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John Varley



Press Enter 0 , © 1984 by Davis Publications Inc. Traducido por Domingo Santos en Blue champagne, Ultramar Editores S. A., 1988.
–Esto es una grabación. Por favor, no cuelgue hasta...

Colgué el teléfono tan fuerte que cayó al suelo. Luego per­manecí de pie allí, chorreante y temblando de rabia. Finalmen­te, el teléfono empezó a emitir ese sonido zumbante que hace cuando el auricular está fuera de su horquilla. Es veinte veces más fuerte que cualquier otro ruido que pueda hacer un teléfo­no, y siempre me he preguntado por qué. Es como si se tratara de un terrible desastre: «¡Emergencia! ¡Su teléfono está fuera de su horquilla!»

Los contestadores automáticos son una de las pequeñas irritaciones de la vida. Confiesen: ¿les gusta realmente hablarle a una máquina? Pero lo que acababa de ocurrirme era más que una pequeña irritación. Acababa de ser llamado por un llamador automático.

Son algo bastante nuevo. He estado recibiendo entre dos y tres de estas llamadas en un mes. La mayor parte de ellas proceden de compañías de seguros. Te endosan un discursito de dos minutos y luego un número para que llames si estás interesado. (Llamé una vez, para decirles lo que opinaba de aquello, y me enviaron al diablo.) Utilizan listas. No sé de dónde las consiguen.

Volví al cuarto de baño, sequé las gotas de agua de la sobrecubierta plastificada del libro de la biblioteca, y volví a meterme cuidadosamente en el agua. Estaba demasiado fría. Dejé correr más agua caliente, y estaba recuperando mi presión sanguínea cuando sonó de nuevo el teléfono.

Así que permanecí sentado mientras sonaba quince veces, intentando ignorarlo.

¿Han intentado ustedes alguna vez leer mientras suena el teléfono?

Al la decimosexta vez me levanté. Me sequé, me puse una bata, luego me dirigí lenta y deliberadamente a la sala de estar. Me quedé contemplando el teléfono durante largo rato.

A la llamada que hacía cincuenta descolgué.

–Esto es una grabación. Por favor, no cuelgue hasta que haya oído todo el mensaje. Esta llamada procede de su vecino de la casa de al lado, Charles Kluge. Se repetirá cada diez minutos. El señor Kluge sabe que no ha sido el mejor de los vecinos, y se disculpa por anticipado por ello. Le solicita que vaya usted inmediatamente a su casa. La llave está debajo de la alfombrilla. Entre y haga todo lo que sea necesario hacer. Habrá una recompensa por sus servicios. Gracias.

Clic. Señal de línea.
No soy un hombre del tipo apresurado. Diez minutos más tarde, cuando el teléfono sonó de nuevo, aún estaba sentado allí, pensando. Alcé el receptor y escuché atentamente.

Era el mismo mensaje. Como antes, no era la voz de Kluge. Era algo sintetizado, con todo el calor humano de un curso de idiomas.

Lo escuché de nuevo, y cuando terminó colgué otra vez el receptor.
Pensé en llamar a la policía. Charles Kluge llevaba diez años viviendo en la casa contigua a la mía. En ese tiempo puede que hubiéramos sostenido una docena de conversaciones, ninguna de las cuales duró más de un minuto. No le debía nada.

Pensé en ignorarlo. Aún estaba pensando en ello cuando el teléfono sonó de nuevo. Miré mi reloj. Diez minutos. Alcé el receptor y volví a bajarlo.

Podía desconectar el teléfono. Si lo hacía, mi vida no iba a cambiar radicalmente.

Pero al final me vestí y salí de mi casa, giré a la izquierda y me encaminé hacia la casa de Kluge.

Mi vecino del otro lado de la calle, Hal Lanier, estaba fuera cortando el césped. Me saludó con la mano, y le devolví el saludo. Eran casi las siete de la tarde de un maravilloso día de agosto. Las sombras eran largas. Había olor a hierba recién cortada en el aire. Siempre me ha gustado ese olor. Pensé que ya era tiempo de cortar mi propio césped.

Era un pensamiento que a Kluge nunca le había pasado por la cabeza. Su césped tenía un triste color marrón, llegaba hasta las rodillas y estaba asfixiado por las hierbas.

Toqué el timbre. Cuando no abrió nadie llamé con los nu­dillos. Luego suspiré, miré bajo la alfombrilla, y utilicé la llave que encontré allí para abrir la puerta.

–¿Kluge? –llamé apenas asomar la cabeza.

Recorrí el corto pasillo, tentativamente, como hace la gente cuando no está segura de ser bien recibida. Las cortinas esta­ban corridas, como siempre, de modo que estaba obscuro ahí dentro, pero en lo que había sido en su tiempo la sala de estar diez pantallas de televisión daban luz más que suficiente para que pudiera ver a Kluge. Estaba sentado en una silla frente a una mesa, con el rostro apretado contra el teclado de un orde­nador, y todo un lado de su cabeza había desaparecido.
Hal Lanier maneja un ordenador para el Departamento de Policía de Los Ángeles, de modo que le dije lo que había halla­do y él se encargó de llamar a la policía. Aguardamos juntos a que llegara el primer coche. Hal no dejó de preguntarme si yo había tocado algo, y yo no dejé de responderle que no, excepto el pomo de la puerta de entrada.

Llegó una ambulancia sin la sirena. Pronto hubo policía por todas partes, y vecinos de pie en sus patios o hablando entre sí frente a la casa de Kluge. Los equipos de algunas de las emisoras de televisión llegaron a tiempo para obtener imáge­nes del cuerpo, envuelto en una hoja de plástico, cuando era sacado. Había hombres y mujeres yendo y viniendo por todos lados. Supuse que estaban haciendo todas esas cosas estándar que hace la policía, tomando huellas dactilares, buscando evidencias. Hubiera deseado irme a casa, pero me dijeron que me quedara por allí.

Finalmente fui llevado a ver al detective Osborne, que esta­ba a cargo del caso. Fui introducido a la sala de estar de Kluge. Todas las pantallas de televisión estaban aún conectadas. Es­treché la mano de Osborne. Me miró de pies a cabeza antes de decir nada. Era un tipo bajo y calvo. Parecía muy cansado hasta que me miró. Entonces, aunque en su rostro no cambió nada, no pareció en absoluto cansado.

–¿Es usted Víctor Apfel? –preguntó: le dije que lo era; hizo un gesto hacia la habitación–. Señor Apfel, ¿puede decir­nos si falta algo en esta habitación?

Eché otra mirada a mi alrededor, enfocándolo como si fue­ra un rompecabezas.

Había una chimenea, y había cortinas en las ventanas. Ha­bía una alfombra en el suelo. Aparte estos elementos, no había nada más que uno pudiera esperar encontrar en una sala de estar.

Todas las paredes tenían alineadas mesas, dejando un estre­cho pasillo en medio. Sobre las mesas había pantallas monitoras, teclados, unidades de disco..., todo ese reluciente batiburri­llo de la nueva era. Estaban interconectadas con gruesos cables. Debajo de las mesas había más ordenadores, y cajas llenas de piezas electrónicas. Encima de las mesas había estanterías que llegaban hasta el techo y estaban completamente llenas con cajas de cintas, discos, cartuchos..., hay una palabra para ellos que no puedo recordar en estos momentos. Todo era software.

–No hay muebles, ¿es eso lo que quiere decir? Excepto...

Parecía desconcertado.

–¿Quiere decir que antes había muebles?

–¿Cómo quiere que lo sepa? –entonces me di cuenta de dónde estaba la mala interpretación–. Oh. Usted piensa que yo había estado aquí antes. La primera vez que puse el pie en esta habitación fue hace más o menos una hora.

Frunció el ceño, y aquello no me gustó.

–El examen médico dice que el tipo lleva muerto unas tres horas. ¿Cómo fue que vino usted aquí, Víctor?

No me gustó el empleo de mi nombre de pila, pero no vi que pudiera hacer nada por impedirlo. Y sabía que tenía que hablarle de la llamada telefónica.

Pareció dudar. Pero había una forma sencilla de comprobar­lo, y lo hicimos. Hal y Osborne y yo y varios otros nos dirigi­mos en tropel hacia mi casa. Mi teléfono sonaba cuando entramos.

Osborne lo tomó y escuchó. Su rostro adoptó una expresión muy hosca. A medida que avanzaba la noche, se fue haciendo peor y peor.


Aguardamos diez minutos a que el teléfono sonara de nue­vo. Osborne pasó aquel tiempo examinándolo todo en mi sala de estar. Me alegré cuando el teléfono sonó de nuevo. Grabaron el mensaje, y volvimos a casa de Kluge.

Osborne se dirigió al patio de atrás para contemplar el bosque de antenas de Kluge. Pareció impresionado.

–La señora Madison, al final de la calle, piensa que estaba intentando contactar con los marcianos –dijo Hal con una risa–. Yo simplemente creo que estaba interceptando comunicaciones –había tres antenas parabólicas; había seis altos postes, y algunas de esas cosas que ves en los edificios de la compañía telefónica para transmitir microondas.

Osborne me llevó de nuevo a la sala de estar. Me pidió que describiera lo que había visto. No sabía de qué iba a servirle, pero lo hice.

–Estaba sentado en esa silla, frente a esta mesa. Vi la pistola en el suelo. Su mano colgaba hacia ella.

–¿Cree que fue suicidio?

–Sí, creo que pensé eso –aguardé a que hiciera algún comentario, pero no lo hizo–. ¿No es eso lo que cree usted?

Suspiró.


–No había ninguna nota.

–No siempre dejan notas –señaló Hal.

–No, pero lo hacen tan a menudo que empiezo a arrugar la nariz cuando no la dejan –se encogió de hombros–. Pro­bablemente no sea nada.

–Esa llamada telefónica –dije–. Puede ser muy bien una especie de nota de suicidio.

Osborne asintió.

–¿Observó alguna otra cosa más?

Fui a la mesa y miré el teclado. Estaba fabricado por Texas Instruments, modelo TI-99/4A. Había una gran mancha de san­gre en su lado derecho, donde había permanecido apoyada su cabeza.

–Sólo que estaba sentado frente a este aparato –toqué una tecla, y la pantalla del monitor más allá del teclado se llenó inmediatamente con palabras; rápidamente eché la mano hacia atrás, luego contemplé el mensaje que había aparecido.


NOMBRE DEL PROGRAMA: ADIÓS MUNDO REAL
FECHA: 20/8
CONTENIDO: ULTIMA VOLUNTAD Y TESTAMENTO; VARIOS
PROGRAMADOR: "CHARLES KLUGE"
PARA RUN
PULSE ENTER 0
El pequeño cuadrado al final parpadeaba encendiéndose y apagándose. Más tarde supe que lo llamaban el cursor.

Todo el mundo se agolpó a mi alrededor. Hal, el experto en ordenadores, explicó que muchos ordenadores apagan automá­ticamente sus monitores después de diez minutos de no activi­dad, a fin de que las palabras no quemen la pantalla de televisión. Aquel había permanecido verde hasta que lo toqué, y entonces mostró unas letras negras sobre fondo azul.

–¿Han sido tomadas las huellas dactilares de la consola? –preguntó Osborne. Nadie parecía saberlo, de modo que tomó un lápiz y usó la parte de la goma de borrar para pulsar la tecla ENTER.

La pantalla quedó vacía, permaneció azul por un momento, luego se llenó con pequeñas formas ovoides que empezaron en la parte superior de la pantalla y descendieron como lluvia. Había centenares de ellas, de muchos colores.

–Son pastillas –dijo uno de los policías, sorprendido–. Mire, ésa tiene que ser una Quaalude. Esa otra es de Nembutal –otros policías señalaron hacia otras pastillas; reconocí las inconfundibles franjas rojas en torno al centro de una cápsula blanca que tenía que ser un Dilantin, hacía años que las toma­ba cada día.

Finalmente las pastillas dejaron de caer, y aquella maldita cosa empezó a emitir música. «Muy cerca está mi Dios de ti», para tres instrumentos.

Un par de personas se echaron a reír. No creo que ninguno de nosotros pensara que era divertido –causaba repelús escuchar aquella extraña endecha–, pero sonaba como si estu­viera interpretada por arpa de boca, órgano de vapor y chicharra. ¿Qué podía hacer uno sino echarse a reír?

Mientras sonaba la música, una pequeña figura compuesta enteramente por cuadrados entró por la parte izquierda de la pantalla y avanzó con movimientos espásticos hacia el centro. Era como una de esas figuras humanas de un videojuego, pero no tan detallada. Tenías que utilizar tu imaginación para creer que era un hombre.

Una forma apareció en el centro de la pantalla. El «hom­bre» se detuvo frente a ella. Se inclinó por la parte central, y algo que podía haber sido una silla apareció debajo de él.

–¿Qué se supone que es eso?

–Un ordenador, ¿no?

Debía serlo, porque el hombrecillo de la pantalla extendió los brazos, que se agitaron arriba y abajo como los de Liberace al piano. Estaba tecleando algo. Las palabras aparecieron enci­ma de él.


EN ALGÚN LUGAR A LO LARGO DE LA LINEA OLVI­DÉ ALGO. ME SIENTO AQUÍ, NOCHE Y DÍA, UNA ARAÑA EN EL CENTRO DE UNA RED COAXIAL, AMO DE TODO LO QUE VIGILO... Y NO ES SUFICIENTE. TIENE QUE HABER MÁS.
ENTRE SU NOMBRE AQUÍ 0
–Jesucristo –dijo Hal–. No lo creo. Una nota de suicidio interactiva.

–Oh, vamos, tenemos que ver el resto.

Yo era el que estaba más cerca del teclado, así que me incliné y tecleé mi nombre. Pero cuando alcé la vista, lo que había tecleado era VICT9R.

–¿Cómo se rectifica esto? –pregunté.

–Simplemente éntrelo –dijo Osborne.

Se adelantó a mi lado y pulsó ENTER.


¿HA SENTIDO ALGUNA VEZ ESA SENSACIÓN, VICT9R? ¿HA TRABAJADO TODA SU VIDA PARA SER EL MEJOR EN LO QUE HACE, Y UN DÍA SE HA DESPERTADO PREGUNTÁNDOSE POR QUE LO ES­TABA HACIENDO? ESO ES LO QUE ME OCURRIÓ A MI.
¿QUIERE SABER MáS, VICT9R? S/N 0
El mensaje se extraviaba un poco a partir de este punto. Kluge parecía ser consciente de ello, casi como si se disculpara, porque al final de cada párrafo de cuarenta o cincuenta pala­bras el lector se encontraba con la opción S/N.

Seguí mirando de la pantalla al teclado, recordando que Kluge había caído encima de él. Pensé en él sentado allí a solas, escribiendo aquello.

Dijo que estaba desanimado. No se sentía con ánimos de seguir. Tomaba demasiadas pastillas (más de ellas llovieron por la pantalla en aquel punto), y ya no tenía ninguna meta. Había hecho todo lo que se había propuesto hacer. No compren­dimos lo que quería dar a entender por aquello. Dijo que ya no existía. Pensamos que era una forma de hablar.
¿ES USTED UN POLI, VICT9R? SI NO LO ES, NO TAR­DARA EN APARECER UNO, ASI QUE A USTED O AL POLI: NO ESTABA VENDIENDO NARCÓTICOS. LAS DROGAS QUE HAY EN MI CUARTO ERAN PARA MI PROPIO USO PERSONAL. USE UN MONTÓN DE ELLAS, Y AHORA YA NO NECESITO MAS.
PULSE ENTER 0
Osborne lo hizo, y una impresora al otro lado de la habita­ción empezó a cliquear, asustándonos a todos. Pude ver la cabeza impresora yendo velozmente de un lado a otro del carro, imprimiendo en ambas direcciones. De pronto Hal señaló la pantalla y gritó:

–¡Miren! ¡Miren eso!

El hombre en la pantalla del ordenador se había puesto de nuevo en pie. Se había vuelto hacia nosotros. Tenía algo que tenía que ser una pistola en la mano, y ahora la apuntaba a su cabeza.

–¡No lo haga! –chilló Hal.

El hombrecillo no escuchó. Hubo un sonido desnaturaliza­do de disparo, y el hombrecillo cayó de espaldas. Una línea roja resbaló pantalla abajo. Luego el fondo verde se volvió azul, la impresora dejó de funcionar, y no quedó nada excepto el pequeño cadáver negro tendido de espaldas y la palabra **HECHO** en la parte inferior de la pantalla.

Inspiré profundamente y miré a Osborne. Sería decir poco afirmar que no parecía feliz.

–¿Qué es eso acerca de drogas en su dormitorio? –dijo.
Observarnos a Osborne abrir los cajones del tocador y de las mesillas de noche. No encontró nada. Miró debajo de la cama, y en el armario. Como todas las demás habitaciones de la casa, aquélla estaba repleta de ordenadores. Las paredes estaban llenas de agujeros para pasar los gruesos cables.

Yo estaba de pie cerca de un gran tambor de cartón, uno de los muchos que había por toda la estancia. Tendría una capa­cidad de unos cien litros, y era del tipo de los que utilizas para guardar cosas. La tapa estaba suelta, así que la alcé. Deseé no haberlo hecho.

–Osborne –dije–. Será mejor que le eche un vistazo a esto.

El tambor estaba forrado con una recia bolsa para la basura. Y estaba llena en sus dos terceras partes de Quaaludes.

Levantaron las tapas del resto de los tambores. Encontra­mos anfetaminas, Nembutals, Valium. Todo tipo de cosas.

Con el descubrimiento de las drogas, mucha más policía regresó a la escena. Con ella vinieron los equipos de televisión.

Con toda aquella actividad nadie parecía preocuparse por mí, de modo que me deslicé de vuelta a mi casa y cerré con llave la puerta. De tanto en tanto echaba un vistazo a través de las cortinas. Vi periodistas entrevistando a los vecinos. Hal estaba allí, y parecía pasárselo en grande. Llamaron dos veces a mi puerta, pero no abrí. Al final se fueron.

Llené la bañera con agua caliente y me sumergí en ella durante casi una hora. Luego abrí el grifo del agua caliente tanto como pude resistir, aguanté unos minutos, me salí de la bañera y me metí en la cama, entre las sábanas.

Estuve temblando durante toda la noche.

Osborne se presentó a las nueve de la mañana siguiente. Le dejé entrar. Le seguía Hal, no muy contento precisamente. Me di cuenta de que habían estado de pie toda la noche. Les serví café.

–Será mejor que lea esto primero –dijo Osborne, y me tendió una hoja de impresora de ordenador; la desdoblé, me puse las gafas y empecé a leer.

Estaba escrita en esa horrible letra de puntos de las impre­soras matriciales. Mi política es arrojar toda esa basura a la chimenea, sin leerla, pero esta vez hice una excepción.

Era el testamento de Kluge. Algún tribunal testamentario iba a pasárselo en grande con él.

Afirmaba de nuevo que él no existía, así que no tenía fami­lia. Había decidido entregar todas sus propiedades mundanas a alguien que las mereciera.

¿Pero quién se las merecía?, se preguntaba Kluge. Bien, no el señor y la señora Perkins, cuatro casas más abajo. Eran unos corruptores de menores. Citaba archivos judiciales en Buffalo y Miami, y un caso pendiente en la localidad.

La señora Radnor. y la señora Polonski, que vivían al otro lado de la calle a cinco casas de distancia la una de la otra, eran unas chismosas.

El hijo mayor de los Anderson era un ladrón de automóviles.

Marian Flores hacía trampas en los exámenes de álgebra de la escuela secundaria.

Había un tipo cerca que estaba defraudando a la ciudad en un proyecto de construcción de una autopista. Había una espo­sa en el vecindario que se las entendía con un vendedor a domicilio, y dos que tenían aventuras con otros hombres dis­tintos de sus maridos. Había un chico quinceañero que había dejado embarazada a su chica, la había abandonado, y alardea­ba de ello con sus amigos.

Había al menos diecinueve parejas en la zona inmediata que no habían declarado ingresos al Servicio de Contribucio­nes, o que habían hecho trampas con sus deducciones.

Los vecinos de atrás de Kluge tenían un perro que ladraba toda la noche.

Bien, yo podía estar de acuerdo en lo del perro. Me había mantenido despierto en más de una ocasión. ¡Pero el resto de todo aquello era una locura! Por una parte, ¿acaso un tipo con setecientos cincuenta litros de narcóticos ilegales en casa tenía derecho a juzgar tan duramente a sus vecinos? Quiero decir, los corruptores de menores eran una cosa, pero, ¿tenía derecho a acusar a toda una familia porque su hijo robaba coches? Y además..., ¿cuánto sabía él de todo aquello?

Pero había más. Específicamente, cuatro maridos a los que les gustaban demasiado las aventuras. Uno de ellos era Harold «Hal» Lanier, que durante tres años había estado viéndose con una mujer llamada Toni Jones, una compañera de trabajo en la sección de Proceso de Datos del Departamento de Policía de Les Ángeles. Ella le presionaba para que pidiera el divorcio; él estaba «esperando el momento oportuno para decírselo a su mujer».

Alcé la vista a Hal. El color enrojecido de su rostro era toda la confirmación que necesitaba.

Entonces se me ocurrió. ¿Qué había encontrado Kluge so­bre mí?

Recorrí rápidamente la página, buscando mi nombre. Lo encontré en el último párralo.

«...durante treinta años el señor Apfel ha estado pagando por un error que nunca cometió. No iré tan lejos como a nomi­narlo para la santidad, pero a falta de nadie más –y no por otra razón–, lego por éste lodos mis títulos y propiedades al llamado Víctor Apfel.

Miré a Osborne, y vi que sus cansados ojos estaban so­pesándome.

–¡Pero yo no lo quiero!

–¿Cree que ésta es la recompensa que Kluge mencionó en la llamada telefónica?

–Debe serlo –murmuré–. ¿Qué otra cosa podría ser?

Osborne suspiró y se echó hacia atrás en su silla.

–Al menos no intentó legarle específicamente las drogas. ¿Sigue diciendo usted que no le conocía?

–¿Está acusándome de algo?

Abrió las manos.

–Señor Apfel, simplemente estoy haciéndole una pregunta. Uno nunca está seguro en un cien por ciento en un suicidio. Tal vez fuera un asesinato. Si lo fue, podrá darse cuenta de que, hasta ahora, usted es el único que sabemos que tiene algo que ganar con su muerte.

–Era casi un desconocido para mí.

Asintió, palmeando su copia de impresora. Miré la mía, deseando que desapareciera de entre mis manos.

–¿Qué es... este error que usted no cometió?

Temía que aquélla iba a ser la siguiente pregunta.

–Fui prisionero de guerra en Corea del Norte –dije.

Osborne digirió aquello unos momentos.

–¿Le lavaron el cerebro?

–Sí –golpeé el brazo de mi sillón, y bruscamente tuve que ponerme en pie y moverme un poco; la habitación se estaba enfriando–. No. No creo... Ha habido mucha confusión respecto a la palabra. ¿Me «lavaron el cerebro»? Sí. ¿Tuvieron éxito? ¿Les entregué una confesión de mis crímenes de guerra y denuncié al Gobierno de los Estados Unidos? No.

Una vez más noté que estaba siendo inspeccionado por aquellos engañosamente cansados ojos.

–Parece que sigue... un tanto obsesionado por ello.

–No es algo que se olvide.

–¿Hay algo que desee decir al respecto?

–Es sólo que fue todo tan..., no. No, no tengo nada más que decir. Ni a usted, ni a nadie.

–Voy a tener que hacerle más preguntas acerca de la muer­te de Kluge.

–Supongo que tendré a mi abogado presente para ellas –Cristo. Ahora iba a tener que buscarme un abogado; no sabía por donde empezar.

Osborne se limitó a asentir de nuevo. Se levantó y se dirigió a la puerta.

–Estaba dispuesto a calificar esto como un suicidio –dijo–. Lo único que me preocupaba era que no había ningu­na nota. Ahora tenemos una nota –hizo un gesto en dirección a la casa de Kluge, y empezó a mostrarse irritado–. Este tipo no sólo escribe una nota, sino que la programa en su jodido ordenador, completa con efectos especiales.

»Bueno, sé que hay gente que hace locuras. He visto bastan­tes de ellas. Pero cuando oí al ordenador interpretar un himno, entonces supe que se trataba de un asesinato. Si he de decir la verdad, señor Apfel, no creo que lo hiciera usted. Hay al menos dos docenas de motivos de asesinato en esta copia de impreso­ra. Quizás estaba chantajeando a la gente de aquí. Quizá fue así como compró todos esos aparatos. Y la gente con esa canti­dad de drogas normalmente muere de forma violenta. Voy a dedicarle mucho trabajo a esto, y encontraré a quien lo hizo –murmuró algo acerca de no abandonar la ciudad, y que me vería más tarde, y se fue.

–Vic... –murmuró Hal; le miré–. Respecto a esto –dijo finalmente, señalando el papel en mi mano–. Te agradecería... Bueno, ellos dijeron que lo mantendrían como algo confiden­cial. Ya sabes lo que quiero decir –tenía unos ojos como de cachorro basset; nunca antes me había dado cuenta de ello.

–Hal, si simplemente te vas a casa, no tienes nada por lo que preocuparte en lo que a mí respecta.

Asintió y se dirigió hacia la puerta, arrastrando los pies.

–No creo que nada de eso vaya a trascender –dijo.


Trascendió, por supuesto.

Probablemente lo hubiera hecho incluso sin las cartas que empezaron a llegar unos días después de la muerte de Kluge, mataselladas en Trenton, Nueva Jersey, todas ellas generadas por una impresora de ordenador que nadie fue capaz de ras­trear. Las cartas detallaban todos los asuntos que Kluge había mencionado en su testamento.

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