Bernard Werber



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ORDEN: El orden genera el desorden, el desorden genera el orden. En teoría, si se bate un huevo para hacer una tortilla, existe una probabilidad ínfima de que la tortilla pueda volver a tomar la forma del huevo del que ha salido. Pero esa probabilidad existe. Y cuando más desorden haya en esa tortilla, más se multiplican las posibilidades de recuperar el orden del huevo inicial.

Por lo tanto, el orden no es más que una combinación de desórdenes. Cuanto más se expande nuestro universo ordenado, más entra en desorden. Desorden que, difundiéndose a su vez, genera órdenes nuevos en los que nada excluye que uno de ellos pueda ser idéntico al orden primitivo. Delante de nosotros, en el espacio y en el tiempo, en el confín de nuestro universo caótico se halla, ¿quién sabe?, el Bing Bang original.



Edmond Wells.

Enciclopedia del saber relativo y absoluto, tomo II.

71. El flautista.



¡Ding, dong!

Laetitia Wells abrió rápidamente.

—Buenos días, comisario. ¿Viene otra vez a ver la televisión?

—Quiero discutir, poner en claro mis ideas. Escúcheme, eso me bastará, no le estoy pidiendo que me descubra sus elementos de reflexión.

Ella le dejó pasar.

—Muy bien, comisario, soy toda oídos.

Le indicó un sillón y luego se sentó frente a él cruzando sus largas piernas.

Él admiró primero el drapeado a la griega de su vestido y las incrustaciones de jade en sus finos cabellos antes de empezar:

—Permítame que resuma. El asesino es alguien capaz de entrar y actuar en un espacio cerrado; alguien que suscita terror, que no deja huellas tras de sí y que sólo parece atacar a químicos especializados en insecticidas.

—Y que da miedo a las moscas —añadió Laetitia, sirviendo dos copas de hidromiel y mirándole fijamente con sus grandes ojos violeta.

—Sí —continuó el comisario—. Pero ese MacHarious nos ha aportado un elemento nuevo: la palabra «hormigas». Podríamos pensar entonces que nos hallamos frente a hormigas que atacan a los fabricantes de insecticidas. La idea resulta divertida, desde luego, pero...

—Pero es poco realista.

—Exactamente.

—Las hormigas habrían dejado huellas —dice la periodista—. Por ejemplo, se habrían interesado en los alimentos que había por la casa. Ninguna hormiga resiste el cebo de una manzana fresca, y había una intacta sobre la mesilla de noche de MacHarious.

—Bien observado.

—Entonces seguimos con un crimen a puerta cerrada, sin huellas, sin armas y sin violencia. Tal vez nos falta imaginación para comprender.

—¡Maldita sea, no hay diez mil maneras de ser un asesino!

Laetitia Wells sonrió de modo misterioso.

—¿Quién sabe? Las novelas policíacas evolucionan, trate de imaginar lo que una Agatha Christie escribiría en el año cinco mil o un Conan Doyle del planeta Marte y estoy segura de que avanzará en su investigación.

Jacques Méliés la miró y se llenó los ojos con la belleza de Laetitia Wells.

Ésta, turbada, se levantó y fue en busca de un pitillo. Lo encendió y se protegió tras una pantalla de humo opiáceo.

—Escribía usted en su artículo que yo estaba demasiado seguro de mí mismo y no escuchaba suficientemente a los demás. Tenía razón. Pero nunca es tarde para corregirse. No se burle, pero me parece que, en contacto con usted, ya he empezado a pensar de forma diferente, de un modo más abierto... ¡Mire, he llegado a sospechar de las hormigas!

—¡Otra vez con sus hormigas! —dijo ella, como un poco harta.

—Espere. Tal vez no lo sepamos todo sobre las hormigas. Pueden tener cómplices. ¿Conoce usted la historia del flautista de Hamelín?

—Se me ha olvidado.

—Cierto día, el pueblo de Hamelín fue invadido por las ratas. Pululaban por todas partes. Había tantas que no sabían cómo deshacerse de ellas. Cuantas más mataban, más surgían. Devoraban todo el alimento, se reproducían a toda velocidad. Los habitantes estaban pensando ya en marcharse, abandonarlo todo. Fue entonces cuando un joven se ofreció a salvar al pueblo a cambio de una buena recompensa. Los notables no tenían nada que perder y aceptaron sin discutir. El adolescente empezó a tocar la flauta. Fascinadas, las ratas se reunieron y le siguieron cuando se alejó. El flautista las llevó hacia el río donde todas se ahogaron. Pero cuando reclamó su recompensa, los notables del pueblo se le rieron en las narices.

—¿Qué quiere decir con esa historia? —preguntó Laetitia.

—¿Qué quiero decir? Imagine una situación análoga: un «flautista» capaz de dirigir hormigas. Un hombre que quiere vengarlas de sus peores enemigos, ¡los inventores de insecticidas!

Había logrado interesar a la joven. Ella le miró con sus ojos violeta muy abiertos:

—Siga —le dijo.

Parecía nerviosa y aspiró una gran vaharada de tabaco.

Él se detuvo como presa de una exaltación nueva. Por todos sus circuitos eléctricos cerebrales sonaba una campanilla de triunfo.

—Creo que he dado con ello.

Laetitia Wells le miró con aire extraño.

—¿Con qué ha dado?

—¡Es un hombre el que ha domado a las hormigas! Invaden a las víctimas desde el interior y propinan golpes de... mandíbula, de ahí las hemorragias internas; y luego salen, por ejemplo, por las orejas. Eso explicaría que muchos cadáveres sangren por las orejas. Luego se reagrupan, se llevan a sus heridos. En esta operación tardan cinco minutos, el tiempo necesario para impedir que las moscas de la primera cohorte se acerquen... ¿Qué le parece?

Laetitia Wells no compartía realmente el entusiasmo del policía desde el inicio de la explicación. Encendió otro cigarrillo en el extremo de su boquilla. Aceptó que tal vez tenía razón pero que no existía medio alguno, conocido por ella, para domesticar hormigas y ordenarles entrar en un hotel, elegir la habitación, matar luego a una persona y volver tranquilamente a su hormiguero.

—Pues debe existir, y yo encontraré ese medio. Estoy seguro.

Jacques Méliés se frotó las manos. Estaba muy contento consigo mismo.

—¡Ya ve que no es preciso imaginar cómo serán las novelas policíacas del año cinco mil! Basta un poco de cabeza y de sentido común —declaró.

Laetitia Wells frunció el ceño:

—Bravo, comisario. Seguro que ha dado en el blanco.

Méliés se marchó con la intención de verificar con el médico forense si las heridas internas de sus víctimas podían deberse a golpes de mandíbula de hormigas, como primer objetivo.

Cuando se quedó sola, con gesto preocupado, Laetitia Wells sacó la llave que abría la puerta lacada de negro y cortó una manzana en gajos finos que luego dio a comer a las veinticinco mil hormigas de su terrario.

72. Todos somos hormigas.

En la Enciclopedia del saber relativo y absoluto Jonathan Wells había encontrado un pasaje que evocaba la existencia, hacía varios millares de años, de adoradores de hormigas en una isla del Pacífico. Según Edmond Wells, aquellas gentes habían desarrollado poderes psíquicos extraordinarios disminuyendo su alimentación y practicando la meditación.

Su comunidad se había extinguido por razones desconocidas, y, con ella, sus misterios y sus secretos.

Tras deliberar, los diecisiete habitantes del templo subterráneo habían decidido inspirarse en esa experiencia, fuera real o no.

La privación progresiva de alimento les obligó a economizar su energía. El menor gesto les pesaba. Hablaban cada vez menos pero, paradójicamente, se entendían cada vez mejor. Una mirada, una sonrisa, un movimiento de mentón les bastaban para comunicarse. Su capacidad de atención se había incrementado considerablemente. Cuando caminaban, tomaban conciencia de cada músculo, de cada articulación movilizada. Seguían con el pensamiento el vaivén de su alimento.

Su olfato y su oído habían adquirido esa agudeza que se atribuye a los animales y a los primitivos. En cuanto a su sentido del gusto, el ayuno crónico lo había exacerbado. Hasta las alucinaciones colectivas o individuales provocadas por la desnutrición tenían un sentido.

La primera vez que Lucie Wells se dio cuenta de que leía directamente en el pensamiento de los otros, quedó aterrada. El fenómeno le pareció indecente. Pero como en aquel caso estaba comunicándose con el espíritu tan probo de Jasón Bragel, no le disgustó meterse en él.

El alimento se hacía cada día más escaso y las experiencias psíquicas más fuertes. Y no forzosamente para mejor. Habituados a las actividades físicas y al aire libre, antiguos bomberos y policías reprimían a veces crisis de rabia o de claustrofobia.

Demacrados, macilentos, con el rostro comido por unos ojos más brillantes y más sombríos, todos se iban volviendo irreconocibles hasta el punto de terminar por parecerse. Se hubiera dicho que unos se desteñían sobre los otros (únicamente Nicolás Wells, mejor alimentado debido a su corta edad, se distinguía aún con nitidez de los otros).

Evitaban estar de pie (demasiado fatigoso para personas sin energía física) y preferían permanecer sentados, recostados o incluso caminar a cuatro patas. Poco a poco, al hilo de los días, una especie de serenidad sucedió a la angustia del primer momento.

¿Era una forma de demencia?

De pronto, una mañana, la impresora del ordenador había empezado a crepitar. Una fracción rebelde de la ciudad roja de Bel-o-kan deseaba reanudar el contacto interrumpido por la muerte de la reina anterior. Utilizaban la sonda «Doctor Livingstone» para dialogar. Querían ayudar a los humanos. De hecho, empezaron a llegarles los primeros socorros alimenticios, a través de la falla que recorría la losa de granito que dominaba sus cabezas.

73. Mutación.

Gracias a la ayuda de las hormigas rebeldes pro-Dedos, Augusta Wells y sus compañeros sabían que, a partir de ahora podrían sobrevivir mucho tiempo. Habían estabilizado su alimentación en un nivel bajo pero regular. Incluso habían recuperado algunas fuerzas.

En última instancia las cosas no funcionaban demasiado mal en aquel infierno. A sugerencia de Lucie Wells, habían decidido abandonar su denominación de humanos de superficie. Ahora que todos se parecían, bastaba con utilizar números. Tuvo un efecto bastante notable. Perder el apellido suponía renunciar al peso de la historia de sus antepasados. Era como si fueran nuevos: todos acababan de nacer juntos.

Perder el nombre era renunciar a querer distinguirse.

A sugerencia de Daniel Rosenfeld (alias 12), decidieron buscar otro lenguaje común. Fue Jasón Bragel (alias 14) quien lo descubrió. «El hombre se comunica al enviar ondas sonoras con su boca. Pero éstas son demasiado complicadas, demasiado confusas. ¿Por qué no emitir una sola onda sonora pura en la que todos nosotros entremos en vibración?

Las cosas iban tomando un giró raro, con reminiscencias de secta religiosa hindú, pero no les preocupaba. De todos modos, ¿no les había situado el Destino en otra dimensión, en otro plano de existencia? Había que aprovecharlo y las experiencias a que se entregaban les apasionaban.

Formando un círculo, sentados sobre un codo, o en la posición de loto los más ágiles, con la espalda recta, se sostenían de los brazos. Se inclinaban hacia delante para que sus cabezas se uniesen en el centro del rosetón, luego cada cual, llegado su turno, lanzaba su nota. Su propia vibración sonora. Por último, todos juntos armonizaban su timbre para unirse en una misma nota. A fuerza de práctica, todos cantaron en lo más bajo de su registro, porque sus voces subían del fondo del abdomen.

Habían elegido la sílaba «OM». Sonido primordial, canto de la tierra y del espacio infinito, que lo penetra todo, OM es el sonido del silencio de la montaña lo mismo que la algarabía de un restaurante.

Sus ojos se cerraban. Sus respiraciones se hacían lentas, profundas, sincrónicas. Se volvían ligeros, lo olvidaban todo, se basaban en el sonido. Eran el sonido. OM, el sonido donde todo empieza y donde todo acaba.

La ceremonia duraba mucho tiempo. Luego se separaban tranquilos, unos volviendo a su rincón, otros dedicándose a tal o cual ocupación: hacer la limpieza, administrar las escasas reservas alimenticias, discutir con las «rebeldes».

Nicolás era el único que no participaba en esos rituales. Los demás le habían considerado demasiado joven para implicarse libremente en ellos. Asimismo, todos se habían mostrado de acuerdo en que fuera Nicolás el mejor alimentado. Después de todo, entre las hormigas, el primer tesoro es la cresa.

Las hormigas... Cierto día trataron de comunicarse con ellas por telepatía. Sin resultado. De todos modos, no había que soñar demasiado. Incluso entre ellos mismos, hubieron de desengañarse: la telepatía sólo funcionaba realmente bien una de cada dos veces, y a condición de que no hubiera ninguna resistencia por parte del uno o del otro de quienes se comunicaban mediante ella.

La vieja Augusta lo recordaba.

Fue así como, poco a poco, se habían convertido en hormigas. Por lo menos, en su cabeza.

74. Enciclopedia.

RATA-TOPO: La rata-topo (Heterocephalus glaber) vive en África del Este, entre Etiopía y el norte de Kenia. Este animal es ciego y su piel rosa carece de pelos. Con sus incisivos puede excavar túneles de varios kilómetros.

Pero lo más sorprendente no es eso. La rata-topo es el único caso conocido de mamífero que se comporta socialmente de la misma forma que los insectos. Una colonia de ratas-topo cuenta por término medio con quinientos individuos, que se reparten, igual que en el caso de las hormigas, en tres castas principales: sexuadas, obreras y soldados. Una sola hembra, la reina en cierto modo, puede dar a luz y echar al mundo hasta treinta crías por carnada, y de todas las castas. Para seguir siendo la única «ponedora», secreta en su orina una sustancia olorosa que bloquea las hormonas reproductoras de las demás hembras del nido. La constitución de la especie en colonias puede explicarse por el hecho de que la rata-topo vive en regiones casi desérticas. Se alimenta de tubérculos y de raíces, a veces voluminosos y con frecuencia muy dispersos. Un roedor solitario podría excavar kilómetros y kilómetros sin encontrar nada y morir, a buen seguro, de hambre y de agotamiento. La vida en sociedad multiplica las posibilidades de descubrir algo con que alimentarse, porque el menor tubérculo descubierto se repartirá equitativamente entre todos.

Hay, sin embargo, una diferencia notable con las hormigas: los machos sobreviven al acto del amor.

Edmond Wells.

Enciclopedia del saber relativo y absoluto, tomo II.

75. Por la mañana.

Una esfera rosa muy pesada avanza. Le está emitiendo. «No tengo ninguna intención hostil hacia su pueblo», pero la bola no se detiene y la aplasta.

103.683 se despierta bruscamente. Como tiene constantes pesadillas, ha programado su cuerpo para reducir su tiempo de sueño y despertarse a la menor modificación de temperatura.

Ha vuelto a soñar con los Dedos. Tiene que dejar de pensar en ellos. Si siente miedo de los Dedos, no podrá luchar de forma adecuada llegado el momento, porque su temor la apartará de la acción.

Se acuerda de una leyenda mirmeceana que Madre Belo-kiu-kiuni les contó a sus hermanas y a ella en el pasado. Las palabras olorosas están todavía presentes en su ante memoria y no tiene más que darles un toque de humedad para que revivan en toda su plenitud.

«Cierto día Gum-gum-ni, una reina de nuestra dinastía, languidecía en su celda nupcial. Había sucumbido a la enfermedad de los estados de ánimo. Había tres preguntas que la obnubilaban y que movilizaban toda su capacidad de pensamiento:

¿Cuál es el momento más importante de la vida?

¿Cuál es la cosa más importante que hay que realizar?

¿Cuál es el secreto del bienestar?

Lo discutió con sus hermanas, con sus hijas, con las mentes más fecundas de la Federación sin obtener respuestas que la satisficiesen. Le dijeron que estaba enferma, que en las tres preguntas que la obsesionaban no había nada que pudiera considerarse vital para la supervivencia de la Manada.

Así rechazada, la reina empezó a languidecer. La Manada se inquietó. Si la Ciudad no quería perder a su única ponedora, debía dedicarse, por primera vez además, a resolver seriamente problemas abstractos.

¿El momento más importante? ¿La cosa más esencial? ¿El secreto del bienestar?

Todo el mundo propuso respuestas.

El momento más importante es cuando, se come, porque el alimento aporta la energía... La cosa más importante que hay que hacer es reproducirse a fin de perpetuar la especie y aumentar la masa de soldados que defenderán la Ciudad... El secreto del bienestar es el calor, porque el calor es fuente de plenitud química...

Ninguna de estas soluciones contentó a la reina Gum-gum-ni, que abandonó el nido y partió sola hacia el Gran Exterior. Allí tuvo que luchar duramente para sobrevivir. Cuando volvió tres días más tarde, su comunidad se hallaba en un estado lamentable. Pero la reina tenía sus respuestas. Había encontrado la revelación en medio de una pelea despiadada con hormigas salvajes. El momento más importante es ahora, porque sólo se puede obrar en el presente. Y si uno no se preocupa de su presente, echará a perder también su futuro. La cosa más importante que hacer es la que está ahí, frente a nosotros. Si la reina no hubiera vencido a la guerrera que quería matarla, estaría muerta. En cuanto al secreto del bienestar, lo había descubierto después del combate: consiste en estar vivo y en caminar sobre la Tierra. Así de simple.



Saborear el instante presente.

Ocuparse de lo que tenemos frente a nosotros.

Caminar sobre la Tierra.

Ésas son las tres grandes recetas de vida legadas por la reina Gum-gum-ni.

24 llega junto a la soldado.

Quiere explicarse a propósito de su creencia en los «dioses».

103.683 no necesita ninguna explicación, la manda callar con un movimiento de antena y la invita a dar algunos pasos con ella ante la ciudad federada.

Es hermoso, ¿verdad?

24 no responde. 103.683 le dice que probablemente encontrarán y matarán a los Dedos, pero que también hay otras cosas importantes: estar allí, viajar. Tal vez, después de todo, el mejor momento no sea cuando triunfen en la misión Mercurio o cuando venzan a los Dedos, tal vez el mejor momento sea ahora, este instante en que las dos están allí, muy temprano esa mañana, rodeadas de hormigas amigas.

103.683 le cuenta la historia de la reina Gum-gum-ni.

24 emite que ella piensa que su misión tiene un carácter mucho más «importante» que esas historias de estados de ánimo. Está prácticamente subyugada por la posibilidad que tiene de acercarse y tal vez incluso de ver y tocar a los Dedos.

No le dejaría a nadie su sitio. 24 le pregunta a 103.683 si ya los ha visto.



Me parece haberlos visto, en fin, no sé, no sé, mira, 24, son tan diferentes de nosotros.

24 lo sospecha.

103.683 no quiere entrar en un debate feromonal, pero, intuitivamente, no cree que los dioses sean Dedos: los dioses tal vez existan, pero serían entonces otra cosa. Quizás esa naturaleza exuberante, esos árboles, ese bosque, esa fabulosa riqueza de fauna y de flora que las rodea... Sí, le resultaría más fácil encontrar la fe en el fantástico espectáculo que es simplemente su planeta.

Justo en ese momento una faja de luz rosácea se estira en el horizonte. La soldado la señala con la punta de su antena.

¡Mira qué hermoso!

24 no consigue compartir ese momento de emoción. Entonces 103.683 dice a modo de ocurrencia:

Yo soy dios porque puedo ordenar al sol elevarse.

103.683 se yergue en equilibrio sobre sus cuatro patas traseras y, apuntando al cielo con sus antenas, declama una feromona especiada:

¡Sol, sal, yo te lo ordeno!

Entonces el sol lanza un rayo a través de las altas hierbas. El cielo se entrega a un festival de colores, ocres, violetas, malvas, rojos, naranjas, dorados. La luz, el calor, la belleza, todo surge en el momento en que la hormiga lo pide.

Tal vez estemos subestimando nuestras posibilidades, dice 103.683.

24 siente ganas de repetir: «Los Dedos son nuestros dioses», pero, el sol es tan hermoso que se calla.

Tercer arcano.

POR EL SABLE

Y LA MANDÍBULA.
76. De cómo Marilyn Monroe acabó con la Médicis.

Los dos sabios etíopes formaban una pareja muy unida, soldada por el mismo ideal.

Desde muy pequeño, Gilíes Odergin se pasaba las horas mirando hormigueros. Quiso instalar hormigas en su casa, en unos tarros de confitura vacíos, pero tras la primera tentativa de fuga, de los animales, su madre, enfadada, los machacó a golpes de zapatilla.

No renunció Gilíes por eso y de nuevo empezó a criarlas, mejor escondidas ahora y herméticamente cerradas. Pero sus hormigas se morían siempre sin que él llegase a comprender la razón.

Durante mucho tiempo creyó ser el único en estar interesado en aquellos pequeños animalillos, hasta el día en que, en la Facultad de Entomología de Rótterdam, conoció a Suzanne. Ambos sentían por las hormigas la misma atracción irresistible, que inmediatamente los acercó.

Ella sentía, si es que era posible, más pasión por las hormigas que él. Les había preparado unos terrarios, lograba distinguir a un gran número de sus inquilinas, les ponía nombres, anotaba el menor suceso que se producía entre sus protegidas. Los dos pasaban los sábados observándolas.

Más tarde, todavía en Europa y ya casados, ocurrió algo terrible. Suzanne tenía entonces seis reinas en su hormiguero. A la de antenas cortas la había llamado Cleopatra; a la que tenía en la cabeza la huella de un tijeretazo la había bautizado con el nombre de María Estuardo; la que tenía las patas rizadas era la Pompadour; la más «charlatana» (movía constantemente sus apéndices sensoriales) era Eva Perón; Marilyn Monroe era la más coqueta y Catalina de Médicis la más agresiva.

De acuerdo con su carácter, esta última puso en pie de guerra a un grupo de matadoras y, una tras otra, hizo eliminar a todas sus rivales. Sin intervenir en esa mini-guerra civil, los Odergin observaron cómo las sicarias de la Médicis se apoderaban de las otras reinas y las arrastraban hasta el abrevadero donde las ahogaban para arrojarlas luego a la depuradora.

Pero ocurrió que Marilyn Monroe sobrevivió a esa noche de San Bartolomé. Emergió de los desechos, se apresuró a organizar su propio grupo de sicarias e hizo asesinar a Catalina de Médicis.

Estos terribles arreglos de cuentas horrorizaron a los dos enamorados de la civilización mirmeceana. Estaban alterados. Resultaba que el mundo mirmeceano era aún más cruel que el mundo humano. Era demasiado. De la noche a la mañana empezaron a odiarlo con tanta fuerza como lo habían amado.

A su regreso a Etiopía, se asociaron a un amplio movimiento de lucha contra los insectos del continente africano. Fue entonces cuando entraron en relación con las más altas celebridades mundiales, con los mejores especialistas en este terreno.

El profesor Odergin sacó la probeta y la alzó a la altura de sus ojos con los gestos mesurados de un sacerdote. Con la misma ceremonia, su esposa derramó en ella un polvo blanco. Polvo de tiza, en realidad. Luego trasvasó la mezcla a una centrifugadora, le añadió varios líquidos lechosos más, cerró el aparato y lo puso en marcha. Cinco minutos más tarde, el producto había adquirido un hermoso tinte de un gris plateado.

Un hombre llegó entonces para alertarles. Se trataba de otro sabio. Era alto y delgado, y se llamaba Cygneriaz. El profesor Miguel Cygneriaz.

—Hay que actuar de prisa. «Ellos» están acercándose.

También ha muerto Maximilien MacHarious —dijo—. ¿En qué punto se encuentra la operación Babel?

—Todo está preparado —afirmó Gilíes, y le mostró la probeta llena de líquido plateado.

—Muy bien. Esta vez me parece que hemos ganado. No podrá nada contra nosotros. Pero ustedes deben irse antes de que golpeen de nuevo.

—¿Conoce usted los nombres de quienes quieren entorpecer nuestro trabajo?

—Debe ser un grupúsculo de pseudos ecologistas. Ni siquiera saben lo que hacen.

Gilíes Odergin suspiró.

—¿Cómo es que, nada más iniciada una empresa, aparece una fuerza contraria para impedir que triunfe?

Miguel Cygneriaz se encogió de hombros.

—Siempre ocurre igual. Por eso tenemos que ser los más rápidos.

—Pero ¿quiénes son nuestros adversarios?

Miguel Cygneriaz adoptó un aire de conspirador.

—¿Quieren saberlo realmente? Estamos luchando contra... las fuerzas ctónicas. Están en todas partes. Y, sobre todo, están ahí dentro, profundamente agazapadas en los repliegues ocultos de nuestras propias mentes... ¡Créanme, ésas son las peores!

Gilíes y Suzanne Odergin murieron exactamente treinta minutos después de que el profesor Miguel Cygneriaz se llevara consigo la sustancia plateada.




  1. El ídolo de los insectos.

Más ofrendas se precisan.

Si no honráis a vuestros dioses, os castigaremos con la tierra, con el fuego y con el agua.

Los Dedos pueden matar porque los Dedos son dioses. Los Dedos pueden matar porque los Dedos son grandes. Los Dedos pueden todo porque los Dedos son poderosos.

Ésa es la verdad.

Los Dedos, que acaban de teclear este mensaje perentorio, toman bruscamente altura, hasta un agujero de nariz que tres de ellos se dedican a limpiar de arriba abajo; después, giran y forman una bolita que haría palidecer de envidia a un escarabajo coprófago y la lanza lejos.

Luego los Dedos se elevan más arriba todavía, para sostener una frente tras la que alguien se dice que ha hecho un buen trabajo. ¡Y un buen trabajo no está al alcance del primer recién venido!

78. Cruzada.

A las dos hormigas se ha ido uniendo poco a poco todo el resto del ejército.

103.683 alza una antena y siente el sol naciente que ahora la calienta con fuerza. En torno a ellas se ha ido agrupando la gente.

Son belokanianas, pero también las hay zedibeinakanianas que han venido en calidad de espectadoras. Emiten vivos gritos de ánimo para sus dos legiones de artillería y de caballería ligera, pero también para la cruzada entera.

23 se afila las mandíbulas, 24 vigila el capullo de mariposa. 103.683 se mantiene inmóvil, atenta a la subida de la temperatura. A los 20° C justos resopla y lanza la feromona señal de partida. Es una feromona de reclutamiento, tan ligera como tenaz, compuesta de ácido hexanoico (C6-H12-O2).

Inmediatamente empiezan a caminar las soldados, formando una primera columna que se engrosa y se alarga en medio de una efervescencia de antenas, de cuernos, de esferas oculares y de abdómenes repletos.

La primera cruzada contra los Dedos está en marcha. Pronto encuentra su ritmo de crucero, abriéndose camino inexorablemente entre las hierbas que crujen y se apartan.

Insectos, lombrices, roedores y reptiles prefieren huir a su paso. Los pocos valientes que contemplan su desfile, bien escondidos, no salen de su asombro al ver escarabajos rinoceronte codo a codo con las hormigas rojas.

Por delante, las exploradoras trabajan activamente, moviéndose a derecha y a izquierda, abriendo al grueso de las tropas el itinerario menos sinuoso y menos accidentado posible.

Este dispositivo de precaución, por regla general muy eficaz, no impide que el ejército choque de pronto con un obstáculo imprevisto. Se amontonan y se zarandean en el borde de un enorme cráter de al menos un centenar de pasos de diámetro. ¡Estupefacción general! Porque no tardan en reconocer aquel agujero: es todo lo que queda de la ciudad de Giu-li-kan cuyo monstruoso arrancamiento y luego rapto en una gigantesca concha transparente había narrado una soldado milagrosamente salvada... ¡Ése era el trabajo de los Dedos! ¡Ahí tenéis la muestra de lo que son capaces!

Una robusta hormiga se vuelve hacia sus hermanas con las antenas tendidas. Es 9. Todos conocen su valor contra los Dedos. Abriendo ampliamente sus mandíbulas, lanza una potente feromona:



¡Nosotras las vengaremos! ¡Mataremos a dos Dedos por cada una de las nuestras!

Todas las cruzadas han oído decir y repetir que no hay cien Dedos en la tierra, pero no por ello dejan de inspirar el acre mensaje. Drogadas por la furia, rodean el abismo y prosiguen camino.

Sin embargo, su excitación no les hace olvidar su prudencia. Así, cuando atraviesan una sabana o un desierto demasiado soleados, se las apañan para dar sombra a sus artilleras. Hay que evitar que el ácido sobrecalentado explosione, matando a la portadora y a sus vecinas. Sobre todo con el ácido hiperconcentrado al 60 %: ¡la onda y los destrozos en las filas del ejército serían terribles!

Llegan por fin a una acequia, reliquia probable del reciente diluvio. 103.683 piensa que no debe ser muy larga y que probablemente podrá rodearse por el Sur. ¡No la escuchan, porque no hay tiempo que perder! Las exploradoras se lanzan al agua y forman un puente agarrándose por las patas. Una vez que pase la tropa, habrá unas cuarenta que quedarán inmóviles. No se logra nada sin pagar un precio.

Cuando la segunda noche empieza a caer, desearían ocupar un termitero o un hormiguero enemigo. Pero en el horizonte no se divisa nada. Están en una landa desierta donde no crecen más que arces.

Siguiendo el consejo de una vieja guerrera, que ignora que muy lejos de aquí las hormigas africanas acampan de esa forma, se agrupan y se amontonan en una bola compacta. La periferia de ese nido temporal está formada por un encaje de mandíbulas dispuestas a morder. Dentro se han dispuesto salas calientes para los escarabajos, más sensibles al frío, y para las enfermeras y las heridas. El conjunto comprende corredores y alojamientos en una decena de pisos.

A poco que un animal roce esa calabaza oscura, quedará engullido al momento en la pulpa mirmeceana. Así es como un joven pardillo y un lagarto que se creía muy listo pagan su curiosidad con una muerte espantosa.

Mientras las hormigas apostadas en el exterior permanecen alerta, en el interior los movimientos van calmándose y tranquilizándose. Cada una de las hormigas se aloja en la porción de aposento o de corredor que le ha correspondido.

Hace frío. Todas se duermen.

79. Enciclopedia.


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