Cambiando la marea frente local: estados unidos alrededor del mundo, y sobre



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GUERRA MUNDIAL Z

Un Relato Oral de la Guerra Zombie



Max Brooks

INTRODUCCIÓN

ADVERTENCIAS

CULPA

EL GRAN PÁNICO

CAMBIANDO LA MAREA

FRENTE LOCAL: ESTADOS UNIDOS

ALREDEDOR DEL MUNDO, Y SOBRE ÉL

GUERRA TOTAL

DESPEDIDAS

AGRADECIMIENTOS

Para Henry Michael Brooks,

Que me hace desear cambiar el mundo

INTRODUCCIÓN

Le dan muchos nombres: “La Crisis,” “Los Años Oscuros,” “La Plaga que Camina,” y también nombres más nuevos y de moda como “Guerra Mundial Z” o “Primera Guerra Z.” En lo personal me disgusta ese último título, pues sugiere una inevitable “Segunda Guerra Z.” Para mí, siempre será “La Guerra Zombie,” y aunque algunas personas pueden discutir acerca de la exactitud científica de la palabra zombie, me gustaría invitarlos a encontrar otro término que tenga una aceptación tan universal para las criaturas que estuvieron a punto de provocar nuestra extinción. Zombie sigue siendo una palabra devastadora, con un poder sin igual para conjurar un sinfín de recuerdos y emociones, y son precisamente esos recuerdos y emociones los que forman el tema principal de este libro.

Este registro del más grande conflicto en la historia de la humanidad le debe su existencia a un conflicto mucho más pequeño y personal que tuve con la directora de la Comisión de las Naciones Unidas para el Reporte Posterior a la Guerra. Mi trabajo inicial para la Comisión no era para nada una tarea realizada por simple amor al arte. Mis gastos de viaje, mi autorización de seguridad, mi ejército de intérpretes, tanto humanos como electrónicos, y también mi pequeño pero invaluable aparato de transcripción activado por voz (el más grande regalo que el digitador más lento del mundo puede desear), todas eran muestras del valor y el respeto que tenía mi trabajo en este proyecto. Es por eso que no necesito expresar la enorme sorpresa que me llevé cuando vi que casi la mitad de ese trabajo había sido omitido del reporte final.

“Es demasiado personal,” dijo la directora durante una de nuestras “animadas” discusiones. “Demasiadas opiniones, demasiados sentimientos. Eso no es lo que nos interesa en este reporte. Necesitamos hechos claros y números, datos que no estén contaminados por el factor humano.” Desde luego, tenía razón. El reporte oficial debía ser una recolección de datos claros y concretos, un reporte objetivo “después de” que permitiera a las generaciones futuras estudiar los eventos de la década del apocalipsis sin la influencia del “factor humano.” ¿Pero acaso no es el factor humano lo que nos conecta profundamente con nuestro pasado? ¿Acaso a las generaciones futuras les interesarán más los números y las estadísticas, que los recuerdos personales de unos individuos parecidos a ellos? ¿Al excluir el factor humano, no nos estamos desligando emocionalmente de nuestra historia y, que Dios no lo permita, quizá arriesgándonos a repetirla algún día? Y a fin de cuentas, ¿no es el factor humano lo único que nos diferencia del enemigo al que ahora nos referimos como “los muertos vivientes”? Le presenté estas razones, quizá de una manera menos profesional de lo adecuado, a mi “jefa,” quien después de mi exclamación final de “no podemos dejar morir estas historias,” respondió inmediatamente diciendo, “Entonces no lo hagas. Escribe un libro. Todavía tienes todas tus notas y la libertad legal de utilizarlas. ¿Quién te está impidiendo que mantengas estas historias vivas en las páginas de tu (obscenidad editada) libro?”

Sin duda, algunos críticos se ofenderán con el concepto de un libro de vivencias personales editado tan poco tiempo después del fin de las hostilidades. Después de todo, sólo han pasado doce años desde que el “Día VA” fue declarado en el territorio continental de los Estados Unidos, y menos de una década desde que la última potencia mundial celebró su liberación con el “Día de la Victoria China.” Dado que muchos consideran que el Día VC es el final oficial de la guerra, ¿cómo es posible tener una perspectiva real, en palabras de uno de mis colegas de la ONU, “cuando hemos estado en paz apenas el mismo tiempo que estuvimos en guerra?” Es un argumento muy válido, y necesita una respuesta. En el caso de esta generación, los que lucharon y sufrieron para darnos esta década de paz, el tiempo es tanto un enemigo como un aliado. Seguro, los años venideros traerán una mayor introspección, agregando una mayor sabiduría a los recuerdos de un mundo maduro en la posguerra. Pero muchos de esos recuerdos ya no existirán, atrapados en unos cuerpos y espíritus demasiado viejos o enfermos como para cosechar los frutos de su victoria. No es ningún secreto que la expectativa de vida global es una mera sombra de lo que era antes de la guerra. Con toda la desnutrición, la polución, la reaparición de enfermedades que se consideraban erradicadas, incluso en los Estados Unidos, a pesar del actual resurgimiento económico y el sistema de seguridad universal en salud; simplemente no hay suficientes recursos para atender todas las secuelas físicas y psicológicas. Es por ese gran enemigo, el tiempo, que decidí prescindir de la posibilidad de una mayor introspección y publiqué los relatos de estos sobrevivientes. A lo mejor en unas cuantas décadas, alguien emprenderá la tarea de recolectar las memorias de unos sobrevivientes más viejos y quizá más sabios. Quizá entonces yo sea también uno de ellos.

Aunque este es principalmente un libro de relatos, incluye muchos de los detalles tecnológicos, sociales, económicos, y demás incluidos en el reporte original enviado a la Comisión, ya que están estrechamente relacionados con las historias y las voces registradas en estas páginas. Este libro es de ellos, no mío, y traté de mantenerme como una presencia lo más invisible que me fue posible. Las preguntas mías que aparecen en el texto están allí sólo para ilustrar aquellas preguntas que los lectores podrían haberse realizado. He tratado de reservarme cualquier juicio de valor, o comentario de cualquier tipo, y si hay algún factor humano que deba ser removido del texto, que sea el mío.

ADVERTENCIAS



GRAN CHONGQING, FEDERACIÓN UNIDA DE CHINA

[En su apogeo antes de la guerra, esta región contaba con una población de más de treinta y cinco millones de personas. Ahora, son menos de cincuenta mil. Los fondos para la reconstrucción han llegado tarde a esta parte del país, pues el gobierno se ha concentrado en las áreas costeras de mayor población. No hay una central de energía, ni agua corriente aparte de la del río Yangtse, pero las calles están limpias y el “concejo de seguridad” local ha evitado cualquier otra epidemia posterior a la guerra. El director del concejo es Kwang Jingshu, un médico que, a pesar de su avanzada edad y las heridas de guerra, sigue atendiendo a sus pacientes en casa.]

La primera epidemia que vi fue en una remota aldea que oficialmente no tenía nombre. Los residentes la llamaban “Nuevo Dachang,” pero lo hacían más por nostalgia que por cualquier otra razón. Su pueblo natal, el “Viejo Dachang,” había existido desde la era de los Tres Reinos, con granjas, casas, e incluso árboles que tenían cientos de años. Cuando la Represa de las Tres Gargantas fue terminada, antes de que la aguas comenzaran a subir, la mayor parte de Dachang fue desmantelada, ladrillo por ladrillo, y reconstruida en un terreno más alto. Sin embargo aquel Nuevo Dachang ya no era un pueblo, sino un “patrimonio arquitectónico nacional.” Para esos pobres campesinos debió ser una dolorosa ironía ver cómo su pueblo era salvado, para luego tener que ir a visitarlo sólo como turistas. Quizá por eso decidieron llamar a aquel pobre asentamiento “Nuevo Dachang,” para conservar alguna conexión con su tradición, aunque fuese sólo a través del nombre. Yo ni siquiera sabía de la existencia de aquel “otro” Nuevo Dachang, así que podrá imaginarse mi confusión cuando recibí esa llamada.

El hospital estaba en silencio; había sido una noche lenta, a pesar del incremento en los accidentes de tránsito por culpa del alcohol. Las motocicletas se habían vuelto muy populares. Solíamos decir que sus Harley-Davidsons mataban a más jóvenes Chinos que todos los soldados de la guerra de Corea. En realidad me sentí muy agradecido por una noche tranquila. Estaba cansado, me dolían los pies y la espalda. Me disponía a fumarme un cigarrillo y a mirar el amanecer cuando escuché mi nombre en el altavoz de llamadas. La recepcionista era nueva, y no pude entender muy bien lo que decía. Había un accidente, o una enfermedad. Era una emergencia, eso era claro, y necesitaban ayuda de inmediato.

¿Qué podía decir? Los médicos más jóvenes, esos niños que pensaban que la medicina era sólo una manera rápida de llenar la cuenta del banco, no iban a ir a ayudar a unos “nongmin” sólo por buena voluntad. Supongo que en eso todavía soy un revolucionario a la antigua. “Nuestro deber es hacernos responsables por el pueblo.”1 Esas palabras todavía significan algo para mí… y traté de recordármelo mientras mi Deer2 saltaba y rebotaba sobre una carretera destapada que, aunque el gobierno había prometido pavimentar, nunca lo había cumplido.

Pasé unas horas horribles tratando de encontrar el lugar. Oficialmente no existía, y por lo tanto no estaba en ningún mapa. Me perdí en varias ocasiones y tuve que pedirle direcciones a los lugareños, y siempre creían que estaba buscando el pueblo que había sido convertido en museo. Estaba de muy mal humor cuando por fin llegué a una pequeña aglomeración de chozas de techo redondo. Recuero haber pensado, más les vale que esto sea grave. Cuando les vi las caras, lamente haber deseado eso.

Había siete, todos acostados en esterillas y casi inconscientes. Los aldeanos los habían llevado al recién construido salón comunal. Las paredes y el piso eran de cemento, aún sin baldosa ni pintura. El aire era frío y húmedo. Con razón están tan enfermos, pensé. Les pregunté a los aldeanos quién había estado cuidando a esa gente. Dijeron que nadie, que no era “seguro.” Noté que la puerta había sido asegurada desde el exterior. Era obvio que la gente estaba aterrorizada. Hacían muecas de espanto y susurraban entre ellos; algunos mantenían su distancia y rezaban. Su comportamiento me hizo enojar, no por nada personal, si me entiende, no me enojé con ellos como individuos, sino por lo que representaban para nuestro país. Después de siglos de opresión extranjera, de explotación y humillaciones, al fin estábamos logrando reclamar nuestro lugar como la principal potencia de la humanidad. Éramos el superpoder más rico y con la economía más dinámica del mundo, maestros de todo, desde el espacio exterior hasta el ciberespacio. Estábamos al principio de lo que el mundo había comenzado a llamar “El Siglo de la China” y sin embargo parte de nuestra gente seguía viviendo como campesinos ignorantes, tan retrógrados y supersticiosos como las primeras tribus salvajes de Yangshao.

Todavía me encontraba inmerso en mi gran crítica cultural cuando me arrodillé para revisar a la primera paciente. Tenía fiebre alta, cuarenta grados centígrados y temblaba violentamente. No podía hablar coherentemente y gemía cada vez que trataba de moverle las extremidades. Tenía una herida en el antebrazo derecho, una mordedura. Cuando la examiné más de cerca, noté que no era de ningún animal. El radio de la mordida y las marcas de los dientes tenían que ser de un niño, o quizá un adolescente. Aunque pensé que esa podía ser la causa de su infección, la herida en sí estaba sorprendentemente limpia. Le pregunté a los aldeanos, de nuevo, quién había estado atendiendo a esas personas. Una vez más, me dijeron que nadie. Sabía que eso no podía ser cierto. La boca humana está repleta de bacterias, peor aún que la del perro más sucio. Si nadie había estado limpiando la herida de aquella mujer, ¿por qué no estaba invadida de pus e infectada?

Examiné a los otros seis pacientes. Todos tenían síntomas similares, todos con heridas parecidas en diversas partes del cuerpo. Le pregunté a un hombre, el más lúcido de todo el grupo, quién o qué les había causado esas heridas. Me dijo que había sucedido cuando habían tratado de “controlarlo.”

“¿A quién?” pregunté.

Encontré a mi “Paciente Cero” tras la puerta con llave de una casa abandonada, al otro lado de la aldea. Tenía doce años. Sus pies y manos estaban atados con correas plásticas para embalaje. Aunque se había arrancado la piel alrededor de las correas, no sangraba. Tampoco había sangre en ninguna de sus otras heridas, ni en las cortadas de sus piernas y brazos, ni en el enorme hoyo en donde alguna vez había estado el dedo gordo de su pié derecho. Se retorcía como un animal, y una mordaza ahogaba sus gemidos.

Al principio los aldeanos trataron de retenerme. Me advirtieron que no lo tocara, porque estaba “maldito.” Me los quité de encima y me puse mi mascarilla y mis guantes. La piel del niño estaba tan fría y gris como el piso de cemento en el que estaba tirado. No pude sentir ni su pulso ni los latidos de su corazón. Sus ojos se veían feroces, abiertos de par en par, pero hundidos en sus cuencas. Permanecían fijos en mí como los de un animal de presa. A lo largo de todo el examen se mostró inexplicablemente hostil, tratando de agarrarme con sus manos atadas, y de morderme a través de su mordaza.

Sus movimientos eran tan violentos que tuve que llamar a los dos aldeanos más grande para que me ayudaran a detenerlo. Al principio no respondieron, y se escondieron tras la puerta como conejos asustados. Les expliqué que no había riesgo de infección si usaban máscaras y guantes como yo. Cuando sacudieron sus cabezas, les grité que era una orden, a pesar de que no tenía la autoridad legal para hacerlo.

Eso fue todo lo que necesité. Aquel par de bueyes se arrodillaron a mi lado. Uno sosteniendo los pies del niño mientras el otro le agarraba las manos. Traté de tomarle una muestra de sangre, pero sólo obtuve un líquido café y viscoso. Mientras sacaba la aguja, el niño comenzó a retorcerse una vez más, ahora con más violencia.

Uno de mis “ayudantes,” el encargado de sostenerle las manos, se dio por vencido al tratar de sostenerlo con sus propias manos, y pensó que quizá sería más seguro apoyarse sobre ellas con las rodillas. El niño se sacudió otra vez y escuché cómo se partía su brazo izquierdo. Los extremos rotos del cúbito y el radio se asomaron a través de su carne grisácea. Aunque el niño no gritó y ni siquiera pareció notarlo, eso fue suficiente para que mis dos asistentes se pararan de un salto y salieran corriendo del salón.

Yo también retrocedí instintivamente algunos pasos. Me sentí un poco avergonzado por eso; he sido médico casi toda mi vida adulta. Fui entrenado y… también podría decirse que fui “criado” por el Ejército de Liberación Popular. He tratado suficientes heridas de guerra, y he visto la muerte de cerca en más de una ocasión, pero estaba asustado, verdaderamente aterrorizado frente a aquel frágil niño.

El niño comenzó a retorcerse y arrastrarse hacia mí con su brazo sacudiéndose en el aire. La piel y el músculo del brazo roto se desgarraron hasta que sólo quedó un muñón. Su brazo derecho, ahora libre, seguía atado al antebrazo amputado, y lo arrastraba lentamente por el piso.

Salí corriendo, cerrando la puerta a mis espaldas. Traté de recobrar la compostura, de controlar mi temor y mi vergüenza. Mi voz seguía temblando cuando le pregunté a los aldeanos cómo se había infectado el niño. Nadie me respondió. Escuché unos golpes contra la puerta cuando el puño del niño comenzó a golpear con fuerza la frágil madera. Hice todo lo que pude para no saltar de la sorpresa ante aquel sonido. Recé para que ellos no notaran el color que había abandonado mi rostro. Les grité, en parte por temor y en parte por la frustración, que tenían que decirme lo que le había pasado a aquel chico.

Una joven se acercó, seguramente era su madre. Podía notarse que había estado llorando por muchos días; sus ojos estaban hinchados y completamente rojos. Admitió que todo había sucedido cuando el niño y su padre habían estado haciendo “pesca lunar,” un término que se usaba para describir la búsqueda de tesoros entre las ruinas hundidas por la Represa de las Tres Gargantas. Con más de once mil aldeas, pueblos, e incluso ciudades enteras abandonadas bajo las aguas, siempre cabía la posibilidad de recuperar algo valioso. Era una práctica muy común en esos días, y también era ilegal. Me explicó que no estaban robando nada, que era su propia aldea, Viejo Dachang, y que sólo estaban rescatando algunas reliquias familiares de las casas que no habían sido trasladadas. Siguió repitiendo lo mismo una y otra vez, y tuve que interrumpirla, prometiéndole que no llamaría a la policía. Por fin me explicó que el niño había salido del agua llorando y con una mordedura en el pié. No fue capaz de decir qué le había pasado, porque el agua estaba oscura y llena de lodo. Al padre nunca más lo volvieron a ver.

Tomé mi celular y marqué el número del Doctor Gu Wen Kuei, un viejo amigo del ejército que trabajaba en el Instituto de Enfermedades Infecciosas de la Universidad Chongqing.3 Intercambiamos algunos saludos y formalidades, discutimos nuestro estado de salud, hablamos de nuestros nietos; era lo normal. Entonces le hablé de la infección y lo escuché hacer una broma sobre los hábitos de higiene de los campesinos. Traté de reírme con él, pero insistí en que el caso podía ser importante. Casi de mala gana me preguntó cuáles eran los síntomas. Le dije todo: las mordidas, la fiebre, el niño, el brazo… su cara se endureció de pronto. Dejó de reír.

Me pidió que le mostrara los infectados. Volví al salón comunal y pasé la cámara del teléfono sobre cada uno de los pacientes. Me pidió que acercara la cámara a algunas de las heridas. Lo hice, y cuando volví a mirar la pantalla, él ya no estaba allí.

“Quédate donde estás,” dijo, con una voz distante y alejada del teléfono. “Anota los nombres de todos los que han tenido contacto con ellos. Inmoviliza a todos los que ya están infectados. Si alguno de ellos entra en coma, evacua el salón y asegura cualquier salida.” Su voz era plana, robótica, como si hubiese ensayado aquel discurso o lo estuviese leyendo de alguna parte. Me preguntó, “¿Estás armado?” “No, ¿por qué habría de estarlo?” respondí. Me dijo que me llamaría de nuevo, otra vez en un tono de sólo negocios. Me dijo que haría algunas llamadas y que llegaría “ayuda” en algunas horas.

Llegaron en menos de una hora, cincuenta hombres en grandes helicópteros Z-8A del ejército; todos llevaban trajes contra contaminación biológica. Dijeron que trabajaban para el Ministerio de Salud. No sé a quién trataban de engañar. Con esa forma de moverse y su arrogancia intimidante, incluso esos campesinos analfabetas podían de reconocer a los hombres del Guoanbu.4

Su primer objetivo fue el salón comunal. Sacaron a los pacientes en camillas, con sus miembros inmovilizados y mordazas en la boca. Luego fueron por el chico. Lo sacaron en una bolsa negra. Su madre no paraba de llorar mientras ella y todo el resto de la aldea eran reunidos para “examinarlos.” Anotaron sus nombres y les tomaron muestras de sangre. Uno por uno, les quitaron la ropa y los fotografiaron. La última fue una pequeña y marchita anciana. Su cuerpo era delgado y retorcido, su cara surcada por miles de delgadas líneas, y sus pies eran tan pequeños que seguramente habían sido amarrados y deformados cuando era una niña. Sacudía su esquelético puño hacia los “doctores” gritando “¡Este es su castigo!” “¡Es su castigo por lo que hicieron con Fengdu!”

Se refería a la Ciudad de los Fantasmas, cuyos templos y altares habían estado dedicados al mundo de los muertos. Al igual que el Viejo Dachang, había sido un desafortunado obstáculo para el siguiente Gran Salto Adelante de China. La habían evacuado, demolido, y luego inundado casi por completo. Nunca he sido una persona supersticiosa y casi nunca me dejo convencer por esas historias que son como opio para el pueblo. Soy un médico, un científico. Creo sólo en lo que puedo ver y tocar. Nunca había creído en Fengdu más que como un engaño para atraer turistas. Por supuesto, las palabras de aquella vieja no tuvieron ningún efecto en mí, pero sí su tono, su furia… ella había visto suficientes calamidades en su paso por la tierra: los terratenientes, los japoneses, la terrible pesadilla de la Revolución Cultural… ella sabía que estaba a punto de ocurrir otra tormenta, aún a pesar de no tener la educación suficiente para entenderlo.

Mi colega, el Dr. Kuei, también lo había comprendido. Arriesgó su propio cuello para advertírmelo y me dio suficiente tiempo para hacer otra llamada más antes de que la gente del “Ministerio de Salud” llegara al lugar. Fue algo que dijo… una frase que no había usado en mucho tiempo, desde las “pequeñas” revueltas fronterizas con la Unión Soviética. Eso había sido en 1969. Estábamos en un búnker subterráneo en nuestro lado del Ussuri, a menos de un kilómetro rió abajo de Chen Bao. Los rusos se disponían a reclamar la isla y su enorme artillería estaba barriendo con nuestras fuerzas.

Gu y yo estábamos tratando de remover unos fragmentos de metralla del vientre de un soldado, que debía ser apenas unos años menor que nosotros. Los intestinos del muchacho se habían roto, y su sangre y excrementos manchaban nuestros uniformes. Cada siete segundos un mortero aterrizaba cerca y teníamos que echarnos sobre su cuerpo para proteger la herida de la tierra que caía, y en cada ocasión quedábamos lo suficientemente cerca de él para escuchar cómo lloraba llamando a su madre. Había otras voces también, saliendo de la oscuridad, cerca de la entrada de nuestro búnker; voces desesperadas y furiosas que se suponía que no deberían haber llegado a nuestro lado del río. Dos soldados estaban vigilando la entrada del refugio, y uno de ellos gritó “¡Spetsnaz!” y comenzó a disparar hacia la oscuridad. Podíamos escuchar muchos otros disparos, si eran nuestros o de ellos, no podíamos saberlo.

Otro mortero estalló y nos inclinamos sobre el chico moribundo. El rostro de Gu estaba a sólo unos pocos centímetros del mío. Gotas de sudor bajaban por su frente. Incluso con la poca luz de una vela de cera, pude ver que estaba pálido y temblaba. Miró al paciente y a la puerta, luego a mí, y de pronto dijo: “No te preocupes, todo va a salir bien.” Ahora bien, aquel era un hombre que nunca había dicho nada positivo en toda su vida. Gu era un paranoico, un neurótico terco como una mula. Si le dolía la cabeza, tenía que ser un tumor; Si parecía que iba a llover, entonces decía que se arruinaría la cosecha. Esa era su manera de controlar cualquier situación, su estrategia de toda la vida había sido prepararse para lo peor. Pero allí, cuando la realidad superó cualquiera de sus predicciones más fatalistas, no tuvo más alternativa que darse la vuelta y tomar la dirección opuesta. “No te preocupes, todo va a salir bien.” Y por primera vez, todo salió tal y como él dijo. Los rusos no llegaron a cruzar el río, e incluso logramos salvar a nuestro paciente.

Durante muchos años después de eso, bromeé con él acerca de lo que había sido necesario para sacarle un poco de optimismo, y él siempre decía que haría falta algo mucho peor para que eso ocurriera de nuevo. Ya éramos un par de ancianos, y algo peor estaba a punto de suceder. Fue justo después de preguntarme si estaba armado. “No,” le respondí, “¿por qué habría de estarlo?” Hubo un corto silencio, y estoy seguro de que alguien más estaba escuchando nuestra conversación. “No te preocupes,” dijo, “todo va a salir bien.” En ese momento me di cuenta que aquella no era una infección aislada. Corté la llamada y marqué rápidamente el número de mi hija en Guangzhou.

Su esposo trabajaba para Telecom de China y pasaba al menos una semana de cada mes en América. Le dije que sería una buena idea acompañarlo la próxima vez que viajara, y que debía llevarse a mi nieta y quedarse tanto tiempo como les fuera posible. No tuve tiempo de explicarle nada más; mi señal fue interferida cuando llegó el primero de los helicópteros. Las últimas palabras que pude decirle fueron: “No te preocupes, todo va a salir bien.”

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