Bernard Werber



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PODER DE LAS PALABRAS: ¡Qué poder el de las palabras!

Yo, que os hablo, estoy muerto hace tiempo y sin embargo soy fuerte gracias a esta reunión de letras que forman un libro. Vivo gracias a este libro. Yo estoy fijo aquí para siempre y él, a cambio, asume mi fuerza. ¿Queréis una prueba? Aquí la tenéis: yo, el cadáver, yo, el fiambre, yo, el esqueleto, puedo darle órdenes a usted, lector que está vivo. Sí, por más muerto que esté, yo puedo manejarle. Donde esté usted, sea cual sea el continente, sea la época que sea, puedo obligarle a obedecerme. Y precisamente por medio de esta Enciclopedia del saber relativo y absoluto. Y voy a darle ahora mismo la prueba. Mi orden es ésta:



¡PASE LA PÁGINA!

¿Lo ve? Me ha obedecido. Estoy muerto y sin embargo me ha obedecido. Estoy en este libro. ¡Estoy vivo en este libro! Y este libro no abusará nunca del poder de sus palabras porque este libro es comparsa del lector. Pregúntele una y otra vez. Siempre estará disponible. La respuesta a todas sus preguntas estará siempre inscrita en alguna parte, en sus líneas o entre líneas.



Edmond Wells.

Enciclopedia del saber relativo y absoluto, tomo II.
43. Una feromona que hay que conocer.
Chli-pu-ni ha mandado llamar a 103.683. Sus guardianas la han buscado por todas partes antes de terminar encontrándola en el sector de los establos para escarabajos.

La conducen a la Biblioteca química.

La reina está allí, casi sentada. Ha debido consultar una feromona, porque aún tiene la punta de las antenas mojada.

He pensado mucho en lo que nos hemos dicho.

Chli-pu-ni reconoce en primer lugar que, en efecto, ochenta mil soldados pueden parecer insuficientes para matar a todos los Dedos de la Tierra. Acaba de producirse un accidente, una terrible catástrofe, que hace presagiar lo peor en cuanto al poder de esos monstruos. Los Dedos acaban de raptar la ciudad de Giu-li-kan. ¡Se han llevado la ciudad entera a una enorme concha transparente!

A 103.683 le cuesta creer en semejante prodigio. ¿Cómo ha pasado y por qué?

La reina no lo sabe. Los acontecimientos se han desarrollado muy de prisa y la única superviviente está todavía bajo la impresión del cataclismo. Pero el caso de Giu-li-kan no es un caso aislado. Todos los días se producen nuevos incidentes con los Dedos.

Es como si los Dedos se reprodujeran a gran velocidad. Como si hubieran decidido invadir el bosque. Cada día su presencia es más nítida.

¿Qué dicen los testimonios? Pocos coinciden. Algunos hablan de animales negros y planos, otros hablan de animales redondos y rosáceos.

Parece que tienen que habérselas con animales extraños, con una anomalía de la Naturaleza.

103.683 sueña despierta.

(¿Y si fueran nuestros dioses? ¿Estaríamos a punto de rebelarnos contra nuestros dioses?)

Chli-pu-ni pide a la soldado que la siga. La lleva hasta la cima de la bóveda. Allí, varias guerreras las saludan y rodean a la reina. Es peligroso para una ponedora sola salir al aire libre. Un pájaro podría atacar al indispensable sexo personificado de Bel-o-kan.

Las artilleras ya han ocupado sus posiciones, dispuestas a convertir en blanco a la primera sombra que entre en su campo visual.

Rodeando la punta de la cúpula, Chli-pu-ni llega a un lugar despejado que parece una pista de despegue. Varios escarabajos rinoceronte se hallan estacionados allí, paciendo brotes tranquilamente. La reina propone a 103.683 que monte sobre uno de ellos cuya coraza negra, ligeramente cobriza, resplandece.

Es una maravilla de nuestro movimiento evolucionario. Hemos conseguido domesticar a estas grandes bestias voladoras. Trata de utilizar una.

103.683 no sabe nada de cómo pilotar coleópteros.

Chli-pu-ni le lanza algunas feromonas consejo.

Mantén siempre tus antenas al alcance de las suyas. Indícale el camino a tomar pensando en él con fuerza. Tu montura obedecerá inmediatamente, lo comprobarás por ti misma. Y en los virajes, no trates de compensar el peso inclinándote en sentido inverso. Acompaña al escarabajo en cada uno de sus movimientos.

44. La CQG es lo que vosotras queráis.

La CQG tenía por símbolo un águila blanca de tres cabezas. Dos parecían marchitarse, por lo peligrosamente inclinadas que estaban. La tercera, orgullosamente erguida, escupía un chorro de agua plateada.

Viendo el número y el humo de sus chimeneas uno podía preguntarse si acaso la fábrica producía todos los objetos del país. La empresa constituía realmente una pequeña ciudad por cuyo interior se circulaba en coche eléctrico.

Mientras el comisario Méliés y el inspector Cahuzacq se dirigían hacia el edificio Y, un ejecutivo comercial les precisaba que la CQG fabricaba esencialmente pastas químicas que servían de base a productos farmacéuticos, productos domésticos, productos de plástico y productos alimenticios. Doscientas veinticinco lejías y detergentes, que competían entre sí, habían salido del mismo polvo de jabón de base CQG. Con la misma pasta de queso de base CQG, trescientas sesenta y cinco marcas distintas se disputaba la clientela de los supermercados. Las pastas de resina sintética CQG se convertían en juguetes y en muebles...

La CQG era un trust internacional cuya sede se hallaba instalada en Suiza. El consorcio estaba a la cabeza de la producción mundial en numerosos sectores dentífricos, ceras, cosméticos...

En el bloque Y, los policías fueron conducidos hasta los laboratorios de los hermanos Salta y de Caroline Nogard. Con sorpresa descubrieron que estaban uno al lado de otro. Méliés preguntó.

—¿Se conocían?

El químico de bata blanca y cara llena de granos que les había recibido exclamó.

—A veces trabajaban juntos.

—¿Tenían últimamente algún proyecto en común?

—Sí, pero de momento habían decidido mantenerlo en secreto. Se negaban a hablar de él a sus colegas. Según decían, aún era demasiado pronto.

—¿Cuál era su especialidad?

—Eran generalistas. Tocaban muchos de nuestros sectores de investigación-desarrollo. Ceras, polvos abrasivos, colas para el bricolaje, todas las aplicaciones de la química les interesaban. A veces unían sus talentos, y con éxito, por cierto. Pero por lo que se refiere a sus últimos trabajos, ya le digo que no los habían comentado con nadie.

Siguiendo su idea, Cahuzacq intervino.

—¿Podrían estar trabajando en un producto capaz de volver a la gente transparente?

El químico se rió burlón.

—¿Hacer hombres invisibles? ¿Bromea usted?

—Nada de eso. Al contrario, estoy hablando muy en serio.

El especialista pareció desconcertado.

—Bueno, a ver si se lo explico: nuestro cuerpo no podrá volverse translúcido nunca. Estamos compuestos de células demasiado complejas para que un investigador, aunque sea genial, pueda volverlas de pronto cristalinas como el agua.

Cahuzacq no insistió. La ciencia no había sido nunca su terreno. Lo cual no impedía que algo siguiera preocupándole.

Méliés se encogió de hombros y en su tono más profesional preguntó.

—¿Puedo ver los frascos con las sustancias que estaban estudiando?

—Es que...

—¿Hay algún problema?

—Sí. Ya han venido a pedirlas.

Méliés recogió un pelo de un anaquel.

—Una mujer —dijo.

El químico quedó sorprendido.

—Sí, era una mujer. Pero...

El comisario continuó, muy seguro de sí.

—Tiene entre veinticinco y treinta años. Su higiene es impecable. Es eurasiática y su sistema sanguíneo funciona bastante bien.

—¿Es eso una pregunta?

—No. Lo veo al examinar este pelo que he encontrado en el anaquel, en el único lugar en que no hay polvo. ¿Me equivoco?

El hombre estaba impresionado.

—No se equivoca. ¿Cómo ha sabido esos detalles?

—El pelo está liso, luego ha sido lavado hace poco. Huela, todavía está perfumado. La médula del pelo es espesa, pertenece por tanto a una persona joven. La sección del pelo es de diámetro ancho, característica de los orientales. La médula está muy coloreada, luego su sistema sanguíneo está en perfectas condiciones. Y puedo incluso precisarle que esa mujer trabaja en El Eco del domingo.

—Está burlándose de mí. ¿Ha visto todo eso en un solo pelo?

Imitó a Laetitia Wells durante su primera entrevista.

—No, me lo ha dicho un pajarito.

Cahuzacq quiso demostrar que tampoco él carecía de olfato.

—¿Qué es lo que ha robado aquí esa dama?

—No ha robado nada —dijo el químico—. Nos preguntó si podía llevarse los frascos a su casa y examinarlos con tiempo. No vimos ningún inconveniente.

Ante el rostro furibundo del comisario, se excusó: —No sabíamos que ustedes pasarían por aquí, ni que también estarían interesados en ellos. En otro caso, por supuesto, los habríamos guardado para entregárselos a ustedes. Méliés dio media vuelta llevándose con él a Cahuzacq: —Decididamente creo que esa tal Laetitia Wells tiene muchas cosas que enseñarnos.



45. Prueba de un escarabajo rinoceronte.

103.683 está encaramada en el protórax del coleóptero. La nave mide unos cuatro pasos de largo por dos de ancho. Desde su puesto, por delante de ella, ve alzado y recto, como una especie de proa, saliente, el cuerno frontal curvo del escarabajo. Sus funciones son múltiples: lanza para reventar vientres, visor para disparar ácido, espuela de abordaje, ariete devastador.

Para la valerosa soldado el problema más inmediato sigue siendo el de conducir su máquina. Con el pensamiento, le ha aconsejado Chli-pu-ni.

Hay que probar en seguida.

Conexión de antenas.

103.683 se concentra en un despegue. Pero ¿cómo conseguirá vencer la gravedad aquel grueso coleóptero?



Quiero volar. Vamos, al aire.

103.683 no tiene tiempo siquiera de asombrarse. El animal le parecía pesado y torpe, pero, en ese momento, a sus espaldas algo se desliza en medio de bufidos de mecánica bien engrasada. Dos élitros pardos se deslizan hacia delante. Dos alas de envergadura, de color marrón transparente, giran para desplegarse al bies y se animan con un leve batir nervioso. Inmediatamente un ruido ensordecedor invade los contornos. Chli-pu-ni no ha advertido a su soldado que el coleóptero es muy ruidoso en vuelo. El zumbido aumenta todavía de intensidad. Todo vibra. 103.683 no puede dejar de temer el desarrollo de los acontecimientos.

Volutas de polvo y aserrín invaden su espacio visual. Extraño efecto, no es su montura la que se eleva, sino la Ciudad la que parece hundirse debajo de tierra. La reina que, desde abajo, la saluda con las antenas, se hace cada vez más pequeña. Cuando ya no la distingue siquiera, 103.683 comprueba que ahora se encuentra a un buen millar de pasos de altura.

Quiero ir todo recto.

El escarabajo se inclina inmediatamente hacia delante y corre aumentando más aún el ruido de sus alas oscuras.

¡Volar! ¡Ya está volando!

Es el sueño de todas las asexuadas y ella lo está realizando. ¡Vencer la gravedad, conquistar la dimensión de los aires, lo mismo que las sexuadas el día del vuelo nupcial!

103.683 percibe confusamente libélulas, moscas y avispas que desfilan a su alrededor. Todo recto, hacia delante, olfatea nidos de pájaros. Peligro. Ordena un viraje de urgencia. Pero allí arriba no es como en tierra, no se puede girar sin inclinar el equilibrio de las alas al menos 45°. Y cuando el escarabajo obedece, todo se inclina.

La hormiga se escurre, trata de fijar sus garras en la quitina de su montura, falla por poco rayando en vano la laca negra de donde saltan leves copos. No pudiendo asirse, resbala irremediablemente por el flanco de la bestia voladora.

Cae en el vacío.

No termina nunca de caer. Y el escarabajo no se ha dado cuenta de nada. 103.683 lo ve rematando la curva de su viraje y lanzándose valientemente hacia nuevas regiones aéreas.

Mientras tanto, la hormiga cae y cae. El suelo avanza hacia ella, con sus plantas y sus rocas patibularias. Da vueltas, sus antenas giran sin control.

¡Se produce el choque!

Lo recibe con las patas por delante, rebota, vuelve a caer algo más allá, vuelve a rebotar. Un lecho de musgo amortigua oportunamente la última voltereta.

La hormiga es un insecto tan ligero y tan resistente que una caída libre no puede hacerla añicos. Incluso aunque caiga de un árbol muy alto, una hormiga prosigue su tarea como si nada hubiera ocurrido.

103.683 se ha quedado patas arriba debido a la sensación de vértigo que ha acompañado a su caída. Vuelve a poner sus antenas hacia delante, procede a una rápida limpieza y busca el camino de su ciudad.

Chli-pu-ni no se ha movido. Sigue estando en el mismo sitio cuando 103.683 reaparece sobre la cúpula.

No te desanimes. Vuelve a empezar.

La reina acompaña a la soldado hasta el punto de despegue.



Además de las ochenta mil soldados, puedes aprovechar la ayuda de sesenta y siete de estos rinocerontes mercenarios domesticados. Serán una apreciable fuerza complementaria. Debes aprender a pilótanos.

103.683 vuelve a despegar encima de otro coleóptero. La primera experiencia no ha sido ningún éxito, tal vez se entienda mejor con un nuevo corcel.

Al mismo tiempo, una artillera despega a su derecha. Vuelan juntas y la otra le hace señas. A esa velocidad las feromonas prácticamente no circulan. Pero no debe preocuparse, las pioneras han inventado recientemente un lenguaje gestual, basado en movimientos de antenas. Según si están levantadas o replegadas, los troncos de las antenas forman a su manera un lenguaje Morse comprensible a distancia.

La artillera le indica que puede soltar las antenas de su montura para pasear por la parte llana de su espalda. Basta con asegurarse unos buenos asideros plantando sus garras bajo los granulados de la coraza. Ella parece controlar perfectamente esa técnica. Luego le muestra que se puede bajar por las patas del escarabajo. Y desde ahí también se puede maniobrar con el abdomen y disparar sobre todo lo que pase por debajo.

A 103.683 le cuesta algo dominar todas esas acrobacias, pero pronto se olvida de que evoluciona a dos mil pasos de altura. Se arrima a su montura. Cuando ésta se lanza en picado a ras de hierba, la soldado consigue disparar y tronchar una flor.

El disparo la tranquiliza. Piensa que con setenta y siete ingenios de guerra como aquéllos, debe ser fácil pulverizar por lo menos algunos de esos días... ¡algunos de esos Dedos!



Subida en flecha y luego bajada en picado, le ordena a su escarabajo.

A la soldado empieza a gustarle esa sensación de velocidad en sus antenas. ¡Qué fuerza volante, y qué progreso para la civilización mirmeceana! Y ella pertenece a la primera generación que conoce esa maravilla: ¡el vuelo sobre montura escarabaja!

La velocidad la embriaga. Su caída de hace un momento no ha tenido consecuencias graves y todo la decide a creer que apenas corre riesgos sobre este navío aéreo. Ordena espirales, rizos, acrobacias... 103.683 se embriaga de sensaciones extraordinarias. Todos sus órganos de Johnston sensibles a la posición en el espacio están cortocircuitados. Ya no sabe dónde es arriba, dónde abajo, detrás o delante. En cambio, no olvida que cuando un árbol se perfile en su horizonte, hay que girar rápidamente para evitarlo.

Completamente ocupada en jugar con su aeronave, no se da cuenta de que el cielo se ensombrece de forma inquietante. Necesita un momento para percibir que su montura se ha puesto nerviosa. Ya no obedece al cuarto de vuelta, ya no acepta las órdenes de toma de altura. Incluso desciende de forma imperceptible.

46 Canto.
Feromona memoria n.85

Tema: Canto revolucionario

Salivadora: Reina Chli-pu-ni.

Soy la gran desviadora.

Saco a los individuos de su camino habitual y eso les llena de espanto.

Anuncio las verdades extrañas y los futuros llenos de paradojas.

Soy una perversión del sistema, pero el sistema necesita ser pervertido para evolucionar.

Nadie habla como yo con timidez, torpeza o incertidumbre.

Nadie tiene mi debilidad infinita.

Nadie tiene mi modestia genética.

Porque los sentimientos sustituyen mi inteligencia.

Porque no tengo ningún conocimiento ni ningún saber que pesen sobre mí.

Sólo la intuición que flota en el aire guía mis pasos.

Y no sé de dónde proviene esa intuición.

Ni quiero saberlo.

47. La aldea.

Augusta Wells sí se acordaba.

Jasón Bragel había tosido en su mano, todos estaban a su alrededor formando un círculo y sorbían sus palabras sobre todo porque, en el punto en que se encontraban, a nadie se le ocurría siquiera la sombra de una idea que les permitiese salir de allí.

Sin alimentos, sin posibilidad alguna de salir de aquella caverna subterránea, sin posibilidad de comunicar con la superficie, ¿cómo podían esperar sobrevivir diecisiete personas, una de ellas centenaria y otra un niñito?

Jasón Bragel estaba de pie.

—Empecemos desde el principio. ¿Quién nos ha traído aquí? Edmond Wells. Él fue quien deseó que viviésemos en esta bodega y que continuásemos aquí su obra. Estoy seguro de que tenía previsto que podíamos correr el riesgo de encontrarnos en una situación sombría. Lo que estamos soportando ahora es una prueba mayor en nuestro recorrido iniciático colectivo. Lo que cada uno de nosotros ha conseguido por sí sólo, debemos conseguirlo ahora juntos. Todos hemos resuelto el enigma de los cuatro triángulos porque hemos sabido cambiar nuestro modo de razonar. Hemos abierto una puerta en nuestro espíritu. Tenemos que perseverar en ese camino. Para ello, Edmond nos ha suministrado una clave. No la vemos porque nuestro miedo nos ciega.

—¡Deja de hacerte el misterioso! ¿Qué clave? ¿Qué solución propones? —masculló un bombero.

Jasón insistió:

—Recordad el enigma de los cuatro triángulos. Exigía que modificásemos nuestro modo de reflexionar. «Hay que pensar de otra manera —repetía Edmond—. Hay que pensar de otra manera...»

Un policía exclamó:

—¡Estamos atrapados aquí como ratas! ¡Es un hecho evidente! En esta situación no hay más que una manera de pensar.

—No. Hay varias. Están atrapados nuestros cuerpos, pero no nuestros espíritus.

—¡Palabras, palabras y nada más que palabras! Si tienes algo que proponer, dilo. Y, si no, cállate.

—El bebé que sale del cuerpo de su madre no comprende por qué ha dejado de estar en un baño de agua tibia. Querría volver al refugio materno, pero la puerta se ha cerrado. Cree ser un pez que nunca podrá vivir al aire libre. Tiene frío, la luz lo ciega, hay demasiado ruido. Fuera del vientre materno, es el infierno. Como ahora nosotros, se considera incapaz de superar la prueba porque se cree fisiológicamente inadaptado a ese mundo nuevo. Todos hemos vivido ese instante. Sin embargo, no hemos muerto. Nos hemos adaptado al aire, a la luz, al ruido, al frío. Hemos mudado de feto de vida acuática a bebé de respiración aérea. Hemos mudado de pez a mamífero.

—Sí, ¿y qué más?

—Ahora estamos viviendo la misma situación crítica. Adaptémonos, fundámonos en ese molde nuevo.

—¡Delira, está delirando! —exclamó el inspector Gérard Galin, alzando los ojos al cielo.

—No —murmuró Jonathan Wells—, creo comprender lo que quiere decir. Encontraremos la solución porque no nos queda más salida que encontrarla.

—Sí, claro, siempre se puede buscar una solución. Incluso se puede buscar mientras esperamos a morir de hambre.

—Dejad hablar a Jasón —ordenó Augusta—. No ha terminado.

Jasón Bragel se dirigió hacia el atril y cogió la Enciclopedia del saber relativo y absoluto.

—La he releído esta noche —dijo—. Estoy convencido de que la solución está inscrita en este libro con todas sus letras. He buscado durante mucho tiempo y por fin he encontrado el siguiente pasaje, que me gustaría leeros en voz alta. Escuchad con atención.

48. Enciclopedia.



HOMEOSTASIA: Toda forma de vida es búsqueda de homeostasia.

«Homeostasia» significa equilibrio entre el medio interior y el medio exterior.

Toda estructura viviente funciona como homeostasia. El pájaro tiene huesos huecos para volar. El camello tiene reservas de agua para vivir en el desierto. El camaleón cambia la pigmentación de su piel para pasar inadvertido ante sus depredadores. Estas especies, como tantas otras, se han mantenido hasta nuestros días adaptándose a todas las perturbaciones de su medio ambiente. Las que no supieron armonizarse con el mundo exterior desaparecieron.

La homeostasia es la capacidad de autorregulación de nuestros órganos respecto a las coacciones externas.

Siempre queda uno sorprendido al constatar hasta qué punto puede alguien soportar las pruebas más duras y adaptar a ellas su organismo. Durante las guerras, circunstancias en que el hombre está obligado a superar para sobrevivir, se ha visto a personas que hasta entonces no habían conocido otra cosa que la comodidad y la tranquilidad, ponerse sin queja a régimen de agua y pan seco. En unos días, los habitantes de las ciudades perdidos en el monte aprenden a reconocer las plantas comestibles, a cazar y a comer animales que antes siempre les habían repugnado: topos, arañas, ratones, serpientes...

Robinsón Crusoe, de Daniel Defoe, o La isla misteriosa, de Julio Verne, son libros dedicados a la gloria de la capacidad de homeostasia del ser humano.

Todos nosotros nos hallamos en perpetua búsqueda de la homeostasia perfecta, porque nuestras células ya tienen esa preocupación. Codician permanentemente un máximo de líquido nutritivo a la mejor temperatura y sin agresión de sustancia tóxica. Pero cuando no disponen de él, se adaptan. De esta forma, las células del hígado de un borracho están mejor acostumbradas a asimilar el alcohol que las de un abstemio. Las células de los pulmones de un fumador fabricarán resistencias a la nicotina. El rey Mitrídates entrenó incluso su cuerpo para soportar el arsénico.

Cuanto más hostil es el medio exterior, más obliga a la célula o al individuo a desarrollar talentos desconocidos.

Edmond Wells.

Enciclopedia del saber relativo y absoluto, tomo II.

A esta lectura le siguió un largo silencio. Jasón Bragel lo rompió para remachar mejor el clavo:

—Si morimos, es que no habremos logrado nuestra adaptación a este medio extremo.

Gérard Galin explotó:

—¡Medio extremo! ¡Vaya tonterías dices! ¿Acaso se adaptaron a sus barrotes los prisioneros de Luis XI, encerrados en su mazmorra de un metro cuadrado? ¿Pueden acaso los fusilados endurecer la piel de su pecho para rechazar las balas? ¿Se han vuelto acaso los japoneses más resistentes a las radiaciones atómicas? ¡Estás de broma! ¡Uno no puede adaptarse a determinadas agresiones, ni aunque lo desee con toda su voluntad!

Alain Bilsheim se acercó al atril.

—Tu pasaje de la Enciclopedia era muy interesante, pero por lo que nos atañe no veo en él nada concreto.

—Sin embargo, lo que Edmond nos dice está muy claro: si queremos sobrevivir, debemos mutar.

—¿Mutar?

—Sí. Mutar. Convertirnos en animales cavernícolas, viviendo bajo tierra y alimentándonos con poco. Utilizar el grupo como medio de resistencia y de supervivencia.

—¿Qué quieres decir?

—Hemos fracasado en nuestro intento de comunicación con las hormigas y sufrimos en nuestras carnes porque no hemos llegado suficientemente lejos. Hemos permanecido humanos, frioleros e imbuidos de nosotros mismos.

Jonathan Wells mostró su asentimiento:

—Jasón tiene razón. Hemos franqueado el camino que nos ha llevado físicamente al fondo de la bodega. Pero eso no era sino la mitad del recorrido. De cualquier modo, las circunstancias nos fuerzan a proseguir nuestro viaje.

—¿Quieres decir que hay una bodega tras la bodega? —Dijo Galin riéndose con ironía—. ¿Pretendes que excavemos bajo el templo para encontrar la bodega del templo, que nos llevaría vete a saber dónde?

—No. Entiéndeme bien. Una mitad de la ruta era física, y la hemos hecho con nuestro cuerpo. La otra mitad concierne a nuestro psiquismo, y en ese terreno todo está por hacer. Ahora tenemos que cambiar nuestra mente, mutar en nuestras cabezas. Aceptar vivir como los animales cavernícolas en que nos hemos convertido. Uno de nosotros dijo en cierta ocasión que nuestro grupo no podía esperar funcionar con una sola hembra para quince machos. Eso es verdad para una sociedad humana, pero ¿lo es para una sociedad de insectos?

Lucie Wells se sobresaltó. Había comprendido adonde llevaba el razonamiento de su marido. Para sobrevivir todos juntos, bajo tierra y con poquísimos alimentos, el único medio consistía en transformarse en... en transformarse en...

La misma palabra subía a los labios de todos en el mismo instante:



Hormigas.

49. Lluvia.

El aire está saturado de electricidad. El rayo enciende un tornado de iones más o menos negativos. Un zumbido grave le sucede, luego un nuevo relámpago rompe el cielo en mil pedazos, proyectando sobre los follajes una inquietante luz blanca y violeta.

Los pájaros vuelan bajo, por debajo de las moscas.

Nuevo trueno de rayo. Una nube en forma de yunque se rompe. El caparazón del escarabajo volante se ilumina. 103.683 tiene miedo a resbalar por aquella superficie reluciente. Siente la misma sensación de impotencia que cuando se había encontrado frente a los Dedos, guardianes del confín del mundo.

Hay que regresar, es lo que hace comprender a su escarabajo.

Pero la lluvia va arreciando. Cada gota puede resultar mortal. Pesadas líneas de puntos suceden a gigantescas barras de cristal. Cualquier contacto con las alas del gran insecto resultaría fatal para ella.

El coleóptero siente pánico. Zigzaguea en medio de aquel bombardeo denso, intentándolo todo para pasar entre las gotas. 103.683 ya no controla nada. Simplemente se aferra con todas sus garras y ventosas de sus puvilis plantares. Todo va muy de prisa. Le gustaría cerrar sus ojos esféricos que ven simultáneamente todos los peligros, por delante, por detrás, por arriba, por abajo. Pero las hormigas no tienen párpados. ¡Ay! ¡Cuántas ganas tiene de regresar al nivel de los pulgones!

Una fina gotita perdida golpea a 103.683 de frente, aplastando sus antenas contra su tórax. El agua ahoga sus tallos receptivos y le impide sentir la sucesión de los acontecimientos.

Es como si le hubieran cortado el sonido. Ya sólo le queda la imagen y eso es más terrorífico todavía.

El gran escarabajo está extenuado.

Los zigzags entre las gotas-jabalina resultan más y más difíciles de realizar. Cada vez que el extremo de las alas se humedece, el conjunto volante pesa un poco más.

Esquivan por los pelos una gorda esfera de agua. El rinoceronte se inclina a 45° y vira para evitar una segunda más gorda todavía. Por los pelos. Pero el agua toca una pata, salta y salpica sus antenas.

Nuevo relámpago de luz. Detonación.

Durante una fracción de segundo, el animal volante pierde su percepción del mundo exterior. Es como si hubiera estornudado. Cuando recupera el control de su trayectoria es demasiado tarde. Se abalanzan directamente contra un pilar de agua cristalina que relumbra bajo los relámpagos del rayo.

El escarabeido frena poniendo sus dos alas en posición vertical. Pero van demasiado de prisa. Frenar a esa velocidad resulta imposible. Salen disparados en una cabriola que continúa en una serie de vueltas de campana hacia delante.

103.683 se aferra con tanta fuerza al caparazón de su corcel volador que sus garras llegan a traspasar la quitina. Sus antenas mojadas le golpean en los ojos y se le quedan pegadas.

Chocan una primera vez contra una pilastra de agua que los despide contra una línea de agua punteada. Están cubiertos de olas. Ahora tienen diez veces su peso original. Caen como una pera madura sobre la cubierta de ramitas de la Ciudad.

El rinoceronte estalla, con el cuerno partido y la cabeza en migajas. Sus élitros suben hacia el cielo como para seguir volando ellos solos. 103.683, hormiga ligera, sale indemne de la catástrofe. Pero la lluvia no le deja respiro. Se seca como puede las antenas y se abalanza hacia una entrada de la ciudad.

Aparece un orificio de aireación. Unas obreras lo han obstruido para proteger a la Ciudad de la inundación, pero 103.683 logra quitar el obstáculo. Dentro, unas guardianas la insultan. ¿No se da cuenta de que pone a la Ciudad en peligro? De hecho, tras ella avanza un pequeño arroyo. La soldado no se preocupa, sigue galopando mientras las albañiles se apresuran a cerrar la esclusa de seguridad.

Cuando se detiene, extenuada pero seca, una obrera compasiva le propone una trofalaxia. La liberada la acepta agradecida.

Los dos insectos se ponen cara a cara y empiezan a besarse en la boca, luego a regurgitar los alimentos que están enterrados en el fondo de su buche social. Calor, don de su cuerpo, todo cuanto ama.

Luego 103.683 se adentra por un túnel y toma diversas galerías.

50. Laberinto.

Corredores sombríos y pasillos húmedos. En ellos flotaban tufos insólitos. En el suelo yacían trozos de alimentos putrefactos y desechos abigarrados. El suelo se pegaba a las patas, las paredes destilaban humedad.

Se formaban grupos de individuos. Vagabundos, mendigos, falsos músicos, verdaderos marginados se amontonaban en grupos nauseabundos.

Uno de ellos, con una blusa roja ajustada, se acercó con una sonrisa burlona clavada en su boca desdentada:

—O sea, que esta señorita se pasea completamente sola en el Metro. ¿No sabe que es peligroso? ¿No quiere un guardaespaldas?

Y reía burlón bailando en torno a ella.

Llegado el momento, Laetitia Wells sabía imponer respeto a los patanes. Endureció su mirada malva, el iris violeta pasó al rojo sangre lanzando un mensaje: «¡Largo!» El hombre se marchó rezongando:

—¡Anda por ahí, presumida! ¡Si te violan, te lo habrás ganado!

La técnica había funcionado en este caso pero no estaba escrito que resultara siempre. Si el Metro se había convertido en el único medio de circular correctamente, también era la madriguera de los depredadores de los tiempos modernos.

Llegó al andén y perdió por los pelos un convoy. Luego pasaron dos, tres en sentido contrario, mientras a su alrededor la multitud aumentaba, preguntándose si había una nueva huelga sorpresa o si algún imbécil había tenido la mala idea de suicidarse algunas estaciones más allá.

Por fin surgieron dos esferas de luz. Un rechinar de frenos en los límites del agudo le barreno los tímpanos. El largo tubo de chapa pintada y herrumbrosa se desplegó sobre el andén, con toda suerte de pintadas: «Muerte a los imbéciles», «Mierda al que lo lea», «Babilonia tu fin está cercano», «Fuck bastard crazy boys territory», por no hablar de los anuncios ni de los dibujos obscenos rápidamente esbozados con rotulador o a punta de navaja.

Cuando se abrieron las puertas, vio desolada que el vagón iba ya lleno a reventar. Caras y manos se aplastaban contra los cristales. Nadie parecía tener suficiente valor para pedir ayuda.

Ya no recordaba cuál era el motivo que impulsaba a todas aquellas gentes a ir todos los días, de forma voluntaria (e incluso pagando), a amontonarse en cantidades superiores a quinientas en una caja de latón caliente de unos pocos metros cúbicos. ¡Ningún animal sería lo bastante loco para ponerse por propia voluntad en semejante situación!

De entrada, Laetitia tuvo que soportar el aliento agrio de una vieja harapienta, los tufos de náusea de un chiquillo enfermo llevado en brazos por una señora que apestaba a perfume barato, y un albañil de sudor fétido. A su alrededor también había un señor muy elegante que trataba de acariciarle las nalgas, un revisor que exigía el billete, un parado que mendigaba unas monedas o vales de restaurante, y un guitarrista que se desgañitaba pese al alboroto.

Cuarenta y cinco niños de preparatoria aprovechaban el descuido general para intentar romper el skai de sus asientos con la punta de sus bolígrafos y una escuadra de soldados berreaban una canción. Los cristales estaban empañados por el vaho de aquellos centenares de respiraciones ininterrumpidas.

Laetitia Wells respiró despacio aquel aire viciado, apretó los dientes y soportó su malestar con paciencia. Después de todo, no tenía motivos para quejarse, sólo necesitaba media hora de trayecto para ir desde su domicilio a su lugar de trabajo. ¡Los había que pasaban tres horas diarias dentro del Metro en horas punta!

Ningún autor de ciencia ficción había previsto nunca aquello. ¡Una civilización en la que las gentes aceptaban ser aplastadas a millares en cajas de latón!

La máquina se puso en marcha y se deslizó sobre los raíles sacando chispas.

Laetitia Wells cerró los ojos para intentar recuperar la calma y olvidarse de dónde estaba. Su padre le había enseñado a conservar la serenidad controlando su respiración. Una vez que se conseguía dominar la respiración, había que intentar dominar los latidos del corazón para aminorar su marcha.

Ideas parásitas le impedían concentrarse. Volvía a pensar en su madre... no, sobre todo no pensar en... no.

Volvió a abrir los ojos, el ritmo de su corazón y de su respiración se aceleró de nuevo.

El espacio se había despejado. Incluso había un asiento libre. Se precipitó hacia él y se durmió. De cualquier forma, tenía que bajarse en la última parada. Y cuanta menos conciencia tuviera de encontrarse en el Metro, mejor.
51. Enciclopedia.

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