Cambiando la marea frente local: estados unidos alrededor del mundo, y sobre



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[El cigarrillo se ha consumido hasta casi tocar los dedos. Todd lo deja caer y lo pisa sin mirarlo.]

Hice lo que pude para controlar mis ráfagas y mis esfínteres. “Sólo apunta a la cabeza,” me repetía todo el tiempo. “Tranquilízate, sólo apunta a la cabeza.” Y todo el tiempo mi SAW seguía repitiendo “muérete hijo de puta, muérete.”

Podríamos haberlos detenido, debimos hacerlo, sólo hacía falta un tipo con un rifle, ¿eso es todo lo que se necesita, no? Soldados profesionales, francotiradores entrenados… ¿Cómo pudo pasar? Los críticos y un montón generales de escritorio que ni siquiera estuvieron allí siguen preguntándoselo. ¿Creen que es tan simple? ¿Piensan que después de haber sido “entrenados” toda la vida para disparar al centro del cuerpo, vamos a ser capaces de lograr un tiro perfecto a la cabeza así como así? ¿De verdad piensan que es fácil recargar un proveedor o desatascar un arma con esas camisas de fuerza y esos cascos asfixiantes que nos dieron? ¿Creyeron que después de ver las más grandes maravillas de la ciencia militar irse al diablo con toda su tecnología, después de haber vivido los tres meses del Gran Pánico y ver cómo que lo que dábamos por cierto era devorado por un enemigo que ni siquiera se suponía que debía existir, íbamos a mantener la maldita cabeza fría y un puto dedo firme en el gatillo?

[Me señala con el dedo.]

¡Bueno, pues sí lo hicimos! ¡Continuamos allí haciendo nuestro trabajo, e hicimos pagar a Zack por cada maldito centímetro que avanzó! Quizá si hubiésemos tenido más hombres, o más municiones, o si nos hubiesen dejado concentrar en nuestro trabajo…



[Su dedo se retrae de vuelta hacia su mano.]

Land Warrior, el avanzado, costoso, hipermejorado y netroputocéntrico Land Warrior. La cosa ya estaba muy mal con sólo ver lo que teníamos al frente, pero las imágenes de satélite nos estaban mostrando al mismo tiempo lo enorme que era aquella horda. Estábamos frente a miles de ellos, ¡pero detrás venían millones! ¡Recuerde que pretendíamos limpiar la mayor parte de la infestación de Nueva York! ¡Aquella era sólo la cabeza de una larguísima serpiente que se extendía hasta la maldita Times Square! No necesitábamos ver eso. ¡Yo no tenía por qué enterarme de eso! La vocecita asustada ya no era tan pequeña. “¡Oh mierda, OH MIERDA!” Y de pronto ya no estaba sólo en mi cabeza. También la escuchaba en mis audífonos. Cada vez que a algún idiota se le olvidaba controlar su boca, Land Warrior se aseguraba de que todos los demás lo escucháramos. “¡Son demasiados!” “¡Tenemos que salir de aquí!” Alguien de algún otro pelotón, no recuerdo su nombre, comenzó a gritar “¡Le dí en la cabeza y no se murió! ¡No se mueren ni cuando les dan en la cabeza!” Seguramente el tiro no le pegó al cerebro, puede pasar, la bala se tuerce raspando el interior del cráneo… quizá si hubiese mantenido la calma y usado su propio cerebro, se habría dado cuenta de eso. El pánico es un germen más contagioso que el virus Z, y las maravillas del Land Warrior permitieron que ese germen se propagara por el aire. “¿Qué?” “¿No se mueren?” “¿Quién dijo eso?” “¿Le diste en la cabeza?” “¡Hijos de puta! ¡Son invencibles!” Eso era lo que se escuchaba por toda la red, mojando pantalones a través de la superautopista de la información.

“¡Todos mantengan la calma!” gritó alguien. “¡Conserven las filas! ¡Desconéctense de la red!” la voz de un viejo, era obvio, pero de pronto fue ahogada por un grito, y mi en visor, y seguramente en el de todos los demás, apareció la imagen de un montón de sangre saliendo de una boca con los dientes podridos. La señal provenía de un tipo en el jardín de una casa detrás de nosotros. Los dueños seguramente dejaron algunos familiares reanimados allí encerrados cuando evacuaron el lugar. Quizá la onda de las explosiones debilitó la puerta o algo así, porque salieron en manada justo sobre aquel pobre infeliz. La cámara de su arma grabó todo el asunto, y cayó al suelo enfocando justo en el ángulo perfecto. Eran cinco, un hombre, una mujer, tres niños. Lo tenían en el suelo de espaldas, el hombre apoyado sobre su pecho, los niños agarrándolo de los brazos y tratando de morderlo a través del chaleco. La mujer le arrancó el casco, uno podía ver el terror en su cara. Nunca voy a olvidar el grito que pegó cuando le arrancó el labio inferior de un mordisco. “¡Están detrás!” gritó alguien más. “¡Están saliendo de las casas! ¡Las líneas no funcionan! ¡Están en todas partes!” De pronto la imagen se apagó, alguien arriba la interrumpió, y la voz, la voz del viejo, regresó… “¡Desconéctense de la red!” nos ordenó, haciendo un gran esfuerzo por sonar tranquilo, y luego la señal desapareció.

Estoy seguro de que debió tomarles más de unos segundos, tenía que ser así, incluso si estaban justo sobre nuestras cabezas, pero pareció que justo al mismo tiempo que nos cortaron la comunicación, el cielo se llenó con el rugido de los JSFs.24 No alcancé a ver cuando liberaron su carga. Yo estaba en el fondo de mi trinchera maldiciendo al ejército y a Dios, y a mis propias manos por no haberla cavado más profunda. La tierra tembló y el cielo se oscureció. Había escombros por todos lados, tierra y cenizas, y mierda en llamas volando sobre mi cabeza. Sentí algo que chocó contra mi espalda, algo blando y pesado. Me di la vuelta. Era una cabeza y un torso, achicharrado y echando humo, ¡y todavía tratando de morderme! Lo alejé de una patada y salí corriendo de mi agujero apenas unos segundos después de la última JSOW25.

Me encontré con una nube de humo negro en el lugar donde había estado la horda. La autopista, las casas, todo estaba cubierto por esta nube de oscuridad. Recuerdo que ví a otros tipos saliendo de sus trincheras, asomándose por las trampillas de los tanques y los Bradleys, todos mirando hacia esa oscuridad. Hubo un silencio, una calma que, al menos en mi mente, duró por horas.

Pero entonces salieron, ¡de entre el humo, como la maldita pesadilla de algún niño! Algunos humeaban, otros todavía estaban ardiendo… algunos de ellos caminaban, otros se arrastraban, algunos sólo se retorcían sobre sus panzas abiertas sin piernas… quizá uno de cada veinte seguía moviéndose, lo que dejaba… mierda… ¿unos dos mil? Y detrás de ellos, mezclándose entre sus filas y avanzando constantemente hacia nosotros, ¡los millones que el ataque aéreo ni siquiera había tocado!

Allí fue cuando la línea colapsó. No lo recuerdo todo claramente. Lo veo como una serie de fotografías: gente corriendo, soldados, reporteros. Recuerdo a un reportero con un mostacho tipo Sam Bigotes sacando una Beretta de su chaqueta justo antes que tres Gs en llamas lo derribaran… Recuerdo a un tipo que abrió a la fuerza la puerta de una camioneta del noticiero, saltó adentro, echó a la calle a una bonita reportera rubia y trató de alejarse, pero un tanque los aplastó a los dos. Dos helicópteros de las noticias se chocaron en el aire, bañándonos con su propia lluvia de acero. El piloto de uno de los Comanches… un valiente hijo de puta… trató de barrer con su rotor la ola de Gs que se nos venía encima. La hoja abrió un surco entre aquella masa antes de atascarse contra un auto y arrojar todo el helicóptero contra la estación del A&P. Disparos… disparos al azar… un bala me pegó en el esternón, en el centro del chaleco antibalas. Sentí como si chocara corriendo contra un muro, aunque no me estaba moviendo. Me tiró al suelo, casi no podía respirar, y justo en ese momento a algún idiota se le ocurrió lanzar una granada aturdidora justo frente a mí.

El mundo se volvió todo blanco, me silbaban los oídos. Me congelé… Unas manos me agarraron, me cogieron por los brazos. Comencé a patear y a dar puños, mi entrepierna estaba mojada y caliente. Grité pero no podía oír ni mi propia voz. Más manos, mucho más fuertes, estaban tratando de arrastrarme a alguna parte. Pateé, me retorcí, grité, lloré… de pronto un puño me pegó de lleno en la mandíbula. No me noqueó, pero me relajé de inmediato. Eran mis compañeros. Zack no pega puños. Me llevaron hasta el Bradley más cercano. Había recuperado mi visión lo suficiente como para ver la línea de luz que desaparecía al cerrarse la puerta.

[Todd saca otro Q, pero de pronto se arrepiente.]

Yo sé que a los “historiadores profesionales” les gusta decir que Yonkers fue una “falla catastrófica de la maquinaria militar moderna,” que comprobó ese adagio de que los ejércitos aprenden cómo combatir en una guerra sólo cuando ya está comenzando la siguiente. En lo personal, creo que no tienen ni puta idea. Claro, no estábamos bien preparados, nuestro equipo, nuestro entrenamiento, todo lo que le acabo de decir, todo fue una metida de patas de primera. Pero el arma que más falló no fue ninguna de las que salen de las líneas de producción. Es una tan vieja como… no sé, supongo que tan vieja como la guerra misma. Es el miedo, amigo, sólo el miedo; y uno no tiene que ser el maldito Sun Tzu para saber que la guerra no se gana matando o lastimando al del otro lado, se gana metiéndole miedo hasta que decida que no quiere seguir peleando. Destruir sus espíritus, eso es lo que intenta todo buen ejército, desde la pintura en la cara hasta el “blitzkrieg” y hasta… ¿Cómo fue que llamamos al primer ataque de la Segunda Guerra del Golfo? ¿“Sorpresa y Temor”? ¡Un nombre perfecto, “Sorpresa y Temor”! ¿Pero qué pasa si el enemigo no puede ser sorprendido y atemorizado? No porque no quieran, ¡sino que biológicamente no se puede hacer! Eso fue lo que pasó ese día en las afueras de Nueva York, esa fue la falla que casi nos cuesta toda la maldita guerra. El hecho de que no pudimos sorprender y atemorizar Zack se devolvió como un boomerang y nos pegó en la cara, ¡y permitió que Zack nos sorprendiera y nos atemorizara a nosotros! ¡Ellos no sienten miedo! ¡Sin importar lo que hagamos, sin importar a cuántos matemos, ellos nunca, nunca van a tener miedo!

Se suponía que Yonkers sería el momento en que le devolveríamos la esperanza al pueblo de Norteamérica, y en vez de eso, prácticamente les dijimos que podían despedirse y morirse. De no ser por el Plan Sudafricano, todos nosotros estaríamos cojeando y gimiendo en este momento.

Lo último que recuerdo fue que el Bradley salió volando como si fuera un carrito de juguete. No sé dónde cayó la bomba, pero estoy seguro de que fue cerca. Si hubiese estado parado allí afuera cuando cayó, expuesto, no estaría contando en cuento aquí hoy.

¿Alguna vez ha visto los efectos de una bomba termobárica? ¿Alguna vez se lo ha preguntado a alguien con estrellas doradas en los hombros? Le apuesto mis bolas a que nunca le van a contar toda la verdad. Le van a decir sobre el calor y la presión, la bola de fuego que se sigue expandiendo sin parar, explotando, y literalmente aplastando y quemando todo lo que encuentra en su camino. Calor y presión, eso es lo que quiere decir la palabra termobárico. ¿Suena bastante mal, no? Lo que nadie le vá a contar es lo que pasa justo después, cuando el vacío creado por la bola de fuego se contrae. Cualquiera que haya quedado vivo sentirá que el aire se le sale de los pulmones, o —y esto nunca lo van a admitir frente a nadie— se le saldrán los pulmones por la boca. Por supuesto, nadie vá a quedar vivo para contarle una historia de horror de esas, y quizá por eso el Pentágono ha tenido tanto éxito en cubrir la verdad, pero si alguna vez vé a alguien con una foto de un G, o un espécimen en vivo y en directo, con las bolsas de aire y las tuberías colgándole de la boca abierta mientras camina, asegúrese de darles mi número. Siempre estoy dispuesto para hablar con otro veterano de Yonkers.

CAMBIANDO LA MAREA



ISLA ROBBEN, PROVINCIA DEL CABO, ESTADOS UNIDOS DE SUDÁFRICA

[Xolelwa Azania me recibe tras su escritorio, ofreciéndome su lugar para que pueda disfrutar de la brisa marina que entra por su ventana. Se disculpa por el “desorden” e insiste en organizar las notas que cubren su escritorio antes de que continuemos. El señor Azania vá por la mitad del tercer volumen de El Puño del Arco Iris: Sudáfrica en Guerra. Dicho volumen trata precisamente del tema que nos ocupa, el momento en que empezamos a enfrentar a los muertos vivientes, el momento en el que su país se salvó de caer al precipicio.]

Desapasionado, una palabra bastante mundana para describir a uno de los personajes más controversiales de la historia. Algunos lo adoran como su salvador, y otros lo detestan como a un monstruo, pero si uno llegó a conocer a Paul Redeker, si alguna vez discutió con él su visión del mundo y los problemas, o mejor aún, las soluciones a los problemas que lo aquejan, probablemente la palabra que más se acomodaba a la impresión que uno se llevaba era desapasionado.

Paul siempre creyó, bueno, quizá no siempre, pero al menos sí en su vida adulta, que la falla fundamental de la humanidad eran sus emociones. Él solía decir que el corazón sólo debía existir para bombearle sangre al cerebro, y que cualquier otra cosa era un desperdicio de tiempo y de energía. Sus ensayos de la Universidad, todos dedicados a “soluciones alternativas” a los problemas sociales de la historia, fueron lo que le ganó por primera vez la atención del gobierno del apartheid. Muchos psicobiógrafos han tratado de calificarlo de racista, pero, en sus propias palabras, “el racismo es un lamentable subproducto de un pensamiento irracional.” Otros han discutido que para que un racista odie a un grupo, al menos debe amar a otro. Redeker creía que tanto el amor como el odio eran irrelevantes. Para él, eran “impedimentos de la condición humana,” y, otra vez en sus propias palabras, “imagínese lo que podríamos lograr si tan sólo la raza humana pudiese desechar su humanidad.” ¿Malvado? Muchos lo calificaron así, mientras que otros, particularmente esa pequeña elite que manejaba el poder en Pretoria, decían que era “una fuente invaluable de intelecto liberal.”

Fue al principio de los años 80s, una época crítica para el gobierno del apartheid. El país descansaba en un lecho de espinas. Teníamos el ANC, teníamos el Partido Libertador Inkatha, y hasta los elementos de extrema derecha de los afrikáners, que lo que más deseaban era una revolución abierta para iniciar un exterminio racial. En todas sus fronteras, Sudáfrica sólo limitaba con naciones hostiles, y en el caso de Angola, enfrentaba una guerra civil apoyada por los soviéticos y peleada por los cubanos. Súmele a eso un aislamiento de casi todas las democracias occidentales (lo que también incluía un embargo de armas) y verá que no era ninguna sorpresa que los de Pretoria estuviesen buscando un plan para poder sobrevivir.

Por eso solicitaron la ayuda del señor Redeker, para revisar y actualizar el ultra secreto “Plan Naranja.” El “naranja” había sido creado desde que el gobierno del apartheid había subido al poder por primera vez, en 1948. Era el plan de acción para el fin del mundo según la minoría blanca del país, un plan para lidiar con un eventual levantamiento hostil de toda la población de nativos africanos. A lo largo de los años había sido actualizado con nuevas estrategias según el desarrollo de la región. Con cada década, la situación se había vuelto más difícil. Con las declaraciones de independencia de los estados vecinos y el creciente clamor de libertad de sus propios pobladores, la gente de Pretoria se dio cuenta de que un enfrentamiento no sólo significaría el fin del gobierno afrikáner, sino la muerte para los afrikáners mismos.

Ahí fue cuando entró Redeker. Su revisión del Plan Naranja, terminada justo a tiempo en 1984, era la mejor estrategia de supervivencia para el pueblo afrikáner. No ignoró ninguna variable. Índices de población, terreno, recursos, logística… Redeker no sólo actualizó el plan para incluir el programa de armas químicas de Cuba y la capacidad nuclear de su propio país, sino que también, y esto fue lo que hizo del “Naranja Ochenta y Cuatro” tan importante históricamente, incluyó la decisión de cuáles afrikáners serían salvados y cuáles debían ser sacrificados.

¿Sacrificados?

Redeker creía que el tratar de salvar a todo el mundo llevaría los recursos del gobierno hasta su punto de quiebre, y eso condenaría a toda la población. Lo comparó con unos sobrevivientes de un naufragio que hacen volcar un bote salvavidas porque no hay espacio suficiente para todos. Redeker ya había calculado quiénes debían “subir a bordo.” Consideró niveles de ingreso, CI, fertilidad, y toda una lista de “cualidades deseables,” incluyendo la ubicación del sujeto respecto a una posible zona de crisis. “La primera víctima del conflicto deben ser nuestros propios sentimientos,” fue la última frase de su propuesta, “porque su supervivencia será la causa de nuestra destrucción.”

El Naranja Ochenta y Cuatro era un plan brillante. Era claro, lógico, eficiente, y convirtió a Paul Redeker en uno de los hombres más odiados de Sudáfrica. Sus principales enemigos fueron algunos de los afrikáners más radicales, los ideólogos raciales y los extremistas religiosos. Después, tras la caída del apartheid, su nombre comenzó a circular entre la población en general. Por supuesto, fue invitado a asistir a los encuentros de “Verdad y Reconciliación,” y por supuesto rechazó las invitaciones. “No voy a fingir que tengo un corazón sólo para salvar mi pellejo,” declaró él públicamente, añadiendo, “Sin importar lo que haga, estoy seguro de que ellos vendrán a buscarme.”

Y lo hicieron, aunque seguramente no fue de la forma en que Redeker se lo esperaba. Fue durante nuestro propio Gran Pánico, que empezó varias semanas antes que el de ustedes. Redeker estaba encerrado en su cabaña de Drakensberg, la cual había comprado con sus ganancias como asesor de finanzas. Le gustaban las finanzas, ya sabe. “Un solo objetivo, y sin alma,” solía decir él. No se sorprendió cuando la explosión arrancó la puerta de sus bisagras y los agentes de la Agencia Nacional de Inteligencia entraron corriendo. Verificaron su nombre, su identidad, y sus acciones pasadas. Le preguntaron sin más ceremonia si él había sido el autor del Naranja Ochenta y Cuatro. Les respondió sin emoción, por supuesto. Él había esperado, y aceptado, aquella intromisión como un último acto de venganza; el mundo se iba a ir al infierno de todas maneras, así que por qué no despacharse primero a algunos “demonios del apartheid.” Lo que nunca se imaginó era que los agentes de la ANI iban a bajar sus armas y a quitarse las máscaras. Eran de todos los colores: negros, asiáticos, mestizos, y hasta un blanco, un afrikáner enorme que fue el primero en adelantarse, y sin decirle ni su nombre ni su rango, preguntó de repente…“Tú tienes un plan para esto, amigo, ¿no es cierto?”

En efecto, Redeker había estado trabajando en su propia solución para la epidemia de los muertos vivientes. ¿Qué otra cosa podía hacer en aquel escondite aislado? Lo había hecho como un ejercicio intelectual; pensaba que de todas maneras no quedaría nadie vivo para leerlo. No le había puesto nombre, como explicó después “porque los nombres sólo existen para distinguir unas cosas de otras,” y hasta aquel momento, no existía ningún otro plan como el suyo. Una vez más, Redeker había considerado todas las variables posibles, no sólo la situación estratégica del país, sino también la psicología, comportamiento, y la “doctrina de combate” de los muertos vivientes. Aunque uno puede encontrar los detalles del “Plan Redeker” en cualquier biblioteca pública del mundo, estos son algunos de los principios fundamentales que él les expuso:

Primero que todo, no había manera de salvar a todo el mundo. La epidemia ya estaba fuera de control. Las fuerzas armadas habían sido demasiado debilitadas como para contener la amenaza de forma efectiva, y dispersas como estaban por todo el país, sólo se debilitarían más con cada día. Nuestras fuerzas debían ser consolidadas, reunidas en una “zona segura,” la cual, idealmente, debía estar aislada por algún obstáculo natural como montañas, ríos, o incluso en una isla en alta mar. Una vez concentradas en esa zona, las fuerzas armadas podrían dedicarse a erradicar la infestación dentro de sus límites y luego usar todos los recursos disponibles para defenderla de futuros ataques de los muertos vivientes. Esa era la primera parte del plan, y tenía tanto sentido como cualquier otra retirada militar.

La segunda parte del plan tenía que ver con la evacuación de los civiles, y no podría haber sido diseñada por nadie más que Redeker. En su mente, sólo una pequeña parte de la población podía ser evacuada hacia esa zona segura. Esas personas serían salvadas no sólo para proveer la fuerza laboral para la eventual recuperación tras la guerra, sino también para preservar la legitimidad y estabilidad del gobierno, para probarles a los que ya estaban en la zona, que el gobierno estaba “cuidando de su gente.”

Había otra razón para realizar esta evacuación parcial, una razón absolutamente lógica e inherentemente oscura que, como muchos creen, le aseguró a Redeker un puesto en el pedestal más alto del panteón del infierno. Las personas que iban a ser abandonadas debían llevarse a “zonas aisladas” especiales. Serían usadas como “carnada humana,” distrayendo a los muertos vivientes y evitando que siguieran al ejército hacia la zona segura. Redeker sostuvo que estos refugiados, aislados y sanos, debían mantenerse vivos, bien defendidos, e incluso bien abastecidos de ser posible, para mantener las hordas de muertos vivientes distraídas en un solo lugar. ¿Alcanza a ver la genialidad, el horror? Esas personas serían mantenidas como prisioneros porque “cada zombie que aceche a esos sobrevivientes, será un zombie menos atacando nuestras defensas.” Ese fue el momento en que el agente afrikáner miró a Redeker, se persignó, y dijo, “que Dios se apiade de ti.” Otro dijo, “que Dios se apiade de todos nosotros.” Era el negro que parecía estar a cargo de la operación. “Ahora vamos a sacarlo de aquí.”

En pocos minutos iban en helicóptero rumbo hacia Kimberley, la misma base subterránea en la que Redeker había escrito el Naranja Ochenta y Cuatro. Fue llevado a toda prisa a una reunión de los miembros sobrevivientes del gabinete presidencial, donde su informe fue leído en voz alta. Debería haber escuchado aquel escándalo, y la voz más fuerte era la del Ministro de la Defensa. Era un zulú, un hombre violento que habría preferido estar luchando en las calles, y no escondiéndose en un búnker.

El vicepresidente estaba más preocupado por el posible efecto en las relaciones públicas. No quería ni imaginarse el problema que enfrentarían si los detalles de aquel plan llegaban a saberse entre el público en general.

El presidente se sentía como si Redeker lo hubiese insultado personalmente. Literalmente agarró del cuello al Ministro de Seguridad Interior y exigió saber por qué habían llevado allí a aquel criminal de guerra del apartheid.

El ministro alegó que no sabía por qué estaban todos tan enojados, especialmente porque la orden de buscar a Redeker había salido desde la presidencia.

El presidente levantó las manos y gritó que él nunca había dado tal orden, y entonces, desde algún lugar en el salón, una suave voz dijo, “yo la dí.”

Había estado sentado contra la pared del fondo; ahora estaba de pié, aunque encorvado por la edad y apoyado en dos bastones, pero con un espíritu tan fuerte y vital como siempre lo había tenido. El anciano estadista, el padre de nuestra nueva democracia, el hombre cuyo nombre en su lengua natal había sido Rolihlahla, y que algunos traducían simplemente como “El Alborotador.” Cuando se paró, todos los demás se sentaron, todos excepto Paul Redeker. El anciano lo miró fijamente, sonrió con esa cálida sonrisa tan conocida en todo el mundo, y dijo, “Molo, mhlobo wam.” “Saludos, hombre de mi tierra.” Se acercó lentamente a Paul, de espaldas a todos los gobernantes de Sudáfrica, tomó las hojas de las manos del afrikáner y dijo con una voz que de repente sonó viva y juvenil, “Este plan salvará a nuestra gente.” Luego, señalando a Paul, dijo, “Este hombre salvará a nuestra gente.” Y luego llegó ese momento, el momento que los historiadores discutirán hasta que el asunto desaparezca de nuestra memoria. Abrazó al afrikáner. Para cualquier observador, aquel era sólo uno de sus famosos abrazos de oso, pero para Paul Redeker… Yo sé que la mayoría de los psicobiógrafos siguen presentándolo como un hombre desalmado. Esa es la idea más aceptada. Paul Redeker: sin sentimientos, sin compasión, sin corazón. Pero uno de nuestros autores más respetados, un biógrafo y buen amigo de Biko, sostiene que Redeker era en realidad un hombre muy sensible, de hecho, dice que era demasiado sensible como para haber vivido en la Sudáfrica del apartheid. Él insiste que la lucha de Redeker contra las emociones era la única forma que tenía de mantener su cordura frente a todo el odio y la brutalidad que veía todos los días. No se sabe casi nada de la niñez de Redeker, si acaso conoció a sus padres, o fue criado por el estado, si acaso tenía amigos o fue amado por alguien. Aquellos que trabajamos con él, no recordamos haberlo visto nunca en ningún tipo de relación social, ni expresando físicamente ningún tipo de emoción. El abrazo del padre de nuestra nación, esa emoción genuina atravesando su armadura impenetrable…


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