Biblioteca central universidad de san buenaventura



Descargar 174,71 Kb.
Página2/4
Fecha de conversión08.07.2017
Tamaño174,71 Kb.
1   2   3   4

San Buenaventura

DOCTOR SERÁFICO

(1221 – 1274)
Haz click para ver gráfico 08
Haz click para ver gráfico 09

Juan Fidanza, como era su nombre familiar, nació en Bagnoregio, Italia, en 1221. Fueron sus padres Juan Fidanza y María Ritella. En los años de su infancia cayó gravemente enfermo y su padre, "Maestro en Medicina", se sintió incapaz de devolverle la salud. Su madre, entonces, acudió a San Francisco y el milagro se cumplió. El mismo San Buenaventura consigna el hecho en la vida que escribió sobre San Francisco: "Fresco tengo aún en la memoria el haberme librado por su invocación y por sus méritos de las fauces de la muerte cuando me hallaba en la edad pueril..." (Leyenda Mayor, Pról. 3). La tradición afirma que con esta ocasión el Santo de Asís le dio el nombre de Buenaventura.


Muy joven marchó a París en donde después de ocho años de consagración al estudio, en 1243, obtuvo el título de Maestro de Artes. Es entonces cuando Buenaventura decide entrar en la Orden Franciscana.
Cumplido el año de noviciado y emitidos sus votos religiosos en el gran Convento Franciscano de París, Buenaventura es destinado a continuar sus estudios en la Facultad de Teología en donde debería permanecer cinco años como alumno antes de obtener el título de Bachiller Bíblico, lo que se cumplió en 1248. A partir de este momento comenzará su enseñanza, como requisito para obtener los grados de Bachiller Sentenciario (1250) y de Licenciado en teología (1253) y, finalmente, de Maestro Regente, famoso título que le otorgó la Universidad, juntamente con Santo Tomás, en 1257.
Durante el período de su enseñanza en la Universidad de París, Buenaventura fue considerado como un gran pensador y maestro de teología, juicio que hasta hoy corroboran los estudiosos de sus obras. Uno de éstos lo califica como de "inteligencia penetrante y extraordinariamente sintética" (Bougerol I. G., San Bonaventura: Un maestro di sapienza, L. I. E. F Edizioni, Vicenza, 1972. p. 53).
El 2 de febrero de 1257 Fray Buenaventura fue elegido unánimemente Ministro General de la Orden Franciscana. Las delicadas responsabilidades de este nuevo cargo que ejerció durante diez y siete años lo obligan a dejar la cátedra universitaria. Sin embargo continuó hasta su muerte una actividad intelectual intensa. En 1273 el Papa Gregorio X creó a Fray Buenaventura encargó de la preparación del Concilio Ecuménico que se realizaría el año siguiente en Lyon y en donde desempeñó papel fundamental en el desarrollo de los objetivos que el Pontífice le había propuesto al Concilio: la reforma de la Iglesia, la unión con los griegos y el socorro a la Tierra Santa. Hacia el final del Concilio cayó San Buenaventura gravemente enfermo y murió el 15 de julio de 1274. El acta oficial de la Asamblea Ecuménica dice, entre otras cosas, que "fue hombre de eminente ciencia y elocuencia, varón conspicuo por su santidad, adornado de conmiseración, vida y costumbres excelentísimas, benigno, afable, pío y misericordioso, lleno de virtudes, amado de Dios y de los hombres Buenaventura fue canonizado por el Papa Sixto IV el 14 de abril de 1482 y Sixto V, en 1587, le otorgó el título de Doctor de la Iglesia.
En San Buenaventura, ha escrito uno de sus biógrafos, la especulación científica del teólogo es inseparable de la especulación mística del contemplativo (Bougerol, Op. Cit., p. 57). Todos sus escritos manifiestan esta nota de su personalidad, conjunción de inteligencia y de amor. Es un pensador que ama y por esto al escribir lo hace con la inteligencia y con el corazón. En él la especulación va siempre unida a la oración.
Como teólogo y filósofo, San Buenaventura es considerado uno de los más renombrados doctores de la Iglesia. Entre sus numerosas obras se destacan, por su profundo sentido filosófico, teológico y místico, las siguientes: Comentarios a los cuatro libros de las Sentencias del Maestro Pedro Lombardo (1250-1256), Breviloquium (1254-1256), Cuestiones disputadas sobre la ciencia de Cristo, sobre el misterio de la Santísima Trinidad y sobre la perfección evangélica (antes de 1256), Itinerario de la mente a Dios (1259), Colaciones sobre los Diez Mandamientos (1267), Colaciones sobre los Siete Dones del Espíritu Santo (1268), Colaciones sobre el Hexaemeron (1273).
Este último escrito contiene la serie de conferencias, "collationes", que San Buenaventura pronunció del 9 de abril al 28 de mayo de 1273, en presencia de toda la Universidad de París, en las que da una batalla decisiva contra los averroístas de su tiempo, "levantando un grandioso monumento a la verdad católica". (Llorca, García Villoslada, Montalbán, S.I., Historia de la Iglesia Católica II, Edad Medía, BAC., Madrid, 1963. p. 787).
El Itinerario de la mente a Dios, (Itinerarium mentis in Deum) es obra cumbre en la producción doctrinal de San Buenaventura y con razón es el libro más conocido del Santo Doctor. Se trata de un escrito místico y a la vez filosófico y teológico que describe la escala ascensional del Espíritu, que partiendo de la grandeza y belleza de las creaturas llega a la vida interior y a la unión con Dios. Al decir de Gerson, famoso canciller de la Universidad de París, es un libro insuperable. Libro verdaderamente de oro, lo llamaron los sabios editores de Quaracchi, y Llorca, García Villoslada, Montalbán, S.I., lo consideran como una de las joyas de la literatura filosófico-teológica y mística, uno de los libros más típicos y sublimes de San Buenaventura (Op. Cit., p. 805).
En el campo filosófico-teológico, Buenaventura sigue la orientación platónico-agustiniana de su maestro Alejandro de Hales, infundiéndole todavía más el espíritu de San Francisco.
No sin razón Gemelli considera a San Buenaventura como "la conciencia filosófica y teológica de San Francisco". En verdad, "la certidumbre de la presencia de Dios y el abandono en la Providencia, tan vivos en San Francisco, son en San Buenaventura su teoría de la idea de Dios; la intuición natural de San Francisco se transforma en San Buenaventura, no sin influencias platónicas, al través de San Agustín, en la iluminación con que explica el problema del conocimiento de Dios; el desdén de San Francisco para con la ciencia presuntuosa e ignorante y su respeto de la Sagrada Escritura, San Buenaventura los convierte en alabanzas de la teología, en la reducción de todas las artes a la teología, en adoración de Aquel que es el centro de las ciencias como es el centro de la Creación: el Verbo; unidad del saber en un solo soberano Maestro". (Gemelli, A., El Franciscanismo, Luis Gili, Editor, Barcelona, 1940. p. 56-57). La teología de San Buenaventura tiene un carácter marcadamente cristológico. Principio fundamental del Santo Doctor es el de poner a Cristo en el centro de la vida, de la ciencia, de la mística. "Es preciso, afirma, comenzar por Cristo... que ocupa el centro entre todas las cosas" (Coll. in Hexaem., I, 10, T.V. p. 330). El universo creado y el orden actual de la Providencia giran en torno a Jesucristo. El recapitula en sí toda la Creación. San Buenaventura es claro al respecto: "es la piedra angular; todo gira en torno a El, y en El todo debe reunirse, como las líneas que partiendo de una circunferencia, se reúnen en la unidad indivisible del punto central" (S. Buenaventura. Comn in Lucas, cap. XX, b, 23).
San Buenaventura presenta en sus obras, y especialmente en las Colaciones sobre el Hexaemeron, la centralidad de Cristo. El coloca el Verbo encarnado al centro del universo sensible y del mundo sobrenatural, de la vida mística y de la metafisica cristiana, de todos los órdenes del ser y del pensamiento. (Cfr. Cicearelli M., I Capisaldi della Spirítualitá Francescana, Benevento, 1959, pp. 1665-1669).
San Buenaventura sintetiza toda la doctrina relativa a Cristo, considerándolo como Verbo increado (Verbuni increatum), Verbo encarnado (Verbum incarnatum) y Verbo inspirado (Verbuni inspiratum). (In Hex., coll. 3, n. 2, t. 5, 343; ibid., coll. 9, n. 1-8; De Donis Sp. Sancti, coll. 1, n. 5-8, t. 5, 458-459).
Como Verbo increado, el Doctor Seráfico contempla a Jesucristo en comparación con el Padre: idéntico y uno en la esencia, distinto en la persona, coigual en la majestad y coeterno en la duración. (Comment, in Loan., c. 1, n. 1, t. 6, 240).
Como Verbo encarnado, el Santo Doctor se extasía ante este prodigio tan estupendo que en su virtud Dios es hombre y el hombre es Dios. (III Sent., d. 9, a. 1, q. 1, ad. 6, t. 3, 150). En la línea de las comunicaciones divinas ad extra, no cabe subir más arriba, por cuanto la unión hipostática es la máxima exaltación de parte de la creatura y la máxima dignación de parte de Dios. (III Sent., d. 6, a. 2, ín Carp., t. 3, 101).
Se considera Verbo inspirado cuando se intima en el alma haciéndose vida de su vida y porque se le atribuyen todos los efectos luminosos inherentes a la misma gracia, como revelaciones e ilustraciones y la firmeza de la fe. (I Sent., d. 15, p. 2, a. un., q. 1, in Hex., coll. 9, n. 6-9, t, 5,373).
El Doctor Seráfico contempla a Cristo desde la cima de la predestinación y lo proclama ejemplar de los predestinados, lleno de luces, brillante por su ciencia divina y humana, grato y acepto a Dios, por la plenitud de gracias multiformes; cubierto de mil laureles, a causa de sus innumerables victorias y triunfos. (III Sent., d. 13, a. 1, q. 2, in Carp., t. 3, ad. 1, t. 3, 280). Jesucristo, en la concepción bonaventuriana, es fuente de todo conocimiento natural y sobrenatural, centro de las inteligencias y voluntades. Cristo no sólo es la luz reveladora de todas las revelaciones o visiones proféticas, sino también la luz salvadora que nos lleva a aceptarlas y penetrarlas. (Christus unus omnium Magister., n. 3, in Hex., coll. 9, n. 7, t. S).
El alma, afirma San Buenaventura, para vivir espiritualmente y hacer obras saludables necesita de Cristo, quien asumiendo la vida de nuestra naturaleza, nos comunicó la vida de la gracia; Cristo es la puerta por donde entró la vida en el mundo. (IV Sent., d. 30, a. 1, q. 1, ad. 4, t. 4, 663; III Sent., Comment, in Dest. l). Para San Buenaventura no hay duda de que Cristo es el principio de todas las ciencias, en cuanto es el fundamento o el último apoyo de la verdad de nuestros conocimientos. (Cfr. Aperribay B., Cristología mística de San Buenaventura en Obras de San Buenaventura, t. 2, Jesucristo, BAC., Madrid, 1946. P. 3-93).
El Doctor Seráfico se complace en la consideración de Jesucristo glorioso, "Rey, Hijo de Rey". "La gloria y nobleza del reino eterno de Dios hanse de estimar de la grandeza del Soberano, ya que el Rey no depende del reino, sino que el reino trae su origen del Rey.. Oh, cuán glorioso es el reino de este Rey excelentísimo, en el cual reinan y se gozan con El todos los justos" (Signum Vitae, Frut, XII, 45. Ed. BAC., t. 11, p. 349).

Si bien es cierto que San Buenaventura acepta la opinión de los que hacen depender del pecado la Encarnación de Jesucristo, ofrece sin embargo aspectos positivos para la opinión contraria. En efecto, escribe: 'Aunque Cristo haya venido humilde, benigno, caritativo, sin embargo El es Rey por riguroso derecho de naturaleza, porque por esencia sobresale así adelante de todos" (Senn. II in Dom. Palm. 245). Pero además, San Buenaventura coloca un sólido punto de partida a Duris Escoto al plantearse la cuestión de la Predestinación, desligándola del pecado. En efecto, el Doctor Seráfico, dejando de lado el sentido hipotético de "si Adán no hubiese pecado se pregunta: "¿Cuál fue la razón principal de la Encarnación?" (III Sent., d. 1, a. 2, g. 2, 2 l). Para dar opinión comienza por analizar las dos tesis conocidas en su época. La primera, bastante generalizada entre los teólogos hasta Alejandro de Hales, defendía como motivo de la Encarnación la perfección del universo y la beatificación del hombre; o sea, la Encarnación de Cristo independiente del pecado. La segunda ponía como motivo principal la Redención, es decir, que la Encarnación fue ocasionada por el pecado.


En un escrito de Rogerio Marston, de 1280, se afirma que la tesis de la Encarnación independiente del pecado era sentencia común entre los doctores antiguos, "sacri doctores antiqui", y que la contraria, o sea la dependencia del pecado, la sostienen los doctores modernos, "communiter tenent moderni doctores". Lo que quiere decir que en tiempos de San Buenaventura esta era la opinión común a la cual adhiere el Santo Doctor. Pero, como ya lo insinuamos, si San Buenaventura no alcanzó a llegar, como Duns Escoto, a la Predestinación absoluta de Cristo, sí vio muy claro que es el centro del universo y que todo gira en torno a El porque es el Rey de la Creación.


Rogerio Bacon

DOCTOR ADMIRABLE

(1214 – 1294)
Haz click para ver gráfico 10
Haz click para ver gráfico 11

De Rogerio Bacon se ha dicho que fue uno de los más grandes pensadores del Medioevo. Pico de la Mirandola lo llama Ténix de los ingenios" y Humboldt lo designa como "el genio científico más grande de la Edad Media".


Curiosa personalidad la de este Franciscano de facetas intelectuales a primera vista contradictorias: alquimista y teólogo, experimentador y místico, filósofo y biblista, matemático y filólogo, que nació de padres nobles y ricos en Dorsetshire, cerca de Ilchester, Inglaterra, en 1214.
Desde sus primeros años deseó adquirir una cultura amplia y profunda. Como él mismo lo ha expresado (Op. Tert. c. XX), apenas aprendió a leer, se consagró al estudio de las lenguas y de las letras, pasión que lo acompañó durante toda su vida. La misma dedicación la tuvo tanto como estudiante en Oxford que como profesor en París, donde alcanzó el grado de Maestro. Fue admirado y estimado por las más altas autoridades científicas de su tiempo: Campano de Novara, Juan de Londres, Roberto Grosseteste, Adam de Marsch y Pedro de Maricourt. A propósito de esto, Bacon escribe: "Durante veinte años, en los que me he aplicado especialmente al estudio de la sabiduría, he despreciado el modo común de pensar y he gastado más de 2.000 libras en adquirir obras secretas para hacer experiencia directa de las cosas más diversas, para aprender las lenguas, para procurarme instrumentos científicos, tablas astronómicas y otras cosas, como, así mismo, para lograr la amistad de los sabios, para instruir a los colaboradores en el conocimiento de las lenguas, en las figuras geométricas, en los cálculos aritméticos, en el uso de las tablas, de los instrumentos y de muchas cosas más". (Op. Tert.),
Perteneció a la edad de oro de la filosofía y de la teología escolásticas, a las que dio importantes aportes. En sus escritos bíblicos abogó con vehemencia por el estudio directo de la Sagrada Escritura, para lo cual considera indispensable una traducción exacta y bien elaborada de la Palabra de Dios a fin de comprenderla e interpretarla correctamente.
En tiempos de Bacon circulaban diversas redacciones de la Sagrada Escritura, sin que se supiera a ciencia cierta cuál era la que reflejaba mejor lo expresado en la lengua original. El texto bíblico utilizado en París, según Bacon, contenía imprecisiones, hasta errores, y se encontraba en contradicción con las Biblias antiguas extendidas en toda la Iglesia. Recuerda a este propósito, el pensamiento de San Agustín según el cual en este caso se hace necesario recurrir a los antiguos manuscritos y estudiar gran número de ellos. (Op. Min.).
Se requería, entonces, emprender la elaboración de un texto corregido de la Biblia para lo cual resultaba indispensable el conocimiento de las ciencias y de las lenguas antiguas en las que fue escrita. Tres siglos más tarde, el Concilio de Trento hacía eco al Doctor Admirable al reconocer, oficialmente, el texto de San jerónimo como el admitido por la Iglesia. El Cardenal Gasquet, Prefecto de la Comisión que fue organizada por el Papa Pío X para restablecer el antiguo texto de la Vulgata de San jerónimo, da claro testimonio de la visión perspicaz de Rogerio Bacon en lo que respecta a la crítica del texto sagrado (Gasquet, Roger Bacon and the latin Vulgata en Roger Bacon Essays, Oxford, 1914. p.88-89).
El Doctor Admirable hablaba siete idiomas y muchos dialectos; redactó una gramática griega y otra hebrea. Sus aportes al estudio de la lingüística han sido considerados de gran importancia en el desarrollo de esta disciplina. Apoyado en sus ideas acerca de la necesidad del estudio de las lenguas orientales para la exégesis bíblica, el Concilio de Viena ordenó la enseñanza de esas lenguas en las universidades de París, Oxford, Bolonia y Salamanca.
Mas para Bacon el conocimiento de las lenguas se hace indispensable también para la filosofía, pues el texto de Aristóteles, fundamento de la reflexión filosófica, no siempre expresaba el pensamiento genuino del filósofo y urgía conocerlo en su lengua original. En general, afirma Bacon, las lenguas son instrumento valioso para poder alcanzar la sabiduría, "el conocimiento de las lenguas es la puerta principal de la sabiduría" (Op. Tert, Op. Mai.). Son útiles también las lenguas, según el Doctor Admirable, para realizar ventajosamente diversos aspectos de la vida humana: la paz entre los pueblos, las relaciones políticas internacionales, el comercio, etc. (Op. Mai,, Op. Tert., Comp. Stud. Phil.).
No deja de sorprender la actualidad de este pensamiento del Franciscano inglés, en la era de la apertura económica, de la integración comercial y tecnológica y de los vínculos cada vez más estrechos no sólo entre las naciones sino también entre los continentes. No sin razón se ha hecho notar que "Bacon no es sólo un filósofo sino también un profeta" (Gilson E., La filosofía en la edad media, Ed. Difusión, Buenos Aires, 1940. p. 204). Rogerio Bacon ponderará constantemente en sus escritos la importancia de las ciencias naturales y su fundamento matemático. Las matemáticas, según él, son indispensables para el conocimiento de las ciencias e incluso para la exégesis bíblica. "La matemática es tan necesaria a la ciencia divina como a la humana". (Op. Mai). "Fuera de esta ciencia de la exactitud, las otras carecen de verdadero saber, siempre que, como ordinariamente se hace, se ciñan a los argumentos dialécticos y sofísticos; mas llegarán a poseerlo cuando la demostración matemática descienda a mensurar sus verdades y hechos, de lo contrario, tales ciencias ni pueden ser entendidas ni explicadas, ni enseñadas, ni aprendidas" (Op. Mai, IV; Op. Tert., c. XXIX - XXXVII).
Su interés principal lo dirigió hacia el conocimiento de la naturaleza, tanto en relación con el contenido de las ciencias como en cuanto al método para investigarlas.
Como hijo de San Francisco, fue Bacon "quien transformó el amor de las creaturas en observación científica; quien replegándose sobre los fenómenos naturales con franciscano apremio de concretez, de claridad, de utilidad fraterna, llevó el Franciscanismo a la ciencia que entonces nacía y con gérmenes franciscanos comenzó a dar a la ciencia misma una vida autónoma... Tiene fe exuberante, no sólo en Dios, sino también en la naturaleza, en los hombres, en sí mismo. Siente el universo rico de infinitos secretos, el propio yo potente de infinita capacidad... Ve, observa, experimenta, aplica. El saber para él es acción; tiene necesidad de los hechos". (Gemelli A., El Franciscanismo, Luis Gili Editor. Barcelona, 1940. pp. 61-62).
Sobresalió por sus descubrimientos en química, física y particularmente, en óptica; también incursionó con éxito en astronomía, matemáticas, historia natural y otras ciencias de su tiempo, Muchos de los resultados científicos alcanzados hoy fueron previstos por el sabio Franciscano. Como anotan I(Iimke y Colomer, "en su De secretis operibus artis et naturae nos parece adivinar los recentísimos inventos del arte y de la técnica, pues habla de las naves que se mueven con suma celeridad, aun cuando un solo hombre las dirige; de los carros, que no siendo tirados por ningún animal, se mueven rapidísimamente; de las naves que vuelan en el aire, del microscopio y del telescopio". (KIimke F. y Colomer E. S. I., Historia de la Filosofía, Labor, Barcelona, 1953. p. 304).
Pero Rogerio Bacon aparece también como auténtico visionario en la importancia que concede al método experimental para el progreso de las ciencias y en su concepción de ese método. "Es preciso que el hombre que se dedica a la investigación de la verdad conozca el método y los caminos por los cuales él debe encontrarla, completarla, perfeccionarla, tanto en general como en particular; porque hay un método en cada cosa, y si se falla en él, no se podrá jamás llegar al objetivo propuesto" (Compendium Studii Philosophiae). Antes que apareciera Francisco Bacon en el siglo XVI, ya Rogerio había delineado perfectamente la estructura y la lógica interna del método experimental, su fundamento matemático y su proyección científica.
Entre sus numerosas obras, las más conocidas e importantes son: Opus Maius, Opus Minus, Opus Tertium, Communia Naturalium, Compendium Studii Philosophiae, De Multiplicatione Specierum, De secretis operibus artis et Naturae et de nullitate magiae, Scriptum principale. Los tres primeros escritos, fundamentales para conocer el pensamiento de Bacon, fueron redactados a petición del Papa Clemente IV, su amigo y protector. El Opus Maius presenta toda la óptica, la astronomía y las matemáticas, así como la astrología. El Opus Minus es un compendio del anterior; el Opus Tertium un suplemento de ambos. Con el Scriptum principale, Bacon pretendió exponer su pensamiento acerca del estado de la cultura de su tiempo, abarcando todos los aspectos, desde la teología hasta cada una de las Ciencias Naturales. Desafortunadamente sólo redactó algunos fragmentos.

Sus obras ponen de manifiesto, claramente, su perspicaz visión de la cultura de su tiempo y su anhelo de un cambio radical en las diversas manifestaciones de la misma. Se ha hecho notar (Abbagnano N. Historia de la Filosofía) que la posición de Bacon en todas sus obras es la de una resuelta libertad espiritual. Está convencido de que la verdad no se revela sino a hombres que la buscan; de que las investigaciones deben sumarse e integrarse unas con otras y que, en resumen, la verdad es obra del tiempo.

Tiene además un concepto dinámico y evolutivo de la ciencia; considera que "Aristóteles no ha penetrado en los últimos secretos de la naturaleza, así como los sabios de hoy ignoran muchas verdades que serán familiares a los estudiantes más noveles de los tiempos futuros" (Op. Mai., II, 13). Es un pensamiento que aparece frecuentemente en sus escritos "Los antiguos han plantado el árbol de la ciencia; pero no ha producido todavía ni todas su ramas, ni todos sus frutos" (Communia Mathematica, Op. Mai, Compendium Studii Philosophiae).
En un pasaje notable del Opus Maius Bacon expone una regla fundamental para el progreso de las ciencias: el sentido crítico con que deben abordarse. "No es conveniente adherir a todo lo que oímos y leemos, sino que debemos examinar minuciosamente las opiniones de los mayores, para añadir lo que les falta a ellos y corregir lo que está equivocado, todo con -modestia y justificación" (Op. Mai., l). La prolongada y sólida formación intelectual adquirida por Bacon en centros de estudios superiores tan diversos como Oxford y París, su brillante inteligencia y la tenacidad con que se consagró desde niño a las disciplinas humanísticas y científicas, explican la versatilidad de su pensamiento y el gusto tanto por la reflexión teórica como por la experimentación. A Rogerio Bacon no se le puede disociar ni de las ciencias especulativas ni de las experimentales. Los esfuerzos de algunos pe presentarlo como un personaje ir sólito en su época y colocarlo como precursor del empirismo al estilo de Augusto Comte, lejos de ensalzarlo han empobrecido su obra y su personalidad. Bacon es, ante todo, un Franciscano que armoniza el pensamiento agustiniano con el saber experimental.


Juan Duns Escoto

DOCTOR SUTIL

1   2   3   4


La base de datos está protegida por derechos de autor ©absta.info 2016
enviar mensaje

    Página principal