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VITRAL

BIBLIOTECA CENTRAL

UNIVERSIDAD DE SAN BUENAVENTURA

CALI
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Significado del vitral
Con indiscutible acierto el padre Rector de la Universidad de San Buenaventura de Calí, Fray Luis Javier Uribe Muñoz, ideó, para la nueva Biblioteca de la Universidad, un vitral de grandes proporciones, centrado en una tesis básica de la Escuela Teológica Franciscana: El Primado Universal de Jesucristo.
Para los Franciscanos el amor de Dios es la explicación del universo y el motivo primario de la Encarnación. Dios crea para participar algo de sí a otros seres y ser glorificado mediante el amor de cada uno de ellos. Pero sólo uno, previsto y predestinado antes de todas las cosas, por quien todo ha sido creado, Hombre y Dios al mismo tiempo, puede darle a Dios amor supremo y suprema glorificación. Jesucristo es el vértice de la Creación. Hacia El convergen todas las creaturas. Todo llega a Cristo y mediante Cristo a Dios. Cristo, entonces, es Señor de la Creación y ha sido destinado desde toda la eternidad a la máxima gloria.
Jesucristo Rey, centro del Cosmos y de la Historia, es la figura dominante del vitral. A su alrededor aparecen Francisco de Asís y siete personajes de reconocido prestigio en el campo de la cultura, verdaderos modelos de interiorización de los valores cristianos, de consagración al estudio, de investigación desinteresada y de amor a la ciencia: San Antonio de Padua, Fray Alejandro de Hales, San Buenaventura, Fray Rogerio Bacon, Beato Juan Duns Escoto, Fray Guillermo de Ockham y San Bernardino de Siena.
Ellos pertenecen a siglos diferentes, a países diversos, con perfiles personales disímiles, pero coinciden en que todos hacen parte de la familia Franciscana y, en una u otra forma, están vinculados a la tesis que expresa tan hermosamente el vitral.
En éste se encuentran también rasgos de identidad de la Universidad, simbolizados en los escudos de la ciudad de Cal¡, el de la Orden Franciscana y su propio logotipo.


San Francisco de Asís

(1182-1226)
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San Francisco nació en 1182 en Asís, pequeña y hermosa ciudad italiana que en el día de hoy guarda celosamente la tumba y el recuerdo del más grande de sus hijos. El niño fue bautizado con el nombre de Juan, nombre que su padre, al regresar de un viaje de negocios en Francia, cambió por el de Francisco, con el que lo conoce la historia. Sus padres, Pedro y Juana, llamada Pica, constituían una familia burguesa de comerciantes y holgada situación económica.


Francisco creció en medio de comodidades y diversiones hasta el punto de ser considerado como el "rey" de las fiestas de la juventud de Asís. Rico, entusiasta y alegre, llamaba la atención de sus conciudadanos por su generosidad y por la nobleza de su corazón. A los 20 años se enroló en los ejércitos de Asís para luchar contra Perusa, en una guerra en donde fue hecho prisionero una tarde de 1202. Tras varios meses de cautiverio, regresó a la ciudad natal a ocuparse de nuevo de los negocios de su padre y continuar sus fiestas juveniles.
Ambicioso de gloria y de renombre, se alistó un día en el ejército que organizaba el Conde Gentile de Asís para ayudar al Papa Inocencio III.
Enfermo en Espoleto, oye en sueños una voz que marca el principio de su conversión. La voz del Señor le decía: "¿A quién quieres servir? ¿Al Emperador o a Cristo?" Francisco respondió sin titubeos: 'A Cristo". Entonces la voz le ordenó: "Regresa a Asís y allí te diré lo que debes hacer".
Francisco regresó, efectivamente, y en la soledad y la oración se preparó para la obra que Dios debía realizar en él. Un día de 1206, meditando en la pequeña Iglesia de San Damián, en las afueras de Asís, oyó la voz del crucifijo que le decía: Francisco, ve y repara mi casa que amenaza ruina". De inmediato se dirige a la tienda de su padre y toma diversidad de telas, las vende, da el dinero al sacerdote para la reparación de la iglesia y él mismo comienza a trabajar con sus manos en la reconstrucción de la ermita. Sólo años más tarde Francisco entendió que no se trataba de la construcción material, sino de la casa de Cristo, la Iglesia, amenazada entonces por la relajación de costumbres y las herejías.
Francisco continúa reflexionando en la soledad y apartado ya de sus familiares y amigos. Un día Pedro Bernardone, convencido de que la nueva vida de su hijo no le convenía y que había hecho caso omiso de sus llamados, decide recurrir al Obispo para realizar un juicio. Este se llevará a cabo, días después, en la plaza principal. Bernardone exige a su hijo que le devuelva cuanto ha gastado en la restauración de San Damián. Francisco, sin vacilar un solo instante, se despoja hasta de sus vestiduras y las arroja a los pies de su padre exclamando: "Hasta ahora he llamado padre a Pedro Bernardone, en adelante no tendré más padre que el Padre que está en los cielos". Y se acoge a la protección del Obispo.
Así comienza su vida de total entrega a Dios y de servicio a los demás. Ha renunciado a todo para seguir las huellas de Jesucristo a través de la pobreza y la humildad.
Fundador de una Orden que se propagó con extraordinaria rapidez, se entrega con sus discípulos a la predicación del Evangelio, deseando a todos los hombres la paz y el bien, e incitándolos a vencer el odio comunicando amor. Sometido en todo al "Señor Papa" y a la Iglesia, quiere que su obra lleve siempre la garantía de la autenticidad evangélica.
Francisco se ha entregado por completo a Dios y al encontrarlo a El ha encontrado también a las creaturas, que considera sus hermanas: hermano sol, hermana luna, hermana agua... Así llega al concepto muy

original y muy propio de él de la fraternidad universal de las creaturas.


Ningún ser humano había tenido del mundo una apreciación semejante. El Cántico del Hermano Sol, primera manifestación literaria de la lengua italiana, expresa precisamente esta fraternidad de todos los seres que proclaman la gloria del Señor.
Francisco culmina su ascención espiritual en el Monte Alvernia, en 1224, cuando el mismo Cristo imprime los signos de su pasión en el cuerpo de su servidor. A partir de ese momento, Francisco, en frase del Papa Pío XI, quedaba transformado en otro Cristo. Poco tiempo después, al atardecer del día 3 de octubre de 1226, rodeado de sus hermanos, entrega el alma al Creador en la ciudad que lo había visto nacer.
En sus escritos, Francisco se autodenomina "iletrado", queriendo significar que no realizó estudios completos ni de teología ni de las ciencias que se estudiaban en la época. Su aprendizaje se redujo a la lectura, escritura, matemáticas y latín en la escuela de San Jorge, que frecuentó durante cinco años. Además de esto, en los viajes de negocios con su padre tuvo la ocasión de aprender y practicar el francés y, al mismo tiempo, ampliar sus conocimientos a través del trato con gentes de otras regiones y países.
La cultura de Francisco no era, pues, ni vasta ni profunda. Sin embargo de él proviene un amplio movimiento cultural que ha dejado huella indeleble en la civilización occidental. Gemelli escribe que "es tan fecundo el germen de renovación dejado por San Francisco en la civilización de su tiempo, que, muriendo él a fines del primer cuarto del siglo XIII, todo el siglo queda ya fermentado de su personalidad y santidad". (Gemelli A., El Franciscanismo. Luis Gili, Editor. Barcelona, 1940. p.47).
Con razón se ha hecho notar que Francisco no era un teólogo en el sentido técnico de la palabra, pero que sí lo era en el sentido que "su espíritu se concentraba continua e intensamente en la Palabra de Dios para vivir de ella; todo su apostolado no tenía otro fin que invitar a los hombres a la misma fuente de vida" (Van Khanh N., Cristo en el pensamiento de Francisco de Asís según sus escritos. Traducción del francés, Edit. Franciscana, Aránzasu. p. 12). Si "Francisco no era teólogo-pensador o teólogo-profesor, era teólogo como todo miembro del pueblo de Dios para quien la palabra de Dios es esencialmente el espíritu y vida". (Id., ibid, p. 12).
La experiencia espiritual de San Francisco y sus diversas intuiciones teológicas fueron pronto motivo de reflexión y sistematización por los doctores de su Orden que lograron 11 transformar en concepto lo que hasta entonces era intuición, en teoría lo que era práctica, en teología lo que era oración". (Gemelli, Op. cit. p.51). Entre estas percepciones, y para limitarnos al tema del vitral, está la del Primado Universal de Jesucristo. "Soy el heraldo del Gran Rey", proclamó en más de una ocasión refiriéndose a su vida y a la misión que Dios le había asignado.
Francisco considera a Jesucristo como el Hijo Amado, Primogénito de toda la Creación, a cuya imagen fue creado el hombre. Este pensamiento aparece claramente expresado en su admonición 5ª, versos 1-2, "Repara, oh hombre, en cuán grande excelencia te ha constituido el Señor Dios, pues te creó y formó a imagen de su querido Hijo según el cuerpo y a su semejanza según el espíritu y todas las creaturas que están bajo el cielo sirven, conocen y obedecen a su modo, a su Creador, mejor que tú".
Según San Francisco, cuando el Padre creó al hombre tenía en su mente a su Hijo Amado. Cristo encarnado es el Primogénito de la Creación. Así lo expresa en un texto que eligió para rezarlo el día de Navidad: «El me invocó: "tú eres mi Padre"; y yo lo haré mi Primogénito, el más excelso de los reyes de la tierra». (OFP. 15, 4).
Como comenta acertadamente Van Khanh: Ya no es Yahvéh quien asegura a David la superioridad con relación a sus adversarios. Es el Padre en persona quien coloca a su Hijo encarnado, su Primogénito, por encima de los reyes de la tierra; el día en que el Hijo, el Primogénito, se hizo hombre, es para Francisco como el día grande en que hizo el Padre la Creación. Lo dice la continuación de su plegaria: "Este es el día que hizo el Señor; alegrémonos y gocemos en él. Porque se nos ha dado un Niño santísimo, amado y nació por nosotros, fuera de casa, y fue colocado en un pesebre, porque no había sitio en la posada. Gloria al Señor Dios en las alturas y en la tierra, paz a los hombres de buena voluntad.
"Alégrese el cielo y exulte la tierra, conmuévase el mar y cuanto lo llena; se gozarán los campos y todo lo que hay en ellos". (Van Khanh N., Op. cit. P. 77).
Para Francisco, la venida del Hijo Primogénito alegra no solamente a los hombres, sino también a toda la Creación. En todo este salmo compuesto por él habla del Padre nuestro Rey antes de todos los siglos", del "Primogénito superior a todos los príncipes de la tierra", de la alegría de todas las creaturas que acogen la venida de Cristo como el que llega a responder a la aspiración profunda de su ser. Es de inmenso significado lo que escribe en la Primera Regla: "Que nuestro Señor Jesucristo, que te hasta siempre para todo, te dé gracias". (1R. 23, 5).
No es necesario mucho esfuerzo para advertir en estos textos de Francisco las intuiciones fundamentales que inspirarán la teología de Duns Escoto sobre el Primado Universal de Jesucristo.


San Antonio de Padua

DOCTOR EVANGÉLICO

(1191 – 1231)
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Antonio de Padua es cronológicamente el primero de los Doctores Franciscanos. Fue nombrado profesor de teología por el propio San Francisco mediante un autógrafo en el que le expresa: "Me agrada que enseñes la sagrada teología a los hermanos, a condición de que, por razón de este estudio, no apagues el espíritu de la oración y devoción, como se contiene en la Regla". (San Francisco de Asís, Escritos-Biografías-Documentos de la época, BAC, Madrid, 1980. p. 74).


De origen portugués, natural de Lisboa, no se conoce con exactitud la fecha de su nacimiento. Comúnmente se la coloca en el año de 1195, aunque algunos historiadores, con razones de peso, creen que nació en 119 1. En su bautismo se le impuso el nombre de Fernando. Sus padres, Martín de Bouillón y María Taveira, eran de origen noble y holgada posición económica.
Su preparación cultural la inició en la escuela de la Catedral de su ciudad natal, en donde no sólo aprendió a escribir, leer y hacer cuentas, sino también la gramática, retórica y dialéctica, aritmética, música, geometría y astronomía, asignaturas que entonces se designaban como el trivium y el quatrivium.
Muy joven llamó a las puertas del monasterio de San Vicente, de la Orden de los canónigos regulares de San Agustín, situado en las afueras de Lisboa, con la intención de dedicarse por entero al estudio y a la perfección espiritual. Dos años después se dirigió a Coimbra, al prestigioso Monasterio de Santa Cruz, centro de espiritualidad y de cultura cuya biblioteca era una de las mejores de Europa. Fernando permaneció en esta célebre abadía alrededor de once años, durante los cuales adquirió sólida formación intelectual y religiosa, de la que dará más tarde admirables pruebas en la cátedra, en la predicación y en los escritos.
En 1219 cinco Franciscanos, enviados directamente por San Francisco a Marruecos como misioneros, se hospedan en el Monasterio de Santa Cruz. Fernando tiene ocasión de hablar largamente con ellos y queda gratamente impresionado de su entusiasmo y fervor.

En Marruecos los cinco misioneros mueren mártires de la fe, y sus cuerpos, recogidos por cristianos, son enviados precisamente al Monasterio de Coimbra. Fernando decide entonces hacerse Franciscano. Al entrar a la Orden de San Francisco cambia su nombre por el de Antonio.


Movido por el ideal del martirio, pidió y obtuvo autorización para marchar a Marruecos, pero una grave enfermedad lo obligó a desistir de su proyecto. Destinado a la predicación y a la enseñanza, muy pronto se convirtió en uno de los más célebres predicadores de su tiempo. Recorrió durante varios años el norte de Italia y el sur de Francia, enseñando y predicando, "con una elocuencia de eficacia singular, llegando a congregar auditorios de más de 30.000 personas" (Iriarte L., OFM. Cap., Historia Franciscana. Edit. Asís, Valencia, 1979. p. 167). Alternaba la predicación con las clases de teología a sus hermanos, conferencias doctrinales al clero y a profesores y estudiantes universitarios.
Desempeñó, además, con gran acierto, importantes cargos en la Orden Franciscana. Guardián (Superior) en Puy en Velay, Francia; Custodio de Limoges en el mismo país; y, poco después, en 1227, a la edad de 36 años, Provincial de Romaña o Emilia, en Italia. Hombre práctico y de carácter dinámico y emprendedor, recorrió numerosas ciudades de Italia en desempeño de su oficio de Ministro Provincial. Facchinetti afirma que en muchas de estas ciudades se conserva vivo el recuerdo del Santo, y varios conventos se precian de tenerle como fundador. (Citado por Cuadra, Pilar de, Un puente sobre siete siglos. San Antonio hoy, La Editorial Católica, S.A., 1967. p. 179).
La ciencia de San Antonio fue ciertamente la teología. "Sólo la teología es el cántico nuevo que resuena en el oído de Dios dulcemente y renueva el alma" (Sermón Domingo segundo de Pascua). Pero sus conocimientos en otras ramas del saber: filosofía, química, anatomía, zoología, botánica, etc., son amplios y supo utilizarlos con acierto en su predicación a fin de hacerse entender mejor de sus oyentes. La amplitud y profundidad de su ciencia fue el resultado no sólo de su brillante inteligencia sino también de su tenaz aplicación al estudio. Uno de sus antiguos biógrafos lo describe así: "Era él de ingenio grande y vivo, franco y abierto en el hablar, de férrea memoria, asiduo en el estudio que prolongaba hasta altas horas, sustrayendo el tiempo al sueño y a la recreación. Parco en la comida y más aún en la bebida, austero en lo referente a sí mismo, asiduo en la plegaria y profundo en la meditación". (Citado por Miglioranza, C., San Antonio de Padua, Buenos Aires, 1992. p. 46).
Por su parte el Abad de Vercelli, Tomás Gallo, de gran renombre en teología mística y cuyas aulas frecuentó Antonio, afirma: "Fray Antonio, de la Orden de los Menores, íntimo amigo mío, deseó vehementemente aprender la teología mística e hizo abundante acopio de ella, tanto que puedo decir de él lo mismo que se decía de San Juan Bautista, que era un lámpara ardiente y luminosa. Por dentro estaba inflamado de amor a Dios, y resplandecía al exterior por el buen ejemplo". (Id. Ibid., p. 119). No es menos elocuente la apreciación de Tomás de Celano, primer biógrafo de San Francisco: "Asistía también a aquel Capítulo (Arlés, 1224) Fray Antonio, cuya mente el Señor había iluminado para que interpretara las Escrituras y predicara a Jesús por todo el mundo, con palabras más dulces que la miel". (1. Celano, 48).
Su prestigio intelectual fue grande como lo atestigua el hecho de haber sido profesor en cuatro ciudades: Bolonia, Toulouse, Montpellier y Padua. En aquel entonces, el éxito de la enseñanza universitaria dependía de la calidad del profesor. Antonio tuvo siempre numerosos alumnos en sus clases.
El estudio de Bolonia, fundado por San Antonio, adquirió tal prestigio en el campo de la ciencia que muy pronto hubo necesidad de ampliar sus instalaciones. El Papa Gregonio IX, en respuesta a una carta de Teodorico, Obispo de Bolonia, del 26 de febrero de 123 6, le autorizó para "proveer otro local más espacioso dentro del recinto de la ciudad" (Abate G. S. Antonio Maestro di Sacra Teologia, en Atti delle settimane Antoniane tenute a Roma e a Padova nel 1946, Cittá del Vaticano, 1947. p. 282).
Libre por algún tiempo de sus tareas de predicación, San Antonio pudo dedicarse más intensamente al estudio, al magisterio y a la composición de sus sermones que son los únicos escritos que poseemos de él. Estos sermones se han clasificado en Sermones dominicales, Sermones de los santos y Sermones en alabanza de la Virgen. No son textos completamente desarrollados como para ser leídos. Son más bien repertorios, con materiales dogmáticos, bíblicos, exegéticos, patrísticos y litúrgicos. Para respaldar su interpretación acude a los Santos Padres que conoce bien. Como es natural, dada su formación en Coimbra, San Agustín es el más frecuentemente citado.
La predicación de San Antonio fue sencilla y sabia al mismo tiempo; «predicación popular, como buen Franciscano; predicación docta y bien fundada en la Sagrada Escritura y en los Santos Padres, como teólogo profundo e instruido. Se ha dicho de él que era el teólogo de la oratoria, porque sabía exponer la doctrina teológica de una manera elocuente, viva, práctica y atrayente". (Llorca, García Villoslada, Montalbán, S.I., Historia de la Iglesia Católica, II, BAC, Madrid, 1963. p. 807).
Formado intelectualmente en la escuela de San Agustín, el Doctor Evangélico pregona la doctrina del Primado de Cristo de la que ha sido precursor entre los Franciscanos.
Conocedor como pocos de la Sagrada Escritura, fundamenta en el Verbo encarnado su predicación y comunica a sus oyentes la doctrina que pone a Jesucristo al centro de todo lo creado. (San Antonio, In Assumpt S. Mariae Virg.)
El Cristo de Antonio es el Cristo del Calvario, pero también el Cristo glorioso, principio de todas las creaturas, Rey de los ángeles y de la Creación entera. (In Assumpt. S. Mariae Virg.). Para Antonio, como para los demás Doctores Franciscanos, la Creación es ante todo obra del amor de Dios. Según él "todo lo que en el cielo y en los ángeles, todo cuanto en tierra y debajo de la tierra, todo lo que en el aire, todo lo que en el agua tiene inteligencia, y razón, y se mueve, vive y existe es por aquel sumo Bien, causa de todas las cosas y fuente de toda bondad". (En la festividad de los apóstoles Felipe y Santiago).
El cristocentrismo aparece a través de todos los escritos del Santo Doctor: "El (Jesucristo) está en el centro de todo corazón, está en el medio, a fin de que de El, como del centro, todas las líneas de la gracia se extiendan a nosotros, que estamos en la circunferencia, que giramos en torno y caminamos cerca" (Sermonario, Octava de Pascua). Esta doctrina y otras de sus tesis teológicas hacen de San Antonio el precursor de la Escuela Franciscana. Como escribe acertadamente Gemelli, "toma del Evangelio y de los Padres la devoción al Sagrado Corazón, y la transmite a San Buenaventura; la devoción al Nombre de Jesús en el sol radiante, y la transmite a San Bernardino de Siena; la devoción a la Sangre de Cristo, y la transmite a San Jaime de la Marca; la devoción a Cristo, Rey de la Creación y Redención, y la transmite a Escoto" (Gemelli, A., El Franciscanismo, Luis Gili, Editor, Barcelona, 1940. p. 68).
Por sus triunfos sobre los herejes del norte de Italia y del sur de Francia, cátaros, patarinos, albigences, Antonio fue llamado "martillo de los herejes". Pero el calificativo más honroso lo recibió de parte del Papa Gregorio IX, quien después de haberle escuchado una prédica, lo llamó 'Arca del Testamento y armario de la Sagrada Escritura".
Antonio murió en Padua el 13 de junio de 1231, lamentado profundamente por todos los ciudadanos, especialmente por los profesores y los estudiantes de la Universidad. La fama de su santidad y los numerosos milagros que se realizaron por su intercesión, llevaron al Papa Gregorio IX a declararlo santo a sólo once meses de su fallecimiento. Padua construyó en su honor una basílica monumental.
Años después de su muerte empezó a esfumarse la recia personalidad intelectual de San Antonio, mientras se acentuaba su poder taumatúrgico. Fue sólo después del primer cuarto del siglo XX cuando se volvió a mirar a San Antonio desde el punto de vista de su legado doctrina]. Estudios serios y congresos de especialistas pusieron de relieve el valor y la actualidad de su pensamiento. Un Pontífice docto y de amplia cultura, el Papa Pío XII, proclamó a San Antonio de Padua, en 1946, Doctor de la Iglesia, otorgándole el título bien merecido de "Doctor Evangélico".
Con ocasión de los ochocientos años de su nacimiento, el Papa Juan Pablo II dirigió a los Padres Generales de las Ordenes Franciscanas un mensaje en el que manifiesta su esperanza de que "toda la Iglesia conozca cada vez mejor el testimonio, el mensaje, la sabiduría y el ardor misionero de un discípulo tan grande de Cristo y del Poverello de Asís". (Mensaje del Papa Juan Pablo II, n. 5).


Alejandro de Hales

DOCTOR IRREFRAGABLE

(c.1185 – 1245)
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Si San Antonio de Padua es el primer profesor Franciscano dentro de su Orden, Alejandro de Hales es, entre los hijos de San Francisco, el primer profesor universitario, pues al ingresar a la Orden Franciscana regentaba ya con brillo la cátedra de teología en la Universidad de París.


Alejandro perteneció a una distinguida y opulenta familia inglesa. Nació hacia 1185 en Hales, pequeña población, hoy conocida con el nombre de Hales Owen. Siendo joven se dirigió a París con el fin de estudiar en la Facultad de Artes, en donde antes de 1210 ya era Maestro. En seguida pasó a la Facultad de Teología en la que obtuvo los títulos de Bachiller y Maestro Regente. Su profesorado en la Universidad de París se prolongó hasta su muerte, acaecida en 1245. Gozó de grande admiración por parte de sus contemporáneos que le dieron, entre otros títulos, los de Doctor Irrefragable y Patriarca de los Teólogos.
Con él se abre la serie de los grandes doctores de la filosofía y teología escolástica. A su famosa cátedra en París acudían estudiantes no sólo de Francia sino también de Inglaterra, Flandes, Germania, Italia, Bohemia y España.
Contó con la gloria de tener por discípulos a doctores eminentes entre los cuales se destaca San Buenaventura, quien sentía por él profunda admiración, pues en diversas ocasiones afirma que desea seguir las huellas de su "Maestro y padre de feliz memoria Fray Alejandro". El mismo Santo Tomás de Aquino tenía en gran honor a este esclarecido escolástico. Preguntado, en alguna ocasión, cuál era el camino más seguro para aprovechar en el estudio de la Sagrada Teología, respondió: estudiar en un solo Maestro. ¿Pero cuál es ese Maestro? Alejandro de Hales, contestó Santo Tomás.
Poseía una amplia y profunda cultura. Fue el primer doctor escolástico que utilizó en su totalidad las obras de Aristóteles; estudió también los escritos entonces conocidos de Platón; se acercó al pensamiento árabe en la obra de Avicena; penetró en las culturas griega, árabe y hebraica. Conoció muy bien a San Agustín, a San Juan Damaceno, a San Bernardo, a San Anselmo, y a Hugo de San Víctor.
En el momento de ingresar a la Orden Franciscana, en 1236, tenía Alejandro cerca de cincuenta años y era considerado la autoridad científica más célebre de la Universidad de París. Naturalmente su entrada a la vida religiosa tuvo gran repercusión no sólo en la Universidad sino en toda la ciudad. Sin embargo, Fray Alejandro no se desligó de la Universidad. Por el contrario, continuó con mayor dedicación integrando sus investigaciones y especulaciones teológicas a la doctrina espiritual que había adoptado. Es el iniciador de la escuela filosófico-teológica franciscana.

En sus obras se encuentra bien delineada la doctrina que desarrollaron y perfeccionaron los doctores franciscanos posteriores. La Summa Universae Theologiae, comentario a las Sentencias de Pedro Lombardo, es, propiamente hablando, la obra que inaugura la Escuela Franciscana. Ahí aparecen ya teorías que harán suyas y defenderán con vigor los doctores franciscanos como, en teología, la Vida Trinitaria, fruto y manifestación de! amor de Dios, al igual que la creación del universo por ese mismo amor, y, en filosofía, la composición hilemórfica de todos los seres contingentes y, por tanto, también de los ángeles o sustancias espirituales y la pluralidad de formas de un mismo ser.


La tendencia agustiniana lo marcó profundamente y supo integrarla con la orientación espiritual de San Francisco. Fue el legado precioso que Alejandro transmitió a los pensadores de su Orden y que éstos han defendido tenazmente a través de los siglos.
San Francisco concibe a Dios ante todo como el "Bien", "Sumo Bien", "Todo Bien", porque Dios es esencialmente amor. Cuando Alejandro, como ya lo anotamos, considera la vida trinitaria de Dios, no halla otra explicación que la difusión de la bondad infinita, y cuando vuelve su mirada al universo creado, afirma que procede no de la omnipotencia ni de la inteligencia sino de la Bondad Divina. (Suma Teológica, II, parte I. num. 16 y 53).
En consonancia con el pensamiento de San Francisco y como lo harían después San Buenaventura, Duns Escoto y otros Doctores Franciscanos, Alejandro de Hales considera a Dios ante todo como Sumo Bien. De hecho, el Doctor Irrefragable trata ampliamente de la bondad y del amor de Dios. Y porque Dios es Sumo Bien, todas las cosas nacieron bajo el influjo de la bondad de Dios y así llevan su imagen y a El se ordenan. Dios creó los seres para que fueran partícipes de su bondad. (Quaestiones disputatae "Antequam esset Frater", n. I, Quaracchi, 1960, n. 352, p. 523a).
Varias veces repite que todo lo creado está impregnado por la bondad, porque la bondad es una, es primera, se comunica a todas las creaturas. Esta bondad no está por esencia en los seres, sino que es participación de la bondad primera. (Num. 122, Solutio, p. 192). Todo ha sido creado por amor, dirá más tarde en esta misma línea, Duns Escoto. Por esto, los Doctores Franciscanos ven, como San Francisco, en cada creatura la huella del Creador.
En relación con Jesucristo, es preciso anotar que aunque Alejandro no llegó a formular su Predestinación absoluta como la entendieron Duns Escoto y la Escuela Franciscana posterior, hizo interesantes planteamientos sobre el particular. En realidad el Doctor Irrefragable no trató del "motivo" de la Encarnación sino de su "conveniencia". Conveniencia independiente del pecado, ciertamente: "aunque la naturaleza humana no hubiera caído, afirma, existiría la conveniencia de la Encarnación". Conveniencia para la perfección del universo y particularmente del hombre y supuesta la existencia de la. creatura, era conveniente que Dios se comunicara a ella para su beatificación de un modo soberano, es decir, mediante la Encarnación. Para Alejandro, el motivo de la Encarnación es por consiguiente, la perfección del hombre y del universo: Jesucristo vino al mundo para perfeccionar la obra de la Creación.
El Doctor Irrefragable escribió varias obras, entre las cuales sobresalen: Cuestiones disputadas, la glosa Sobre el libro de las sentencias, de Pedro Lombardo, y la ya citada Summa Universae Theologiae, de profunda inspiración agustiniana, modelo por la disposición y exposición de la doctrina, en la cual usa el método silogístico aplicado por primera vez a la teología. Alejandro de Hales no fue el primero que escribió una Suma Teológica, pues ya antes de él habían salido otras Sumas de la escuela de Abelardo o de la de San Víctor, sin embargo, como lo anota A. Vacant, la Suma de Alejandro se distingue de las anteriores por las características que hacen del Doctor Irrefragable el precursor de Santo Tomás: Primero, el uso no solamente de la lógica, sino de casi toda la filosofía de Aristóteles, y segundo la manera de estudiar cada cuestión en particular (Cfr. Vacant. A, Alejandro de Hales, en Dictionaire de Theologie Catholique, de A. Vacant y Ed. Mangenot, París, 1903. t. I, p. 778, col. 2). El Papa Alejandro IV, en la Bula De Fontibus Paradisi llama esta Suma, "de clara sabiduría celestial, de grande edificación por su belleza".
En 1242, Alejandro de Hales con los Franciscanos Juan de la Rochelle, Ricardo y Roberto de Bastia, elaboró, por orden de los superiores, la primera exposición de la Regla de San Francisco, conocida como la Exposición de los Cuatro Maestros. Poco después fue convocado al Capítulo General que se celebraría en Bolonia.
En 1245 Alejandro de Hales fue invitado a tomar parte en el Concilio Ecuménico de Lyon como "gran doctor" de la Facultad de Teología de la Universidad de París. Tres años después, el 21 ó el 27 de agosto de 1245, Alejandro de Hales murió en París, muy probablemente a causa de peste, sin haber terminado su gran obra, la Suma Teológica.
Fue sepultado en la Iglesia de los Franciscanos y su sepulcro existía hasta 1790.

Es bien significativo el epitafio esculpido en la lápida que cubre su sepulcro: "Es Alejandro, de los doctores la gloria; la flor y el ornamento de los filósofos; el maestro de los escritores célebres, y el arsenal de los modernos, y la fuente verdadera de luz que en otros contemplamos; es el primero entre los levitas de Inglaterra; mas de todo esto hace poco caso y haciéndose minorita fue entre ellos el primero en la pobreza y el primero que ciñó el laurel en toda la ciencia".



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