Cambiando la marea frente local: estados unidos alrededor del mundo, y sobre



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[El señor Carlson hace una pausa, me dirige una mirada llena de odio, y luego arroja una pala llena de “combustible” a su carreta.]

Madure de una vez.



TROYA, MONTANA, ESTADOS UNIDOS

[Este vecindario es, según el anuncio, una “Nueva Comunidad para una Nueva Norteamérica.” Basado en el modelo de “Masada” israelí, desde la primera vez que uno lo ve, es claro que el vecindario fue construido con un solo objetivo en mente. Las casas están todas soportadas por zancos, tan altos que permiten una visión perfecta sobre la muralla de concreto reforzado de seis metros de alto. Una escalera retráctil es la única vía de acceso a cada casa, y pueden conectarse con las casas vecinas por medio de una pasarela igualmente retráctil. Los techos repletos de paneles solares, los pozos de agua cubiertos, los jardines sin obstáculos, las torres de vigilancia, y la gruesa puerta deslizante de acero, han convertido a Troya en un éxito según sus habitantes, tanto que sus constructores ya han recibido otros siete contratos similares a lo largo y ancho de los Estados Unidos. La diseñadora de Troya, arquitecta en jefe, y primera alcaldesa, es Mary Jo Miller.]

Sí claro, estaba preocupada, preocupada por las cuotas del automóvil y el préstamo para el negocio de Tim. Estaba preocupada por la grieta que se estaba abriendo en los azulejos de la piscina y el nuevo filtro sin cloro que estaba dejando una leve capa de algas. Estaba preocupada por nuestro portafolio de acciones, aunque mi corredor me aseguraba que eran variaciones de inversionista novato, y que tendría más beneficios que con una de esas pensiones 401(k). Aiden necesitaba un profesor particular de matemáticas y Jenna necesitaba unas sandalias de Jamie Lynn Spears para el campamento con su equipo de fútbol. Los padres de Tim estaban pensando en ir a quedarse con nosotros en Navidad. Mi hermano estaba otra vez en rehabilitación. Finley tenía parásitos, uno de los peces tenía algún tipo de hongo creciéndole en el ojo izquierdo. Esas eran sólo algunas de mis preocupaciones. Tenía más que suficientes para mantenerme ocupada.



¿No veía las noticias?

Sí, por cinco minutos al día: asuntos locales, deportes, chismes de las celebridades. ¿Para qué me iba a deprimir viendo más televisión? Ya me sentía bastante mal cuando me subía a la báscula cada día.



¿Y qué hay de las otras fuentes? ¿La radio?

¿Cuándo iba al trabajo por la mañana? Esa era mi única hora de Zen. Después de dejar a los niños, escuchaba a [nombre omitido por motivos legales]. Sus chistes me ayudaban a pasar el rato.



¿Y la Internet?

¿Qué hay con eso? Para mí, era sólo para comprar cosas; para Jenna, era una herramienta para hacer las tareas; para Tim, era… cosas que siempre juraba que no volvería a mirar. Las únicas noticias que yo veía eran las del recuadro en la página principal de AOL.



En el trabajo, seguramente decían algo…

Ah sí, al principio. Me daba un poco de miedo, era raro, “saben, me dijeron que en realidad no es rabia” y cosas por el estilo. Pero recuerde que con el primer invierno las cosas se calmaron, y de todas formas, era más divertido comentar el último episodio de Campamento de Celebridades Gordas o contar chismes sobre cualquiera que no estuviese en el comedor ese día.

Una vez, en marzo o en abril, llegué al trabajo y ví que la señora Ruiz estaba desocupando su escritorio. Pensé que la habían despedido o transferido, usted sabe, las cosas que yo consideraba como peligros reales. Me dijo que era por “ellos,” así era como siempre les decía, “ellos” o “todo lo que está pasando.” Me dijo que su familia había vendido la casa y que habían comprado una cerca de Fort Yukon, en Alaska. Pensé que era la cosa más estúpida que había escuchado nunca, especialmente para alguien como Inés. Ella no era una de esas ignorantes, ella era una mexicana “limpia.” Siento haber usado ese término, pero así era como yo pensaba en ese entonces, esa era yo.

¿Su esposo nunca se mostró preocupado?

No, pero los niños sí, no verbalmente, ni conscientemente, eso creo. Jenna comenzó a pelear con otras niñas. Aiden nunca se iba a dormir a menos que las luces estuviesen encendidas. Detalles como esos. No creo que hubiesen estado expuestos a más información que Tim, o que yo, pero ellos no tenían las mismas distracciones que nos mantenían ocupados a los adultos.



¿Y usted y su esposo qué hicieron?

Zoloft y Ritalín SR para Aiden, y Aderal XR para Jenna. Funcionó por algún tiempo. Lo único que me molestaba era que nuestro seguro médico no las cubría, porque los niños ya estaban tomando Phalanx.



¿Desde hacía cuanto tomaban Phalanx?

Desde que salió al mercado. Todos tomábamos Phalanx, “Una dosis de Phalanx, una dosis de tranquilidad.” Esa era nuestra manera de estar preparados… y Tim compró un arma. Todo el tiempo me prometía que me llevaría a la galería de tiro para enseñarme cómo dispararla. “El domingo,” decía siempre, “iremos este domingo.” Sabía que era mentira. Los domingos estaban reservados para su amante de cinco metros de largo y motor en V, le tenía más cariño que a nosotros. No me importaba. Nosotros teníamos nuestras pastillas, y al menos él sabía cómo disparar la Glock. Ya eran algo cotidiano, como las alarmas contra incendios o las bolsas de aire. Cosas en las que uno piensa sólo de vez en cuando, era siempre por…“por si acaso.” Además, en serio, había demasiadas cosas allá afuera para estar preocupados, todos los meses aparecía una enfermedad nueva. ¿Cómo se puede estar enterado de todas? ¿Cómo saber cuál era de verdad?



¿Y ustedes cómo se dieron cuenta?

Acababa de oscurecer. Había comenzado el partido. Tim estaba echado en el BarcaLounge con una Corona en la mano. Aiden estaba en el piso jugando con sus Ultimate Soldiers. Jenna estaba en su cuarto haciendo la tarea. Yo estaba descargando la secadora, así que no oí cuando Finley comenzó a ladrar. Bueno, quizá sí lo oí, pero nunca le prestaba mucha atención. Nuestra casa era la última de toda la urbanización, justo al pié de una colina. Vivíamos en una tranquila zona recién construida de North County cerca de San Diego. Todo el tiempo pasaba por allí algún conejo, o un venado, y cruzaban saltando por el jardín. Finley siempre estaba ladrándoles como loco. Creo que leí una nota que había pegado en la pared, recordándome que debía comprarle uno de esos collares de cidronela anti-ladridos. No recuerdo en qué momento comenzaron a ladrar todos los otros perros, o cuándo se activó la alarma de un auto calle abajo. Sólo reaccioné cuando escuché algo que me pareció como un disparo. Tim no había oído nada. Tenía el volumen demasiado alto. Yo le decía todo el tiempo que debía ir a que le revisaran los oídos, porque uno no puede pasar su juventud tocando en una banda de speed metal sin que… [suspira]. Aiden sí lo oyó. Me preguntó qué había sido. Estaba a punto de decirle que no sabía, cuando sus ojos se desorbitaron. Estaba mirando detrás de mí, a la puerta de vidrio que comunicaba con el patio de atrás. Giré justo en el momento en que se quebraba.

Tenía como un metro sesenta, inclinado, con los hombros estrechos y una panza hinchada y blanda. No traía camiseta, y la carne gris verdosa estaba desgarrada y llena de huecos. Olía como a playa, a algas podridas y agua de mar. Aiden dio un salto y se ocultó detrás de mí. Tim ya se había levantado, y estaba entre nosotros y esa cosa. En menos de un segundo, todas las mentiras se habían desvanecido. Tim recorrió la sala con la mirada buscando un arma, y esa cosa lo agarró por la camisa. Cayeron sobre la alfombra, luchando. Me gritó diciéndome que fuera a la habitación, que buscara la pistola. Ya íbamos en el pasillo cuando escuchamos gritar a Jenna. Corrí hasta su cuarto y abrí la puerta. Otro, uno grande, yo diría que de uno noventa de altura, con hombros anchos y unos brazos enormes. Había roto la ventana y sostenía a Jenna del pelo. Ella gritaba “¡Mamimamimamimami!”

¿Y usted qué hizo?

Yo… no estoy muy segura. Cuando trato de recordarlo, todo pasa demasiado rápido. Lo agarré del cuello. Estaba tirando de Jenna, acercándola a su boca. Yo lo apreté fuerte y… tiré… Los niños dicen que le arranqué la cabeza, que me quedé con ella en la mano, con pedazos de piel y carne y otras cosas colgando de ella. No creo que eso sea posible. Quizá con la adrenalina… Creo que los niños le han agregado cosas a ese recuerdo con los años, convirtiéndome en una Mujer Hulk o algo así. Sé que logré liberar a Jenna. Eso lo recuerdo, y que un segundo después, Tim entró en la habitación con una mancha de baba negra y espesa sobre la camisa. Traía la pistola en una mano y la correa de Finley en la otra. Me entregó las llaves del auto y me dijo que metiera a los niños en el Suburban. Salió corriendo hacia al patio mientras nosotros íbamos hacia el garaje. Escuché un solo disparo después de encender el motor.

EL GRAN PÁNICO

BASE AÉREA NACIONAL PARNELL: MEMPHIS, TENNESSEE, ESTADOS UNIDOS

[Gavin Blaire es el piloto de uno de los dirigibles de combate D-17 que componen el núcleo principal de la Patrulla Aérea Civil Norteamericana. Es un trabajo que le sienta bien. Antes piloteaba un dirigible publicitario de la Fujifilm.]

Se extendían hasta el horizonte: sedanes, camiones, buses, casas rodantes, cualquier cosa que se pudiera conducir. Ví tractores, una mezcladora de cemento. En serio, incluso ví una plancha con un enorme cartel encima, un aviso de un “Club de Caballeros.” Un montón de gente iba sentada sobre él. Las personas iban montadas en cualquier cosa que podían, en los techos, en los compartimentos para equipaje. Me recordó las viejas fotografías de los trenes en India, con toda esa gente colgando de ellos como monos.

Había un montón de basura a los lados del camino —maletas, cajas, y hasta pedazos de muebles caros. Había un piano de cola allí tirado, en serio, hecho pedazos como si lo hubiesen lanzado desde la parte de atrás de un camión. Había también muchos vehículos abandonados. Algunos habían sido arrastrados fuera de la carretera, otros habían sido desvalijados, otros estaban quemados. Vï a mucha gente que iba a pié, cruzando los campos o siguiendo la carretera. Algunos iban tocando en las ventanas de los autos, ofreciendo todo tipo de cosas. Algunas mujeres estaban ofreciéndose a los conductores, sin duda tratando de conseguir algo a cambio, quizá gasolina. Seguramente no estaban tratando de que las llevaran, porque a pié se movían más rápido que los autos. No tenía sentido, pero… [se estremece].

Un poco más atrás, a unos cincuenta kilómetros, el tráfico se movía un poco mejor. Uno pensaría que la gente estaría más tranquila. Pero no. Todos estaban haciendo señas con las luces, chocando con los autos que tenían en frente, y saliendo de ellos a pelear. Ví a algunas personas tiradas a un lado de la carretera, se movían muy poco o nada en absoluto. La gente pasaba corriendo a su lado, llevando cosas, llevando niños, o simplemente corriendo, todos en la misma dirección que los autos. Unos cuantos kilómetros más atrás ví la razón.

Las criaturas se movían como un enjambre entre los autos. Los conductores de los carriles exteriores trataban de adelantar por fuera del camino, quedándose atascados en el lodo, y atrapando a los de los carriles internos. La gente no podía abrir las puertas para huir. Los autos estaban demasiado cerca los unos de los otros. Ví a esas cosas metiendo la mano por las ventanas abiertas, sacando a las personas o metiéndose ellos. Muchos conductores estaban atrapados sin salida, con las puertas todavía cerradas y, asumo, con llave. Las ventanas seguían arriba, hechas de vidrio templado de seguridad. Los muertos no podían entrar, pero los vivos tampoco podían salir. Ví a algunas personas entrar en pánico, tratando de dispararles a través del parabrisas y destruyendo así la única protección que les quedaba. Estúpidos. Quizá habrían podido resistir unas cuantas horas más allí, e incluso haber tenido alguna oportunidad de escapar. Aunque quizá vieron que era imposible, y que esa era la salida más rápida. Había una jaula para ganado, remolcada por una camioneta que seguía atascada en uno de los carriles interiores. Se sacudía violentamente de un lado para el otro. Los caballos que llevaba todavía estaban adentro.

El enjambre seguía avanzando por entre los autos, abriéndose paso literalmente a mordiscos por entre las filas inmóviles, con todos esos pobres diablos que intentaban escapar. Eso fue lo que más me impresionó, porque no iban a ninguna parte. Estaban en la Interestatal 80, un pedazo de carretera entre Lincoln y North Platte. Ambos lugares estaban completamente infestados, así como todos los pueblos que había en el medio. ¿Qué creían que estaban haciendo? ¿Quién había organizado aquel éxodo? ¿De hecho, alguien lo había organizado? ¿Acaso la gente vió una fila de autos y se unió sin preguntar? Traté de imaginarme cómo habría sido, estar allí con autos pegados adelante y atrás, con niños llorando, perros ladrando, sabiendo lo que venía sólo unos cuantos kilómetros atrás, y esperando, rezando, para que alguien en los autos de adelante supiera hacia dónde ir.

¿Alguna vez escuchó de ese experimento que un periodista norteamericano hizo en Moscú en los 70s? Simplemente se paró frente a un edificio, ninguno en particular, sólo una puerta cualquiera. Muy pronto, alguien se paró a hacer fila tras él, luego una pareja, y cuando menos lo pensó, la cola le daba la vuelta a la esquina. Nadie preguntó para qué era aquella fila. Simplemente supusieron que era para algo que valía la pena. No sé si esa historia es cierta. Quizá es una leyenda urbana, o un mito de la guerra fría. ¿Quién sabe?

ALANG, INDIA

[Estoy parado junto al mar con Ajay Shah, contemplando los despojos oxidados de lo que alguna vez fueron unos imponentes barcos. Como el gobierno no posee los fondos para retirarlos de allí, y el tiempo y los elementos han convertido su acero en chatarra inútil, permanecen como monumentos silenciosos de la carnicería que una vez se vivió en aquella playa.]

Me han dicho que lo que pasó aquí no fue extraño, que en todas partes del mundo en las que el océano se encuentra con la tierra, la gente estaba tratando desesperadamente de abordar cualquier cosa que flotara, buscando una oportunidad de sobrevivir en el mar.

Yo no sabía nada sobre Alang, aunque había vivido toda la vida en la ciudad cercana de Bhavnagar. Era un ejecutivo de oficina, un profesional de cuello blanco desde el día en que salí de la universidad. El único trabajo que hacía con mis manos era al digitar en un teclado, y ya ni siquiera eso, pues casi todo nuestro software funcionaba con reconocimiento de voz. Sólo sabía que Alang era un astillero, y por eso huí hacia aquí en primer lugar. Esperaba encontrarme con una industria produciendo barco tras barco para llevarnos a un lugar seguro. No tenía ni idea de que era todo lo contrario. En Alang no se construían barcos, se destruían. Antes de la guerra era el deshuesadero marítimo más grande del mundo. Barcos de todas las nacionalidades eran traídos por las compañías recicladoras de acero de la India, llevados hasta la playa, desmantelados, cortados, y separados hasta que no quedaba completo ni el perno más pequeño. Las docenas de barcos que ví ese día no eran naves completas y funcionales, sino enormes cascarones vacíos, enfilados, esperando la muerte.

No había muelles ni rampas. Alang no era un puerto, sino un enorme banco de arena. El procedimiento estándar era chocar los barcos contra la playa, varándolos como gigantescas ballenas encalladas. Calculé que mi única esperanza estaba en la media docena de barcos recién llegados que todavía estaban anclados lejos de la costa, conservaban parte de su maquinaria y, con algo de suerte, un poco de combustible en sus tanques. Una de aquellas naves, el Veronique Delmas, estaba remolcando a una de sus hermanas hacia el mar. Varias cuerdas y cadenas estaban amarradas sin ninguna técnica a la proa del APL Tulip, un barco de carga de Singapur que ya había sido parcialmente desmontado. Llegué justo en el momento en que el Delmas encendía sus motores. Pude ver la estela de espuma blanca que surgía mientras luchaba contra sus ataduras. Pude escuchar cómo se reventaban algunas de las cuerdas más débiles, restallando como disparos de escopeta.

Pero las cadenas más gruesas… esas resistieron mucho mejor que el casco de la nave. Al encallar al Tulip, seguramente le dañaron parte de la quilla. Cuando el Delmas comenzó a tirar de él, se escuchó un terrible ruido, un chillido destemplado de metal. El Tulip se partió literalmente en dos, la popa se quedó en la costa mientras la proa seguía siendo remolcada hacia el mar.

Nadie pudo hacer nada, el Delmas ya iba a toda máquina, arrastrando la proa del Tulip hacia aguas más profundas, en donde se volcó y se hundió en tan sólo unos segundos. Debía haber al menos unas mil personas a bordo, abarrotadas en cada camarote, cada pasillo y cada metro cuadrado de espacio libre en cubierta. Sus gritos fueron ahogados por el silbido del aire que se escapaba del casco.



¿Por qué los refugiados no se quedaron simplemente en los cascos varados en la playa, retirando las escaleras, y convirtiéndolos en fortalezas inaccesibles?

Usted habla del pasado desde una posición racional. Usted no estaba allí esa noche. La playa estaba llena de gente hasta la orilla, una marea enloquecida de humanidad, iluminada por los fuegos que ardían tierra adentro. Cientos de personas trataron de alcanzar nadando las naves que ya habían zarpado. Las olas rompientes arrojaron de vuelta los cadáveres de quienes no lo lograron.

Docenas de barcazas iban y venían, llevando gente de la costa a los barcos. “Denme su dinero,” decían algunos, “todo lo que tienen, y los llevo.”

¿El dinero todavía servía para algo?

Dinero, o comida, o cualquier cosa que consideraran valioso. La tripulación de uno de los barcos sólo aceptaba mujeres, mujeres jóvenes. Ví otra que sólo recibía a los refugiados de piel clara. Los muy malditos iluminaban con sus antorchas los rostros de la gente, tratando de sacar a los más oscuros como yo. Incluso ví a un capitán, parado en la cubierta de abordaje de su nave, apuntando con una pistola y gritando “¡Nadie de castas bajas, no llevaremos intocables!” ¿Intocables? ¿Castas? ¿Quién diablos piensa así en estos días? ¡Y la peor parte fue que algunos de los más viejos se salieron de la fila! ¿Puede creerlo?

Comprenda que sólo estoy resaltando algunos ejemplos de lo peor entre lo peor. Por cada psicópata ambicioso y repulsivo, había diez personas buenas y decentes con su karma aún intacto. Un montón de pescadores y dueños de botes pequeños, que podrían haber escapado con sus familias, prefirieron ponerse en peligro y regresar a la orilla a ayudar. Cuando se piensa en los riesgos que corrieron: que los asesinaran para robar los botes, o quedarse varados en la playa, o ser atacados desde abajo por los muertos bajo las olas…

Había muchos de esos. Muchos refugiados infectados habían tratado de nadar hasta los barcos y se habían reanimado después de ahogarse. La marea estaba baja, suficientemente profunda para que un hombre se ahogara, pero lo suficientemente baja para que un zombie levantase la mano y agarrase una presa. Uno veía a muchos nadadores desapareciendo de pronto bajo las olas, o botes volcándose y todos sus pasajeros siendo arrastrados bajo el agua. Y aún así, muchos seguían volviendo a la playa para rescatar gente, e incluso saltaban al agua para salvar a alguien.

Así me salvaron a mí. Yo fui uno de los que trató de nadar. Los barcos se veían mucho más cerca de lo que estaban en realidad. Yo era un buen nadador, pero después de caminar todo el trayecto desde Bhavnagar, después de luchar por mi vida casi todo el día, apenas tenía fuerzas suficientes para flotar de espaldas. Para cuando llegué por fin junto a mi objetivo, no me quedaba aire en los pulmones para gritar pidiendo ayuda. No había escalera. La lisa pared del casco se levantaba sobre mí como un muro. Golpeé el acero, gritando con el último aliento que me quedaba.

Justo cuando me hundía bajo la superficie, sentí que un poderoso brazo se envolvía alrededor de mi pecho. Llegó la hora, pensé; creí que en cualquier momento sentiría unos dientes clavándose en mi carne. Pero en lugar de halarme hacia el fondo, el brazo me elevó otra vez hacia la superficie. Terminé a bordo del Sir Wilfred Grenfell, un velero que alguna vez había pertenecido a la Guardia Costera canadiense. Traté de hablar, de disculparme por no tener dinero, de explicarles que podía trabajar para pagar mi pasaje, que haría cualquier cosa que necesitaran. Los tripulantes sonrieron. “Cuidado,” me dijeron, “estamos a punto de zarpar.” Pude sentir la cubierta vibrando y meciéndose cuando nos movimos.

Esa fue la peor parte, ver las otras naves que pasaban a nuestro lado. En algunas, los infectados que habían logrado subir a bordo ya se habían reanimado. Algunos barcos eran carnicerías flotantes, y otros ardían en llamas sin moverse. Sus tripulantes saltaban al agua. Algunos de los que se hundieron bajo la superficie, nunca más volvieron a salir vivos.

TOPEKA, KANSAS, ESTADOS UNIDOS

[Sharon podría ser considerada una mujer hermosa bajo cualquier estándar — con un cabello largo y rojizo, brillantes ojos verdes, y el cuerpo de una bailarina o una supermodelo de las de antes de la guerra. Tiene la mente de una niña de cuatro años.

Estamos en el Centro de Rehabilitación Rothman para Niños Salvajes. La doctora Roberta Kelner, la encargada del caso de Sharon, describe su condición como “afortunada.” “Por lo menos ella tiene algunas habilidades de lenguaje y procesos de pensamiento coherentes,” me explica. “Son rudimentarios, pero al menos son completamente funcionales.” La doctora Kelner está muy emocionada por la entrevista, pero el doctor Sommers, director de programas de Rothman, no lo está. Los fondos siempre han sido escasos para este programa, y la administración actual está amenazando con cerrarlo por completo.

Sharon se muestra tímida al principio. No estrecha mi mano, y evita mirarme directamente a los ojos. Aunque Sharon fue encontrada en las ruinas de Wichita, no hay forma de saber dónde ocurrieron los hechos que relata.]

Estábamos en la iglesia, Mami y yo. Papi nos dijo que iba a recogernos. Papi tenía que hacer algo. Nosotros íbamos a esperarlo en la iglesia.

Todos estaban allá. Tenían muchas cosas. Tenían cereales, y agua, y jugo, y bolsas de dormir, y linternas y… [Imita un rifle con las manos]. La señora Randolph tenía uno. Pero eso no se hace. Son muy peligrosos. Ella me dijo que eran peligrosos. Ella es la mamá de Ashley. Ashley es amiga mía. Le pregunté dónde estaba Ashley. Se puso a llorar. Mami me dijo que no le preguntara por Ashley, y le dijo a la señora Randolph que lo sentía. La señora Randolph estaba sucia, con manchas café y rojo en el vestido. Era gorda. Tenía manos gruesas y suaves.

Había otros niños, Jill y Abbie, y otros niños. La señora. McGraw los cuidaba. Tenían crayones. Estaban pintando en la pared. Mami me dijo que jugara con ellos. Me dijo que estaba bien pintar en la pared. Que el Pastor Dan dijo que se podía.

El Pastor Dan estaba allá, y quería que la gente lo escuchara. “Por favor todo el mundo…” [Imita una voz grave y profunda] “por favor tranquilos, los ‘somis’ ya vienen, cálmense y prepárense para cuando lleguen los ‘somis.’” Nadie lo escuchaba. Todos estaban hablando, nadie estaba sentado. La gente estaba hablando con sus cosas [Imita a alguien hablando por teléfono], estaban furiosos con sus cosas, las tiraban y les decían malas palabras. Me sentí mal por el Pastor Dan. [Luego imita el sonido de una sirena.] Afuera.[Lo hace de nuevo, comenzando suave, aumentando el volumen, y luego apagándose varias veces.]

Mami estaba hablando con la señora Cormode y las otras mamis. Estaban peleando. Mami estaba enojada. La señora Cormode dijo [con un tono enojado], “¿Y qué? ¿Qué más podemos hacer?” Mami sacudía la cabeza. La señora Cormode estaba hablando con sus manos. No me gustaba la señora Cormode. Ella era la esposa del Pastor Dan. Era gritona y mala.

Alguien gritó… “¡Ahí vienen!” Mami me levantó. Se llevaron las sillas y las pusieron junto a la puerta. Todas las sillas junto a la puerta. “¡Rápido!” “¡Cierren la puerta!” [Imita varias voces diferentes.] “¡Un martillo!” “¡Clavos!” “¡Están en el parqueadero!” “¡Vienen para acá!”[Sharon mira a la doctora Kelner.] ¿Puedo?

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