Bernard Werber



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ALQUIMIA: Toda manipulación alquímica intenta imitar o poner en escena el nacimiento del mundo. Se precisan seis operaciones. Calcinación. Putrefacción. Solución. Destilación. Fusión. Sublimación.

Estas seis operaciones se desarrollan en cuatro fases: la obra en negro, que es una fase de cocción. La obra en blanco, que es una fase de evaporación. La obra en rojo, que es una fase de mezcla. Y por último la sublimación que proporciona el polvo de oro. Este polvo es similar al del encantador Merlín en la leyenda de los Caballeros de la Tabla Redonda. Basta con depositarlo sobre una persona o un objeto para que lo vuelva perfecto. Muchos relatos y mitos ocultan de hecho en su osamenta esa receta. Por ejemplo, Blanca Nieves. Blanca Nieves es el resultado final de una preparación alquímica. ¿Cómo se obtiene? Con los siete enanos (enano, derivado de «gnomos», o gnosis; conocimiento). Esos siete enanos representan los siete metales: el plomo, el estaño, el hierro, el cobre, el mercurio, la plata y el oro, relacionados a su vez con los siete planetas: Saturno, Júpiter, Marte, Venus, Mercurio, Luna, Sol, a su vez relacionados con los siete caracteres humanos principales: gruñón, simplón, soñador, etc.



Edmond Wells.

Enciclopedia del saber relativo y absoluto, tomo II.

52. La guerra del agua.

Los relámpagos siguen hendiendo el cielo atormentado, pero ninguna hormiga tiene ánimo suficiente para admirar las majestuosas nubes doradas, rasgadas por chorros de luz blanca. La tormenta es una calamidad.

Las gotas caen sobre la Ciudad como otras tantas bombas y las guerreras que se han demorado fuera en cazas tardías son golpeadas por los proyectiles líquidos.

Dentro mismo de Bel-o-kan, una de las experiencias intentadas durante la primavera por Chli-pu-ni está a punto de acentuar la catástrofe.

La reina hizo excavar canales a fin de acelerar la circulación de un barrio a otro. Las hormigas se desplazaban por ellos sobre hojas flotantes. Pero bajo el chaparrón, esos riachuelos subterráneos crecen hasta convertirse en ríos cuya furia intenta en vano contener una multitud de guardianas.

En la cima del domo la situación empeora. Los granizos han perforado la piel de ramitas de la Ciudad. El agua se filtra por diversas heridas.

103.683 intenta a duras penas taponar la mayor de las brechas.



Todas al solano —dice—, ¡hay que salvar las cresas!

Un grupo de soldados se precipita tras ella, arrostrando las olas que rompen.

La alta sala del solario ha perdido su luminosidad habitual. En el techo, unas obreras presas de la más viva angustia intentan tapar los agujeros con hojas secas. Pero el agua reaparece inmediatamente para fluir en largas cintas de plata por el suelo. Todo está mojado. Imposible salvar todos los preciosos capullos, hay demasiados. Las nodrizas apenas tienen tiempo para preservar algunas larvas precoces. Muchos huevos lanzados apresuradamente a las obreras estallan en el suelo.

103.683 piensa entonces en las rebeldes. Si el agua baja, y sigue bajando, hasta los establos de escarabajos, ¡todas perecerán!



Alerta fase 1: Las feromonas excitadoras se difunden como pueden, la mayor parte de las veces perturbadas por el vapor de agua.

Alerta fase 2: Soldados, obreras, nodrizas, sexuadas, todo el mundo redobla con la punta del abdomen contra las paredes, con rabia y encarnizamiento. Ese zafarrancho de combate hace vibrar a la Ciudad entera.

¡Pam, pam, pam! ¡Alerta! ¡Alerta mil veces!

¡Que se desencadene el pánico!

Incluso las hormigas ya aprisionadas en los charcos tratan de golpear el suelo a través del agua para que toda la Ciudad se ponga en estado de alerta. Golpes que son como la sangre de un jadeante en las arterias.

El corazón de la Ciudad jadea.

En eco, se oye al granizo perforar el domo. Ploch, ploch, ploch.

¿Qué pueden hacer unas mandíbulas, incluso de acero, contra unas gotas de agua?



Alerta fase 3: La situación es sumamente crítica. Algunas obreras histéricas corren en todas direcciones. Sus antenas tensas derraman incomprensibles gritos feromónicos. En su agitación, algunas llegan a herir a sus congéneres.

Entre las hormigas rojas, la feromona de alerta más fuerte es una sustancia emitida por la glándula de Dufour. Llamada n-decana, es un hidrocarbono volátil cuya fórmula química es C10-H22. Un olor lo bastante potente como para volver loca a una nodriza en plena hibernación.

Sin el sacrificio de las hormigas porteras, la ciudad habría perecido bajo aquel maremoto. Bloqueando herméticamente las entradas con su cabeza plana, esas heroicas centinelas impidieron al invasor líquido inundar la cepa central. Todas las ocupantes de la Ciudad Prohibida, y en primera fila la reina Chli-pu-ni, han salido indemnes.

Por el contrario, el agua inunda ahora las salas de los pulgones.

Esos animales verdes lanzan ridículos chillidos olorosos.

Acorraladas en la huida, las pastoras sólo pueden salvar a un puñado, a punto de dar a luz.

Se intenta levantar barreras por todas partes. Se afanan en consolidar la barrera que, colocada estratégicamente en una galería principal, intenta contener el torrente furioso. Pero la fuerza hidráulica es irresistible. La barrera se desmorona, se resquebraja y se hunde. El edificio estalla, liberando de pronto una bola de agua que se lleva a las animosas albañiles.

Arrastrando a las ahogadas, el agua se adentra por los corredores, hace desmoronarse las bóvedas, arranca puertas, sacude toda la topografía subterránea antes de ir a parar a los campos de hongos. También aquí, las agricultoras sólo tienen el tiempo justo de salvar algunas esporas preciosas antes de huir velozmente.

Los coleópteros acuáticos, esos famosos dícticos que Chli-pu-ni quería domesticar con tanta pasión, están por todas partes, felices por debatirse en su elemento vector, devorando pulgones, cadáveres de hormigas y larvas agonizantes.

Multiplicando los rodeos, contorneando los obstáculos, 103.683 llega al establo de escarabajos rinoceronte. Los pobres animales revolotean de aquí para allá tratando de escapar a la inundación. Pero el techo es tan bajo que pronto chocan con él, espantados.

Y aquí como en todas partes, con desprecio del peligro, diligentes obreras se afanan por salvar algunas crías y colocar en lugar seco unas bolsas esféricas llenas de huevos. Sin embargo, las pérdidas serán enormes e inevitables y ellas lo saben.

Tener las patas mojadas aterroriza a los escarabajos y les hace dar con el cuerno en el techo. 103.683 consigue pasar gracias a su vigilancia de guerrera entre los repentinos ataques.

Por fin llega a la entrada del escondite rebelde. Deístas y no deístas, todas están allí. Pero si las segundas se agitan nerviosas, las primeras permanecen extrañamente tranquilas. El cataclismo no las sorprende.

No hemos dado suficiente alimento a los dioses, por eso ahora nos mojan.

103.683 interrumpe sus salmodias. Pronto no habrá ya salida de socorro. Si quieren salvar el movimiento rebelde, tendrán que largarse sin demora.

Terminan por escucharla y seguirla. En el momento de abandonar aquellos lugares, la hormiga llamada 24 le tiende el capullo de mariposa que había dejado allí en su anterior visita.

Para la misión Mercurio. No debes olvidarlo.

En vez de seguir discutiendo, 103.683 carga con el capullo y se lleva a las rebeldes tras ella. Pero cruzar el establo se ha vuelto imposible. La sala entera está inundada. Entre dos aguas flotan escarabajos rinoceronte, y también hormigas.

Hay que excavar cuanto antes un nuevo túnel. 103.683 da las órdenes oportunas.

Hay que actuar de prisa, el nivel del agua empieza a subir en la sala.

Todos los alimentos que había por allí ahora flotan.

El agua sube cada vez más de prisa.

Pero las deístas no piensan en quejarse. La mayoría está resignada a sufrir la justa cólera celeste.

Están persuadidas de que esa lluvia asoladora las golpea únicamente para impedir la cruzada de Chli-pu-ni.

53. Recuerdos ácidos.

—¡Perdón, señorita!

Alguien le hablaba.

Cuando Laetitia Wells abrió los ojos, aún no había llegado a la última estación. Una mujer se dirigía a ella.

—¡Perdón, señorita! Me parece que la he pinchado con mis agujas.

—No importa —suspiró Laetitia.

La mujer estaba haciendo punto con lana rosa. Exigía un aumento de espacio para extender su labor.

Laetitia Wells miró a aquella araña tejedora que agitaba sus Dedos. Las agujas multiplicaban los nudos corredizos con un ruido obsesivo.

Su labor rosa parecía ser ropa de niño. ¿A qué pobre bebé tenía la intención de aprisionar en aquella cárcel enguantada?, pensó Laetitia Wells. Como si hubiera oído la pregunta, la mujer desplegó una soberbia dentadura postiza de esmalte.

—Es para mi hijo —anunció con orgullo.

En ese momento, la mirada de Laetitia se fijó en un anuncio: «Nuestro país necesita niños. Luchad contra la baja de la natalidad.»

Laetitia Wells sintió cierto amargor. ¡Hacer hijos! Pensaba que ésa era la orden primordial dada a la especie, reproducirse, propagarse, dispersarse en masa. ¿No habéis tenido un presente interesante? ¡Sobrevivid en el futuro a través de la puesta! Pensad primero en la cantidad, la calidad tal vez llegue.

Las ponedoras no tenían conciencia de ello, pero obedecían a la eterna propaganda que trasciende todas las políticas de todas las naciones: aumentar el dominio de los humanos sobre el planeta.

A Laetitia Wells le entraron ganas de agarrar a aquella mamá por los hombros y decirle directamente a los ojos: «¡No, deje de hacer hijos, conténgase, un poco de pudor, qué diablos! Tome anticonceptivos, regale preservativos a las personas queridas, haga razonar a sus amigas fértiles como usted habría deseado que le hubieran hecho razonar. Por cada hijo que sale bien hay un centenar de chapuzas. Y eso no merece la pena. Los chapuzas toman luego el poder y ya ve el resultado. Si su pobre madre hubiera sido más seria, le habría evitado estos sufrimientos. No se vengue en sus hijos de la peor marranada que le hicieron sus padres: Traerla al mundo. Dejad de amaros los unos a los otros, creced, pero no os multipliquéis.»

Cada uno de estos ataques de misantropía (en ella eran de humano fobia) le dejaba un sabor amargo en la boca. Pero lo más desconcertante era que no le resultaba muy desagradable.

Se repuso y sonrió a la araña tejedora.

Aquella cara de enfrente, radiante por la dicha de ser madre, le recordó..., no..., no debía..., aquello le recordó a su propia madre. Ling-mi.

Ling-mi Wells fue atacada por una leucemia aguda. Y el cáncer de sangre sí que no perdona. Ling-mi, su dulce madre, que nunca le respondía cuando ella le preguntaba qué había dicho el médico. A Laetitia, Ling-mi le contestaba siempre: «No te preocupes. Me curaré. Los médicos son optimistas y las medicinas cada vez son mejores.» Pero en el cuarto de baño había con frecuencia hilillos rojos en el lavabo y el frasco de analgésicos estaba vacío generalmente. Ling-mi tomaba más dosis de las prescritas. Y nada aliviaba ya sus dolores.

Cierto día llegó una ambulancia y se la llevó al hospital. «No te preocupes. Allí tienen todas las máquinas necesarias y especialistas para cuidarme. Vigila el piso, sé prudente en mi ausencia y ven a verme todas las tardes.»

Ling-mi tenía razón: en el hospital había todas las máquinas posibles. Tantas que no conseguía morir. Intentó suicidarse tres veces y las tres veces la salvaron in extremis. Se resistía. La habían inmovilizado con cinchas y atiborrado de morfina. Cuando Laetitia visitaba a su madre, veía que sus brazos estaban cubiertos de hematomas provocados por las jeringuillas y las perfusiones. En un mes, Ling-mi Wells se había transformado en una anciana arrugada. «La salvaremos, no- se preocupe, la salvaremos», afirmaban los médicos. Pero Ling-mi Wells no quería que la salvasen.

Tocando el brazo de su hija le había murmurado: «Quiero... morir.» Pero ¿qué puede hacer una chiquilla de catorce años cuando su madre le confía esa petición? La ley prohibía dejar morir a quien fuese. Sobre todo si era capaz de pagar los mil francos diarios que costaba la habitación con cuidados y pensión completa.

También Edmond Wells había envejecido de forma acelerada desde la hospitalización de su mujer. Ling-mi le había pedido su ayuda para el gran salto. Cierto día que ella no podía soportarlo más, él acabó por acceder. Le enseñó a moderar la respiración y los latidos cardíacos.

Realizó una sesión de hipnosis. Desde luego, nadie asistió a la escena, pero Laetitia sabía cómo su padre se las arreglaba para ayudarla a dormirse. «Estás tranquila, muy tranquila. Tu respiración es como una ola que va de atrás hacia delante. Es muy suave. Adelante, atrás. Tu respiración es un mar que quiere transformarse en algo. Adelante, atrás. Cada respiración es más lenta y más profunda que la anterior. Cada inspiración te da más fuerza y dulzura. Ya no sientes el cuerpo, ya no sientes los pies, ya no sientes las manos, ni el pecho, ni la cabeza. Eres una pluma ligera e insensible que flota en el viento.»

Ling-mi había volado.

En su rostro se había grabado una serena sonrisa. Había muerto como si se hubiera dormido. Los médicos del servicio de reanimación dieron la alarma inmediatamente. Pusieron sus garras sobre ella como comadrejas queriendo impedir a una garza que alzara el vuelo. Pero aquella vez, Ling-mi lo había conseguido.

Además, Laetitia tenía un enigma personal que resolver: el cáncer. Y una obsesión: su odio a los médicos y demás jueces del destino de la Humanidad. Estaba persuadida de que si nadie había logrado erradicar el cáncer era porque nadie se había interesado realmente en hallar la solución.

Para tener limpia la conciencia, se había convertido incluso en canceróloga. Quería probar que el cáncer no era invencible y que los médicos eran unos incapaces que habrían podido salvar a su madre en vez de hundirla aún más. Pero había fracasado. Así que sólo le quedaba su odio por los hombres y su pasión por los enigmas.

El periodismo le había permitido conciliar su resentimiento con sus aspiraciones más profundas. Con su pluma podía denunciar las injusticias, enardecer a la muchedumbre, partir de un tajo a los hipócritas. Ay, muy pronto se había dado cuenta de que, entre los hipócritas, en primera fila, estaban sus compañeros de trabajo. Valientes con las palabras, miserables en los hechos. Enderezadores de entuertos en sus editoriales, y dispuestos a las peores bajezas a cambio de una promesa de aumento de salario. Comparado con el mundo de los medios de información, el ambiente médico le pareció lleno de personas encantadoras.

Pero en la Prensa se había construido un nido ecológico, un territorio de caza. Había conseguido cierta fama resolviendo diversos enigmas policíacos. Por el momento, sus colegas se mantenían a distancia, esperando que cayese. No podía tropezar.

Como próximo trofeo, clavaría en su cuadro de caza el caso Salta-Nogard. ¡Peor para el vivaracho comisario Méliés!

Por fin había llegado a su estación. Se bajó.

—Buenas noches, señorita —le dijo la tejedora mientras guardaba la labor.

54. Enciclopedia.

CÓMO: Ante un obstáculo, el primer reflejo de un ser humano consiste en preguntarse: «¿Por qué existe este problema y de quién es la culpa?» Busca a los culpables y el castigo que deberá infligírseles para que los hechos no vuelvan a repetirse.

En la misma situación, lo primero que la hormiga se pregunta es: «¿Cómo y con qué ayuda voy a poder resolver este problema?»

En el mundo mirmeceano, no existe la menor noción de culpabilidad. Siempre habrá una gran diferencia entre los que se preguntan «por qué no funcionan las cosas» y los que se preguntan «qué hay que hacer para que funcionen».

Por el momento, el mundo humano pertenece a los que se preguntan «por qué», pero llegará un día en que quienes se preguntan «qué hay que hacer» tomen el poder...



Edmond Wells.

Enciclopedia del saber relativo y absoluto, tomo II.

55. Cuánta agua, cuánta agua.

Garras y mandíbulas trabajan con obstinación. Cavar, seguir cavando, no hay ningún otro modo de salvación. Alrededor de las rebeldes afanadas en su túnel de socorro, el sol vibra y tiembla.

El agua barre toda la Ciudad. Todos los hermosos proyectos, las soberbias realizaciones vanguardistas de Chli-pu-ni no son ya más que restos arrastrados por las olas. Vanidades, no eran más que vanidades, los jardines, los campos de hongos, los establos, las salas de cisternas, los graneros de invierno, las guarderías infantiles termorreguladoras, el solario, las redes acuáticas. Han desaparecido bajo el tornado como si nunca hubieran existido.

De pronto, una pared lateral del túnel de socorro explota. El agua brota a chorros. 103.683 y sus compañeras se tragan la tierra para cavar más de prisa todavía. Pero la tarea resulta imposible y el torrente las atrapa.

103.683 no se hace muchas ilusiones sobre el destino que les espera. Están ya con agua hasta el vientre y el agua sigue subiendo a toda velocidad.

56. Inmersión.

Inmersión. Ahora estaba completamente cubierta por la superficie de las olas.

Ya no podía respirar. Permaneció un largo momento en el líquido, sin pensar ya en nada.

Le gustaba el agua.

Bajo el agua de la bañera su pelo se inflaba, su piel se volvía como de cartón. Laetitia Wells lo llamaba su baño ritual cotidiano.

Era su forma de distensión: un poco de agua tibia y silencio. Se sintió como la princesa del lago.

Contuvo la respiración durante varias decenas de segundos hasta que tuvo la impresión de que se moría.

Todos los días aguantaba un poco más debajo del agua.

Replegaba las rodillas bajo el mentón como un feto en su líquido amniótico y se balanceaba lentamente en una danza acuática cuyo sentido sólo ella conocía.

Empezó a vaciarse la cabeza de todos los estorbos, fuera cáncer, fuera Salta (ding, dong), fuera la redacción de El Eco del domingo, fuera su belleza (ding, dong), fuera el metro, fuera las madres ponedoras. Era la gran limpieza de verano.

Ding, dong.

Emergió del agua. Fuera del agua todo parece seco. Seco, hostil (ding, dong!)..., ruidoso.

No estaba soñando: llamaban a la puerta.

Se arrastró fuera de la bañera como un batracio que descubre la respiración aérea.

Cogió un gran albornoz, se envolvió en él y a pasitos llegó al salón.

—¿Quién es? —preguntó a través de la puerta.

—¡Policía!

Miró por la mirilla y reconoció al comisario Méliés.

—¿Cómo se le ocurre presentarse a estas horas?

—Tengo una orden de registro.

Ella accedió a abrirle.

El comisario parecía relajado.

—He ido a la CQG y me han dicho que usted había birlado unos frascos conteniendo productos químicos en que trabajaban los hermanos Salta y Caroline Nogard.

Ella fue en busca de los frascos y se los ofreció. Él los miró, pensativo.

—Señorita Wells, ¿puedo preguntarle qué contienen?

—No tengo por qué facilitarle el trabajo. Los análisis químicos han sido pagados por mi revista. Sus conclusiones sólo le pertenecen a ella y a nadie más.

Él seguía en el umbral de la puerta, casi intimidado por su traje arrugado frente a aquella joven tan hermosa que le desafiaba.

—Señorita Wells, ¿puedo entrar, por favor? ¿Podríamos discutir un momento? No la molestaré demasiado.

Debía de haberle caído un fuerte chaparrón encima. Estaba calado. A sus pies, en el felpudo, se formaba ya un pequeño charco. Ella suspiró:

—Bueno, pero no puedo dedicarle mucho tiempo.

Él se limpió cuidadosamente los zapatos antes de entrar en el salón.

—¡Vaya tiempo de perros!

—Después del calor vienen las tormentas.

—Todas las estaciones van al revés, se pasa sin transición del calor y la sequedad al frío y a la humedad.

—Vamos, pase y siéntese. ¿Quiere beber algo?

—¿Qué puede ofrecerme?

—Hidromiel.

—¿Y eso qué es?

—Agua, miel y levadura, todo mezclado y fermentado. Era la bebida de los dioses del Olimpo y de los druidas celtas.

—Venga, pues, la bebida de los dioses del Olimpo.

Ella le sirvió y desapareció luego.

—Espéreme, antes tengo que secarme el pelo.

Cuando oyó el zumbido de un secador procedente del cuarto de baño, Méliés se levantó de un salto, completamente decidido a aprovechar aquel respiro para inspeccionar el lugar.

Era un apartamento de alto standing. Todo estaba decorado con mucho gusto. Había varias estatuas de jade que representaban a parejas abrazadas. Unas lámparas halógenas iluminaban unas láminas de biología colgadas en las paredes.

Se levantó y observó una.

En ella estaban clasificadas y dibujadas con precisión unas cincuenta especies de hormigas de todo el mundo.

El secador continuaba sonando.

Había hormigas negras de pelos blancos que parecían motoristas de policía (Ropálothrix orbis), hormigas armadas de cuernos por todo el tórax (Acromyermex versicolor), otras provistas de una trompa con una pinza en el extremo (Orectognathus antennatus), o largas mechas de pelos que les daban aspecto de hippie (Jingimyrmex mirabilis). El hecho de que las hormigas pudieran poseer formas tan diversas asombró al comisario.

Pero no estaba allí en misión entomológica. Advirtió una puerta lacada de negro y se dirigió a abrirla. Estaba cerrada con llave. Sacó una horquilla de su bolsillo, y ya se disponía a hurgar en la cerradura cuando el ruido del secador se interrumpió bruscamente. Volvió de forma precipitada a su asiento.

El peinado a lo Louise Brooks ya estaba terminado y Laetitia Wells se había puesto una larga bata de seda negra, ceñida a la cintura. Méliés trató de no dejarse impresionar.

—¿Le interesan las hormigas? —preguntó en tono mundano.

—No especialmente —contestó ella—. Le interesaban sobre todo a mi padre, gran especialista en hormigas. Me regaló esas láminas cuando cumplí los veinte años.

—¿Su padre era el profesor Edmond Wells?

Ella quedó sorprendida.

—¿Le conoce?

—He oído hablar de él. Entre nosotros, en la Policía, se le conoce sobre todo por haber sido el propietario de la bodega maldita de la calle de los Sybarites. ¿Se acuerda usted de aquel caso, con aquellas veinte personas que desaparecieron en una bodega sin fin?

—¡Desde luego! Aquellas personas eran, entre otras, mi primo, mi prima, mi sobrino y mi abuela.

—Qué caso tan extraño, ¿verdad?

—¿Cómo es que usted, a quien tanto le gustan los misterios, no ha investigado esas desapariciones?

—En aquel momento yo estaba encargado de otro asunto. Fue el comisario Alain Bilsheim quien se ocupó de la bodega. No tuvo suerte, por otra parte. Igual que los otros, nunca volvió a subir. Pero, según creo, también a usted le gustan los misterios...

Ella sonrió burlona.

—Me gusta, sobre todo, resolverlos —dijo.

—¿Cree que llegará a encontrar al asesino de los hermanos Salta y de Caroline Nogard?

—En cualquier caso, lo intentaré. Gustará a mis lectores.

—¿No quiere contarme en qué punto se halla usted en sus investigaciones?

Ella movió la cabeza.

—Es mejor que cada uno de nosotros siga su camino. Así no nos molestaremos.

Méliés tomó uno de sus chicles. Cuando lo masticaba se sentía mejor. Luego preguntó:

—¿Qué hay detrás de esa puerta negra?

Laetitia Wells quedó sorprendida un momento ante aquella repentina pregunta. Pequeño malestar rápidamente camuflado.

Se encogió de hombros.

—Es mi despacho. No se lo enseño porque es una auténtica leonera.

En ese instante, sacó un cigarrillo, lo puso en una larga boquilla y lo encendió con un mechero en forma de cuervo.

Méliés volvió a sus preocupaciones.'

—Desea guardar el secreto de su investigación. Yo, en cambio, voy a decirle en qué punto me encuentro.

Laetitia soltó una pequeña nube de humo nacarado.

—Como quiera.

—Recapitulemos. Nuestras cuatro víctimas trabajaban en la CQG. Podríamos inclinarnos por algún sombrío móvil de envidias profesionales. En las grandes empresas son frecuentes las rivalidades. La gente se araña por un ascenso o un aumento de sueldo, y en el mundo científico hay con frecuencia mucha gente ávida de ganancias. La hipótesis del químico rival se sostiene, reconózcalo. Habría envenenado a sus colegas con un producto de efecto retardado fulminante. Eso concuerda perfectamente con las ulceras en el sistema digestivo descubiertas por la autopsia.

—Va demasiado de prisa, comisario. Está obsesionado con su idea del veneno y olvida sin cesar el miedo. Un súper estrés también puede provocar úlceras, y todas nuestras cuatro víctimas sintieron miedo. El miedo, comisario, el miedo es el nudo del problema y ni usted ni yo hemos comprendido todavía qué fue lo que provocó ese terror inscrito en cada una de sus caras.

Méliés protestó.

—¡Claro que me he preguntado por ese miedo e incluso por todo lo que puede dar miedo a la gente!

Ella soltó otra nube de humo.

—¿Y qué es lo que le da miedo a usted, comisario?

Se quedó cortado, porque precisamente pensaba hacerle a ella esa pregunta.

—Pues,... hum...

—Hay algo que le aterroriza más que cualquier otra cosa, ¿no?

—No me importa confesárselo, pero, a cambio, usted me dirá, con la misma sinceridad, qué es lo que la asusta a usted.

Ella le hizo frente.

—De acuerdo.

Él vaciló y luego farfulló:

—A mí... me dan miedo... me dan miedo los lobos.

—¿Los lobos?

Ella se echó a reír y repitió «los lobos», «los lobos». Se levantó y volvió a servirle un vaso lleno de hidromiel.

—Le he dicho la verdad, ahora le toca a usted.

Ella se levantó y miró por la ventana. Parecía divisar a lo lejos cosas que le interesaban.

—Humm... a mí, a mí me da miedo... me da miedo usted.

—Deje de burlarse, me había prometido que sería sincera.

Ella se volvió y soltó una nueva voluta. Sus ojos malva brillaban como estrellas a través del humo color turquesa.

—Le soy sincera. Usted me da miedo, y, a través de usted, toda la Humanidad. Me dan miedo los hombres, las mujeres, los viejos, las viejas y los bebés. En todas partes nos comportamos como bárbaros. Yo encuentro que somos físicamente horribles. Ninguno de nosotros iguala la belleza de un calamar o de un mosquito...

—¡Francamente...!

Algo se había modificado en la actitud de la joven. Su mirada tan perfectamente controlada, parecía ahora presa de un defecto de fabricación. En aquellos ojos había algo de locura. Un fantasma se había adueñado de su persona y ella se dejaba ir, suavemente, bajo el influjo de la demencia. En todas partes se rompían barreras. Ya no había censura. Había olvidado que estaba discutiendo con un comisario de Policía al que apenas conocía.

—Me parece que somos pretenciosos, arrogantes, suficientes, orgullosos de ser humanos. Me dan miedo los campesinos, los curas y los soldados, me dan miedo los doctores y los enfermos, me dan miedo los que me quieren mal y los que me quieren bien. Nosotros destruimos todo cuanto tocamos. Nada escapa a nuestra inconcebible capacidad de expolio. Estoy segura de que si los marcianos no desembarcan, es porque les damos miedo; son tímidos, tienen miedo de que nos comportemos con ellos como nos comportamos con los animales que nos rodean y también con nosotros mismos. No estoy orgullosa de ser una humana. Tengo miedo, tengo mucho miedo de mis semejantes.

—¿Piensa realmente lo que está diciendo?

Ella se encogió de hombros.

—Mire el número de personas muertas por lobos y el número de personas muertas por humanos, ¿no le parece que mi miedo..., cómo decirlo..., está más justificado que el suyo?

—¿Tiene miedo de los humanos? ¡Pero si usted es un ser humano!

—Lo sé de sobra y por eso a veces me doy miedo... a mí misma.

Él contemplaba estupefacto sus rasgos marcados de pronto por el odio. De golpe, ella se relajó:

—Bueno, pensemos en otra cosa. A los dos nos gustan los enigmas. Qué oportuno, es la hora de nuestro programa nacional de enigmas. Le ofrezco el gesto de mayor sociabilidad de nuestra época, un poco de mi televisión.

—Gracias —respondió él.

Manejando su mando a distancia, Laetitia buscó «Trampa para pensar».

57. Enciclopedia.


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