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Boron, Atilio A.. Epílogo ¿Una teoría social para el siglo XXI?. En libro: Tras el Búho de Minerva. Mercado contra democracia en el capitalismo de fin de siglo. Atilio A. Boron. Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, Argentina. 2000. p. 245.

Disponible en la World Wide Web: http://bibliotecavirtual.clacso.org.ar/ar/libros/buho/epilogo.rtf




Epílogo ¿Una teoría social para el siglo XXI?*

Atilio A. Boron

* Ponencia presentada al xivº Congreso Mundial Asociación Internacional de Sociología (Montreal, Canadá, 1998).



Introducción: un fin de siècle antiteórico y su
impacto sobre la teoría social
No sólo hay un malestar en la cultura, actualizando a fines del siglo xx con rasgos aún más marcados el diagnóstico que Sigmund Freud esbozara en los albores de la década del treinta. En el campo de las ciencias sociales también hay un "malestar en la teoría y con la teoría", especialmente con aquéllas que, siguiendo las huellas de la tradición clásica, persisten en su empeño por tratar de explicar el movimiento de la sociedad en su conjunto. En el clima ideológico actual, dominado por la embriagante combinación del nihilismo posmoderno con el tecnocratismo neoliberal, las teorías de la sociedad suscitan el fastidio y, a veces, hasta el desprecio de muchos científicos sociales. Las teorías –cualesquiera que sean– han caído en desgracia y cualquier principiante o dilettante se atreve a fulminarlas bajo la acusación irredimible de no ser otra cosa que obsoletos "grandes relatos" novecentistas, merecedores de la calma acogedora de los museos. Este descrédito sin precedentes de la labor teórica está relacionado con un conjunto de factores: (a) la crisis de lo que podríamos llamar, de un modo un tanto heterodoxo, "la forma universidad" como marco institucional en el cual se llevan a cabo las tareas de enseñanza, aprendizaje e investigación en las ciencias sociales; (b) el creciente papel que, al menos en los capitalismos periféricos, asumen instituciones noacadémicas como el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, los gobiernos y ciertas fundaciones privadas en la elaboración de la "agenda" de investigaciones de las ciencias sociales y en el cada vez más laborioso financiamiento de las mismas; (c) el lastre antiteórico del saber convencional, potenciado por las exigencias del mercado de trabajo de los científicos sociales que premia el conformismo y las actitudes "pragmáticas y realistas" y castiga con el desempleo el espíritu crítico y la inclinación teórica; (d) la deplorable gravitación que ha adquirido el artificioso "practicismo" exigido por las más importantes fuentes de financiamiento, lo que desnaturaliza por completo la labor de los científicos sociales, devenidos en incompetentes social workers a cuyo cargo supuestamente deberían encontrarse los sectores más vulnerables y explotados de nuestras sociedades; y (e), por último, las lamentables consecuencias que se desprenden del ciclo "gi-go" (garbage in, garbage out ["entra basura, sale basura"]) resultante de las condiciones adversas bajo las cuales se realiza la investigación y la docencia en el campo de las ciencias sociales: presupuestos insuficientes, bajos salarios, urgencia en obtener los resultados, etc., todo lo cual condiciona negativamente la calidad de nuestra producción intelectual.
El talante antiteórico de nuestra época salta a la vista cuando se lo compara con el esplendor que exhibía el clima intelectual europeo hace un siglo atrás, y del cual la obra de Henry S. Hughes nos brindara un fresco inolvidable (1961). En los albores de nuestro siglo los nombres de Weber, Durkheim y Marx –a los que podría agregarse una larga lista de distinguidos teóricos como Simmel, Toennies, Pareto, Freud, etc.– eran punto de referencia obligada en el quehacer de la sociología, y su influencia ha logrado proyectarse, pese a su declinante gravitación, hasta nuestros días. Por el contrario, en fechas más recientes se comprueba la desaparición sin dejar rastros de lo que C. Wright Mills denominara "la gran teoría". No sólo la síntesis parsoniana cayó en el olvido: las teorías alternativas que competían con ella no corrieron mejor suerte. No hablemos de la obra de Pitirim Sorokin, cuya farragosidad y estéril enciclopedismo la condenaron a una muerte prematura; lo mismo ocurrió con la teorización de George Homans y Robert K. Merton. En la ciencia política, una disciplina que en los 30 treinta años ha estado crecientemente expuesta a la insalubre influencia de la economía neoclásica, la crisis teórica adquirió la forma de una irresponsable liquidación de la tradición de la filosofía política y de una desenfrenada "huida hacia adelante" en pos de una nueva piedra filosofal: los microfundamentos de la acción social. Estos revelarían, en su primigenia amalgama de egoísmo y racionalidad, las claves profundas de la conducta humana con abstracción de las circunstancias históricas, factores estructurales o tradiciones culturales que pudieran condicionarla. En uno y otro caso, tanto en la sociología como en la ciencia política los resultados fueron decepcionantes.
Las consecuencias de esta infortunada situación se reflejan en la progresiva marginación que la enseñanza de la teoría social está sufriendo tanto en las grandes universidades del mundo desarrollado como en los países de la periferia. En la economía, por ejemplo, este proceso de disolución teórica se encuentra muy avanzado, a grado tal que muchos de los mejores programas doctorales de las principales universidades norteamericanas ya abandonaron la enseñanza de la historia de las doctrinas económicas, supuestamente por inservibles. El tragicómico resultado de todo esto es que los jóvenes doctorandos –cuya edad promedio ha descendido notablemente en los últimos 20 años– adquieren una pobrísima y sesgada formación teórica que difícilmente trasciende los límites de los papers y libros publicados a partir de la década del ochenta. La mayoría desconoce la obra de Smith, Ricardo y Marx; y sólo excepcionalmente han trabajado algunos textos de figuras tales como Marshall, Jevons, Walras, Pigou y Robinson. Hasta el mismísimo Keynes –para no hablar de Sraffa– es vagamente imaginado como un monstruo antediluviano que poblaba el confuso y oscuro universo previo a la aparición de la econometría. Para estos futuros económetras –muchos de los cuales habrán de tener una decisiva importancia práctica como funcionarios de gobiernos, expertos de consultoras y grandes bancos transnacionales, o técnicos de organismos tales como el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional– lo que se denomina "teoría" no es otra cosa que el conjunto de ideas convencionales desarrolladas en los papers publicados por sus profesores –si bien empaquetadas en teoremas hiper-matematizados– y que guardan una remota relación con los problemas reales de la economía. Las quejas recurrentes de empresarios y funcionarios gubernamentales acerca de la inutilidad de la teoría económica para predecir acontecimientos tan espectaculares como la "crisis del tequila" a fines de 1994 y la del Sudeste Asiático de mediados de 1997 –tan sólo para referirnos a dos de los ejemplos más recientes– hablan bien a las claras de las insalvables limitaciones de modelos teóricos que, en el horno incandescente de la historia, persisten en su equívoco de creer que la elegancia matemática de su formulación garantiza la riqueza sustantiva y la profundidad de sus proposiciones.
Claro está que una situación como la descripta más arriba no es sólo privativa de la economía. También se observa en la sociología y la ciencia política. En la primera el derrumbe del "estructural-funcionalismo" y el imponente edificio teórico elaborado por Talcott Parsons desde mediados de los años treinta dejó tras de sí un inmenso vacío que aún no ha sido cubierto. La "gran teoría", construida a imagen y semejanza del triunfante capitalismo norteamericano de posguerra, exaltaba el "consenso sobre los valores fundamentales" que según Parsons predominaba en Estados Unidos de los años cincuenta, minimizaba sus tensiones y fracturas estructurales y postulaba, en una mezcla de ingenuidad y conformismo, un futuro concebido como la eterna prolongación de tan idílico presente norteamericano de la posguerra. La propia historia de Estados Unidos en la segunda mitad de este siglo se encargó de arrojar por la borda tales ilusiones. Y en América Latina, las expectativas optimistas que la sociología y la ciencia económica de esos años anticipaban para nuestros pueblos: desarrollo económico, expansión de las clases medias, democracia política –en suma, una maravillosa "norteamericanización" de América Latina– fueron barridas impiadosamente por el vendaval de la historia. Lamentablemente, la crisis de la teoría hegemónica significó, lisa y llanamente, el abandono de toda pretensión de teorizar a la sociedad en su conjunto. Ante tal situación, la sociología buscó refugio en una autodestructiva "ultraespecialización" que le permitió estudiar el árbol ignorando la presencia del bosque (Wallerstein, 1998, pp. 50-51).
En la ciencia política la situación no ha sido más reconfortante. Basta recordar el auge y la estrepitosa caída de la llamada behavioral revolution y de los absurdos intentos –comandados por un teórico de la talla de David Easton, nada menos– de "expulsar" los conceptos de poder y estado del dominio de la ciencia política debido a su supuestamente incurable ineptitud para aprehender y mensurar con precisión los fenómenos de la vida política contemporánea. La famosa systems theory que, tras las huellas de Parsons, Easton construyera en los años cincuenta no corrió mejor suerte que la de su inspirador. En años más recientes Adam Przeworski certificaba la crisis y el desconcierto teóricos de la ciencia política con su sorprendente incapacidad para anticipar acontecimientos tales como la caída de las "democracias populares" de Europa del Este. A juicio de Przeworski esto constituyó un "asombroso fracaso de la ciencia política", análogo en su magnitud e implicaciones con la ineptitud de la teoría económica dominante para predecir algunos de los eventos más significativos de los últimos años (1991, p. 1). Pese a ello en la ciencia política se ha persistido en una tendencia que nos parece suicida: por una parte, la acelerada asimilación del arsenal metodológico de la economía neoclásica, reflejada en el auge abrumador de las teorías de la "elección racional"; por la otra, el insensato abandono de una tradición de reflexión filosófico-política que tiene 2500 años y que, a diferencia de las corrientes de moda en estos días, se ha caracterizado por su persistente focalización en torno a lo relevante y a lo significativo. En síntesis: la construcción teórica aparece cada vez con mayor frecuencia como una empresa fútil y superflua.

Génesis de la presente crisis
Uno de los esfuerzos más rigurosos y fecundos para diagnosticar la naturaleza de la crisis de las ciencias sociales a fines del siglo xx se encuentra en el llamado Informe Gulbenkian. Este trabajo fue la obra de un distinguido grupo de científicos entre los cuales seis pertenecían al campo de las ciencias sociales; otros dos procedían de lo que con una terminología un tanto obsoleta, según lo prueba el propio Informe, podrían denominarse como "ciencias duras", mientras que los dos restantes provenían de las humanidades. La dirección intelectual del proyecto recayó sobre Immanuel Wallerstein, y a lo largo de sus páginas se pasa revista a algunos de los hitos más importantes en el desarrollo de las ciencias sociales desde el siglo xviii hasta la actualidad.
Dado que el Informe se refiere a algunos temas centrales para nuestro argumento y que el mismo ha sido ampliamente difundido lo utilizaremos como un punto de referencia básico de nuestra discusión. Es preciso decir, antes que nada, que en líneas generales coincidimos con el diagnóstico y –si bien con algunas reservas que serán expuestas más adelante– con los aspectos propositivos del Informe. Quisiéramos, en todo caso, sugerir la necesidad de contemplar algunos matices que a nuestro juicio nos parece que no cobran suficiente relieve en su redacción y que podrían eventualmente representar direcciones prometedoras para el avance de la teoría social en el siglo venidero.
Simplificando un argumento que en el Informe se explicita muy cuidadosamente, podría decirse que la génesis del presente desasosiego de las ciencias sociales se remonta a la crisis de un modelo de ciencia: aquél que se vino gestando desde el siglo xvi y que cabría denominar como el paradigma "newtoniano/cartesiano". El componente "newtoniano" aportaba una idea fundamental para la labor científica: el supuesto, por largo tiempo evidente e indiscutido, de que entre el pasado y el futuro existía una absoluta simetría. De este modo se podían establecer certezas imprescindibles para las nacientes ciencias de la naturaleza puesto que todo el universo de la creación parecía suspendido en un eterno e imperturbable presente, a la espera del científico que llegase a develar sus secretos. La visión "cartesiana", por su parte, complementaba y reforzaba lo anterior al postular un dualismo insalvable entre el hombre y la naturaleza, entre la materia y el espíritu, entre el mundo físico y el espiritual. Dentro del perímetro definido por estas dos coordenadas habrían de constituirse, siglos más tarde, las ciencias sociales (Wallerstein, 1996, p. 2).
Este modelo de ciencia, sobre el cual se sustentó el desarrollo de las ciencias sociales desde el siglo xviii, ha entrado en crisis. En efecto, el paradigma tradicional comenzó a ser fuertemente cuestionado ya desde los años sesenta, si bien los orígenes más remotos de esta impugnación se proyectan hasta finales del siglo pasado. Dos innnovaciones producidas en las ciencias físicas y las matemáticas son identificado por el Informe Gulbenkian como de especial importancia por su impacto sobre las ciencias sociales: por una parte, la crisis de la epistemología nomotética en el propio campo de las "ciencias duras"; en segundo lugar, los nuevos desarrollos teóricos que en estas disciplinas "han subrayado la no-linealidad sobre la linealidad, la complejidad sobre la simplificación y la imposibilidad de remover al observador del proceso de medición y [...] la superioridad de las interpretaciones cualitativas sobre la precisión de los análisis cuantitativos" (1996, p. 61). En suma, termina diciendo el Informe que "las ciencias naturales han comenzado a parecerse mucho más a lo que por mucho tiempo había sido despreciado como ‘ciencias blandas’ que a aquello que fuera considerado como ‘ciencias sociales duras’" (1996, p. 61).
Esta situación no sólo puso en crisis los supuestos medulares de la teoría social del mainstream y sus premisas epistemológicas positivistas sino que también contribuyó a erosionar ciertos principios fundantes de la organización de las ciencias sociales, principalmente su fragmentación en "disciplinas" independientes y compartimentalizadas y los criterios de su "profesionalización". Los perfiles principales de esta crisis fueron sintetizados con total precisión en la conferencia que Immanuel Wallerstein pronunciara en la sesión inaugural de este congreso. Para Wallerstein la "cultura de la sociología" –es decir, el conjunto de axiomas, premisas y supuestos de distinto tipo que estructuran a la sociología como un saber especializado– se enfrenta hoy a seis desafíos que si bien no constituyen necesariamente verdades irrefutables "plantean demandas creíbles y verosímiles para que los académicos reexaminen sus premisas" (1998, p. 18). El precio que podría tener que pagarse por ignorar estos desafíos es demasiado elevado como para incurrir en actitudes autocomplacientes. Brevemente, los desafíos en cuestión se refieren a la incorporación de la herencia freudiana en las ciencias sociales, la cuestión del eurocentrismo, la construcción social del tiempo (Braudel), la cuestión de la complejidad (Prigogine), el feminismo y, por último, la modernidad.
Es oportuno subrayar, llegado a este punto, que la exhortación que Wallerstein formula a los sociólogos y la recomendación que propone, en el sentido de reconstruir una ciencia social que ponga fin a la artificial fragmentación prevaleciente, debe también ser oída con mucha atención por economistas y politólogos. Sería una muestra de arrogancia irracional pretender que el ejercicio de autocrítica a que invita Wallerstein carece de sentido en estas disciplinas. Sólo un espíritu increíblemente obcecado y dogmático podría negar la profundidad de la crisis que afecta a la economía neoclásica, que marcha alegremente hacia su eventual dilución en una especie de técnica contable carente de vuelo y perspectivas. Y no se trata tan sólo de comprobar el abismo insondable que separa la visión amplia –sociológica, histórica y filosófica, además de económica– de un Adam Smith, por ejemplo, con la de algunos de los premios Nóbel de nuestros días, merecedores de tal distinción por haber pergeñado artificiosas fórmulas matemáticas para diseñar instrumentos con los que los operadores financieros pueden estimar los precios de los junk bonds, los derivativos y las acciones en lo que algunos economistas respetuosos de la tradición clásica denominan como casino capitalism. No hace falta ir tan lejos: la decadencia de la teoría económica se comprueba simplemente contrastando los artículos publicados en la American Economic Review hace unos 50 años, cuando los economistas todavía se ocupaban –como Joseph A. Scumpeter, para poner un brillante ejemplo– de los problemas del mundo real, con las banalidades matematizadas que se publican cual si fueran productos científicos en nuestros días. Por ejemplo, complejos razonamientos altamente formalizados y modelizados para tratar de entender por qué la tasa de ahorro es tan baja en los países subdesarrollados, en donde el prolijo manejo de tres o cuatro variables cuantitativas soslaya el hecho elemental de que aproximadamente la mitad de la población mundial sobrevive con ingresos equivalentes a un dólar norteamericano por día, con lo cual pese a los esforzados consejos de los economistas neoclásicos las esplendorosas posibilidades de decidir cómo y en qué ahorrar y dónde invertir se esfuman en un abrir y cerrar de ojos. O disparates como los que dijera Gary Becker, premio Nóbel de Economía en una reciente visita a la Argentina, cuando afirmó que la desocupación –que en ese momento afectaba al 18 % de la población económicamente activa– era un falso problema que sólo reflejaba la obstinación de los trabajadores –alentada por sus corruptas dirigencias gremiales– en negarse a trabajar por un salario de 100 dólares mensuales. Cuando alguno de los presentes le recordó que debido a la sobrevaluación de la moneda local el costo de vida en la Argentina era similar al de Estados Unidos y que ninguna persona podía vivir con 100 dólares mensuales, la respuesta del "sabio" fue terminante: "la economía como ciencia nada tiene que decir acerca de cuánto dinero necesita un trabajador para vivir". No es necesario acumular más ejemplos para persuadirnos de la necesidad que la economía tiene de tomar en cuenta las sugerencias de Wallerstein.
El panorama no es menos deprimente si se observa el caso de la ciencia política, donde los alcances de la crisis teórica han llegado a proporciones agobiantes. Esto es particularmente cierto habida cuenta de dos razones principales que deben ser distinguidas pero que se encuentran altamente interrelacionadas. Primero, por tratarse de una disciplina que tiene el privilegio de contar con una venerable y fecunda tradición de discurso de 2500 de antigüedad pero que en estos momentos se encuentra arrinconada en los márgenes de la profesión. Las causas de esta involución son muchas y de diverso tipo, y no es éste el lugar para examinarlas detalladamente. El auge del behavioralismo fue, sin duda, uno de los factores. El extravío de la filosofía política contribuyó asimismo a su propia decadencia, al expurgar de su seno todo vestigio de pensamiento crítico y resignarse a ser una tediosa y superflua legitimación de las instituciones políticas de la sociedad capitalista, algo que los pioneros del behavioralismo hacían con mayor convicción y con un lenguaje más adecuado a las exigencias de la época. Segundo, porque la ciencia política constituye en el universo de las ciencias sociales el caso más exitoso de "colonización" de una disciplina a manos de la metodología propia de la economía neoclásica. Ni en la sociología ni en la antropología, la historia o la geografía, el paradigma de la "elección racional" y el "individualismo metodológico" ha alcanzado el grado formidable de hegemonía que detenta en la ciencia política, en sus más variadas especialidades, con las consecuencias por todos conocidas: pérdida de relevancia de la reflexión teórica, creciente distanciamiento de la realidad política, esterilidad propositiva. Una ciencia política que muy poco tiene que decir sobre los problemas que realmente importan y que, para colmo, es incapaz de alumbrar el camino en la búsqueda de la buena sociedad.
La crisis teórica, en consecuencia, es muy grave. De lo que se trata, entonces, es de ver cuáles podrían ser los caminos que nos permitan superar esta situación. Pero antes será preciso examinar otra cuestión.

La "sensibilidad posmoderna" y la rebelión antiteórica
La crisis teórica de las ciencias sociales obedece también a otro conjunto de factores. En efecto, el debilitamiento del paradigma "newtoniano-cartesiano" no necesariamente tenía que conducir a una situación como la actual si dicho proceso no hubiese confluido con otro, analíticamente distinto pero fuertemente relacionado: el auge del posmodernismo como una forma de sensibilidad, o como un "sentido común" en la acepción gramsciana del término. En un trabajo pionero sobre la materia, Jameson ha definido al posmodernismo como la "lógica cultural del capitalismo tardío", señalando de este modo la estrecha vinculación existente entre el posmodernismo como estilo de reflexión, cánon estético y forma de sensibilidad y la envolvente y vertiginosa dinámica del capitalismo globalizado (1991).
Las teorías de inspiración posmoderna –múltiples y, en ocasiones, contradictorias entre sí– comparten, pese a ello, una serie de supuestos básicos. Debemos subrayar, antes que nada, su visceral rechazo al universalismo propio de la Ilustración y que se expresa en su repudio a cualquier concepción de términos tales como "verdad", "razón" y "ciencia" (Morrow y Torres, 1995, p. 413). Tal como lo planteara David Ford, en un sugerente trabajo:
Los conceptos actuales de racionalidad y conocimiento enfatizan la variabilidad histórica y cultural, la falibilidad, la imposibilidad de ir más allá del lenguaje y alcanzar la "realidad", la naturaleza fragmentaria y particular de toda comprensión, la penetrante corrupción del conocimiento por el poder y la dominación, la futilidad de toda búsqueda de fundamentos seguros y la necesidad de un enfoque pragmático para enfrentar estas cuestiones (1989, p. 291).
A lo anterior habría que agregar, siguiendo a Ford, que el así llamado "giro lingüístico" que en buena medida ha "colonizado" las ciencias sociales remata en una concepción gracias a la cual los hombres y mujeres de carne y hueso, históricamente situados, se volatilizan en espectrales figuras que habitan en "textos" de diferentes tipos y que constituyen su gaseosa identidad como producto del interjuego entre una miríada de signos y símbolos heteróclitos. Dado que estos textos contienen paradojas y contradicciones de todo tipo nos enfrentamos ante el hecho de que su "verdad" es indecidible, alimentando de este modo el ultrarelativismo del pensamiento posmoderno.
Es innecesario insistir en demasía sobre el hecho de que este ataque radical a la noción misma de verdad comporta una crítica devastadora a toda concepción de la filosofía como un saber comprometido con su búsqueda, el sentido, la realidad o cualesquiera clase de propósito ético como la buena vida, la felicidad o la libertad. Es por esto que Christopher Norris señaló con toda agudeza que, en su apoteosis, el posmodernismo termina instaurando "una indiferencia terminal con respecto a los asuntos de verdad y falsedad" (1997, p. 29) en la medida en que lo real es concebido como un gigantesco y caleidoscópico "simulacro" que torna fútil y estúpido cualquier intento de pretender establecer aquello que Nicolás Maquiavelo llamaba la veritá effetuale delle cose, es decir, la verdad efectiva de las cosas. Las fronteras que delimitaban la realidad de la fantasía así como las que separaban la ficción de lo efectivamente existente se desvanecieron por completo con la marea posmodernista. Para la sensibilidad posmoderna, en cambio, la realidad no es otra cosa que una infinita combinatoria de juegos de lenguaje, una descontrolada proliferación de signos sin referentes y un cúmulo de inquebrantables ilusiones, resistentes a cualquier tentativa de la razón encaminada a develar sus contenidos mistificadores y fetichizantes. Como bien observa Norris, la obra de Jean Baudrillard llevó hasta sus últimas consecuencias el irracionalismo posmoderno: "no nos es posible saber" si realmente la Guerra del Golfo tuvo lugar o no, decía Baudrillard, mientras las bombas caían sobre Bagdad (Norris, 1997, p. 29). Siendo la realidad, en consecuencia, un "fenómeno puramente discursivo, un producto de los variados códigos, convenciones, juegos de lenguaje o sistemas significantes que proporcionan los únicos medios de interpretar la experiencia desde una perspectiva socio-cultural dada" (Norris, 1997, p. 21).
Recapitulando: si la crisis paradigmática del pensamiento científico puso en duda la validez de las premisas newtonianas-cartesianas, el ataque del nihilismo e irracionalismo posmoderno agravó considerablemente las cosas toda vez que, ante la incertidumbre de la primera, la única escapatoria que propone el segundo es el liso y llano renunciamiento a toda pretensión de desarrollar una teoría científica de lo social. Quienes adhieren a esta perspectiva, cuyas connotaciones autocomplacientes y conservadoras no pueden pasar inadvertidas para nadie, se refugian en un solipsismo metafísico que se desentiende por completo de la misión de interpretar rigurosamente el mundo y, con más énfasis todavía, de cambiarlo. La famosa "Tesis Undécima" de Marx quedó así, para estos autores, definitivamente archivada.
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