos el panorama completo del muralismo, es posible afirmar que el muralismo se truncó porque las condiciones sociales de México eran adversas a sus propósitos progresistas, tanto los indigenistas y socialistas, como los nacionalismos y didácticos. El país todavía no había integrado de veras al indígena y el Estado mexicano nunca tuvo la intención de integrarlo. Lo mismo sucedía con el arte latinoamericano: que en rigor no lo pudo haber si todavía no existía una América Latina que integrara al indígena y al afrolatino en cada uno de los países. Tenía mucha razón José Martí cuando aseveraba que existía una literatura latinoamericana en tanto existía América Latina. Y por entonces sus países sólo existían fragmentados, lo mismo sus artes.

Pese a todo, el muralismo mexicano fue importante como producto y productor de un momento histórico nacional y latinoamericano, colmado de anhelos de independencia estética. Seguirá siendo importante para México y para Latinoamérica como una de sus etapas vitales. Pero la simpatía o el amor que nos despierte como tal, no debe impedir el análisis razonado de sus aciertos y fallas. Al contrario: debe imponérnoslo.

Veamos ahora cuáles fueron los efectos del muralismo mexicano en los diferentes países de América Latina. Sin lugar a dudas, encontró un clima favorable entre los pintores de caballete y en los medios intelectuales progresistas y los radicales, sea por experiencias pasadas y necesidades actuales, o por la imponencia del muralismo mexicano. Como antecedentes estaba por doquier el costumbrismo. En cambio ningún Estado lo recibió con entusiasmo y tampoco fomentó la producción de murales, salvo Brasil con Cándido Portinari. Naturalmente, el muralismo fue más importante en los países con estratos indígenas y afrolatinos, variando también la época en que fue prohijado en cada país.

Cualquier estudio de la cultura o de la literatura de aquellos años subraya el despertar de la autoconciencia latinoamericana y nacional, así como la maduración de las ideas político sociales. Aparece la revista Sur en Buenos Aires (1931), con sus preocupaciones por el ser latinoamericano (José Ortega y Gasset, el conde Keiserling y Waldo Frank), pese a su aristocratismo. A la extrema izquierda apareció, en Lima, la revista Amauta (1926), dirigida por J. C. Mariátegui. Se sucedieron las publicaciones en torno al ser nacional y el latinoamericano, así como al indígena y al mestizo (La raza cósmica de José Vasconcelos en 1925). Bullían los nacionalismos revolucionarios y los antiimperialismos (Unidad Latinoamericana versus imperialismo de V. R. Haya de la Torre en 1936; Parias en nuestra patria del portorriqueño P. Albizu Campos en 1932; 7 Ensayos de interpretación de la realidad peruana en 1928) de J. C. Mariátegui. Se formaron los primeros sindicatos de obreros y los primeros partidos comunistas, mientras se iniciaban las reformas universitarias. En definitiva, hubo un clima propicio para los postulados indigenistas, por lo menos para sus efigies pictóricas.

Fuera de México, el indigenismo peruano fue el más nutrido. Desde 1910 las instituciones oficiales venían discutiendo las cuestiones indigenistas, además de los intelectuales José Sabogal (1898-1956) incursionaba en un indigenismo pictórico desde 1919 (El Carnaval en Tílcara de ese año) como un derivado personal de E. Zuloaga. Lo acompañaron E. Camino Brent (1909-1960), Julia Codesido (1883-1979). Camilo Blas (1903- 197?). Muy cercanos al indigenismo, la pintura de J. Vinatea Reynoso (1900-1931), que muere muy joven, y la “ingenua” de Mario Urteaga (1875-1957), ambas pinturas de elevada calidad estética y pictórica. El canal del indigenismo fue la pintura de caballete, aquí, como en el resto de América del Sur, se sucedieron las dictaduras que impidieron la circulación de las ideas marxistas y el indigenismo estaba muy ligado a éstas.

En el Ecuador aparece el indigenismo en los años cuarenta y destacan E. Kingman (1913- ), D. Paredes (1915-), C. Egas (1899-1962) y Oswaldo Guayasamín (1919-) quien surge públicamente en 1949. En Bolivia fue cuestión de unos cuantos individuos como C. Guzmán de Rojas (1900-1950). En Brasil encontramos a Cándido Portinari (1901-1962), cuyas pinturas datan de los años treinta y cuarenta, incluyendo sus murales en edificios públicos. Los primeros pintores argentinos de actitud sociopolítica fueron los del grupo Boedo (1924-1930): G. Facio Hebecquer (1889-1935), J. Arato (1893-1924), A. R. Vigo (1893-1957), A Rallocq (1899-1972). De los años cincuenta son: Antonio Berni (1905-198?), J. C. Castagnino (1908-1972) y D. Urruchúa (1902-). En Venezuela, por último registramos a Héctor Poleo (1918-) y a Gabriel Bracho (1915-) como indigenistas.

Al final de cuentas no fue mucha la influencia del muralismo mexicano en el resto de América Latina. Sus influencias fueron ideológicas y más de confirmación de la ideas sociopolíticas en circulación en los medio intelectuales. Los estados eran indiferentes a las manifestaciones artísticas, por tanto, mostraron hostilidad para los indigenismos. Los sectores privados por su lado, los rechazaron por pertenecer a una estética agresiva y de “mal gusto”.

Como movimiento estético, el muralismo mexicano tuvo mayor influencias en Estados Unidos de Norte América. Sus exponentes no sólo pintaron muchos murales en instituciones de aquel país, incluyendo Nueva York, sino que José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros impartieron clases en algunas escuelas neoyorquinas. La pintura norteamericana debatíase entre la politización y el purismo, que duró hasta la aparición de Jackson Pollock en 1945. Se ha dicho que la pintura gestual norteamericana le debe muchas enseñanzas a los automatismos pregonados por David Alfaro Siqueiros. J. Pollock fue alumno de este mexicano, pero ya traía él la idea de un automatismo derivado del surrealismo, cuyos gestores trabajaban entonces en Nueva York. Lo cierto es que J. Pollock inició la independencia estética de Estados Unidos y, como las condiciones sociales y económicas eran favorables, entró esta independencia en una evolución transfiguradora que generó una sucesión de nuevas tendencias artísticas. Si registramos influencias de los mexicanos en algunos pintores norteamericanos, éstas quedaron en el camino.

En Europa no se conocen los seguidores del muralismo mexicano. Fue en los países socialistas de los años setenta donde se despertó interés por este movimiento, en especial dentro de los jóvenes estudiosos. Indudablemente, su valor era ante todo mexicano y latinoamericano.

Bien, después de este rápido recorrido, ¿qué conclusiones podemos sacar? Ante todo, las respuestas teóricas. En primer lugar está la necesidad de definir lo que aquí entendemos por proyecto, como el del muralismo mexicano, que indubitablemente lo fue. No se trata de tener en claro y de antemano los fines y medios; ocurre igual que en la creación artística: se parte de un impulso movido apenas por disconformidades, las estéticas y genéricas entre ellas. Se sabe que las cosas andan mal y con el tiempo se van esclareciendo sus fines y correspondientes medios.

El Renacimiento, por ejemplo, fue un proyecto estético de la cultura occidental generado ante la necesidad de gestar el capitalismo. No fue un simple retomar de la estética grecorromana. A partir del pintor Giotto, un artesano inconforme en busca de renovación, tomó más de un siglo para perfilar el naturalismo y la belleza, ideales grecorromanos. Es más: el Renacimiento tuvo el subproyecto científico de la perspectiva central. Los demás países europeos fueron adoptando su espíritu, contribuyeron a sus soluciones y llevaron a la pintura su iconografía local. No hicieron como nosotros, los latinoamericanos, que adoptamos la iconografía europea, esto es, la letra y no el espíritu. En nuestra opinión, el proyecto del muralismo sigue vigente, aunque momentáneamente se halla suspendido y puede ser revivido en alguna parte de América Latina, a instancias de una coyuntura histórica que lo impulse.

En segundo lugar, cabe sostener que el muralismo tuvo el nacionalismo como su móvil principal. La heterogeneidad cultural de cada uno de nuestros países requirió y sigue requiriendo el nacionalismo como cohesionador. Vendrán móviles de otro orden cuando haya mayor cohesión internacional e interlatinoamericana. Entonces tendremos suficientes móviles estéticos y genéricos, además de los temáticos.

En tercer lugar, hemos de aceptar que la introducción y el desarrollo del muralismo mexicano necesitó la intervención conjunta del Estado, el sector privado y la comunidad artística. En las épocas precolombinas y coloniales el rector fue el poder religioso y hoy necesitamos al Estado Laico. Por ahora no podemos exigir mejores resultados en la comunidad artística ni en nuestras repúblicas, después de tan sólo 200 a 250 años de existencia. Nuestras naciones, así como nuestras artes, siguen sin unidad ni continuidad. Individuos geniales habrá siempre, pero nuestras comunidades de productores de bienes culturales continúan poseyendo un bajo nivel medio. Esto por razones económico-políticas y socioculturales. Total: el Estado no basta ni los individuos geniales; tampoco las comunidades profesionales ni el sector privado. Lo positivo depende de la conjunción de todas las partes.

Para terminar con nuestras consideraciones concernientes a los indigenismos o localismos, estamos forzados a señalar que éstos no tuvieron mayor importancia en la escultura, pues la cantidad y calidad de ésta nunca dejaron de ser magras. La arquitectura, en cambio, tuvo manifestaciones indigenistas y también neocoloniales en lo que va de 1920 a 1950. El posmodernismo nos ofrece hoy precisamente lecturas nuevas para los eclecticismos de nuestra arquitectura, que nunca supimos evaluar a causa de los eurocentrismos que padecemos. Algunas arquitecturas estuvieron animadas por nacionalismos, pero en su gran mayoría predominaron los europeísmos. En términos generales, ellas oscilaron entre los racionalismos internacionalistas de la modernidad y nuestras emotividades localistas (las síntesis fueron casi inexistentes).

Entre 1920 y 1950 nuestros nacionalismos oficiales e indigenistas resemantizaron a las artesanías. Las motivaciones cosmológicas de las artesanías religiosas fueron reemplazadas –ya lo dijimos páginas atrás- por la idea de ser expresiones de la creatividad popular y consecuentemente de la indígena, y por ser testimonios de nuestra identidad colectiva, tanto la nacional como la latinoamericana. Por motivos políticos nuestros estados necesitaron politizar a las artesanías. Después de 1950 las instituciones oficiales dirigirán con paternalismo su producción y venta. Las festividades religiosas que motivaban a las artesanías de fines estéticos se tornarán en objetos de consumo turístico y mesocrático. Las artesanías religiosas devendrán, así, en meras tecnologías, manuales de los desocupados del campo y de las provincias.

Como es de suponer, todas las manifestaciones estéticas de la cultura hegemónica tuvieron experiencias nacionalistas. Incluso las tuvieron las de la cultura popular, entonces exportadora del tango y de la rumba a los centros culturales del mundo.



  1. Las actualizaciones eurocentristas. (La Escuela de París)

Los eurocentrismos o europeísmos actuaron siempre en nuestra Colonia y repúblicas, pero se fueron diferenciando. Primero nos animaron los oficialistas, siempre conservadores y hasta reaccionarios. Después vinieron los progresistas y a la moda en los sectores privados de Europa. Principiaron con nuestros artistas impresionistas de los primeros años de este siglo. Continuaron con nuestras imitaciones de la Escuela de París durante los años veinte. En todas partes de América Latina las hubo, pero se concentraron en Buenos Aires y en Santiago de Chile. Será mucho más tarde cuando adoptemos a tiempo los vanguardismos europeos.

Fue en 1924 cuando los pintores argentinos iniciaron en forma de grupo –no de individuos como Malharro en 1903-, sus esfuerzos por actualizar según las obras de la entonces Escuela de Paríasñ En aquel año expuso Emilio Petorutti (1892-1971) obras cubistas y el uruguayo Pedro Figari por segunda vez en Buenos Aires, mientras era fundado el grupo Martín Fierro que editó una revista del mismo nombre. Lo integraban E. Petorutti, P. Figari, R. Gómez Cornet (1898-1946). L.E. Spilimbergo (1896 1964), Norah Borges (1901-) y su hermano Jorge Luís Borges, el escritor, A. Badi (1894-1976), Xul Solar (1888-1963), Raquel Forner (1902-) entre otros.

Si consideramos la obra de Pedro Figari, hemos de convenir que se trataba de una rebelión contra el academicismo y el oficialismo pictóricos, con el fin de actualizar su obra según nuevos raseros de la Escuela de París. La obra de Xul Solar era la más avanzada. Recordemos que en Europa de esos momentos iba a la vanguardia el surrealismo y el concretismo; el abstraccionismo expresionista y el geométrico databan del año 1912. Lo cierto es que en las obras martinfierristas encontramos influencias de Bonnard Viullar, Paul Klee. Su manifiesto fue una exhortación a los cambios de espíritu futurista, que hablaba de la belleza de un automóvil hispa-suizo y de un “previo tijeratazo a todo cordón umbilical”, aunque iba en contra del nacionalismo intelectual. Su contrincante fue el grupo Boedo que le contrapuso una posición político-social del arte.

El surrealismo surgió con el grupo Orión en 1939, con artistas como L. Barragán (1914 ¿) y Vicente Forte (1912 ¿).

El abstraccionismo geométrico apareció en Buenos Aires durante 1942 con el grupo Arturo y los siguientes se fueron formando alrededor de la tendencia europea denominada concretismo. Las artes plásticas argentinas estuvieron siempre impulsados por grupos, cada uno en torno a determinadas ideas y no a hombres. Los grupos se sucedían y en algunos casos se repetían nombres. Unas influencias venían directamente de Max Bill y otras del uruguayo Joaquín Torres García, a través de Arden Quin. Al grupo Arturo siguieron Arte-Concreto-Invención y Madi, ambos de 1946, y el Perceptismo de 1947. De 1946 fue el Manifiesto Blanco de Lucio Fontana. Destacaban Tomás Maldonado (1922) pintor entonces y después teórico de los diseños, el pintor A. Hlito (1923-1993) y los escultores E Iommi y Gyula Kosice. No faltaron los reparos al figuratismo de Joaquín Torres García, que hiciera Tomás Maldonado en defensa del geometrismo.

En las actualizaciones eurocentristas sigue en Chile con su grupo Montparnasse (1925), cuyos pintores P. Buchard (1873-1960), C. Mori (1896 -). I. Roa (1909-). S. Montecino (1916- ), C. Pedraza (1918-) R. Sontelice (1916 se inspiraban en la Escuela de París. La actualización había comenzado con el cierre de la Escuela de Bellas Artes, entre 1928 y 1930, y con el envío a París de algunos becados. De esta actualización van a surgir Roberto Mata (1912-), N. Antúnez (1918-) y E. Zañartu (1921-). El caso de Roberto Matta nos sitúa ante el problema de ubicar al artista latinoamericano que busca la actualización de su obra, mediante su incorporación de primera hora a un movimiento europeo de vanguardia. Después le sucederá a Jesús Soto y a Julio LeParc. Indudablemente, todos ellos ya estaban formados, cuando llegaron a Europa, donde encontraron la oportunidad de elegir, por afinidad electiva ya adquirida y desarrollada en su país, una tendencia y poder desenvolverla. Sin embargo, Roberto Matta no participó personalmente en el movimiento artístico de su país y esto no nos impide considerarlo parte de la pintura chilena, si la tomamos por el fenómeno sociocultural que ella representa.

En Uruguay se inició la actualización progresista con Pedro Figari en los veinte y Joaquín Torres García en los treinta, mientras en Brasil la practicaron Ismael Nery, pintor y el escultor B. Giorgi. (Anita Malfatti inició en 1917-1918 la actualización radical y de síntesis, muy próxima al expresionismo alemán, como después veremos). El Perú comenzó su remuda plástica en los años treinta con Ricardo Grau (1907-1970), cuyas pinturas llevaban el sello de la Escuela de París, y con Sérvulo Gutiérrez que vestía sus figuras de una monumentalidad simbólica y de un expresionismo fresco y manchista. Estos dos artistas retornaron de París por la guerra. En 1947 se inauguró la Galería de Lima, que después devino en el Instituto de Arte Contemporáneo. En Colombia también fue tardía la actualización artista, la abrió el alemán Guillermo Wiedeman. En Venezuela, entretanto, Alejandro Otero exploraba por 1947 en un abstraccionismo de trazos subitáneos.

Baste un ligero vistazo al panorama de las actualizaciones eurocentristas y de espíritu progresista, para admitir su importancia en la evolución de las artes plásticas de los países latinoamericanos. Aludimos a una evolución vinculada a los avances de las artes occidentales, en la que estamos obligados a colaborar y nos es lícito disfrutar de sus obras, sin necesidad de eurocentrismos por pertenecer ellas al patrimonio humano. Sin embargo, nuestros intentos de actualización según raseros de la Europa progresista fueron siempre ingratos (sacrificados) y nunca estuvieron libres de asediantes peligros y yerros.

Las actualizaciones eurocentristas son importantes para la evolución de nuestras artes, decíamos. Lo son porque satisfacen las necesidades estéticas de los aficionados progresistas del sector europeizado de nuestros países, casi siempre formalistas. Sus necesidades por satisfacer, después de todo, son nacionales. No por nada, las actualizaciones eurocentristas abundaron y abundan en Argentina, país con mayorías de extracción europea reciente y con un sector capitalino “megalómano” muy europeo que monopoliza la representación, no sólo de Buenos Aires sino también del país, con menosprecio de sus “cabecitas negras”, esto es, de sus minorías mestizas e indígenas que también las tiene. Las actualizaciones en cuestión renuevan, pues, los consumos de bienes estéticos y su importancia es, por ende, sociocultural antes que todo.

Sobre todo, son importantes porque ponen a los aficionados nacionales en general en contacto con las nuevas formas progresistas de Europa. No importa si las actualizaciones son de letra o formalistas, puesto que las formas son vitales en las artes y hay un buen salto entre leer figuras académicas y las impresionistas o cubistas, las expresionistas geométricas. Entre formas y formas median distintas cosmovisiones. En términos generales las actualizaciones progresistas trajeron consigo a nuestros países –entre 1920 y 1950- tendencias europeas que postulaban la independencia de la obra de arte. A través de esta independencia contrarrestaron las europeizaciones conservadores y reaccionarias, ya muy enraizadas entre nosotros, que resultaron ser más europeas que las mismas europeas, por haber quedado atrás las nuestras.

Rememoremos: todo país y cada uno de sus sectores culturales constituye una formación nacional o cultural, en que coexisten componentes conservadores y reaccionarios, progresistas y radicales. La contextura de un país, así como la de su arte, depende de cuáles componentes predominan. Antes de 1920 imperaban en nuestras manifestaciones estéticas los europeísmos que sólo tenían ojos para la estética oficial de la Iglesia primero y luego del Estado laico, el español un tiempo y el francés después. En otras palabras, nuestros europeísmos eran conservadores y actuaban como reaccionarios ante los progresos y radicalismos de los europeos. De 1920 a 1950 fueron progresistas nuestras actualizaciones que acabamos de ver. Después vendrán nuestros europeísmos radicales y trasplantaremos a nuestro suelo las vanguardia europeas con el fin de elaborar con el tiempo las nuestras, tanto las nacionales como las latinoamericanas.

Las actualizaciones progresistas son, pues, pasos necesarios, pero toman tiempo para ir enraizándose en la sensorialidad, sensibilidad y mentalidad de nuestros aficionados a consumir bienes estéticos de hechura humana. Nuestros mejores artistas adoptan la letra de alguna tendencia europea progresista, la adaptan a sus necesidades y les imprimen a sus obras singularidades temáticas, estéticas o genéricas. Muchas de sus obras mostraban entonces elevada calidad temática, tendencial y estética, pero ellas no aportaron innovaciones importantes a la tendencia europea adoptada en su letra. Dichos artistas tampoco derivaron de la tendencia adoptada una nueva que respondiera a nuestras realidades colectivas. Después de todo, J. Pollock derivó el “chorreado” o la pintura-acción del automatismos surrealista. Para esto nos falta mucho de historia y de evolución en nuestras comunidades productoras de bienes estéticos.

Si bien las obras europeístas de tipo progresista tuvieron éxito en nuestros países, no adquirieron importancia, sin embargo, en nuestra historia del arte, salvo por su valor sociocultural. Y esto implica un sacrificio para los actualizadores progresistas. Además, sus obras no son aceptadas por los círculos artísticos de los países europeos. Para ellos nuestras actualizaciones progresistas carecen de interés, porque las tienen mejores dado el origen europeo de ellas. No les interesan porque sólo pueden leer lo europeo de nuestras obras y no lo nacional o latinoamericano que ellas puedan poseer. Por añadidura, no les preocupa apropiarse de las lecturas de lo nuestro ya sea porque éstas no existen. En verdad, todavía nosotros no las hemos elaborado o no sabemos cómo. Aún nos falta comenzar a establecer las relaciones de nuestras obras entre sí y los vínculos de éstas con nuestras realidades colectivas, las que desconocemos. Por lo general, los europeos prefieren exponer obras de tenor mítico o mágico, como las pertenecientes a tendencias artísticas localistas, indigenistas o de síntesis.

La evolución de los sistemas de producción de bienes estéticos (artesanías, arte y diseños) requieren el sacrificio de varias generaciones, en la medida en que éstas se hallan obligadas a contribuir en la evolución de obras epigonales, por no haber todavía las condiciones propicias en su comunidad artística para producirlas mejores. Sus obras quedan como valores históricos o socioculturales. Con razón se les denomina progresistas. Por tanto, su valor es muy relativo. En el caso de destacar por su valía temática, estética y genérica para nuestro país y América Latina. Las obras pertenecías a la búsqueda lograda de síntesis o del indigenismo y, consecuentemente, salen de su condición de actualizaciones eurocentristas de espíritu progresista. Por lo regular, las obras de estas actualizaciones quedan como las de buenos alumnos, seguidores o epígonos de una tendencia europea. Nada más.

Otra cosa muy distinta sucede con las obras de Roberto Matta. Ellas hicieron aportes al surrealismo de los años treinta, como las de Jesús Soto al cinetismo durante los cincuenta. Son artistas integrados al arte europeo y nosotros estamos hablando de arte latinoamericano, todavía epigonal, salvo el muralismo mexicano que lamentablemente se truncó como ya vimos.

Los antes mencionados peligros y errores asedian a los ideales de actualización y se concretan en sus prácticas, las que siempre varían de acuerdo con la inevitable diversidad humana. Entre las actualizaciones progresistas nos ocupan pocas empujan la evolución de nuestras artes plásticas. Una buena cantidad remeda, igual el indigenismo que los europeísmos, sean radicales o conservadoras. Como remedo entendemos la repetición torpe de la letra de la tendencia adoptada puede haber adopciones pasivas y activas, estériles y seminales. En definitiva, y como ya manifestamos, pocos son nuestros artistas con obras de valor progresista.

Naturalmente, las situaciones cambian de los figurativismos a los abstraccionismos geométricos. En los primeros cabe la fácil introducción del tema nacional, mientras en los segundos se impone, de hecho, la uniformidad o el internacionalismo, propio del modernismo. Por eso el posmodernismo postula un regionalismo crítico. En ambas propuestas estéticas, en cambio, sí son posibles las variantes nacionales y personales de cada categoría, aunque ellas sean de lectura muy difícil.

Esta valía de contribuir a la actualización de nuestras artes plásticas nos es indispensable. La razón es simple, pero contundente: estas artes pertenecen a la cultura hegemónica de nuestros países y, por consiguiente, dependen de las hegemonías de occidente. Nos es vital su actualización o progreso según raseros europeos. Además, y a diferencia de muchos países africanos y asiáticos, los latinoamericanos entrañamos elementos occidentales básicos para todo hombre, como el idioma y la religión, más los antepasados de algunos o de muchos de nuestros connacionales y muchas costumbres. Pero abundan en nosotros elementos autóctonos, los africanos y los mestizos, que nos diferencian sustancialmente de los occidentales. Estructuralmente somos muy distintos de los europeos y esto importa y no las igualdades de uno que otro componente aislado.


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