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Boron, Atilio A.. ¿Posmarxismo? Crisis, recomposición o liquidación del marxismo en la obra de Ernesto Laclau. En libro: Tras el Búho de Minerva. Mercado contra democracia en el capitalismo de fin de siglo. Atilio A. Boron. Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, Argentina. 2000. p. 245.

Disponible en la World Wide Web: http://bibliotecavirtual.clacso.org.ar/ar/libros/buho/cap3.rtf




3. ¿Posmarxismo? Crisis, recomposición o liquidación

del marxismo en la obra de Ernesto Laclau*

Atilio A. Boron

* Este capítulo fue publicado en 1996 con el título "¿Posmarxismo? Crisis, recomposición o liquidación del marxismo en la obra de Ernesto Laclau", en: Revista Méxicana de Sociología, México. vol. 58, núm. 1, enero-marzo.



Introducción
La crisis teórica en la sociología y la ciencia política, expresión del colapso de los paradigmas que organizaron las actividades de esas disciplinas desde los años de la posguerra, ha abierto un vacío que se ha convertido en el campo de batalla de un conjunto de nuevas teorizaciones y enfoques epistemológicos. Pero el trono que dejaran vacante la fugaz supremacía del "estructural funcionalismo" en la sociología y el rápido agotamiento de la así llamada "revolución conductista" en la ciencia política se encuentra aún a la espera de su sucesor. Los pretendientes que pugnan por la sucesión han sido hasta ahora incapaces de conquistar el reino, aún cuando algunos de ellos, como la escuela de la "elección racional" han expandido notablemente su esfera de influencia y penetrado con fuerza en las ciudadelas teóricas de sus adversarios. No obstante, las insanables debilidades teóricas y epistemológicas de este enfoque permiten pronosticar que su futuro en una disciplina tan antigua como la filosofía política no habrá de ser brillante y con toda seguridad será breve.

Uno de los candidatos que aspira a ocupar el trono vacante, no el más fuerte pero aún así de cierto peso, es el "posmarxismo". Las significativas transformaciones experimentadas por las sociedades capitalistas desde los años setenta unidas a la desintegración de la Unión Soviética y las "democracias populares" de Europa Oriental proyectaron al primer plano, por enésima vez, el tema de la crisis del marxismo y la urgencia de su radical e irreversible superación. Una de las expresiones más ambiciosas en este sentido es precisamente el "posmarxismo", concebido como un gran esfuerzo de síntesis entre ciertos aspectos del legado de la obra de Karl Marx, interpretados con total liberalidad, y algunas contribuciones teóricas producidas al amparo de tradiciones intelectuales irreconciliables con el socialismo marxista. Tal como pretendemos demostrar en este capítulo, el resultado final de tal empresa es una fórmula teóricamente ecléctica y políticamente conservadora.


La obra de Ernesto Laclau y Chantal Mouffe constituye una de las más importantes contribuciones al desarrollo del pensamiento "posmarxista". Según la opinión vertida por ambos autores en el "Prefacio" a la edición española de Hegemonía y estrategia socialista. Hacia una radicalizacion de la democracia, las tesis desarrolladas en ese libro –originalmente publicado en Londres en 1985– han "estado desde entonces en el centro de un conjunto de debates, a la vez teóricos y políticos, que tienen lugar actualmente en el mundo anglosajón" (1987 [b]: p. vii [en adelante, HES]). Sin desmerecer la importancia de las reflexiones allí contenidas nos parece que esta afirmación es un tanto exagerada, producto tal vez de eso que Gramsci acertadamente llamara "la visión del campanario" y que sólo permite percibir los límites pequeños de la aldea ignorando lo que ocurre fuera de sus murallas. Más cercano a la verdad sería afirmar que dichas tesis causaron una cierta agitación que todavía palpita, si bien débilmente, en algunos círculos académicos latinoamericanos –especialmente en Argentina, Chile y México– y en menor medida en el Reino Unido. Sin embargo, en el corazón del mundo anglosajón al cual se refieren Laclau y Mouffe, Estados Unidos –para no hablar de Europa continental y buena parte del resto de América Latina, África y Asia– tales tesis han pasado prácticamente desapercibidas. En el terreno de los partidos y movimientos sociales es imposible dejar de advertir que en relación a los debates políticos y prácticos del Foro de São Paulo o el Congreso Nacional Africano, el partido liderado por Nelson Mandela en Sudáfrica –para usar algunos de los ejemplos mencionados en la obra de Laclau y Mouffe– la incidencia práctica de las propuestas del "posmarxismo" no ha sido más gravitante que las que les pudo haber cabido a las teorizaciones de Wittgenstein, Derrida o Lacan. En este sentido, tampoco sería razonable suponer que la reciente –y deplorable– "actualización" doctrinaria producida por el Partido Laborista de Gran Bretaña, o la creación en Italia del Partido Democrático de Izquierda por parte de los "emigrados" del antiguo pci, guarden demasiado parentesco, pese a su evidente afinidad ideológica, con la minuciosa "deconstrucción" del marxismo llevada a cabo en HES y en los textos posteriores de Laclau y Mouffe (Laclau, 1993).


Pese a ello es indiscutible que la obra de Laclau y Mouffe ha adquirido una indudable gravitación en las ciencias sociales latinoamericanas y entre los intelectuales tributarios de las diversas corrientes en las que hoy se expresa el talante posmoderno. En su tiempo Gino Germani observó que uno de los rasgos aberrantes del medio académico latinoamericano era que la extraordinaria divulgación adquirida por las críticas formuladas a un cierto autor o corriente intelectual –en su caso, Talcott Parsons y la "sociología científica" estadounidense– no estaban acompañadas (y mucho menos precedidas) por idéntico empeño puesto en conocer seriamente la naturaleza, alcances e implicaciones del pensamiento criticado. Su comentario reflejaba el asombro que le había producido la fulminante popularización de los cuestionamientos –sin duda acertados, conviene aclarar– de C. Wright Mills al modelo parsoniano, en circunstancias en que éste apenas era conocido por los lectores de habla hispana1. Si traemos este recuerdo a colación es porque treinta años más tarde el absurdo todavía persiste, sólo que en forma invertida: si en el fragor rebelde de los años sesenta era el pensamiento del establishment el que debía pugnar por instalarse legítimamente en el debate ideológico, en los conservadores años noventa es la crítica marxista la que es desterrada a los márgenes de la controversia teórica. Como ocurre con harta frecuencia en nuestros países, el "debate" fue sustituido por un aburrido monólogo de escaso interés intelectual y de menor trascendencia práctica. Cabe señalar, no obstante, que nuestros profundos e insalvables desacuerdos con la perspectiva "posmarxista" que desarrollan Laclau y Mouffe no implican subestimar los méritos formales de su reflexión ni, menos todavía, insinuar temerarias hipótesis sobre los propósitos que la habrían animado. Por el contrario, se trata de divergencias teórico-políticas, y la amplitud y minuciosidad de su trabajo exigen un cuestionamiento serio y fundado. Esto es lo que trataremos de hacer en las páginas que siguen.


En estas notas nos limitaremos a examinar las tesis sociológicas y políticas que nos parecen centrales en el discurso de nuestros autores. Dejamos a los especialistas en linguística, semiótica, psicoanálisis y filosofía la tarea de vérselas con las aplicaciones que Laclau hizo de las contribuciones de Wittgenstein, Lacan y Derrida a la teoría política, tema sobre el cual aquéllos no han demostrado, al menos hasta ahora, demasiado interés en discutir. Hechas estas salvedades, corresponde ahora adentrarse en los complejos laberintos discursivos de la obra de nuestros autores y evaluar el resultado de su labor.



El programa "posmarxista"
En reiteradas ocasiones, Laclau y Mouffe se preocuparon por señalar la naturaleza y el contenido teórico y práctico de su programa de fundación del "posmarxismo". Previsiblemente, el punto de partida no podía ser otro que la crisis del marxismo. Pero, contrariamente a lo que sostienen muchos de los más enconados críticos de esta tradición que establecen la fecha de su presunta muerte en algun indefinido momento de la década del setenta, para nuestros autores "esta crisis, lejos de ser un fenómeno reciente, se enraiza en una serie de problemas con los que el marxismo se veía enfrentado desde la época de la Segunda Internacional" (1987 [b]: p. viii). El problema, en consecuencia, viene de muy lejos, y al explorar los textos de Laclau y Mouffe se llega a una asombrosa conclusión: en realidad, el marxismo estuvo siempre en crisis. Como veremos más abajo, la crisis se constituye en el momento mismo en que el joven prusiano y su acaudalado y culto amigo, Friedrich Engels, ajustaban cuentas con la filosofia clásica alemana en la apacible Bruselas de 1845 y estalla en mil pedazos cuando se forma la Segunda Internacional.

Si bien una tesis tan extrema como ésta se hallaba inscripta en "estado práctico" en algunos de los artículos que Laclau y Mouffe escribieran ya en la década del setenta, es en las Nuevas Reflexiones de Laclau cuando este diagnóstico se plantea en su total radicalidad. Por eso es que a estas alturas las resonancias del pensamiento de la derecha conservadora –Popper, Hayek, y otros por el estilo– son atronadoras, especialmente cuando Laclau sostiene, en consonancia con la premisa fundamental que inspira el diagnóstico de aquéllos, que la fatal ambigüedad del marxismo "no es una desviación a partir de una fuente impoluta, sino que domina la totalidad de la obra del propio Marx" (1993, p. 246)2. ¿De qué ambigüedad se trata? De la que yuxtapone una historia concebida como "racional y objetiva" –resultante de las contradicciones entre fuerzas productivas y relaciones de producción– a una historia dominada, según Laclau, por la negatividad y la contingencia, es decir, la lucha de clases. En su respuesta a la entrevista que le hiciera la revista Strategies, Laclau sostiene que "esta dualidad domina el conjunto de la obra de Marx, y porque lo que hoy tratamos de hacer es eliminar aquélla afirmando el carácter primario y constitutivo del antagonismo, ésto implica adoptar una posición posmarxista y no pasar a ser ´más marxistas’, como tú dices" (1993, p. 192).


Erradicar esta supuesta ambigüedad es pues un objetivo esencial y para ello Laclau está dispuesto a arrojar al niño junto con el agua sucia. Lo anterior supone postular algo que en la peculiarísima lectura que nuestro autor hace de los textos de Marx se encuentra ausente o, en el mejor de los casos, pobremente formulado: el "carácter primario y constitutivo del antagonismo" (Laclau, 1993, p. 192). Por eso su propuesta es tan sencilla como intransigente: ante una falencia tan inadmisible como ésta, que escamotea nada menos que el antagonismo constitutivo de lo social, se hace necesario... ¡subvertir las categorías del marxismo clásico! El hilo de Ariadna para coronar exitosamente esta subversión –dicen Laclau y Mouffe– se encuentra en la generalización de los fenómenos de "desarrollo desigual y combinado" en el tardocapitalismo y en el surgimiento de la "hegemonía" como una nueva lógica que hace posible pensar la constitución de los fragmentos sociales dislocados y dispersos a consecuencia del carácter desigual del desarrollo. Esta operación, no obstante, estaría condenada al fracaso si previamente no se arrojaran por la borda los vicios del esencialismo filosófico –y el inefable "reduccionismo clasista" que le acompaña; se desconociera el decisivo papel desempeñado por el lenguaje en la estructuración de las relaciones sociales; o si se decidiera avanzar en esta empresa sin antes "deconstruir" la categoría del sujeto (Laclau y Mouffe, 1987 [b]: pp. vii-viii).


Se comprenden así las razones por las cuales el concepto de hegemonía queda instalado en un sitial privilegiado del discurso de Laclau y Mouffe. En efecto, el mismo provee el instrumental teórico mediante el cual suturar, ficticiamente en el caso de nuestros autores, la caótica e infinita intertextualidad de discursos que constituyen lo social. La noción de hegemonía, ad usum Laclau y Mouffe, permite reconstituir, voluntarísticamente y desde el discurso, la unidad de la sociedad capitalista que se presenta, en sus múltiples reificaciones y fetichizaciones, como un kaleidoscopio en donde sus fragmentos, partes, estructuras, instituciones, organizaciones, agentes e individuos se entremezclan sólo obedeciendo el azar de la contingencia. Es por eso que la palabra "hegemonía" remite, en la teorización de Laclau y Mouffe, a un concepto no sólo distinto sino radicalmente antagónico del que fuera desarrollado por Antonio Gramsci a finales de la década del veinte. En su medular ensayo sobre el fundador del PCI, Perry Anderson reconstruyó la historia del concepto de hegemonía, desde sus oscuros orígenes en los debates de la socialdemocracia rusa hasta su florecimiento en los Cuadernos de la Cárcel del teórico italiano (1976-1977). La inserción de dicho concepto en la teoría social y política de Marx vino de alguna manera a complementar, en la esfera de las superestructuras complejas –la política y el estado, la cultura y las ideologías–, los análisis que habían quedado inconclusos en el capítulo 52 del tercer tomo de El Capital. Pero para nuestros autores, en cambio, la centralidad del concepto de "hegemonía" certificaría el carácter insalvable del hiato existente entre el marxismo clásico y el "posmarxismo", puesto que según Laclau y Mouffe dicho concepto supuestamente remitiría a "una lógica de lo social que es incompatible" con las categorías del primero (1987[b]: p. 3 [subrayado en el original]). Así, (mal) entendida, la "hegemonía" es la construcción conceptual que habilita el tránsito del marxismo al "posmarxismo". En sus propias palabras:


En este punto es necesario decirlo sin ambages: hoy nos encontramos ubicados en un terreno claramente posmarxista. Ni la concepción de la subjetividad y de las clases que el marxismo elaborara, ni su visión del curso histórico del desarrollo capitalista, ni, desde luego, la concepción del comunismo como sociedad transparente de la que habrían desaparecido los antagonismos, pueden seguirse manteniendo hoy (1987 [b]: p. 4).

No es un dato menor constatar que esta formulación surgida de la pluma de quienes se pretenden continuadores y reelaboradores del marxismo es más lapidaria que la que postula uno de los más conocidos exponentes del neoconservadurismo estadounidense, Irving Kristol. Para éste, la muerte del socialismo "tiene contornos trágicos" por cuanto conlleva la desaparición de un "consenso civilizado", fundado en argumentos serios aunque inaceptables desde el punto de vista de la burguesía, en relación al funcionamiento del capitalismo liberal (1986, p. 137). Curiosamente, la condena de Laclau y Mouffe a los "errores" supuestamente incurables del marxismo es aún más terminante que la que encontramos nada menos que en la encíclica Centesimus Annus de Juan Pablo II, en donde éste reconoce –¡cosa que muy bien se cuidan de hacer nuestros autores!– las "semillas de verdad" contenidas en dicha teoría. En cambio, éstos se hallan más próximos a un coterráneo del papa Wojtila: nos referimos a Leszek Kolakowski, quien desde las posturas de una derecha reaccionaria que no pierde el tiempo con sutilezas argumentales ha fulminado al marxismo como "la mayor fantasía de nuestro siglo", o una teoría que "en un sentido estricto fue un nonsense, y en un sentido lato un lugar común" (1981, vol. iii, pp. 523-524).


La simple comparación de estos diagnósticos tiene un propósito eminentemente pedagógico: ubicar con precisión el terreno ideológico sobre el cual se construye el gris edificio del "posmarxismo", situado sin duda alguna a la derecha de Su Santidad y en compañía de la tardía reacción de la pequeña aristocracia polaca. Nace un interrogante: ¿es verosímil pensar que a partir de estas arcaicas bases ideológicas pueda gestarse una genuina "superación" del marxismo, suponiendo que la misma pudiese dirimirse en el terreno de las ideas y la retórica? Otro: ¿hay algunos "residuos" salvables, recuperables, del marxismo clásico? En caso afirmativo, ¿qué hacer con ellos y cuál es su destino? La respuesta de nuestros autores parece mucho menos inspirada en la tradición de la filosofía política occidental que en las metáforas del misticismo oriental. Tras las huellas de Buda, quien habría sentenciado que así como los cuatro ríos que desembocan en el Ganges pierden sus nombres en cuanto mezclan sus aguas con las del río sagrado, el futuro del arroyuelo marxista no puede ser otro que diluirse en el gran río sagrado de la "democracia radicalizada" [...] "legando parte de sus conceptos, transformando o abandonando otros, y diluyéndose en la intertextualidad infinita de los discursos emancipatorios en la que la pluralidad de lo social se realiza" (Laclau y Mouffe, 1987 [b]: p. 5).



Los argumentos del posmarxismo
Llegados a este punto, parece conveniente examinar, con un poco más de detenimiento, los argumentos específicos que abonan este programa de liquidación del marxismo clásico –piadosamente denominado "deconstrucción" por Laclau y Mouffe– y su sustitución por una teoría de la "democracia radicalizada". En esta sección analizaremos, en consecuencia, algunas de las principales justificaciones que según ellos fundamentan la necesidad de "subvertir" las categorías centrales del marxismo clásico.

Contradicción social y lucha de clases en Marx
El punto de partida de la crítica posmarxista se encuentra en la insalvable contradicción y ambigüedad que supuestamente desgarra la obra teórica de Karl Marx: por una parte, la visión brillantemente sintetizada en el "Prólogo" a la Contribución a la crítica de la economía política, y en la cual se establece que el movimiento histórico se produce como resultado de las contradicciones entre las fuerzas productivas y las relaciones sociales de producción; por la otra, la afirmación que hizo célebre al Manifiesto del Partido Comunista y que establece que la historia de todas las sociedades que han existido hasta nuestros días es la historia de la lucha de clases. La tesis de Laclau y Mouffe, tan audaz como nebulosa, es que "la contradicción fuerzas productivas/relaciones de producción es una contradicción sin antagonismo", mientras que "la lucha de clases es, por su parte, un antagonismo sin contradicción" (Laclau, 1993, p. 23).

¿Cómo comprender este verdadero acertijo, que se encuentra en la base de –digámoslo de una buena vez– la radical incomprensión que nuestros autores manifiestan en relación al marxismo clásico? A pesar de la pasión "deconstructivista" que los devora, a la hora de definir los conceptos centrales de su armazón teórica Laclau y Mouffe no aportan muchas ideas "claras y distintas", como quería el bueno de Descartes. En todo caso, una mirada al conjunto de la obra de Laclau nos permite concluir que en su modelo teórico la contradicción no reposa en la naturaleza de las relaciones sociales –que, para evitar polémicas superfluas, digamos desde el inicio que siempre se manifiestan por medio de un lenguaje– sino que aquélla es una construcción meramente mental, una pura creación del discurso. Es por eso que al intentar reproducir como un concreto pensado el carácter contradictorio y la negatividad de lo real, la dialéctica se convierte ante los ojos de los posmarxistas en una rotunda superchería.


En efecto, aceptar que en la vida social lo real se presenta, como lo señalara Marx, como una "síntesis de múltiples determinaciones" o como la "unidad de los contrarios" es algo que sobrepasa irremediablemente los límites sumamente acotados y estériles de una tradición intelectual como la positivista, habituada a moverse en los confines estrechos y estériles de la lógica formal: existen el blanco y el negro, el día y la noche; no hay tonos grises y el crepúsculo y el alba son supersticiones propias de ignorantes (Kossik, 1967). Precisamente: esta obstinación por desconocer el carácter dialéctico de la realidad social que caracteriza al "posmarxismo" explica al menos en parte las razones por las que, al examinar el fenómeno del populismo, Laclau puede arribar a conclusiones tan espectaculares como la siguiente: "Se ve, así, por qué es posible calificar de populistas a la vez a Hitler, Mao o a Perón" (1978, p. 203). No hace falta ser un erudito en historia política comparada para apreciar el gigantesco desatino de cualquier conceptualización que coloque a Hitler, Mao y Perón en un mismo casillero teórico. Pero el pensamiento lineal y mecánico es muy mal consejero y es incapaz de dar cuenta de la historia real que, como es bien sabido, no se desenvuelve de acuerdo a sus cánones metodológicos.

Encerrado en sus propias premisas epistemológicas, la única escapatoria que le queda a Laclau para dar cuenta del carácter contradictorio de lo real –que estalla ante sus propios ojos– es postular que las contradicciones de la sociedad son meramente discursivas y que no están ancladas en la naturaleza objetiva (algo que no debe confundirse con el "objetivismo") de las cosas. Conclusión interesante, si bien un tanto conservadora: las contradicciones del capitalismo se convierten, mediante la prestidigitación "posmarxista", en simples problemas semánticos. Los fundamentos estructurales del conflicto social se volatilizan en la envolvente melodía del discurso, y de paso, en estos desdichados tiempos neoliberales, el capitalismo se legitima ante sus víctimas pues sus contradicciones sólo serían tales en la medida en que existan discursos que lacanianamente las hablen. La lucha de clases se convierte en un deplorable malentendu. No hay razones valederas que la justifiquen: ¡todo se reduce a un simple problema de comunicación!


Aún así, aceptemos provisoriamente el razonamiento de nuestro autor y preguntémosnos: ¿por qué no hay antagonismo en la contradicción entre fuerzas productivas y relaciones de producción? Respuesta: porque según Laclau el antagonismo supone un ámbito externo, factual y contingente, que nada tiene que ver con aquello que en la tradición marxista constituyen las "leyes de movimiento" de la sociedad. Veamos la forma en que Laclau plantea el caso:


Mostrar que las relaciones capitalistas de producción son intrínsecamente antagónicas implicaría, por lo tanto, demostrar que el antagonismo surge lógicamente de la relación entre el comprador y el vendedor de la fuerza de trabajo. Pero esto es exactamente lo que no puede demostrarse [...] sólo si el obrero resiste esa extracción (de plusvalía) la relación pasa a ser antagónica; y no hay nada en la categoría de "vendedor de la fuerza de trabajo" que sugiera que esa resistencia es una conclusión lógica (1993, p. 25).
De donde Laclau concluye que:
En la medida en que se da un antagonismo entre el obrero y el capitalista, dicho antagonismo no es inherente a la relación de producción en cuanto tal sino que se da entre la relación de producción y algo que el agente es fuera de ella –por ejemplo, una baja de salarios niega la identidad del obrero en tanto que consumidor. Hay por lo tanto una "objetividad social" –la lógica de la ganancia– que niega otra objetividad –la identidad del consumidor. Pero si una identidad es negada, esto significa que su plena constitución como objetividad es imposible (1993, p. 33).
Tan preocupado está nuestro autor por combatir al "reduccionismo clasista" y los múltiples esencialismos del vulgo-marxismo que termina cayendo en la trampa del reduccionismo discursivo. En esta renovada versión, ahora sociológica, del idealismo trascendental –ciertamente pre-marxista, y no posmarxista, al menos cronológicamente hablando– el discurso se erige en la esencia última de lo real. El mundo exterior y objetivo se constituye a partir de su transformación en objeto de un discurso lógico que le infunde su soplo vital y que, de paso, devora y disuelve la conflictividad de lo real. La explotación capitalista ya no es resultado de la ley del valor y de la extracción de la plusvalía, sino que sólo se configura si el obrero la puede representar discursivamente o si, como decía Kautsky, alguien viene "desde afuera" y le inyecta en sus venas la conciencia de clase. La apropiación capitalista de la plusvalía, como proceso objetivo, no sería así suficiente para hablar de antagonismo o lucha de clases mientras los obreros no sean conscientes de ello, se rebelen y resistan esa exacción. Conviene agregar que nuestro autor pasa completamente por alto el examen de la diversidad de formas que puede asumir la rebelión y la resistencia de los explotados, algo difícil de entender dada la centralidad que estas categorías tienen en su argumento y la rica variedad de experiencias históricas disponibles para su análisis. Por otra parte, y tal como lo vemos en la segunda cita, lo que está en juego no es la producción de la riqueza social y la distribución de sus frutos, sino una nebulosa identidad obrera como consumidor –a la Ralph Nader– que se vería frustrada por el accionar de un empresario rapaz y prepotente.

No es ocioso recordar que estos temas habían sido ya abordados en los escritos del joven Marx sobre Proudhon y, por lo tanto, difícilmente puedan ser considerados como novedosas problemáticas originadas al calor de una significativa renovación en el terreno de la teoría. En efecto, para Marx el antagonismo era el rasgo decisivo de la contradicción entre el trabajo asalariado y el capital. Pero ésto de ningún modo significaba, en su interpretación, la conformación automática de la clase obrera como un "sujeto" preconstituido, o como una esencia eterna –y prescindente de todo discurso– predestinada por un capricho de la historia a redimir a la humanidad. No consideramos necesario, a esta altura de la historia, abrumar al lector con una secuencia interminables de citas en donde Marx problematiza precisamente el dificultoso tránsito de la "clase en sí" a la "clase para sí". Por eso nos parece necesario evitar toda confusión entre Jean Calvin, y su teoría de la predestinación, y la construcción teórica de Marx. Precisamente, por no ser una suerte de "calvinista laico" Marx decía que:


La dominación del capital ha creado a esta masa una situación, intereses comunes. Así, pues, esta masa es ya una clase con respecto al capital, pero aún no es una clase para sí. Los intereses que defiende se convierten en intereses de clase. Pero la lucha de clase contra clase es una lucha política (1970, p. 158; véase también Przeworski, 1985).

Pocos años más tarde, en El dieciocho brumario, Marx completaría esta idea diciendo que las condiciones objetivas de la "clase en sí" son sólo el punto de partida de un largo y complejo proceso de formación de la clase (que nada asegura vaya a culminar exitosamente) y para lo cual se requieren además, y como mínimo, una clara conciencia de sus intereses, una organización a nivel nacional que supere la fragmentación y dispersión de las luchas locales y un instrumento político capaz de guiar esa lucha (Marx y Engels, 1966, t. i, p. 318).


Estas ideas, que se reiteran a lo largo de medio siglo en innumerables textos de Marx y Engels, socavan los fundamentos de toda crítica al supuesto "determinismo" de la teoría marxista según el cual la constitución del proletariado asume un carácter automático e inevitable. Cabe entonces preguntarse: ¿quién es el verdadero adversario contra el cual están debatiendo Laclau y Mouffe? ¿Es acaso la mejor tradición marxista o tal vez la han emprendido contra alguna versión canonizada de la obra de Marx perpetrada por alguna sedicente Academia de Ciencias de algún país de Europa oriental? Lucha que, en todo caso, nada tiene de malo a condición de que no se confunda el esperpento del así llamado "marxismo-leninismo" con el pensamiento de Marx. Nadie puede seriamente discutir la teoría neoliberal de Friedrich von Hayek polemizando con los artículos del Selecciones del Reader’s Digest, o refutando a los publicistas televisivos de Menem o Salinas de Gortari. Volveremos sobre ésto más adelante, pero nos parece que uno de los graves problemas que daña irreparablemente toda la argumentación de Laclau y Mouffe es precisamente el de construir una caricatura del marxismo inspirada en las imágenes aberrantes del "marxismo-leninismo" pergeñadas por los funcionarios del estalinismo y luego, asumiendo que Pokrovski, Vishinkski o Konstantinov son lo mismo que Marx, para lo cual es menester, sin duda, dejar de lado toda sutileza analítica y entregarse desarmado a las llamas de la pasión, proceder alegremente a su "demolición-deconstrucción".


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