Capítulo 7: Apuntes para una sociología del pensamiento revolucionario en tiempos de derrota



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Boron, Atilio A.. Capítulo 7: Apuntes para una sociología del pensamiento revolucionario en tiempos de derrota. En libro: Imperio & Imperialismo. Una lectura crítica de Michael Hardt y Antonio Negri. Atilio A. Boron. CLACSO, Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales, Buenos Aires, Argentina. 2004. p. 168.

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Capítulo 7

Apuntes para una sociología del pensamiento revolucionario en tiempos de derrota

Atilio A. Boron

El libro cierra con el programa político para la multitud cuyos rasgos más generales hemos esbozado en el capítulo precedente. Una vez más, muy buenas intenciones y nobles pro pósitos son desvirtuados por la fragilidad del análisis. El apéndi ce con el que concluye el último capítulo es de una elocuencia extraordinaria, porque discute el tema de la militancia y finaliza con una alucinante referencia a San Francisco de Asís.

Este breve excursuscomienza muy bien, afirmando que el mi litante de hoy nada tiene que ver con el "estilo del agente triste y ascético de la Tercera Internacional, con el alma profundamente penetrada por la razón de estado soviética" sino que se inspira, por el contrario, en la figura del "combatiente comunista y libe rador de las revoluciones del siglo XX", entre los cuales se cuen tan también los intelectuales perseguidos y exiliados durante el fascismo, los republicanos de la guerra civil española, los miem bros de la resistencia antifascista y quienes lucharon por la liber tad en las guerras anticolonialistas y antiimperialistas. La misión del militante ha sido siempre, y hoy más que nunca, la de organizar y actuar, no la de representar. Es su actividad constitutiva y no la representativa la que lo caracteriza. "La militancia de hoy es una actitud positiva, constructiva e innovadora. (É) Los mili tantes resistimos al gobierno imperial de maneras creativas" (p. 373). El remate de este razonamiento, sin embargo, nos conduce a San Francisco de Asís. Según H&N éste denunció la pobreza de la multitud de su tiempo y la adoptó como una de las reglas de la orden mendicante que fundaría poco después, descubrien do en la pobreza

"el poder ontológico de una nueva sociedad. El militante co munista hace lo mismo, al identificar la enorme riqueza que reside en la condición común de la multitud. San Francisco, en oposición al capitalismo naciente, repudió toda disciplina instrumental y (É) propuso una vida gozosa que incluía a to dos los seres y a toda la naturaleza, a los animales, al herma no Sol y a la hermana Luna, a las aves del campo, a los seres humanos pobres y explotados, todos juntos en contra de la vo luntad del poder y la corrupción" (p. 374).

En la posmodernidad nos hallamos, una vez más, "en la situa ción de San Francisco de Asís, y proponemos contra la miseria del poder, el gozo del ser" (p. 374). El desenlace de esta peligro sa analogía no puede ser otro que una reflexión muy especial en torno a la revolución, "una revolución que ningún poder podrá controlar, porque el biopoder y el comunismo, la cooperación y la revolución continúan unidos, en el amor, la simplicidad y tam bién la inocencia. Ésta es la irrefrenable levedad y dicha de ser comunista" (p. 374).

Ahora bien: ¿qué proponen H&N? ¿Que las multitudes del imperio, inspiradas en el ejemplo del santo de Asís, toquen en el violín armoniosas melodías que apacigŸen a los leviatanes de la globalización neoliberal, al igual que San Francisco lo hiciera con las fieras de los bosques? ¿O que la inocencia y el canto a la vida de las multitudes inocentes y productivas convenza a los amos del mundo de su indignidad y culpabilidad y éstos renun cien para siempre a sus prerrogativas, riquezas y privilegios? Só lo nos resta esperar, por el bien de la humanidad, que el futuro de estos nuevos militantes comunistas posmodernos sea un poco más venturoso que el que tuvo la orden franciscana, y que los re sultados de su militancia sean más productivos en la erradicación de la pobreza y el logro de la emancipación humana que los que en su momento obtuvieron los rezos y sacrificios de la Orden de los Frailes Menores.

Una lectura cuidadosa de Imperionos permite llegar a la con clusión de que la empresa de presentar un sofisticado análisis del orden mundial culminó con un fracaso rotundo. ¿Cómo explicar la ceguera de estos dos académicos comunistas ante la naturale za inherentemente imperialista del sistema internacional? A lo largo de este libro hemos mencionado algunos factores que, se gún nuestro entender, deben ser tenidos en cuenta para explicar un resultado tan desafortunado como éste: un punto de partida incurablemente formalista y juridicista; la debilidad de los ins trumentos de análisis de la economía política; la insuficiencia en relación a ciertos datos económicos muy elementales; la acepta ción ingenua de muchos de los axiomas del consenso neoliberal y del posmodernismo; las confusas herencias del estructuralismo y su visceral rechazo del sujeto y, por último y muy especialmen te, los efectos desquiciantes de una teoría del estado radicalmen te equivocada.

Pero, habida cuenta del formidable calibre intelectual de H&N, especialmente en el caso del italiano por su dilatada tra yectoria en el campo de la filosofía social y política del marxismo, ¿cómo explicar tan decepcionante resultado? En un trabajo notable Terry Eagleton proporciona algunas claves que, nos pa rece, pueden ser de utilidad para resolver este interrogante. A los efectos de facilitar la comprensión de su argumento Eagleton nos invita a imaginar el impacto que sobre un movimiento contesta tario radical ejerce una derrota aplastante, que parece borrar de la agenda pública del presente los temas y las propuestas del mis mo no sólo por lo que resta de nuestras vidas sino, tal vez, para siempre. A medida que pasa el tiempo las tesis centrales del mo vimiento pecan menos por su falsedad que por su abierta irrele vancia. Sus oponentes ya no encuentran ninguna razón para de batir con ellas o refutarlas, sino que las contemplan con una rara mezcla de indiferente curiosidad, "la misma que uno puede tener en relación a la cosmología de Ptolomeo o la escolástica de To más de Aquino" (Eagleton, 1997: p. 17).

¿Cuáles son las alternativas prácticas que se abren para los contestatarios ante una catástrofe políticoideológica como la que estamos describiendo, cuando un mundo de verdades apa rentemente inconmovibles y objetivas, de estructuras determi nantes, de "leyes de movimiento" y causas eficientes se desvane ce como una niebla matinal y su lugar es ocupado por una visto sa galaxia de fragmentos sociales, azarosas contingencias y fuga ces circunstancias cuyas infinitas combinatorias provocaron la bancarrota no sólo del marxismo sino de toda la herencia teore ticista del Siglo de las Luces? Eagleton asegura que, para la "sen sibilidad posmoderna", las ideas centrales del marxismo son me nos combatidas que ignoradas: no se trata de que éstas sean equi vocadas sino que, como aseguran sus críticos, se han vuelto irre levantes. El Muro de Berlín ya fue demolido; la Unión Soviética saltó por los aires como producto de una gigantesca implosión y hoy es apenas un borroso recuerdo; el capitalismo, los mercados y la democracia liberal parecen triunfar por doquier, según lo asegura Francis Fukuyama; la vieja clase obrera fue pulverizada por el postfordismo; los estados nacionales aparecen en desor denada retirada, servilmente arrodillados ante el ímpetu de los mercados globalizados; el Pacto de Varsovia se disolvió en el bo chorno; la socialdemocracia abraza descaradamente al neolibera lismo; China se abre al capital extranjero e ingresa a la OMC; y el otrora llamado "campo socialista" desapareció de la arena in ternacional. ¿Qué hacer?

Eagleton nos plantea algunas interesantes alternativas, que iluminan no sólo el posible itinerario que habrían recorrido nues tros autores sino también el que transitaron muchos de los que, en la América Latina de los años sesenta y setenta, pregonaban la inminencia de la revolución y velaban sus armas a la espera del "día decisivo". Están por una parte quienes se pasaron, cínica o sinceramente, a la derecha. Otros se quedan en la izquierda, pe ro resignados y nostálgicos ante la ineluctable dilución de su identidad. Unos terceros cierran los ojos y hacen gala de un de mencial triunfalismo, advirtiendo en los más tenues indicios de una movilización los signos seguros que anuncian el estallido re volucionario. Están, por último, quienes conservan el impulso ra dical pero, para ello, deben relocalizarlo en otra arena distinta de la propiamente política (Eagleton, 1997: p. 17).

Hardt y Negri se hallan, podríamos asegurar, al interior del complejo campo que define esta cuarta y última alternativa. No se han ido a la derecha, como por ejemplo lo hiciera Regis De bray o, en América Latina, Mario Vargas Llosa. Tampoco queda ron hundidos en la dolorosa percepción de la derrota de unas ideas en las cuales siguen creyendo, ni se colocaron una venda en los ojos y pretextando que nada ha ocurrido recorren el planeta a la búsqueda de las infalibles señales que preanuncian el retorno de la revolución. Su actitud fue la más sana: apertura, búsqueda, reconstrucción. Claro está que un proceso de este tipo lleva con sigo el riesgo inevitable de la involuntaria aceptación de una pre misa que, a la larga, puede frustrar por completo el proyecto re novador: la idea "de que el sistema es, al menos por el momen to, invencible" (Eagleton, 1997: p. 17). De ésta se desprenden una serie de consecuencias teóricas y prácticas que, como vere mos, se han plasmado de manera bastante nítida en la agenda del posmodernismo. Por una parte, un interés casi obsesivo en el examen de las formas sociales que crecen en los márgenes o en los intersticios del sistema; por la otra, la búsqueda de aquellas fuerzas sociales que al menos momentáneamente puedan come ter alguna trasgresión en contra del sistema, o puedan fomentar alguna forma de subversión limitada y efímera en su contra. La celebración de lo marginal y lo efímero, el prejuicio de que lo minoritario es liberador (obnubilando la visión del papel que cumple una minoría muy especial como la burguesía) mientras que lo masivo y central, no marginal, pasa a ser demonizado, for man parte de este nuevo ethos políticocultural. Si el sistema pa rece no sólo inexpugnable sino también opresivo, el abandono de una teorización "moderna" como la marxista no deja otra esca patoria que recurrir a su negación puramente imaginaria. De es te modo "lo otro", lo diferente, se alza como el supuesto antago nista del orden existente. Y es precisamente su "otredad" lo que garantiza la radicalidad de su antagonismo, al convertirlo en ina similable y, por eso mismo, en la única (ilusoria) alternativa al sistema.

El remate de una elaboración que es consecuente con su pun to de partida, la imbatibilidad del sistema, es lo que Eagleton de nomina el "pesimismo libertario" (Eagleton, 1997: p. 19). Pesi mismo, porque el sistema aparece como omnipotente y avasallador; libertario, porque permite soñar con múltiples subversiones y superaciones del sistema, pero sin que esto implique identificar agentes de carne y hueso capaces de llevar a la práctica tales en soñaciones. El sistema está en todas partes y cancela la distinción entre "afuera" y "adentro": lo que está adentro forma parte de su maquinaria y es cómplice; lo que está "afuera" es impotente pa ra doblegarlo. De ahí el pesimismo radical que permea este pen samiento, más allá de sus intenciones proclamadamente revolu cionarias.

El texto de Eagleton es extraordinariamente sugerente y es crito precisamente en momentos en que H&N ponían manos a la obra en la redacción de Imperio anticipa con notable agudeza algunos de los rasgos generales de la teorización allí desarrolla da. El imperio es, como el sistema, omnipresente, y si bien nues tros autores de ninguna manera afirman que el mismo es inven cible, el tono de su argumentación culmina con una nota pesimis ta que se acerca en mucho a una definitiva capitulación. En todo el libro, las fuerzas del orden y la conservación son infinitamen te más poderosas y eficaces que aquellas supuestamente llama das a desmontar el imperio. En contra de los poderes de la bom ba, el dinero, el lenguaje y las imágenes, se levanta el "héroe" tercermundista que en vez de la revolución escoge la emigración. El imperio, además, no reconoce un "afuera" y un "adentro"; to dos estamos "adentro" y, aunque no se diga explícitamente, to dos estamos sometidos a sus arbitrios y argucias opresivas. Lo que puede derrumbarlo es la imprevisible acción del "otro" idea lizado, la multitud, signado como está por la infinita combinato ria de inagotables singularidades. Las clases y el pueblo, catego rías de inclusión de la época en la que presuntamente todavía existían un capitalismo "nacional" y el estadonación, se volati lizan en la obra de H&N y ceden su espacio a la esperanzada negatividad de la multitud. Y ciertos rasgos que nuestros autores identifican como portadores de una respuesta radical al sistema "diferencia", "hibridación", heterogeneidad e incansable movili dad son, como bien acota una vez más Eagleton, "nativos al mo do de producción capitalista y por eso mismo de ninguna mane ra fenómenos inherentemente radicales" (Eagleton, 1997: p. 21).

En todo caso, este síndrome está lejos de ser completamente original en la historia del marxismo y del pensamiento revolucio nario. Con su habitual perspicacia lo había detectado Perry An derson en una obra clave publicada en un momento muy espe cial, 1976, cuando se producían las exequias del capitalismo key nesiano y el rotundo fracaso de la estrategia socialdemócrata (se guida tanto por los partidos socialistas como por los comunistas, especialmente en Italia, Francia y España) y ya se avizoraban los primeros signos de la contrarrevolución neoliberal. Se trata, cla ro está, de Considerations on Western Marxism, un libro conce bido para examinar otro período histórico, el de los años veinte y comienzos de los treinta, también marcado a fuego por el sig no de la derrota. No es nuestro propósito el tratar de reconstruir un diálogo imaginario entre Eagleton y Anderson, que no duda mos sería esclarecedor, máxime ante los desafíos que plantea tra tar de comprender el preocupante extravío teórico que emblema tiza un libro como Imperio.



Derrota en los veinte, nueva derrota en los ochenta. Pensa miento propio de aquello que Hannah Arendt retrataría con ex traordinaria sutileza en su revisión de los avatares que convulsio naron la vida de hombres y mujeres brillantes en lo que Bertolt Brecht denominara "épocas oscuras". Una mirada panorámica a las vidas de Rosa Luxemburgo, Walter Benjamin, el propio Ber tolt Brecht, para citar tan sólo a quienes las consumieron en nom bre de los ideales socialistas, deja algunas enseñanzas muy interesantes. Por ejemplo, que hasta el mismo momento en que so breviene la catástrofe la realidad se ocultaba, gracias a la labor tanto de funcionarios como de intelectuales de buen corazón, de bajo de una gruesa costra de discursos, dobles discursos y diver sos dispositivos que hacían a un lado los datos desagradables y disipaban las dudas más razonables. Luego, de golpe, sobrevenía la tragedia (Arendt, 1968: p. viii). ¿No será que Hardt y Negri han caído víctimas de esa aporía que parece regir la producción intelectual de los hombres que viven en estos tiempos oscuros? No podemos saberlo. En todo caso, Eagleton nos suministró al gunas claves para entender las dificultades que tienen los intelec tuales de izquierda para dar cuenta de los aspectos más omino sos de nuestra época. Anderson agrega otras, que se articulan muy bien con las del primero. Este marxismo de la derrota "pa radójicamente invirtió la trayectoria del propio desarrollo inte lectual de Marx" (Anderson, 1976: p. 52). Si el fundador del ma terialismo histórico pasó de la filosofía a la política y luego a la economía política, la tradición del "marxismo occidental" invir tió ese recorrido y rápidamente buscó refugio tanto de los rigo res de la derrota de la revolución a manos del fascismo como de las frustraciones que brotaban de su "triunfo" y consolidación en la URSS en las regiones más recónditas de la filosofía. El trán sito del joven Marx desde la filosofía a la política se fundaba en la convicción de que "la radicalidad de una crítica social exige ir más allá del hombre abstracto, y que para comprender al hombre situado es preciso adentrarse en la anatomía de la sociedad civil" (Boron, 2000[a]: p. 302) 9. Al desandar el camino de Marx en lu gar de profundizarlo y continuar avanzando, la reflexión filosófica y epistemológica volvió a ocupar el centro de la escena, eclip sando por completo las preocupaciones políticas, económicas e históricas del fundador. Esta reorientación hacia lo filosófico y lo metafísico, que se discierne claramente en la lectura de Imperio, va acompañada por otro rasgo que Anderson señaló como una de las marcas distintivas del marxismo occidental de entreguerras: el esoterismo del lenguaje y su inaccesibilidad excepto para los ya iniciados. "El exceso por encima del cociente de complejidad verbal mínimamente necesario fue un signo de su divorcio de to da práctica popular", nos dice Anderson (1976: p. 54). Esta pro liferación conceptual se manifestaba en algunos síntomas que también reaparecen en la obra de H&N: un lenguaje innecesaria mente abstruso y enrevesado, una sintaxis por momentos impe netrable, una gratuita profusión de neologismos que sólo contri buyen a tornar aún más hermética la obra. Por último, hay un ter cer elemento constitutivo de esta regresión teórica: "ante la au sencia del polo magnético de un movimiento revolucionario de clase la aguja de la tradición (marxista) tendió a inclinarse cada vez más en dirección de la cultura burguesa contemporánea". Y concluye nuestro autor que "la relación original entre teoría mar xista y práctica proletaria fue sutil pero firmemente sustituida por una nueva relación entre teoría marxista y teoría burguesa" (Anderson, 1976: p. 55). Se puede comprobar la verdad conteni da en este aserto con sólo compilar una lista de los autores dis cutidos por H&N, pocos, muy pocos de los cuales tienen que ver con algunas de las grandes luchas protagonizadas por las clases y sectores populares en los últimos veinte años.

En una entrevista reciente Michael Hardt ofreció algunas cla ves interesantes para comprender las razones de la asombrosa in volución teórica que se concretiza en las páginas de Imperio. Hardt observaba en ella que en la época de Marx el pensamiento revolucionario reconocía tres principales fuentes de inspira ción: la filosofía alemana, la economía política inglesa y la polí tica francesa. "En nuestros días (É) las orientaciones han cam biado y el pensamiento revolucionario es orientado por la filoso fía francesa, la ciencia económica norteamericana y la política italiana" (Hardt, 2001). Hardt está en lo cierto a condición de que esa reflexión se refiera a las orientaciones que prevalecieron en la redacción de su obra y no a las fuentes de inspiración del pen samiento revolucionario. En efecto, el peso que en Imperiotie nen la filosofía francesa y las teorías económicas en boga en las escuelas de administración de empresas de los Estados Unidos es predominante. Claro está que nada autoriza a suponer que estos nuevos manantiales teóricos representen un paso adelante en el perfeccionamiento y desarrollo de una teoría sobre el capitalis mo en su etapa imperialista y, mucho menos aún, en la elabora ción de una "guía para la acción" que señale el sendero que ha brán de recorrer las fuerzas sociales de la transformación y el cambio. En lugar de la dialéctica hegeliana, con su énfasis en la historicidad y transitoriedad de todas las instituciones y prácticas sociales y el carácter contradictorio de la existencia social, el pensamiento contestatario contemporáneo busca renovar su arse nal teórico en fuentes tan dudosas como el estructuralismo y el postestructuralismo, la semiología, el psicoanálisis lacaniano y toda una serie de vertientes filosóficas caracterizadas por su ad hesión al posmodernismo. Por otro lado, es imposible registrar como un paso hacia adelante el desplazamiento de la economía política y su reemplazo por la ciencia económica norteamerica na, cuya estrechez de miras, formalismo pseudomatemático y superficialidad son en la actualidad universalmente reconocidas. Insinuar que el desplazamiento de figuras tales como Adam Smith y David Ricardo a manos de pigmeos tales como Milton Friedman o Rudiger Dornbusch pueda ser un indicio alentador en la construcción de un pensamiento de izquierda es, por decir lo con mucha prudencia, un error de características monumenta les. Por último, decir que la política italiana, antiguo hogar del mayor partido comunista del hemisferio occidental hoy goberna da por un personaje tan repulsivo como Silvio Berlusconi, es una renovada fuente de inspiración por comparación a la Francia del siglo XIX, con sus grandes insurrecciones populares y la expe riencia maravillosa de la Comuna de París, el primer gobierno de la clase obrera en la historia universal, representa la candorosa confesión de un equívoco llamado a tener desastrosas consecuen cias en el plano tanto teórico como práctico.



Pero aún tomando en cuenta las consideraciones precedentes no podemos sino interrogarnos acerca de cómo fue posible que un intelectual del calibre de Antonio Negri, que escribiera algu nos de los libros y artículos más importantes que la tradición marxista produjera en el último cuarto de siglo pasado, haya es crito una obra como ésta en la cual parece haberse olvidado de casi todo cuanto pensara antes 10. Pocas dudas caben de que Ne gri ha sido uno de los más importantes teóricos marxistas. Naci do en Padua, Italia, en 1933, se graduó en Filosofía en la univer sidad de su ciudad natal y en los años sesenta fue designado pro fesor de Teoría del Estado en el Departamento de Ciencia Políti ca de Padua. Al mismo tiempo, su involucramiento práctico en la política italiana lo convirtió en uno de los líderes de Potere Ope raio y una de las figuras más sobresalientes de la izquierda ita liana, muy crítico de la línea política y teórica auspiciada por el PCI. En 1979 Negri fue arrestado y enviado a la cárcel luego de un juicio completamente viciado de nulidad insanable. Se lo acusó de ser el mentor intelectual de las acciones terroristas de las Brigadas Rojas, incluyendo el asesinato del Primer Ministro ita liano Aldo Moro. En 1983 el Partido Radical Italiano, una mez cla moderada de liberalismo y socialdemocracia, auspició su candidatura al parlamento a efectos de presionar al gobierno ita liano para que revisara la sentencia judicial. Electo diputado por el voto popular, su inmunidad parlamentaria le permitió abando nar la prisión. Poco tiempo después, la mayoría oficialista en el parlamento con la infame complicidad de los votos de la banca da del PCI, en un gesto político escandaloso procedió a retirar le su inmunidad y Negri, como muchos otros luchadores antifas cistas antes, se exilió en Francia. Declarado rebelde por la ya en tonces completamente corrompida justicia italiana, Negri fue condenado a cumplir una sentencia de treinta años de cárcel acu sado de "insurrección armada contra el estado" con un adicional de cuatro años y medio por su "responsabilidad moral" durante los violentos enfrentamientos entre la policía, los estudiantes y los obreros ocurridos en Milán entre 1973 y 1977.

Su estancia en prisión no le impidió escribir profusamente, textos entre los cuales sobresale La Anomalía Salvaje, publicado en 1981. Con anterioridad Negri ya había publicado algunas de sus principales contribuciones a la teoría marxista tales como Operai e Stato. Fra Rivoluzione d"ottobre e New Deal(1972), Crisi dello statopiano(1974), Proletari e Stato(1976), La For ma Stato. Per la Critica dell"Economia Politica della Constitu zione(1977), Marx oltre Marx(1979), y un artículo seminal so bre la restructuración capitalista luego de la Gran Depresión, "Keynes y la teoría capitalista del estado", originariamente pu blicado en Italia y luego traducido a numerosas lenguas y repro ducido en Labor of Dionysus, un libro que Negri escribiría años después con Michael Hardt. En Francia Negri permanecería a lo largo de catorce años, entre 1983 y 1997. La protección del go bierno de Fran□ois Mitterrand fue decisiva para disuadir a los servicios secretos del gobierno italiano que en un primer mo mento intentaron secuestrarlo. Mientras tanto, enseñó en la céle bre Ecole Normal Superieur y en la Universidad de París VIII y, junto a otros distinguidos colegas franceses, fundó una nueva re vista teórica: Futur Antérieur. Es más que evidente que durante su estancia en Francia Negri archivó sus tradicionales preocupa ciones por la filosofía alemana y adquirió una gran familiaridad con los debates filosóficos franceses marcados por la presencia de intelectuales tales como Louis Althusser, AlainBadiou, Etien ne Balibar, Jean Baudrillard, Gilles Deleuze, Jacques Derrida, Michel Foucault, Felix Guattari, Jacques Lacan, JeanFrancoise Lyotard, Jacques Ranciere y muchos otros. Su residencia en Francia fue un período de intensa elaboración teórica y de pro funda reorientación intelectual y, hasta cierto punto, política. En tre los libros más importantes publicados en esa época se cuen tan Les nouveaux espaces de liberte, en colaboración con Felix Guattari (1985); Fabbriche del soggetto(1987); The Politics of Subversion (1989); Il potere constituente(1992); Labor of Dionysus: a critique of the stateform, en coautoría con Michael Hardt (1994). En 1997, luego del escandaloso colapso del siste ma institucional italiano y la crisis de la Democracia Cristiana y el Partido Socialista Italiano, Negri puso fin a su exilio parisino y regresó a Italia, donde su previa sentencia había sido revocada. Pasó un corto tiempo en la prisión de Rebibbia y, posteriormen te, le fue concedida la posibilidad de servir una nueva sentencia, reducida y más benigna, que le permite estar durante el día en su casa en el Trastevere romano pero debiendo pernoctar en la pri sión. Fue en este contexto cuando escribió, conjuntamente con Michael Hardt, el libro que hemos criticado en estas páginas.


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