Cambiando la marea frente local: estados unidos alrededor del mundo, y sobre



Descargar 1,13 Mb.
Página2/28
Fecha de conversión27.06.2017
Tamaño1,13 Mb.
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   28

[Kwang Jingshu fue arrestado por el MSN y encarcelado sin presentar cargos formales. Para cuando logró escapar, el contagio ya se había extendido más allá de la frontera de China.]

LHASA, REPÚBLICA POPULAR DEL TÍBET

[La ciudad más poblada del mundo todavía se está recuperando de las últimas elecciones populares. Los social-demócratas derrotaron al partido del Lama en una victoria atronadora, y las calles hierven de rebeldes. Me encontré con Nury Televaldi en un concurrido café a un lado de una cale principal. Tenemos que gritar para hacernos oír sobre la multitud eufórica.]

Antes de la plaga, el contrabando por tierra no era popular. Conseguir los pasaportes, los tiquetes falsos para el bus de turismo, los contactos y la protección al otro lado, todo eso requería mucho dinero. En ese entonces, las únicas rutas lucrativas eran hacia Tailandia y Myanmar. Donde yo vivía, en Kashi, la única opción era hacia las antiguas Repúblicas Soviéticas. Nadie quería ir allá, y por eso al principio yo no era un shetou.5 Yo era un importador: pasta de opio, diamantes en bruto, niñas, niños, cualquier cosa de valor que produjeran en esas primitivas excusas de países. La plaga lo cambió todo. De repente nos vimos inundados de ofertas, y no sólo de los liudong renkou,6 sino también, como ustedes dicen, de gente de las clases más altas. Tuve profesionales de las ciudades, ganaderos, incluso oficiales de los escalones bajos del gobierno. Eran gente que tenía mucho qué perder. No les importaba para dónde iban, sólo que tenían que salir.



¿Usted sabía de qué estaban huyendo?

Habíamos escuchado los rumores. Incluso habíamos tenido una infección en algún lugar de Kashi. Pero el gobierno lo ocultó todo de inmediato. Sin embargo, nosotros lo sospechábamos, sabíamos que algo no estaba bien.



¿Y el gobierno no trató de detenerlos?

Oficialmente sí. Las penas por el contrabando se hicieron más severas; se reforzaron los puntos de control en las fronteras. Incluso ejecutaron a algunos shetou, públicamente, para poner un ejemplo. Si no se conoce la historia real, si no la vieron desde nuestro lado, cualquiera pensaría que fueron medidas efectivas.



¿Entonces no lo fueron?

Sólo digamos que hice rica a mucha gente: guardias fronterizos, burócratas, policías, incluso alcaldes. Todavía eran buenos tiempos para China, y la mejor manera de honrar la memoria del Presidente Mao era ver su cara en la mayor cantidad posible de billetes de cien yuan.



Entonces tuvo mucho éxito.

Kashi era la ciudad de moda. Creo que el noventa por ciento, y quizá más, de todo el tráfico terrestre pasó por allí, e incluso un poco del aéreo.



¿Aéreo?

Sólo un poco. Sólo transporté renshe en un par de ocasiones, en algunos vuelos de carga hacia Kazajstán o Rusia. Trabajos pequeños. No era como en oriente, de Guangdong y Jiangsu estaban saliendo miles de personas cada semana.



¿Podría hablar un poco más de eso?

El tráfico aéreo se volvió un gran negocio en las provincias orientales. Esos eran clientes ricos, que podían comparar paquetes en vuelos de primera clase y visas turísticas. Se bajaban del avión en Londres o en Roma, o incluso en San Francisco, se registraban en el hotel, se iban de paseo por un día, y luego desaparecían. Ahí estaba todo el dinero. Siempre quise dedicarme al transporte aéreo.



¿Pero qué pasaba con la infección? ¿No había riesgo de ser descubiertos?

Fue sólo más tarde, después de lo que pasó con el vuelo 575. Al principio no había muchos infectados en los vuelos. Si lo estaban, entonces sólo sufrían las primeras etapas del contagio. Los shetou del aire eran muy cuidadosos. Si alguien tenía signos de infección avanzada, no los dejaban ni acercar. Tenían que proteger el negocio. La regla de oro era que no se podía engañar a los oficiales de inmigración si no se podía engañar primero al shetou. Tenían que verse y actuar como personas completamente sanas, e incluso entonces era una carrera contra el tiempo. Antes del vuelo 575, escuché una historia de una pareja, un hombre de negocios con mucho dinero y su esposa. A él lo mordieron. No era una mordida grave, si me entiende, sino una de esas “mechas lentas,” porque el mordisco no agarró ninguno de los vasos sanguíneos principales. Estoy seguro de que creían que había una cura en occidente, muchos lo creían. Al parecer, alcanzaron a llegar hasta su cuarto de hotel en París antes de que él colapsara. La esposa trató de llamar a un doctor, pero él no la dejó. Tenía miedo de que los devolvieran. En lugar de eso, él le ordenó que lo abandonara, que se fuera antes de que entrara en coma. Dicen que lo hizo, y después de dos días de escuchar los gemidos y los golpes, la gente del hotel decidió ignorar el letrero de “NO MOLESTAR” y abrieron el cuarto. No estoy seguro de si fue así que comenzó la infección en París, pero tiene sentido.



Usted me dice que no llamaron a un doctor, porque tenían miedo de que los deportaran, ¿pero no se suponía que estaban buscando una cura en occidente?

¿Usted no entiende cómo funciona el corazón de un refugiado, verdad? Esa gente estaba desesperada. Estaban atrapados entre enfrentar la infección, y ser atrapados y “curados” por su propio gobierno. Si usted tuviera un ser querido, alguien de la familia, un hijo infectado, y creyera que existe la más mínima esperanza de cura en algún otro país, ¿no haría todo lo que estuviese en su poder para llegar hasta allá? ¿No preferiría creer en esa posibilidad?



¿Entonces la esposa de ese hombre, junto con los otros renshe, simplemente desaparecieron?

Siempre había sido así, incluso antes de la infección. Algunos se quedaban con sus familiares, o con amigos. Los más pobres tenían que trabajar para pagar su bao7 con la mafia china local. La mayoría simplemente se fundían en las zonas marginales de la sociedad en cada país.



¿Las áreas de bajos ingresos?

Si así es como le gusta llamarlas. ¿Qué mejor lugar para esconderse que esa parte de la población que nadie quiere ver? ¿Por qué cree que empezaron esas infecciones en los barrios pobres del Primer Mundo?



Se dice que muchos shetou propagaron el mito de que había una cura en otros países.

Algunos.


¿Usted lo hizo?

[Pausa.]

No.


[Otra pausa.]

¿Cómo afectó el vuelo 575 el contrabando por aire?

Las restricciones se hicieron mayores, pero sólo en algunos países. Los shetou del aire eran cuidadosos, pero también muy recursivos. Tenían un dicho: “Las casas de todos los hombres ricos tienen siempre una entrada para los sirvientes.”



¿Qué quiere decir eso?

Si Europa Occidental aumentaba la seguridad, entraban por Europa Oriental. Si los Estados Unidos no los dejaban pasar, entraban por México. Eso hacía que los países ricos se sintieran más seguros, a pesar de que ya estaban infectados dentro de sus fronteras. Yo no soy un experto en eso, recuerde, yo me dedicaba al transporte terrestre, y mis objetivos eran los países de Asia Central.



¿Era más fácil entrar en ellos?

Prácticamente nos pedían que entráramos. Esos países estaban en la ruina, y sus oficiales eran tan ignorantes y corruptos que incluso nos ayudaban a conseguir todos los documentos a cambio de una parte de la tarifa. Hasta tenían sus propios shetou, o como sea que los llamen en su idioma de bárbaros, que trabajaban con nosotros para pasar los renshe a través de las Repúblicas Soviéticas hasta países como India, Rusia e Irán. Nunca pregunté ni quise saber qué tan lejos llegaban ellos. Mi trabajo terminaba en la frontera. Yo sólo les hacía sellar los papeles, marcar sus vehículos, les pagaba a los guardias y me largaba con mi parte.



¿Vio muchos infectados?

No al principio. La plaga trabajaba muy rápido. No era como en los viajes por avión. A la gente le tomaba semanas llegar hasta Kashi, e incluso los casos más lentos, según me han dicho, no duraban más que unos cuantos días. Los clientes infectados se reanimaban en alguna parte del recorrido antes de llegar y eran identificados y recogidos por la policía local. Después, cuando las infestaciones se multiplicaron y la policía ya no pudo contenerlos, comencé a ver un montón de gente infectada en mi ruta.



¿Eran peligrosos?

Casi nunca. Usualmente los familiares los tenían amarrados y amordazados. Uno veía algo moviéndose en la parte de atrás de un automóvil, sacudiéndose bajo un montón de ropa o unas sábanas. Se escuchaban golpes en la maleta de los autos, o, mucho después, en cajones de madera con agujeros en la parte de atrás de una camioneta. Agujeros… en verdad no tenían idea de lo que les estaba pasando a sus seres queridos.



¿Usted lo sabía?

Para entonces, sí, pero también sabía que tratar de explicárselo a sus familiares era una pérdida de tiempo. Yo sólo tomaba el dinero y los ponía en camino. Tuve suerte. Nunca tuve que enfrentar los problemas de los contrabandistas marítimos.



¿Eso era más difícil?

Y peligroso. Mis socios de las provincias costeras tenían que vivir con la posibilidad de que algún infectado rompiese sus cadenas y contaminara todo un cargamento.



¿Y qué hacían?

He escuchado de varias “soluciones.” Algunas veces los barcos llegaban hasta alguna costa deshabitada —ya no importaba si era el país de destino o no, podía ser cualquier costa— y “descargaban” a los renshe infectados en la playa. También oí de algunos capitanes que navegaban hasta alta mar y los arrojaban a todos por la borda. Eso podría explicar esos casos de nadadores y buzos que desaparecían sin rastro, o por qué había gente por todo el mundo diciendo que los veían salir de entre las olas. Al menos yo nunca tuve nada que ver con eso.

Pero sí tuve un incidente parecido, uno que me convenció de que ya era hora de retirarme. Encontré este camión, un viejo y destartalado tráiler. Se podían escuchar los gemidos que salían de la parte de atrás. Un montón de puños golpeaban contra el aluminio. Tanto que se mecía de un lado para el otro. En la cabina iba un banquero muy rico de Xi’an. Había conseguido un montón de dinero haciendo préstamos para sacar tarjetas de crédito Americanas. Suficiente para llevarse a toda su familia fuera del país. El traje de Armani del tipo estaba arrugado y roto. Tenía arañazos por todo un lado de la cara, y en los ojos tenía ese fuego de locura que estaba comenzando a ver más y más seguido por esos días. Los ojos del chofer eran distintos, se veían como los míos, con la sospecha de que el dinero no iba a servir para nada dentro de muy poco tiempo. Le regalé un billete de cincuenta y le deseé buena suerte. Eso fue todo lo que pude hacer por él.

¿Hacia dónde iba ese camión?

Kirguiztán.



METEORA, GRECIA

[Una serie de monasterios están construidos en las empinadas e inaccesibles paredes de roca, con algunos de los edificios soportados por altas y casi verticales columnas. Aunque originalmente era un refugio contra los turcos otomanos, más adelante probó ser un fuerte seguro contra los muertos vivientes. Escaleras construidas después de la guerra, casi todas de metal o madera y fáciles de retirar, indican la reciente afluencia de peregrinos y turistas. Meteora se ha convertido en un objetivo muy popular para ambos grupos en los últimos años. Algunos buscan sabiduría e iluminación espiritual, otros sólo buscan una sensación de paz. Stanley MacDonald pertenece a este segundo grupo. Un veterano de casi todas las campañas a lo largo y ancho de su nativa Canadá, su primer encuentro con los muertos vivientes fue en una guerra muy diferente, cuando el Tercer Batallón Canadiense de Infantería Ligera de la Princesa Patricia fue desplegado en una operación contra el tráfico de drogas en Kirguiztán.]

Por favor no nos confunda con esos “Equipos Alfa” americanos. Esto fue mucho antes de que esos entraran en operación, antes de “El Pánico,” antes de la cuarentena Israelí… esto fue antes incluso que el primer contagio reportado en Ciudad del Cabo. Estábamos en las primeras etapas del contagio, antes de que nadie sospechara siquiera lo que estaba a punto de suceder. Nuestra misión era algo completamente convencional, opio y hachís, el principal producto de exportación de los terroristas para el resto del mundo. Eso era lo único que se podía encontrar en esa tierra desolada y llena de rocas. Traficantes, matones y guardaespaldas locales. Era lo único que esperábamos encontrar. Era lo único para lo que estábamos preparados.

La entrada a la caverna fue fácil de encontrar. Sólo seguimos el rastro de sangre que comenzó en la caravana. De inmediato supimos que algo estaba mal. No había cadáveres. En los enfrentamientos de grupos rivales, siempre dejaban las víctimas tendidas y mutiladas como una advertencia para los demás. Había mucha sangre, sangre y pedazos de carne descompuesta, pero los únicos cuerpos que encontramos fueron los de las mulas de carga. Habían sido muertas, sin disparos, por lo que parecía ser una manada de animales. Les habían abierto la panza y estaban cubiertas de heridas y mordiscos. Supusimos que habían sido perros salvajes. Manadas de esas malditas bestias acechaban en los valles, grandes y feroces como lobos árticos.

Lo más confuso fue cómo encontramos la mercancía, todavía en las mochilas, o regada alrededor de los cuerpos. Bueno, incluso aunque no fuese por un asunto territorial, aunque se tratara sólo una venganza religiosa o tribal, nadie abandona cincuenta kilos de Bad Brown8 de primera calidad, unos rifles de asalto en perfecto estado, y los demás trofeos de considerable valor que había, como relojes, reproductores de mini disc, y localizadores de GPS.

El rastro de sangre subía por la montaña desde el sitio de la masacre. Mucha sangre. Cualquiera que hubiese perdido tanta no se podría haber levantado de nuevo. Pero de alguna manera lo había hecho. No lo habían curado. No había más huellas. Por lo que pudimos ver, ese hombre había corrido, sangrando, y había caído de frente —todavía podíamos ver la huella de su rostro cubierto de sangre sobre la arena. De algún modo, sin ahogarse o desangrarse hasta morir, se había quedado allí tendido por algún tiempo y luego se había levantado y había vuelto a caminar. Las nuevas huellas eran diferentes de las anteriores. Parecía más lento, estaban más juntas. El pié derecho se arrastraba y había perdido su zapato, un viejo y gastado Nike de bota alta. Las huellas estaban salpicadas de algún fluido. No era sangre, no era humano, sino unas gotas de una sustancia negra y viscosa que ninguno de nosotros fue capaz de reconocer. Seguimos ese rastro y las huellas hasta la entrada de la caverna.

No hubo fuego a la entrada, ni recepción de ningún tipo. Encontramos la entrada del túnel abierta y sin vigilancia. De inmediato comenzamos a ver cuerpos, hombres muertos por sus propias trampas. Parecía que trataban de… que corrían… para escapar.

Mas allá, en la primera recámara, vimos evidencias de disparos de un solo bando, digo de un solo bando porque sólo una de las paredes de la caverna estaba cubierta de impactos de armas de fuego. En la pared opuesta estaban los combatientes. Habían sido despedazados. Sus extremidades, sus huesos, habían sido arrancadas y mordisqueadas… algunas todavía sostenían sus armas, como una mano que encontramos con una Makarov todavía entre sus dedos. A la mano le faltaba un dedo y lo encontramos al otro lado del salón, con el cuerpo de un tipo desarmado al que le habían disparado por lo menos cien veces. Algunos de los disparos le habían volado la tapa de los sesos. El dedo estaba engarzado entre sus dientes.

Cada una de las recámaras contaba una historia parecida. Encontramos barricadas destrozadas, armas abandonadas. Encontramos más cuerpos, o pedazos de ellos. Los únicos que habían permanecido casi intactos eran los que habían muerto de disparos en la cabeza. Tenían carne, pedazos de carne fresca y masticada atorada en sus gargantas y estómagos. Las marcas de sangre, las huellas, los casquillos, y los agujeros en las paredes, sugerían que aquella batalla había comenzado en la enfermería.

Descubrimos varios catres, todos ensangrentados. Al fondo del salón vimos un cuerpo sin cabeza… supongo que un médico, tirado junto a un catre con las sábanas manchadas y un viejo y gastado Nike de bota alta, del pié izquierdo.

El último túnel que revisamos había colapsado al dispararse una carga de demolición que habían puesto como trampa. Una mano sobresalía de entre las rocas. Aún se movía. Reaccioné por instinto y me incliné para agarrar la mano, y sentí cómo me apretaba. Parecía un cepo de acero, casi me fractura los dedos. Traté de retirar mi mano, pero no me soltaba. Tiré más fuerte, apuntalándome con mis piernas. Primero salió un brazo, luego la cabeza, el rostro destrozado con los ojos abiertos y los labios grises, luego la otra mano, agarrándome del brazo y apretándome, luego los hombros. Caí hacia atrás y la mitad superior de esa cosa cayó conmigo. La cadera y todo lo demás seguían atorados bajo las rocas, conectados con el torso superior por una línea de entrañas. Todavía se movía, tratando de arañarme y de llevar mi brazo hasta su boca. Saqué mi arma.

El disparo salió hacia arriba, entrando justo por debajo de la quijada y regando sus sesos por el techo. Yo fui el único presente en el túnel cuando sucedió. El único testigo…

[Hace una pausa.]

“Exposición a agentes químicos desconocidos.” Eso fue lo que me dijeron cuando regresé a Edmonton, eso, o una reacción adversa a las vacunas. También agregaron algo de TEPT9 por si acaso. Dijeron que necesitaba un descanso, descanso y una “evaluación” de largo plazo…

“Evaluación”… así la llaman cuando lo hacen los de tu propio lado. Sólo le dicen “interrogatorio” cuando es un enemigo. Te enseñan cómo resistirte al enemigo, cómo cerrar tu mente y tu espíritu. No te enseñan cómo resistirte ante tu propia gente, especialmente si se supone que están tratando de “ayudarte a ver la verdad.” Ellos no me convencieron, yo mismo lo hice. Quería creerles y dejar que me ayudaran. Yo era un buen soldado, bien entrenado y con experiencia; Sabía lo que podía hacerle a otros seres humanos y lo que ellos podían hacerme a mí. Pensé que estaba listo para cualquier cosa. [Mira hacia el valle, con los ojos perdidos.] ¿Qué persona cuerda podría haber estado lista para esto?

SELVA LLUVIOSA DEL AMAZONAS, BRASIL

[Me llevan con una venda en los ojos para no revelar la localización de mis “anfitriones.” Los extranjeros les llaman los Yanomami, “La Gente Salvaje,” y no se sabe si fue su naturaleza guerrera, o el hecho de que su aldea está suspendida entre los árboles más altos, lo que los ayudó a superar la crisis tan bien, o mejor aún, que los países industrializados. No está muy claro si Fernando Oliveira, el exiliado, el drogadicto hombre blanco de “la frontera con el mundo,” es un invitado entre ellos, una mascota, o un prisionero.]

Yo todavía era un médico, eso era lo que quería creer. Sí, era rico, y conseguía más dinero todo el tiempo, pero al menos mi fortuna la había conseguido realizando procedimientos médicos necesarios. No vivía cortando y afilando narices de adolescentes, o cosiéndole “pintos” sudaneses a las vedettes transexuales.10 Yo era un médico de verdad y ayudaba a la gente, y si eso era tan “inmoral” ante los ojos hipócritas y egoístas de los países del norte, ¿por qué sus ciudadanos seguían viniendo a buscarme todo el tiempo?

El paquete llegó al aeropuerto una hora antes que el paciente, empacado en hielo dentro de una nevera portátil de campamento. Los corazones eran extremadamente escasos. No como los hígados o la piel, y mucho menos como los riñones que, después de que aprobaron la ley de “consentimiento implícito”, podían conseguirse en cualquier hospital o morgue del país.

¿Lo habían revisado?

¿Para detectar qué? Al hacer las pruebas de laboratorio, hay qué saber específicamente qué es lo que se está buscando. No sabíamos nada sobre la Plaga que Camina en ese entonces. Sólo teníamos los virus normales —hepatitis o VIH/SIDA— y ni siquiera tuvimos tiempo de hacer las pruebas para esos.



¿Por qué?

Porque el vuelo venía retrasado. Los órganos no pueden tenerse en hielo para siempre. Ya estábamos apostando más de lo que debíamos con ese tipo.



¿De dónde había salido?

De China, con seguridad. Mi proveedor despachaba desde Macao. Confiábamos en él. Sus antecedentes eran sólidos. Cuando nos aseguró que el paquete estaba “limpio,” creí en su palabra; tenía que hacerlo. Él sabía los riesgos que corríamos, y yo también, lo mismo que el paciente. Herr Muller, aparte de sus problemas cardiacos, sufría de una extremadamente rara dextrocardia con situs inversus. Sus órganos estaban en el lado opuesto a los de una persona normal; el hígado en el lado izquierdo, las arterias cardiacas en el derecho, y así todo lo demás. Puede ver la situación tan particular que enfrentábamos. No podíamos transplantarle un corazón normal y voltearlo para el otro lado, las cosas funcionan de esa manera. Necesitábamos un corazón fresco y saludable de un “donante” con el mismo problema. Aparte de China, ¿en dónde más íbamos a correr con tanta suerte?



¿Sólo suerte?

[Sonríe.] Y “facilidad política.” Le dije a mi proveedor lo que necesitaba, le di los detalles, y tan sólo tres semanas después recibí un e-mail titulado simplemente: “Tenemos uno.”

Entonces usted realizó la operación.

Como auxiliar, el doctor Silva fue el que realizó el procedimiento. Era un prestigioso cirujano cardiaco que atendía los casos del Hospital Israelita Albert Einstein de São Paulo. Hijo de puta arrogante, aún para ser cardiólogo. Me dolió en el alma tener que trabajar con… bajo las órdenes de ese imbécil. Me hablaba como si yo fuera un residente de primer año. ¿Pero qué más iba a hacer?… Herr Muller necesitaba un corazón nuevo y mi casa de playa necesitaba un jacuzzi.

Herr Muller no alcanzó ni a recuperarse de la anestesia. Mientras descansaba en la sala de recuperación, sólo unos cuantos minutos después de cerrarlo, comenzaron a aparecer los síntomas. La temperatura, el pulso, los niveles de oxígeno… Estaba muy preocupado, y seguramente logré poner nervioso a mi “colega más experimentado.” Él me dijo que debía ser una reacción a los medicamentos inmunosupresores, o simplemente una de las complicaciones que podían esperarse en un hombre de sesenta y siete años, con sobrepeso, mala salud, y que acababa de pasar por uno de los procedimientos más traumáticos de la medicina moderna. Me sorprendió que no me diera un golpecito en la cabeza para terminar, hijo de puta condescendiente. Me dijo que me fuera a casa, me duchara, durmiera un poco, y que consiguiera a una o dos mujeres para relajarme. Él se quedaría a vigilarlo y me llamaría si ocurría algún cambio.

[Oliveira encoge sus labios en un gesto de enojo, y mastica un puñado de las hojas misteriosas que tiene a su lado.]

¿Y qué se supone que debía pensar yo? Quizá sí era por la droga, el OKT3. O quizá me estaba preocupando más de la cuenta. Era mi primer transplante de corazón. ¿Qué sabía yo? De todos modos… estaba tan preocupado que lo último que se me ocurrió fue dormir. Así que hice lo que cualquier médico haría si un paciente está sufriendo; me fui para la ciudad. Bailé, bebí, hice y me hicieron cosas que usted no se imaginaría. Al principio ni siquiera me dí cuenta de que lo que estaba vibrando en mis pantalones era mi teléfono. Debió pasar una hora hasta que finalmente contesté. Graciela, mi recepcionista, estaba en pánico. Me dijo que Herr Muller había entrado en coma hacía más de una hora. Ya estaba subiéndome al auto antes de que ella pudiese terminar esa frase. Estaba a media hora de la clínica, y nos maldije a Silva y a mí mismo durante todo el recorrido. ¡Por supuesto que tenía motivos para preocuparme! ¡Yo tenía la razón! Era una cuestión de orgullo; incluso si tener la razón me metía en problemas, disfruté el haber comprometido así la reputación de Silva.

Al llegar encontré a Graciela tratando de calmar a Rosa, una de mis enfermeras, que estaba histérica. La pobre chica estaba inconsolable. Le di una buena cachetada —eso la calmó un poco— y le pregunté qué estaba pasando. ¿Por qué su uniforme estaba manchado de sangre? ¿Dónde estaba en doctor Silva? ¿Por qué todos los pacientes estaban fuera de sus cuartos, y qué diablos era ese maldito ruido? Me dijo que Herr Muller había muerto de repente, sin aviso. Me explicó que habían estado tratando de resucitarlo, y que Herr Muller había abierto los ojos y había mordido al doctor Silva en la mano. Estuvieron forcejeando; Rosa trató de ayudarlo, pero estuvo a punto de ser mordida también. Abandonó a Silva, salió corriendo del cuarto, y cerró la puerta con llave.

Estuve a punto de reírme. Era ridículo. Quizá “Superman” había cometido un error y lo había diagnosticado mal, si eso era posible. Quizá el viejo se había levantado, mareado, y había tratado de agarrase al doctor Silva para no caerse. Tenía que haber una explicación razonable… pero esa sangre en su uniforme y el sonido ahogado en el cuarto de Herr Muller… Regresé a mi auto por mi arma, más para calmar a Graciela y a Rosa que por mi propia seguridad.



¿Usted portaba un arma?

Vivía en Río. ¿Qué cree que llevaba conmigo, nada más mi “pinto”? Volví al cuarto de Herr Muller y toqué varias veces. No escuché nada. Los llamé a él y a Silva. No respondieron. Había sangre saliendo por debajo de la puerta. Entré y vi que estaba por todo el piso. Silva estaba tirado en una esquina, y Muller estaba arrodillado sobre él con su gorda, pálida y velluda espalda hacia mí. No recuerdo cómo llamé su atención, si acaso lo llamé, dije alguna grosería, o simplemente me quede allí parado. Muller se volteó, y unos pedazos de carne ensangrentada cayeron de su boca. Algunas de las grapas de acero de su sutura se habían abierto, y un fluido negro y gelatinoso salía de la incisión. Se puso se pié con torpeza, y cojeó lentamente hacia mí.

Levanté la pistola y apunté hacia su nuevo corazón. Era una “Desert Eagle” Israelí, grande y lujosa; precisamente por eso la había comprado. Nunca antes había tenido que dispararla, gracias a Dios. No estaba listo para el retroceso. La bala salió torcida y literalmente le hizo estallar la cabeza. Fue pura suerte, eso es todo. Yo era un idiota con suerte allí parado, con un arma humeante en la mano y un hilo de orina bajándome por la pierna. Esta vez fue mi turno de recibir varias cachetadas de parte de Graciela, hasta que por fin recuperé el sentido y llamé a la policía.

¿Lo arrestaron?

¿Está loco? Ellos también eran socios míos, ¿cómo cree que conseguía los órganos en el mercado local? ¿Cómo cree que pude ocuparme de todo ese asunto? Son buenos en eso. Me ayudaron a explicarle a mis otros pacientes que un asesino demente había entrado a la clínica y había matado a Herr Muller y al doctor Silva. También se aseguraron de que ninguno de los empleados dijera nada parta contradecir esa historia.



¿Y los cuerpos?

Registraron a Silva como la víctima sin identificar de un posible robo de auto. No sé dónde dejaron en cuerpo; seguro en alguna chabola en la Ciudad de Dios, y seguramente le pusieron drogas en los bolsillos para hacer la historia más creíble. Espero que lo hayan quemado, o enterrado… muy hondo.



¿Usted cree que él…?

No lo sé. Su cerebro estaba intacto cuando murió. Si no estaba en una bolsa para cadáveres bien sellada… o si la tierra estaba blanda. ¿Cuánto tiempo podría haberse tardado en salir?


1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   28


La base de datos está protegida por derechos de autor ©absta.info 2016
enviar mensaje

    Página principal