Cambiando la marea frente local: estados unidos alrededor del mundo, y sobre



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[Joe tira del cuello de su camiseta, mostrándome una cicatriz circular del tamaño de una vieja moneda de diez centavos.]

Nueve milímetros, justo a través del hombro. Mi equipo lo sacó de la casa, y yo le grité que se detuviera. Es la única vez que tuve que matar a alguien, gracias a Dios. Cuando comenzaron a funcionar las nuevas leyes, el crimen convencional desapareció casi por completo.

También estaban los salvajes, ya sabe, esos niños que habían perdido a sus padres. Los encontrábamos acurrucados en los sótanos, en los armarios, o debajo de las camas. Algunos de ellos habían caminado desde lugares tan lejanos como la Costa Este. Tenían mala pinta, todos desnutridos y enfermos. Muchas veces salían corriendo. Y esas fueron las únicas veces que me sentí mal, ya sabe, por no poder salir corriendo tras ellos. Alguien más los perseguía, y casi siempre los atrapaban, pero no siempre.

El principal problema eran los quislings.



¿Quislings?

Sí, ya sabe, la gente esa que se volvió loca y comenzó a actuar como los zombies.



¿Quiere hablarme más de ellos?

Bueno, no soy médico, así que no sé los términos correctos.



No hay problema.

Bueno, según entiendo, hay ciertos tipos de persona que no pueden lidiar con situaciones de vida o muerte. Se ven atraídos por aquello que temen. En lugar de resistirse, quieren complacerlo, unirse a él, y parecerse a él. Supongo que es lo que pasa en los secuestros, ya sabe, esa gente con síndrome de Patty Hearst o de Estocolmo, o, como en la guerra normal, cuando la gente del país invadido se une al ejército del enemigo. Algunas veces resultan ser mejores soldados que la gente a la que tratan de parecerse, como los fascistas franceses que se convirtieron al las tropas más leales de Hitler. Quizá por eso es que los llaman quislings, porque parece una palabra en francés, o algo así.29

Pero en esta guerra no se podía hacer eso. Uno no podía tirar el arma y levantar las manos diciendo, “hey, no me maten, estoy de su lado.” No había color gris en esta lucha, no había puntos medios. Supongo que mucha gente no pudo soportarlo. Comenzaron a moverse como zombies, a gemir como ellos, e incluso a atacar y comerse a otras personas. Así fue como encontramos al primero. Era un tipo adulto, de treinta y algo. Sucio, torpe, caminando por la acera. Creímos que simplemente estaba en shock, hasta que mordió a uno de mis compañeros en el brazo. Fueron unos segundos horribles. Derribé al Q con un disparo en la cabeza, y luego fui a revisar a mi amigo. Estaba sentado a un lado del camino, maldiciendo, llorando, y mirando la herida en su brazo. Era una sentencia de muerte, y él lo sabía. Ya estaba listo para volarse él mismo la cabeza, cuando descubrimos que al tipo que derribé le salía sangre roja de la herida. ¡Cuando revisamos el cuerpo, descubrimos que todavía estaba tibio! Debería haber visto la expresión de mi compañero. No todos los días uno recibe una segunda oportunidad del Jefe allá arriba. Lo irónico fue que estuvo a punto de morir de todas formas. El maldito Q tenía tantas bacterias en la boca, que le produjo una infección casi fatal de estafilococos.

Pensamos que habíamos hecho algún tipo de descubrimiento, pero resultó que había estado sucediendo desde mucho antes. Estaban a punto de anunciárselo al público. Incluso mandaron a un experto desde Oakland para que nos enseñara qué hacer si nos encontrábamos a uno. No lo podíamos creer. ¿Sabía que los quislings fueron la razón por la que muchos creyeron al principio que eran inmunes? También tuvieron la culpa de que todas esas drogas de porquería tuvieran tanto éxito. Píenselo. Alguien por ahí andaba tomando Phalanx, y lo mordieron pero sobrevivió. ¿Qué más iba a pensar? En ese entonces no se sabía que existían los quislings. Son igual de agresivos que los zombies de verdad, y en algunos casos son más peligrosos.



¿Por qué?

Bueno, para comenzar, no se congelan. Bueno, claro que se mueren por exposición al frío, pero si la temperatura es moderada y ellos llevan ropas abrigadas, no tienen problemas. Además se mantenían bien alimentados con la gente que mataban. A diferencia de los zombies, ellos pueden resistir más tiempo, no se pudren.



Pero también son más fáciles de matar.

Sí y no. A ellos no hay que apuntarles a la cabeza; se les puede dar en los pulmones, el corazón, en cualquier parte, y eventualmente se desangran. Pero si no se los detiene con el primer disparo, siguen atacando hasta que están muertos.



¿Acaso no sienten dolor?

No. Tiene que ver algo con eso del poder de la mente sobre la materia, están tan desconectados que pueden neutralizar el dolor que llega al cerebro, o algo así. En realidad debería hablar de eso con un experto.



Continúe por favor.

Bueno, por eso era que no se podía razonar con ellos. No había nadie a quién hablarle. Esas personas eran también zombies, quizá no físicamente, pero mentalmente no había ninguna diferencia. A veces era también difícil reconocerlos a simple vista, cuando estaban lo suficientemente sucios, ensangrentados o enfermos. Los zombies no huelen tan mal como uno creería, no cuando hay pocos y están frescos. ¿Cómo diferenciar a un zombie de un imitador que está invadido de gangrena? No se podía. Los militares no nos enviaron perros sabuesos ni nada parecido. Teníamos que hacer la prueba de los ojos.

Los muertos no parpadean, no sé por qué. Quizá porque usan todos sus sentidos al mismo tiempo, y la vista no es tan importante. O quizá sea porque tienen muy pocos fluidos corporales, y no les alcanza para mantener los ojos húmedos. Quién sabe, pero el hecho es que no parpadean, pero los quislings sí. Así era como los reconocíamos; retrocedíamos algunos pasos y esperábamos un par de segundos. En la oscuridad era más fácil, nada más había que iluminarles la cara. Si no parpadeaban, acabábamos con ellos.

¿Y si parpadeaban?

Bueno, nuestras órdenes eran de capturar a los quislings si era posible, y usar fuerza letal sólo como defensa. Parecía una locura, aún lo parece, pero siempre lográbamos reunir unos cuantos, los amarrábamos, y los entregábamos a la policía o a la Guardia Nacional. No estoy muy seguro de qué hacían con ellos. He escuchado historias sobre Walla Walla, ya sabe, la prisión en la que cientos de ellos eran alimentados y vestidos, e incluso les trataban sus enfermedades. [Sus ojos miran hacia el techo.]



¿No está de acuerdo?

Hey, no quiero hablar de eso. Si usted quiere destapar esa olla podrida, vaya y lea los periódicos. Cada año sale algún abogado, sacerdote o político, que trata de alborotar ese avispero hacia el lado que más le conviene. En lo personal, no me interesa. No tengo ninguna opinión al respecto. Lo único que sé es que me entristece que hayan dejado atrás tantas cosas, y al final perdieron de todas formas.



¿Por qué lo dice?

Porque aunque nosotros no podíamos reconocerlos, los zombies reales sí podían. ¿Recuerda al principio de la guerra, cuando todo el mundo estaba buscando una manera de hacer que los muertos vivientes se atacaran entre ellos? Tenían todas estas “pruebas documentales” de que había canibalismo —declaraciones de testigos, y hasta una grabación de un zombie atacando a otro. Estúpidos. Eran zombies atacando quislings, pero no había forma de saberlo a simple vista. Los quislings no gritan. Sólo se quedan ahí, sin siquiera tratar de luchar, retorciéndose de esa forma robótica y lenta, devorados vivos por las mismas criaturas a las que quieren imitar.



MALIBÚ, CALIFORNIA

[No necesito mirar la fotografía para reconocer a Roy Elliot. Nos reunimos para tomar una café en la recién restaurada Fortaleza del Muelle de Malibú. Las personas a nuestro alrededor lo reconocen inmediatamente, pero, a diferencia de cómo sucedía antes de la guerra, mantienen una distancia respetuosa.]

El SDA, ese era mi enemigo: Síndrome de Defunción Asintomática, o Síndrome de Depresión Apocalíptica, dependiendo de con quién esté hablando. No importa cómo lo llamen, mató a más personas en esos primeros meses de espera, que el hambre, las enfermedades, la violencia y los muertos vivientes. Al principio nadie entendía lo que estaba pasando. Habíamos estabilizado la línea de las Rocosas, habíamos limpiado las zonas seguras, y aún así perdíamos a más de cien personas al día. No eran los suicidios, aunque de esos también había muchos. No, era algo diferente. Algunas de esas personas tenían sólo heridas leves, o enfermedades de fácil tratamiento; otras estaban en perfecto estado de salud. Simplemente se iban a dormir una noche y no despertaban al día siguiente. El problema era psicológico, su mente simplemente se daba por vencido, no queriendo ver el mañana porque sabían que sólo les traería más sufrimiento. Pérdida de fe, de la voluntad de vivir, es algo que pasa en todas las guerras. Ocurre también en tiempos de paz, sólo que no en la misma escala. Era una cuestión de desesperanza, o al menos la percepción de esa desesperanza. Yo entendía bien ese sentimiento. Había dirigido películas toda mi vida adulta. Me llamaban el niño genio, el tipo milagroso que nunca fallaba, a pesar de que había fracasado de vez en cuando.

Pero de pronto me había convertido en un don nadie, un F-6. El mundo se iba a ir al infierno, y todo mi talento no servía de nada para prevenirlo. Cuando escuché por primera vez del SDA, el gobierno estaba haciendo todo lo posible por mantenerlo en secreto —mi información provenía de un contacto en Cedars-Sinaí. Cuando lo escuché, algo se despertó en mi interior. Fue como la primera vez que hice un corto en Super 8 y se lo enseñé a mis padres. Me dí cuenta de que podía hacer algo. ¡Era un enemigo contra el que sí podía luchar!

Y el resto es historia.

[Se ríe.] Ojalá. Fui a hablar directo con los del gobierno, y me rechazaron.

¿En serio? Uno pensaría, dada su carrera…

¿Cuál carrera? Ellos querían soldados y granjeros, trabajos reales, ¿recuerda? Siempre me decían algo como “Hey, lo siento, no se puede, ¿pero me das tu autógrafo?” Claro, yo no soy de los que se rinden así de fácil. Cuando creo en mi propia habilidad para hacer algo, no existe la palabra “no.” Le expliqué al representante de DEstRe que no le costaría ni un centavo al Tío Sam. Usaría mi propio equipo, mi propia gente, lo único que necesitaba era tener un acceso de seguridad para hablar con los militares. “Déjeme mostrarle a la gente lo que estamos haciendo para detenerlos,” le dije. “Permítame darles algo en qué creer.” Una vez más, me rechazaron. Los militares tenían pendientes cosas más importantes que “posar para una cámara.”



¿Habló con alguien más importante?

¿Con quién? No había barcos para ir a Hawai, y Sinclair se mantenía de arriba para abajo por toda la Costa Oeste. Todas las personas con el poder para ayudarme eran imposibles de contactar, o estaban ocupadas en asuntos “más importantes.”



¿No podría haberse convertido en un periodista independiente, y conseguir un pase de prensa del gobierno?

Me habría tomado demasiado tiempo. Casi todos los medios masivos habían desaparecido, o eran ya de propiedad federal. Los canales que quedaban, tenían que retransmitir señales de seguridad pública, para asegurarse que cualquiera que los viera supiese qué hacer. Todavía estábamos en medio del caos. Apenas si teníamos carreteras, ni hablemos de los mecanismos burocráticos para conseguir un permiso de periodista. Me habría tomado meses. Meses, con cien personas muriendo cada día. No podía esperar. Tenía que hacer algo de inmediato. Agarré una cámara de DV, algunas baterías de repuesto, y un cargador de energía solar. Mi hijo mayor me acompañó como sonidista y “Asistente del Director.” Salimos a la carretera por una semana a buscar algunas historias, sólo nosotros dos y nuestras bicicletas. No tuvimos que ir muy lejos.

Justo afuera de Los Ángeles, en un pueblo llamado Claremont, hay cinco universidades —Pomona, Pitzer, Scripps, Harvey Mudd, y la Claremont Mckenna. Al comienzo del Gran Pánico, cuando todo el mundo salió literalmente corriendo hacia las colinas, trescientos estudiantes decidieron quedarse y pelear. Convirtieron el Academia Femenina de Scripps en algo parecido a una ciudad medieval amurallada. Reunieron las provisiones de las demás universidades; sus armas eran una mezcla de herramientas de jardinería y rifles de entrenamiento de los Oficiales Reservistas Universitarios. Plantaron jardines, excavaron pozos, fortificaron los muros que ya existían. Mientras las montañas ardían en el fondo, y los suburbios a su alrededor eran consumidos por la violencia, ¡esos trescientos muchachos se defendieron contra diez mil zombies! Diez mil, a lo largo de cuatro meses, hasta que el Imperio Interior pudo ser reclamado de nuevo.30 Tuvimos la suerte de llegar justo para ver el final de todo, para ver caer al último de los muertos, y luego a todos esos estudiantes y soldados reunidos bajo la enorme bandera hecha de retazos que colgaba del campanario de Pomona. ¡Qué historia! Noventa y seis horas de escenas en la lata. Me gustaría haber podido grabar más, pero el tiempo era crítico. Recuerde, perdíamos cien personas cada día.

Teníamos que dejarla lista lo más pronto posible. Regresé a mi casa con las grabaciones, las recorté y las monté con mi equipo casero de edición. Mi esposa hizo las narraciones. Sacamos catorce copias, todas en formatos diferentes, y las presentamos ese sábado por la noche en diferentes campamentos y refugios por todo LA. La llamé Victoria en Avalon: La Batalla de las Cinco Universidades.

Ese nombre, Avalon, lo saqué de un video que uno de los estudiantes estuvo filmando a lo largo de todos esos meses. En él se mostraba la noche del último ataque, el peor de todos, cuando una horda fresca se veía aparecer en el horizonte, hacia el oriente. Todos los muchachos se veían muy ocupados —afilando sus armas, reforzando las defensas, haciendo guardia junto a los muros y en las torres. Una canción flotó por todo el campus, a través de los altavoces que sonaban música todo el tiempo para mantener la moral arriba. Una estudiante de Scripps, con la voz como la de un ángel, estaba cantando el tema Avalon de Roxy Music. Su versión era tan hermosa, y hacía un contraste increíble con la tormenta que estaba a punto de caer sobre ellos. La usé como fondo de la escena de “preparándose para la batalla.” Aún siento un nudo en la garganta cada vez que la escucho.

¿Cómo respondió la audiencia?

¡Fue un fracaso! No sólo esa escena, sino toda la película; al menos eso fue lo que pensé. Me había esperado una reacción más inmediata. Gritos, aplausos. No quería admitirlo frente a nadie, ni siquiera frente a mí mismo, pero tenía esta fantasía egoísta de que la gente iba a acercarse a mí al terminar la cinta, con lágrimas en los ojos, a estrechar mi mano y agradecerme por mostrarles la luz al final del túnel. Ni siquiera me miraron. Me paré en la entrada de la sala como una especie de héroe conquistador, y todo el mundo pasó a mi lado en silencio, con la mirada fija en el suelo. Me fui a mi casa esa noche pensando, “bueno, fue una bonita idea, quizá la granja de papas del parque MacArthur necesite otro empleado.”



¿Y qué pasó?

Pasaron dos semanas. Conseguí un trabajo de verdad, ayudando a limpiar la carretera del Cañón Topanga. Pero un día, un hombre llegó cabalgando hasta mi casa. Literalmente, a caballo, como en una vieja película del oeste de Cecil B. De Mille. Era un psiquiatra de una organización médica en Santa Bárbara. Se habían enterado del éxito de mi película, y quería saber si tenía más copias.



¿Éxito?

Eso fue lo que dijo. ¡Resulta que, la noche después del estreno de Avalon, los casos de SDA bajaron el Los Ángeles en un cinco por ciento! Al principio pensaron que era una simple fluctuación estadística, ¡hasta que un estudio les reveló que el decremento era notable sólo en aquellas comunidades en las que se había exhibido la película!



¿Y nadie se lo había dicho?

Nadie. [Se ríe.] Ni los militares, ni las autoridades municipales, ni siquiera la gente que manejaba los refugios en donde se seguía exhibiendo sin mi conocimiento. Claro que eso no me importaba. Lo importante era que había funcionado. Había hecho la diferencia, y me dio un trabajo para todo el resto de la guerra. Reuní algunos voluntarios, a toda la gente de mi antiguo equipo que pude encontrar. También a ese muchacho que filmó el video del ataque en Claremont, Malcolm Van Ryzin, sí, ese mismo Malcolm,31 él se convirtió en mi DF.32 Ocupamos un estudio de doblaje abandonado al oeste de Hollywood y comenzamos a copiarlas por centenares. Metimos una copia en cada tren, cada caravana, cada ferry que iba para el norte. Nos tomó un tiempo recibir respuestas. Pero cuando comenzaron a llegar…



[Él sonríe, y eleva sus manos en una señal de agradecimiento.]

Diez por ciento menos a lo largo de toda la zona segura occidental. Yo ya estaba otra vez en el camino para ese entonces, rodando más historias. Anacapa ya estaba lista, y llevábamos filmada la mitad de Distrito de la Misión. Para el momento en que Dos Palmos llegó a las pantallas, y el SDA había bajado un veintitrés por ciento… sólo en ese momento el gobierno se interesó en lo que estábamos haciendo.



¿Le dieron más recursos?

[Se ríe.] No. Nunca les pedí una ayuda que seguramente no me iban a dar. Pero al fin tuve acceso a los militares, y eso me abrió todo un nuevo mundo.

¿Fue entonces cuando rodó El Fuego de los Dioses?

[Asiente.] El ejército tenía dos programas de armamento láser: Zeus y LAMAE. Zeus fue diseñado originalmente para limpieza de municiones, estallando minas terrestres y bombas sin explotar. Era pequeño y lo suficientemente liviano para ser montado en un Humvee modificado. El artillero enfoca el objetivo a través de una cámara alineada con la torreta. Mueve el puntero hasta la superficie designada, y luego dispara un rayo de pulso corto a través del mismo lente. ¿Son demasiados detalles técnicos?

No, para nada.

Lo siento. Me sentí extremadamente atraído por los detalles del proyecto. El rayo era una versión modificada y convertida en arma, de los láseres industriales, de esos que se usan para cortar acero en las fábricas. Podía perforar la cubierta exterior de una bomba, o calentarla hasta el punto en que detonaba el explosivo interior. Ese mismo principio funcionaba con los zombies. En nivel alto, era capaz de perforar un agujero entrando por la frente. En niveles más bajos, literalmente hacía hervir el cerebro hasta que se les salía por las orejas, la nariz, y los ojos. Las escenas que rodamos eran asombrosas, pero Zeus era una pistola de juguete al lado de LAMAE.

El acrónimo quiere decir Láser Móvil de Alta Energía, y fue diseñado en conjunto por los Estados Unidos e Israel para derribar pequeños proyectiles en el aire. Cuando Israel declaró su cuarentena voluntaria, y todos esos terroristas comenzaron a lanzar morteros y misiles sobre la muralla de seguridad, LAMAE fue el que los derribó a casi todos. Era más o menos de la misa forma y tamaño que un faro de búsqueda de la Segunda Guerra Mundial, y su núcleo era un láser de deuterio-flúor, mucho más poderoso que el láser cristalino de Zeus. Sus efectos eran devastadores. Arrancaba la carne de los huesos, y éstos se ponían al rojo blanco antes de desintegrarse. Cuando se corría el video a velocidad normal, era magnífico, pero en cámara lenta… era el fuego de los Dioses.

¿Es cierto que el número de casos de SDA se redujo a la mitad, tan sólo un mes después del estreno de la película?

Creo que eso es un poco exagerado, pero la gente hacía fila para ir a verla después de salir del trabajo. Algunos la repetían todas las noches. El afiche promocional mostraba un acercamiento de un zombie siendo pulverizado. La imagen fue copiada de uno de los cuadros de la cinta, de la escena en la que la niebla de la mañana permite ver el rayo el láser a simple vista. El subtítulo bajo la imagen decía sólo “Que pase el siguiente.” Esa sola película salvó todo el proyecto.



Su proyecto.

No, Zeus y LAMAE.



¿Estaban en peligro?

Cuando terminamos la película, faltaba un mes para que cancelaran el LAMAE. A Zeus ya lo habían archivado. Tuvimos que rogar, tomar prestado, y robar, literalmente, para que lo activaran sólo para las cámaras. DEstRe había decidido que ambos proyectos eran desperdicios exagerados de valiosos recursos.



¿Y lo eran?

Claro, sin duda. La “M” de “Móvil” en el proyecto LAMAE se refería en realidad a toda una caravana de vehículos especializados, todos ellos muy delicados, ninguno de ellos era todo terreno, y cada uno dependía del buen funcionamiento de los demás. LAMAE consumía también enormes cantidades de energía, y montones de químicos inestables y muy tóxicos para el proceso de generación del rayo láser.

Zeus era un poco más económico. Requería menos refrigeración, su mantenimiento era más sencillo, y como estaba montado en un Humvee, podía ir a cualquier lugar que fuese necesario. El problema era, ¿en dónde iba a ser necesario? Incluso con su máxima potencia, el artillero tenía que mantener el rayo en un solo lugar por algunos segundos, y recuerde que eran objetivos móviles. Un buen francotirador podía hacer ese mismo trabajo, en la mitad del tiempo y matando el doble de zombies. Eso anulaba la posibilidad de un ataque rápido, que era exactamente lo que se necesitaba cuando se enfrentaban las hordas. De hecho, ambas unidades tenían asignado un escuadrón permanente de escoltas francotiradores, gente que tenía que proteger una máquina diseñada para proteger gente.

¿Entonces eran así de ineficientes?

No, si tenemos en cuenta su objetivo original. LAMAE defendió a Israel de los bombardeos terroristas, y Zeus fue puesto en servicio activo nuevamente para hacer estallar minas terrestres durante el avance de nuestras tropas. Para el propósito con el que habían sido construidas, eran armas sobresalientes. Como matazombies, eran un fracaso.



¿Entonces por qué las filmó?

Porque los norteamericanos adoran la tecnología. Es una característica innegable en nuestro espíritu nacional. Aunque sean conscientes o no de ello, un siquiera el ludista más fanático puede negar el poder tecnológico de nuestro país. Dividimos el átomo, llegamos a la luna, llenamos las casas y oficinas con aparatos que ni siquiera los primeros escritores de ciencia ficción alcanzaron a imaginar. No sé si es algo bueno, y no estoy en posición de juzgarlo. Pero sí sé que al igual que todos esos ex-ateos encerrados en las iglesias, la mayoría de los norteamericanos seguían rezándole al Dios de la ciencia para que los salvara.



Pero no lo hizo.

Eso no importa. La película tuvo tanto éxito, que me llamaron para hacer toda una serie. La llamé “Las Armas Maravillosas,” siete películas sobre la tecnología de punta de nuestros soldados. Ninguno de esos aparatos representó ninguna ventaja en la práctica, pero todos sirvieron para ganar en la guerra psicológica.



¿Pero eso no es…?

¿Una mentira? Está bien. Puede decirlo. Sí, eran mentiras, pero eso no es necesariamente algo malo. Las mentiras no son ni buenas ni malas. Al igual que el fuego, pueden mantenernos tibios y seguros, o quemarnos hasta morir, dependiendo de cómo se usen. Las mentiras de nuestro gobierno antes de la guerra, las que se suponía debían mantenernos felices e ignorantes, esas nos quemaron, porque no nos dejaron hacer lo que debía hacerse. Sin embargo, para cuando filmé Avalon, todo el mundo estaba haciendo todo lo humanamente posible por sobrevivir. Las mentiras del pasado se habían desvanecido, y la verdad estaba por todos lados, cojeando en las calles, entrando por las puertas, lanzándose a sus cuellos. La verdad era que, sin importar lo que hiciéramos, la mayoría de nosotros, quizá todos, no alcanzaríamos a vivir para ver el futuro. La verdad era que quizá enfrentábamos el final de nuestra especie, y esa fría verdad estaba congelando hasta morir a más de cien personas cada noche. Necesitaban algo para mantenerse tibios. Por eso les mentí, al igual que el presidente, que cada médico, sacerdote, cada líder de tropa y cada padre de familia cuando decían “vamos a estar bien.” Ese era nuestro mensaje. Ese era el mensaje de todos los directores de cine que surgimos durante la guerra. ¿Alguna vez escuchó hablar de La Ciudad de los Héroes?



Por supuesto.

¿Buena película, no? Marty la filmó durante un ataque que duró meses. Él sólo, aprovechando cualquier equipo que llegara a sus manos. Una obra maestra: la valentía, la determinación, toda esa fuerza, dignidad, compasión y honor. De verdad hace que uno crea en la raza humana. Es mucho mejor que cualquiera de mis películas. Debería verla.



Ya la he visto.

¿Cuál versión?



¿Disculpe?

¿Cuál fue la versión que vió?



No sabía que…

¿Que hay dos versiones? Tiene que hacer mejor la tarea, joven. Marty editó una versión de La Ciudad de los Héroes para la guerra, y otra después de la guerra. La versión que usted vió, ¿duraba noventa minutos?



Creo que sí.

¿Pero mostraba el lado oscuro de los héroes de La Ciudad de los Héroes? ¿Mostraba la violencia y las traiciones, la crueldad, la depravación, y la profunda maldad en el corazón de algunos de esos “héroes”? No, claro que no. ¿Para qué? Esa era nuestra realidad cotidiana, y fue lo que hizo que mucha gente se metiera en la cama, apagara las velas, y exhalaran su último aliento. Marty quiso, en lugar de eso, mostrarnos el otro lado de la moneda, el que los ayudaba a levantarse de la cama al día siguiente, el que los hacía arañar y gritar y seguir luchando por sus vidas, porque alguien les decía que las cosas iban a salir bien. Existe un nombre para esa clase de mentiras: Esperanza.


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