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Adversus

Foucault-Laclau-Bataille-Benjamin




Carlos Pérez Soto

Profesor de Estado en Física

Universidad ARCIS
Noviembre 1997


A. Introducción
Los textos que siguen han surgido de las innumerables discusiones que se dan cada semana, formal e informalmente, en nuestra Universidad ARCIS, en torno a la obra de ese grupo heterogéneo y sutil de pensadores que, malamente, se suele llamar “post modernos”. Si hay algo que estos pensadores tienen en común, además de su gran éxito en la industria editorial que hace presa de los académicos más sofisticados, es su significativa presencia en el pensamiento crítico en Chile, sobre todo en los ámbitos de la Filosofía, la Sociología y la Crítica Cultural. Son textos contingentes, surgidos al calor de la discusión, para ser discutidos. Son textos provisorios, por lo tanto, escritos como provocaciones y, también, en el proceso de una elaboración más amplia. Quizás, al estilo de las modas imperantes, se podría decir que son textos fragmentarios, ensayísticos, vivos, locales, para ámbitos acotados, para discusiones acotadas. Pero decir esto sería quizás una concesión excesiva al estilo que quieren criticar, sobre todo porque, como se verá fácilmente, contienen un punto de vista muy lejano a estas modas, y a sus pretenciones.
El texto en torno a “Las Palabras y las Cosas”, de Michel Foucault, es producto de las discusiones en un Seminario sobre este tema, efectuado en Enero de 1997, en el marco del Taller de Epistemología, de la Universidad ARCIS. El artículo sobre Ernesto Laclau fue escrito a propósito de sus exposiciones en el Post Título de Crítica Cultural de ARCIS. Los otros textos, más breves, son reflexiones enmarcadas en las discusiones del Taller de Discusión del Programa de Teorías Críticas del Centro de Investigaciones Sociales de ARCIS.
La modalidad de debate público e intenso que propongo, quiere crear un precedente sobre la posibilidad de discutir en un medio intelectual que se caracteriza por la omisión, por la elegancia florida, por el extremo cuidado, que, demasiado frecuentemente, ahoga las ideas. Se podrá comprobar en los textos que siguen que no siempre he sido muy elegante, ni cuidadoso de las formas, y que en general he preferido la violencia argumental al mero intercambio de cortesías, o de legitimaciones mutuas. Quiero proponer con esta modalidad un estilo de debate en que lo que cuenta en esencia no es, al menos en el primer plano, el poder académico, los supuestos de la moda, o el cuidado por el qué dirán erudito. Un estilo en que ni represalias, ni la hipocresía de los sentimientos heridos, ni la lucha de facciones de poder académico, se impongan, al menos en el primer plano, en una discusión áspera y sin contemplaciones.
Carlos Pérez Soto

Profesor de Estado en Física

Santiago, 1º de Noviembre de 1997.-

B. Foucault, “Las palabras y las cosas”

(Y un apartado sobre Kant)
Hago en este texto una serie de críticas a la obra “Las palabras y las cosas” ( 1 ), de Michel Foucault, y propongo, a partir de ellas, algunas ideas que afectan a los fundamentos del campo intelectual francés en que se inscribe. Por la gran influencia que esta obra, y los intelectuales que pueden ser llamados post estructuralistas, tienen en el ejercicio de la reflexión en nuestro país, creo que estas críticas pueden tener cierta relevancia político académica, y deben ser entendidas entonces como parte de una larga, fragmentaria y soterrada polémica, a cuya explicitación quiero contribuir.
1. La crítica debe ser posible
Tengo que empezar, casi como si quisiera mostrar consecuencia con lo dicho en la Introducción, con un punto particularmente polémico. A lo largo de nuestras discusiones una de las principales “dificultades”, que hacía tortuosos los avances y retrocesos, es la habilidad de Sergio para deconstruir constantemente el terreno de la discusión. Creo que esta habilidad es perfectamente consistente con las posturas que quiere defender y, en realidad, es difícil responder a ella porque está asociada a los temas centrales desde los cuales argumenta. Esto hace que este primer punto, acerca de si la discusión es realmente posible o no, (más allá de si es deseable o conveniente) se prolongue a lo largo de todo el debate. Quiero, sin embargo, por ahora, establecer un punto de partida provisorio, que acepto desde ya que puede ser él mismo puesto luego en discusión.
El punto de partida que quiero proponer es, simplemente, que la crítica debe ser posible. Y no me refiero con esto al simple hecho de que de toda discusión, sea coherente o no, pueden surgir efectos políticos, o sugerencias que permitan el desarrollo de las ideas. Ni me refiero a la simple constatación, elemental entre intelectuales, de que discutir es preferible a no hacerlo. Lo que propongo, más allá, es que debemos establecer un campo de debate en que se reconozca la posibilidad de argumentar con coherencia, en el marco de tradiciones intelectuales que proporcionan consensos mínimos, en que el arte del debate se centre en los contenidos y no meramente en las formas, en que haya criterios compartidos para establecer cuando un argumento es viable y cuando se puede considerar refutado de manera lógica, o deconstruido de manera práctica.
Desde luego debemos asumir que toda crítica tiene un “punto de vista”. Incluso las que intentan eludir esta simple constatación por la auto vigilancia obsesiva y la deconstrucción permanente de sus propios fundamentos. Sin embargo, no podemos creer que el tener un “punto de vista” invalida a la crítica. Lo contrario implicaría creer que puede haber críticas objetivas, neutras, o que nunca se puede criticar nada.
Es necesario creer que la crítica interna, que compara al texto con sus propias pretensiones, es posible. Y, si se trata de una crítica realmente interna, debemos, en lo posible, atenernos al texto como tal, sin eludir lo que el autor dice apelando a lo que quiso decir, sin buscar en otros textos lo que no dijo en este, sin justificar en el contexto lo que no se sostiene en el texto.
El problema aquí es qué es una crítica interna. Desde luego que se puede intentar hacer un juicio sobre el conjunto de una obra, “compensando” unas partes con otras, o sobre el conjunto de un autor, apelando a sus prácticas, a sus declaraciones informales, para tratar de entender lo que sus textos formales no dicen o, incluso, un juicio sobre un campo cultural, o una época, para tratar de comprender lo que en los textos nos parece difícil o inviable. Pero todas estas estrategias, que nunca pueden librarse de la sospecha de estar al servicio del panegírico, o de la adhesión partidaria, sólo tienen el pernicioso efecto de impedir el intercambio de argumentos en torno al contenido como tal.
El desafío que la crítica interna plantea a un texto es si se sostiene en sus propias pretensiones. Luego, si no lo hace, se podrá justificar desde otros lugares o conveniencias. Y, en la medida en que esos otros lugares suelen ser muy relevantes para la discusión, por supuesto que la crítica interna no es ni definitiva, ni demoledora. Siempre el contexto justifica al texto. Creer lo contrario sería entregarse al preciosismo de adorar la letra sin mirar la realidad que la sostiene. Pero es un serio desafío. Por cierto para los que crean que es en la letra donde se juega todo, es decir, que la palabra es su propio sustento. Pero, también para los que creen que la argumentación es efectivamente un modo de avanzar en la discusión teórica.
Pero la comparación de los argumentos de un texto respecto de sus propias pretensiones debe operar sobre el fondo de los consensos mínimos alcanzados en las disciplinas. Lo contrario sería creer que existe una coherencia interna pura, sin referente, o que nunca puede examinarse la coherencia de nada. Aún el intento de vigilar los eternos supuestos de las disciplinas, de moverse obsesivamente en los márgenes, y establecer el tiroteo desde la trasgresión, debe operar, opera de hecho, sobre la base de saberes mínimos, compartidos, que hacen que la discusión pueda fluir como discusión, y no como mero intercambio retórico de significantes que ni siquiera significantean. Lo que se supone que dijo Aristóteles, o Kant, siempre puede ser revisado o, incluso, subvertido, pero hay un límite más allá del cual o simplemente estamos inventando argumentos nuevos, usando a los autores nada más que como legitimación, o simplemente estamos intercambiando ignorancias. Por cierto se puede defender la idea de que ya Aristóteles ha centrado su obra en el Espíritu Absoluto, o ha defendido de manera enfática la opinión atomista, o que es un filósofo de lo fragmentario y lo trasgresor. Pero, o no se ve por qué invocar a Aristóteles a propósito de tales ideas, si son defendibles por sí mismas, o simplemente estamos ante alguien que no logró aprobar sus cursos mínimos de Filosofía.
Por cierto se podría argumentar que estos criterios no son plenamente sostenibles desde un punto de vista epistemológico. Por cierto el extravío epistemológico podría llevarnos a una postura en que la vigilancia y auto vigilancia sobre los fundamentos inconfesados e inconfesables nos desanime de toda discusión posible. Más de algún estudiante de Filosofía, no enterado aún de las astucias y las hipocresías académicas, puede ser llevado a la conclusión de que moverse en los márgenes de las disciplinas, en actitud transgresora, consiste simplemente en desahuciar la idea de que las discusiones sean posibles, o incluso deseables. Hay quienes, tras la constatación de que en todo argumento se juega un dispositivo de poder, renuncian a argumentar, así como los niños, tras comprobar que los papás son unos tramposos, suelen llegar a la conclusión de que no vale la pena ser padres. O los adolescentes católicos, siempre tan ansiosos de pureza, tras constatar que la vida es una lucha llena de trampas, suelen llegar a la conclusión de que no vale la pena vivir. La sabiduría práctica muestra, sin embargo, que muchos estudiantes de Filosofía sobreviven a estas aprehensiones entregándose alegremente al juego del diletantismo académico, y logrando vivir de él, aún a costa de sus semejantes y, muchas veces, de su propia autoestima.
Es frente a este drama, tan cotidiano y tan trivial, que he usado la palabra “debemos” cuando hablo de la necesidad de creer que la crítica interna es posible. Lo que sostengo es que una epistemología imperfecta es preferible a una pureza que vaga en la nada. Pero lo que sostengo, más radicalmente, es que cuando se intenta deconstruir el suelo de las argumentaciones de manera epistemológica se omite, de hecho, el sentido práctico, propiamente político, del argumentar. Omisión curiosa, puesto que los que la ejercen están claramente conscientes de ese carácter político de toda labor teórica.
Lo que ocurre es que la deconstrucción epistemológica, es decir, de las pretensiones de saber que habría en toda teoría, los lleva a inhabilitarse para discutir. Tal como en los niños católicos, la pureza de estos intelectuales los lleva a sospechar de que discutir valga la pena. Y se mueven entonces, ante las discusiones de hecho, de las que viven, como ultra políticos o ultra escépticos. Ultra políticos cuando argumentan, con algo de escándalo, que toda la racionalidad de las discusiones es exterior. Ultra escépticos cuando niegan, en consecuencia, que tenga valor, o sentido, intentar dilucidar internamente si un discurso es viable o no.
Consciente de la violencia de mi argumento, me permito sugerir que hace falta algo de moderación ética y política en tales extremos. Por supuesto que el valor y sentido de toda discusión se encuentra ... en último término ... en el plano político, pero antes de este ... último término ... hay bastantes cuestiones que pulir. El intercambio argumental es otro, no el único, ni el mejor, ni siquiera el más eficaz, de los recursos de la política. Pero es el recurso propio de los intelectuales. Es un recurso que tiene sus virtudes y sus límites incurables. Entre los límites está, claramente, que no es contundente desde un punto de vista epistemológico. Nada lo es. Entre sus virtudes está el que permite desplegar las ideas, mostrar su viabilidad o falta de viabilidad al menos teórica, por mucha pasión de poder que encubran. Permite imaginar, a la luz de esos despliegues, posibilidades nuevas, nuevos argumentos para el poder, si se quiere, nuevos lenguajes. El arte del debate humaniza la política o, al menos, pone una dimensión estética en su intensa humanidad, ya de por sí terrible.
Es en el contexto de este “deber ser” de la crítica, que creo que la crítica interna es posible. Y esto implica la posibilidad, razonable, útil, sin pretensión de pureza, de ponerse de acuerdo en usos comunes para los términos usados (por mucho que se acepte que los significantes circulan libremente), ponerse de acuerdo en consensos mínimos sobre el saber clásico en Filosofía (por mucho que se vigile constantemente la resignificación de los textos), ponerse de acuerdo en establecer la pretensiones propias de un texto, sin eludirlas constantemente en discusiones terminológicas, o en la invocaciones de otros y otros nuevos contextos justificatorios, o legitimadores. A partir de estos acuerdos mínimos, una vez que se ha mostrado la falta de viabilidad de las pretensiones de un texto, será un acuerdo mínimo también reconocer que eso no demuele ni a un autor ni, menos aún, a todo un campo cultural. Pero se habrá avanzado. La dirección de este avance es incierta, depende esencialmente de la posición del que haya seguido el hilo argumental, pero es significativa en el sentido de que permite pensar, seguir pensando.
Dos cuestiones de fondo pueden agregarse a esta defensa de la posibilidad de discutir. Una es la idea, complementaria a la de crítica interna, de una “defensa externa” de un texto. Otra es el problema teórico del deslizamiento desde lo puramente epistemológico a lo práctico, político. Desarrollaré ambos temas más adelante, por el momento ya es hora de entrar en el texto de Foucault, que está invocado al principio como pretexto para tanta moraleja.
2. Las pretensiones del texto y un método crítico posible
Foucault pretende caracterizar las estructuras básicas de conceptos que operan y ponen los límites del pensamiento posible en cada época de la modernidad. Se trata de encontrar estructuras en las prácticas discursivas. Se trata del orden del discurso y sus reglas de autorregulación. Su método quiere ser descriptivo, no explicativo. Establece correlaciones a partir de lo que llama "archivos", es decir, constatar regularidades a partir de una consideración positiva de las prácticas discursivas. Se trata de describir el archivo en su exterioridad, no de una búsqueda de interior, o de sentido. Quiere encontrar una arquitectónica a la manera de como él cree que ha operado Kant : un conjunto de límites internos que determinen a las prácticas discursivas que los contienen. En el fondo, si consideramos sus obras posteriores, se trata de encontrar los a priori históricos que marcan en el discurso las prácticas de poder que le subyacen. Estos conjuntos lingüísticos serían lo que llama "epistemes".
La palabra "episteme" es útil, en este contexto, porque evita la discusión sobre el posible estructuralismo de Foucault. La verdad es que esta no es una discusión pertinente si se quiere entender la pretensión del propio texto. En lo que sigue asumiré que la palabra episteme designa unas "estructuras" en el discurso en el sentido más general de límites internos que lo determinan, sin suponer que debamos cargar en ella todos los mandamientos estructuralistas. Quizás se justifique el término si pensamos que Foucault trata de pensar la positividad de sus archivos sin suponer en ellos la obra de una subjetividad, sin suponer una razón causal, o un devenir en el tiempo, sin suponer una voluntad, cuestiones que formaron parte del ideario estructuralista junto con varias otras, sin que esas otras, como, por ejemplo, la pretensión de rigor científico a la manera ilustrada, se encuentren en este texto.
Es importante también el sentido preciso de la palabra estructura. En contra de lo que se cree habitualmente, la metáfora básica que llevó a utilizar este término no proviene de la arquitectura, es decir, no tiene que ver con la noción de un "esqueleto". Su origen, más estricto, se encuentra en las matemáticas, una de las adoraciones clásicas de los estructuralistas. Tiene que ver con la noción de estructura algebraica en un grupo de transformaciones. Es decir, un conjunto de propiedades que muestra un conjunto de elementos tras realizarse en él un operación dada. Cuestiones como la simetría, la reversibilidad, la asociatividad, la transitividad, son el tipo de propiedades que típicamente aparecen en los conjuntos de reglas que se llaman estructuras. Pero deben ser entendidos todos en relación a una combinatoria algebraica, más que en su sentido geométrico.
Es en este uso algebraico de la palabra que se puede decir que las epistemes son estructuras : establecen las combinatorias posibles de lo que se puede pensar y lo que no se puede pensar en una constelación discursiva dada. Quizás es en este sentido también que Foucault, haciendo un uso misterioso de la expresión, pueda decir que se trata de límites "trascendentales", en el sentido que él cree que lo habría entendido Kant, es decir, como condiciones, o disposiciones, del discurso que operan en él, aunque no sean notadas, ni puedan ser notadas por el habla común.
Para encontrar las "epistemes" en el examen positivo de sus "archivos" Foucault no necesita examinar ni a todos los autores, ni a los autores principales, ni la cultura de una época. No se trata, radicalmente, de hacer historia de las ideas. No se trata de caracterizar una cultura, ni menos un espíritu de época. Cuestiones todas que aludirían a un sujeto, o a una voluntad, que las realizan. La cuestión es, "simplemente", encontrar las claves discursivas que marcan la diferencia entre lo pensable y lo no pensado.
En rigor, si se trata de encontrar patrones comunes en un conjunto discursivo, estos deberían surgir desde cualquier muestra del discurso de una época que se considere con suficiente atención, por mucho que luego se sostenga que no se trata de patrones totalizadores. Efectivamente pueden no ser totalizadores en su acción, en su origen posible, en sus efectos, puesto que una de las cosas que a Foucault le interesará defender siempre es la posibilidad, y la realidad, en toda época, de un "pensamiento en el límite", de un pensar en los márgenes, reprimido por las constelaciones discursivas dominantes. Sin embargo, para que la tesis de Foucault tenga un mínimo de utilidad y verosimilitud, debe ser cierto que estas estructuras que son reveladas en el examen del archivo son algo más que un mero producto de la mirada particular del archivero sobre el archivo particular que considera. No se entendería si no en qué sentido puede usarse para describir este examen la expresión "positivo".
Aunque no se trate del espíritu de una época, ni de una cultura, ni de un patrón totalizador, ni de historia de las ideas, si efectivamente hay un archivo positivo que considerar, y si el archivero no puede aspirar a considerarlo de manera completa y exhaustiva, entonces se debe conceder que en las muestras que examine, las que sean, debe resultar de algún modo evidente lo que él cree constatar como correlación significativa. No imagino de qué otra forma podría entenderse el intento de Foucault, si es que efectivamente hay algo en él que examinar, y no es simplemente una broma más de alguien que sólo escribe para no ser conocido.
Pero, si se puede entender el trabajo archivístico de esta manera, entonces la tarea de este positivista alegre debe ser constatar la presencia de estos elementos estructurales determinantes, y registrarlos, para que nosotros podamos entender los límites de lo pensable y lo no pensado en cada época a los que se remiten. Este intento, entendido así, se presta, afortunadamente, para la crítica.
a) Podría ocurrir que Foucault dice que están presentes ciertos elementos que, de hecho, no están, o sólo se presentan en el particular muestreo que él eligió.

b) Podría ocurrir que Foucault atribuya características contradictorias a la episteme : si esas contradicciones están en el archivo mismo es legítimo, y debe advertirlo; si esa contradicción sólo está en el archivero no es legítima, y puede ser criticada.

c) Podría ocurrir que las características que crea ver Foucault en una episteme no sean las únicas (omite), ni las más frecuentes (omisión sesgada), ni las que el propio archivo ha declarado como relevantes. Si está considerando de manera positiva una práctica discursiva, entonces debe respetar las relevancias que esa misma práctica discursiva declara, no puede alegar que, aunque sus propios actores crean que algo es relevante, él mismo ha decidido que no lo es, porque entonces su examen no se limita a ser positivo. Puede ver lo que el archivo no ha visto, pero no puede no ver lo que el archivo sí ha visto.
Es necesario distinguir entre la crítica al método de Foucault de la crítica a sus resultados. De la crítica a sus resultados podría seguirse una crítica a su método : aparentemente lo que dice que hay que hacer no se puede hacer. Pero esta conclusión no es necesaria : siempre podría ocurrir que el método pueda efectivamente aplicarse bien. Esto obligaría a criticar el método propuesto por sí mismo, pero eso no sacaría la discusión de este texto : requiere resolver un problema que es previo al texto, y que, de hecho, Foucault trató de resolver con posterioridad, en "La arqueología del saber".
Lo que aquí me interesa, en cambio, es mantener mi crítica en el plano interno, en este texto en particular. Por esto no voy a tocar el problema del método usado. Voy a preferir suponer que, en principio, puede usarse. Y voy a tratar de mantenerme en su propia lógica. Lo que me interesa son las afirmaciones que Foucault obtiene de su aplicación. Se trataría de considerar las conclusiones de este archivero y compararlas con lo que resultaría de una nueva consideración de los archivos que trate de hacer un ejercicio del mismo tipo del que él hizo.
Tratar de hacer su mismo ejercicio, considerar los archivos de manera positiva, y buscar diferencias en los acuerdos, juzgar las coherencias internas, y detectar las omisiones posibles. Si lo que encontramos es una serie de diferencias y omisiones, se trata luego de buscar una pauta en esa serie, incluso bajo su mismo supuesto : se trataría de encontrar lo que ha quedado oculto de la episteme o, también, la episteme oculta en lo omitido en las epistemes. La episteme que opera en el mismo Foucault, y que hace que su mirada no sea positiva.
3. Dificultades en la positividad del archivo
No voy a dudar de que las características que Foucault cree ver en cada episteme estén realmente allí o, al menos, que sea posible verlas de manera positiva. Creo que efectivamente ve muy bien lo que logra ver. Mis objeciones se refieren a los otros dos puntos : la coherencia y la adecuación de lo que atribuye. Sostengo que Foucault no respeta las relevancias dictadas por sus propios archivos. Sostengo que las críticas a la episteme moderna tienen defectos de inconsistencia que las hacen poco viables.
La primera crítica que quiero hacer es que Foucault omite características demasiado significativas y visibles de los archivos que examina. El punto no es la omisión de autores, o de ideas, en el sentido de una historia de las ideas. Ni es la petición de que haga una caracterización global o totalizante de una época, o de una cultura. No. Simplemente supongamos que el método de una mirada positiva que él propone efectivamente puede funcionar. Bajo una mirada positiva como la que él mismo quiere dar, las omisiones son significativas, y tienen una pauta común.
Es notable, en primer lugar, que en su descripción de la episteme clásica, omita la consideración, y las infinitas discusiones en esa época, sobre la noción newtoniana de ley. Es decir, toda la discusión en torno al carácter dinámico de la realidad que, para decirlo en sus propios términos, indudablemente establece visibles límites a lo pensado y a lo no pensado. Con esto omite también la discusión consiguiente, en la segunda mitad del siglo XVIII, sobre el nuevo carácter de las leyes que implica la existencia de dos cargas eléctricas y dos polos magnéticos. Ya no ocurre sólo que lo semejante atrae a lo semejante, como ocurre con la gravitación, sino que ahora lo desigual puede atraer a lo desigual. Esta noción tuvo un impacto bastante significativo en la filosofía de la naturaleza del romanticismo alemán que, ahora como movimiento de ideas, no aparece en las consideraciones de Foucault por ningún lado, a pesar de su influencia posterior, a través de Helmoltz, en el psicoanálisis de Freud, que él mismo quiere rescatar en el último capítulo.
Igualmente notable es la completa omisión de la idea de devenir en Couvier y Bouffón, lo que lo lleva a omitir la noción clave de progreso, como movimiento real en el tiempo. Foucault parece creer que la Biología del siglo XVIII tiene como único término las coordenadas trazadas por las taxonomías de Linneo, y parece creer el cuento de que la noción de evolución fue inventada por Darwin, errores que es posible encontrar también en otros historiadores de la ciencia franceses. Ni la fisiología de von Haller, ni el transformismo de Couvier, incomodan su panorama, donde sólo ve estructuras, y pasión por las clasificaciones.
Al concentrar su atención en la taxonomía, y en la idea de cuadro, de Quesnay, y al omitir toda referencia a las ideas de ley y devenir, queda impedido de ver toda la discusión clásica en torno al carácter dinámico de la realidad, a la teleología y, lo que es más grave, puesto que constituye un lugar común de nuestra idea del siglo XVIII, le impide discutir la idea de progreso.
Esto queda reforzado más adelante cuando privilegia la noción de organización, en Lamarck, por sobre la idea de devenir teleológico, que ahora está planteada por el mismo autor, y en los mismos textos, que examina. Prefiere, sin justificar en absoluto su desición, la idea de nomenclatura sobre la muy visible idea de evolución. Tal como prefiere enfatizar el estudio de las flexiones, y de la fonética, ante el análisis del devenir histórico de las lenguas. Tal como prefiere enfatizar el análisis estructural del trabajo en Smith y Ricardo, antes que la noción de desarrollo económico histórico en List. Omite a Newton, a Humboldt, a Haller, a List, como autores, lo que, de acuerdo a su método no es tan grave. Omite las estructuras discursivas generadas en torno a las ideas de ley, devenir, evolución, dinamicidad, teleología, progreso, adaptación teleológica, lo que, de acuerdo a su propio método, sí es muy grave, sobre todo porque son demasiado visibles para cualquiera que quiera acercarse a los mismos archivos.
El caso de Lamarck es quizás el más notorio, puesto que se trata de un conjunto de textos que analiza directamente. Al describir el paso de la anatomía a la fisiología, es decir, de la mera descripción, a la manera de un cuadro, de la estructura visible, a la determinación de un sistema de funciones esenciales, pone a la idea de nomenclatura como una descripción meramente funcional, saltándose el carácter causal que el autor explícitamente les atribuye. Foucault convierte a Lamarck en un estructuralista con cien años de anticipación. Pero, lo que es más, le atribuye la idea de un sistema de funciones en que no hay progreso, sino simple variación, en que hay una especie de cuadro dinámico, constituido por funciones, que no está orientado teleológicamente, ni, menos aún, está autodeterminado. Desde luego esto le impide discutir las nociones de autofinalidad, de autodeterminación y, luego, de historicidad, tal como se encuentran en múltiples representantes visibles de la misma época.
Tal como en la episteme renacentista ha omitido toda consideración a la discusión sobre las utopías, o sobre la temporalidad bíblica, en la episteme clásica ha omitido la dinamicidad, la teleología y el progreso. Estas omisiones lo llevan, consistentemente, a omitir luego toda consideración de las nociones de autodeterminación y de historicidad.
Toda la reflexión que Foucault hace en torno a la noción de historia queda, de esta manera, subordinada a las ideas de taxonomía y organización. Con esto convierte la reflexión sobre la dinamicidad en una mera proyección del cuadro taxonómico sobre el tiempo, o del sistema de funciones orgánicas sobre el tiempo. De esta manera presenta todo lo que se dijo en la época sobre el devenir como discursos sobre combinatorias lógicas (taxonómicas o funcionales), y con esto lo que en esa época se llamó "historia" en sentido real, se convierte, en Foucault, en un mero espacio formal en que se despliegan elementos dados, contingentes, de acuerdo a un orden arbitrario. Foucault parece haber hecho un descubrimiento extraordinario : absolutamente toda la discusión moderna sobre la historia ha sido oculta, pero definidamente, estructuralista.
Al respecto es interesante considerar la idea de "cuadro de funciones" que hay en su descripción de la noción lammarkiana de "nomenclatura". La noción de función es usada claramente en su sentido matemático, como lo hace antes toda la tradición estructuralista. Esto significa que se entiende por función una relación entre dos variables que se encuentran respectivamente en un dominio y un recorrido. La posibilidad más notable de una función matemática es la de poder expresarla como una combinación algebraica. Típicamente en una expresión del tipo
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