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(1266 – 1308)
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A las puertas del tercer milenio, Juan Duns Escoto, pensador del siglo XIII, sorprende por su actualidad. Y no sólo por su reciente y solemne beatificación, sino porque las características intelectuales de esta época que estamos viviendo, llamada post-moderna, encuentran en la doctrina escotista un lazo de unión con el pasado.


Sus tesis del primado de la voluntad sobre la inteligencia, del valor de lo singular y de la praxis, del conocimiento intuitivo junto al conocimiento por abstracción, etc., son razonamientos que lo alejan de sus contemporáneos, pero lo acercan considerablemente al pensamiento moderno. Actualidad vigente también en el campo teológico por varias de su posiciones doctrinales entre las cuales están el Primado Universal de Jesucristo y la Inmaculada Concepción de María. Con Duns Escoto la doctrina del Primado absoluto de Cristo, intuida por San Francisco y reflexionada mística y teológicamente por San Buenaventura y los Doctores Franciscanos, adquiere su sistematización y su consolidación definitivas.
Juan Duns Escoto nació en 1266, en Maxton, condado de Roxburgh, Littledean, de su padre Ninian Duns. A la edad de 15 años ingresó en la Orden Franciscana. Un documento sobre su ordenación sacerdotal atestigua que tuvo lugar el 17 de marzo de 1291, cuando tenía 25 años de edad.
Según tesis bien fundamentada del P. Efrem Longpré, es muy probable que antes de su ordenación sacerdotal, Duns Escoto hubiera estudiado en París, de 1283 a 1290. En efecto, las Constituciones de la Orden Franciscana de ese entonces decían que 1os alumnos más inteligentes destinados a París, pueden ser enviados inmediatamente después del noviciado" (Constituciones Generales OFM, 1279, n. 102). Retornó por breve tiempo a Escocia para volver luego a Francia a frecuentar la Universidad Parisina, de 1291 a 1293. Posteriormente pasó a Inglaterra donde enseñó en Cambridge y en Oxford. Aquí tuvo origen su obra principal: Opus Oxoniense. En junio de 1303 fue expulsado de París, por orden de Felipe el Hermoso, a causa de la fidelidad de Escoto al romano Pontífice.
Después de un año transcurrido en Oxford, Duns Escoto volvió a París en 1304 y durante este año y el siguiente desempeño el cargo de "Magister Regens". Fue en esta época cuando tuvo lugar la famosa "disputa" sobre la Inmaculada Concepción en la Universidad de París. Alrededor de la Pascua de 1305 Duns Escoto recibe la proclamación y el birrete de Doctor en teología de manos del Canciller de la Universidad de París, Simón de Guiberville.
Hacia finales de 1307, una carta del Ministro General de los Franciscanos le ordena dejar a París y trasladarse a Colonia, Alemania, en donde en 1308 muere prematuramente a la edad de 42 años, "edad en que los otros filósofos comienzan a producir, como si la llama del pensamiento le hubiese abrasado la juventud" (Gemelli A., El Franciscanismo, Luis Gili, Editor, Barcelona, 1940, p. 58). Fue sepultado en la Iglesia Franciscana de Colonia. El epitafio dice: Scotia me genuit - Anglia me suscepit - Gallia me docuit - Colonia me tenet.
Durante siglos Duns Escoto, llamado "Doctor Sutil", ha sido venerado, enaltecido y amado por muchos, pero también incomprendido, mal interpretado y atacado por no pocos. Su célebre defensa del privilegio de la Concepción Inmaculada de María y el resonante triunfo obtenido en esa ocasión, fueron causa de envidias y rencores que se concentraron contra su persona y su doctrina. No sin razón ha escrito el jesuita Pedro Labbé que Duns Escoto es "el mártir de la Inmaculada Concepción". La fama de su santidad ha llegado ininterrumpidamente hasta nuestros días. Ya en vida de Duns Escoto, el Ministro General Fray Gonzalo de España, su profesor en París, había afirmado de él: "De su vida laudable, de su excelente saber, de su sutilísimo ingenio y de sus demás cualidades insignes, estoy plenamente informado, en parte, por la larga experiencia personal y, en parte, por su fama, que se ha esparcido por doquier". (Denifle S., Chartularium Universitatis Parisiensis. 1981. II, 117-118).
Después de su muerte se acrecentó considerablemente el convencimiento de su santidad y el pueblo cristiano expresó, a través de los siglos, con diversas manifestaciones, esta convicción. El día 20 de marzo de 1993, un Papa mariano, Juan Pablo 11, da a la Iglesia y al mundo 11 con gran alegría el solemne anuncio de la confirmación, ya acaecida, del culto al gran teólogo y verdadero discípulo de Cristo, el Beato Juan Duns Escoto" (Palabras leídas en la Basílica de San Pedro por Mons. Eduardo Nowa, Secretario de la Congregación para las Causas de los Santos). La vida de Juan Duns Escoto fue, como queda referido, de pocos años pero de enorme proyección. Su doctrina después de siete siglos continúa siendo objeto de estudio y de admiración.

La originalidad de su pensamiento llama más la atención si se considera que Duns Escoto hizo su aparición en el campo universitario después de lumbreras como Alberto Magno, Buenaventura, Tomás de Aquino y otros. Evidentemente, en estas circunstancias, tuvo la oportunidad de conocer y valorar las doctrinas de los maestros que lo habían precedido tanto en Cambridge y en Oxford como en París. Pudo así estudiar en profundidad las enseñanzas de estos grandes pensadores de la filosofía y de la teología, analizarlas y valorarlas. Sometió a crítica severa la fuerza de los argumentos que fundamentaban las teorías agitadas en su época, para presentar después su propia doctrina con intuiciones geniales.


El pensamiento agustiniano, tradicional en la Escuela Franciscana, es patente en su obra. Sin embargo, no duda en apartarse de él cuando juzga que la verdad está en otra parte. Sigue la línea doctrinal de los renombrados maestros franciscanos anteriores a él, pero con acentos muy personales.
Supo asimilar y desarrollar el legado doctrinal de sus predecesores hasta el punto de convertirse él, "último en orden cronológico de más de cincuenta doctores de la Orden, en el representante más calificado de la Escuela Franciscana" (Pablo VI, Carta apostólica Alma Parens, 14 de julio de 1966). Aún más: "la partir de él aparece una nueva corriente de pensamiento dentro de la Orden Franciscana, denominada Escuela Escotista, bien caracterizada y coherente en sus líneas arquitectónicas". ',Bettoni E. Ventanni di studi Scotisti, 1920-1940, Milano 1943. p. 70 s.).
Escoto aparece ante sus contemporáneos como un pensador sutil y penetrante, que mantiene el verdadero sentido de la tradición y al mismo tiempo el espíritu abierto a lo progresos de la cultura y de la ciencia. De aquí el éxito con sus jóvenes discípulos que, numerosos y entusiastas, lo aclamaban y seguían Entre las doctrinas de Duns Escoto ocupa lugar central -y aquí nos referiremos solamente a ella- la tesis de Primado absoluto y el dominio universal de Jesucristo.
La Cristología de Duns Escoto está, orientada por un principio que enuncia tanto en el Opus Oxoniens como en la Lectura Parisiense: "al ensalzar a Cristo, más quiero exceder me que escatimarle la alabanza que le es debida, dado caso que por ignorancia diere en ambos extremos (Ox. 1.3, d. 13, q. 4, n. 9. Rep. Par., ms. Ripoli, 53, f. 3la). La piedad de Escoto y su interés por descubrir lo más recóndito de la gloria del Verbo encarnado constituyen la clave que explica su genial concepción de Jesucristo. Duns Escoto apartándose de la manera como su contemporáneos consideraban la Encarnación de Jesucristo, le da un nuevo enfoque y se pregunta: ¿Cuál es la razón principal de la Encarnación?. Es decir, ¿qué se propuso Dios a través de Cristo y las creaturas? Escoto es categórico en afirmar que con la Creación, Dios se propuso hacer obra de amor: "para comunicar su bondad y para su felicidad ha creado muchas cosas de la misma especie" (Ox. 2, 3.7.10; 9; 12/ 169b). Y en otro lugar: "todo lo que Dios causa ad extra, lo causa ordenadísimamente y por amor" (Rep. Par. 2, 3 7. 1. 1; 23/191). Y como es propio del amor comunicarse, Dios, "sumamente activo y sumamente difusivo de sí mismo" (Ox. 1.2.7.8; 8/528), se comunicará necesariamente ad íntra -las tres personas de la vida trinitaria- y libremente ad extra -fuera de la vida trinitaria creando los hombres y las demás creaturas. La causa primera por la cual Dios crea los otros seres es porque quiere otros que participen de su amor", "otros seres que lo coamen". (Ox. 2, 32, 11; 15/453a).
Este amor dinámico explica el universo y es la razón última de la Encarnación. Dios crea para participar algo de sí a otros seres, y ser glorificado mediante el amor de cada uno de ellos que "a su modo convergen a él como a su fin último" (De Primo Principio, Cap. 4, 10 Concl. Ed. M. Muller, Friburgo, 1941. p. 127).
Pero sólo un ser ha tenido esta participación a la vida divina en grado total y perfecto: Jesucristo. La humanidad de Cristo es la humanidad del Hijo de Dios y subsiste en la Persona del Verbo. El será, por consiguiente, el ser más amado de Dios por cuanto es su Hijo y de quien recibirá el más grande amor y la mayor glorificación. Es, por tanto, en Jesucristo, amante y glorificador universal, en quien se realiza plenamente el fin del universo. Para Duns Escoto, Jesucristo está al vértice de la Creación. Hacia él convergen todas las creaturas en un orden finalístico por el cual todo llega a Cristo y mediante Cristo a Dios. Cristo es el centro del universo en torno al cual gravitan todas las creaturas en el orden de la naturaleza, de la gracia y de la gloria. (Rep. Par. IV, d. 2, q. 1, n. 11).
Escoto no puede admitir que la predestinación de Jesucristo dependa del pecado, porque "si el pecado hubiese sido la causa de la predestinación de Cristo, seguiríase que la obra suprema de Dios sería tan solo una obra ocasionada, dado que la gloria de todos los hombres no será tan intensivamente grande como lo será la gloria de Cristo; el que Dios hubiese dejado de realizar tan grande obra en virtud del bien hecho a Adán, por ejemplo, si no hubiese pecado, parece cosa muy fuera de razón". (Rep. Par 3.7.4.4.; 23/303).
Como lo anota terminantemente Escoto, "antes de todo mérito o demérito, Dios previó a Cristo que le sería unido en la unidad de persona" (Rep. Par. 3. 7. 4.). Es decir que, independientemente del pecado, Cristo fue querido por sí mismo para darle a Dios el más grande amor y la más grande gloria. En efecto, ninguna creatura es capaz de realizar este querer de Dios de manera plena, pues su amor será siempre un amor limitado. Sólo el Hombre asumido por el Verbo puede dar a Dios un amor sumo, amor igual al amor recibido de Dios por el hecho de ser verdadero Hombre y verdadero Dios.
Para Duns Escoto, entonces, la razón de la Creación incluye la razón de la Encarnación en un acto de perfecta libertad de la parte de Dios, pero según un plan racional e integral donde Cristo es el centro, el principio y el fin; donde El es la razón y el objetivo de todo en un primado absoluto, como el Amante supremo destinado a atraer todo al amor en un amor infinito. (Veuthey L. Jean Duns Scot. éd. Franciscaines, París, 1967. p. 80).
Por el hecho mismo de ser Hijo de Dios, de ser llamado a dar a Dios el más grande amor posible, Cristo fue predestinado a la máxima glorificación. " El alma de Cristo, afirma Escoto, fue predestinada desde la eternidad a la máxima gloria, no porque otros hubiesen caído, sino porque gozase de Dios (como el más grande coamador)" (Rep. Part. 3, 19.7; 23/404b).
Con esta visión maravillosa, toda impregnada de amor y de gloria, que nos presenta a Cristo como supremo don de amor, Señor del Cosmos y de la Historia, al vértice de todo cuanto existe, que recapitula toda la gloria del mundo en relación con Dios, Duns Escoto transmitía una iluminación nueva, original, al conocimiento del misterio de Cristo.
La Iglesia Católica, la Orden Franciscana y el mundo de la cultura han expresado de diversas maneras en los últimos años su admiración por Juan Duns Escoto.
La Iglesia le ha rendido oficial y solemnemente honores litúrgicos confirmando así una tradición secular que lo ha considerado bienaventurado. La Orden Franciscana, por medio de sus Ministros Generales, lo ha propuesto como modelo a cuantos siguen las huellas de San Francisco de Asís. El mundo de la cultura, por su parte, ha expresado repetidamente, en congresos y simposios nacionales e internacionales, el vigor y la actualidad de su pensamiento.
Después de siete siglos Duns Escoto continúa siendo "Maestro de Vida y de Sabiduría".


Guillermo de Ockham

DOCTOR INVENCIBLE

(c. 1290 – 1349)
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A este controvertido franciscano se le han otorgado los títulos honoríficos de "Doctor invincibilis", "Doctor singularis", y "Venerabilis inceptor". Nació alrededor del año 1290, en Ockham, condado de Surrey, Inglaterra. Muy joven ingresó en la Orden Franciscana.


Estudió filosofía y teología en la Universidad de Oxford, donde obtuvo el título de Bachiller. Comenzó a explicar el texto de las Sentencias de Pedro Lombardo, prerrequisito académico para obtener el título de Maestro en teología, grado que no pudo alcanzar por la oposición del Canciller de Oxford, Juan Lutterell, que puso bajo sospecha de herejía algunas de sus tesis. No deja de ser irónico que uno de los más célebres pensadores de la Edad Media no pasara de ser profesor principiante, "inceptor". Sus discípulos vengaron esta afrenta dándole el honroso título de "Venerabilis inceptor".
Ockham es autor de varias obras de teología, filosofía y política. Entre 1317 y 1324 escribe Lectura libri Sententiarium, Expositio super Physicam, Expositio aurea, Ordinatio Quodlibeta. Durante sus dos años de permanencia en Avignon, lleva a término la redacción de obras importantes: Summa logicae y Tractatus de sacramentis. A partir de 1328 escribe varios tratados político-religiosos: Tractatus de potestate imperiali, compuesto entre 1336 y 1340; Acta quaestionum decisiones super potestatem Summi Pontfficis, escrita entre 1339 y 1341; Dialogus inter magistrum et discipulum de imperatorum et pontificum potestate, elaborado con diversas interrupciones y que ha quedado incompleto; Tractatus de imperatorum et pontocum potestate, es un resumen del anterior.

Ockham fue uno de los primeros pensadores cuyas obras se publicaron en imprenta. Ya en 1483 fue editado su comentario al Primer Libro de las Sentencias, nuevamente impreso, junto con los comentarios a los otros tres libros, en 1495. Las exposiciones sobre diversos libros de Aristóteles fueron divulgadas en 1496, y en 1497 se editaban las Questíones Quodlibetales.


Fue crítico severo de los grandes maestros de la Escolástica y combatió muchas de las tesis importantes de ellos. Ni Alejandro de Hales, ni Santo Tomás, ni Duns Escoto escaparon a sus dardos. Pero la actitud de Ockham no es sólo crítica, ya que elabora tesis originales y de amplia repercusión tanto en la política como en filosofía y teología. Inteligencia poderosa y aguda, pretendió simplificar la filosofía despojándola de muchas entidades quiméricas, guiado por el principio de economía del pensamiento: "Es necio hacer por rodeos lo que se puede hacer directamente", principio conocido como la "navaja" o "cuchilla" de Ockham ("Ockham Razor").
Así, para explicar el hecho del conocimiento, Ockham no cree que sea necesario recurrir a múltiples facultades cognoscitivas, externas e internas, entendimiento agente y entendimiento posible, especies sensitivas y especies intelectivas, cuando basta que un ser capaz de conocer se encuentre frente a un objeto. La supuesta necesidad de categorías y de principios universales que había implicado la distinción entre intelecto agente e intelecto posible es considerada por Ockham como algo puramente ficticio y del todo inútil para el logro efectivo del conocimiento. Si es único el conjunto de las operaciones cognoscitivas, único ha de ser también el intelecto que las realiza.
"La navaja de Ockham -afirma Reale- inaugura un tipo de economía de la razón que tiende a excluir del mundo y de la ciencia los entes y los conceptos superfluos, y antes que nada, los entes y los conceptos metafísicos que inmovilizan la realidad y la ciencia, configurándose como aquella regla metodológica que más tarde se denominará rechazo de las hipótesis ad hoc. Además, esa crítica parte del supuesto que no hay que admitir nada fuera de los individuos y que el conocimiento fundamental es el empírico. (Reale G., Historia del pensamiento filosófico y científico, Barcelona, Herder, 1988. p. 539).
Guillermo de Ockham dio vida a un sistema filosófico conocido en la historia con el nombre de nominalismo. Ockham, además del conocimiento sensitivo, distingue dos grados de conocimiento intelectual: uno intuitivo, por el que conocemos directamente las cosas singulares existentes, otro abstractivo, con el que nos formamos los conceptos abstractos, que nos aparecen como comunes a muchos individuos y que se llaman universales. En diversas ocasiones Ockham afirmó terminantemente que sólo lo singular es real y que los universales son signos vacíos, meras palabras (=nomina). Se trata de formas verbales mediante las cuales la mente constituye una serie de relaciones con alcance exclusivamente lógico. Evidentemente, esta concepción repercute de modo negativo sobre el concepto de ciencia que, según los pensadores de su época, tiene por objeto lo universal y no lo singular.
De acuerdo con la doctrina de Ockham hay que excluir todo sistema de leyes universales. Para él, este tipo de saber metafísico impide el desarrollo de la ciencia, pues el singular es el principal objeto de la investigación. Así "el nominalismo, por su naturaleza, es llevado de la especulación hacia la observación, y por eso no es de maravillar que especialmente en la escuela terminista la investigación natural hiciese un mayor progreso. En realidad, los precursores de la moderna ciencia natural fueron los filósofos de la escuela ockhamista" (Klimke Colomer, Historia de la filosofía, Barcelona, Labor, 1953. pp. 315-316).
El llamado conceptualismo o nominalismo le atrajo muchos discípulos a Guillermo de Ockham y el título de Príncipe de los Nominalistas. Los ockhamistas se denominaron los modernos (moderni) en oposición a los antiguos (antiqui); y por su rechazo a la realidad de los universales, los nominales.
El influjo de Ockham en el pensamiento de su tiempo fue enorme y se prolongó durante siglos. Sus ideas políticas conocieron extraordinaria aceptación entre los universitarios. Pronto los que seguían el camino antiguo vieron en sus tesis un peligro y por eso el 25 de septiembre de 1339 la Facultad de Artes de París prohibió la doctrina ockhamista, prohibición que se renovó el 29 de diciembre de 1340. El mismo Clemente VI, en 1346, tuvo que intervenir con una carta dirigida a los maestros y alumnos de la Universidad de París para que no siguiesen "vanas y extrañas doctrinas". No obstante estas prohibiciones, la mayor parte de los maestros de París, ya pública, ya ocultamente, defendían el ockhamismo. Lo mismo sucedió en las Universidades de Viena, Colonia, Heidelberg y Oxford. (cfr. KIimke E, Colomer E., Historia de la Filosofía. Labor, Barcelona, 1953. pp. 317-320).
Con sus escritos políticos Ockham se mezcló decididamente en las luchas entre el Emperador y el Papa en relación con la autoridad de éste en los asuntos temporales. En 1324 fue citado ante el tribunal pontificio de Avignon para responder de algunas tesis sospechosas de herejía contenidas en su Comentario a las Sentencias. Después de dos años de permanecer en el convento franciscano de esa ciudad, Ockham vio agravarse su situación por haberse alineado, en el conflicto sobre el problema de la pobreza franciscana, con el ala intransigente que rechazaba enérgicamente la posición moderada del Pontífice.
Previendo severas sanciones huyó del convento y fue a refugiarse en la corte de Luis de Baviera. La tradición le asigna estas palabras: Emperador, defiéndeme con la espada que yo te defenderé con la pluma". Lo que, efectivamente, cumplió, pues de ese tiempo datan sus célebres escritos políticos que defienden la autonomía de lo temporal frente a lo religioso. Muerto el Emperador, Ockham buscó la reconciliación con la Iglesia. Murió en 1349 en Munich y fue sepultado en la iglesia franciscana de esa ciudad.
En su importante obra Summa logicae, Ockham se propone liberar el pensamiento de la confusión entre entidades lingüísticas y entidades reales, entre los elementos del razonamiento y los elementos de la realidad. Ockham pretende, como ha sido subrayado (Reale G., Op. cit, p. 541), otorgar a la lógica un estatuto autónomo y más riguroso que el que le habían concedido sus predecesores. El realiza una radical separación entre lógica y realidad, entre términos y res, entre plano conceptual y plano real. Como lo ha expresado Reale, «la tajante separación entre lógica y realidad permite que Ockhain se ocupe de los términos como si fuesen puros símbolos, relacionándolos entre sí, sin preocuparse por la realidad designada. De este modo, está en disposición de brindar una impecable teoría de la demostración lógica, evidente y rigurosa en sí misma, porque está constituida por puros símbolos, A la luz de los resultados obtenidos por la moderna lógica simbólica, sobre todo gracias a la distinción entre "sintáctica , y 11 semántica", no es difícil apreciar la genialidad de esta intuición». (Reale G., Op. cit, p. 541).
A Guillermo de Ockham se le ha considerado, no sin razón, como el último de los grandes pensadores de la Edad Media y el primero de la época moderna. Su esfuerzo por darle una respuesta nueva a los problemas culturales y sociales de una época que fenecía y de otra que comenzaba, no deja de ser una elocuente lección para los pensadores de hoy, situados a las puertas de un nuevo período de la historia. Fue hombre de sobresaliente agudeza intelectual. A él le correspondió vivir en una época de transición en la que a los hombres de Universidad se les presentaban problemas nuevos y desafíos nuevos. Con decisión de franciscano emprendió la tarea de darles respuestas adecuadas desde la teología, la filosofía, el derecho y la política. Bien pronto pudo darse cuenta que le era preciso prescindir de muchas de las soluciones anteriores y ensayar nuevos caminos. La crítica a sus predecesores no tiene, por consiguiente, el objetivo de arrasar con lo existente, sino de encontrar elementos válidos para las nuevas soluciones. La radicalidad de varias de sus posiciones lo llevó a lamentables errores que influyeron para que después de un período histórico de auge, en realidad largo, fuera considerado por la posteridad más negativa que positivamente,
En el presente siglo, por el interés de los investigadores en el conocimiento del siglo XIV, su figura ha adquirido relieve universal, pues "Ockham es indiscutiblemente el Maestro de esta época de transición". (Guelly Robert, Philosophie et théolope chez Guillaume d' Ockham). Varias de sus posiciones, tanto teológicas como filosóficas y políticas, aparecen hoy con impresionante actualidad.


San Bernardino de Siena

DOCTOR EGREGIO

(1380 – 1444)
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Bernardino de Siena es personaje destacado de la Orden Franciscana y "una de las figuras más fascinantes en la Historia de la Iglesia". (Furgoni L. Prólogo a Miglioranza C., San Bernardino de Siena, Ed. El Mensajero de San Antonio, Buenos Aires, 1992. p. 3). Teólogo y humanista, reformador de su Orden y apóstol infatigable, llevó a las más remotas regiones de Italia el mensaje del Evangelio con vigor, entusiasmo y entrega de verdadero cruzado.


Bernardino Albizzeschi, descendiente de ilustre familia, nació en Massa Marítima, población de la región toscana, el 8 de septiembre de 1380. Sus padres, Tollo Albizzeschi y Nera Ranieri, gozaban de distinguida posición social. El había ocupado el cargo de Gobernador de la ciudad y ella era hija de un magistrado local. A los 12 años deja su lugar de origen y se traslada a la ciudad que habría de ser el centro de sus actividades y lo determinaría con su nombre, Siena.
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