Bloque I: algunas caracteristicas de los jovenes de hoy



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BLOQUE I: ALGUNAS CARACTERISTICAS DE LOS JOVENES DE HOY



LA MÚSICA QUE AMAN LOS JOVENES, SU MENTE Y SU SENSIBILIDAD
La música es el medio directriz de todas las culturas juveniles. La música les aporta la velocidad, el rimo de la vida en sus escenarios, influye en su estado de ánimo y transporta su filosofía.

Klaus Farin


La música empapa todas las esferas de la cultura juvenil, hasta el punto de que se hace difícil abordar alguna de ellas sin hacer mención a su faceta o su expresión musical. En los últimos años, debido en parte a la miniaturización tanto de los reproductores como de sus precios, este fenómeno ha ido haciéndose cada vez más visible. Los jóvenes escuchan música en el metro, en el autobús, en el gimnasio, en el patio del colegio, en la biblioteca, paseando por la calle o en el parque. Desde los coches, con las ventanillas bajadas, música de todos los estilos invaden el entorno urbano, en ocasiones demasiado estruendosa para el gusto de los adultos. Incluso en el trabajo, si no existe explícitamente ninguna norma en contra, los altavoces de los ordenadores de los más jóvenes suenan, desde las primeras horas de la mañana hasta el cierre, a volúmenes que varían según la tolerancia de los compañeros.
Éstos son solamente los entornos más visibles para aquellos que no cuentan con un acceso directo al mundo juvenil, sólo una muestra de cómo la música está presente en cada momento del día a día juvenil, convirtiéndose en una autentica “banda sonora” de su quehacer cotidiano. Sin embargo, el alcance y la penetración de la música en sus vidas va mucho más allá de estos momentos residuales, ocupando un lugar central en momentos y espacios centrales en sus vidas, desde la propia identidad hasta el uso del tiempo libre, la relaciones de amistad o de pareja, el estilo en el vestir, la configuración del gusto estético o su peculiar relación con los medios de comunicación.
MÚSICA COMO SIGNO DE IDENTIDAD JUVENIL
Desde su aparición en los años cincuenta y sesenta del pasado siglo, el rock, el pop y todas las corrientes que hasta nuestros días se han ido desgranando de aquellas primeras músicas jóvenes son, ante todo, el signo de identificación juvenil por excelencia. La música joven ha sido durante los últimos cincuenta años, tanto para los propios jóvenes como para los adultos que contemplan a la juventud desde perspectivas menos implicadas, el elemento constituyente de la condición de ser joven.
El origen de esta alianza puede ser rastreado hasta las primeras manifestaciones del fenómeno en los años cincuenta, con la aparición del rock´n roll en Estados Unidos. En aquellos años, tres grandes fenómenos confluyeron en la creación de una nueva realidad, distinta de cualquier fenómeno musical precedente. En primer lugar la emergencia, rápida difusión y éxito sin precedentes de esta nueva forma de música como resultado de los avances y las nuevas aplicaciones de la tecnología en la escena musical permitió un cambio radical en las condiciones de producción, distribución, recepción e impacto. La música tradicional burguesa, como denomina Peter Wicke a la anterior al rock, estaba basada en una forma contemplativa de escucha, en salas de conciertos o en auditorios. Aunque ya existían gramófonos y receptores de radio, el criterio tradicional de la apreciación musical rechazaba la banalización de esta forma de escucha. Con los nuevos medios de recepción, la escucha de una pieza musical, podía variar en intensidad, desde una intensa que demandaba una alta concentración, hasta una parcial, repartida entre muchas actividades y contextos cotidianos.
Frente al anterior, los otros dos fenómenos están relacionados con las condiciones de la propia juventud de los años cincuenta. Acababa de ser acuñada por aquellos años, en primer lugar, la expresión “sociedad de consumo”. Los jóvenes se encontraban, por primera vez, en una situación de bienestar económico relativo que les permitía explorar una situación en la que los ingresos eran cada vez mayores sin contar, a su vez, con las responsabilidades típicas de los adultos ni, por supuesto, con sus gastos. Como consecuencia, a comienzos de los años sesenta el mercado juvenil se encuentra ya en pleno funcionamiento y en búsqueda de mercancías culturales apropiadas para un nuevo segmento de potenciales consumidores. La música rock, junto con todo el universo estético por ella generado, se convertirá en el primer producto estrella destinado a este nuevo segmento.
Asimismo, en tercer lugar, las transformaciones de las condiciones de vida y, más concretamente, el impacto de esta nueva condición en los valores sociales de trabajo y tiempo libre tuvieron un gran impacto en la forma de relacionarse los jóvenes con la música. La división del trabajo, típicamente fordista y taylorista, así como las crecientes dificultades generadas por este sistema de producción para el ascenso y la planificación de una carrera a largo plazo, remueven los pilares del sistema de valores del primer capitalismo. En este contexto, los jóvenes comienzan a percibir el trabajo como una simple actividad enfocada a la obtención de ingresos para las actividades de ocio, hacia las que se reorientan todos sus ideales de vida.
El aspecto rebelde de la nueva música, presente por lo demás en otras corrientes anteriores como el jazz, no tiene tanta importancia en un primer momento para su rápida expansión como el hecho de que comienza a ser tomada en serio por la nueva generación de jóvenes. Además, debido a su falta de poder social en aquellos años, “la música rock es desplazada a un contexto en el no se define en términos musicales, sino en términos políticos”. La experiencia rock de finales de los años cincuenta se convierte, así, en su primera experiencia colectiva propia, transformándose poco a poco en una seña de identidad no ya de clase social o de una etnia concreta, sino de toda una generación.


Se hace conveniente recordar en este sentido que Elvis, para muchos el primer fenómeno generacional de masas, derriba la frontera étnica al usar música hasta el momento negra, un fenómeno que se repetirá en siguientes estilos musicales. Paralelamente, la rápida difusión de los estilo a través de los nuevos medios de comunicación derriba las fronteras entre países. De esta forma, la música rock aporta un marco de experiencia que permite a los adolescentes y a los jóvenes sentirse una comunidad, por encima de todas las diferencias sociales y frente a la generación de los adultos, quedando establecido para las siguientes generaciones, como subraya Simon Frith, un interés por el pop no exclusivo de ningún país o clase, de ningún fondo social educativo, sino por primera vez directamente relacionado con la edad, “una relación concreta entre la música pop y la juventud”.


Esta perspectiva histórica nos permite abordar la distinción, tan compleja como esencial, entre música joven y música de los jóvenes. ¿Realmente es posible hablar de una música joven que lelva ya cincuenta años de gira por el mundo, frente a otra de adultos? ¿Puede seguir considerándose joven una actuación de los Rolling Stones, en la que un Mick Jagger sexagenario se lanza al escenario con mallas y con el torso desnudo y vuelve a cantar I Can´t get no satisfaction ante cientos de miles de seguidores de veinte, treinta, cuarenta, cincuenta, sesenta años? Es probable que muchos jóvenes actuales consideren la música de décadas anteriores, la que marcó la identidad de sus padres y abuelos, música “de adultos”. Los gustos en este campo evolucionan cada vez a mayor velocidad, hasta el punto de que no se hace extraño, como también sucede en el mundo de la moda, encontrar jóvenes de quince años que desconocen y miran con cierto desdén la música de sus hermanos apenas unos años mayores. La identificación generacional con diferentes estilos o corrientes musicales avanza, en ocasiones, mucho más rápido de lo que lo hace el relevo generacional.
Y, sin embargo, toda esta música, desde el rock y pop, puede seguir identificándose como música joven no solamente porque un gran número de los integrantes de las nuevas generaciones sigan escuchando y sintiéndose conmovidos por ella, sino también por la ruptura que supuso esta música con la anterior, manteniéndose intacto desde aquel entonces y pese a las numerosísimas transformaciones, fusiones y cambios de estilos, el modelo o paradigma fundamental de aquella ruptura.
Además, los padres no han perdido totalmente su influencia sobre los gustos musicales de los hijos. Aunque en muchos casos los jóvenes mantengan la imagen romántica de que lso padres no tienen ningún tipo de influencia sobre sus propios gustos, varios estudios cualitativos han puesto de manifiesto un gran peso de éstos, lo que se hizo evidente a la hora de relatar sus trayectorias musicales.
LA MUSICA COMO HECHO SOCIAL JUVENIL
Un filósofo español describió la música como “el máximo de estremecimiento con el mínimo de materia”. El sentimiento es algo difícilmente verbalizable o racionalizable y, por lo tanto, algo muy complejo de estructurar. Efectivamente, la música conecta con una parte del ser humano tan profunda, tan íntima y, se podría decir, tan intransferible que tratar de abordar los sentimientos que produce o crear clasificaciones sobre los significados que puede tener para las diferentes colectividades, en ocasiones puede parecer que no tiene mucho sentido. Este continuo empeño en sistematizar y organizar el sentimiento ha llevado a algún estudioso del tema a recordar que, en muchos casos, lo más obvio es precisamente lo que, en este tipo de análisis, con frecuencia es pasado por alto: la propia música.
Sin embargo, como ya en su momento demostraron los monumentales estudios de Theodor W. Adorno, existe una relación dialéctica entre la sociedad, sus estructuras y sus instituciones, por un lado, y, por otro, su música. Efectivamente, ésta constituye un hecho social innegable, ya que ha sido creada, a lo largo de la historia, con fines concretos que cumplir en la esfera pública, por y para grupos de personas que asumen papeles sociales diferentes respecto a ella y, por último, porque es destinada a una determinada audiencia, concebida como grupo social con gustos particulares asociados a sus rasgos culturales.


  1. Significación de la música para los jóvenes

En todas las épocas, el hecho de escuchar música ha respondido a una serie de necesidades fundamentales del ser humano: crea una burbuja de quietud dentro de la actividad diaria, en ocasiones frenética; permite compensar frustraciones cotidianas o colmar deseos y sueños truncados, al tiempo que aporta la energía necesaria para seguir soñando o para volver a hacerlo cuando hace mucho que el mundo circundante amarra a una realidad demasiado áspera; abre una brecha de poesía en los muros invisibles que llevan, como asegura el dicho francés, del metro al trabajo y del trabajo a la cama… Asimismo, el poder de la música para rehabilitar momentos del pasado, evocando recuerdos de gran trascendencia en la biografía personal, no puede ser comparado con el de ninguna otra forma de expresión conocida.


El significado otorgado por los jóvenes actuales a la música que escuchan no se desvía tanto de estas funciones señaladas, lo que se pone ya de manifiesto en las palabras utilizadas para describir lo que representa en sus vidas: placer, evasión, distracción, alegría, diversión, identidad, identificación, comunicación e independencia.
En un estudio realizado en España, se revela que los elementos más valorados por los jóvenes son, fundamentalmente, de tipo instrumental y funcional, desde dos grandes perspectivas: en la primera, de carácter relacional, la música se convierte en un vehículo indispensable para la diversión y en un nexo de unión con otras personas, mientras que en la segunda, más íntima y personal, actúa como acompañantes y medio evocador de recuerdos o sensaciones vividas. Los autores de este estudio, Ignacio Megías y Elena Rodríguez, destacan cuatro grandes espacios de interés según el análisis factorial de las anteriores variables:


  • Elementos emotivos: es el grupo de elementos más extendido, resultando de gran importancia para uno de cada cuatro jóvenes. Este espacio conceptual incluye todos aquellos aspectos de la relación con la música que remiten a las sensaciones y vivencias personales vinculadas a la emotividad. En él se integran todas las afirmaciones sobre su importancia como memoria histórica y sentimental, su capacidad evocativa de las personas y situaciones. Se incluye dentro de este aspecto, además, la utilización de la música como isntrumento para variar el estado de ánimo y su facultad para producir sensaciones que puedan modificarlo, asi como la importancia de la función de acompañamiento de las letras de las canciones.




  • Elementos comprensivos: incorporan todas las cuestiones relacionadas con la capacidad de interpretación y comprensión global, así como con su capacidad de provocar desde empatía hasta conexión con la propia cultura. Es de gran importancia en este punto la comprensión de las letras de las canciones.




  • Elementos diferenciadores: expresan todo aquello que la música implica de cara a la cohesión y el reforzamiento grupal, bien en relación con un grupo más amplio o mas reducido. Dentro de este elemento es muy valorada su capacidad para servir de puente o de contacto con otros, para establecer puntos de encuentro que permitan diferenciar a los tuyos del resto.




  • Elementos indiferenciadores: conviven sin aparentes problemas con los anteriores, tanto en la práctica juvenil como en su discurso cotidiano, permitiendo al joven concebirse diferente frente a otros, sin dejar de tener, al mismo tiempo, interés por participar en movimientos o acontecimientos musicales en los que pueda sentirse uno más. Dentro de este elemento resalta, por lo tanto, el interés por la “música pegadiza”, por la que “tiene mucho éxito” y la que “conoce todo el mundo”.




  1. La música como fuente de socialización y de identificación

El estudio de poder socializador de la música se remonta a las primeras observaciones sobre su relevante papel en las subculturas juveniles emergentes en los años cincuenta y sesenta. A comienzos de la década de los sesenta, David Riesman advertía ya del pulso que comenzaba a echar a las agencias de socialización tradicionales como la familia y la escuela. La música se estaba convirtiendo en un auténtico símbolo de búsqueda de identidad y autonomía, siendo usada como refuerzo de identificación con el grupo de iguales, como mecanismo para establecer una identidad separada de la de sus padres y como vehículo para canalizar la energía tan típicamente adolescente de rebeldía contra mundum. Para una comprensión correcta de este papel de la música es necesario, antes de nada, visualizar la esfera musical tal y como lo hacen los propios jóvenes, ampliando ésta a todo un conjunto de factores circundantes que están hoy en día tan integrados en el fenómeno musical juvenil que no puede hablarse propiamente de éste, como tampoco de su poder socializador, sin tenerlos en cuenta:




  • Las canciones: en su doble dimensión, musical y verbal, aportan al joven una visión especifica del mundo, de la sociedad, de las relaciones con sus padres, amigos o parejas, así como de su papel en todas esas tramas relacionales. Además, ofrecen a los jóvenes una priorización de valores a los que ser fiel e incluso por los que merece la pena sacrificarse o luchar. Aunque la letra del as canciones puede considerarse prioritaria en la transmisión de mensajes socializadores, no pueden pasarse por alto las numerosas formas en las que el componente musical habla al joven sobre un estilo de vida, sobre valores o sobre sí mismos, aunque su mensaje resulte más difícil de analizar objetivamente.




  • Ídolos: Algunos de los artistas, en su papel de ídolos musicales, desempeñan una función tan importante en el desarrollo de las visiones del mundo de adolescentes y jóvenes como la propia música por ellos interpretada. Su forma de vestir, su actitud vital, sus opiniones y sus declaraciones, su forma de vida, desempeñan un papel, en este sentido, tan relevante como la propia música.




  • Vídeos musicales: los videoclips, surgidos en los años sesenta como forma de promoción de singles y de grupos musicales, alcanzan su máximo esplendor en los años ochenta a través de la mítica cadena MTV, que produce un cambio en la forma de acercarse a la música, de conocer a los artistas y de formar estilos, como nuevo modelo conductual e imitativo para numerosos jóvenes. Por un lado, el videoclip se consolida como canal privilegiado de acercamiento de los artistas, de su look y su estética a los jóvenes. Por otro, esta forma de unión imagen-música ofrece un lenguaje estético-visual que se unirá a las letras de las canciones y a la música, proponiendo una nueva forma de transmitir velocidad, movimiento, historias fragmentadas y posmodernas.




  • DJs y eventos musicales: no conviene olvidar el papel de algunos disc-jokeys (DJs) y el gran protagonismo que éstos han alcanzado en los últimos decenios en el panorama musical no solamente por su función original de meros pinchadiscos, sino también como organizadores de eventos y escenas musicales.

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