«Berni y sus contemporáneos. Correlatos»



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Con la muestra del Malba, «Berni y sus contemporáneos. Correlatos», inaugurada el miércoles pasado, se iniciaron las numerosas conmemoraciones del centenario del artista rosarino que nació el 14 de mayo de 1905. Aportar algo nuevo sobre Berni, el artista más estudiado del país, no es tarea fácil, pero la cautivante exhibición del Malba, al confrontar su obra con la de otros artistas, revela aspectos inexplorados. La exposición descubre los lazos que atan -a veces de modo evidente y en ocasiones extremadamente sutiles- determinados períodos de Berni, con las obras de 19 artistas argentinos.
El relato se inicia en 1932-33, con los pioneros de la vanguardia: Berni del surrealismo y Juan Del Prete de la abstracción, y con las obras fundamentales que en esos años exhibieron en Amigos del Arte. La confrontación descubre afinidades, contrastes, o ambas cosas a la vez, como sucede con el informalista Kenneth Kemble, que inspira al rosarino con la aridez de sus materiales (chapas, arena, maderas sin pulir); pero Berni acaba demostrando que es capaz de rozar el filo de la abstracción total y sostenerse en lo suyo.
Esta característica, la de ser fiel a su estilo y a sus ideas, es la que se destaca en la muestra. En ocasiones, Berni utiliza el gesto libre y la pincelada amplia (como la de Alberto Greco o Mario Pucciarelli en la década del '60), evocando el expresionismo abstracto de la Escuela de Nueva York.
Pero, en «Pampa y cielo» de 1962, con suprema destreza y absoluta naturalidad, planta la figura en medio de la abstracción. En el extenso recorrido de la exhibición, se advierte su talento para asimilar todo aquello que suscita su interés, procesarlo de acuerdo a sus reglas, y convertirlo en un producto berniano.
Replegadas en este importanteretazo de la historia del arte argentino, se esconden otras historias, que hablan del arte universal, de los sucesos políticos y el acontecer social de su época. Berni era un conocedor, supo servirse del arte sin prejuicios, y utilizó abiertamente recursos que iban desde el quattrocento italiano hasta los del comic, la fotografía y el cine.
Curaduría
La muestra es una verdadera fiesta para la mirada, porque casi todas las obras ostentan un nivel de calidad excepcional.
En este sentido, brinda la oportunidad de volver a ver pinturas como «Desocupados» o el «Autorretrato» (1934-35), que, como muchas otras, están en manos privadas. Los atractivos del guión curatorial, a cargo de Adriana Lauría, se destaca por el seguimiento de verdaderas obras maestras. Un ejemplo es la extraña escultura de Antonio Sibellino, «La rebelde», una joven mujer a punto de ser fusilada que conserva su actitud disciplinada, y que Lauría enfrenta a la pintura «Medianoche en el mundo» de Berni, también dedicada a las víctimas de la Guerra Civil española. Tema -la guerra-, también presente en las pinturas de Raquel Forner.
El relato enaltece a los artistas que dialogan con Berni, pues en esta ocasión las obras encajan con precisión en el encuadre teórico. Al contrapunto entre «Primeros pasos» de Berni y la «Planchadora» de Spilimbergo, le sigue el de los retratos de ambos artistas y, se suma el renglón más emotivo de la exhibición: las series de grabados de Ramona (1962) y «La breve historia de Emma» (1935-1936).
Entre la Emma de Spilimbergo y la Ramona de Berni hay similitudes, ambas están retratadas como niñas que no merecen el destino que les tocó en suerte, y ambas acaban prostituyéndose. Pero también hay divergencias, Emma es nocturna, dramática y fatal: se suicida a los 30 años; Ramona es su contracara, ostentosa, estridente y sensual: derrocha la vida sin parar.
El individuo es el tema central del capítulo «Neofiguraciones», donde Berni comparte con Jorge de la Vega, Ernesto Deira, Rómulo Macció y Luis Felipe Noé su preocupación por el destino del hombre alienado por la sociedad moderna. La «Cárcel = Hombre» de Macció no ofrece escapatoria, De la Vega y Deira muestran figuras distorsionadas, y Noé la ensangrentada y exaltada «Convocatoria a la barbarie». Obras alucinadas que comparten el mundo de Berni en «La pesadilla de los injustos», un infierno invadido de monstruos que se duplican en la tierra y el cielo, pintados en espejo.
El diálogo con Libero Badii, cuyos coloridos y alegres monumentos se asemejan en lo formal a los «Robots» del rosarino, ofrece un respiro que permite afrontar los horrores de Berni y los referentes ineludibles del arte político. En este capítulo la muerte dialoga con las desgarradoras figuras de Alberto Heredia, con su ángel envuelto en vendas con sangre, decapitado y enredado en sus propias alas; con el cuerpo vacío y retorcido, embutido en una caja de Emilio Renart; con el hombre hundido en el fondo del río de Juan Carlos Distéfano, y con el sarcófago y los huesos quemados de Norberto Gómez.
Sin embargo, la muestra no pega golpes bajos, ni cae en la obviedad abrumadora del discurso político, aún en el drama mantiene su belleza. Incluso, cierto humor melancólico está presente en los estupendos retratos de los personajes marginales de Marcia Schvartz, como el travestido «Batato» Barea y un Pablo Suárez que como una perla nacarada abre los ojos dentro de una coquille.
Los cielos de Oscar Bony se ofrecen como un contrapeso para equilibrar la mirada de Berni, que nunca perdió de vista la tierra. Y así, sin pausas, hasta el final. Hasta que frente a la sala se divisa a Juanito Laguna, la imagen obscena de un niño cuyo destino lo obliga a revolver la basura, un cartonerito que parece extraído del Buenos Aires de hoy.


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