Biblioteca central universidad de san buenaventura



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En tiempos del joven Albizzeschi esta ciudad gozaba ya de notable esplendor. "Más de una vez -anota con razón uno de sus biógrafos- el muchacho ha de haberse quedado extasiado ante la deslumbradora belleza de la catedral, como también de las basílicas de San Francisco y de Santo Domingo, En la plaza principal, que resonaría con la elocuencia formidable de Bernardino, se destaca el palacio municipal, rematado y embellecido por la torre de Mangia, cuyo reloj cadenciosamente ritmaría las prédicas. El hospital, además de ser cantera de santidad y de caridad, es una joya arquitectónica... Las fastuosas moradas de los ricos mercaderes de lana como las humildes viviendas, todo tiene el sello del buen gusto... La impresión del niño es imborrable y en el día de mañana la revivirá en sus sermones". (Miglioranza C., Op. Cit., p. 10).
Efectivamente, la admiración por la belleza fue una de las características de la personalidad de Bernardino.
De exquisita sensibilidad hacia lo bello, disfrutaba del arte en sus diversas manifestaciones, de los paisajes hermosos, de las noches estrelladas. Gustaba de la compañía de los artistas de su tiempo: humanistas de finísimo estilo, pintores, escultores y arquitectos cultos y creativos. El arte, por lo demás, gratificó a Bernardino fijándolo para la historia en obras de sorprendente belleza.
En Siena, cursó los estudios secundarios que, todavía en su tiempo, comprendían el trivium y el cuatrivium. En el colegio donde estudiaba, cada una de las asignaturas era enseñada por docentes de reconocido prestigio, entre ellos Giovanni Buccio de Espoleto, quien representaba en Siena la alta cultura. (Cfr. Bargellini P. San Bernardino da Siena, Morcelliana, Brescia, 1959, p. 21).
Nada de raro, pues, que un joven de tan brillante inteligencia se beneficiara al máximo de la educación y de los conocimientos que se le ofrecían.
Concluida esta etapa de su formación, se dedicó por tres años al estudio del Derecho Canónico sin abandonar sus autores preferidos: Virgilio, Horacio, Cicerón, Ovidio... Al mismo tiempo, se inició en el conocimiento de la Sagrada Escritura que tuvo para él gran significado y profunda repercusión en su vida y en su apostolado. Giannazzo Manetti, su contemporáneo, afirma que Bernardino estudió la Sagrada Escritura sin interrupción, de día y de noche, y con tal agrado que llegó a sentir poco gusto por las disciplinas que hasta entonces lo habían ocupado {Cfr. Piana C., San Bernardino da Síena Teólogo en San Bernardino da Siena. Saggi e ricerche pubblicate nel quinto centenario della Morte (1444 - 1944). Milano, Vita e Pensiero, 1945, p. 141. Con anterioridad a su ingreso en la Orden Franciscana, como lo anota su amigo Leonardo Benvogliente, "era docto en gramática, poesía, retórica, en derecho canónico y en Sagrada Escritura" (Proceso de canonización, cod. S. 50, fol. 36 r-u).
El 8 de septiembre de 1402, con sólida preparación cultural y espiritual, y después de haber repartido su patrimonio entre los pobres, Bernardino vistió el hábito de San Francisco. A partir de ese momento comienza su vivencia de la espiritualidad franciscana que lo llevará a ser el más destacado de los conductores de un movimiento de reforma dentro de la Orden Franciscana, conocido con el nombre de Observancia y que se constituyó en la más importante porción de la familia religiosa fundada por San Francisco de Asís.
Entre los Franciscanos desempeñó el cargo de Superior en varios conventos de su Provincia Religiosa, y fue elegido con aplauso Vicario General de la Observancia, que contribuyó a difundir y a consolidar. Con su vida santa y apostólica conquistó para la Orden Franciscana a hombres eminentes.
De él ha escrito Gemelli: "Bernardino es un hombre genialísimo y simpatiquísimo, orador irresistible, que gozaría de nombre ilustre aún sin la aureola de la santidad. Por su sabia obra tomaron el hábito franciscano un canonista insigne: Juan de Capistrano; un humanista: Alberto de Sarteano; un magistrado: Jaime de la Marca". (Gemelli A., El Franciscanismo, Luis Gili, Barcelona, 1940. p. 115).

Fue decidido reformador y promotor del estudio entre los franciscanos. Solía afirmar que la ignorancia es la causa de todos los males" (Facchinetti V, San Bernardino da Siena, Milano, 1933, p. 131). Consideraba el estudio como actividad que ennoblece al hombre, como riqueza que no se consume, como posibilidad de acercarse a Dios, de servir y honrar a la patria. A los gobernantes de Siena les recomienda favorecer a su Universidad. "Tened gran estima del Centro de Estudios. Pensad que si los bolonienses no hubieran apreciado su Centro de Estudios, Bolonia no sería Bolonia ni tuviera el nombre que tiene". En repetidas ocasiones habla del estudio, de su importancia, de sus características y del noble placer que proporciona. El mismo, cuando se encontraba en Florencia, sacaba tiempo de sus ocupaciones para dirigirse a la "Piazza del Signori" en compañía de su célebre hermano en San Francisco, Alberto de Sarteano, discípulo de los conocidos humanistas Baldo y Guarino, para intercambiar ideas con Bruni y Braciolini, con Giannozzo Manetti y Giantudesco; es decir, con lo más granado del humanismo florentino.


En Verona no dudó en frecuentar la Academia del famoso Guarino Guarini. "El Franciscano ya marcado por prodigios sobrenaturales -escribe Bargellini- volvió a los bancos de la escuela con la acostumbrada naturalidad: sencillo, agudo, curioso. Tenía 43 años... No era ostentación la vuelta al estudio, ya que concurrían hombres de toda edad y condición" (Bargellini P, San Bernardino da Siena, ed. Morcelliana, Brescia, 1959. p. 94-97).
En 1423 dictó una conferencia la Universidad de Padua que ri tarde intituló De scientiarum studiis. Ahí, entre otras cosas, afirma que el estudiante "debe alejar las conversaciones inútiles, las compañías peligrosas, las preocupaciones temporales y debe llevar una vida reglamentada y vivir virtuosamente... Contentarse de un sueño moderado, ni demasiado corto ni demasiado largo. El impedimento más grave para el estudio es no tener el temor de Dios". (Cfr. Bargellini P., Op. cit., p. 22).
En 1417 dio comienzo a la labor más importante de su vida, la predicación. Para la oratoria sagrada, poseía las mejores cualidades: figura elegante y voz sonora y agradable, sólido fundamento doctrinal, dicción clara y lenguaje refinado como el de los humanistas de su siglo, inteligencia brillante, rapidez creativa en el uso de los recursos oratorios, voluntad firme y, sobre todo, santidad de vida. Estos y otros atributos hicieron de Bernardino orador más famoso de su siglo e Italia. En la teología del Doctor Senense no se encuentran las elucubraciones de los Maestros de la Escolástica. El era un teólogo que pretendía ilustrar en la fe y alimentar la vida sobrenatural del pueblo cristiano. No hay un solo escrito en su abundante producción, afirma Piana, que permanezca en una esfera de pura especulación, sin excluir las obras más ricas de contenido teológico (Cfr. Piana C. art. ibid., p. 144-147).
Su solidez doctrinal la había obtenido en las mejores fuentes: la Biblia, los Santos Padres y los Maestros de la Escolástica, entre los cuales sus preferidos fueron Alejandro de Hales, Ricardo de Mediavilla, Nicolás de Lira y Duns Escoto. Pero fue ciertamente original en varios temas, en la manera de presentar las doctrinas de sus maestros, de adaptarlas a las necesidades de sus oyentes y de darles preferencia a las que mejor sintonizaban con su propia formación espiritual. Así sucedió con las tesis del Primado de Cristo como Rey del Universo y del Santo Nombre de Jesús que tanta importancia tuvieron en el desarrollo de su apostolado.
Jesucristo es para Bernardino el centro de su vida y de su reflexión teológica. Varios de sus sermones son verdaderos tratados "en donde toda la doctrina cristológica es expuesta de manera, a la vez, sólida y clara; alta vulgarización de ideas profundamente teológicas. No sin razón estos tratados cristológicos han sido considerados como la parte más sólida de la obra de Bernardino" (Blondel E., L influence d' Ubertino de Casale sur les écrits de S. Bernardin de Sienne, in Collectanea Franciscana, 1935. t. V, p. 13).
Folgarait afirma que en el santo senense la persona de Jesucristo "domina en sus escritos como en las prédicas reportadas por sus oyentes. Cristo Rey, Rey de los siglos, Rey de los Angeles, Rey de los hombres, Rey del pasado, Rey del presente, Rey del futuro. Bernardino tiene páginas elocuentísimas sobre la realeza de Cristo". (Folgarait G., La Vergine bella in S. Bernardino da Siena, Milano, 1939. p. 420).
En varios de sus sermones trata del primado y de la realeza de Jesucristo. Pero es sobre todo en el "De universali regno et dominio Jesu Christi" donde se expresa más ampliamente sobre el particular. Ahí Bernardino afirma que Ia naturaleza principal en la Creación fue, según el plan divino desde la eternidad, aquella que él mismo predestinó para la unión personal; y como quiera que la misma persona de Cristo sea en orden de la gracia la suma de todas las cosas creadas, que está por encima del orden natural, Dios que prima sobre todo, ordenó todas las cosas a esa misma persona y para su honra y gloria... De consiguiente, Dios creó todas las cosas para que el Verbo humanado, o sea Dios y Hombre, Jesucristo bendito, contase con decente cortejo de la naturaleza creada" y "para que Cristo difundiese y dispensase en toda la naturaleza racional creada sus gracias inefables". (De Universali regno et dominio Jesu Christi, art. 1, cap. 2).
Como ha escrito acertadamente Scaramuzzi, "Ia realeza de Cristo fue su grande pasión y diré casi el alma de su fecundo apostolado... De este reino reivindicó el derecho, presentando los títulos de la realeza de Cristo, así como los había concebido la Escuela Franciscana y precisamente el Doctor Mariano". (Scaramuzzi D., Duns Escoto en la predicación de San Bernardino da Siena, Firenze, 1940, p. 122). Considerando esta enseñanza que tan acertadamente propagó San Bernardino, se ha podido afirmar que "con sobrada razón, después del Beato Duns Escoto, puede ser apellidado el Doctor de la realeza y primado de Jesucristo" (Bello L. M. Primado universal y realeza de Cristo. Ed. Pax et Bonum, Buenos Aires, 1946, p. 22).
Como Duns Escoto, Bernardino sostiene que la finalidad última de la Creación es el amor y la glorificación de Dios, que sólo puede realizarse plenamente a través de Jesucristo. Este, supliendo los defectos de las creaturas que no pueden dar a Dios la gloria que deben y El se merece, es el supremo glorificador Universal". (De Universali regno et dominio D.N. Jesu Christi, a. 1, c. 3; II, 340-352, a p. 344).
Conexa con la tesis anterior está su doctrina sobre el nombre de Jesús que tantas alegrías le proporcionó, pero que también fue causa de amarguras intensas. El nombre de Jesús ya se invocaba y veneraba en Siena antes de la aparición de Bernardino. Mas fue éste quien afianzó la devoción en sólidos fundamentos doctrinales y elaboró sobre el nombre de Jesús una adecuada síntesis teológica.
Antes del apóstol senense otros eminentes doctores como San Bernardo, y los franciscanos San Buenaventura, Gilberto de Tournai, Francisco Maironis, Hubertino de Casale, habían ensalzado el nombre de Jesús. Pero fue indiscutiblemente Bernardino quien se convirtió en su apóstol y doctor. Sobre esto ha escrito con razón Melani: "Si por el desarrollo sistemático de un punto doctrinal o dogmático, ilustrado y desarrollado con particular predilección, San Agustín fue llamado el doctor de la gracia y Escoto el doctor de la Inmaculada, por la misma razón San Bernardino de Siena debe ser saludado, en justicia, como el doctor del nombre de Jesús, de este nombre del cual ha sido infatigable apóstol e invicto defenscir", (Melani G., O.F.M., S. Bernardino da Siena e il Nome di Gesú, en S. Bernardino da Siena. Saggi e ricerche. Milano, 1945. p. 269).
San Bernardino expone su doctrina sobre el nombre de Jesús en Padua, en 1423, en la serie de sermones que forman el De Seraphim (Opera, III, 146-362, 418, 422), el más antiguo documento conocido sobre su pensamiento teológico. Basándose en textos bíblicos de indiscutible claridad como el de San Pablo a los filipenses: "Por eso Dios le dio el más alto honor y el más excelente de todos los nombres, para que, al nombre de Jesús doblen la rodilla todos los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra, y todos reconozcan que Jesucristo es el Señor, para honra de Dios Padre" (Fil. 2. 9-1 l). Y el de los Hechos: "No hay otro nombre en el cual los hombres puedan salvarse fuera del nombre de Jesús", (Hechos, 4, 12), elabora una doctrina sólida, vibrante de dinamismo y de vida cristiana. Torno adoras a Jesús Verbo encarnado, así debes adorar el nombre de Jesús. No digo la escultura o el color, ni el símbolo, sino el si1nificado, porque el nombre de Jesús te significa el Salvador, el Redentor y el Hijo de Dios". (Seraphim, sermo XLI, p. 3 Opera Omnia, t. 111, p. 306 ab.)
A fin de quien sus oyentes grabaran mejor en su mente y en su corazón esta doctrina, Bernardino ideó y él mismo dibujó en una tablilla el conocido Monograma en el cual el nombre de Jesús campea sobre fondo de oro, rodeado por rayos rígidos y serpentinos, con los que constituye expresiva alegoría.
En campo azul y sobre fondo dorado, en los cuales el azul simboliza la fe y el oro la caridad, se destacan las tres letras en caracteres góticos minúsculos: y h s, abreviatura del nombre de Jesús. Este nombre es el sol místico que irradia sobre el universo de los seres creados. Por eso, desde el disco solar emanan doce rayos luminosos de diferente dimensión. Alrededor de la tablilla están inscritas las palabras: "Al nombre de Jesús se doble toda rodilla".
Bernardino había observado que cada ciudad se agrupaba bajo una bandera; que los emperadores para conmemorar sus hazañas habían levantado monumentos y esculpido en ellos sus nombres victoriosos; que güelfos y gibelinos tenían sus escudos gravados en sus casas y fortalezas. Por ello pensó en un emblema que no sólo compendiara su doctrina sobre el nombre de Jesús, sino que sirviera para mantener su recuerdo y despertar la fe. El monograma tuvo una acogida extraordinaria y el apóstol logró cuanto se proponía con él. Fue desde entonces su compañero inseparable. Lo llevaba delante de sí cuando entraba en las ciudades; al término de sus misiones acostumbraba repartirlo como recuerdo y con él se adornaban casas, puertas de ciudades y palacios municipales como en Siena y Orvieto. El monograma se encuentra hoy reproducido en libros, revistas y estampas, y esculpido en puertas y en fachadas de templos y otros lugares.
No faltaron, sin embargo, los opositores. Un religioso agustino "Maestro en teología", Fray Cristóbal, acusó en Bolonia públicamente de herejía a Bernardino. Dado que Fray Cristóbal era personaje importante del mundo universitario, su acusación tuvo grande resonancia. Bernardino le replicó con una serie de quince sermones en los cuales expuso su doctrina con claridad y firmeza, obligando al adversario a retractarse.
Más tarde, el doctor senense en sus predicaciones en Santa Cruz de Florencia, realizadas del 4 de febrero al 18 de abril de 1425, al mismo tiempo que precisaba su doctrina, ponía al descubierto las falsas interpretaciones de nuevos opositores.
"Yo no dije que se adorasen los colores, ni del oro, ni de la plata, sino lo substancial de aquel nombre Jesús, Dios y hombre, no oro, ni letra, ni plata, ni azul, ni rayos, ni tablilla, por su misma naturaleza y cualidades, sino por lo substancial que hay bajo aquella letra. 0 dime ¿cómo adoras tú el Cuerpo de Jesús consagrado en el altar? ¿Adoras aquella blancura del pan o aquella cualidad o aquel sabor o aquella redondez? Pues no; sino que bajo aquella especie de pan o de vino adoras la substancia del cuerpo y de la sangre de Jesucristo, en la cualidad del accidente la substancia velada en aquella cualidad. Y quien adorase aquellos accidentes, pecaría de idolatría mortalmente, Así digo del nombre escrito de Jesús" (Longpré, E., Bernardin de Sienne et le Nom de lesus, en Arch. Franc. Hist., 1935. p. 452).
En Siena, a donde se dirigió después de Florencia, a exponer también el verdadero sentido de su doctrina, Bernardino tuvo la alegría de presenciar una grandiosa manifestación de treinta mil personas que aclamaban el nombre de Jesús y llevaban triunfalmente el Monograma, manifestación "sin igual en la historia religiosa de Siena", según reporte de Giacomo Nannis de Gri ffulis.
A pesar de estos triunfos, sus adversarios llevaron nuevas acusaciones hasta el tribunal del Papa Martí. Y Bernardino acababa de predica la cuaresma de 1427, en Gubbic cuando recibió la orden del Papa de trasladarse a Roma, Inmediatamente se puso en camino para obedecer y responder de su doctrina.
Conocida la noticia, sus discípulo se movilizaron para apoyar al maestro. San Juan de Capistrano, gran jurista que gozaba del aprecio de Martín V, entró en Roma llevando en alto el estandarte del nombre de Jesús. Renombrados doctores franciscanos reunidos en esa misma ciudad, apoyaron a Bernardino ante la comisión pontificia encargada por el Papa de examinar sus escritos de pronunciarse sobre las acusaciones de sus adversarios. San Jaime de la Marca escribió a varios Cardenales y al Papa en su favor. Una voz de aliento recibió también de Alberto de Sarteano, otro de los grandes franciscanos discípulos suyos a quien los Papas encomendaran delicadas misiones diplomáticas. Altos prelados como Branda Castiglione, Cardenal de Florencia, estuvieron también acompañando y favoreciendo al apóstol senense.
Cuando la comisión de estudio dio por terminado su trabajo, se procedió a la discusión pública en la Basílica de San Pedro en presencia de Martín V, de Cardenales, prelados, religiosos y fieles, y en la cual San Juan de Capistrano desempeñó papel preponderante. Después de él habló San Bernardino con sólidos argumentos y su acostumbrada elocuencia. Al final, el Papa, consultados los Cardenales, aprobó sus escritos y le otorgó facultad de predicar en todo el mundo el Nombre de Jesús. Quiso también el Papa que al día siguiente de la sentencia se hiciera una procesión en la que fue llevado solemnemente el estandarte con el monograma del nombre de Jesús y retuvo a Bernardino durante varios meses para predicar en San Pedro y en las principales basílicas de Roma. Aún más, al comienzo de estas predicaciones, el 4 de junio de 142 7, Bernardino fue nombrado Obispo de Siena, dignidad que declinó.
Después de estos acontecimientos, el apóstol senense continuó, hasta el final de sus días, la labor evangelizadora por diferentes regiones de Italia. Fue pregonero incansable de la paz y logró la reconciliación entre muchas de las facciones existentes, sobre todo entre güelfos y gibelinos. Obtuvo en varias ocasiones que pudieran regresar a sus ciudades los desterrados políticos y que se les devolvieran los bienes confiscados.
Sabiendo muy bien que la paz es fruto de la justicia, Bernardino clamó reiteradamente contra las injusticias, las crueldades, los abusos de poder, los asesinatos, etc. Hablaba primero de las virtudes cristianas para después fustigar con energía vicios como la usura, el juego, la avaricia y otros desórdenes morales propios de cada lugar.

En 1439, en Florencia, se abrió el Concilio Ecuménico en el que se realizó la unión entre las iglesias de oriente y occidente y al cual fue llamado Bernardino a hablar ante los Padres de esa importante asamblea. La admiración fue grande entre los oyentes al darse cuenta que expresándose el predicador en una sola lengua, tanto griegos como latinos entendieron sus palabras. Se había renovado el prodigio de los Apóstoles, (Cfr. Pilla, E., San Bernardino da Siena, ed. Cantagalli, Siena, 1970, p.238).


Bernardino murió en Aquila, región de los Abruzos, en Italia, el 20 de mayo de 1444. Recibió la muerte con una serena y expresiva sonrisa. Seis años más tarde fue canonizado por el Papa Nicolás V, quien lo había escuchado predicar en el Concilio de Florencia.
Los Sumos Pontífices no le escatimaron elogios. Eugenio IV lo llamó "heraldo insigne de la fe cristiana" (Bula Sedis apostolicae) y Nicolás V, "renovador del Evangelio de Cristo" (Bula Misericordias Domini). Aparte de su santidad y de su incomparable labor apostólica, el doctor senense encarna una suma considerable de valores humanos. M. Sticco ha podido escribir que "San Bernardino con su concepción de la dignidad humana, del valor del estudio, de la armonía clásico-cristiana de la cultura, con el acuerdo recomendado por él entre razón gracia, entre lo natural y lo sobrenatural, con su rectitud irradiada de la alegría iluminada por la fe, representa el más alto ideal del humanismo" (Sticco, M., Umanitá e umanesimo di San Bernardino da Siena en San Bernardino da Siena. Saggi e ricerche pubblicate nel quinto centenario della Morte (1444-1944), Milano, Vita e pensiero, 1945. p. 22).
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