Cambiando la marea frente local: estados unidos alrededor del mundo, y sobre



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[Se bebe de un trago su copa de ron y pide otra.]

Algunas veces me pregunto por qué diablos no se quedaron callados, ¿me entiende? No sólo mi jefe, sino todos esos parásitos mimados. Tenían los recursos necesarios para mantenerse alejados del peligro, ¿entonces por qué no los usaron?; irse para la Antártica o Groenlandia o quedarse donde estaban pero escondidos al ojo del público. Quizá no eran capaces de pensar de otra manera, como un interruptor que no podían apagar. A lo mejor eso fue lo que los convirtió en lo que eran en primer lugar. ¿Cómo diablos voy a saberlo?



[El mesero llega con otro trago, y T. Sean le lanza una moneda plateada.]

“Si lo tienes, muéstralo.”



CIUDAD DE HIELO, GROENLANDIA

[Desde la superficie, lo único visible son los embudos, unas enormes y muy bien construidas trampas para viento que llevan el aire frío y fresco a los trescientos kilómetros de túneles del laberinto que hay más abajo. Quedan muy pocos del cuarto de millón de personas que solían habitar esta maravilla de la ingeniería tallada a mano. Algunos se quedaron para animar el pequeño pero creciente comercio turístico. Algunos viven como custodios, mantenidos por la pensión otorgada por el Comité de Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO. Algunos otros, como Ahmed Farahnakian, antes conocido como el mayor Farahnakian de la Fuerza Aérea Revolucionaria Iraní, no tienen más a dónde ir.]

India y Pakistán. Al igual que con Corea del Norte y del Sur, o la OTAN y el Pacto de Varsovia. Si existían dos países que seguramente iban a usar armas nucleares el uno contra el otro, tenían que ser India y Pakistán. Todo el mundo lo sabía, todo el mundo se lo esperaba, y era por eso exactamente que nunca pasaba nada. Como el peligro era omnipresente, a lo largo de los años se había puesto en marcha una complicada maquinaria para evitarlo. Había una línea directa entre las dos capitales, los embajadores ya se llamaban por su primer nombre, y los generales, políticos, y todos los involucrados en el proceso, estaban entrenados para asegurarse de que el día que todos temían nunca llegara. Nadie podía imaginarse —yo no lo hice— que los hechos se desarrollarían como lo hicieron al final.

La infección no nos había golpeado tan fuerte a nosotros como a los demás países. Nuestra tierra era demasiado montañosa. El transporte era complicado. Nuestra población era relativamente poca; dado el tamaño de nuestro país, y ya que la mayoría de nuestras ciudades podían ser acordonadas por nuestra enorme fuerza militar, no es difícil ver por qué nuestros líderes se mostraban más bien optimistas.

El problema fueron los refugiados, millones de ellos desde el oriente, ¡millones! Como un río a través de Baluchistán, arrasando con nuestras planicies. Muchos de ellos habían sido ya infectados, enjambres cojeantes acercándose a nuestras ciudades. Nuestros guardias fronterizos fueron barridos por completo, instalaciones enteras sepultadas por la oleada de muertos. No había manera de cerrar las fronteras y lidiar con nuestras propias epidemias al mismo tiempo.

Exigimos a los pakistaníes que controlasen a su gente. Nos aseguraron que estaban haciendo todo lo que podían. Sabíamos que estaban mintiendo.

La mayor parte de los refugiados venía desde la India, atravesando Pakistán en un intento de llegar a un lugar más seguro. La gente de Islamabad estaba más que dispuesta a dejarlos pasar. Era mejor dejarle el problema a otro país en lugar de resolverlo ellos mismos. Quizá si hubiésemos unido nuestras fuerzas, organizado una operación conjunta en alguna posición fácil de defender. Sé que pusimos planes de esos sobre la mesa. Las montañas al sur de Pakistán: las Pab, las Kirthar, la cordillera central de Brahui. Podríamos haber detenido a cualquier número de refugiados, o muertos vivientes. Nuestros planes fueron rechazados. Algún paranoico consejero militar en su Embajada nos dijo que cualquier presencia de fuerzas militares en su suelo sería vista como una declaración de guerra. No sé si su presidente alcanzó a ver nuestra propuesta; nuestros líderes nunca hablaron directamente con él. Es lo que le decía sobre la India y Pakistán, el problema es que nosotros no teníamos una relación como esa. La maquinaria diplomática no estaba en su lugar. Ni siquiera sabemos lo que ese coronel comemierda le informó en realidad a su gobierno, ¡pudo haberles dicho que estábamos tratando de invadir sus provincias occidentales!

¿Pero qué podíamos hacer? Todos los días, cientos de miles de personas cruzaban nuestra frontera, ¡y quizá decenas de miles de ellos estaban infectados! Teníamos que actuar de forma decisiva. ¡Teníamos que protegernos!

Hay una carretera que cruza entre los dos países. Es pequeña según sus parámetros, y ni siquiera está pavimentada en algunas partes, pero era la principal arteria terrestre hacia el sur en Baluchistán. Si la cortábamos en un solo lugar, El puente del río Ketch, cerraríamos el 60% de todo el tráfico de refugiados. Yo mismo volé en esa misión, de noche y con muchos escoltas. No se necesitaban intensificadores de imagen. Se podían ver las farolas desde kilómetros de distancia, una delgada línea blanca extendiéndose en la oscuridad. Incluso pude ver los fogonazos de las ramas. El área estaba gravemente infestada. Apunté a los cimientos centrales del puente, que eran la parte más difícil de reconstruir. Las bombas se separaron limpiamente. Eran municiones convencionales, altamente explosivas, apenas lo suficiente para cumplir con el trabajo. Nuestros aviones eran norteamericanos, de la época en que éramos sus aliados más convenientes, y los usamos para destruir un puente construido en suelo extranjero también con ayuda norteamericana. La ironía del asunto no se les escapó a nuestros comandantes. En lo personal, no podía importarme menos. Tan pronto como sentí que mi Phantom se hacía más ligero, encendí los retroquemadores, esperé el reporte de mi avión observador, y recé con toda mi alma para que los pakistaníes no nos devolvieran el golpe.

Por supuesto, mis plegarias no fueron escuchadas. Tres horas después, sus tropas en Qila Safed atacaron nuestra estación fronteriza. Me enteré después que nuestro presidente y el Ayatollah decidieron no hacer nada más. Habíamos conseguido lo que queríamos, y ellos habían tenido su venganza. Ojo por ojo, rea mejor dejarlo así. ¿Pero quién iba a informar de esa decisión al otro lado? Los radios y códigos de su embajada en Teherán fueron destruidos. Ese coronel hijo de puta se había disparado en la boca antes que revelar cualquier “secreto de estado.” No teníamos líneas directas con ellos, ni canales diplomáticos. No sabíamos cómo mas contactar a los líderes pakistaníes. Ni siquiera sabíamos si sus líderes seguían vivos. Era un caos, la confusión se convirtió en ira, la ira nos hizo atacar a nuestros vecinos. Con cada hora, los conflictos aumentaban. Luchas fronterizas, bombardeos. Todo sucedió tan rápido, tres días de guerra convencional, y ninguno de los bandos tenía ningún objetivo específico, sólo ira y pánico.

[Se estremece.]

Creamos una bestia, un monstruo nuclear que ninguno de los dos bandos podía controlar… Teherán, Islamabad, Qom, Lahore, Bandar Abbas, Ormara, Emam Khomeyni, Faisalabad. Nadie sabe cuántos murieron en las explosiones, ni cuando las nubes radioactivas comenzaron a moverse sobre nuestros territorios, sobre la India, sobre Asia suroreintal, sobre el Pacífico, hasta América.

Nadie pensó que eso podría pasar, no entre nosotros. ¡Por Dios, ellos mismos nos habían ayudado a organizar nuestros programas de defensa nuclear! Nos habían vendido los materiales, la tecnología, habían sido los intermediarios con los traficantes de Corea del Norte y los renegados rusos… nosotros nunca habríamos sido una potencia nuclear de no ser por nuestros hermanos musulmanes. Nadie se lo esperaba, pero pensándolo bien, nadie se esperaba tampoco que los muertos se levantaran de nuevo, ¿verdad? Sólo hay alguien que podría haberlo imaginado, y ya no creo en Él.

DENVER, COLORADO, ESTADOS UNIDOS

[Mi tren vá retrasado. Están probando el puente levadizo occidental. A Todd Wainio no parece importarle el tener que esperarme en la plataforma. Estrecho su mano bajo el Mural de la Victoria, la imagen más representativa de la experiencia norteamericana en la Guerra Mundial Z. Basado originalmente en una fotografía, la obra muestra a un escuadrón de soldados de pié en la orilla del río Hudson que dá hacia Nueva Jersey, dándole la espalda al observador mientras miran el amanecer sobre Manhattan. Mi anfitrión parece pequeño y frágil al lado de esos enormes iconos bidimensionales. Al igual que casi todos los hombres de su generación, Todd Wainio ha envejecido antes de tiempo. Con una panza amplia, pelo escaso y encanecido, y tres cicatrices profundas y paralelas en su mejilla izquierda, es difícil suponer que este soldado retirado del Ejército de los Estados Unidos está aún, al menos cronológicamente, en sus primeros años de vida.]

El cielo estaba rojo ese día. Era por el humo, la basura que había estado llenando el aire durante todo el verano. Todo se veía envuelto en esta luz de color ámbar, era como mirar al mundo a través de unos anteojos del color del infierno. Así ví por primera vez a Yonkers, un pequeño y deprimido suburbio de clase trabajadora al norte de Nueva York. Creo que nadie jamás había escuchado hablar de ese lugar. Al menos yo no, pero ahora es tan famoso como, digamos, Pearl Harbor… no, no Pearl Harbor… eso fue un ataque sorpresa. Lo nuestro fue más parecido a Little Bighorn, porque nosotros… bueno… al menos la gente a cargo sí sabía lo que pasaba, o deberían haberlo sabido. El hecho es que no fue un ataque por sorpresa, la guerra… o la emergencia, o como quieran llamarla… ya había comenzado. Habían pasado, qué, ¿tres meses desde que todo el mundo se había subido al vagón del pánico?

Usted recuerda cómo era todo eso, la gente enloqueciendo… tapiando las entradas de sus casas, robando comida, armas, disparándole a todo lo que se movía. Esos seguramente mataron a más gente, todos esos Rambos, y los incendios, y los accidentes de tránsito y toda esa… toda esa mierda que ahora llamamos el “Gran Pánico”; creo que todo eso mató a más gente que Zack.

Supongo que puedo entender por qué los altos mandos creyeron que una gloriosa batalla final era una buena idea. Querían demostrarle a la gente que todavía tenían el control, querían tranquilizarlos para poder lidiar con el problema de verdad. Los entiendo, y como ellos necesitaban darse su publicidad, yo terminé en Yonkers.

En realidad no era un mal lugar para dar pelea. Parte del pueblo quedaba en un pequeño valle, y justo al otro lado de las colinas pasaba el río Hudson. La avenida del arroyo Saw Mill pasaba justo por el centro de nuestra línea principal de defensa, y los refugiados que salían por la autopista estaban guiando a los muertos directo hacia nosotros. Era un cuello de botella natural, y la idea era buena… la única buena idea que tuvieron ese día.

[Todd saca otro “Q,” un cigarrillo hecho con hojas cultivadas en Norteamérica, llamado así porque sólo contiene una cuarta parte de tabaco.]

¿Por qué no nos apostaron en los techos? Había un centro comercial, un par de parqueaderos, grandes edificios con enormes terrazas. Podrían haber puesto un batallón completo sobre la estación del A&P. Habríamos tenido una vista de todo el valle, y habríamos estado completamente seguros del ataque. Había un edificio de apartamentos, como de veinte pisos, creo… cada piso tenía una excelente vista hacia la autopista. ¿Por qué no había un equipo de francotiradores en cada ventana?

¿Sabe dónde nos pusieron? Abajo, en la calle, tras un montón de costales de arena y trincheras. Gastamos tanto tiempo, tantas energías preparando esos puestos de combate. Bien “ocultos y cubiertos,” según nos dijeron. ¿Ocultos y cubiertos? “Cubiertos” se refiere a una protección física, convencional, contra armas personales y artillería, o explosivos lanzados desde el aire. ¿Algo de eso se aplicaba al enemigo que íbamos a enfrentar? ¿Acaso Zack estaba enviando ataques aéreos o bombas incendiarias? ¡¿Y por qué diablos se estaban preocupando por ocultarnos, cuando la idea era hacer que Zack marchara directo hacia nosotros?! ¡Jodidos viejos imbéciles! ¡Todos ellos!

Estoy seguro de que quienquiera que fueran los que estaban a cargo, debían ser los últimos jodidos Fuldas que quedaban, ya sabe, esos generales que pasaron sus mejores años aprendiendo cómo defender a Alemania Occidental contra Iván. Viejos retrógrados y miopes… seguramente tantos años de guerra en Oriente Medio los tenía con rabia. Tenían que ser ellos, porque todo lo que hicimos ese día apestaba a tácticas de defensa de la Guerra Fría. ¿Sabía que hasta trataron de excavar pozos de combate para los tanques? Los ingenieros dinamitaron estos enormes huecos en el parqueadero de la estación del A&P.



¿Tenían tanques?

Viejo, teníamos de todo: tanques, Bradleys, Humvees armados con de todo, desde calibres cincuenta hasta estos nuevos morteros pesados Vasilek. Al menos esos podrían haber servido de algo. Teníamos Humvees Avenger con misiles Stinger tierra-aire instalados encima, teníamos un sistema portátil AVLB para construir un puente flotante, perfecto para el arroyo de diez centímetros de profundidad que corría al lado de la autopista. Teníamos un montón de vehículos XM5 para guerra electrónica llenos de radares y equipo de interferencia… y… ah sí, también teníamos toda una fila de FOLs, letrinas de campaña, instaladas allí en medio de todo. ¿Para qué? Si la presión del agua todavía era constante y había retretes funcionando en cada casa y edificio de aquel barrio. ¡Tantas cosas que no necesitábamos! Toda esa mierda sólo servía para bloquear el tráfico y para verse bonita, y creo que era precisamente para eso que la tenían allá, para que se viera bonita.



Para la prensa.

¡Claro que sí, debía de haber al menos un reportero por cada dos o tres soldados!21 Estaban en la calle, en camionetas, y no sé en cuántos helicópteros de los noticieros, dando vueltas sobre nosotros… uno pensaría que con tantos helicópteros podrían haber utilizado algunos para rescatar a la gente de Manhattan… por supuesto que todo eso era para la prensa, para mostrarles nuestro poder asesino camuflado de verde… o de café… algunos acababan de regresar del desierto y no habían tenido tiempo de pintarlos. Había tantas cosas que eran sólo para mantener las apariencias, no sólo los vehículos, sino también nosotros. Nos tenían metidos en los MOPP 4, el atuendo protector específico para misiones, unos trajes y máscaras grandes y pesadas que supuestamente nos protegían de ambientes peligrosos y exposición bioquímica.



¿Quizá sus superiores pensaban que el virus se transmitía por el aire?

¿Entonces por qué no protegieron a los reporteros? ¿Por qué nuestros “superiores” no los usaban también, ni nadie más detrás de nuestra línea? Ellos estaban frescos y cómodos metidos en sus UCs mientras nosotros sudábamos bajo capas de caucho, carbón activado, y pesados chalecos antibalas. ¿Y quién fue el genio al que se le ocurrió ponernos chalecos antibalas? ¿Era porque la prensa había dicho no tuvimos suficientes chalecos en la última guerra? ¿De qué diablos sirve un casco cuando se pelea contra un muerto viviente? ¡Son ellos los que necesitan cascos, no nosotros! Y luego estaban todos esos aparatos de red… el sistema de integración de combate Land Warrior. Era toda una serie de artefactos electrónicos que le permitía a cada uno de nosotros conectarse con el resto del equipo, y a los de arriba conectarse directamente con nosotros. A través de tu visor podías descargar mapas, datos de GPS, imágenes de satélite en tiempo real. Podías saber tu localización exacta dentro del campo de batalla, las posiciones de tus compañeros, del enemigo… uno podía ver a través de la videocámara montada en el arma, o la de cualquier compañero, y observar lo que había al otro lado de un arbusto, o doblando una esquina. Land Warrior le permitía a cada soldado tener toda la información de un puesto de mando, y le permitía al puesto de mando controlar todos los soldados como una sola unidad. “Netrocéntrico,” eso era lo que decían los oficiales todo el tiempo frente a la prensa. “Netrocéntrico” e “hiperguerra.” Las palabras se escuchaban bien, pero no servían para un carajo cuando tenías que excavar una trinchera usando el uniforme MOPP completo, chaleco antibalas, el equipo Land Warrior y toda la dotación estándar, todo eso en el día más caliente del verano más caliente que se había registrado. No sé cómo hice para mantenerme en pié hasta que Zack apareció.

Al principio era como un cuentagotas, uno o dos de ellos tambaleándose entre los autos abandonados que bloqueaban la autopista desierta. Al menos los refugiados ya habían sido evacuados. Bueno, esa fue otra cosa que hicieron bien. Escoger un lugar estrecho y evacuar a todos los civiles, buen trabajo. Pero todo lo demás…

Zack comenzó a entrar en la primera zona de fuego, el área designada para los MLRS. No escuché cuando dispararon los misiles porque mi casco ahogó el sonido, pero los ví volar directo hacia el objetivo. Ví como hacían un arco hacia abajo y el fuselaje exterior se abría para soltar esas pequeñas bombas ensartadas en cordones de plástico. Son más o menos del tamaño de una granada de mano, antipersonales, con una limitada capacidad antitanques. Se regaron entre los Gs, detonando tan pronto como golpeaban el suelo o alguno de los autos abandonados. Los tanques de combustible estallaron como pequeños volcanes, géiseres de fuego y chatarra que se sumaron a la “lluvia de acero.” Voy a ser sincero, fue impresionante, la gente gritaba a través de los micrófonos, yo también, viendo a esos zombies tambalearse y caer al suelo. Yo diría que había como treinta, quizá cuarenta o cincuenta a lo largo de aquel kilómetro y medio de carretera. El primer bombardeo eliminó tres cuartas partes de ellos.



¿Sólo tres cuartas partes?

[Todd termina su cigarrillo con una larga y violenta aspirada. Inmediatamente saca otro.]

Ajá, y eso debería habernos preocupado mucho. La “lluvia de acero” golpeó a todos y cada uno de ellos, les destrozó las tripas; había órganos y carne regados por todo el maldito lugar, desprendiéndose de sus cuerpos mientras seguían caminando hacia nosotros… pero impactos en la cabeza… había que destruir el cerebro, no el cuerpo, y en tanto les quede un pensadero completo y algo de movilidad… algunos seguían caminando, otros habían quedado muy mal y se arrastraban. Sí, deberíamos habernos preocupado mucho, pero no había tiempo.

El cuentagotas se había convertido en un arroyo. Más Gs, docenas de ellos, apretujados entre los autos incendiados. Algo curioso sobre Zack… uno se imaginaba que estarían vestidos con sus mejores ropas. Así era como los mostraban en la televisión, sobre todo al principio… Gs con traje de ejecutivo y ropa de trabajo, como una muestra representativa de la Norteamérica de todos los días, sólo que muertos. Así no era como se veían. Casi todos los infectados, los primeros infectados, los de la primera epidemia, murieron en el hospital o en sus camas en casa. Casi todos llevaban esas batas de hospital, o pijamas. Algunos iban en bóxer o ropa interior… o desnudos, muchos tenían todo afuera. Uno podía verles las heridas, las marcas resecas sobre el cuerpo, unos huecos que te daban escalofríos incluso con el calor del uniforme.

La segunda “lluvia de acero” no tuvo ni la mitad del impacto que la primera porque ya no quedaban tanques de combustible en los autos, y todos esos Gs apretujados se cubrían los unos a los otros de una posible herida en la cabeza. Yo no tenía miedo, aún no. Quizá ya no estaba tan firme, pero estaba seguro de que me recuperaría cuando Zack entrara en la zona de fuego de la artillería.

Una vez más, no pude escuchar el fuego de los Paladins en las colinas detrás de nosotros, pero sí ví y escuché cuando las municiones aterrizaron. Eran HE 155 estándar, núcleos explosivos con cubiertas de fragmentación. ¡Hicieron mucho menos daño que los misiles!

¿Por qué?

En primer lugar, no hay efecto de globo. Cuando una bomba estalla cerca de uno, hace que los líquidos del cuerpo comiencen a hervir, literalmente te estalla como un globo. Eso no le pasa a Zack, quizá porque tienen menos fluidos corporales que nosotros, o porque sus fluidos son como gelatina. No sé. Pero no les hizo ni mierda, y tampoco sufren de TNR.



¿Qué es el TNR?

Trauma Nervioso Repentino, creo que así se llama. Es otro de los efectos de las explosiones a corta distancia. El trauma es tan grande a veces, que todos los órganos, el cerebro, todo junto, simplemente se desconectan, como si Dios te apagara el interruptor. Tiene algo que ver con los impulsos eléctricos o algo así. No sé, no soy un maldito doctor.



Pero eso no les sucedió.

¡Ni a uno! Bueno… no me malinterprete… Zack tampoco venía brincando por entre las bombas sin sufrir daño. Vimos cuerpos volando a la mierda, dando vueltas en el aire, partidos en pedazos, algunas cabezas sueltas con ojos y bocas que todavía se movían, volando por el aire como jodidos corchos de champaña… los estábamos acabando, claro, ¡pero no tan rápido ni tantos como necesitábamos!

Ahora parecíamos mirando un río, una inundación de cuerpos, cojeando, gimiendo, pisoteando los restos de sus hermanos mientras avanzaban perezosamente hacia nosotros como una ola en cámara lenta.

La siguiente zona de fuego era la del armamento pesado, los cañones 120 de los tanques y los Bradleys con sus ametralladoras y misiles FOTT. Los Humvees también abrieron fuego, con morteros y misiles y Mark-19s, que son como metralletas pero que disparan granadas. Los Comanches pasaron silbando casi a centímetros sobre nuestras cabezas, con ametralladoras, Hellfires y paquetes de cohetes Hydra.

Era una maldita máquina de moler carne, un aserradero, y una nube de materia orgánica pulverizada flotaba como aserrín sobre la horda.

Nada puede sobrevivir a esto, pensé, y por un momento, parecía que tenía razón… hasta que el fuego comenzó a agotarse.

¿Comenzó a agotarse?

Se acabó, no fue suficiente…



[Se queda en silencio por un segundo, y luego, enojado, me mira fijamente.]

Nadie pensó en eso, ¡nadie! ¡Y que no me salgan con cuentos sobre recortes de presupuesto y escasez de suministros! ¡Lo único que escaseó ese día fue el maldito sentido común! A ninguno de esos imbéciles de cuatro estrellas, graduados de la Academia Militar de West Point y con el culo lleno de medallas se le ocurrió decir, “Hey, tenemos un montón de armas impresionantes, ¡¿¡las mandamos con suficiente mierda para disparar!?!” Nadie pensó en cuántas rondas de artillería se necesitarían para mantener las operaciones por varias horas, cuántos misiles para los MLRS, cuántos cilindros de metralla… los tanques tenían estas cosas llamadas cilindros de metralla… imagínese un cartucho de escopeta gigante. Disparaban un montón de bolitas de tungsteno… no eran perfectas, ya sabe, se desperdiciaban como cien bolas por cada G que aniquilaban, pero mierda, ¡al menos servían de algo! Cada Abrams tenía sólo tres de esas, ¡tres! ¡Tres, cuando podían cargar cuarenta! ¡El resto eran municiones estándar de HEAT o SABOT! ¿Usted sabe lo que pasa cuando una “Bala de Plata,” un dardo antiblindaje de uranio empobrecido, golpea un grupo de muertos vivientes? ¡Nada! ¿Sabe lo que se siente ver un tanque de sesenta y tantas toneladas disparándole a una multitud sin ningún jodido efecto? ¡Tres cilindros de metralla! ¿Y dónde estaban las saetas? Esa era el arma de la que más se hablaba en esos días, saetas, paquetes de pequeñas púas de acero que convierten instantáneamente a cualquier arma en una regadera. Hablábamos de ellas como si fueran un invento nuevo, pero las teníamos desde, a ver, desde Corea. Podíamos cargarlas en los cohetes Hydra y en los Mark-19. Sólo imagínese eso, un sólo 19 disparando trescientas cincuenta rondas por minuto, ¡y cada ronda formada por más de cien22 agujas! Quizá no habría bastado para cambiar las cosas… pero… ¡Maldita sea!

El fuego se agotaba, y Zack seguía llegando… y el miedo… se sentía en todas partes, en las órdenes de los líderes de escuadrón, en las acciones de los tipos a mi alrededor… Esa vocecita en la parte de atrás de tu cabeza que no deja de repetir “Oh mierda, oh mierda.”

Nosotros estábamos en la última línea de defensa, y no habían pensado en nosotros a la hora de repartir armas y municiones. Se suponía que nos tocaría lidiar con uno que otro G que lograra pasar a través de la paliza de las armas pesadas. Se esperaban que cuando mucho, un tercio de nosotros tendría que disparar, y que ni una décima parte de nosotros tendría que matar algo.

Se nos vinieron encima por miles, desbordándose por los rieles laterales de la carretera, por los callejones, alrededor de las casas, a través de ellas… eran tantos, y sus gemidos tan fuertes, que se oían a través de los cascos.

Quitamos los seguros, apuntamos, llegó la orden de disparar… yo era un artillero de una SAW23, una ametralladora ligera que se debe disparar en ráfagas cortas y controladas, no más largas de lo que uno tarda en decir “muérete hijo de puta.” La primera ráfaga salió muy baja. Le dí a uno directo en el pecho. Lo ví salir volando hacia atrás, golpear el asfalto, y luego pararse como si nada hubiese pasado. Amigo… cuando ellos se levantan…


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