Bordes, pasaje natural-artificial



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BORDES, PASAJE NATURAL-ARTIFICIAL
El borde de la ciudad es una región filosófica donde se

superponen paisaje natural y urbano, coexistiendo sin elección ni

expectativas. Estas zonas llaman a visiones y proyectos que

definan una nueva frontera entre lo artificial y lo natural”.

Edge of a city”, Steven Holl, 1991.


Los procesos especuladores y las administraciones urbanísticas no están proporcionando ninguna imagen de futuro para la ciudad. Conservar la identidad de paisaje natural como patrimonio cultural es una prioridad que se contrapone al modelo nuclear como vulgar y especulativo planeamiento municipalista ortodoxo, que sigue siendo aplicado aquí tardíamente parasitando los remanentes naturales y agotando los vacíos públicos.
El estudio del espacio entre lo artificial y lo natural nos sirve para entender y enfrentar el fenómeno de creación y dilución de bordes siempre menguantes, que el hibrido amorfo y expansible que es la ciudad, tiende a fagocitar. Dichos elementos urbano-rurales, artificial-natural son una oportunidad de tejer redes morfologías que redefinan y caractericen dichos bordes. Pero los bordes urbanos resultan hoy cada vez más difícilmente abordables, por la complejidad urbana contemporánea. Su geométrica ambigüedad parece desbordar, más que delimitar o definir. Naciendo la utopía entre la dura realidad de las ciudades y los sitios concretos, entre la visión actual y un más cercano futuro que confronta con fuerza la falta de imaginación en la construcción de la ciudad contemporánea, abandonada a los operadores inmobiliarios y políticos, totalmente desinteresados en las cuestiones espaciales, que no parecen superar la nostalgia de un urbanismo arcaico de hiperdefinición y comprensión unidisciplinar .
En respuesta a esta situación los proyectos realizados en el borde deberán ser diseñados, no como soluciones generalizables, sino atendiendo a cada caso particular y situación individualizada, que permita encontrar la forma intrínseca, la no-forma que recurra a todo el arsenal imaginativo de la nueva arquitectura. En una visión dinámica-sintética el proyecto en bordes adquiere una identidad renovada en la ciudad siempre y cuneado sea producto del rechazo al desarrollo agresivo, que tiende a consumir el paisaje. Proponiéndose aportaciones al paisaje planteadas como intervenciones estratégicas y diluidas que producen paisajes operativos de máxima eficiencia, vinculados a la cultura de la percepción del territorio y del lugar que tiene mucho que ver con el “land art”.

Estos son los bordes urbanos a defender ante las visiones del desarrollo y subdesarrollo presas un mismo globo de multinacionales difuminadas y escondidas tras arquitecturas de fachadas cristal.


Las afueras son el estado de excepción de la ciudad, el terreno

en que ininterrumpidamente se desencadena la batalla que decide

entre la ciudad y el campo. Es la lucha cuerpo a cuerpo de los

postes de teléfono contra las pitas, de los alambres contra las

puntiagudas palmeras, de los vapores de fétidos pasillos contra la

sombra húmeda de los plátanos, que proliferan en las plazas”.

Uber Haschich”, Walter Benjamín, 1930.


Como Mandelbrot, en las franjas o anillos fractales, entre la unidimensionalidad de las líneas y la bidimensionalidad de las superficies y su medida siempre dependiente de la

escala, según sea recorrida. La representación de un borde termina por pulverizarse en gradientes de transición entre densidades, territorios o rugosidades intrínsecas de dispersión. Como muestra de su aptitud para el intercambio y transición entre los territorios que limita permite que ambos participen en zona intermedia, generando inestabilidad y fuertes dinámicas que le dan identidad formal por auto similitud u homotecia interna entre escalas. Los bordes como envolturas abiertas o cerradas, lugares de transición y tensión entre lo nuevo y lo anterior, entre lo estable y lo dinámico; deben ser construidos a muchas escalas, desde las territoriales a las urbanísticas, desde las arquitectónicas a las de las piezas, edificaciones, habitaciones, parcelas y caminos,

desde las fronteras a las aceras y bordillos, hasta las alineaciones y fachadas.
La fascinación por los bordes está en su ambivalente y simultaneo

papel de división y conexión. Los bordes marcan la transición

entre diferentes formas de existencia. Transmiten y controlan el

intercambio entre los distintos territorios. Son el campo de

juegos de los descubrimientos y de las conquistas. Como resultado

de competencias inacabadas, muestran su estructura a muchas

e s c a l a s ” .

Fractal Cities”, Batty y Longley, 1994.


El urbanismo ortodoxo, tradicionalmente, ha visto el borde “de dentro a afuera“, introvertidamente, de figura sobre fondo, al ocupar la ciudad el territorio circundante como una mancha, como suelos urbanizables sobre no urbanos. El nuevo urbanismo parece intentar dar respuesta a los retos urbanos contemporáneos, desde un reconocimiento espacial exógeno, “de afuera a dentro”, de la escala regional y ordenación del territorio y ahora de la valoración del paisaje natural, frente a tanto medioambientalismo fundamentalista ecologista imperante. Los bordes ofrecen a las ciudades su identidad y singularidad, y en muchas, estos están siendo perdidos por el amorfo y privatizado desarrollo de las ciudades actuales.
La belleza de Nueva York no tiene que ver con lo urbano, una vez

abandonadas nuestras preconcepciones, sino con el hecho que

traspasa la ciudad para convertirse en un paisaje artificial en

donde los principios del urbanismo dejan de operar y en donde los

valores más significativos son la cualidad de la luz

aterciopelada, las afiladas líneas distantes, los terribles

precipicios entre los rascacielos y las largas sombras en los

valles de sus calles, alfombradas por los colores multicolores de

sus coches como flores rodantes”.

Tristes Trópicos”, C. Levi-Strauss, 1955.


En la “ciudad global”, ciudad desparramada o desbordada, extensiva y dispersa, descentralizada pero envuelta y deslocalizada. En la ciudad de infinitos suburbios pegajosos que crecen como un moho maligno destruyendo el paisaje natural. Suburbios que el certero artista del“land art” Smithson, entiende como manchas que ensucian con rapidez y sin intenciones, el idílico paisaje natural. La mundial metrópoli como claro ejemplo de un lugar donde se superan todos los límites y se da una conurbación suburbana megapolitana, que abarca estados, multiplica ciudades y aglomera municipios. Ya no hay bordes, y si los hay, están abiertos y rotos, difuminados en gradientes. Entonces, el espacio resultante es una extensa trama urbanística de infinitas estructuras de redes de comunicación y urbanización muy complejas que sin limites y sin fronteras parecen extenderse sin atender a costes ni geografías. Aparece la necesidad de saltar de escala, por las dimensiones del problema, relacionar lo grande con lo pequeño, lo pequeño con lo grande, las partes con el todo, el todo con las partes y esto significa un gigantesco esfuerzo para adaptarse a las nuevas necesidades de ordenación de las ciudades.

Y el borde se escapa, y nos quedamos sin las capacidades de respuesta de nuestra disciplina, porque las herramientas tradicionales del urbanismo ortodoxo ya no dan solución a las nuevas realidades de este urbanismo contemporáneo.
“Basado en el articulo de: DANIEL ZARZA (BORDES)“
Y es aquí donde hace aparición una visión menos pesimista del borde. El borde como oportunidad. Interpretando la complejidad en el proceso del proyecto desde una perspectiva multidisciplinar, surge un nuevo acervo de conceptos, enfocados a describir los procesos creativos y creadores que caracterizan a la arquitectura cuyo fin ultimo ha dejado de ser la forma y que en cambio nace de la ambigüedad de estratos y capas de conexión e hibridación que tienden a diluir los límites con el paisaje: paisaje-red. La idea de red operativa, de intercambio y desplazamiento que deriva en la eficaz combinación entre canales diversos de comunicación y locomoción dentro de un sistema de nodos o circuito de flujos en un territorio interrelacionado y virtualmente isótropo aunque no homogéneo. Territorio de acceso e información, de orientación, de puntos focales y nodos de vectorización, de líneas de fuerza, polaridades y distribuidores que propician vínculos. Red comprimida de tejidos superpuestos en capas de órganos interrelacionados y codependientes.

Dejando atrás la dinámica de construcción autobiográfica del lugar, vale la pena revisar la noción de territorio como paisaje estratégico de factores autónomos de expansión que potencializan la eficacia de los nuevos procesos de planificación. La idea de espacio urbano como referencia figurativa definible formalmente deja paso a la visión aleatoria y salvaje que articula escalas a partir de fuerzas y neutralidades inscritas en las grandes redes. El territorio ahora es además de forma: un sistema determinado a partir de las sucesivas capas (demográfica, económica, política, biológica, social…) unidas y atravesadas por redes tridimensionales (tiempo-espacio-información) de transporte, comunicación e infraestructuras que desencadenan infinitos procesos simultáneos de acción y reacción.

Este nuevo espacio de espacios, es un continuo de acontecimientos diversos, es un territorio sin dimensiones, sin forma. De esta manera el meta-espacio es un sistema dinámico equiparable a geometrías complejas que asemejan fractales en los que la parte es igual al todo, de protocolos de asociación infinita y configuración abierta.

Se entiende el territorio como resultado de su capacidad de comunicación, de intercambio y de acceso, en donde lo extraordinario se funde con lo cotidiano, lo particular con lo general, lo edificado con lo ausente” Miguel Gausa


El territorio es una oportunidad de tejer red y hacer paisaje contraponiéndose a la definición de este último como una fotografía estática, se devela un paisaje en continua dilución. Esta noción de paisaje no admite especulación formal, porque no es forma ni depende de ella, es un paisaje diluido en tanto la forma desaparezca y debe ser entendido en su carácter territorial generando sistemas blandos capases de acercarse a la autodeterminación. Con esta visión del territorio como paisaje de redes, las arquitecturas que en el desean habitar intervienen como dispositivos estratégicos definidos por parámetros como la densidad, la hibridación y conectividad; por lo que es una arquitectura con alta capacidad de mutación que hace paisaje sin consumirlo o que duplica el paisaje; es una arquitectura cómplice como colchón o cojín que amortigua las interferencias, que absorbe las funciones de carácter compartido, que insita a la convivencia, potencializa la conectividad en la red y es un espacio de transición, de escala entre gradientes de vida. Las arquitecturas que no han logrado la estabilidad y sin embargo ocupan un espacio tiempo o dimensión son aquellas que asumen un espacio mutable y en transformación, son no-formas, no son simple uso de la forma abstracta o no, son arquitectura inclasificable.
Miguel Gausa: la no-forma es una conciencia de la incertidumbre donde sólo es posible conocer las cosas reconociendo como nos interesa una arquitectura que no persigue la imagen, sin escala, sin bordes, sin limites, sin detalles, con escasez de medios y complejidad de resultados, sin peso, cuya sección es rica y compleja y responde al las leyes de las excepciones.
La forma, siempre esta ligada a la emisión de significados en la tradición estética humanista y clásica, la forma como envoltura de expresión del contenido da un resultado unívoco, no universal y siempre un recuerdo de relaciones materia-contenido de dimensión significante y vocación totalizadora que intenta ser un lenguaje. Esta forma perseguida y buscada a dejado existir al menos siendo congruentes con este discurso y con la problemática actual. La arquitectura así tiene una representación concreta pero es también una arquitectura que se desdibuja, sin jerarquías entre sus caras, no piensa en su ser corpóreo. Una arquitectura así hace paisaje, forma redes y habita en la meta-polis sin forma de este mundo; habita espacios más humanos, más complejos.
A. de la Sota: ¿Por qué la arquitectura tuvo siempre forma de arquitectura?
Y el borde es ahora una oportunidad, donde esta arquitectura sin forma asume la complejidad y con su amplia capacidad de respuesta hace frente al urbanismo tradicional presa de procesos especulativos y de administraciones y propone solución a las nuevas realidades buscando su no-forma intrínseca, como resultado de la adecuada relación entre lo artificial y lo natural, enfrentando el fenómeno de creación y dilución que redefine dichos bordes produciendo paisajes operativos como intervenciones estratégicas de máxima eficiencia.
ERNESTO PERALTA MEDINA


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