Capítulo 9 Jesús, el juez que viene Introducción



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Capítulo 9
Jesús, el juez que viene


  1. Introducción

Desde los principios mismos del cristianismo y ya presente en algunas de las tradiciones más primitivas, encontramos la creencia de que el Jesús que aparecerá al final de los tiempos vendrá a desempeñar el papel de un juez. Esta no es una creencia aislada. En realidad, dentro de su contexto judío, es una noción que tiene una explicación más fácil que la de la misma parousia. Sin embargo, es relevante que exploremos su significado dentro del contexto del cristianismo de los primeros tiempos, así como la importancia que tiene hoy en día y la que tendrá de aquí en adelante.


La imagen de Jesús como el juez que vendrá a nosotros es la característica central de otra creencia totalmente vital del cristianismo que no es negociable en lo absoluto: sin lugar a dudas va a haber un juicio en el que Dios nuestro Creador pondrá de una vez por todas cada cosa en su lugar. La palabra «juicio» ha tenido un trasfondo negativo para muchas personas en nuestro mundo liberal y postliberal. Es necesario que recordemos que desde el principio hasta el fin de la Biblia y, fundamentalmente, en los salmos, el juicio de Dios que está por venir es algo bueno, algo que debemos celebrar, algo por lo que tenemos que esperar y algo que deberíamos ansiar que suceda. Es algo que hace que la gente grite de alegría e incluso que los árboles del campo agiten sus ramas como si aplaudieran. En un mundo en el que reinan de manera sistemática la injusticia, la intimidación, la violencia, la arrogancia y la opresión, tan sólo pensar que va a llegar el día en el que a los malvados se les ponga firmemente en su lugar, mientras que a los pobres y a los débiles se les brinde lo que merecen es, sin duda, la mejor noticia que todos podamos recibir. En este mundo de rebelión y rebeldía, en este mundo plagado de explotación y de maldad, el Dios bueno debe ser un Dios que juzga. El optimismo liberal del siglo XIX logró su cometido durante un buen tiempo y pudo sobrevivir a algunos de los argumentos más obvios en su contra que surgieron del inmenso mal sistémico del siglo XX. Sin embargo, la teología más reciente ha vuelto a volcar su atención sobre el tema del juicio, reconociendo que el análisis bíblico del mal se corresponde más de cerca con la realidad.
La esperanza que se aprecia en el Antiguo Testamento, aquella que anhela que el Dios Creador nos traiga el juicio y la justicia al mundo y que ponga cada cosa en su lugar, se enfocó en el período bíblico posterior en el deseo incesante de Israel de ver que Dios derrocaría los regímenes opresivos del mundo pagano. Se esperaba una especie de gran escenario cósmico en el que aparecería un verdadero tribunal de justicia. Israel (o, cuando menos, los rectos y justos del pueblo de Israel) desempeñaría el rol del acusado indefenso. Los gentiles (o, cuando menos, aquellos que eran especialmente malvados) desempeñarían el papel de los bravucones arrogantes que a fin de cuentas se enfrentarían con alguien que los superaría y, por lo tanto, recibirían la justicia (el «juicio») que se merecían.
El pasaje más famoso que expresa todo esto aparece en Dn 7. En él, se ilustra a las naciones gentiles como monstruos inmensos y poderosos, mientras que a Israel, o más bien, a cada uno de los rectos y justos de Israel, se les ilustra como un ser humano aparentemente indefenso, «uno como el hijo del hombre». La escena tiene lugar en un gran tribunal de justicia y llega a su clímax cuando el juez, el Anciano, se sienta y falla a favor del hijo del hombre y en contra de los monstruos, falla a favor de Israel y en contra los imperios paganos. Luego, al hijo del hombre se le da la autoridad y el dominio sobre todas las naciones, algo que nos recuerda deliberadamente lo que se expresa en Gn 1 y 2, cuando a Adán se le dio autoridad plena y total sobre los animales.
¿Qué sucede, entonces, cuando se traslada al contexto del Nuevo Testamento? Respuesta: allí vemos que el propio Jesús es quien está tomando el papel del «hijo del hombre», el que sufre y luego es vindicado. Entonces, como en el texto de Daniel, él recibe del Juez Supremo la tarea de imponer su juicio en la tierra. Esto concuerda con numerosos pasajes bíblicos y postbíblicos en los que al Mesías de Israel, a aquel que representa a Israel en persona, se le encomienda la tarea de llevar a cabo el juicio. En Is 11, el juicio del Mesías crea un mundo en el que el lobo y el cordero yacen uno al lado del otro, serán vecinos. En el Sl 2, los gentiles tiemblan cuando al Mesías se le exalta a su trono. Una y otra vez se menciona que el Mesías es el agente de Dios que ha sido enviado a llevar de nuevo a todo el mundo, y no tan sólo a Israel, al estado de justicia y verdad que Dios espera que llegue con tanto anhelo como nosotros. Por lo tanto, era natural que los primeros cristianos, quienes a partir de la Pascua de Resurrección habían llegado a la conclusión de que Jesús era en realidad el Mesías, lo identificaran como aquel a través de quien Dios enderezaría el mundo, poniendo cada cosa en su lugar. Esto no lo dedujeron simplemente de su creencia en la venida o en la aparición o manifestación futura de Jesús. En realidad, pudiera muy bien haber sucedido a la inversa: su creencia en el mesianismo de Jesús pudo haber sido perfectamente bien un factor decisivo en el surgimiento de la creencia en su venida final como juez.
Sin lugar a dudas, en los tiempos de Pablo, esta creencia ya había quedado bien establecida. El resumen de lo que Pablo dijo en el Areópago de Atenas concluye con la declaración de que Dios ha establecido un día en el cual juzgará al mundo a través de un hombre que él ha nombrado para tal fin y le ha conferido total seguridad de hecho al resucitarlo de entre los muertos. De manera casi informal (en Ro 2,16), Pablo se refiere a esto en tanto que, de conformidad con el Evangelio que él predica, Dios juzgará los secretos de todos los corazones a través de Jesús el Mesías. Aunque la gente a menudo supone que no puede haber lugar alguno para un juicio futuro «según las obras», debido a que Pablo enseñó la justificación por la fe y no por las obras, esto sólo demuestra a qué grado lo hemos malinterpretado de manera tan radical. El juicio futuro en virtud de nuestras acciones, un juicio que Jesús imparte desde su «silla del juicio», lo podemos ver muy claramente, por ejemplo, en Ro 14,9-10, 2 Cor 5,10 y en otros pasajes de la Biblia. De igual manera, estos no son lugares aislados en los que Pablo está citando una tradición que no encaja a plenitud dentro de la teología que ha desarrollado. Más bien, están plena y totalmente integrados a su pensamiento y a su prédica. Para él, tanto como podría serlo para cualquier otro cristiano de la iglesia primitiva, el juicio final, impartido por Jesús el Mesías, fue un elemento vital sin el cual todas las demás cosas no tendrían asidero, ni podrían tener justificativo.
Cabe mencionar, en particular (aunque éste no sea ni el lugar, ni el momento para desarrollar este tema), que esa imagen del juicio futuro según las obras, en realidad es la base de la teología de la justificación por la fe que nos presenta Pablo. El punto de la justificación por la fe no estriba en que Jesús de pronto deje de preocuparse por el buen comportamiento o la moralidad. La justificación por la fe no puede verse reducida, como muchos han tratado en efecto de hacerlo durante los dos últimos siglos, a ser parte de una visión liberal generalizada de una moralidad de total liberalismo, de laissez-faire, o bien, de una visión romántica que propugna que cuanto nosotros hagamos en apariencia no importa en lo absoluto, ya que lo único que importa es lo que somos en nuestro fuero interno. (Aquellos que se esfuerzan por defender de forma exagerada una doctrina de la que se ha excluido de manera rigurosa toda mención a las «obras», deben considerar ¡con quiénes están en connivencia en este punto!).
No: la justificación por la fe es lo que sucede en el tiempo presente, anticipando el veredicto del día futuro cuando Dios juzgue al mundo. Es la declaración por adelantado de Dios que indica que cuando alguien cree en el Evangelio, esa persona ya es un miembro de su familia, sin importar quiénes fueron sus padres, y también sus pecados son perdonados en virtud de la muerte de Jesús y desde ese día en adelante, tal como nos lo dice Pablo, «no hay condena para los que pertenecen a Cristo Jesús» (Ro 8,1). Sin lugar a dudas, quedan todavía otras preguntas por formularse sobre la manera en la que se pueda suponer con tanta confianza que el veredicto que se emite en el presente anticipe correctamente el veredicto que se emitirá en el futuro en virtud de toda la vida que uno ha llevado. Pablo aborda esas preguntas de diversas maneras y en diferentes momentos, especialmente en sus exposiciones acerca de la labor del Espíritu Santo. Sin embargo, para Pablo (y éste es el único punto que voy a establecer dentro de este contexto), no existe ningún conflicto entre la justificación actual por la fe y el juicio futuro según las obras. Ambos aspectos se necesitan y dependen uno del otro. Pretender ir más allá de esta aseveración requeriría de una exposición bastante amplia y completa de sus cartas a los Romanos y a los Gálatas y, sin duda, no hay espacio en este lugar para hacerlo.
Una vez más, muchas otras referencias que se presentan en el Nuevo Testamento ilustran la imagen paulina. Lo que leemos en Romanos no es flor de un día, así como tampoco es idiosincrasia paulina. Sin lugar a dudas es la creencia cristiana primitiva común. Constituye el eje central del largo párrafo que leemos en Jn 5 y que les ocasionó tantos dolores de cabeza a aquellos primeros eruditos que trataron de demostrar que el evangelio de Juan hablaba simplemente de una vida eterna presente, en vez de hacerlo también sobre la vida futura:
El Padre no juzga a nadie, sino que encomienda al Hijo la tarea de juzgar, para que todos honren al Hijo como honran al Padre. Quien no honra al Hijo no honra al Padre que lo envió. Les aseguro que quien oye mi palabra y cree en aquel que me ha enviado tiene vida eterna y no es sometido a juicio, sino que ha pasado de la muerte a la vida. Les aseguro que se acerca la hora, ya ha llegado, en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que la oigan vivirán. Así como el Padre posee vida en sí, del mismo modo hace que el Hijo posea vida en sí; y, puesto que es el Hijo del Hombre, le ha confiado el poder de juzgar. No se extrañen de esto: llega la hora en que todos los que están en el sepulcro oirán su voz: los que hicieron el bien resucitarán para vivir, los que hicieron el mal resucitarán para ser juzgados. Yo no puedo hacer nada por mi cuenta; juzgo por lo que oigo, y mi sentencia es justa, porque no pretendo hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió.
El primer punto que debemos notar, una vez más, es que, básicamente, se hace referencia y se resalta todo el juicio futuro como un juicio que nos trae buenas noticias y, no, malas noticias. ¿Qué me permite hacer esta afirmación? En primer lugar, se trata de buenas noticias porque aquél a través del cual la justicia de Dios barrerá finalmente el mundo no es un tirano de corazón duro, arrogante, vengativo, sino el Hombre de los Dolores, aquél que conoció todos los pesares, el Jesús que amó a los pecadores y murió por ellos; el Mesías que asumió sobre sus hombros el juicio del mundo en la cruz. Sin lugar a dudas, esto quiere decir que él se encuentra en una posición privilegiada, única, y está llamado a juzgar todos los sistemas y a todos los gobernantes que se han repartido el mundo entre ellos y el Nuevo Testamento nos señala esto en varios pasajes. En especial, como ya hemos podido apreciar y tal como lo han resaltado algunos teólogos y artistas medievales, Jesús viene como juez, del mismo modo que Moisés descendió de la montaña hacia un campo en el que descollaban la idolatría y el bullicio del jolgorio. La Capilla Sixtina en sí misma nos recuerda el día en que se les pedirán cuentas a quienes hayan llevado una vida despreocupada y superficial. igual como a quienes hayan actuado con una total y absoluta maldad.
Dentro del contexto del Nuevo Testamento, como en la teología cristiana posterior, este juicio se anticipa bajo ciertas circunstancias. Ya me he referido a la justificación por la fe. En el caso de 1 Cor, lo mismo es cierto en cuanto a la eucaristía: el hecho de comer y beber el cuerpo y la sangre de Cristo implica para nosotros que nos estamos enfrentando aquí y ahora con aquel que es tanto el juez como el salvador de todos. Y lo mismo se aplica, claro está, a las obras del Espíritu, tal como lo podemos apreciar una vez más en Jn 16. Según declara Jesús, cuando venga el Espíritu, él convencerá al mundo en lo referente al pecado, a la justicia y al juicio. En otras palabras, el juicio final se anticipará en el mundo actual por medio del trabajo que obra el Espíritu y que ha sido atestiguado por los seguidores de Jesús.


  1. La segunda venida y el juicio

Por ende, cuando se le da la interpretación adecuada en el Nuevo Testamento y en las enseñanzas cristianas subsiguientes, lo que se conoce como la segunda venida de Jesús no es ninguna ocurrencia posterior al mensaje cristiano básico. Por así decirlo, no ha sido adosada, como algo accesorio, a lo externo de un mensaje del Evangelio que estaría completo y sería totalmente autónomo sin ella. No podemos relegarla a los confines de nuestra mente, como si fuera un aspecto marginal de nuestro pensamiento, de nuestra vida y de nuestras oraciones. Si lo hacemos, privaremos de su forma a todo lo demás. Ahora quiero referirme brevemente a unos puntos finales que hoy en día revisten importancia para nosotros.


En primer lugar, la manifestación o venida de Jesús les da una respuesta completa, por un lado, a los fundamentalistas literales y, por el otro, a aquellos que proponen la idea del «Cristo cósmico», idea acerca de la cual ofrecí un breve marco en el capítulo 5. Jesús permanece otro, ajeno a la Iglesia, otro o ajeno al mundo, aún cuando esté presente en ambos por el Espíritu. Él confronta al mundo en el presente y lo hará también en persona y visiblemente en el futuro. Él es aquel ante quien se doblará toda rodilla (Flp 2,10-11), y es también quien asumió la condición de un siervo y fue obediente hasta el punto de morir en la cruz (Flp 2,6-8). En realidad, tal como lo destaca Pablo, él es lo primero porque hizo lo segundo. Cuando se manifestó, en su aparición no encontramos un rechazo dualista del mundo presente, así como tampoco su llegada al mundo actual como si fuera un hombre venido del espacio. Lo que encontramos es la transformación del mundo presente y de nosotros dentro de este mundo, de manera que por fin se pondrá cada cosa en su justo lugar, con nosotros como parte de ese mundo. Será entonces cuando se venza para siempre a la muerte y a la descomposición y Dios será el todo en todo.
En segundo lugar, esto quiere decir que a la visión cristiana del mundo se le da la forma y el equilibrio adecuados. Como a la visión del mundo de los judíos, aunque radicalmente opuesta a la de los estoicos, los platónicos, los hindúes y también a la visión del mundo de los budistas. Los cristianos relatan una historia que tiene un principio, una parte intermedia y un final. El no tener un cierre al final de la historia, el quedar con un ciclo potencialmente sin fin, en el que diéramos vueltas y vueltas alrededor de las mismas cosas que suceden una y otra vez, o quizás el karma que se arrastra, sería la verdadera antítesis de la historia relatada por los Apóstoles y por la larga línea de sus predecesores judíos. Y, precisamente porque Jesús no desaparece convirtiéndose en la Iglesia o en el mundo, podemos renunciar, por un lado, al triunfalismo que conscientemente hace que su señorío soberano sea una excusa en sí misma y, por el otro, a la desesperación que sobreviene cuando nos percatamos de que se acaban tales esperanzas, como siempre será el caso, en la insensatez y en las fallas de las que, incluso, son las mejores y las más grandes organizaciones, estructuras, líderes y seguidores cristianos. En vista de que vivimos entre la ascensión y la venida, unidos a Jesucristo por medio del Espíritu, aunque aún a la espera de su venida y de su presencia final, podemos ser, tanto adecuadamente humildes, como adecuadamente confiados. «No nos anunciamos a nosotros, sino a Jesucristo como Señor, y nosotros no somos más que servidores de ustedes por amor de Jesús».
En tercer lugar, como corolario directo de todo esto, la tarea de la Iglesia entre la ascensión y la parousia es, por lo tanto, liberar a ambas de la energía auto-impulsada que imagina que tiene que construir el reino de Dios por sí misma y la desesperación que implica que no puede hacer nada hasta que Jesús vuelva a venir. Nosotros no «construimos el reino» por nuestra cuenta, más bien, construimos para el reino. Todo lo que hacemos en la fe, en la esperanza y en el amor en el presente, todo lo que hacemos en obediencia a nuestro Señor que ha ascendido a los cielos y en el poder de su Espíritu, se verá realzado y transformado en su aparición. Claro está, esto también tiene su nota de juicio, tal como Pablo lo establece claramente en 1 Cor 3,10-17. El «día» divulgará qué tipo de trabajo ha realizado cada constructor.
En particular, el reinado actual del Jesucristo que ascendió a los cielos y la seguridad de su aparición final en el juicio deben darnos cierta claridad y realismo en nuestro discurso político y esto nos es, sin duda, muy necesario hoy en día. Quizás con demasiada frecuencia los cristianos se dejan llevar por una versión vagamente espiritualizada de uno u otro importante sistema o partido político. ¿Qué sucedería si nosotros decidiéramos tomar en serio nuestra creencia establecida de que Jesús ya es el Señor del mundo y que ante la simple mención de su nombre, algún día se inclinarán todas las rodillas?
Uno podría suponer que esto inyectaría simplemente una nota de devoción y que nos haría evitar, entonces, los verdaderos problemas o, incluso, tratar de imponer una toma teocrática del poder. Sin embargo, si pensáramos en cualquiera de esas dos maneras, sólo demostraríamos en qué grado hemos estado condicionados por la división impuesta por la Ilustración entre la religión y la política. ¿Qué pasa si las reintegramos? Tal y como lo hacemos con el trabajo específicamente cristiano, también lo hacemos con el trabajo político que se realiza en el nombre de Jesús: confesar que Jesús es aquél que ha ascendido y que es el Señor que viene y que libera la tarea política de la necesidad de pretender que éste o aquél programa o líder tienen la clave de la Utopía (si tan sólo eligiésemos al uno o al otro). De igual manera, libera nuestra vida corporativa de la desesperación que enfrentamos cuando nos percatamos de que, una vez más, nuestros sistemas políticos nos han defraudado. La ascensión y la venida de Jesús constituyen un reto radical para la totalidad del pensamiento y de la estructura de la Ilustración (y, claro está, para muchos otros movimientos). De igual manera, ya que nuestra política occidental actual es en gran medida creación de la Ilustración, podríamos pensar con toda seriedad sobre las maneras en las que nosotros, como cristianos pensantes, podemos y debemos hacer que ese reto se convierta en el centro de atención. Estoy consciente de que esto implica correr un gran riesgo y plantear aspectos y preguntas de las que desconozco las respuestas, pero también tengo la certeza de que, a menos que yo señale todo esto, cualquiera podría tener fácilmente la impresión de que las doctrinas antiguas tienen un interés teórico o abstracto. Éste no es el caso. Las personas que creen que Jesús ya es el Señor y que aparecerá de nuevo como juez del mundo son aquellas que están llamadas y debidamente preparadas (por decir lo menos) para pensar y actuar de forma diferente en el mundo a quienes no lo creen. Estas preguntas y estos aspectos los abordaré con mayor grado de detalle en la parte final del libro.
Claro está que, en especial, la esperanza en la venida de Jesús como juez para corregir todo lo que está mal en el mundo y para dar una nueva vida a los muertos es el contexto de uno de nuestros temas centrales al que finalmente le habremos de prestar la debida atención. De ser cierto todo esto, ¿qué es lo que podemos decir acerca del futuro que nos espera a cada uno de nosotros, a cada creyente bautizado en Jesucristo? ¿A qué nos referimos específicamente en relación con nosotros mismos cuando hablamos de la resurrección futura?


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