Bonetes azules Lucía Berlin ( 1936-2004)



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Bonetes azules

Lucía Berlin ( 1936-2004)

 

—Mamá, no puedo creer que hagas esto. No sales nunca con nadie, y ahora te vas a pasar una semana con un desconocido. Podría ser un asesino con un hacha, no sabes nada de él.



Nick, su hijo, estaba llevando a Maria al aeropuerto de Oakland. Dios, ¿por qué no había ido en taxi? Sus hijos, ya mayores todos, podían ser peor que unos padres, más intransigentes, más anticuados cuando se trataba de juzgarla a ella.

—No nos hemos visto en persona, pero no es exactamente un desconocido. Le gustó mi poesía, me pidió que tradujera su libro al español. Nos hemos escrito y hemos hablado por teléfono durante años. Tenemos mucho en común. Él crio a sus cuatro hijos solo, también. A mí me gusta la jardinería; él tiene una granja. Me halaga que me haya invitado… No creo que vea a mucha gente.

Maria le había preguntado sobre Dixon a una vieja amiga de Austin. Un excéntrico total, había dicho Ingeborg. Vida social cero. En lugar de un maletín, lleva un saco de arpillera. Sus alumnos, o lo idolatran o lo detestan. Debe de rondar los cincuenta, bastante atractivo. Ya me contarás…

—Ese es el libro más raro que he leído en mi vida —dijo Nick—. De hecho ni lo pude leer. Reconócelo… ¿tú pudiste? Disfrutarlo, me refiero.

—El estilo era magnífico. Claro y sencillo. Agradable de traducir. Habla de filosofía y lingüística, simplemente es muy abstracto.

—No te imagino haciendo esto… teniendo una especie de aventura… en Texas.

—Eso es lo que te molesta. La idea de que tu madre pueda acostarse con alguien, o que cualquiera de más de cincuenta lo haga. De todos modos él no me dijo: «Eh, vamos a tener una aventura». Me dijo: «¿Por qué no vienes a pasar una semana a la granja? Los bonetes azules justo empiezan a florecer. Podría enseñarte las notas para mi nuevo libro. Podemos ir a pescar, pasear por el bosque». Afloja un poco, Nick. Trabajo en un hospital público, en Oakland. ¿Cómo crees que suena para mí un paseo por el bosque? ¿Bonetes azules? Es casi como si me fuera al paraíso.

Aparcaron delante de United y Nick le bajó la bolsa del maletero. La abrazó, le dio un beso en la mejilla.

—Perdona si te he hecho pasar un mal rato. Disfruta del viaje, mamá. Eh, a lo mejor puedes ir a un partido de los Rangers.

Nieve en las Rocosas. Maria leyó, escuchó música, procuró no pensar. Por supuesto, en el fondo, fantaseaba con la posibilidad de una aventura.

No se había desnudado delante de nadie desde que había dejado de beber, la mera idea la aterraba. Bueno, tampoco él parecía muy desenvuelto, quizá se sintiera igual. Tómatelo con calma. Prueba simplemente a estar con un hombre, por el amor de Dios, disfruta la visita. Vas a Texas.

El aparcamiento olía a Texas. Polvo de caliche y adelfas. El hombre lanzó su equipaje en la caja de una vieja ranchera descubierta con arañazos de perro en las puertas.

—¿Conoces «Tennessee Border»? —le preguntó Maria.

—Cómo no.

La cantaron. «Picked her up in a pickup truck and she broke that heart of mine…». Dixon era alto y esbelto, con unas líneas de la sonrisa muy marcadas. Arrugas alrededor de los ojos, grises y atentos. Parecía completamente a sus anchas; empezó a hacerle preguntas personales, una tras otra, con un acento nasal y pausado que a Maria le recordó al de su tío John. ¿Cómo es que conocía Texas, y aquella vieja canción? ¿Por qué se divorció? ¿Cómo eran sus cuatro hijos? ¿Por qué no bebía? ¿Por qué era alcohólica? ¿Por qué traducía la obra de otra gente? Eran preguntas incómodas, avasalladoras, pero la atención era un bálsamo, como un masaje.

Dixon paró en una pescadería. Quédate aquí, enseguida vuelvo. Luego la autopista y ráfagas de aire caliente. Enfilaron una carretera de grava donde no vieron ningún otro coche. Solo un tractor rojo, lento. Molinos de viento, ganado hereford hundido hasta la canilla en las flores escarlatas del pincel indio. En el pueblo de Brewster, Dixon aparcó delante de la plaza. Corte de pelo. Ella lo siguió hacia la puerta de la barbería, con su poste tricolor, un pequeño establecimiento con una sola butaca, y se sentó a escuchar mientras Dixon y el viejo que le cortaba el pelo hablaban del calor, de las lluvias, de pesca. Jesse Jackson candidato a la presidencia, varias muertes y un matrimonio. Dixon se había limitado a sonreír cuando ella le preguntó si no pasaba nada por dejar el equipaje en la ranchera abierta. Maria miró por la ventana el centro de Brewster. Era primera hora de la tarde y en las calles no había nadie. Dos viejos estaban sentados en los escalones del juzgado, como figurantes en una película sureña, mascando tabaco, escupiendo.

La ausencia de ruido era lo que tanto le evocaba su infancia, otra época. Nada de sirenas, ni tráfico, ni radios. El zumbido de un tábano contra el vidrio, chasquidos de tijeras, la cadencia de las voces de los dos hombres, un ventilador eléctrico con unas cintas sucias que azotaban revistas viejas. El barbero la ignoró, no porque fuera grosero, sino por cortesía.

Al salir Dixon dijo: «Muy agradecido». Mientras cruzaban la plaza hacia la tienda de ultramarinos, Maria le habló de su abuela texana, Mamie. Una vez una señora pasó a visitarla. Mamie sirvió el té en una tetera con un azucarero y una jarrita para la crema, preparó unos bocadillos, galletas y tarta cortada en pedazos. «Por Dios, Mamie, no deberías haberte tomado tantas molestias». «Desde luego que sí —contestó Mamie—. Qué menos».

Dejaron la compra en la ranchera y condujeron hasta el almacén de los piensos, donde Dixon pidió salvado y pienso para las gallinas, dos balas de heno y una docena de polluelos. Le sonrió a Maria al percatarse de que lo miraba fijamente mientras hablaba sobre la alfalfa con dos granjeros.

—¿Qué estarías haciendo ahora en Oakland? —le preguntó cuando volvieron a la ranchera.

Hoy le tocaba pediatría. Hijos del crack, heridas de bala, bebés con sida. Hernias y tumores, pero sobre todo las heridas de los pobres de la ciudad, desesperados y llenos de rabia.

Pronto estuvieron fuera del pueblo, en una estrecha carretera de tierra. Los pollitos piaban dentro de la caja, en el suelo.

—Esto es lo que quería que vieras —dijo Dixon—, el camino a mi casa en esta época del año.

Avanzaron por la carretera desierta a través de colinas sinuosas, exuberantes y cargadas del aroma de flores rosas, azules, moradas, rojas. Fogonazos de amarillo y lila. El aire caliente, perfumado, envolvía la cabina. Se habían formado enormes nubes de tormenta y la luz se hizo más dorada, dándole a los miles de flores una luminosidad iridiscente. Alondras y zacateros, tordos alirrojos, volaban como flechas sobre las acequias junto a la carretera; el canto de los pájaros se oía por encima del ruido de la camioneta. Maria se asomó por la ventanilla, apoyó la cabeza sudorosa en los brazos. Estaban en abril, pero el calor bochornoso de Texas la sofocaba, el perfume de las flores la adormecía como una droga.

Una vieja granja con tejado de zinc y una mecedora en el porche, una docena de gatitos de distintas camadas. Guardaron la compra en una cocina con magníficas alfombras persas delante del fregadero y el fogón, otra quemada con las chispas de una estufa de leña. Dos butacas de cuero. Las paredes estaban cubiertas de estanterías, con dos hileras de libros en cada balda. Una mesa maciza de roble, también cubierta de libros. En el suelo había columnas de libros apilados. Las ventanas eran antiguas, con aguas en los vidrios, y daban a un campo de abundantes pastos verdes, donde las cabritillas se amamantaban de sus madres. Dixon metió la comida en el frigorífico, puso a los polluelos en una caja más grande, en el suelo, con una bombilla dentro, a pesar de que hacía mucho calor. Su perro acababa de morir, dijo. Y entonces, por primera vez, pareció cohibido. Tengo que regar, dijo, y Maria lo siguió, pasando los gallineros y los cobertizos, hasta un campo grande con maíz, tomates, judías, calabacines y otras verduras sembradas. Se sentó en la cerca mientras él abría las compuertas de las acequias para que el agua llegara a los surcos. Más allá una yegua y un potro zainos galopaban en el prado de bonetes azules.

Caía la tarde cuando dieron de comer a los animales junto al granero, donde en un rincón oscuro se escurrían unos quesos envueltos en paños de lienzo, y más gatos correteaban por las vigas, indiferentes a los pájaros que entraban y salían a saltitos por las ventanas del altillo. Un mulo blanco viejo, Homer, avanzó con andar pesado al oír el tintineo del cubo de hojalata. Túmbate a mi lado, dijo Dixon. Pero nos pisarán. No, túmbate, tranquila. Un corro de cabras tapó el sol, mirándola fijamente a través de sus largas pestañas. La caricia del hocico aterciopelado de Homer en las mejillas de Maria. La yegua y el potro resoplaron, soltando vaharadas calientes mientras la examinaban.

Las demás habitaciones de la granja no estaban ni mucho menos abarrotadas como la cocina. Una sala con suelo de madera, donde solo había un piano de cola Steinway. El estudio de Dixon, sin más mobiliario que cuatro mesas grandes de madera cubiertas de cuartillas blancas de cartulina. Cada una tenía un párrafo o una frase escrita. Maria vio que Dixon las barajaba y las cambiaba de sitio, igual que otra gente mueve cosas en un ordenador. No las mires ahora, dijo él.

La sala de estar y el dormitorio eran una sola habitación, amplia, con altos ventanales a ambos lados. Lienzos fastuosos de gran formato en las otras dos paredes. Maria se sorprendió de que fueran obras suyas. Dixon parecía tan sereno… Los cuadros eran audaces, enérgicos. Había pintado un mural en el sofá de pana, compuesto de varias figuras sentadas. Una cama de latón con una vieja colcha de retales, cómodas y escritorios y consolas exquisitas, antigüedades de la época colonial que habían pertenecido a su padre. En esa habitación el suelo estaba pintado de blanco satinado bajo alfombras persas aún más lujosas. No te olvides de quitarte los zapatos, le dijo.

La habitación de Maria era una galería que recorría la parte posterior de la casa, con mamparas en los tres lados, de un plástico esmerilado que desdibujaba las flores rosas y verdes, los brotes de los árboles, el vuelo fugaz de un cardenal. Era como estar en el sótano de L’Orangerie contemplando los nenúfares de Monet. Dixon fue a llenarle la bañera en el cuarto de al lado. Seguro que te apetecerá echarte un rato. Aún me quedan algunas tareas por hacer.

Limpia, cansada, se tumbó rodeada por los tenues colores que se diluyeron aún más cuando empezó la lluvia y el viento arremolinó las hojas de los árboles. Lluvia sobre un tejado de zinc. Justo cuando se quedó dormida, Dixon entró y se estiró a su lado, se quedó junto a ella hasta que se despertó e hicieron el amor. Así de simple.

Dixon encendió la estufa de forja y ella se sentó al calor del fuego mientras él preparaba una sopa de cangrejo. Cocinaba en un hornillo, pero tenía lavaplatos. Comieron en el porche a la luz de un farol mientras amainaba la lluvia y cuando escampó apagaron el farol para mirar las estrellas.

Cada día daban de comer a los animales a la misma hora, pero por lo demás el día y la noche se invirtieron. Se quedaban en la cama todo el día, desayunaban cuando oscurecía, paseaban por el bosque a la luz de la luna. Vieron Mr. Lucky con Cary Grant a las tres de la madrugada. Adormilados por el calor del sol, se mecían en el bote de remos en la charca, pescando, leyendo a John Donne, a William Blake. Se tumbaban en la hierba húmeda, observando a los polluelos, hablando de la infancia, de sus hijos. Vieron a Nolan Ryan fulminar a los Atléticos de Oakland, pasaron la noche al raso en sacos de dormir junto a un lago a varias horas a pie campo a través. Hicieron el amor en la bañera con pies de garra, en el bote, en el bosque, pero sobre todo a la luz verdosa de la galería cuando llovía.

¿Qué era el amor?, se preguntaba Maria, estudiando las líneas limpias de la cara de Dixon mientras dormía. Qué nos impide hacerlo a ninguno de los dos, amar.

Ambos reconocían que rara vez hablaban con nadie, se reían por todo lo que ahora querían contarse, por cómo se interrumpían uno al otro para hablar, sí, pero… Era difícil cuando él hablaba de su nuevo libro, o se refería a Heidegger y Wittgenstein, Derrida, Chomsky y otros cuyos nombres Maria ni siquiera conocía de oídas.

—Perdona. Yo soy poeta. Trato con lo concreto. Me pierdo en la abstracción. Simplemente me faltan conocimientos para hablar de esas cosas contigo.

Dixon se puso furioso.

—¿Y cómo diablos tradujiste mi otro libro? Sé que hiciste un buen trabajo, por la acogida que tuvo. ¿Acaso lo leíste, maldita sea?

—Pues claro que hice un buen trabajo. No tergiversé una sola palabra. Alguien podría traducir mis poemas a la perfección, y aun así pensar que son íntimos y triviales. No llegué a… captar… el alcance filosófico del libro.

—Entonces esta visita es una farsa. Mis libros son todo lo que yo soy. Es inútil que hablemos de nada.

Maria empezó a sentirse dolida y molesta y no se movió cuando lo vio salir. Pero luego lo siguió, se sentó a su lado en el escalón del porche.

—No es inútil. Estoy aprendiendo a conocerte.

Él la abrazó, la besó, con cautela.

En sus épocas de estudiante Dixon había vivido en una cabaña cerca de allí, en el bosque. Entonces en esa casa vivía un anciano y Dixon le hacía los recados, le traía comida y provisiones del pueblo. Cuando el viejo murió le dejó la casa y algo más de una hectárea de tierra a Dixon, y el resto de la finca al Gobierno para crear una reserva de aves. A la mañana siguiente hicieron una caminata hasta la vieja cabaña. En aquellos tiempos tenía que llevar incluso el agua a cuestas, le contó a Maria. Fue la mejor época de su vida.

La cabaña de madera estaba en medio de una alameda. No había ningún sendero, y tampoco se veían mojones para orientarse entre las matas de encinillo y mezquite. Al acercarse, Dixon pegó un grito, como de dolor.

Alguien, probablemente chavales, había roto a tiros todas las ventanas de la cabaña, había destrozado el interior con hachas, había pintado obscenidades con espray en las paredes desnudas de pino. Costaba imaginar que alguien se adentrara tanto en la espesura para hacer una cosa así. Me recuerda a Oakland, dijo Maria. Dixon la fulminó con la mirada, dio media vuelta y echó a andar de nuevo a través de los árboles. Ella trataba de no perderlo de vista, pero era incapaz de alcanzarlo. El silencio resultaba turbador. De vez en cuando aparecía un enorme cebú, de pie a la sombra de un árbol. Inmóvil, ni siquiera pestañeaba, impasible, silencioso.

Dixon no habló en el trayecto de vuelta a casa. Saltamontes verdes chocaban en el parabrisas.

—Me sabe mal, lo de tu cabaña —dijo ella. Al ver que no contestaba, dijo—: Yo hago lo mismo, cuando estoy dolida. Me arrastro a mi casa y me escondo como un gato enfermo.

Dixon siguió callado. Cuando pararon delante de la casa, alargó el brazo y le abrió la puerta a Maria, con el motor aún en marcha.

—Voy a buscar el correo. Volveré dentro de un rato. Quizá podrías leer algo de mi libro.

Sabía que por «libro» se refería a los cientos de cuartillas esparcidas en las mesas. ¿Por qué le pedía justo ahora que lo leyera? Quizá porque no podía hablar. Ella a veces hacía lo mismo. Cuando le resultaba demasiado difícil contarle a alguien cómo se sentía, enseñaba un poema. Normalmente la gente no entendía lo que ella había pretendido insinuar.

Descorazonada, entró en la casa. Sería agradable vivir en un lugar donde ni siquiera tuvieras que cerrar las puertas. Fue a la sala a poner música, pero cambió de idea y entró en la habitación de las cartulinas. Se sentó en un taburete y se fue desplazando de una mesa a la otra a medida que leía y releía las frases escritas en las cuartillas.

—No tienes ni idea de lo que dicen, ¿verdad?

Dixon había entrado silenciosamente, estaba allí acechándola por la espalda. Maria no había tocado ninguna de las cuartillas.

Él empezó a moverlas por la mesa, con frenesí, como si jugara a colocar unas fichas en el orden correcto. Maria se levantó y salió al porche.

—Te pedí que no pisaras ese suelo con los zapatos puestos.

—¿Qué suelo? ¿De qué hablas?

—El suelo blanco.

—Ni siquiera me he acercado a esa habitación. Estás loco.

—No me mientas. Son tus huellas.

—Ah, perdona. Es verdad, iba a entrar, pero no pude haber dado más de dos pasos.

—Exactamente. Dos.

—Menos mal que vuelvo a mi casa mañana por la mañana. Ahora me voy a dar un paseo.

Maria caminó por el sendero hacia la charca, se metió en el bote de remos y se alejó de la orilla. Se rio por dentro cuando las libélulas le recordaron a los helicópteros de la policía de Oakland.

Dixon bajó por el sendero hasta la charca, se metió en el agua y con un impulso se izó hasta el bote. La besó, la sujetó contra el lecho de la barca mientras la penetraba. Se contorsionaron violentamente y el bote se balanceó y giró hasta que al final quedó varado en los juncos. Permanecieron allí tumbados, meciéndose bajo el sol caliente. Maria se preguntó si aquel arrebato de pasión había salido de la simple rabia o de cierto sentimiento de pérdida. Hicieron el amor sin mediar palabra durante casi toda la noche, en la galería al son de la lluvia. Antes de que empezara a llover habían oído el aullido de un coyote, los cacareos de las gallinas encaramadas a los árboles.i



Fueron hasta el aeropuerto en silencio, dejando atrás las praderas de bonetes azules y prímulas. Déjame en la puerta, dijo ella, no hay mucho tiempo de espera.

Maria fue en taxi desde el aeropuerto de Oakland hasta el bloque de pisos donde vivía. Saludó al guardia de seguridad, echó una ojeada al buzón. El ascensor estaba vacío, igual que los pasillos durante el día. Dejó la maleta al lado de la puerta y encendió el aire. Se quitó los zapatos, como hacía todo el mundo antes de pisar su moqueta. Entró en la habitación y se acostó en su propia cama.


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