Cambiando la marea frente local: estados unidos alrededor del mundo, y sobre



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[El doctor Sommers no parece muy seguro. La doctora Kelner sonríe y dice “sí” con la cabeza. Después me enteré que el cuarto había sido acondicionado a prueba de ruidos por esa razón.]

[Sharon imita el gemido de un zombie. Es sin duda el más realista que jamás he escuchado. Es claro, por su incomodidad, que Sommers y Kelner están de acuerdo conmigo.]

Ellos venían. Muchos, muy grande. [Gime otra vez. Luego comienza a golpear con su mano derecha sobre la mesa.] Querían entrar. [Sus golpes son rítmicos y mecánicos.] La gente gritaba. Mami me abrazó. “Está bien.” [Su voz se hace más suave, y comienza a acariciarse el cabello.] “No dejaré que te atrapen. Shhhh….”



[Ahora golpea con ambos puños sobre la mesa, y sus golpes se hacen más caóticos, como imitando a varios muertos vivientes.] “¡La puerta!” “¡Resistan!” [Imita el sonido de un vidrio que se rompe.] Se rompieron las ventanas, las ventanas del frente, al lado de la puerta. Se apagó la luz. Los grandes se asustaron. Gritaban.

[Su voz vuelve a imitar a su madre.] “Shhhh… bebé. No dejaré que te atrapen.”[Sus manos pasan de su cabello a su cara, acariciándose suavemente la frente y las mejillas. Sharon mira a Kelner como interrogándola. Kelner asiente. La voz de Sharon imita el sonido de algo grande que se rompe, un rugido con flema desde lo más profundo de su garganta.] “¡Están entrando! ¡Disparen, disparen!” [Imita unos disparos y…] “No dejaré que te atrapen, no dejaré que te atrapen.” [De pronto, Sharon mira al vacío detrás de mis hombros, como a algo que ya no está ahí.] “¡Los niños! ¡No los dejen tocar a los niños!” Esa era la señora Cormode. “¡Salven a los niños! ¡Salven a los niños!” [Sharon imita más disparos. Encoge las manos formando un solo puño enorme, y lo descarga sobre una forma invisible frente a ella.] Los niños comenzaron a llorar. [Hace movimientos como de golpes, cortes y punzadas con algún objeto.] Abbie lloraba mucho. La señora Cormode la levantó. [Imita el movimiento para levantar a alguien en el aire, y golpearlo contra una pared.] Entonces Abbie ya no lloró. [Sharon sigue acariciándose el rostro, imita la voz de su madre, ahora mucho más fuerte.] “Shhh… está bien, bebé, está bien…” [Sus manos bajan lentamente hasta su cuello, apretándolas alrededor y estrangulándose.] “No dejaré que te atrapen. ¡NO DEJARÉ QUE TE ATRAPEN!”

[Sharon se está ahogando, y lucha por respirar.]

[El doctor Sommers se lanza para tratar de detenerla, pero la doctora Kelner levanta una mano y Sharon se detiene, relajando sus manos mientras imita un disparo.]

Se sentía húmedo y caliente, sabía a salado, y me picaba en los ojos. Unas manos me levantaron y me llevaron. [Se pone de pié, simulando un movimiento como corriendo con un balón bajo el brazo.] Me sacaron al parqueadero. “¡Corre, Sharon, no pares!” [Es una voz diferente, no es la de su madre.] “¡Sólo corre, corre, corre!” Luego se alejaron. Me soltaron. Eran unas manos gruesas y suaves.



KHUZHIR, ISLA OLKHON, LAGO BAIKAL, SAGRADO IMPERIO RUSO

[El salón está desierto, salvo por una mesa, dos sillas, y un enorme espejo en la pared, el cual seguramente es un espejo de doble lado. Me siento de frente a mi entrevistada, tomando notas en un bloc que me entregaron (me prohibieron usar mi aparato de transcripción por “razones de seguridad”). El rostro de María Zhuganova se vé envejecido, su cabello está poniéndose gris, y su cuerpo apenas si cabe dentro del uniforme desgastado que insistió en usar para nuestra entrevista. Técnicamente estamos a solas, aunque sospecho que varios ojos nos observan desde el otro lado del espejo.]

No sabíamos que había un Gran Pánico. Estábamos completamente aislados. Casi un mes antes de que todo comenzara, más o menos cuando esa periodista norteamericana reveló la historia, nuestro campamento fue puesto en aislamiento permanente e indefinido. Todos los televisores fueron retirados de las barracas, y nos quitaron los radios personales y los teléfonos celulares. Yo tenía uno de esos celulares baratos y desechables, con cinco minutos prepagados. Fue lo máximo que mis padres pudieron pagar. Se suponía que debía usarlo para llamarlos en mi cumpleaños, mi primer cumpleaños lejos de casa.

Estábamos estacionados en Ossetia del Norte, en Alania, una de las repúblicas australes rebeldes. Nuestra labor oficial era “mantener la paz,” impidiendo cualquier conflicto étnico entre las minorías de Ossetia e Ingush. Nuestro tiempo de servicio estaba a punto de terminar justo cuando nos cortaron cualquier comunicación con el resto del mundo. Un asunto de “seguridad estatal” según nos explicaron.

¿Quiénes?

Todo el mundo: nuestros oficiales, la Policía Militar, incluso un civil que apareció de la nada un día por la base. Era un desgraciado gruñón con una cara delgada como de rata. Así lo llamábamos: “Cara de Rata.”



¿Alguna vez trataron de saber qué pasaba?

¿Qué, yo? Nunca. Ninguno de nosotros. Ah, por supuesto que nos quejábamos; los soldados siempre se quejan. Pero no había tiempo para procesar ninguna queja formal. Después de que el apagón de las comunicaciones entró en efecto, nos pusieron en estado de alerta total. Hasta aquel momento, el trabajo había sido fácil — aburrido, monótono, alterado sólo por alguna caminata ocasional a las montañas. Pero luego tuvimos que pasar varios días a la vez en las montañas, cargando el equipo completo y municiones. Íbamos a cada aldea, a cada casa. Interrogábamos a cada campesino, a cada turista y… no sé… supongo que también a cada cabra que se nos atravesaba en el camino.



¿Por qué los interrogaban? ¿Qué buscaban?

No sabíamos. “¿Todos los miembros de su familia están bien?” “¿Ha desaparecido alguno?” “¿Han sido atacados por un animal o una persona rabiosos?” Esa era la parte que más me confundía. ¿Rabia? Era comprensible en los animales, ¿pero en la gente? También hacíamos un montón de revisiones físicas, desvistiendo por completo a esa pobre gente mientras los médicos examinaban cada centímetro de sus cuerpos buscando… algo… no nos dijeron qué.

No tenía sentido, nada de eso. Una vez encontramos todo un depósito de armas, 74s nuevas, algunas 47s viejas, montones de balas, seguramente compradas a algún oportunista de nuestro batallón. No sabíamos a quién le pertenecían las armas; traficantes de drogas, o a la mafia local, quizá incluso a esos “Escuadrones de la Muerte” que eran la razón por la que nosotros estábamos allí en primer lugar. ¿Y qué hicimos? ¡Las dejamos allí! Ese civil, “Cara de Rata,” tuvo una reunión privada con los lideres de las aldeas. No supimos qué discutieron, pero se veían todos asustados de muerte: se persignaban y rezaban en silencio.

No lo entendíamos. Estábamos confundidos y enojados. No comprendíamos qué diablos estábamos haciendo allá afuera. Había un veterano en nuestro pelotón, Baburin, que había peleado una vez en Afganistán y dos veces en Chechenia. Se decía que durante la toma de Yeltsin, su BMP19 había sido el primero en disparar sobre los Duma. Nos gustaba escuchar sus historias. Siempre estaba de buen humor, y siempre se emborrachaba… cuando podía permitírselo. Pero todo cambió después del incidente con las armas. Dejó de sonreír y no volvió a contar historias. Creo que no volvió a beber ni una gota, y cuando nos hablaba, que era casi nunca, lo único que decía era, “Esto no está bien. Algo va a pasar.” Cuando trataba de preguntarle algo más, sólo se encogía de hombros y se marchaba. La moral estaba por el suelo después de eso. La gente estaba tensa, sospechando de todo. Cara de Rata siempre estaba por ahí, en las sombras, escuchando, observando, susurrando cosas al oído de nuestros oficiales.

Él estaba con nosotros el día en que pasamos por un pueblo pequeño y sin nombre, unas chozas primitivas en lo que parecía ser el borde más alejado del mundo. Habíamos realizado las búsquedas y los interrogatorios de rutina, y estábamos a punto de empacar y largarnos. De pronto una niña, un niña pequeña, llegó corriendo por la única calle del pueblo. Estaba llorando, claramente aterrorizada. Le decía algo a sus padres… ojalá me hubiese tomado el tiempo de aprender su idioma… y señalaba al otro lado de un sembrado. Había una figura pequeña, otra niña, que caminaba hacia nosotros tropezando por entre el lodo. El teniente Tikhonov levantó sus binoculares y pude ver cómo su rostro perdía todo su color. Cara de Rata se acercó a él, miró a través de sus propios prismáticos, y luego le dijo algo al oído. Petrenko, el francotirador del pelotón, recibió la orden de apuntar su arma y enfocar a la niña. Lo hizo. “¿La tienes?” “La tengo.” “¡Fuego!” Creo que así fue. Recuerdo que hubo una pausa. Petrenko miró al teniente y le pidió que repitiera la orden. “Ya me escuchó,” dijo con rabia. Yo estaba más lejos que Petrenko y lo había escuchado bien. “¡Le ordeno eliminar el objetivo, ahora!” Ví que el cañón de su rifle temblaba. Era un mocoso flaco y desgarbado, ni el más fuerte ni el más valiente, pero bajó su arma de repente y dijo que no lo haría. Así nada más. “No, señor.” Sentí como si el sol se hubiese congelado en el cielo. Nadie sabía qué hacer, sobre todo el teniente Tikhonov. Nos miramos los unos a los otros, y luego miramos al sembrado.

Cara de Rata iba caminando por allí, lenta, casi tranquilamente. La niña estaba tan cerca que podíamos ver su cara. Sus ojos muy abiertos, mirando directamente a Cara de Rata. Levantó los brazos, y escuché ese agudo y ahogado gemido. Se encontraron a mitad del sembrado. Todo terminó antes de que pudiésemos darnos cuenta de lo que había sucedido. Con un movimiento suave y fluido, Cara de Rata sacó una pistola de entre su chaqueta, le disparó a la niña justo entre los ojos, y se dio la vuelta para regresar caminando hacia nosotros. Una mujer, probablemente la madre de la criatura, estalló en llanto. Cayó de rodillas, escupiéndonos e insultándonos. A Cara de Rata no le importó, o ni siquiera se dio cuenta. Sólo le susurró algo al teniente Tikhonov y se subió al BMP como si se tratara de un taxi en Moscú.

Esa noche… tirada en mi catre sin poder dormir, traté de no pensar en lo que había pasado. Traté de no pensar en el hecho de que la Policía Militar se había llevado a Petrenko, o que nuestras armas habían sido retenidas y guardadas en el depósito. Sabía que debía sentirme mal por lo de la niña, furiosa, con ganas de desquitarme con Cara de Rata, y quizá un poco culpable por no haber levantado ni un dedo para impedirlo. Sabía que esas eran las emociones que debería haber sentido; pero en ese momento lo único que sentía era miedo. No podía dejar de pensar en o que me había dicho Baburin, que algo malo estaba por pasar. Sólo quería irme a casa, ver a mis padres. ¿Qué tal si habíamos sufrido un horrible ataque terrorista? ¿Qué tal si estábamos en guerra? Mi familia vivía en Bikin, prácticamente al lado de la frontera con China. Tenía que hablar con ellos, asegurarme de que estaban bien. Estaba tan angustiada que sentí náuseas y empecé a vomitar, tanto que tuvieron que llevarme a la enfermería. Por eso no pude ir a patrullar al siguiente día, y todavía estaba en cama cuando regresaron por la tarde.

Estaba tirada en mi catre, releyendo una copia vieja de Semnadstat.20 Escuché un alboroto, motores de vehículos, voces. Una enorme multitud se encontraba reunida en el patio de formaciones. Me abrí paso entre ellos y ví a Arkady parado en el centro de aquella masa. Arkady era el artillero de mi escuadrón, un tipo grande como un oso. Éramos buenos amigos porque él mantenía alejados a los otros hombres, si usted me entiende. Él solía decir que yo le recordaba a su hermanita. [Sonríe con tristeza.] Me gustaba.

Había alguien arrastrándose a sus pies. Parecía como una anciana, pero tenía un saco de lona cubriéndole la cabeza y una cadena alrededor del cuello. Su vestido estaba hecho jirones y la piel de sus piernas había sido pelada casi por completo. No había sangre, solo una especie de pus negro. Arkady estaba en medio de un discurso agresivo y furioso. “¡No más mentiras! ¡No más órdenes de dispararle a los civiles! Por eso tuve que matar al pequeño zhopoliz…”

Busqué al teniente Tikhonov, pero no lo ví por ninguna parte. Sentí como una bola de hielo en mi estómago.

“…¡porque yo quería que todos pudieran verlo!” Arkady alzó la cadena, levantando a la vieja babushka por el cuello. Agarró el sacó que le cubría la cabeza y se lo quitó. Su rostro era gris, al igual que el resto de su piel, Sus ojos eran fieros y muy abiertos. Se revolcaba como un lobo rabioso y trataba de agarrar a Arkady. Él apretó una de sus poderosas manos alrededor de su cuello, sosteniéndola a un brazo de distancia.

“¡Quiero que todos vean por qué estamos aquí!” Agarró el cuchillo de su cinturón y lo clavó en el corazón de la anciana. Contuve un grito, todos lo hicimos. Estaba clavado hasta la empuñadura pero ella seguía retorciéndose y gritando. “¡Ya ven!” dijo él, apuñalándola varias veces más. “¡Ya ven! ¡Esto es lo que no quieren decirnos! ¡Nos estamos matando aquí afuera para encontrar esto!” Algunas cabezas comenzaron a asentir, y se escucharon unos murmullos de aprobación. Arkady continuó, “¿Y qué tal si estas cosas están en todas partes? ¡¿Qué tal si justo ahora están en nuestras casas, con nuestras familias?!” Estaba tratando de mirarnos fijamente a todos. No estaba prestándole mucha atención a la anciana. Su puño se aflojó, ella logró liberarse y lo mordió en la mano. Arkady rugió. Hundió de un puñetazo el rostro de la anciana. Ella cayó a sus pies, retorciéndose y vomitando esa baba negra. Arkady terminó el trabajo con su bota; todos escuchamos cómo se le quebró el cráneo.

La sangre goteaba de la profunda herida en el puño de Arkady. Lo sacudió en el aire, y lanzó un grito que hizo que las venas de su cuello se hincharan. “¡Queremos ir a casa!” “¡Queremos proteger a nuestras familias!” Otras personas de la multitud comenzaron a repetirlo. “¡Sí! ¡Queremos proteger a nuestras familias! ¡Este es un país libre! ¡Una democracia! ¡No pueden tenernos como prisioneros!” Yo también grité, coreando con el resto de la gente. Esa anciana, una criatura que podía recibir una cuchillada en el corazón sin morir… ¿qué pasaría si estaban en nuestros pueblos? ¿Qué tal si estaban amenazando a nuestros seres queridos… a mis padres? Todo el miedo, todas las dudas, todas nuestras emociones confusas y nuestro pesimismo se fundieron en forma de ira. “¡Queremos ir a casa! ¡Queremos ir a casa!” Cantábamos, gritábamos, y entonces… una bala pasó silbando junto a mi oreja y el ojo izquierdo de Arkady se hundió. No recuerdo haber corrido, ni haber inhalado el gas lacrimógeno. No recuerdo en qué momento aparecieron los comandos Spetznaz, pero de pronto nos tenían rodeados, golpeándonos, encadenándonos a todos juntos. Uno de ellos se paró con tanta fuerza sobre mi pecho que creí que moriría allí mismo.

¿Fue entonces cuando se implementaron los diezmos?

No, eso fue mucho antes. No habíamos sido la primera unidad en rebelarse. Las cosas habían comenzado más o menos en los días en que la Policía Militar cerró la base. Para el momento en que nosotros hicimos nuestra pequeña “demostración,” el gobierno ya tenía decidido cómo iban a restaurar el orden.



[Se acomoda el uniforme, y endereza la espalda antes de seguir hablando.]

“Diezmar”… yo creía que quería decir acabar, causar gran daño, destruir, reducir al enemigo… en realidad quería decir eliminar en un diez por ciento, uno de cada diez debía morir… y eso fue exactamente lo que hicieron con nosotros.

Los Spetznaz nos pusieron en fila en el patio de formaciones, con nuestros uniformes de gala para hacerlo mucho peor. Nuestro nuevo comandante nos dio un discurso sobre el deber y la responsabilidad, sobre nuestro juramento de defender la Madre Patria, y cómo habíamos faltado a ese juramento con nuestra traición egoísta y nuestra cobardía. Nunca había escuchado palabras como esas antes. “¿Deber?” “¿Responsabilidad?” Rusia, mi Rusia, era un enorme desorden sin política. Vivíamos en medio del caos y la corrupción, luchando para sobrevivir cada día. Las fuerzas armadas no eran ningún bastión del patriotismo; eran un lugar en el que se aprendía a comerciar, a conseguir comida, una cama, y quizá un poco de dinero extra para enviar a casa cuando el gobierno decidía que era conveniente pagarles a los soldados. “¿Juramento de proteger la Madre Patria?” Así no hablaba la gente de mi generación. Esas eran las palabras que usaban los veteranos de las guerras, los viejos locos y tercos que inundaban la Plaza Roja con sus desteñidas banderas soviéticas e hileras de medallas colgando de sus apolillados uniformes. El deber a la patria era un chiste. Pero yo no me estaba riendo. Sabía que enfrentábamos una ejecución. Los hombres armados a nuestro alrededor, los tipos en las torres de guardia… estaba lista, cada músculo de mi cuerpo estaba tenso esperando recibir un disparo. Pero entonces escuché esas palabras…

“Son unos niños malcriados que creen que la democracia es un derecho dado por Dios. ¡La esperan y la exigen! Muy bien, ahora van a tener la oportunidad de ponerla en práctica.”

Esas fueron exactamente sus palabras, las he tenido estampadas en el interior de mis párpados por el resto de mi vida.

¿Qué quiso decir con eso?

Que nosotros decidiríamos quién sería castigado. Separados en grupos de diez, tendríamos que votar y elegir a uno de nosotros para ser ejecutado. Nosotros… los soldados, tendríamos que asesinar a nuestros amigos. Pasaron entre nosotros con unas carretillas. Todavía puedo escuchar cómo rechinaban esas ruedas. Estaban llenas de piedras, del tamaño de un puño, pesadas y cortantes. Algunos lloraron, discutieron con nosotros, imploraron como niños pequeños. Otros, como Baburin, simplemente se quedaron allí sentados sobre sus rodillas, mirándome directamente a los ojos mientras ponía mi piedra al lado de la suya.



[María suspira suavemente, mirando por sobre su hombro al espejo de dos caras.]

Brillante. Eran unos malditos genios. Las ejecuciones convencionales podrían haber restaurado la disciplina y devuelto el orden a toda la unidad, pero al convertirnos en cómplices, nos tenían amarrados no sólo por el temor, sino también por la culpa. Podríamos habernos negado, podríamos habernos resistido a elegir y haber muerto en su lugar, pero no lo hicimos. Les seguimos el juego. Tomamos una decisión consciente, y como esa decisión tuvo un precio tan alto, ninguno de nosotros quiso tener que volver a decidir por su cuenta. Ese día renunciamos a nuestra libertad, y nos sentimos felices de dejarla ir. Desde ese momento vivimos con una libertad diferente, la libertad de señalar a alguien más y decir “¡Ellos me ordenaron hacerlo! Es su culpa, no la mía.” La libertad de decir, y que Dios nos perdone, “yo sólo estaba siguiendo órdenes.”



BRIDGETOWN, BARBADOS, FEDERACIÓN DE LAS INDIAS OCCIDENTALES

[El “Trevor Bar” es una viva representación del espíritu de las “salvajes Indias Occidentales,” o más exactamente, del carácter de cada isla como “Zona Económica Especial.” Este lugar no parece lo que la mayoría de las personas se imaginaría en el organizado y tranquilo Caribe de la posguerra. No es su intención hacerlo. Aisladas del resto de las islas y pensadas para los que buscan una vida de violencia caótica y excesos, las Zonas Económicas Especiales están diseñadas para separar a los “extranjeros” de todo el dinero que traigan encima. Mi incomodidad parece complacer a mi anfitrión, T. Sean Collins. El enorme tejano me ofrece un trago de ron “matadiablos,” y luego apoya sus enormes botas sobre la mesa.]

Nadie ha podio inventarse un nombre para lo que yo solía hacer. No uno de verdad, hasta el momento. “Contratista independiente” suena como si me dedicara a levantar muros de aglomerado y estuco. “Seguridad privada” suena como a un estúpido guardia de centro comercial. “Mercenario” es lo que más se aproxima, supongo, pero al mismo tiempo, es lo más alejado de la realidad que se puede llegar. Un mercenario suena como un desquiciado veterano de Vietnam, con tatuajes y bigote de manubrio, trabajando en un moridero del Tercer Mundo porque no pudo enfrentar la realidad en casa. Yo no era así. Sí, era un veterano, y sí, usaba mi entrenamiento para ganar dinero… es algo curioso sobre el ejército, siempre prometen que te enseñarán “habilidades para ganarte la vida,” pero nunca te dicen que, entre todas las cosas, no hay nada con lo que uno se pueda ganar mejor la vida que matando a cierta gente y evitando que maten a otra.

Quizá sí era un mercenario, pero nadie sospecharía eso al mirarme. Me mantenía bien peinado, con un buen auto, una casa bonita, y hasta una señora que iba a hacer la limpieza un día a la semana. Tenía bastantes amigos, un par de prospectos de matrimonio, y mi puntaje en el country club era casi tan bueno como el de los profesionales. Lo más importante era que trabajaba para una compañía que no era muy diferente de las demás que existían antes de la guerra. Nada de disfraces y armas escondidas, nada de cuartos a oscuras y sobres sellados. Tenía vacaciones y licencias, plan dental y seguro médico. Pagaba mis impuestos, a veces de sobra; pagaba hasta una pensión de retiro. Podría haberme ido a trabajar al viejo continente; Dios sabe que allá había mucha demanda, pero después de ver lo que les había pasado a mis colegas en la última guerra, lo mandé todo al diablo. Prefería quedarme como guardaespaldas de algún gerente gordo, o de alguna celebridad estúpida y malcriada. Eso era exactamente lo que estaba haciendo cuando llegó el Pánico.

¿No le importa que no mencione ningún nombre, verdad? Algunas de esas personas todavía están vivas, o sus derechos de autor siguen vigentes, y… ¿puede creerlo? Todavía amenazan con demandar... después de todo lo que ha pasado. Bueno, no puedo darle nombres ni lugares, pero imagínese que esto ocurrió en una isla… una isla grande… una isla larga, justo al lado de Manhattan. ¿No me pueden demandar por eso, o sí?

Mi cliente, no estoy muy seguro de qué era lo que hacía. Algo del entretenimiento, o en las finanzas. No importa. Creo que tenía suficiente dinero como para ser uno de los accionistas de mi compañía. Lo que importa es que tenía bastante, y vivía en esta increíble casa al lado de la playa.

A mi cliente le gustaba conocer a la gente que todos conocían. Su plan era proveer un lugar seguro para la gente que podría levantar su imagen durante y después de la guerra, ser el Moisés de los ricos y famosos. ¿Y sabe qué?, ellos se lo creyeron. Actores, cantantes, raperos y atletas profesionales, todas esas caras bonitas, como las que se ven en los realities y en los programas de entrevistas, y hasta esa perra rica con cara de cansancio que era famosa sólo por ser una perra rica con cara de cansancio.

Estaba ese magnate de la música, el de los aretes de diamantes. Decía que tenía una AK modificada con lanzagranadas. Le encantaba hablar de ella diciendo que era una réplica exacta de la de Scarface. No tuve el valor para decirle que el arma del señor Montana era en realidad una 16 A-1.

También estaba el tipo de la comedia política, ya sabe, el del show con su nombre. Una vez lo ví aspirando coca sobre las tetas de una desnudista tailandesa mientras decía que lo que estaba pasando no era sólo un asunto de los muertos contra los vivos, sino que tendría repercusiones en todas la facetas de nuestra sociedad: en lo social, político, económico y hasta lo ambiental. Dijo que, inconscientemente, todo el mundo había sospechado la verdad durante la “Gran Negación,” y por eso habían reaccionado tan mal cuando la historia se había revelado por fin. En realidad tenía algo de sentido, hasta que comenzó a hablar sobre la fructosa de jarabe de maíz y la feminización de Norteamérica.

Una locura, ya sé, pero uno más o menos se esperaba que esas personas fueran así, o al menos yo lo hacía. Lo que no me esperaba era que trajeran a toda su “gente.” Cada uno de ellos, sin importar quiénes eran o qué hacían, tenía que llevar consigo a no sé cuántos estilistas, publicistas y asistentes personales. Algunos de ellos, creo, eran agradables, y sólo lo hacían por el dinero, o porque imaginaron que allí estarían a salvo. Unos niños que sólo querían aprovechar una oportunidad. No los culpo por eso. Pero otros… unos jodidos imbéciles, fascinados con el olor de su propia mierda. Eran groseros, engreídos y se creían los jefes de todos los que tenían alrededor. A uno de ellos lo recuerdo bien, sólo porque tenía esta gorra de béisbol con un letrero que decía “¡A Trabajar!” Creo que era el representante de ese gordo cabrón que quedó de ganador en ese show de talentos. ¡Nada más ese tipo tenía como catorce personas a su alrededor! Recuerdo que al principio pensé que sería imposible mantener a toda esa gente, pero después de mi recorrido inicial por las instalaciones, me dí cuenta de que mi jefe se había preparado para todo.

Había transformado la casa en el sueño húmedo de un fanático de la supervivencia. Tenía suficiente comida deshidratada para alimentar a un ejército durante años, así como una interminable cantidad de agua gracias a un desalinizador que estaba conectado con tuberías al océano. Tenía turbinas de viento, paneles solares, y generadores de respaldo con unos enormes tanques de gasolina enterrados bajo el jardín principal. Había instalado suficientes medidas de seguridad para mantener a raya a los muertos vivientes para siempre: murallas, sensores de movimiento, y armas, ah, las armas. Sí, nuestro jefe había hecho bien su tarea, pero lo que lo hacía sentir más orgulloso era que cada habitación de la casa estaba conectada y cableada para transmitirlo todo por Internet las 24 horas del día. Esa era la verdadera razón por la que había invitado a sus “mejores” y “más cercanos” amigos. Él no sólo quería resguardarse de la tormenta con toda la comodidad y el lujo que podía, también quería que todo el mundo lo supiera. Estaba pensando como una celebridad, asegurándose la fama.

No sólo había una cámara en casi todos los cuartos, sino que también había llevado a todos los periodistas y equipos que uno vé en la alfombra roja de los Óscar. En realidad nunca me había imaginado lo grande que era la industria del periodismo de entretenimiento. Había docenas de ellos, de todas las revistas y programas de televisión. “¿Cómo te sientes?” Esa la escuché muchas veces. “¿Cómo la estás pasando?” “¿Qué crees que vá a pasar?” y le juro que una vez alguien me preguntó “¿de qué marca es esa ropa?”

Para mí, el momento más irreal fue una vez que estábamos en la cocina con otros miembros del equipo y los guardaespaldas, viendo las noticias y allí, en la pantalla, adivine qué, ¡salíamos nosotros! Las cámaras estaban en el cuarto de al lado, enfocando a algunas de las “estrellas” sentadas en un sofá mientras veían otro canal. La señal que veían era emitida en vivo desde la zona Nororiental de Nueva York; los muertos subían por la Tercera Avenida y la gente los enfrentaba mano a mano, con martillos y con tubos de metal. El dueño de una tienda de deportes Modell estaba repartiendo bates de béisbol y gritaba “¡Denles en la cabeza!” Salió un tipo en patines. Tenía un palo de hockey en la mano, con un enorme cuchillo para carne amarrado en la punta. Comenzó a hacer un giro, a esa velocidad podría haber cortado un cuello o dos. La cámara lo filmó todo: el brazo medio podrido que saló de una alcantarilla frente a él, el pobre tipo volando por los aires, aterrizando en la cabeza, y luego siendo arrastrado del pelo, gritando, hacia la alcantarilla. En ese momento la cámara de la sala volteó para registrar las reacciones de nuestras celebridades. Hubo caras de sorpresa, algunas honestas, otras ensayadas. Recuerdo que sentí menos respeto por los que trataron de fingir algunas lágrimas que por la pequeña perra malcriada que dijo que el tipo de los patines era un “idiota.” Hey, al menos ella sí era sincera. Yo estaba parado al lado de este otro tipo, Sergei, un miserable cabrón del tamaño de un muro y con cara de pocos amigos. Las historias que me contaba sobre su infancia en Rusia me convencieron de que no todos los morideros del Tercer Mundo quedan en los trópicos. Mientras las cámaras enfocaban las reacciones de aquella gente bonita, él murmuró algo para sí mismo en ruso. La única palabra que pude entender fue “Romanovs” y estaba a punto de preguntarle qué había querido decir, cuando la alarma se disparó.

Algo había activado los sensores de presión que habíamos instalado a varios kilómetros alrededor de los muros. Eran lo suficientemente sensibles como para detectar un solo zombie, y en ese momento se activaban como locos. Nuestros radios carraspeaban: “Contacto, contacto, esquina suroccidental… ¡mierda, vienen por centenares!” Era una casa jodidamente grande, me tomó varios minutos llegar hasta mi posición de disparo. No sabía por qué el vigilante estaba tan nervioso. ¿Qué importaba si eran unos cuantos cientos de ellos? Nunca pasarían del muro. Luego lo escuché gritar “¡Vienen corriendo! ¡Hijos de puta, sí que son rápidos!” Zombies rápidos, eso me paralizó el estómago. Si podían correr, quizá podían trepar, si podían trepar, a lo mejor podían pensar, y si podían pensar… ahora sí estaba asustado. Recuerdo que para cuando llegué a la ventana del cuarto de invitados del tercer piso, todos los amigos de mi jefe corrían hacia los depósitos de armas como extras de una mala película de acción de los 80s.

Le quité el seguro a mi arma y las tapas a la mira telescópica. Era una de las de última generación, con amplificación de luz y visión termal. No se necesitaba la visión termal porque los Gs no despedían calor. Fue por eso que cuando ví las imágenes verdes y brillantes de cientos de corredores, se me atascó algo en la garganta. Esos no eran muertos vivientes.

“¡Ahí está!” los escuché gritar. “¡Esa es la casa de las noticias!” Venían cargando escaleras, escopetas, niños. Un par de ellos traían unos cilindros grandes y pesados en la espalda. Iban hacia la puerta del frente, unas placas enormes de acero que supuestamente podían contener a mil zombies. La explosión las arrancó de los goznes y las envió girando hacia el interior de la casa como un par de estrellas ninja gigantes. “¡Fuego!” gritaba mi jefe por la radio. “¡Derríbenos! ¡Mátenlos! ¡Fuegofuegofuego!”

Los “atacantes,” a falta de una mejor palabra, entraron corriendo en la casa. El jardín estaba lleno de vehículos parqueados, autos deportivos y camionetas, e incluso uno de esos camiones monstruo, propiedad de un jugador de la NFL. Unas enormes bolas de fuego, todos ellos, estallando unos al lado de los otros, o convertidos en chatarra ardiente desde la explosión, y el humo negro de los neumáticos ahogándonos a todos. Lo único que se escuchaba eran los disparos, nuestros y de ellos, y no eran sólo de nuestro equipo de seguridad. Cualquier pez gordo que todavía no se hubiera cagado en los pantalones, estaba tratando de ser un héroe o de proteger su reputación frente a su gente. Muchos de ellos le ordenaron su equipo que los protegieran. Algunos obedecieron, estos pobres asistentes personales de veintitantos años que no habían cogido un arma en toda su vida. No duraron mucho. Pero también hubo algunos peones que se torcieron y se unieron a los atacantes. Ví a uno de esos estilistas, una verdadera loca, clavándole un abrecartas en la boca a una actriz, y también, irónicamente, ví al señor “A Trabajar” intentando arrebatarle una granada al tipo del show de talentos antes de que ésta estallara entre los dos.

Todo era un caos, justo lo que uno se imagina cuando piensa en el fin del mundo. Una parte de la casa estaba en llamas, había sangre por todas partes, cuerpos completos o en pedazos regados sobre los muebles más caros. Me crucé con el chihuahua de la perra malcriada cuando corríamos hacia la salida trasera. Él me miró, yo lo miré. Si él hubiese podido hablar, seguramente nos habríamos dicho algo como, “¿Qué pasará con tu amo?” “¿Qué pasará con la tuya?” “Que se jodan.” Esa era la actitud de casi todos nosotros, y la razón por la que no había disparado ni un solo tiro en toda la noche. Nos habían pagado para proteger a esa gente rica de los zombies, no de otra gente menos rica que sólo quería un lugar seguro donde refugiarse. Podíamos escuchar cómo gritaban mientras entraban por la puerta del frente. No decían “agarren el trago” o “tírense a esas perras”; decían “¡apaguen el fuego!” y “¡lleven a las mujeres y a los niños arriba!”

Me tropecé con el tipo de la comedia política camino hacia la playa. Él y una mujer, una vieja rubia y estirada que se suponía era su enemiga política, estaban tirados en el piso dándole a eso como si no hubiera un mañana, y bueno, quizá para ellos no lo hubo. Llegué hasta la arena, encontré una tabla de surf que probablemente había costado más que la casa en la que me crié, y comencé a nadar hacia las luces del horizonte. Había muchos barcos en el agua esa noche, un montón de gente saliendo de la ciudad. Confié en que uno de ellos me llevaría al menos hasta el puerto de Nueva York. Con algo de suerte, podría sobornarlos con un par de aretes de diamantes.


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