Cambiando la marea frente local: estados unidos alrededor del mundo, y sobre



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[Mastica otra hoja, y me ofrece un poco. Yo las rechazo.]

¿Y el señor Muller?

No dimos ninguna explicación, ni a su esposa, ni a la embajada de Austria. Sólo era otro turista desaparecido que no había tenido cuidado en una ciudad peligrosa. No sé si Frau Muller se creyó la historia, o si trató de investigar. Seguramente nunca se dio cuenta de la suerte que tuvo.



¿Por qué dice que tuvo suerte?

¿Lo dice en serio? ¿Qué habría pasado si no se hubiese reanimado en mi clínica? ¿Qué tal si hubiese alcanzado a regresar a casa?



¿Habría sido posible?

¡Claro que sí! Piénselo. Como la infección comenzó por culpa del corazón, el virus tuvo acceso directo a su sistema circulatorio, así que debió llegar al cerebro apenas segundos después de haberse implantado. Piense que habría pasado si hubiese sido otro órgano, el hígado o un riñón, o incluso una sección de piel. Se habría demorado mucho más, especialmente si el virus hubiese estado presente en concentraciones muy bajas.



Pero el donante…

Él tampoco debía haberse reanimado cuando le sacaron el corazón. ¿Qué tal si estaba recién infectado? El órgano podría no haber estado saturado por completo. Quizá sólo un rastro infinitesimal del virus. Si se pone un órgano así en otro cuerpo, podría tomarle días, semanas incluso, antes de poder llegar hasta el torrente sanguíneo. Para entonces el paciente podría haberse recuperado de la cirugía, y estar feliz y saludable viviendo su vida normal.



Pero la persona que removió el órgano…

…quizá no sabía lo que tenía entre manos. Yo no lo supe. Todavía estábamos en los primeros días, cuando nadie sabía nada al respecto. Incluso aunque lo supieran, algunos miembros del ejército chino… ¿quiere hablar de algo inmoral?… Muchos años antes del contagio, ellos ganaban millones con los órganos de los prisioneros políticos ejecutados. ¿Usted cree que algo como un simple virus les iba a impedir seguir chupando de esa teta de oro?



¿Pero cómo…?

Si se retira el órgano justo después de que la víctima muere… incluso mientras todavía está viva… ellos solían hacer eso, usted sabe, remover órganos todavía vivos para garantizar que estuviesen frescos… luego se empaca en hielo y se envía en el primer avión hacia Río… China era el más grande exportador de órganos humanos del mercado mundial. Quién sabe cuántas córneas infectadas, cuántas glándulas pituitarias… Madre de Dios, cuántos riñones infectados despacharon en el mercado negro. ¡Y estamos hablando sólo de los órganos! ¿Quiere que hablemos de los óvulos “donados” por las prisioneras chinas, el esperma, y la sangre? ¿Cree que la inmigración fue la única manera en que la infección se diseminó por el planeta? No todos los primeros infectados en occidente fueron inmigrantes chinos. ¿Cómo explicar todas esas historias de gente que murió sin razón aparente, y luego revivió sin haber sido mordida? ¿Por qué tantas epidemias comenzaron en los hospitales? Los ilegales chinos no podían ir a los hospitales. ¿Sabe cuántos miles de personas se hicieron un transplante ilegal en esos años antes del Gran Pánico? Si tan sólo el diez por ciento de ellos quedaron infectados, o el uno por ciento…



¿Tiene alguna prueba para esta teoría?

No… ¡pero eso no quiere decir que no pudo pasar! Cuando pienso en todos los transplantes que realicé, todos esos pacientes de Europa, de los Emiratos Árabes, e incluso los hipócritas de los Estados Unidos. A muy pocos yanquis les interesaba saber de dónde había salido su nuevo páncreas o riñón. Podía ser de un niño de la Ciudad de Dios o de un estudiante desafortunado en una prisión política de China. No lo sabían y no les importaba. Ustedes sólo firmaban sus cheques de viajero, pasaban por el bisturí, y se devolvían para Miami, o Nueva York, o donde fuera.



¿Alguna vez trató de contactar a alguno de esos pacientes, de advertirles?

No. Estaba ocupado tratando de recuperarme de un escándalo, de volver a levantar mi reputación, mi clientela, mi cuenta de banco. Quería olvidar todo lo que había pasado, no investigarlo a profundidad. Para cuando me di cuenta del verdadero peligro, ya lo tenía golpeando la puerta de mi casa.



PUERTO DE BRIDGETOWN, BARBADOS, FEDERACIÓN DE LAS INDIAS ORIENTALES

[Me dijeron que debía esperar un “barco alto,” aunque las “velas” del I.S. Imfingo son en realidad cuatro turbinas verticales de viento que se levantan desde su esbelto casco de trimarán. Al ver que están conectadas a una batería de PEMs, células de energía basadas en una membrana de intercambio de protones que le permiten convertir el agua de mar en electricidad, es fácil entender por qué la “I” del prefijo “I.S.” se refiere a su energía “ilimitada.” Reconocida como el futuro indiscutible del transporte marítimo, todavía es raro ver un barco con esa tecnología que no lleve la bandera de algún gobierno. El Imfingo es de propiedad privada. Jacob Nyathi es su capitán.]

Yo nací al mismo tiempo que la nueva Sudáfrica, después del apartheid. En esos días de euforia, el nuevo gobierno no sólo nos prometió una democracia de “un voto por cada hombre,” sino empleo y vivienda para todo el país. Mi padre creyó que hablaban de algo inmediato. No entendía que esos eran objetivos a largo plazo, que se cumplirían sólo después de años—generaciones—de trabajo duro. Él pensó que si abandonábamos la tierra de nuestra tribu y nos mudábamos a la ciudad, habría una casa nueva y un trabajo bien pagado esperándonos al llegar. Mi padre era un hombre sencillo, un jornalero. No puedo culparlo por su falta de educación formal, por su sueño de una vida mejor para su familia. Así que nos establecimos en Kayelitsha, uno de los cuatro poblados principales alrededor de Ciudad el Cabo. Tuvimos una vida de pobreza, humillación y miserias. Esa fue mi niñez.

La noche en que sucedió, iba caminando a casa desde la estación del autobús. Eran casi las cinco de la mañana y acababa de salir de mi turno como mesero en el T.G.I. Friday’s del barrio Victoria. Había sido una buena noche. Las propinas fueron grandes, y las noticias del campeonato de las Tres Naciones eran motivo suficiente para que cualquier sudafricano se sintiese como de tres metros de altura. Los Springboks habían barrido a los All Blacks… ¡otra vez!

[Él sonríe al recordarlo.]

Quizá esos pensamientos me distrajeron al principio, o quizá estaba un poco cansado, pero recuerdo que mi cuerpo reaccionó instintivamente incluso antes de escuchar los primeros disparos. Las balaceras no eran raras, no en mi barrio, y mucho menos en esos días. “Una pistola por cada hombre,” ese era el eslogan de mi vida en Kayelitsha. Como un veterano de guerra, uno desarrolla habilidades de supervivencia que parecen casi instintivas. Las mías eran afiladas como una navaja. Me agaché, traté de ver de dónde venía el sonido, y al mismo tiempo busqué la superficie más dura para resguardarme. Casi todas las casas eran chozas improvisadas con pedazos de madera y latas dobladas, o simples láminas de plástico amarradas a unos postes que apenas si se sostenían. El fuego arrasaba con esos tugurios al menos una vez cada año, y las balas pasaban a través de ellos como si no hubiese más que aire.

Salí corriendo y me oculté tras una barbería que habían construido usando un contenedor de mercancía del tamaño de un auto grande. No era lo mejor, pero serviría por algunos segundos, lo suficiente para tranquilizarme y esperar a que terminara el tiroteo. Sólo que no acabó. Pistolas, escopetas, y ese golpeteo que nunca olvidaré, el ruido que te indica que alguien por ahí tiene un Kalashnikov. Estaba durando demasiado como para ser una simple barrida de una pandilla. Luego siguieron las voces, gritos. Comencé a oler humo. Escuché el sonido de una multitud. Me asomé por una esquina. Docenas de personas, casi todos en pijama, y todos gritando: “¡Corran! ¡Salgan de aquí! ¡Ahí vienen!” A mi alrededor comenzaron a encenderse las luces, y a asomarse rostros en todas las chozas. “¿Qué está pasando?” preguntaban. “¿Quién viene?” Esos eran los más jóvenes. Los viejos simplemente comenzaron a correr. Tenían un instinto de supervivencia diferente, un instinto que nació cuando ellos eran esclavos dentro de su propio país. En esos días, todo el mundo sabía a quiénes se referían cuando alguien decía “ahí vienen,” y si “ellos” venían, lo único que se podía hacer era correr y rezar.

¿Usted salió corriendo?

No pude. Mi familia, mi madre y mis dos hermanas, vivían sólo a unas puertas de la estación de Radio Zibonele, justo de donde venía toda esa gente. No estaba pensando con claridad. Fui un estúpido. Debí darme la vuelta, y encontrar un callejón o una calle desierta.

Traté de pasar a través de la multitud, empujando en la dirección opuesta. Pensé que podría pasar si me quedaba pegado a las paredes de los tugurios. Me empujaron dentro de uno, contra una de sus paredes de plástico, la cual me envolvió mientras toda la estructura colapsaba sobre mí. Estaba atrapado, no podía respirar. Alguien me pasó por encima y me golpeó la cabeza contra el suelo. Logré liberarme, rodando y revolcándome hasta salir a la calle. Todavía estaba tendido cuando los vi: diez o quince, unas siluetas frente a los fuegos de las casas incendiadas. No pude ver sus caras, pero sí escuchaba sus gemidos. Se acercaban a mí cojeando, con sus brazos levantados.

Me puse en pié, mi cabeza dando vueltas, con dolor por todo mi cuerpo. Comencé a retroceder instintivamente, hasta la “puerta” de la choza más cercana. Algo me agarró por detrás, tirando del cuello de mi camisa, rasgando la tela. Me di la vuelta, me agaché, y pateé tan fuerte como pude. Era grande, más grande y pesado que yo, por muchos kilos. Un fluido negro se deslizaba por el frente de su camisa blanca. Tenía un cuchillo clavado en el pecho, justo entre dos costillas y hundido hasta el mango. La tela de mi camisa, que estaba atorada entre sus dientes, cayó al piso cuando volvió a abrir la boca. Gimió y me atacó. Yo traté de esquivarlo. Me agarró por la muñeca. Sentí como crujía, y el dolor recorrió todo mi cuerpo. Caí de rodillas, traté de rodar y quizá derribarlo. Mi otra mano tropezó con una cacerola de metal muy pesada. La agarré y lo golpeé con fuerza. Directo en la cara. Lo golpeé una y otra vez, hundiéndole la cabeza hasta que el hueso se partió y sus sesos se regaron en el suelo. Cayó a un lado. Logré liberarme justo en el momento en que otro de ellos aparecía en la entrada. Esta vez, la débil naturaleza de la construcción fue mi ventaja. Le di una patada a la pared para abrirme paso, saliendo de allí mientras toda la choza se venía abajo.

Corrí, sin saber hacia dónde iba. Estaba en una pesadilla de chozas, fuego y manos que pasaban a mi lado tratando de agarrarme. Pasé por entre una choza en la que una mujer estaba escondida. Sus dos hijos de aferraban a ella, llorando. “¡Venga conmigo!” le dije. “¡Por favor, venga, tenemos que salir de aquí!” Extendí mis manos, acercándome a ella. Se puso delante de los niños, amenazándome con un afilado destornillador. Sus ojos estaban muy abiertos, llenos de terror. Podía escuchar sus sonidos detrás de mí… tropezando contra la paredes de la chozas, derribándolas a medida que se acercaban. Dejé de hablar en xhosa e intenté con el inglés. “Por favor,” Le rogué, “¡tiene que correr!” Traté de agarrarla, pero me apuñaló la mano. La deje allí. No sabía qué más podía hacer. Todavía la recuerdo, algunas veces cuando duermo o cierro los ojos. Algunas veces veo a mi madre en su lugar, y en vez de los niños que lloran, veo a mis hermanas.

Vi una luz frente a mí, brillando a través de las grietas y los agujeros de las chozas. Corrí tan rápido como pude. Tratando de llamar a alguien. Me faltaba el aliento. Pasé a través de la pared de una choza y de pronto me encontré en una espacio abierto. Las luces me cegaban. Sentí algo que chocaba contra mi hombro. Creo que me desmayé antes de llegar al suelo.

Desperté en una cama del Hospital Groote Schuur. Nunca había estado en un pabellón de recuperación como ese. Estaba todo tan blanco y limpio. Creí que estaba muerto. Estoy seguro que los medicamentos ayudaron con esa sensación. Nunca antes había probado ningún tipo de droga, y ni siquiera había bebido alcohol. No quería terminar como tantas personas de mi barrio, como mi padre. Toda mi vida había tratado de mantenerme limpio, pero…

La morfina, o lo que sea que me inyectaron, se sentía deliciosa. No me importaba nada más. No me importó cuando me dijeron que la policía me había disparado por error. Vi como sacaban a toda prisa al hombre de la cama de al lado, tan pronto como dejó de respirar. No me interesó lo que dijeron sobre un brote de “rabia.”



¿Quién estaba hablando de eso?

No lo sé. Como ya le dije, estaba volando más alto que las estrellas. Sólo recuerdo que había voces en el pasillo afuera de la sala, voces que gritaban y discutían. “¡Eso no es rabia!” gritó uno de ellos. “¡La rabia no le hace eso a la gente!” Luego… alguien más… sí “bueno, ¿entonces qué diablos sugieres? ¡Tenemos quince más en el piso de abajo! ¡Quién sabe cuántos más quedan ahí afuera!” Es gracioso, repaso esa conversación todo el tiempo en mi cabeza, lo que debería haber pensado, sentido, o hecho. Pasó mucho tiempo hasta que volví a estar sobrio, hasta que desperté y tuve que enfrentar la pesadilla.



TEL AVIV, ISRAEL

[Jurgen Warmbrunn es un apasionado de la comida etíope, y esa es la razón por la que nos reunimos en este restaurante de Falasha. Con su piel de un rosado brillante, y unas cejas blancas y desordenadas que hacen juego con su cabello al estilo “Einstein,” sería fácil confundirlo con un científico loco o con un profesor universitario. No es ninguno de los dos. Aunque nunca ha reconocido para qué servicio de inteligencia israelí trabajaba, y posiblemente sigue trabajando, en cierto momento de la conversación admite abiertamente que podría referirme a él como “un espía.”]

La mayoría de la gente no admite que algo puede pasar sino hasta después de que ha pasado. Eso no es estupidez ni debilidad, es sólo la naturaleza humana. No culpo a nadie por no creer. Y no me considero mejor ni más listo que ellos. Supongo que todo se reduce a un simple accidente de nacimiento. Sucede que yo nací dentro de una sociedad que vive con un constante temor a extinguirse. Es parte de nuestra naturaleza, parte de nuestro estado mental, y hemos aprendido a través de muchos errores y ensayos a estar siempre en guardia.

El primer aviso que tuve de La Peste fue a través de nuestros amigos y clientes en Taiwán. Llamaron a quejarse de nuestro nuevo software de decodificación de mensajes. Aparentemente había presentado fallas al descifrar unos e-mails de sus fuentes en la República Popular, o al menos los había descifrado tan mal, que el mensaje resultaba incomprensible. Sospeché que el problema no debía estar en el software, sino en los mensajes como tal. Los rojos del continente… supongo que ya no los llamaban rojos… ¿pero qué espera de un viejo como yo? Los rojos tenían la mala costumbre de usar muchos tipos diferentes de computadores, de distintos países y generaciones.

Antes de sugerirle esa solución a Taipei, pensé que sería una buena idea revisar yo mismo los mensajes. Me sorprendió ver que los caracteres estaban claramente decodificados. Pero el texto… tenía que ver con algún tipo de virus que primero eliminaba a la víctima, y luego reanimaba el cadáver como algún tipo de animal furioso y homicida. Por supuesto, no creí que eso fuese literal, especialmente porque unas pocas semanas después, estalló una crisis en el área de Taiwán y todos los mensajes sobre cadáveres reanimados dejaron de llegar. Sospeché que había una segunda capa de encriptación, un código dentro de otro código. Era un procedimiento normal, que se remontaba incluso a los primeros días de la comunicación humana. Por supuesto que los rojos no podían estar hablando de cadáveres reales. Tenía que ser algún sistema nuevo de armas, o un plan de guerra ultra secreto. Dejé el asunto ahí, y traté de olvidarme de él. Sin embargo, como uno de sus grandes héroes nacionales solía decir: “Mi sentido arácnido me alertaba.”

Poco tiempo después, durante la recepción de la boda de mi hija, me encontré hablando con uno de los profesores de mi yerno en la Universidad Hebrea. El tipo era un hablador, y había bebido más de la cuenta. Me dijo que un primo suyo había estado haciendo algún trabajo en Sudáfrica, y le había contado algunas historias sobre gólems. ¿Usted conoce la historia del Gólem? Esa vieja leyenda de un rabino que le dió vida a una estatua inanimada. Mary Shelley se robó esa idea para su libro Frankenstein. Al principio no le dije nada, sólo escuché. El tipo siguió hablando acerca de unos gólems que no estaban hechos de arcilla, ni eran dóciles y obedientes. Tan pronto como mencionó que eran cadáveres reanimados, le pedí su número. Resultó que su primo había estado en Ciudad del Cabo en una de esas “excursiones extremas,” creo que era buceo alimentando tiburones…

[Hace un gesto girando los ojos.]

Al parecer, un tiburón le había arrancado un bocado justo del trasero, y por eso se encontraba internado en el Hospital Groote Schuur cuando llegaron las primeras víctimas del poblado de Kayelitsha. Él no vio ninguno de esos casos en persona, pero los empleados le contaron suficientes historias como para llenar mi viejo dictáfono. Luego presenté su relato, junto con los e-mails chinos descifrados, a mis superiores.

Fue en ese momento que me vi beneficiado por las particulares circunstancias de nuestra precaria seguridad. Antes, en octubre de 1973, cuando los ataques coordinados de los árabes nos hicieron retroceder casi hasta el Mediterráneo, habíamos tenido todos los informes de inteligencia a nuestra disposición, todas las señales de alerta, y simplemente habíamos dejado “caer la bola.” Nunca creímos en la posibilidad de un ataque total, coordinado y convencional por parte de varias naciones, y mucho menos durante nuestros días de fiesta más sagrados. Llámelo como quiera, ingenuidad, rigidez, o una imperdonable mentalidad de manada. Imagínese un grupo de gente mirando un mensaje escrito en una pared, y todos felicitándose por haber logrado leer el mensaje correctamente; pero que detrás de ellos hay un espejo, y sólo en el reflejo se puede ver el mensaje verdadero. Nadie está mirando al espejo, porque ninguno cree que es necesario. Bueno, después de que los árabes casi lograron terminar lo que Hitler había empezado, nos dimos cuenta de que no sólo era necesario mirar al espejo, sino que eso debía formar parte de nuestra política nacional. Desde 1973 en adelante, si nueve analistas de inteligencia llegaban a la misma conclusión, era obligación del décimo llevarles la contraria. Sin importar qué tan remota o absurda pudiese ser una conclusión, uno siempre debía investigar más a fondo. Si la planta nuclear de un país vecino podía ser usada para fabricar plutonio para armas, uno investigaba; si se corría el rumor de que algún dictador estaba construyendo un cañón tan grande que podía disparar cápsulas de ántrax a través de países enteros, uno investigaba; y si existía la más mínima posibilidad de que los muertos estuviesen siendo reanimados como máquinas asesinas sin control, uno investigaba e investigaba hasta dar con la absoluta verdad.

Y eso fue lo que hice, investigué. Al principio no fue fácil. Con China fuera del juego… la crisis en Taiwán había cortado cualquier fuente de inteligencia… me quedaron muy pocos lugares para conseguir información. La mayoría era basura, especialmente la de Internet; zombies del espacio y el Área 51… ¿Cuál es la obsesión qué tienen en su país con el Área 51? Después de un tiempo comencé a conseguir datos más útiles: casos de “rabia” similares a los de Ciudad del Cabo… el nombre de “rabia africana” se lo pusieron luego. Descubrí las evaluaciones psicológicas de de una tropa de soldados canadienses que habían regresado poco antes desde Kirguiztán. Encontré un artículo en el blog de una enfermera brasileña, en el que les contaba a sus amigos sobre el asesinato de un cardiólogo.

La mayor parte de mi información salió de la Organización Mundial de la Salud. Las Naciones Unidas son una obra maestra de la burocracia, con miles de fragmentos de información valiosa, enterrados bajo montañas de reportes que nadie lee. Encontré incidentes similares por todo el mundo, todos ellos descartados por medio de otras explicaciones más “posibles.” Todos esos casos me permitieron formar un único mosaico de esa nueva amenaza. Los sujetos en cuestión estaban muertos de verdad, eran hostiles, y se estaban esparciendo sin lugar a dudas. También hice un descubrimiento muy esperanzador: cómo eliminarlos.

Destruir el cerebro.

[Se ríe.] Hablamos de eso hoy en día como si fuera cosa de magia, como el agua bendita o una bala de plata, ¿Pero por qué no sería lógico pensar que destruir el cerebro acabaría con esas criaturas? ¿Acaso no es la mejor manera de eliminarnos a nosotros?

¿Los seres humanos?

[Asiente.] ¿No es eso todo lo que somos? Un cerebro que es mantenido con vida por una compleja y vulnerable máquina llamada cuerpo. El cerebro no puede seguir vivo si parte de la máquina es destruida, o por lo menos privada de algunos elementos básicos como comida y oxígeno. Esa es la única diferencia considerable entre nosotros y “los muertos vivientes.” Sus cerebros no necesitan de todo ese sistema de soporte para vivir, así que es necesario atacar el órgano directamente. [Su mano derecha, imitando una pistola, se levanta y apunta hacia su sien.] ¡Una solución muy simple, pero sólo si se conoce el problema! Debido a la velocidad con la que se estaba propagando la plaga, pensé que sería prudente verificar mis datos con los círculos de inteligencia extranjeros.

Paul Knight había sido mi amigo por muchos años, desde que trabajamos juntos en Entebbe. La idea de usar una copia del Mercedes negro de Amín fue suya. Paul había dejado de trabajar para el gobierno desde las “reformas” de su agencia, y se había ido a trabajar con una firma privada de consultoría en Bethesda, Maryland. Cuando llegué hasta su casa, me sorprendió ver que no sólo había estado trabajando en el mismo asunto que yo, en su tiempo libre, claro, sino también que su archivo era tan grueso y pesado como el mío. Nos pasamos toda una noche leyendo cada uno los descubrimientos del otro. Ninguno de los dos habló. No creo que ninguno fuese consciente de la presencia del otro, o del mundo a nuestro alrededor, excepto por las palabras que teníamos frente a nuestros ojos. Terminamos de leer casi al mismo tiempo, justo cuando el cielo comenzaba a aclarar por el oriente.

Paul pasó la última página, luego me miró y dijo muy convencido: “¿Esto se ve mal, eh?” Asentí, él también, y luego dijo, “¿Entonces qué vamos a hacer al respecto?”

Y así fue como se escribió el informe “Warmbrunn-Knight.”

Desearía que la gente dejara de llamarlo así. Había al menos otros quince nombres en ese informe: epidemiólogos, agentes de inteligencia, analistas militares, periodistas, incluso un árbitro de la ONU que había estado vigilando las elecciones en Yakarta cuando ocurrieron los primeros casos en Indonesia. Cada uno era un experto o experta en su campo, y todos habían llegado a una conclusión similar antes de que los contactáramos. Nuestro informe tenía menos de cien páginas. Era conciso, incluía todo lo esencial, y era todo lo que pensamos que había que saber para evitar que la infección se convirtiese en una epidemia. Sé que gran parte del crédito se lo han dado al plan de guerra sudafricano, y eso es justo, pero si más gente hubiese leído nuestro informe y trabajado para hacer realidad sus recomendaciones, ese plan nunca hubiese tenido que existir.



Pero algunas personas sí leyeron y creyeron en su informe. Su propio gobierno…

Pero fueron muy pocos, y vea lo que eso nos costó.


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