Capitulo XIV



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Instituto De Ateísmo Científico De La Academia De Ciencias Sociales De La URSS

CAPITULO XIV

EL CONTENIDO MORAL DEL ATEÍSMO CIENTÍFICO

En la lucha entre la cosmovisión científico-materialista y la religiosa-idealista ocupan un puesto importante los problemas de la moralidad.

Los defensores de la religión afirmaban durante siglos que ésta era la protectora de los valores morales más altos, que ella sola era capaz de ennoblecer al hombre y de impedirle que cometiera malos actos. No obstante, la ciencia y la práctica histórica refutan las afirmaciones de los defensores de la religión sobre su influencia favorable en el progreso de la moral y al mismo tiempo testimonian el alto significado moral del ateísmo, de la concepción científico-atea del mundo, que son parte integrante inseparable de la ideología comunista.

El contenido moral del ateísmo científico se expresa sobre todo en una negación por principio de la moral religiosa.

¿Es posible la moralidad sin la religión? El ateísmo marxista-Ieninista rechaza totalmente el punto de vista eclesiástico-teológico sobre la religión como la base y la fuente de la moralidad.

Los teólogos afirman que la moral verdadera no puede existir fuera de la religión. Sólo sobre la base de ésta es posible, al parecer, conseguir unas relaciones morales perfectas. «La fe —escribe la "Revista del Patriarcado de Moscú"— es verdaderamente el alfa y el omega de una vida moral.» «El orden moral —se dice en la encíclica papal "Mater et magistra"— absoluto e indestructible en sus principios, encuentra su base objetiva en dios.» La religión y la Iglesia siempre aspiraban al papel de único mentor con autoridad en la moralidad de la humanidad.

La concepción teológica de que la moral está condicionada eterna e inevitablemente por la religión, fue criticada en la historia del pensamiento social. Numerosos pensadores del pasado como Epicuro y Lucrecio Caro en la antigüedad y más tarde los materialistas franceses del siglo xvin, Ludwig Feuerbachc y los demócratas revolucionarios rusos consideraban que la moralidad podía existir fuera de la religión. Más aún, subrayaban la influencia negativa de la religión en la moral. La doctrina marxista leninista proporcionó una concepción auténticamente científica de la relación entre la moralidad y la religión.

La moral y la religión son dos formas diferentes de la conciencia social, aunque están vinculadas mutuamente en determinadas circunstancias históricas. En el umbral de la historia humana los elementos de la conciencia social, que se estaba formando, entre ellos el elemento moral y el religioso, representaban un todo no fragmentado, incrustado directamente en la actividad productiva de las colectividades primitivas. La diferenciación de las formas de la conciencia social —un fenómeno históricamente bastante tardío— no excluía aquello que G. V. Plejanov denominó «crecimiento simultáneo» de la moralidad y de la fe en la existencia de dios.

La religión, como señaló V. I. Lenin, hizo de la moral un dios, creó un dios moral1. Este proceso encontró su expresión más plena en el judaismo, en el islam y especialmente en el budismo y el cristianismo. El grado y las formas del «crecimiento simultáneo» de la religión y de la moralidad en último término dependían de las condiciones objetivas del desarrollo sociohistórico.

El progreso social fue la base para una liberación gradual de la esfera moral en la vida de la sociedad de la influencia religiosa. La vida prácticamente rechaza las afirmaciones de los teólogos sobre la unión indestructible de la moral con la fe en dios y confirma el punto de vista materialista sobre la posibilidad de la existencia de la moralidad sin la sanción religiosa.

El hecho, reconocido por los círculos eclesiásticos y teológicos de que la religiosidad decae en todas las capas de la población testimonia que la fe en dios se muestra cada vez menos capaz de satisfacer las múltiples necesidades, incluyendo las necesidades morales, del hombre moderno. Incluso en la publicación del Vaticano «El ateísmo contemporáneo» se reconoce que el humanismo de los no creyentes no es casual. Es el resultado de los cambios profundos y serios, que transcurrieron en la vida de la sociedad, en el desarrollo del pensamiento social, en la ciencia y en la cultura.

En la actualidad la mayoría de los hombres soviéticos ha rechazado la religión y ha pasado a las posiciones del ateísmo, siendo al mismo tiempo ejemplos de una alta moralidad. Somos testigos de cómo la «unión» secular de la religión con la moral cede cada vez más su puesto a la unidad indestructible de la moralidad y el ateísmo. En las etapas superiores del desarrollo social —en las condiciones del comunismo— la moral quedará completamente libre de la influencia religiosa.

¿Son las normas de la moral religiosa sobrenaturales y eternas? El ateísmo marxista-leninista rechaza el dogma sobre la naturaleza sobrenatural y eterna de la moral religiosa. Los ideólogos de la religión afirman que la conciencia moral está dada al hombre por dios en forma de una ley moral con un contenido igual para siempre.

Según las palabras de uno de los representantes de la filosofía religioso-idealista del siglo xx, N. Berdiaiev, esta ley está otorgada a «este mundo no desde este mundo».

El concepto de «la ley moral divina» es el punto central de la doctrina ética de diversas religiones. En el cristianismo se distingue una ley moral natural, o interior, al parecer existente en la naturaleza del hombre, y una ley moral, revelada por dios, o exterior, expuesta en los llamados diez mandamientos de Moisés y en el sermón de la montaña de Jesús.

En realidad, la conciencia moral y la conducta moral de los hombres vienen dadas por las condiciones sociales. Con la formación de la sociedad y del hombre, empezaron a formarse las correspondientes representaciones, normas, costumbres: la ayuda mutua, la defensa común ante el enemigo, el sentimiento de compasión para con otro hombre, etc. Su aparición estaba condicionada por las necesidades de influir sobre la conducta del hombre en una dirección necesaria para la colectividad.

No resiste a la crítica la tesis eclesiástica y teológica relativa al carácter eterno, absoluto y no vinculado a ninguna clase de la moral religiosa. Esta tesis es la lógica prolongación de las afirmaciones sobre la «ley moral divina», dada al hombre para siempre. Las reflexiones sobre la independencia de la moral religiosa con respecto al desarrollo histórico tienen por objeto demostrar que la «ley moral divina» es aplicable a todas las condiciones sociales. La fe religiosa (como la moral de las clases explotadoras) tienen un carácter transitorio y desaparece con el progreso de la sociedad; al mismo tiempo las relaciones morales comunistas, vinculadas estrechamente a las opiniones y convicciones ateas, tendrán una solidez y una fuerza desconocidas antes.

La teoría de la moral religiosa eterna y absoluta niega el papel determinante de la existencia social en la relación para con la conciencia social, el progreso social, espiritual y moral de la humanidad. »... Toda teoría moral que ha existido hasta hoy es el producto, en última instancia, de la situación económica de cada sociedad. Y como la sociedad se ha movido hasta ahora en contraposiciones de clase, la moral fue siempre una moral de clase; o bien justificaba el dominio y los intereses de la clase dominante, o bien, en cuanto que la clase oprimida se hizo lo suficientemente fuerte, representó la irritación de los oprimidos contra aquel dominio y los intereses de dichos oprimidos, orientados al futuro»2.

La historia de la sociedad testimonia que con el desarrollo de la vida social variaban también las representaciones morales. Y estos cambios eran tan considerables que muchas normas morales de una etapa histórica contradecían a las normas de otra etapa y consiguientemente se rechazaban como inmorales. Cada formación socio-histórica crea su propio sistema de moralidad, que difiere fundamentalmente del anterior sobre todo en la valoración de una nueva estructura social y de nuevas exigencias frente al hombre.

No permaneció igual ni la moral religiosa. En el curso del desarrollo histórico se modificaba y cambiaba su aspecto. Cambia también en nuestros días. Más aún, nunca antes sufría tales trastornos enormes como los que se observan en las condiciones del actual progreso social, científico-técnico y cultural.

Bajo la influencia de la vida evoluciona sobre todo la conciencia moral de los creyentes. En ella se debilitan las manifestaciones de las opiniones propiamente religiosas, crece la influencia de la moral comunista. La masa fundamental de los creyentes no considera ahora los principios de la doctrina moral religiosa como las reglas directrices de su conducta, construye su presente y futuro con una total independencia con respecto a la fe en la inmortalidad personal, en la «salvación» del alma.

Bajo la influencia de la realidad socialista en los creyentes de nuestros días se forma una nueva jerarquía de los valores vitales y culturales, crece y se fortalece la concepción realista de los intereses y de las obligaciones del hombre.

Evolucionan también las concepciones morales teológicas, que tratan de adaptarse a la conciencia cambiante de los creyentes y a las condiciones de la época. La modernización de la moral religiosa está dirigida sobre todo a la conservación y al fortalecimiento de sus posiciones en las nuevas circunstancias históricas. Los teólogos procuran reconciliar el tradicional sermón sobre la corrupción pecaminosa de la naturaleza humana, que excluye la necesidad del progreso social, con el reconocimiento de la posibilidad de las transformaciones sociales y del perfeccionamiento del mundo espiritual de los hombres. La concepción individualista de la salvación personal a costa de retirarse de la sociedad, a costa del ascetismo y el sufrimiento «se suma» ahora al llamamiento hacia un servicio social. La doctrina acerca del reino de dios «se acerca» a menudo al ideal moral comunista.

El crecimiento de la autoridad del comunismo científico, del materialismo y del ateísmo obliga a muchos teólogos y clérigos a «poner en consonancia» los principios morales de la religión y del comunismo. En una de las reuniones eclesiásticas, el metropolita ortodoxo Nikodim, al exponer el código moral de los que edifican el comunismo, declaró: «No es difícil comprender que estos principios llenos de un auténtico humanismo, adoptados por todos los miembros de nuestra sociedad, independientemente de sus convicciones religiosas o ateas, constituyen una base firme para la actividad social práctica.» Los cambios en la esfera religioso-eclesiástica característicos de nuestros días, abren las posibilidades para una participación más activa de los creyentes en los asuntos de la sociedad. Por otra parte, la modernización de la «teología moral», llevada a cabo por el clero, hace que la religión renovada sea más peligrosa en comparación con sus formas vulgares. A este respecto hay que completar y perfeccionar el arsenal de los medios y los métodos del trabajo científico-ateo.

El sentido social de la moral religiosa El ateísmo marxista-leninista descubre y rechaza la función social reaccionaria de la moral religiosa. Lo mismo que la religión en su conjunto, también la moralidad religiosa es un reflejo fantástico en la cabeza de los hombres de aquellas fuerzas exteriores que imperan en su vida ordinaria. La moral religiosa da a los hombres una orientación falsa en la vida personal y social, interpreta de un modo deformado sus necesidades y sus intereses reales. Deforma la conciencia y el comportamiento de los creyentes; subordina la actividad humana a unos ideales tergiversados. La moral religiosa consagra las supervivencias de las antiguas relaciones morales entre los hombres, las antiguas costumbres y las tradiciones y de este modo impide el afianzamiento moral de la manera de vivir socialista.

La moralidad religiosa, que apela a dios, es una expresión de la opresión social de las masas en la sociedad antagónica de clases, cuando los trabajadores, desengañados de la justicia moral en la vida terrenal, trasladaban sus anhelos a los cielos. Mas el traslado de las esperanzas al mundo del más allá solamente intensifica la esclavitud de los trabajadores, los condena a la sumisión y la paciencia. Con esto, la religión y su moral aparecen como un arma de opresión, que actuaba a lo largo de muchos siglos de la existencia del régimen explotador.

En la sociedad esclavista, feudal y capitalista, la moral religiosa sirve a las clases explotadoras, que la imponen por la fuerza en la conciencia de las masas. Al ser una variedad de la moral de las clases explotadoras, la moralidad religiosa tiene sus rasgos específicos. Estos rasgos específicos consisten en que la moral religiosa está ligada a las bases generales de la cosmovisión religiosa, se deduce de ella y busca en ella su justificación. Incluye unos principios que no son propios de la moral mundana. En el cristianismo es, por ejemplo, la doctrina sobre el amor a dios, la no oposición al mal con la violencia, el sufrimiento como un bien, etc.

Es un complejo de opiniones morales, de normas, de sentimientos y también de conductas de los creyentes correspondiente a aquéllos; todo esto se desprende de la doctrina religiosa. Las opiniones morales, las normas y los sentimientos constituyen la conciencia moral, que se manifiesta en los actos prácticos de los creyentes. El complejo religioso-moral recibe su fijación en los sistemas de la ética religiosa .o de la «teología moral».

La moral religiosa es un fenómeno conservador y reaccionario. La deformación religioso-fantástica de las relaciones morales entre los hombres, la predicación de la impotencia en la lucha contra los vicios morales, las exhortaciones a la sumisión a las fuerzas sobrenaturales, influían e influyen negativamente en la vida moral de la sociedad y de la persona. La destrucción de las representaciones anticientíficas, antihumanitarias y mixtificadas sobre la moralidad sirve a la causa del afianzamiento de la moral auténtica, comunista.

El sentido moral del ateísmo científico no se agota con la crítica de la moral religiosa. El ateísmo marxistaleninista como un componente de la cosmovisión científico-materialista no solamente niega los principios morales religiosos, sino que también afirma un programa moral y ético positivo. En las ideas ateas se halla un profundo contenido positivo que tiene un gran significado para la fundamentación y el desarrollo de la moralidad.



El ateísmo como un factor del progreso moral

El progreso moral es una parte integrante del proceso histórico general, que se subordina a las leyes objetivas.

Su base es el desarrollo de la vida económica, social y espiritual, que conduce al perfeccionamiento del hom¡ bre como un ser moral, al crecimiento en él de un sentimiento del deber social, a la comprensión de las obligaciones ante la sociedad, la colectividad y la familia. En las formaciones antagónicas de clases el progreso moral fue contradictorio y unilateral, se efectuaba en unas condiciones de desigualdad social y nacional, en unas condiciones de explotación del hombre por el hombre. El motor verdadero del progreso moral han sido siempre las masas populares. Esto se ve con especial claridad en nuestra época. Contrariamente a las sentencias teológicas y burguesas sobre la «crisis moral» de la humanidad moderna, cada vez más millones de nuevos trabajadores se elevan a una vida moral activa, se amplía constantemente la esfera de acción de las normas morales, se eleva el grado de su influencia en la conciencia y la conducta de los hombres.

Uno de los factores del progreso moral es el ateísmo.

La historia del pensamiento social demuestra la unión estrecha de la tradición materialista y atea con el desarrollo de las ideas éticas progresistas. Los filósofos materialistas ingleses F. Bacon y T. Hobbes proclamaban la dependencia de la moralidad con respecto a la «ciencia verdadera». El pensador francés P. Bayie presentó pruebas convincentes de que también un ateo podía ser una persona respetable. Su compatriota, el filósofo materialista K. A. Helvétius, consideraba el progreso de la moral como producto del progreso de la inteligencia humana, de la liberación del pensamiento de las cadenas religiosas, de la humanización de las relaciones personales y sociales. En los trabajos de los socialistas utópicos, K. Marx señala la línea materialista como una línea del humanismo real y como una base lógica del comunismo3.

Los fundadores del marxismo-leninismo llevaron a cabo una auténtica revolución en las cuestiones de la relación entre el ateísmo y la moralidad. La idea de la unión estrecha entre el ateísmo y la moralidad, idea característica del pensamiento social progresista del pasado, se convirtió en la idea de la unidad interior y del condicionamiento mutuo de lo moral y de lo ateo en el proceso de la formación del hombre nuevo. Esta idea constituye un rasgo esencial del marxismo-leninismo, de la teoría y de la práctica de la educación comunista. La liberación de la vida social y personal de la influencia de la religión eleva el potencial moral de la sociedad.

Por otra parte, es enorme la influencia del progreso moral sobre la superación de la religión y sobre el desarrollo del ateísmo.

El papel positivo del ateísmo en cuanto a la moral consiste en que no la orienta a las ilusiones, como es típico de la religión, sino a la realidad, y de este modo contribuye a su desarrollo en una dirección natural de acuerdo con las necesidades vitales de la sociedad.

La explicación religiosa de la moral deforma su unión con los intereses de los hombres, se presenta como algo impuesto desde fuera y ajeno a estos intereses. El ateísmo devuelve al hombre la moralidad y, suprimiendo la mixtificación religiosa, la representa como un producto natural de la actividad vital de la sociedad, como una forma de su cultura espiritual.

Si el comportamiento de los hombres, que siguen los principios de la moral religiosa, se presenta como una necesidad exterior, que lleva a la separación entre las prescripciones morales y la práctica real de la vida, que lleva a la hipocresía y la beatería, el ateísmo contribuye a la manifestación de la libertad moral, basada en la aprensión de las exigencias sociales e históricas, que determinan la actividad.

La religión, que reserva a dios el puesto de creador de la moral, excluye su fuente social, ignora el papel de los trabajadores como sus creadores e impulsores. El ateísmo ayuda a encontrar las raíces sociales e históricas de 'la moralidad, a ver su aparición y su evolución como el resultado de la actividad conjunta de los hombres, de las masas populares.

Cuántas veces exclamaron los defensores de la religión: ¡sin dios, todo está permitido! Miles de tratados eruditos y de obras artísticas están escritos sobre este tema. La ruptura con la religión, la falta de fe, el ateísmo, se representaba a menudo como la causa de la inmoralidad, de la renuncia al deber social, de la destrucción de la moralidad. ¿Pero no se liquida la moralidad, cuando se apoya en el miedo al castigo después de la muerte o en la ilusión de la bienaventuranza de ultratumba, y no en la conciencia del hombre, en su comprensión del sentido social de las exigencias morales, en las órdenes de su propia conciencia? La moral no recibe su apoyo verdadero a través de la orientación religiosa, sino a través de la vuelta a los intereses reales de los trabajadores, de las clases progresistas.

Desde luego, no es suficiente liberarse sólo de la religión, para convertirse en un ser de elevada moralidad.

La secularización de la vida social y personal supone no sólo la ruptura con la influencia religiosa, sino también la formación de opiniones y convicciones científico-materialistas firmes. La secularización está ligada al crecimiento de la actividad social de la persona, a la elevación de su conciencia política, de su formación y de su cultura. El desarrollo moral es el resultado de la influencia de muchos factores: económicos, sociales y políticos, y espirituales.

El ateísmo y las normas morales universales Un elemento del progreso moral es el desarrollo y el fortalecimiento de las normas morales universales, de aquel «mínimo moral» en las relaciones entre los hombres sin el cual es inconcebible la vida social. Una de las manifestaciones de lo universal en la moral son las sencillas normas de la moralidad y de la justicia, las exigencias elementales respecto al comportamiento, elaboradas durante el largo período de la existencia de la sociedad.

Al consagrar la moral de las clases explotadoras, la religión adoptó algunas normas sencillas de moralidad y de justicia. A ellas pertenece la prohibición de que un hombre mate a otro; la prohibición de robar; la condena de la infidelidad conyugal; la exigencia del respeto para con los padres; la condena del engaño y del falso testimonio y otros. El hecho de que la religión incluyera en su código moral una serie de normas morales universales sirvió de base para las afirmaciones de los teólogos de que precisamente la religión era la fuente y el motor de la moral. Son precisamente estas normas las que atraen más la atención del clero que trata de aponer de acuerdo» la moralidad religiosa con la contemporánea.

La ciencia testimonia que 'las normas morales universales tienen un origen terrenal, no sobrenatural. Empezaron a formarse mucho antes de que se fijaran en los «libros sagrados». A lo largo de milenios las masas populares elaboraron las reglas sencillas de la moralidad y de la justicia en el trabajo, en el resarrollo de las relaciones familiares y en la lucha contra la tiranía social.

La esfera de acción de las reglas sencillas de la moralidad y de la justicia se ampliaban superando las limitaciones del linaje, la tribu, la raza y la nación. El dominio de las relaciones sociales explotadoras y de la ideología expotadora condujo a que estas reglas quedaran deformadas y pisoteadas.

Cuando las normas morales universales fueron arrastradas a la esfera de la cosmovisión religiosa, fueron sometidas a la mixtificación y la deformación. Primero, la religión declaró como otorgados por dios los principios morales que tenían un carácter universal; segundo, al revestirlos de una forma extremadamente abstracta, los declaró eternos y suprahistóricos; tercero, en la sociedad antagónica de clases los colocó al servicio de las clases explotadoras. Al incorporarse en el sistema de la moral religiosa y al perder en muchos aspectos su original significado social y ético, las normas universales de la moralidad empezaron a utilizarse como un medio de la esclavización de los trabajadores.

Así, la religión y la Iglesia interpretaban la exigencia de que se prohibiera matar a un hombre por otro como la condena de las manifestaciones de las masas explotadas contra los explotadores. El principio moral que condena el robo, fue dirigido contra los desposeídos para proteger la propiedad de los explotadores y para impedir que los trabajadores atentaran contra aquellos bienes que había producido su trabajo pero que pertenecían a las clases gobernantes. Al principio del siglo xx, el obispo ortodoxo Alexi (Dorodnitsyn) escribió: «La propiedad privada no sólo se reconoce con el manda miento no robarás, sino que esta propiedad es tan inalienable, tan sagrada que un simple deseo de algo que pertenezca a nuestro prójimo, es un crimen a los ojos de dios.» La depuración de las simples normas morales de su tergiversación religiosa es uno de los aspectos de la liberación espiritual de los trabajadores. F. Engeis señalaba que los principios más simples, que regulan la relación de un hombre con otro «deben de quedar completamente incomprensibles y extraños para un obrero no formado, cuando se mezclan con dogmas religiosos incomprensibles y se presentan en la forma religiosa de un mandato arbitrario y sin fundamento»4. La liberación de los principios morales universales del vínculo con la religión refuerza las bases morales de la sociedad, las relaciones entre los hombres.

Las sencillas normas morales variaban según el desarrollo social y en las condiciones del socialismo se elevan a un grado nuevo, lo que asegura su inclusión en el código de la moralidad comunista. La moral comunista, como heredera de todo lo valioso que se había acumulado en el curso de la evolución moral de la humanidad, profundizó el contenido de esas normas, vinculándolas al fortalecimiento del modo de vida más justo y socialista. La sociedad socialista amplió la. esfera de aplicación de las reglas universales de la moralidad y de la justicia, al convertirlas en reglas vitales no sólo en las relaciones entre personas individuales, sino también, en las relaciones entre los pueblos. Un ejemplo claro de esto es la lucha de la comunidad de los países socialistas y de todas las fuerzas progresistas por la conservación de la paz, lo cual tiene un significado universal.

El ateísmo, la ciencia y la moralidad En nuestros días los defensores de la religión no pueden dejar de reconocer los logros gigantescos de la ciencia. No obstante, tratan de reducir el valor moral del conocimiento científico, y negarle la capacidad de resolver los problemas de la vida espiritual de la sociedad.

Los teólogos de hoy hablan mucho sobre la existencia de una ruptura entre el desarrollo de la ciencia, la técnica y la formación por una parte, y el nivel de la moralidad por otra. El progreso científico-técnico trae a los hombres una gran ventaja al facilitarles su trabajo y su vida, pero al mismo tiempo, según ellos, destruye las buenas costumbres, si no se apoya en la religión. La ciencia y la técnica que se desenvuelven fuera del cristianismo, conducen, según la opinión del representante católico O. Nell-Breuning, al imperio de la «moral marginal», de la «cultura con un ciclo nulo». Los teólogos ortodoxos también declaran que la humanidad, que «olvidó a dios», a pesar de disponer de todo el arsenal de los conocimientos modernos de las ciencias naturales, de la historia y otras, permanecerá en el mismo nivel moral en el que se encontraba antes de «adquirir estos conocimientos».

La relación entre el progreso científico-técnico y la moralidad representa uno de los problemas filosóficos y sociales más importantes de la actualidad. Como mostró el XV Congreso mundial de filosofía (Varna, 1973), muchos filósofos burgueses ven la fuente principal de las crisis y de las contradicciones en el mundo moderno en que la humanidad no se mostró preparada moralmente para la revolución científico-técnica moderna.

La relación entre el desarrollo de la moral y el desarrollo de la ciencia no es directa: el nivel de los conocimientos científicos de una época concreta, de determinados grupos sociales y de personas concretas puede no coincidir con el nivel de su conciencia moral. Por lo que se refiere a la profundidad de la formación espiritual de los hombres, ésta está ligada en el mayor grado a las tradiciones y las costumbres, por lo que es la más estable en comparación con otras esferas de la conciencia.

En las condiciones de la sociedad burguesa, el progreso científico-técnico oculta en sí el peligro de una aplicación inhumana de los descubrimientos científicos, lleva al aplastamiento de la personalidad, a su devastación moral. El capitalismo divorcia la ciencia y la moral, al contraponerlas como elementos culturales incompatibles y que se alejan mucho el uno del otro. Se agudiza la contradicción entre las exigencias del humanismo y la «tecnización de la ciencia», el llamado cientismo, que es el «espíritu de la ciencia» despojado de lo humano. Sobre esta polarización de la vida espiritual construyen sus juicios los teólogos, cuando trasladan los fenómenos negativos, propios de la sociedad antagónica de clases.

Con la victoria de las relaciones socialistas cambian radicalmente las condiciones sociales del progreso de la ciencia y de la moral. El socialismo liquida el antagonismo entre las adquisiciones científicas y técnicas por un lado, y el perfeccionamiento moral de la sociedad y del hombre por otro. El progreso científico-técnico sirve a los trabajadores, es uno de los presupuestos del desarrollo multilateral de la persona, incluyendo el desarrollo moral. Asegurar la combinación armónica de un intelecto altamente desarrollado y de elevados principios morales en la conciencia y el comportamiento de todo hombre es una de las tareas importantes que se propone nuestra sociedad.

En el socialismo la ciencia y la moral se encuentran en una relación mutua y estrecha. La ciencia es un poderoso factor social y cultural de la construcción comunista. Contribuye a que crezca el dominio del hombre sobre la naturaleza y la sociedad, a que el hombre se emancipe de todas las clases de esclavitud espiritual, entre ellas también de la religión, y, por consiguiente, adquiere un enorme sentido humanista. Por su parte, la moralidad comunista contribuye al desarrollo de los conocimientos científicos, a la utilización de los logros de la ciencia para el bien del hombre.

El grado superior del progreso moral El valor moral del ateísmo se manifiesta con una fuerza especial en la moral comunista. La moral comunista se formó sobre la base de la conciencia moral y de la práctica moral del proletariado. Heredó todo lo valioso de la anterior experiencia de la vida moral de la humanidad y se convirtió en el grado superior del progreso moral.

Lo mismo que los intereses de la clase obrera coinciden con el curso objetivo del desarrollo social, así la moral comunista no necesita mixtificación alguna, le son ajenos todos los disimulos religiosos, suprahistóricos, no clasistas. Cuando salió al escenario histórico la clase obrera —el luchador por la reconstrucción revolucionaria del mundo— las condiciones objetivas de la «unión» de la moralidad y de la religión dejaron de existir. La moral proletaria, la moral de las relaciones socialistas, la moralidad comunista no puede mostrarse en una forma religiosa: es consecuentemente una moral atea.

. La revolución socialista supera el carácter antagónico, propio del pasado, del progreso moral y le da firmeza y continuidad. La creatividad espontánea e inconsciente de las masas queda sustituida por su participación cada vez más consciente en el desarrollo de los valores morales. «Durante los años del poder soviético —dijo el secretario general del Comité central del PCUS L. I.

Brezhnev en su discurso con ocasión del 50 aniversario de la URSS— se enriqueció de un modo inmesurable la vida espiritual del pueblo, su nivel cultural, se elevó la conciencia política. Todo el curso de nuestra historia después de octubre demostró qué altas son las cualidades morales y políticas desarrolladas en los hombres soviéticos, qué hazañas inmortales es capaz de realizar el hombre soviético, trabajador, patriota e intemacionalista libre y consciente. En esto consiste una de las conquistas más inapreciables del socialismo»5.

Muchos de los que se enfrentaron a la realidad del modo de vida soviético no han observado la decadencia, sino el crecimiento del potencial moral de la sociedad soviética, que se va liberando cada vez más de la religiosidad. El filósofo americano K. Lamont escribe: «En el mundo actual vemos que los dirigentes y la mayoría del pueblo en la Rusia soviética son partidarios de una positiva falta de fe no sólo en la inmortalidad, sino también en dios. Pero precisamente en la Unión Soviética después de la revolución socialista en 1917 hemos sido testigos de los éxitos imponentes de un trabajo creativo y de una energía poderosa tanto en el tiempo de guerra como en el tiempo de paz»6.

La sociedad soviética contemporánea, por primera vez .en la historia, soluciona la tarea de crear una atmósfera altamente moral, característica de la civilización nueva. Esta atmósfera moral debe contribuir a que en la vida social, en el trabajo y en la vida cotidiana se afiance una relación respetuosa y atenta para con el hombre, a que se afiance la honradez, la exigencia con respecto a uno mismo y con respecto a los demás, a que se afiance el espíritu de un auténtico compañerismo. La solución de esta noble tarea se apoya en la firme unidad moral y política del pueblo soviético, en el modo de vida soviético imbuido del espíritu de colectivismo e internacionalismo, en la combinación de los intereses sociales y personales de los miembros de la sociedad socialista.

A medida que se profundizan las transformaciones sociales, se desarrollan las relaciones sociales, crece la actividad laboral y política de las masas, se eleva el potencial moral de la sociedad soviética y prosigue el ulterior progreso de la liberación de todas las esferas de la actividad vital de la sociedad y de la persona con respecto a la influencia religiosa. La secularización contribuye a que se amplíen los vínculos sociales de la persona, contribuye al perfeccionamiento espiritual y moral, a su verdadero florecimiento. Los estudios sociológicos, realizados en los últimos años, testifican el carácter humanista del proceso de la secularización: no sólo no conduce al nihilismo moral, sino que, al contrario, contribuye a una comprensión 'más profunda por parte de la persona de su valor social, de su lugar en la vida de la sociedad, ayuda a la formación de la cosmovisión científica. El proceso, que por su magnitud y profundidad es único, del abandono de la religión por parte de las masas en la URSS refuta de hecho los juicios sobre la religión como la base y la fuente de la moralidad, sobre la inmutabilidad de la naturaleza humana, sobre la imposibilidad de suprimir el individualismo y el mal en la vida.

Desde luego, establecer una moral nueva y comunista es un asunto complejo. La liquidación de la antigua moral no crea automáticamente una nueva moralidad. La ruptura con la moral religiosa, que no va aparejada con la formación de cualidades morales positivas, lleva a veces al indiferentismo moral, a la pérdida de orientación moral.

En la Unión Soviética y en otros países del bloque socialista se lleva a cabo el primer «experimento social» en la historia, llamado a determinar prácticamente cómo se manifiesta la decadencia de la religión en el estado moral de la sociedad. Con todas las dificultades y contradicciones del desarrollo de la cultura espiritual de la nueva sociedad este experimento testimonia a favor del alto significado moral del ateísmo. Indica que el régimen social socialista crea las posibilidades óptimas para el desarrollo multilateral de la persona, despierta y cultiva grandes fuerzas morales.

El ateísmo y el humanismo La moral comunista es la manifestación mas elevada del humanismo. El humanismo es el conjunto de opiniones sociales y morales que proclaman la dignidad y la libertad del hombre, el derecho a su desarrollo y perfeccionamiento multifacéticos, su liberación de la opresión social y espiritual. Declara al hombre con sus intereses y necesidades reales y terrenales como el valor más alto. Contrariamente al culto religioso de un ser sobrenatural, el humanismo subraya la idea de un desarrollo libre del hombre en una sociedad libre.

La profunda unión del ateísmo con el humanismo existe desde el momento del surgimiento de las ideas huinanistas. El humanismo como una corriente ideológica »c formó en el terreno de la lucha de las masas populares, encabezadas por la burguesía naciente, contra el orden feudal y contra el dominio absoluto de la Iglesia, que consagraba y sancionaba este orden. Los representantes del humanismo burgués emprendieron el primer Intento de liberar la moralidad, de liberarla de las normas religiosas. Consideraban la religión como un mal que impedía al hombre desenvolver sus fuerzas y capacidades creativas, como un obstáculo en el camino del progreso ininterrumpido de la «esencia natural» del hombre. Petrarca y Leonardo da Vinci, Erasmo de Rotterdam y Ulrich von Hutten, Rabelais y Montaigne criticaban el n»cctismo y la hipocresía religiosos, la ignorancia de los defensores de la fe cristiana y su falso filantropismo.

Las ideas humanistas del Renacimiento fueron aceptadas por los iluministas del siglo xvm y también por los »ucialistas utópicos.

Cuando la burguesía luchaba contra el feudalismo, afirmaba, aunque inconsecuentemente, los principios humanistas y ateos. Cuando se convirtió en la clase gobernante y explotadora, renunció a las tradiciones humanistas y empezó a apoyarse cada vez más en la religión. Únicamente la clase obrera, que expresa los intereses de las masas trabajadoras, es la portadora de un humanismo y un ateísmo auténticos.

El marxismo-leninismo prosiguió la tradición humanista del pasado, después de superar su limitación histórica: el carácter iluminista, la concepción abstracta de la esencia del hombre, etc. El humanismo marxista se unió orgánicamente con un ateísmo de tipo superior, que tenía una base consecuentemente materialista y rigurosamente científica. El ateísmo marxista y el humanismo marxista parten del reconocimiento de un desarrollo intelectual, moral y físico multilateral del individuo, libre de la influencia de las ilusiones y de la mística religiosas. Educan en el hombre unos principios de actividad, que excluyen la necesidad de completar la realidad de un modo religioso. Rechazando la moral religiosa, el ateísmo científico contribuye a que se establezcan los principios humanistas y optimistas del comunismo, que elevan la dignidad de la persona y que ayudan al desarrollo de todas sus capacidades creativas.

Al humanismo comunista lo caracteriza la particulari dad que permitió a K. Marx denominarlo humanismo real. A diferencia de las concepciones humanistas de pasado, que consideraban suficiente la influencia ideológi ca para la superación de los antagonismos sociales, e marxismo-leninismo exige una transformación radies del mundo basado en la desigualdad social, exige la liberación verdadera del hombre, la liquidación de tod aquello que deforma su vida, exige que se aseguren una perspectivas y unas posibilidades ilimitadas para su fli recimiento.

El fortalecimiento de las relaciones sociales sociali tas trasladó la discusión secular sobre el humanismo < la esfera de los argumentos verbales al terreno de praxis social. La sociedad socialista proporcionó a las masas la libertad política, las liberó de la explotacic de la tiranía social y espiritual, elevó considerablems te la dignidad del hombre trabajador. La vida confirr la naturaleza humanista del socialismo y del comunisn Al referirse al llamamiento evangélico de amar al p: juno como a sí mismo, los defensores del cristianismo consideran su religión como la encamación del humanismo. En este llamamiento encontraron su reflejo religioso los anhelos de las masas oprimidas del Imperio romano que vivieron en la época de la aparición del cristianismo. Estos anhelos estaban relacionados con los ideales de la hermandad y de la ayuda mutua. Sin embargo, la religión cristiana deformó estos anhelos, los vinculó a la voluntad de dios, les dio un carácter abstracto, lo que trocó las exigencias democráticas reales en la ilusión del humanismo. A la ilusión del humanismo de la religión se contrapone el humanismo auténtico de nuestra época, o sea, el humanismo comunista.

Los clásicos del marxismo-leninismo destacaban que el ateísmo coincide con el humanismo. «...El ateísmo —escribía K. Marx— es el devenir del humanismo teórico, y el comunismo, como superación de la propiedad privada, la reivindicación de la vida humana real como su propiedad, es este devenir del humanismo práctico, o el ateísmo es el humanismo conciliado consigo mismo mediante la superación de la religión...»7.

La unidad orgánica de la moral comunista, del ateísmo marxista-leninista y del humanismo real está condicionada por la identidad de su base objetiva, de sus objetivos y tareas para asegurar el progreso social, el desarrollo múltiple y armónico de la persona. Uno de los principios Inamovibles de la realización de esta unidad es la lucha contra las supervivencias del pasado, incluyendo la religión.

ANOTACIONES

1 V. I. LENIN: Obras completas (en ruso). T. 29, pág. 54.

2 FRIEDRICH ENGELS: Anti-Dühring. México, 1968, pág. 83.

3 KARL MARX y FRIEDRICH ENGELS: La sagrada familia. México, 1967, pág. 198.

4 FRIEDRICH ENGELS: Mew. T. 2, pág. 342.

5 L. I. BREZHNEV: Leniskim kursom. Rechi i statii (Por d curso leninista. Discursos y artículos), t. 4. Moscú, 1974, pág. 94.



6 K. LAMONT: llliuíia bessmertia (La ilusión de la inmortalidad). Moscú, 1961, pág. 253.

7 KARL MARX y FRIEDRICH ENGELS: La sagrada familia. Mé<»«», 1967, pág. 64.


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