Bernard Werber



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RELACIÓN DE FUERZAS: Con las ratas se ha realizado un experimento. Para estudiar su aptitud para nadar, un investigador del laboratorio de biología del comportamiento de la facultad de Nancy, Didier Desor, juntó seis de ellas en una jaula cuya única salida daba a una piscina que tenían que atravesar para alcanzar un comedero que distribuía los alimentos. Rápidamente se pudo comprobar que las seis ratas no iban en busca de su alimento nadando todas al mismo tiempo. Surgieron diferentes papeles que las ratas se habían repartido del siguiente modo: dos nadadoras explotadas, dos no-nadadoras explotadoras, una nadadora autónoma y una no-nadadora sufridora. Las dos explotadas iban en busca del alimento nadando por debajo del agua. Cuando volvían a la jaula, las dos explotadoras las golpeaban y les metían la cabeza debajo del agua hasta que soltaban su presa. Y sólo después de haber alimentado a las dos explotadoras podían permitirse las dos explotadas sometidas consumir su propio alimento. Las explotadoras no nadaban nunca, se limitaban a golpear a las nadadoras para ser alimentadas. La autónoma era una nadadora lo bastante robusta para no ceder a las explotadoras. La sufridora, por último, era incapaz de nadar e incapaz de asustar a las nadadoras, y sólo recogía las migajas que caían durante los combates. Se encontró la misma estructura —dos explotadas, dos explotadoras, una autónoma y una sufridora— en las veinte jaulas en que se repitió el experimento.

Para comprender mejor ese mecanismo de jerarquía, se metieron juntas seis explotadoras. Estuvieron pegándose toda la noche. A la mañana siguiente, dos de ellas se hacían cargo de la tarea, una nadaba sola, otra lo sufría todo. Se realizó el mismo experimento con ratas cuyo comportamiento era el de explotadas sumisas. Al día siguiente por la mañana, dos de ellas hacían de pachás.

Pero lo que da realmente que pensar es que, cuando se abrieron los cráneos de las ratas para estudiar su cerebro, se vio que las más estresadas eran las explotadoras. Probablemente habían tenido miedo a no ser obedecidas por las explotadas.

Edmond Wells.

Enciclopedia del saber relativo y absoluto, tomo II.

58. En seco.

El agua les lame la espalda. 103.683 y sus compañeras excavan frenéticas en el techo. Todos los cuerpos están cubiertos de salpicaduras cuando, ¡OH, milagro!, van a dar por fin a una pieza seca.

Salvadas.

En seguida taponan la salida. ¿Resistirá el muro de arena? Sí, el torrente lo contornea para desaguar por corredores más frágiles. Acurrucadas unas contra otras en la pequeña isla, las hormigas del grupo se sienten mejor.

Las rebeldes se cuentan: sólo ha sobrevivido una cincuentena. Un puñado de deístas sigue murmurando:

No hemos alimentado suficientemente a los Dedos. Por eso han abierto el cielo.

En efecto, en la cosmología mirmeceana el planeta Tierra es cúbico y está rematado por un techo de nubes que contiene el «océano superior». Cada vez que el peso del océano superior es excesivo, el techo se agrieta y deja caer lo que es la lluvia.

Las deístas, por su parte, sostienen que esas resquebrajaduras del techo de nubes se deben a los golpes que con sus garras dan en él los Dedos. Sea como fuere y en espera de días mejores, todas se ayudan entre sí lo mejor que pueden. Algunas se entregan, boca a boca, a trofalaxias. Otras se friccionan para conservar su reserva de calor.

103.683 aplica sus palpos bucales contra la pared y siente que la Ciudad tiembla todavía bajo los asaltos acuáticos.

Bel-o-kan no se mueve, completamente abrumada por ese enemigo polimorfo que proyecta en cualquier intersticio sus patas transparentes. Maldita sea la lluvia, más flexible, más adaptable y más humilde aún que las hormigas. Unas soldados ingenuas hieren a golpes de mandíbula sable a las gotas que resbalan hacia ellas. Matar una es enfrentarse a cuatro. Cuando se da un golpe de pata a la lluvia, la lluvia se queda con la pata enviscada. Cuando se dispara con ácido contra la lluvia, la lluvia se vuelve corrosiva. Cuando se zarandea a la lluvia, la lluvia te recoge y te retiene.

Son incontables las víctimas del aguacero.

Todos los poros de la Ciudad están abiertos.

Bel-o-kan se ahoga.

59. Televisión.

El rostro alterado de la señora Ramírez aparece en la pantalla. Desde que se había atascado en su nuevo enigma, aquella serie cifrada, el índice de audiencia del programa se había duplicado. ¿Por el placer sádico de ver a alguien, hasta entonces infalible, dudando de pronto? ¿O bien porque el público, identificándose más fácilmente con ellos, prefiere a los perdedores antes que a los ganadores?

Con su buen humor habitual, el presentador preguntaba:

—Y bien, señora Ramírez, ¿ha encontrado la solución?

—No, todavía no.

—¡Concéntrese, señora Ramírez! ¿Qué le sugiere nuestra serie de cifras?

La cámara enfocó en primer lugar el encerado y luego a la señora Ramírez, que explicaba pensativa:

—Cuanto más observo la serie, más turbada me siento. Es fuerte, muy fuerte. De todos modos, he tenido la impresión de que por fin descubría algunos ritmos... El «uno», colocado, siempre al final... Grupos de «dos» en el centro...

Se acercó al encerado en el que estaban escritas las cifras y comentó, igual que una maestra de escuela:

—Podríamos creer que es una progresión exponencial.

Pero realmente no lo es. He pensado en un orden entre los «unos» y los «doces» y resulta que surge de pronto esta cifra, el «tres», que también se repite... Entonces he pensado que tal vez no había orden de ningún tipo. Tenemos que vérnoslas con un mundo de caos, con cifras dispuestas de forma aleatoria. Sin embargo, mi instinto de mujer me dice que no es así, que no han sido colocadas al azar.

—Y entonces, ¿qué le sugiere esta pizarra, señora Ramírez?

La fisonomía de la señora Ramírez se iluminó.

—Se van a reír de mí —dijo.

La sala estalló en aplausos.

—Dejen que la señora Ramírez medite —intervino el presentador—. Está pensando en algo. ¿En qué, señora Ramírez?

—En el nacimiento del Universo —contestó ella con la frente arrugada—. Pienso en el nacimiento del Universo. «Uno» es la chispa divina que se hincha y luego se divide. ¿Será posible que usted me haya propuesto como enigma la ecuación matemática que rige el Universo? ¿Lo que Einstein buscó en vano toda su vida? ¿El Grial de todos los físicos del mundo?

Por una vez, el presentador adoptó un gesto enigmático que concordaba perfectamente con el tema de su emisión.

—¡Quién sabe, señora Ramírez! «¡Trampa para...

—... pensar!» —gritó el público al unísono.

—... para pensar», sí, el pensamiento no conoce límites. Vamos, señora Ramírez, ¿respuesta o comodín?

—Comodín. Necesito más información.

—¡La pizarra! —reclamó el animador.

Y anotó la serie ya conocida:



1

21

1211

111221

3122211

13112221

Luego, sin mirar su papel, añadió: 1112213211

—Le recuerdo las frases clave. La primera era: «Cuanto más inteligente es uno, menos posibilidades tiene de encontrarlo.» La segunda era: «Hay que olvidar lo que se sabe.» Y le ofrezco una tercera a su sagacidad: «Como el Universo, este enigma nace en la simplicidad absoluta.»

Aplausos.

—¿Puedo darle un consejo, señora Ramírez? —preguntó el presentador, de nuevo jovial.

—Se lo ruego —dijo la candidata.

—Creo, señora Ramírez, que no es usted lo bastante simple, lo bastante tonta, en suma, que no está usted suficientemente vacía. Su inteligencia le juega malas pasadas. Dé marcha atrás en sus células, vuelva a ser la niñita ingenua que todavía hay en usted. Y, en cuanto a mis queridos telespectadores y telespectadoras, les digo: ¡hasta mañana, si así lo quieren!

Laetitia Wells apagó el aparato.

—¿Ha encontrado usted la solución al enigma?

—No, ¿y usted?

—Tampoco. Debemos ser demasiado inteligentes, si quiere mi opinión. Ese presentador tiene razón.

Para Méliés era hora de irse. Metió los frascos en sus amplios bolsillos.

En el umbral, volvió a preguntar:

—¿Por qué no nos ayudamos en lugar de trabajar y cansarnos cada uno por nuestro lado?

—Porque tengo la costumbre de funcionar sola y porque Policía y Prensa nunca han hecho buena pareja.

—¿Sin excepciones?

Ella sacudió su corta cabellera de ébano.

—¡Sin excepciones! Adelante, comisario, ¡y que gane el mejor!

—Pues si así lo quiere, ¡que gane el mejor!

Y desapareció en la escalera.

60. Inicio de la cruzada.

La lluvia, agotada, se retira. Retrocede en todos los frentes. También ella tiene un depredador. Se llama Sol. El antiguo aliado de la civilización mirmeceana se ha hecho esperar, pero ha llegado a tiempo. Ha cerrado rápidamente las heridas abiertas del cielo. El océano superior ya no se derrama sobre el mundo.

Las belokanianas libradas del desastre salen para secarse y calentarse. Una lluvia es como una hibernación en que el frío fuera sustituido por el remojo. Es peor. ¡El frío adormece, el remojo mata!

Fuera felicitan al astro vencedor. Algunas entonan el viejo himno de gloria:

Sol, entra en nuestros caparazones huecos, mueve nuestros músculos doloridos y une nuestros pensamientos divididos.

La Ciudad entera repite por todas partes esta canción olorosa. No por ello Bel-o-kan ha dejado de recibir una buena paliza. Lo poco que queda del domo, acribillado a impactos de granizos, vomita pequeños chorros de un agua clara salpicada de grumos negros: los cadáveres de los ahogados.

Las nuevas que llegan de las otras ciudades tampoco están radiantes. ¿Habría bastado, pues, un chaparrón para acabar con la orgullosa federación de las hormigas rojas del bosque? ¿Una simple lluvia puede acabar con un imperio?

Las ruinas del domo dejan al descubierto un solano donde los capullos no son más que granulados húmedos en una sopa de barro. ¿Y cuántas nodrizas han encontrado la muerte queriendo proteger a las cresas entre sus patas? Algunas han conseguido salvar a las suyas enarbolándolas en la punta de sus patas por encima de la cabeza.

Las escasas supervivientes que hay entre las hormigas porteras se desincrustan de las salidas de la Ciudad Prohibida. Asustadas, contemplan la amplitud de la catástrofe. La misma Chli-pu-ni está estupefacta por la magnitud de los destrozos.

En tales condiciones, ¿se puede construir algo sólido? ¿Para qué sirve la inteligencia si un poco de agua basta para devolver el mundo a los primeros días de la civilización hormiga?

103.683 y las rebeldes salen también de su refugio. La soldado se dirige inmediatamente hacia su reina.

Después de lo que ha pasado, hemos de renunciar a nuestra cruzada contra los Dedos.

Chli-pu-ni se queda inmóvil, sopesa la feromona. Luego mueve muy despacio las antenas, responde que no, que la cruzada figura entre los proyectos mayores que nada podría cuestionar. Añade que sus tropas de élite, acantonadas en el interior del tronco de la Ciudad prohibida, están intactas y que, del mismo modo, también hay en reserva escarabajos rinoceronte.

Debemos matar a los Dedos y lo haremos.

Sin embargo, hay una diferencia de tamaño: en lugar de ochenta mil soldados, 103.683 sólo dispondrá de... tres mil. Efectivos reducidos, cierto, pero muy experimentados y aguerridos. De igual modo, en vez de las cuatro escuadrillas de coleópteros volantes previstos inicialmente, sólo habrá una, de treinta unidades, lo cual es mejor que nada.

103.683 conviene en ello y echa hacia atrás las antenas en señal de asentimiento. No por ello deja de ser pesimista sobre el destino que espera a la exigua expedición.

En esto, Chli-pu-ni se retira y prosigue su inspección. Algunas presas han aguantado y han permitido salvar barrios enteros. Pero las pérdidas son enormes y han sido sobre todo los capullos y la generación siguiente los que han resultado diezmados. Chli-pu-ni decide aumentar su ritmo de puesta para repoblar cuanto antes su ciudad. Todavía dispone de millones de espermatozoides frescos en su espermateca.

Y, puesto que tiene que poner, pondrá.

Por todo Bel-o-kan las hormigas reparan, alimentan, cuidan, analizan los destrozos, buscan soluciones.

Las hormigas no se dan por vencidas tan fácilmente.

61. Zumo de roca.

El profesor Maximilien MacHarious examinaba el contenido de la probeta en su cuarto del «Hotel Bellevue». La sustancia que le había entregado Caroline Nogard se había transformado en un líquido negro, semejante a zumo de roca.

Sonó el timbre. Esperaba a los dos visitantes. Se trataba de una pareja de sabios etíopes, Gilíes y Suzanne Odergin.

—¿Cómo va todo? —preguntó el hombre nada más entrar.

—Seguimos al pie de la letra el programa establecido —respondió tranquilamente el profesor MacHarious.

—¿Está usted seguro? El teléfono de los hermanos Salta no contesta.

—¡Bah! Se habrán ido de vacaciones.

—Tampoco contesta Caroline Nogard.

—¡Han trabajado tanto! Es normal que ahora deseen tomarse un pequeño descanso.

—¿Un pequeño descanso? —dijo irónica Suzanne Odergin.

Abrió su bolso y blandió varios recortes de periódicos con el relato de la muerte de los hermanos Salta y de Caroline Nogard.

—¿No lee nunca la Prensa, profesor MacHarious? Las revistas califican ya estos casos como el «thriller del verano». ¿A esto llama usted seguir el programa establecido?

El pelirrojo no pareció alterado por estas noticias.

—¿Qué quiere? No se puede hacer una tortilla sin romper huevos.

Los etíopes estaban cada vez más inquietos.

—¡Esperemos entonces que la «tortilla» esté hecha antes de que se echen a perder todos los huevos!

MacHarious sonrió. Les señaló la probeta sobre el felpudo.

—Ahí tienen ustedes nuestra «tortilla».

Admiraron juntos el felpudo negro de suaves reflejos azulados. El profesor Odergin colocó con mil precauciones el precioso frasco en un bolsillo interior de su chaqueta.

—Ignoro lo que ocurre, MacHarious, pero sea prudente.

—No se preocupe. Mis dos perros me protegen.

—¡Sus perros! —Exclamó la esposa—. Ni siquiera han ladrado cuando hemos llegado. ¡Bonitos cancerberos!

—Es que esta noche no están aquí. Se los ha quedado el veterinario para un examen. Pero mañana, mis fieles guardianes estarán aquí para velar por mí.

Los etíopes se retiraron. El profesor MacHarious, agotado, se acostó.

62. Las rebeldes.

Las rebeldes supervivientes están reunidas bajo una flor de fresa, en los suburbios de Bel-o-kan. Su perfume arrutado asegurará la interferencia de las conversaciones en caso de que una antena inoportuna vaya a merodear por allí. 103.683 se ha unido al grupo. Pregunta qué piensan hacer ahora, cuando su número ha menguado tanto.

La decana, una no-deísta, responde:

Somos pocas, pero no queremos dejar morir a los Dedos. Trabajaremos aún más para alimentarlos.

Las antenas se alzan unas tras otras para expresar su aprobación. El diluvio no ha diluido su proyecto.

Una deísta se vuelve hacia 103.683 y le señala el capullo de mariposa:

En cuanto a ti, debes partir. Por esto. Vete al fin del mundo con esa cruzada. Es preciso que lo hagas por la misión Mercurio.

Trata de conseguir una pareja de Dedos, le dice otra, nosotras los cuidaremos para ver si pueden reproducirse en cautividad.

24, la benjamina del grupo, solicita partir con 103.683. Quiere ver a los Dedos, olerlos, tocarlos. El doctor Livingstone no le basta. Sólo es un intérprete. Ella desea un contacto directo con los dioses, aunque sea para asistir a su destrucción. Insiste, puede ser útil a 103.683, encargándose, por ejemplo, del capullo durante las batallas.

Las demás rebeldes se asombran ante esa candidatura.

¿Por qué, qué tiene esa hormiga de especial?, pregunta 103.683.

La joven asexuada no les deja responder e insiste en acompañar a la soldado en su nueva odisea.

103.683 acepta esa ayuda sin hacer ninguna pregunta más. Se siente a gusto con las afinidades olorosas que le informan de que no hay nada realmente malo en esta hormiga 24. Ya tendrá oportunidad, durante el viaje, de descubrir esa «tara» que la convierte en motivo de burla para sus compañeras.

Pero una segunda rebelde también exige formar parte del viaje. Se trata de la hermana mayor de 24: 23.

103.683 la huele y vuelve a opinar. Aquellas voluntarias serán unas aliadas bienvenidas.

La cruzada partirá a la mañana siguiente, con el alba. Las dos hermanas deberán esperarla en ese lugar.

63. Vida y muerte de MacHarious.

El profesor Maximilien MacHarious estaba seguro, había oído un ruido, allí, al final de su cama. Algo le había sacado de su sueño y ahora permanecía inmóvil, con los nervios tensos. Terminó por encender su lámpara de cabecera y decidió levantarse. No había ninguna duda, la manta era agitada por minúsculas trepidaciones.

Un científico de su envergadura no iba a dejarse intimidar por ello. A cuatro patas, con la cabeza por delante, se metió entre sus sábanas. Sonrió al principio, a medias divertido, a medias intrigado, al descubrir qué era lo que había provocado aquellos movimientos. Pero cuando aquello se abalanzó contra él, aprisionándolo en su caverna textil, no tuvo tiempo siquiera de protegerse su rostro.

Si en el cuarto hubiera habido alguien en ese momento, habría visto la superficie de la cama animada como por una noche de amor.

Pero no era una noche de amor. Era una noche de muerte.

64. Enciclopedia.



MUTACIÓN: Cuando los chinos se anexionaron el Tíbet, instalaron allí familias chinas para probar que aquella región también estaba poblada por chinos. Pero en el Tíbet resulta difícil soportar la presión atmosférica. Provoca vértigos y edemas en quienes no están habituados a él. Y por no se sabe qué misterio fisiológico, las mujeres chinas se muestran incapaces de dar a luz aquí, mientras que las mujeres tibetanas parían sin problemas en los pueblos más elevados. Era como si la tierra tibetana rechazase a los invasores, orgánicamente inadecuados para vivir sobre ella.

Edmond Wells.

Enciclopedia del saber relativo y absoluto, tomo II.

65. La larga marcha.

Al alba, las soldados empiezan a concentrarse cerca de donde estuvo la puerta número 2, que ahora no es más que un montón de ramitas desbaratadas y húmedas.

Las que tienen frío se entregan a pequeños ejercicios de estiramiento de las patas para desentumecerlas y calentarlas. Otras afilan sus mandíbulas o hacen posiciones y fintas de combate.

Por fin se eleva el sol sobre el ejército que crece, haciendo relucir sus corazas. La exaltación sube. Todas saben que están viviendo un gran momento.

Aparece 103.683. Muchas la reconocen y la saludan. La soldado va escoltada por las dos hermanas rebeldes. 24 lleva el capullo de mariposa, a cuyo través se distingue vagamente una forma oscura.

¿Qué es ese capullo?, pregunta una guerrera.

Alimento, sólo alimento, responde 24.

Llegan por fin los escarabajos rinoceronte. Aunque son treinta únicamente, ¡qué gran efecto causan! Todas se empujan para admirarlos más de cerca. Les gustaría verlos despegar, pero ellos explican que no se lanzarán al aire hasta que no sea realmente necesario. Por el momento, caminarán como todo el mundo.

Las hormigas se cuentan, se animan, se felicitan, se alimentan. Distribución de melazo y de fragmentos de patas de pulgones ahogados, recuperados entre los escombros. Las hormigas no desechan nada. Se comen también los huevos y las ninfas muertas. Mojados como esponjas, los trozos de carne circulan entre las filas, son secados y luego devorados con glotonería.

Una vez engullida aquella olla fría, una señal surgida de no se sabe dónde llama a la masa a fin de que se alinee en orden de marcha. ¡Adelante para la cruzada contra los Dedos!

Es la partida.

Las hormigas se ponen en movimiento en larga procesión. Bel-o-kan lanza su brazo armado hacia el Oriente. El sol empieza a difundir un agradable calor. Las soldados entonan el viejo himno oloroso:

Sol, entra en nuestros caparazones huecos,

mueve nuestros músculos doloridos,

y une nuestros pensamientos divididos.

Y todos alrededor continúan el himno:


Somos todos polvo de sol.

Que las pompas de luz vengan a nuestro espíritu,

igual que nuestros espíritus serán también un día pompas de luz. Somos todos calor,

Somos todos polvo de sol,

¡Que la Tierra nos muestre el camino a seguir!

Nosotros la recorreremos en todas direcciones hasta que encontremos el lugar donde ya no se necesite avanzar.

Somos todos polvo de sol.
Las hormigas mercenarias ponerinas no conocen las feromonas de las palabras. Por eso acompañan el canto haciendo rechinar su pecíolo. Para producir bien su música, desplazan la punta quitinosa de su tórax sobre la banda estriada situada en la parte inferior de sus anillos abdominales. De este modo emiten un sonido que recuerda el cricrí del grillo, pero más seco y menos sonoro.

Una vez concluido el canto de guerra, las hormigas se callan y caminan. Aunque los pasos son anárquicos, el ritmo del énfasis cardíaco es igual para todas.

Cada una piensa en los Dedos y en las terribles leyendas que han recibido sobre esos monstruos. Pero así reunidas, en manada, se sienten omnipotentes y avanzan alegres. Hasta los vientos, que ahora se levantan, parecen haber decidido acelerar la gran cruzada y facilitarle la tarea.

Al frente del cortejo, 103.683 husmea entre las hierbas y las ramas que desfilan por encima de sus antenas.

El olor está allí, a su alrededor. Los animalillos que escapan amedrentados, las flores multicolores que intentan provocar con sus perfumes embriagadores, los troncos sombríos que tal vez escondan comandos hostiles, los helechos águila llenos de diablillos...

Sí, todo está allí. Como la primera vez. Todo está allí, impregnado de ese aroma único: ¡el olor de la gran aventura que empieza!

66. Enciclopedia.

LEY DE PARKINSON: La ley de Parkinson (nada tiene que ver con la enfermedad del mismo nombre) señala que, a medida que una empresa crece, se contrata a más personas mediocres que, no obstante, reciben un salario muy por encima de su mérito. ¿Por qué? Simplemente porque los cuadros que ocupan el poder temen la llegada de competidores en potencia. La mejor manera de no crearse rivales peligrosos consiste en contratar incompetentes. La mejor forma de eliminar en ellos cualquier veleidad de zancadillas es pagarles muy bien. De este modo las castas dirigentes se aseguran una tranquilidad permanente.

Edmond Wells.

Enciclopedia del saber relativo y absoluto, tomo II.

67. Nuevo crimen.

—El profesor Maximilien MacHarious era una eminencia de la Universidad en Química de Arkansas. Estaba de visita en Francia y se había hospedado en este hotel hace una semana —dijo el inspector Cahuzacq consultando un informe.

Jacques Méliés paseaba arriba y abajo por la habitación mientras tomaba notas.

Un policía de guardia asomó la cabeza por la puerta:

—Una periodista de El Eco del domingo desea verle, comisario. ¿La dejamos entrar?

—Sí.

Laetitia Wells hizo su aparición, magnífica como siempre con uno de sus trajes de seda negra.



—Buenos días, comisario.

—¡Buenos días, señorita Wells! ¿Qué viento la trae por aquí? Yo creía que debíamos trabajar cada uno por nuestro lado hasta que ganase el mejor.

—Eso no impide que nos encontremos en los lugares del enigma. Después de todo, cuando estábamos mirando «Trampa para pensar», cada uno analizábamos a nuestro modo el mismo problema... Bueno, ¿ha mandado analizar los frascos de la CQG?

—Sí. Según el laboratorio, podría tratarse de veneno. Hay dentro un montón de cosas cuyo nombre he olvidado. A cuál más tóxica. Lo suficiente, según dicen, para fabricar todo tipo de insecticidas.

—Pues, entonces, comisario, ahora sabe usted tanto como yo al respecto. ¿Y la autopsia de Caroline Nogard?

—Paro cardíaco. Hemorragias internas múltiples. Siempre la misma canción.

—Hum... ¿Y éste? ¿Qué horror?

El sabio pelirrojo estaba boca abajo, con la cabeza vuelta hacia los visitantes como para una estupefacta y terrorífica testificación. Los ojos estaban fuera de sus órbitas, la boca había vomitado no se sabe qué repugnantes mucosidades que ensuciaban la larga barba, las orejas todavía sangraban... Y una extraña mecha blanca, cuya existencia antes de la muerte habría que comprobar, le cruzaba la frente. Méliés observó además que las manos estaban crispadas sobre el abdomen.

—¿Sabe quién es? —preguntó el comisario.

—Nuestra nueva víctima es, o más bien era, el profesor Maximilien MacHarious, especialista mundial en insecticidas.

—Sí, en insecticidas... ¿Quién podría estar interesado en matar a unos brillantes creadores de insecticidas?

Juntos contemplaron el cuerpo descompuesto del célebre químico.

—¿Una liga de protección de la Naturaleza? —sugirió Laetitia.

—Sí, ¿y por qué no unos insectos? —dijo burlón Méliés.

Laetitia agitó su flequillo moreno.

—En efecto, ¿por qué no? Pero hay un problema, ¡sólo los seres humanos leen los periódicos!

Y tendió un recorte de Prensa donde se anunciaba la llegada a París del profesor Maximilien MacHarious para un seminario sobre los problemas de invasión de insectos en el mundo. Se indicaba en él, incluso, que se alojaría en el «Hotel Bellevue».

Jacques Méliés leyó el artículo y se lo pasó a Cahuzacq, que lo metió en su informe. Luego decidió peinar toda la habitación. Aguijoneado por la presencia de Laetitia, tenía que dar muestras de su meticuloso profesionalismo. Como siempre, tampoco en este caso había arma, ni rastros de violencia ni huellas en los cristales, ni heridas aparentes. Como en casa de los Salta, como en casa de Caroline Nogard: ni el menor indicio.

Y tampoco había pasado por allí la primera cohorte de moscas. Por lo tanto el asesino había permanecido en el lugar del crimen cinco minutos después de la muerte, como para vigilar el cadáver o limpiar la habitación de cualquier huella acusadora.

—¿Ha encontrado algo? —le preguntó Cahuzacq.

—Las moscas siguen teniendo miedo.

El inspector pareció consternado. Laetitia preguntó:

—¿Las moscas? ¿Qué tienen que ver las moscas con todo esto?

Encantado de llevar un poco la iniciativa, el comisario le recitó su discursito sobre las moscas.

—La idea de utilizar moscas para ayudar a resolver casos criminales nos viene de un tal profesor Brouarel. En 1890, se descubrió un feto metido en el conducto de una chimenea parisiense. En el piso se habían sucedido unos a otros, hacía unos meses, varios inquilinos: ¿cuál de ellos había escondido el pequeño cadáver? Brouarel resolvió el enigma. Sacó unos huevos de mosca de la boca de la víctima, cronometró su maduración y de este modo pudo determinar, con un margen de una semana, la fecha en la que el feto había sido depositado en la chimenea. Los culpables pudieron ser arrestados.

La mueca de repugnancia que no pudo reprimir la hermosa periodista alentó a Méliés a proseguir por aquel camino.

—Yo mismo logré descubrir una vez, gracias a ese método, que un maestro hallado muerto en su escuela había sido asesinado en realidad en el bosque antes de ser trasladado a un aula, para así hacer creer en la venganza de algún alumno. Las moscas atestiguaron a su manera. Las larvas encontradas en el cuerpo provenían sin ninguna duda de moscas de los bosques.

Laetitia pensó que, llegado el momento, la teoría podría servirle un día de tema para un artículo.

Satisfecho con su demostración, Méliés volvió junto a la cama. Con la ayuda de su lupa luminosa, terminó por descubrir un minúsculo agujero completamente cuadrado en un bajo del pantalón del pijama del cadáver. La periodista también estaba allí. Él dudó, y finalmente dijo:

—¿Ve usted ese pequeño agujero? He visto el mismo tipo de corte en la chaqueta de uno de los Salta. De la misma forma, exactamente...

ZZZZZzzzzzz...

Ese ruido característico cantó en las orejas del comisario. Levantó la cabeza y descubrió una mosca en el techo. El insecto dio algunos pasos, despegó y revoloteó encima de su cráneo. Un policía, molesto por el ruido, quiso echarla, pero el comisario le disuadió de ello. Seguía su trayectoria y quería saber dónde iba a posarse.

—¡Mire!

Tras varios círculos que tuvieron por efecto cansar la paciencia de todos los policías y de la periodista, la mosca se dignó aterrizar sobre el cuello del cadáver. Luego se deslizó bajo su barbilla. Y desapareció bajo el profesor MacHarious.



Jacques Méliés, intrigado, se acercó y dio la vuelta al cuerpo para descubrir dónde iba la mosca.

Fue entonces cuando vio la inscripción.

El profesor MacHarious había empleado sus últimas energías en mojar su índice en la sangre que fluía de sus orejas y escribir una palabra en la sábana. Nada más hacerlo se había desmoronado encima, tal vez para evitar que el asesino descubriese el mensaje, tal vez porque había muerto en ese momento.

Todos los presentes se acercaron para leer las ocho letras.

La mosca estaba absorbiendo con su trompa la sangre que formaba la primera letra: «H». Luego, cuando hubo terminado esos entremeses, se bebió la «O», la «R», la «M», la «I», la «G», la «A» y la «S».

68. Carta a Laetitia.

«Laetitia, querida hija:

»No me juzgues.

»No he podido soportar quedarme a tu lado tras la muerte de tu madre porque cada vez que te miraba la veía a ella, y eso era como si un cuchillo ardiente se clavase en mi cerebro.

»No soy de esos hombres sólidos a los que nada afecta y que aprietan las mandíbulas cuando se levanta la tempestad.

En esos momentos, tiendo a abandonarme y a dejarme arrastrar como una hoja seca.

»Sé que he elegido lo que generalmente se considera el comportamiento más cobarde: la fuga. Pero ninguna otra decisión podía salvarnos a ti y a mí.

«Crecerás por lo tanto sola, te educarás sola, deberás encontrar en ti la fuerza y las protecciones que te llevarán hacia delante. No es la peor de las escuelas, todo lo contrario. En la vida uno está siempre solo, y, cuanto antes se comprende, mejor.

»Encuentra tu camino.

»En mi familia, todo el mundo ignora tu existencia. Siempre he sabido guardar en secreto lo que yo más quería. En el momento en que recibas esta carta, probablemente ya estaré muerto. Por lo tanto, será inútil que me busques. He legado mi piso a mi sobrino Jonathan. No vayas a verle, no le hables, no reivindiques nada.

»Te dejo una herencia completamente distinta. Un regalo que podría parecer carente de valor al común de los mortales. Sin embargo, es extremadamente precioso para un espíritu curioso y emprendedor. Y, en este punto, confío en ti.

»Se trata de los planos de una máquina que permitirá descifrar el lenguaje olfativo de las hormigas. Lo he bautizado "Piedra Rosetta", porque supone una posibilidad única de tender un puente entre dos especies, entre dos civilizaciones, ambas muy desarrolladas.

»En resumen, esa máquina es un traductor. Por medio de ella podremos no sólo comprender a las hormigas sino, además, hablar con ellas. ¡Dialogar con las hormigas! ¿Te das cuenta?

»Yo apenas he empezado a utilizarla y ya me ha abierto tantas perspectivas maravillosas que no bastará lo que me queda de vida para caminar por ellas.

«Prosigue tú mi obra. Toma el relevo. Más tarde, deberás pasárselo a otra persona que elijas, para que ese dispositivo no desaparezca nunca. Pero actúa siempre con la mayor discreción: todavía es demasiado pronto para que la inteligencia de las hormigas aparezca ante los hombres a plena luz. Deberás hablar de todo esto únicamente con aquellos o aquellas que te sean útiles para progresar.

»Tal vez ese día mi sobrino Jonathan haya conseguido utilizar el prototipo que he dejado en la bodega. A decir verdad, lo dudo, pero poco importa.

»En cuanto a ti, si ese camino te atrae y te llama, creo que ha de reservarte pasmosas sorpresas.

«Hija mía, te quiero.

»Edmond Wells.

»P.D. 1. Te adjunto los planos de la Piedra Rosetta.

»P.D. 2. Te adjunto también el segundo volumen de mi Enciclopedia del saber relativo y absoluto. Existe una copia en el fondo de la bodega de mi piso. Esta obra pretende abarcar todos los sectores del conocimiento con una predilección, evidentemente, por la entomología. La Enciclopedia del saber relativo y absoluto es como un bazar, en el que cada cual encuentra lo que va a buscar. Cada lectura tiene un sentido diferente, porque entra en consonancia con la vida del lector y armoniza con su propia visión del mundo.

«Piensa que es un guía, un amigo que te envío.



»P.D. 3. ¿Te acuerdas de que, cuando eras pequeña, te planteé un enigma (ya te gustaban los enigmas)? Te preguntaba cómo se podían hacer cuatro triángulos equiláteros mediante seis cerillas. Te di una frase para ayudarte en la búsqueda: "Hay que pensar de otra manera." Tardaste pero terminaste por descubrir la solución. Abrirse a la tercera dimensión. Pensar de modo distinto a lo habitual. Hacer una pirámide en relieve. Era un primer paso. Ahora quiero proponerte otro enigma, que pertenece al segundo estadio. También con seis cerillas, ¿puedes formar no cuatro sino seis triángulos equiláteros? La frase que te ayudará a buscar puede parecerte a priori lo contrario de la anterior. Es ésta: "Hay que pensar de la misma manera que el otro."»

69. Veinte mil leguas sobre tierra.

La cruzada avanza, el bosque cambia. A trozos, la erosión de la caliza ha permitido al gres salir como dientes de leche. Brezos, musgos y junglas de helechos se suceden.

Drogadas por el calor tórrido del mes de agosto, las hormigas alcanzan en un tiempo récord las aldeas orientales de la Federación: Liviu-kan, Zubi-zubi-kan, Zedi-bei-nakán... En todas partes les ofrecen capullos llenos de melazo, jamones de saltamontes, cabezas de grillos rellenas de cereales. En Zubi-zubi-kan les ruegan que acepten un rebaño de ciento sesenta pulgones para ordeñarlos durante el viaje.

Y luego se habla de los Dedos. Todo el mundo habla de ellos. ¿Quién no ha sufrido ya accidentes con los Dedos? Se han encontrado expediciones enteras aplastadas.

La ciudad de Zubi-zubi-kan nunca ha tenido que enfrentarse a ellos directamente. A las zubizubikanianas les gustaría mucho reforzar con su presencia la cruzada, pero la temporada de caza de las mariquitas empezará pronto, y, además, necesitan de todas sus mandíbulas para proteger sus grandes riquezas ganaderas.

En Zedi-bei-nakán, la etapa siguiente, soberbia ciudad construida en las raíces de un haya, son menos avaros. ¡Se suma a la cruzada una legión de artilleras equipadas con el nuevo ácido hiperconcentrado al 60 %! Y ofrecen además una reserva de veinte capullos ánfora llenos de esa munición.

También aquí los Dedos han causado destrozos. Con un aguijón gigante han grabado signos en la corteza de su árbol. El haya lo pasó muy mal y empezó a secretar una savia tóxica que a punto estuvo de envenenarlas a todas. Las zedibeinakanianas se vieron obligadas a mudarse mientras cicatrizaba la corteza.



¿Y si los Dedos fueran entidades benéficas cuyos actos somos incapaces de comprender?

La ingenua intervención de 24 es acogida con asombrosa estupefacción. ¿Cómo se puede emitir semejante observación durante una cruzada anti-Dedos?

103.683 vuela en ayuda de la atolondrada. Le explica que en Bel-o-kan no se vacila en considerar todos los casos, ejercicio cuyo objetivo consiste en no dejarse sorprender por la adversidad.

Una belokaniana enseña a las zedibeinakanianas el último canto evolucionario compuesto por Madre Chli-pu-ni con motivo de esta cruzada:


La elección de tu adversario define tu valor.

Quien combate a un lagarto se vuelve lagarto,

Quien combate a un pájaro se vuelve pájaro,

Quien combate a un acaro se vuelve acaro.
¿Y se vuelve un dios quien combate a un dios?, se pregunta 103,683.

En cualquier caso, el estribillo encanta a las zedibeinakanianas. Muchas preguntan a las cruzadas sobre las tecnologías evolucionarías puestas a punto por su reina. Las belokanianas no se hacen de rogar para referir la forma en que la Ciudad ha sabido domar a los coleópteros rinoceronte que, de pronto, se convierten en las estrellas festejadas. Hablan de canales de circulación interna, de nuevas armas, de nuevas técnicas agrícolas y de modificaciones arquitectónicas en la Ciudad central.

No sabíamos que el movimiento evolucionario hubiera tomado semejante amplitud, dice la reina Zedi-bei-nikiuni.

Nadie dice una palabra, por supuesto, de los estragos provocados por el reciente chaparrón, ni de la existencia de rebeldes pro-Dedos en el seno mismo de la Ciudad.

Las zedibeinakanianas están realmente impresionadas. ¡Y pensar que no hace un año las tecnologías mirmeceanas más avanzadas se reducían a la cría de pulgones, el cultivo de hongos y la fermentación del melazo!

Las hormigas discuten, por último, sobre la cruzada propiamente dicha. 103.683 explica que el ejército atravesará el río, franqueará el confín del mundo y, a partir de ahí, rastrillará la mayor extensión posible a fin de no dar tiempo a ningún Dedo para que escape.

La reina Zedi-bei-nikiuni se pregunta si las tres mil soldados de la Ciudad central bastarán para exterminar a todos los Dedos del mundo. 103.683 confiesa que también ella siente algunas dudas al respecto, y eso, pese a la ayuda de la legión volante.

La reina Zedi-bei-nikiuni medita y luego consiente en prestar a las cruzadas una legión de caballería ligera. Son soldados de patas muy altas, extremadamente veloces y aptas, a buen seguro, para cazar a los Dedos en su huida.

Luego la reina habla de otra cosa. De las extravagancias de una nueva ciudad. ¿Una ciudad hormiga? No, una ciudad abeja, la colmena de Askolein, llamada a veces la Colmena de oro. Está situada cerca de allí, en el cuarto árbol a la derecha del gran roble velludo. Desde allí recolectan su polen, cosa que es normal. Pero no lo es tanto que no vacilen en atacar, si pueden, los convoyes de hormigas. Este comportamiento pirata no sorprendería nada en las avispas. Pero, en el caso de las abejas, parece más bien preocupante.

Zedi-bei-nikiuni llega a pensar incluso que esas abejas alimentan proyectos expansionistas. Acosan a los convoyes cada vez más cerca de su ciudad madre. A las hormigas les cuesta mucho rechazarlas. La mayoría de las veces, por miedo a recibir un dardo venenoso, prefieren abandonar sus presas.

¿Es cierto que las abejas mueren después de haber picado?, pregunta un escarabajo rinoceronte.

Todo el mundo queda sorprendido al ver a un coleóptero dirigirse directamente a hormigas, pero, como después de todo también él participa en la cruzada, una zeidibeinakaniana condesciende a contestarle:

No, no siempre. Sólo mueren si hunden su dardo a mucha profundidad.

Otro mito que se desmorona.

Han intercambiado un montón de informaciones útiles, pero la noche está cayendo. Las belokanianas agradecen a la ciudad de Zedi-bei-nakán los refuerzos generosamente concedidos. Ambas poblaciones intercambian numerosas trofalaxias. Se lavan las antenas unas a otras antes de que el frío invite a todo el mundo a un sueño obligado.

70. Enciclopedia.


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