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¿Qué tipo de ciencias sociales?
El diagnóstico precedente exige pensar radicalmente –es decir, desde su propia raíz– las razones del actual malestar en el campo de las ciencias sociales. Llegados a este punto, nos parece pertinente desafiar un supuesto que usualmente es soslayado en buena parte de los análisis dedicados a este tema. En realidad, las ciencias sociales no sólo deben ser enunciadas en plural debido a la multiplicidad de "disciplinas" que las componen sino también debido a que las mismas no se constituyen de la misma manera desde distintos planteamientos teórico-metodológicos. Hay unas ciencias sociales construidas a partir de las premisas del empirismo positivista y que culminan en la constitución de la sociología, la ciencia política, la economía, la antropología y la historia como saberes separados y compartimentalizados; pero hay otra visión de las ciencias sociales, la del materialismo histórico, que propone lo que siguiendo una expresión de Albert Hirschman –un brillante economista de nuestro tiempo, ajeno a los desvaríos de su profesión– denominaba "el arte de traspasar fronteras". De eso se trata, precisamente: de traspasar las artificiales fronteras erigidas entre las distintas disciplinas.
Porque, hagamos memoria: ¿Qué era Weber? Wallerstein nos recuerda, en el trabajo ya citado, que el autor de La ética protestante y el espíritu del capitalismo era sumamente renuente a llamarse a sí mismo sociólogo, y que durante la mayor parte de su vida académica prefirió autoidentificarse como "economista político" (1998, p. 6). Pero, ¿quién osaría negarle a Weber títulos como sociólogo, o politólogo? ¿Y su Historia económica general, en qué "disciplina" debemos encasilllarla? ¿Y qué haríamos con el sesgo fuertemente antropológico de su clásico estudio sobre las religiones antiguas: el judaísmo, el hinduismo y el budismo? Por último: ¿alguien se atrevería a expulsar a Weber del debate político-económico alemán a la vuelta del siglo?
¿Y qué podríamos decir de Marx? Sin duda, su obra se cuenta entre la de los padres fundadores de la economía. Más allá de las irrefutables pruebas que se derivan del análisis de sus principales escritos, centrados precisamente en la crítica de la economía política, existe un cúmulo de detalles –tal vez pequeños, anecdóticos o circunstanciales– que así lo atestiguan. Por ejemplo, de las paredes de la amplia y circunspecta antesala del chairman del Departamento de Economía del Instituto Tecnológico de Massachusetts (mit) cuelgan, simétricamente ordenados, una serie de cuadros con fotografías u óleos de las principales figuras de la profesión. Allí encontramos, flanqueado por Adam Smith, David Ricardo y el pastor Thomas Malthus, la clásica imagen de Marx de finales de la década de 1850, con su flamígera mirada desafiando la ortodoxia de un ámbito no demasiado afecto que digamos a sus teorías. Pero, ¿no hay también una teoría social –de las clases y su conflicto, de la estructura social, de la ideología– también en Das Kapital? ¿Y a qué disciplina corresponde El Dieciocho Brumario? ¿A la historia? Por cierto. ¿A la sociología? Sin la menor duda. ¿A la ciencia política? Claro que sí. Tomemos otro caso: Antonio Gramsci, junto con Max Weber, tal vez una de las más grandes cabezas de la teoría social en el siglo xx. ¿Cómo clasificar su análisis de la "cuestión meridional" italiana? Ese pequeño ensayo, una verdadera obra de arte por su concisión y profundidad, es a la vez una obra de economía, al examinar el papel de los aranceles proteccionistas y las estrategias de acumulación capitalista del bloque "industrial-agrario" que tuvo a su cargo la construcción del estado nacional en Italia. Pero también es una aguda radiografía de la estructura social del mezzogiorno, definido como una "inmensa disgregación social" sostenida reticularmente por la pequeña burguesía intelectual. Su análisis del campesinado italiano combina el enfoque macro de una sociología de orientación estructural con la sutileza de la observación antropológica sobre la conciencia de los actores sociales. ¿Y sus análisis sobre la hegemonía y la dominación en el estado moderno, dónde deben ser ubicados? Tales análisis han constituido, sin duda alguna, uno de los aportes fundamentales para la renovación teórica en la ciencia política en la segunda mitad del siglo xx.
No sería difícil continuar con esta lista. ¿Qué podría decirse de Wilfredo Pareto, autor del famoso Tratado de sociología y de Los sistemas socialistas? ¿Es economista? ¡Qué duda cabe! Pareto ha sido uno de los grandes economistas de este siglo, y su teoría del equilibrio de los sistemas le ha permitido asociar su nombre a algunos conceptos fundamentales de la economía. Pero también fue un agudo sociólogo y politólogo: su teoría del cambio social y su concepción de la estructura social lo califican plenamente como lo primero, al paso que sus teorizaciones sobre la política, la naturaleza del poder y el significado del régimen democrático constituyen duraderas, aunque incómodas, aportaciones al estudio de estos temas y lo sitúan en un plano destacado entre los politólogos de este siglo. ¿Y Joseph A. Schumpeter? Hizo aportes sustanciales a la teoría económica, pero su concepción de la democracia se encuentra en la base del consenso "minimalista" y "procedimentalista" que hoy predomina entre los politólogos de nuestros días. Podríamos seguir agregando muchos ejemplos con características similares: ¿era Tucídides sólo un historiador? ¿Y qué decir de Alexis de Tocqueville, Montesquieu y Adam Smith?
¿Qué significa todo esto? Que las figuras más importantes de las ciencias sociales, incluyendo por cierto a aquellos que no adhieren a la perspectiva epistemológica del materialismo histórico, han fundado sus contribuciones en su capacidad para "traspasar fronteras" disciplinarias que imponían absurdas restricciones a sus esfuerzos de análisis e interpretación de la realidad social. El empirismo positivista, con sus artificiales e increíbles líneas divisorias entre estado, sociedad y economía; y entre pasado y presente, y con su arbitraria fragmentación del objeto de estudio, ha entrado en una crisis terminal. En el terreno de la filosofía esta crítica comenzó a penetrar en los debates epistemológicos de las ciencias sociales latinoamericanas a partir de finales de los años sesenta, gracias a la obra del filósofo checo Karel Kosik y del español radicado en México, Adolfo Sánchez Vázquez (Kosik, 1967; Sánchez Vázquez, 1971).
Desde la tradición marxista la idea de una pluralidad de "ciencias sociales" siempre fue vista como un tributo a la concepción fragmentadora propia de la visión del mundo de la burguesía y no como el producto de una operación científica. El canon positivista fue correctamente interpretado como una postura metodológica que, en el terreno de la ciencia y el conocimiento, expresaba los intereses y la cosmovisión eminentemente conservadora de una clase que, habiendo transformado y recreado el mundo a su imagen y semejanza, sólo aspiraba a perpetuar su dominación sobre él. Las "afinidades electivas" entre las premisas básicas del positivismo y la visión conservadora de una burguesía que –siguiendo a Hegel, se concebía a sí misma como el último y más elevado peldaño en la evolución de la humanidad– fueron sagazmente identificadas por Michel Löwy. Tal como lo plantea este autor, las palabras de Auguste Comte son de una claridad tal que ahorran todo esfuerzo interpretativo: "el positivismo tiende poderosamente, por su índole, a consolidar el orden público con el desarrollo de una sabia resignación" (1908, T. IV, p. 100).
Esta claudicante actitud del fundador de la sociología hacia los poderes establecidos ayuda a comprender las razones por las que el positivismo habría de transformarse –¡nada menos que en el siglo de la irrupción de las masas!– en uno de los más preciados aliados ideológicos de los regímenes oligárquicos en América Latina, desde el "porfiriato" mexicano hasta el "roquismo" en la Argentina, pasando naturalmente por el Imperio y la República Velha en el Brasil, en cuya bandera se inscribió el lema político fundamental del positivismo: "Orden y progreso". El positivismo cumplía la función ideológica de "naturalizar" la desigualdad social y la explotación del hombre por el hombre. Esto requería, por supuesto, de una "sabia resignación" que a juicio de Comte no podía ser producto de la tradición o la costumbre, bases inestables para la creación del nuevo orden, sino del "profundo convencimiento de las leyes invariables que rigen todos los diversos géneros de fenómenos naturales" (1908, tomo iv, p. 100).
Tal como sugiere Löwy, el positivismo comteano se funda sobre dos premisas esenciales y estrechamente ligadas entre sí (1975, p. 182).
a) Por una parte, y desde un punto de vista epistemológico, la sociedad debe ser asimilada a la naturaleza. De hecho, no es por casualidad que Comte denomina a la nueva disciplina con el nombre de "física social", queriendo con esto subrayar la identidad profunda entre los supuestos automatismos de la vida social y los que rigen el funcionamiento de los cuerpos físicos. Mediante esta operación, lo social –con sus asimetrías, desigualdades y estructuras opresivas– se "naturaliza" y la "armonía natural" que existe en el reino de la naturaleza se proyecta luminosamente y sin tropiezos sobre la vida social. La armonía espontánea que Adam Smith había descubierto en la vida económica, regida por la sabiduría de la "mano invisible", se expande ahora hasta abarcar la totalidad de la vida social, prefigurando de este modo las nociones de kosmos (como el "orden espontáneo de lo social") y catallaxia (como una síntesis que unifica los intercambios de mercado, los sentimientos de comunidad y la conversión del enemigo en amigo) que en el último cuarto de nuestro siglo desarrollaría Friedrich Hayek en la más audaz tentativa contemporánea de legitimar la sociedad capitalista (1976, pp. 15-33).
b) La segunda premisa del positivismo comteano supera lo estrictamente epistemológico al postular la fundamental identidad entre sociedad y naturaleza: así como ésta se encuentra regida por leyes naturales lo mismo ocurre con la primera. La sociedad obedece en sus movimientos a una legalidad "natural", invariable e inmutable, independiente de la voluntad y la acción humanas. Frente a esta realidad se estrellan los impulsos y las utopías revolucionarias de quienes se empecinan en ignorar esta realidad o, en el lenguaye hayekiano, quienes interfieren irresponsablemente en la serena evolución del "orden natural" de lo social. La Revolución Francesa ha llegado al final de su camino, y su tarea –destructiva y violenta– debería ser reemplazada por el impecable saber técnico de una benevolente tecnocracia (Wallerstein: 1996, pp. 11-12). Al condenar la futilidad del "negativismo social" la sociología comteana preanuncia un argumento que al promediar el siglo xx irían a desarrollar Friedrich Hayek y otros autores adscriptos al neoliberalismo en su crítica a los mortales peligros del "racionalismo constructivista".

Elementos para una reconstrucción teórica unitaria
de las ciencias sociales
En consecuencia, la crisis de las ciencias sociales debe ser replanteada más que nada como la crisis del paradigma positivista de las ciencias sociales. Para esta matriz de pensamiento, de la cual ni siquiera Max Weber logró escapar, la sociedad es concebida como la yuxtaposición de una serie de "partes" diferentes –órdenes institucionales o factores, según el léxico empleado por diversos autores– que en su existencia histórica concreta pueden combinarse de múltiples formas. Si para el positivismo la dinámica social de las distintas "partes" puede reducirse a una legalidad universal –la que permite el tránsito desde la primitiva "solidaridad mecánica" a la "solidaridad orgánica" del capitalismo industrial, como asegura Emile Durkheim– en el caso de Weber las cosas son bien distintas. En efecto, la infinita combinatoria kantiana de variables, circunstancias históricas e individuos hace que el caos de lo social sea irreductible a ningún principio organizativo: de allí el radical rechazo que Weber sintiera tanto por el positivismo comteano como por el reduccionismo economicista del marxismo de la Segunda Internacional –que él lamentablemente confundiera con la teoría de Marx– y su insistencia en afirmar que las clases son fenómenos económicos, los grupos de status creaciones que pertenecen al ámbito de lo "social" y los partidos entidades que se agotan en la escena política. Estos tres órdenes de factores –compuestos además por miles de aspectos particulares– son los que se conjugan para dar lugar a la historia real, empíricamente observable, y que invalida cualquier tentativa de construir una teoría abstracta y abarcativa de carácter general. Frente a esto sólo queda el recurso de comprender la historia mediante la construcción de ingeniosos "tipos ideales", y ante los cuales aquélla se convierte en una mera sucesión de "desvíos" en relación con un paradigma basado en la completa racionalidad "medios-fines" de los agentes sociales. Paradojalmente, un intelectual de la erudición histórica de Weber concluye su empresa elaborando una teoría social y un sistema conceptual explícitamente divorciados de la historicidad de lo social (1973).
Contrariamente a lo que sostienen tanto el positivismo como la sociología comprensiva, las sociedades no son colecciones de partes o fragmentos aislados caprichosamente organizados por las misteriosas "leyes naturales" del positivismo o por la arbitrariedad de los tipos ideales weberianos. No es éste el lugar para abrir una discusión epistemológica acerca del impacto del fetichismo sobre el pensamiento social a que da origen el advenimiento de la burguesía como clase (Kossik, 1967; Cohen, 1978, pp. 115-133 y 326-344). Sin embargo, conviene recordar la crítica demoledora que Gyorg Lukács formulara a esta tendencia hacia la fragmentación y reificación de las relaciones sociales en su célebre Historia y conciencia de clase. Esta cosificación, anota el filósofo húngaro, tuvo como resultado la conformación de la economía, la política, la cultura y la sociedad como otras tantas esferas separadas y distintas de la vida social, cada una reclamando un saber propio y específico e independiente de los demás. En contra de esta operación, sostiene Lukács, "la dialéctica afirma la unidad concreta del todo", lo cual no significa, sin embargo, hacer tabula rasa con sus componentes o reducir "sus varios elementos a una uniformidad indiferenciada, a la identidad" (1971, pp. 6-12). Esta idea, naturalmente, es una de las premisas centrales de la metodología marxista, y fue claramente planteada por Marx en su famosa Introducción de 1857 a los Grundrisse: "lo concreto es lo concreto porque es la síntesis de múltiples determinaciones, por lo tanto unidad de lo diverso" (1973, p. 101). No se trata, en consecuencia, de suprimir o negar la existencia de "lo diverso" –para utilizar un vocablo muy actual, "la otredad"– sino de hallar los términos exactos de su relacionamiento con la totalidad. Los determinantes sociales y los elementos en operación en cualquier formación social concreta son muchos, pero según Lukács el método dialéctico sostiene que:
La aparente independencia y autonomía que ellos poseen en el sistema capitalista de producción es una ilusión, puesto que están implicados en relaciones dinámicas y dialécticas consigo mismos. Por consiguiente, sólo pueden ser adecuadamente pensados como los aspectos dinámicos y dialécticos de un todo igualmente dinámico y dialéctico (1971, pp. 12-13).
De ahí que sea necesario adoptar una metodología que habilite al observador a producir una reconstrucción teórica de la totalidad sociohistórica. Esta perspectiva totalizadora tropieza con la profesionalización y especialización que, tal como queda retratado en el primer capítulo del Informe Gulbenkian, terminan a lo largo del siglo xix por fragmentar el campo de las ciencias sociales y las humanidades en un conjunto de "disciplinas" completamente compartamentalizadas. Estas remiten, supuestamente, a otros tantos "campos" recortados de la realidad que en virtud del nuevo paradigma científico adquirirían vida propia convirtiéndose –gracias a la ilusión del positivismo– en esferas separadas e independientes de la realidad social. Bien ilustrativo es lo ocurrido con la Economía Política, nombre sólidamente establecido en la academia hacia la segunda mitad del siglo xviii. A medida que avanza el siglo y, sobre todo, después de iniciado el siguiente, las teorías liberales prevalecientes en la nueva disciplina van poco a poco velando el carácter "político" de la economía hasta el punto que hacia la segunda mitad del siglo xix la disciplina pasa a denominarse "Economía" a secas. Como bien observan los autores del Informe, la eliminación del adjetivo "política" hizo posible que los nuevos practicantes pudieran sostener que el comportamiento económico era la expresión de invariantes rasgos de una psicología individualista y universal más que un producto de instituciones socialmente construidas e históricamente limitadas. Este argumento, como es fácil de percibir, "pudo de este modo ser utilizado para reafirmar el carácter natural de los principios del laissez-faire" (Wallerstein, 1996: p. 17).
Como se comprenderá, de lo anterior se desprende una conclusión contundente: si la ciencia social tiene algún futuro en el próximo siglo, si podrá sobrevivir a la barbarie del reduccionismo economicista característico del neoliberalismo o al nihilismo conservador del posmodernismo –disfrazado de "progresismo" en algunas de sus variantes– será a condición de que se reconstituya como una empresa unitaria, como una ciencia social capaz de capturar la totalidad. Una totalidad, claro está, distinta a la que imaginan los teóricos posmodernos ante los cuales aquélla es un kaleidoscopio que desafía toda posibilidad de representación intelectual y que se volatiliza bajo la forma de un "sistema" tan omnipresente y todopoderoso que se torna invisible ante los ojos de los humanos. No sólo eso: como bien anota Terry Eagleton, "[H]ay una débil frontera entre plantear que la totalidad es excelsamente irrepresentable y asegurar que no existe", tránsito que los teóricos posmodernos hicieron sin mayores escrúpulos (1997, p. 23).
En consecuencia, el concepto de totalidad que requiere la reconstrucción de la ciencia social nada tiene en común con aquellas formulaciones que la interpretan desde perspectivas "holistas" u organicistas "que hipostasían el todo sobre las partes y efectúan la mitologización del todo". Parecería oportuno recordar las conclusiones de Karol Kossik sobre este tema: "la totalidad sin contradicciones es vacía e inerte, y las contradicciones fuera de la totalidad son formales y arbitrarias". A lo que agrega que la totalidad es abstracta si no considera simultáneamente a "la base y la superestructura" en sus recíprocas relaciones, en su movimiento y desarrollo; y, finalmente si no se tiene en cuenta que son los hombres y mujeres concretos, "como sujetos históricos reales" quienes crean en el proceso de producción y reproducción social tanto la base como la superestructura, construyen la realidad social, las instituciones y las ideas de su tiempo, y que en esta creación de la realidad social los sujetos se crean y recrean a sí mismos como seres históricos y sociales (Kossik, 1967, p. 74).

Crisis del determinismo, incertidumbre y caos
en la teoría social: comentarios finales
Habida cuenta de los anteriores planteamientos convendría ahora formular algunas observaciones. En primer lugar para registrar nuestro beneplácito con las orientaciones del pensamiento científico más avanzado de nuestro tiempo. Estas no hacen sino confirmar la validez de algunas premisas metodológicas centrales del materialismo histórico, que habían sido tradicionalmente negadas por el mainstream de las ciencias sociales y que ahora, gracias a los desarrollos epistemológicos acontecidos en el campo de las "ciencias duras", son revalorizadas y recuperan una inesperada actualidad. En efecto, la crítica a la linealidad de la lógica positivista; a la simplificación de los análisis tradicionales que reducían la enorme complejidad de las formaciones sociales a unas pocas variables cuantitativamente definidas; a la pretensión empirista compartida por la misma sociología comprensiva de Max Weber, de la "neutralidad valorativa" de un observador completamente aislado del objeto de estudio; y la insistencia clásica del marxismo en el sentido de procurar una interpretación cualitativa de la complejidad superadora de las visiones meramente cuantitativistas han sido algunos de los rasgos distintivos de la crítica que el marxismo ha venido efectuando a la tradición positivista desde sus orígenes. Conviene tomar nota de esta tardía pero merecida reivindicación.
El segundo tema lo quisiéramos formular como una reflexión y un interrogante: ¿hasta qué punto la teoría del caos constituye una dirección prometedora para superar las actuales dificultades a las que se enfrenta la teoría social? El argumento que se esboza en el Informe Gulbenkian parte de la constatación de la crisis de los modelos determinísticos en las ciencias naturales ocasionadas por la convicción de que "el mundo es mucho más inestable y complejo, y en el cual las perturbaciones juegan un papel sumamente importante" (Wallerstein,1996, p. 62). Lo anterior no implica negar la validez de la física newtoniana; pero afirma que los sistemas estables –reversibles temporalmente– de la ciencia newtoniana representan tan sólo un caso especial, un segmento limitado de la realidad. Sirve para comprender el equilibrio de los sistemas, o las situaciones cercanas a él, "pero no para los sistemas alejados del equilibrio, y estas condiciones son cuando menos tan frecuentes, si no más, que la de los sistemas en equilibrio" (1996, p. 62).
Si bien estas aseveraciones significan una radical y prometedora apertura epistemológica en relación con el modelo de ciencia tradicional, sería conveniente que las ciencias sociales evitasen reiterar errores del pasado –como ocurriera con el auge del positivismo– admitiendo acríticamente planteamientos y formulaciones desarrollados en contextos científicos que remiten a objetos de estudio y tipos de abordaje metodológico carentes de relevancia en el terreno de lo social. No por casualidad hasta el momento no se dispone de ninguna aplicación sistemática de las orientaciones heurísticas emanadas de la teoría del caos para la explicación de algún proceso social concreto. No se trata aquí de negar el papel que los elementos "caóticos" podrían haber jugado en los inicios remotos de la sociedad humana. Éste es un asunto que está fuera de nuestro alcance examinar y que, casi con seguridad, jamás podrá ser seriamente estudiado. Pero lo que sí parece suficientemente confirmado es que, una vez constituidas, las sociedades humanas han demostrado una serie de regularidades tanto en sus estructuras como en los itinerarios de su evolución histórica que las sitúa mucho más cerca de una condición de equilibrio –no en el sentido parsoniano del término ni en su versión neoclásica, por supuesto– que del extremo del caos. Se torna sumamente difícil comprender la dinámica de los modos de producción feudal o capitalista en virtud de la productividad del caos. Antes bien, el cuidadoso examen de muy diversas sociedades indica que en su evolución ellas siguieron trayectorias y comportamientos que, en líneas generales, se ajustaron bastante cercanamente a las estipulaciones de ciertos modelos teóricos. Una teoría inspirada en los modelos del caos difícilmente podría dar cuenta de las previsibles y sistemáticas tendencias que la sociedad capitalista exhibe, bajo todo tipo de condiciones, en materia de concentración de riqueza, rentas e ingresos, por ejemplo; o explicar, valga la redundancia, el "caos urbano" de África y América Latina como resultante del influjo de impredecibles y desconocidas perturbaciones. En suma: la utilidad de la teoría del caos parecería bastante limitada en los estudios sociales. Quizás pudiera ser de una cierta importancia en el análisis de situaciones extremas y de muy corta duración, como por ejemplo cierto tipo de catástrofes naturales como los terremotos o los aludes. Sin embargo, la literatura que ha surgido en torno al terremoto de la Ciudad de México de 1985 muestra que lo que se "caotizó" fue el decrépito y corrupto estado priísta y que, superado el shock inicial, la sociedad se puso en movimiento, reconstituyó sus tejidos asociativos y se dio a la tarea de auxiliar a las víctimas y prestar ayuda a los sobrevivientes de una manera que para nada obedecía a las estipulaciones de un modelo de caos.
Por otra parte, es cierto que la insistencia de Ilya Prigogine en el carácter abierto y no predeterminado de la historia es un útil recordatorio para los dogmáticos de distinto signo, tanto los supuestamente marxistas que creen en la inexorabilidad de la revolución y el advenimiento del socialismo, como los neoliberales que con el mismo empecinamiento celebran "el fin de la historia" y el triunfo de los mercados y la democracia liberal. La historia presenta coyunturas en donde se abren oportunidades a la vez que se clausuran otras. En los años finales de su vida, conmovido por la caída del Imperio alemán y el triunfo de la revolución en Rusia, Weber acuñó una fórmula que conviene recordar en una época como la nuestra, tan saturada por el triunfalismo neoliberal: "sólo la historia decide". Pero sería un acto de flagrante injusticia olvidar que fue el propio fundador del materialismo histórico quien una y otra vez puntualizó el carácter abierto del proceso histórico, más allá de las distorsiones que su pensamiento habría de sufrir a manos de sus simpatizantes y codificadores. Para Marx lo concreto era lo concreto precisamente por ser la síntesis de múltiples determinaciones y no el escenario privilegiado en el cual se desplegaba la potencia creadora de los factores económicos. Fue por eso que Marx –un autor sin cuya recuperación intelectual será imposible reconstruir la ciencia social que necesitamos– sintetizó su visión no determinística del proceso histórico cuando pronosticó que en algún momento de su devenir las sociedades capitalistas deberían enfrentarse a un dilema de hierro: "socialismo o barbarie". No había lugar en su esquema teórico para "fatalidades históricas" o "necesidades ineluctables" portadoras del socialismo con independencia de la voluntad de los hombres y mujeres que constituyen una sociedad. Las observaciones de Prigogine deben ser bienvenidas porque no hacen sino ratificar, desde una perspectiva completamente distinta y desde una reflexión originada en las "ciencias duras", las importantes anticipaciones teóricas de Marx.
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