Bernard Werber



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CULTO A LOS MUERTOS: El primer elemento que define a una civilización pensante es el «culto a los muertos».

Cuando los hombres tiraban sus cadáveres junto con sus inmundicias, no eran más que animales. El día en que empezaron a enterrarlos o a quemarlos, se produjo algo irreversible. Cuidar a sus muertos es concebir la existencia de un más allá, de un mundo virtual que se superponía al mundo visible. Cuidar a sus muertos es considerar la vida como un simple paso entre dos dimensiones. Todos los comportamientos religiosos derivan de ahí.

El primer culto a los muertos se ha descubierto en el paleolítico medio, hace setenta mil años. En esa época, algunas tribus de hombres empezaron a sepultar sus cadáveres en fosas de 1,40 m x 1 m x 0,30 m.

Los miembros de la tribu depositaban al lado del difunto platos con viandas, objetos de sílex y los cráneos de los animales que el muerto había cazado. Parece que esos funerales iban acompañados de una comida realizada en común por el conjunto de la tribu.

Entre las hormigas, sobre todo en Indonesia, se han descubierto algunas especies que siguen alimentando a su reina difunta durante varios días después de la muerte. Ese comportamiento resulta sorprendente sobre todo porque los olores de ácido oleico que libera la muerta les ha señalado obligatoriamente su estado.

Edmond Wells.

Enciclopedia del saber relativo y absoluto, tomo II.

34. El hombre invisible.

El comisario Jacques Méliés estaba arrodillado ante el cadáver de Caroline Nogard. En la cara de ojos convulsos, el mismo rictus de terror, la misma máscara de sorpresa atemorizada.

Se volvió hacia el inspector Cahuzacq.

—Evidentemente no hay huellas, ¿verdad?

—No las hay, por desgracia. Todo vuelve a empezar: no hay heridas, no hay arma, no hay violencia, no hay indicios. ¡El mismo desconcierto!

El comisario sacó sus chicles.

—Y la puerta estaba bien cerrada, ¿verdad? —dijo Méliés.

—Tres cerraduras cerradas, dos abiertas. Parece como si, en el momento de morir, la mujer hubiera intentado accionar uno de los cerrojos de su puerta blindada.

—Queda por saber si lo hacía para abrir o para cerrar —masculló Méliés. Se inclinó para examinar la posición de las manos—. ¡Para abrir! —exclamó—. El asesino estaba dentro y ella trataba de huir... ¿Has sido tú el primero en llegar, Émile?

—Como siempre.

—¿Y había moscas?

—¿Moscas?

—Sí, moscas. ¡Drosófilas, si lo prefieres!

—Eso ya te preocupaba en casa de los Salta. ¿Por qué te interesa tanto?

—¡Las moscas son muy importantes! Excelentes informadoras para un detective. Uno de mis profesores pretendía resolver todos los casos basándose únicamente en el examen de las moscas.

El inspector hizo una mueca de escepticismo. ¡Otro de esos trucos de tres al cuarto que enseñan en las nuevas escuelas de Policía! Cahuzacq seguía confiando en los viejos métodos, pero de cualquier modo se dignó contestar.

—Bueno, me he acordado del caso de los Salta y he mirado. Las ventanas esta vez han permanecido cerradas, y si había moscas tienen que andar por aquí. Pero, ¿por qué orientas la investigación así?

—Las moscas son capitales. Si las hay, es que existe algún pasaje en alguna parte. Si no las hay, es que el piso está herméticamente cerrado.

A fuerza de fisgar con los ojos por todas partes, el comisario terminó por descubrir una mosca en una esquina del techo blanco.

—¡Mira eso, Émile! ¿No la ves allá arriba?

Como si le molestara que la observasen, la mosca voló.

—¡Nos está indicando su pasillo aéreo! Observa, Émile. Ahí, por ese pequeño intersticio que hay encima de la ventana, es por donde ha debido entrar.

La mosca siguió revoloteando un momento y luego aterrizó en un sillón.

—Desde aquí puedo asegurarte que es una mosca verde. Es decir, una mosca de la duodécima cohorte.

Pero ¿qué era toda aquella jerga? Méliés lo explicó.

—Cuando un ser humano muere, las moscas acuden. Pero no cualquier mosca ni a cualquier momento. La coreografía es inmutable. Por regla general desembarcan primero las moscas azules (calyphord), las moscas de la primera cohorte. Se presentan durante los cinco primeros minutos que siguen a la defunción. Les gusta la sangre caliente. Si el terreno les parece propicio, ponen sus huevos en la carne, y luego se van cuando el cadáver empieza a oler mucho. Inmediatamente son remplazadas por la segunda cohorte, la de las moscas verdes imuscind), que prefieren la carne ligeramente manida. La prueban, ponen sus huevos y dejan sitio a las moscas grises (sarcophagá), las de la tercera cohorte, que toman la carne más fermentada. Por último llegan las moscas del camembert (piophila) y las moscas del tocino (pphira). De este modo, sobre nuestros despojos se suceden cinco escuadras de moscas. Cada una de ellas se contenta con su parte y deja intacta la de las demás.

—No somos nada —suspiró el inspector, algo asqueado.

—Depende para quién. Un solo cadáver basta para que varios centenares de moscas se den un banquete.

-—Muy bien. Pero ¿qué tiene que ver todo eso con nuestra investigación?

Jacques Méliés sacó su lupa luminosa y examinó las orejas de Caroline Nogard.

—En el interior del pabellón hay sangre y huevos de moscas verdes. Muy interesante. Normalmente, habríamos tenido que encontrar también larvas de moscas azules. Por lo tanto, la primera cohorte no ha pasado. ¡Buena información!

El inspector empezaba a comprender las formidables informaciones que aportaba la observación de las moscas.

—¿Y por qué no han acudido?

—Porque algo, alguien, probablemente el asesino, ha debido permanecer junto al cadáver cinco minutos después de la muerte. Las moscas azules no se han atrevido a acercarse. Luego, el cuerpo ha empezado a fermentar y ya no les interesaba. Las verdes se han presentado entonces. Y a ellas no les ha molestado nadie. Por lo tanto, el asesino se ha quedado cinco minutos, no más, y luego se ha ido.

Tanta lógica impresionó a Émile Cahuzacq. En cuanto a Méliés no parecía realmente satisfecho. Se preguntaba por las causas que habían impedido acercarse a las moscas azules.

—Se diría que tenemos que habérnoslas con el Hombre invisible...

Se interrumpió. Como Méliés, había oído un ruido en el cuarto de baño.

Corrieron hacia allí. Tiraron de las cortinas de la ducha. Nada.

—Sí, realmente se diría que se trata del Hombre invisible, tengo la impresión de que está aquí.

Se echó a temblar.

Méliés masticaba pensativo su chicle.

—En cualquier caso, es capaz de entrar y salir sin abrir las puertas o las ventanas. No sólo es invisible, sino que atraviesa las paredes. —Se volvió hacia la víctima vitrificada con el rostro tetanizado por el terror—. ¡Y es un espantajo! ¿A qué se dedicaba la tal Caroline Nogard? ¿Tienes algo en tu informe?

Cahuzacq miró algunos papeles en la carpeta que llevaba escrito el nombre de la difunta.

—Ni un amigo. Ni líos. No tenía enemigos que la odiaran hasta el punto de matarla. Trabajaba como química.

—¿También ella? —Dijo sorprendido Méliés—. ¿Dónde?

—En la CQG.

Ambos se miraron, pasmados. La CQG, la Compañía de Química General: ¡la empresa en que había trabajado Sébastien Salta!

Por fin tenían un denominador común que no podía ser simple fruto del azar. Por fin una pista.



35. Dios es un olor particular.

Andan por allí.

La soldado reconoce los olores que le permiten volver a encontrar la sala clandestina de las rebeldes.

Necesito una explicación.

Un grupo de rebeldes rodea a 103.683. Podrían matarla fácilmente, pero no la atacan.



¿Qué es eso de «dioses»?

Una vez más, la coja se convierte en portavoz.

Admite que no le han dicho todo a la soldado pero subraya que el mero hecho de haberle revelado la existencia del movimiento rebelde pro-Dedos constituye ya una enorme muestra de confianza. Una organización clandestina, acosada por todas las guardianas de la Manada, no suele confiarse muy de prisa al primero que llega.

La coja intenta enarbolar una posición de antenas para expresar franqueza.

Explica que en Bel-o-kan ocurre actualmente algo esencial para la Ciudad, para todas las ciudades, incluso para la especie entera. El éxito o el fracaso del movimiento rebelde puede hacer perder o ganar milenios de evolución a todas las hormigas del mundo. En tales condiciones, una vida carece de importancia. Es necesario el sacrificio de cada una, así como el respeto más absoluto del secreto. La coja admite además que, en esta partida, la 103.683 constituye una pieza clave. Lamenta no haberle confiado todo. Y va a reparar ese olvido.

Las dos hormigas se reúnen solemnemente en el centro de la sala para entregarse a la ceremonia de CA, la Comunicación Absoluta. Gracias a la CA, una hormiga ve, siente y comprende instantáneamente todo lo que encierra la mente de su interlocutora. El relato no sólo se emite y se recibe, sino que es vivido en común por las dos hormigas.

103.683 y la coja adhieren sus segmentos antenarios unos contra otros. Es como si once bocas y once orejas entraran en contacto directo. Sólo hay un insecto con dos cabezas.

La coja vierte en 103.683 su historia.

Cuando el gran incendio asoló, el año anterior, Bel-o-kan y mató a la reina Belo-kiu-kiuni, las hormigas de olores de roca perdieron su razón de ser. Tuvieron que afrontar las grandes batidas lanzadas por Chli-pu-ni, la nueva soberana. Las hormigas de olores de roca se convirtieron entonces en rebeldes y se escondieron en aquella madriguera. Luego volvieron a abrir el pasadizo del techo de granito, alimentaron a los Dedos sisando el alimento y, sobre todo, siguieron dialogando con el representante de los Dedos, el doctor Livingstone.

Al principio todo funcionaba perfectamente. El doctor Livingstone emitía mensajes simples: «Tenemos hambre», «¿Por qué se niega a hablarnos la reina?» Los Dedos estaban informados de las actividades de las rebeldes y les aconsejaban en sus operaciones de comando que tenían por meta robar alimento del modo más discreto posible. ¡Los Dedos necesitan cantidades extravagantes de alimento y no siempre resulta fácil suministrárselo sin hacerse notar!

Todo aquello entraba dentro de lo normal. Pero cierto día los Dedos emitieron un mensaje de cariz completamente distinto. Su alocución de perfume extraño aseguraba que las hormigas habían subestimado a los Dedos, que los Dedos se habían callado hasta entonces pero que realmente ellos eran los dioses de las hormigas.

«¿Dioses?» ¿Qué significa esa palabra?, preguntamos nosotras.

Los Dedos nos explicaron lo que son los dioses. Según ellos, son los animales constructores del mundo. Todos los demás estamos en su «juego».

Una tercera hormiga viene a perturbar la CA. Con pasión, dice.

Los dioses han inventado todo, son omnipotentes, son omnipresentes. Nos vigilan constantemente. Esta realidad que nos rodea no es más que una puesta en escena imaginada por los dioses para ponernos mejor a prueba.

Cuando llueve, es porque los dioses vierten agua.

Cuando hace calor, es porque los dioses aumentan la fuerza del sol.

Cuando hace frío, es porque ellos la bajan.

Los Dedos son los dioses.

La coja traduce el sorprendente mensaje. Nada existiría en este mundo sin los dioses Dedos. Las hormigas son sus criaturas. Las hormigas no hacen otra cosa que debatirse en un mundo artificial, imaginado por los Dedos por simple diversión.

Eso fue lo que dijo aquel día el doctor Livingstone.

103.683 se queda perpleja. En tales condiciones, ¿por qué se mueren de hambre los Dedos bajo el suelo de la Ciudad? ¿Por qué están prisioneros bajo tierra? ¿Por qué permiten que una hormiga intente lanzar una cruzada contra ellos?

La coja reconoce que las afirmaciones del doctor Livingstone contienen algunas lagunas. Pero, a cambio, su principal ventaja consiste en que explican las razones de la existencia de las hormigas y por qué el mundo es como es.

¿De dónde venimos, quiénes somos, a dónde vamos? El concepto de «dioses» responde por fin a esas preguntas.

Sea como fuere, la semilla estaba sembrada. Ese primer discurso «deísta» había maravillado a un puñado de rebeldes y perturbado a muchas otras. Las declaraciones siguientes fueron normales y no hablaban ya de «dioses».

No se pensaba ya en ello cuando, pocos días más tarde, la sensacional palabra «deísta» resonó con fuerza en las antenas del doctor Livingstone. Evocaba de nuevo un universo controlado por los Dedos, afirmaba que no había azar, que todo lo que pasaba en este mundo era anotado y consignado. Que serían castigados quienes no respetaran a los «dioses» o no los alimentaran.

103.683 tiene las antenas pasmadas de sorpresa. Su imaginación, desenfrenada según la norma hormiguera, nunca habría podido concebir una idea tan fantástica como la de unos animales gigantes controlando el mundo y vigilando uno por uno a todos los habitantes. Piensa que a los Dedos debe sobrarles el tiempo para perderlo de esa manera.

Sin embargo, escucha la continuación del relato de la coja.

Pronto comprendieron las rebeldes que el doctor Livingstone mantenía dos discursos de espíritu diametralmente distinto. Por eso, cuando hablaba de dioses, se avisaba a las hormigas deístas y las demás se retiraban. Cuando evocaba temas «normales», las deístas se iban. Hasta el punto de que poco a poco fue apareciendo en el seno de la comunidad rebelde pro-Dedos una escisión. Las había deístas, las había no-deístas, pero entre ellas no surgió la discordia. A pesar de que las segundas estimaban que las primeras habían desarrollado un comportamiento completamente irracional y ajeno a la cultura de las hormigas.

103.683 se desconecta. Se limpia las antenas e interroga al foro de las rebeldes.



¿Cuáles de vosotras son deístas?

Una hormiga se adelanta.



Me llamo 23 y creo en la existencia de los dioses todopoderosos.

La coja le dice aparte que las deístas contestan con todo tipo de frases hechas, incluso aunque no conozcan a menudo su sentido. Pero esto último ni siquiera parece molestarlas, al contrario. Cuanto más incomprensibles son las palabras, más les gusta repetirlas.

Por su parte, 103.683 no comprende cómo el doctor Livingstone puede poseer dos personalidades completamente distintas a la vez.

Ése es, quizás, el gran misterio de los Dedos, responde la coja. Su dualidad. En su caso, lo simple se mezcla a lo complejo, las feromonas cotidianas a mensajes abstractos.

Y añade que, por el momento, las deístas son minoritarias, pero que su partido no cesa de aumentar.

Una joven hormiga acude blandiendo el capullo de mariposa que la soldado había enterrado a la entrada del establo.



¿Es tuyo, verdad?

103.683 asiente y, tendiendo sus antenas hacia la nueva, le pregunta.



¿Y tú, qué eres? ¿Deísta o no deísta?

La joven hormiga inclina tímidamente la cabeza. Sabe que se dirige a ella una soldado célebre y experimentada. Mide el carácter de gravedad de lo que va a responder. Sin embargo, las palabras brotan de golpe del más profundo de sus tres cerebros.



Me llamo 24. Creo en la existencia de los dioses todopoderosos.

36. Enciclopedia.

PENSAMIENTO: El pensamiento humano lo puede todo.

En los años 50, un buque mercante inglés que transportaba botellas de vino de Madeira procedente de Portugal atraca en un puerto escocés para desembarcar su cargamento. Un marino entra en la cámara frigorífica para comprobar si todo está bien. Ignorando su presencia, otro marino cierra la puerta desde fuera.

El prisionero golpea con todas sus fuerzas los tabiques, pero nadie le oye y el navío vuelve a zarpar con destino a Portugal.

El hombre descubre alimento suficiente pero sabe que no podrá sobrevivir mucho tiempo en aquel lugar refrigerado. Encuentra, sin embargo, energía para coger un trozo de metal y grabar en las paredes, hora tras hora, y día tras día, el relato de su calvario. Cuenta con precisión científica su agonía. Cómo el frío le va embotando y helando su nariz y los dedos de manos y pies, que se vuelven quebradizos como cristal. Describe la forma en que la mordedura del aire se convierte en quemadura intolerable. Cómo poco a poco su cuerpo entero va petrificándose en un bloque de hielo.

Cuando el barco echa el ancla en Lisboa, el capitán que abre el contenedor descubre al marinero muerto. En las paredes lee el diario minucioso de sus horribles sufrimientos.

Sin embargo, lo más sorprendente no estaba ahí. El capitán mira la temperatura del interior del contenedor. El termómetro indica 10° centígrados. Dado que el lugar ya no contenía mercancías, el sistema de refrigeración no se había activado durante el viaje de regreso. El hombre había muerto únicamente porque creía tener frío. Había sido víctima únicamente de su propia imaginación.



Edmond Wells.

Enciclopedia del saber relativo y absoluto, tomo II.

37. Misión Mercurio.

Quisiera ver al doctor Livingstone.

El deseo de 103.683 no puede ser atendido. Con sus antenas, el conjunto de las rebeldes la escrutan con insistencia.



Nosotras te necesitamos para otra cosa.

La coja se lo explica. La víspera, mientras la soldado se hallaba con la reina, un grupo de rebeldes había bajado por el pasadizo bajo el techo de granito. Encontraron al doctor Livingstone y le anunciaron la cruzada contra los Dedos.



¿Con el doctor Livingstone de la palabra deísta o con el déla palabra no deísta?, pregunta 103.683.

No. Con el no deísta, razonable y concreto, que hablaba de cosas sencillas y directas, al alcance de todas las antenas. En cualquier caso, el doctor Livingstone y los Dedos que a través suyo se expresan no enloquecieron al saber que iba a partir al confín del mundo una misión para exterminar a todos los Dedos. Al contrario, lo recibieron como una buena noticia e incluso dijeron que se trataba de una ocasión única que no debían desaprovechar.

Los Dedos reflexionaron durante largo tiempo. Luego el doctor Livingstone transmitió sus instrucciones, órdenes para una misión propia, que denominaron «misión Mercurio». Estaría directamente relacionada con la cruzada hacia el Oriente, hasta el punto de confundirse con ella.

Como eres tú la que va a guiar las tropas de Bel-o-kan, también tú serás la más indicada para llevar a buen término esa misión Mercurio.

103.683 toma nota de su nueva tarea.



¡Cuidado! Mide bien la importancia de lo que necesitas para triunfar. La misión Mercurio puede cambiar la faz del mundo.

38. Debajo.

—¿Crees que podrá llevar a buen término la misión Mercurio?

Augusta Wells había terminado de exponer su plan a las hormigas. La anciana pasó sobre su frente una mano deformada por los reumatismos y suspiró:

—¡Dios mío! ¡Ojala que esa hormiguita roja lo consiga!

Todos miraban a la anciana en silencio. Algunos sonreían. Estaban obligados a confiar en aquellas hormigas rebeldes. No tenían elección. No conocían el nombre de la hormiga encargada de la misión Mercurio, pero todos rogaron por que no se dejase matar.

Augusta Wells cerró los ojos. Hacía ya un año que estaban allí, a varios metros bajo tierra. Por centenaria que fuese, se acordaba de todo.

En primer lugar estaba su hijo Edmond, quien tras la muerte de su mujer había ido a instalarse en el número 3 de la calle de los Sybarites, a dos pasos del bosque de Fontainebleau. Cuando, años más tarde, murió, había dejado a su heredero, su sobrino Jonathan, una carta. Una carta extrañísima, con la siguiente recomendación por única frase: «No bajar nunca a la bodega.»

Con la perspectiva del tiempo, Augusta Wells podía casi asegurar que aquella frase había sido la más eficaz de las incitaciones. Después de todo, Parmentier había asegurado la promoción de sus patatas que nadie quería plantándolas en un campo cercado, rodeado de carteles: «Prohibido terminantemente entrar.» Desde la primera noche los ladrones birlaron los preciosos tubérculos y, un siglo más tarde, las patatas fritas se habían convertido en un elemento clave de la alimentación mundial.

Así pues, Jonathan Wells había bajado a la bodega prohibida. No había vuelto a subir. Su mujer Lucie se aventuró en su búsqueda. Luego su hijo Nicolás. A continuación, unos bomberos a las órdenes del inspector Gérard Galin. Más tarde, unos policías dirigidos por el comisario Alain Bilsheim. Finalmente la propia Augusta Wells, acompañada por Jasón Bragel y por el profesor Daniel Rosenfeld.

En total, dieciocho personas habían descendido por la interminable escalera de caracol. Todas se habían enfrentado a las ratas, resuelto el enigma de las seis cerillas que forman cuatro triángulos. Habían pasado por el embudo que comprime el cuerpo como para un nacimiento. Habían vuelto a subir, habían caído en la trampa. Habían superado sus fobias infantiles y las trampas de su inconsciente, el agotamiento, la visión de la muerte.

Al final de su larga marcha, habían descubierto el templo subterráneo, construido durante el Renacimiento debajo de una ancha losa de granito, rematada a su vez por un hormiguero. Jonathan les había mostrado el laboratorio secreto de Edmond Wells. Les había puesto ante los ojos las pruebas del genio de su viejo tío, en particular su máquina bautizada con el nombre de «Piedra Rosetta», que permitía comprender el lenguaje olfativo de las hormigas y su habla. De la máquina salía un tubo unido a una sonda, una hormiga de plástico para más exactitud, que servía a la vez de micrófono y de altavoz. Este aparato era su embajador ante el pueblo de las hormigas, el doctor Livingstone.

A través de esa máquina Edmond Wells había dialogado con la reina Belo-kiu-kiuni. No habían tenido tiempo de intercambiar muchas frases, pero sí las suficientes para medir hasta qué punto eran todavía incapaces de encontrarse sus dos grandes civilizaciones paralelas.

Jonathan había recogido la antorcha abandonada por su tío y arrastró a todo el grupo hacia su pasión. Le gustaba decir que eran como cosmonautas en una cápsula espacial esforzándose en comunicarse con los extraterrestres. Afirmaba: «Estamos haciendo lo que podría terminar siendo la experiencia más fascinante de nuestra generación. Si no conseguimos dialogar con las hormigas, tampoco llegaremos a hacerlo con otras formas de inteligencia, terrestres o extraterrestres.»

Sin duda tenía razón. Pero ¿de qué sirve tener razón demasiado pronto? Su comunidad utopista no siguió siendo perfecta mucho tiempo. Se consagraron a los problemas más sutiles, se vieron detenidos por los problemas más triviales.

Un bombero apostrofó un día a Jonathan:

—Tal vez seamos como cosmonautas en su cápsula, pero ellos ya se las habrían arreglado para llevar un número igual de hombres y de mujeres. Mientras que, nosotros, somos quince hombres en la flor de la edad y sólo hay una mujer. ¡No nos vengas con cuentos chinos!

La respuesta de Jonathan Wells estalló.

—¡También entre las hormigas sólo hay una hembra por cada quince machos!

Prefirieron echarse a reír.

No sabían demasiado bien lo que pasaba allí arriba, en el hormiguero, salvo que la reina Belo-kiu-kiuni había muerto y que la sucesora no quería oír hablar de ellos. Había llegado incluso a cortarles los víveres.

Privados de diálogo y de alimentación, su experimento se había convertido en un infierno. Dieciocho personas hambrientas confinadas en un subterráneo: la situación no era fácil de sobrellevar.

Fue el comisario Alain Bilsheim el primero que, cierta mañana, encontró vacía la «caja de las ofrendas». Se lanzaron entonces sobre las reservas, esencialmente los champiñones que habían aprendido a cultivar allí, bajo tierra. Al menos no carecían de agua fresca gracias al manantial subterráneo, ni de aire, gracias a las chimeneas de aireación.

¡Pero menudo ayuno, aire, agua y champiñones!

Un policía acabó por explotar. Carne, exigía carne roja.

Sugirió echar a suertes quiénes servirían de carne fresca a los demás. ¡Y no bromeaba!

Augusta Wells lo recordaba como si la penosa escena hubiera ocurrido el día anterior.

—¡Quiero comer! —vociferaba el policía.

—No queda nada.

—¡Sí! ¡Nosotros! Somos comestibles los unos para los otros. Cierto número de individuos elegidos al azar deben sacrificarse para que los otros sobrevivan.

Jonathan Wells se había levantado.

—No somos bestias. Sólo los animales se comen entre sí. Nosotros somos hombres, ¡hombres!

—Nadie te obliga a convertirte en caníbal, Jonathan. Respetaremos tus opiniones. Pero, si te niegas a comer hombres, al menos puedes servirles de alimento.

En ese momento el policía hizo un gesto de connivencia a otro de sus colegas. Juntos agarraron a Jonathan y trataron de golpearle. Consiguió soltarse, a fuerza de puñetazos. Nicolás Wells se metió en la pelea.

La escaramuza cobró amplitud. Adversarios y partidarios del canibalismo eligieron su campo. Algunos golpes fueron dados con la voluntad de matar. Los partidarios de la carne humana se habían apoderado de cascos de botella, cuchillos y palos para lograr mejor sus fines. Incluso Augusta, Lucie y el pequeño Nicolás se habían enfurecido, y arañaban, soltaban patadas y daban puñetazos. En cierto momento, la abuela mordió un antebrazo que pasaba al alcance de su boca, pero su dentadura postiza se rompió. El músculo humano es, a pesar de todo, sólido.

Aislados a varios metros bajo tierra, luchaban con la rabia de animales acorralados. Encerrad dieciocho gatos en una jaula de un metro cuadrado durante un mes y tal vez obtengáis un cálculo de la ferocidad de la pelea a la que aquel día se entregó el grupo utopista que había pensado en hacer evolucionar la Humanidad.

Sin policías ni testigos, se abandonaron a sus instintos.

Hubo un muerto. Un bombero víctima de una cuchillada. Los demás, aterrados, interrumpieron en el acto el combate y contemplaron el desastre. Nadie pensó en comerse al difunto.

Los ánimos se calmaron. El profesor Daniel Rosenfeld puso término al debate:

—¡Qué bajo hemos caído! El hombre de las cavernas sigue agazapado en nosotros y no hay que rascar demasiado en nuestra capa de cortesía para verlo resurgir. Cinco mil años de civilización no pesan mucho. —Suspiró—. ¡Cómo se burlarían de nosotros las hormigas si ahora nos viesen matamos por el alimento!

—Pero... —empezó a decir un policía.

—¡Cállate, larva humana! —Gritó el profesor—. Ningún insecto social, ni siquiera una cucaracha, se atrevería a comportarse como acabamos de hacerlo nosotros. Y nos creemos las joyas de la creación, dejadme que me ría. Este grupo encargado de prefigurar el hombre del futuro se comporta como una horda de ratas. Miraos, ved lo que habéis hecho con vuestra humanidad.

Nadie respondió. Los ojos se dirigieron de nuevo hacia el cadáver del bombero. Sin que nadie dijera una palabra, todos se afanaron en cavarle una tumba en una esquina del templo. Lo enterraron salmodiando una breve plegaria. Sólo la violencia extrema había podido detener la violencia a secas. Olvidaron las exigencias de sus estómagos, lamieron sus heridas.

—No tengo nada contra una buena lección de filosofía, pero me gustaría saber de todos modos cómo vamos a arreglárnoslas para sobrevivir —dijo entonces el inspector Gérard Galin.

La idea de comerse unos a otros era, desde luego, degradante, pero ¿qué había que hacer para sobrevivir? Sugirió.

—¿Y si nos suicidáramos todos al mismo tiempo? Así escaparíamos a los sufrimientos y a las humillaciones que nos impone esta nueva reina, Chli-pu-ni.

La proposición no suscitó excesivo entusiasmo, Galin gritó.

—Pero, maldita sea, ¿por qué se portan tan mal las hormigas con nosotros? Somos los únicos humanos que se dignan hablarles, y además en su lenguaje, y ya veis cómo nos lo agradecen. ¡Dejándonos morir de hambre!

—No hay por qué asombrarse —dijo el profesor Rosenfeld—. En el Líbano, en la época de la toma de rehenes, los secuestradores mataban preferentemente a los que hablaban árabe. Tenían miedo de que les entendieran. Tal vez también tema esta Chli-pu-ni que la entiendan.

—¡Tenemos que encontrar como sea un medio para arreglarlo sin devorarnos entre nosotros y sin suicidarnos! —exclamó Jonathan.

Se callaron y reflexionaron con toda la amplitud de espíritu que les permitían sus ávidos estómagos. Luego intervino Jasón Bragel Creo que sé la forma... Augusta Wells recuerda y sonríe. Jasón sabía la forma.



Segundo arcano:

LOS DIOSES SUBTERRÁNEOS.



39. Preparativos.

¿Sabes lo que hay que hacer?

La hormiga no responde.



¿Sabes lo que hay que hacer para matar a un Dedo?, precisa la interesada.

Ni la menor idea.

En la Ciudad, hay grupos de soldados por todas partes preparándose para la gran cruzada contra los Dedos. Las de infantería afilan sus mandíbulas. Las artilleras se atiborran de ácido.

Las de infantería rápida, que pueden considerarse la caballería, se cortan los pelos de las patas para ofrecer menor resistencia al aire cuando se abalancen para sembrar la muerte y la desolación.

Todas ellas no hablan de otra cosa que de los Dedos, del confín del mundo y de las nuevas técnicas de combate que deberán permitirles aniquilar a aquellos monstruos.

El acontecimiento se prevé como una caza peligrosa pero muy estimulante.

Una artillera se atiborra de ácido ardiente al 60 %. El veneno está tan concentrado que el extremo de su abdomen hecha humo.

¡A los Dedos sí que les vamos a hacer echar humo!, afirma.

Mientras se limpia las antenas, una vieja soldado que dice haber peleado con una serpiente da su opinión.



Después de todo, los Dedos no serán tan feroces como se dice.

De hecho, nadie sabe muy bien a qué atenerse con los Dedos. Además, si Chli-pu-ni no hubiera lanzado la cruzada, la mayoría de las belokanianas habría seguido pensando que los relatos sobre Dedos no eran otra cosa que leyendas y que los Dedos no existen.

Algunas soldados afirman que 103.683, la exploradora que había ido al confín del mundo, va a guiarlas. Las tropas se alegran por esa presencia experimentada.

Pequeños grupos se encaminan hacia la sala de cantimploras para llenarse de energía azucarada. Las guerreras ignoran cuándo se dará la señal de partida, pero todas están dispuestas y bien dispuestas.

Una decena de soldados rebeldes deístas se introducen discretamente en medio de ese tropel en armas. No dicen nada, pero captan con cuidado las feromonas que hay por las salas. Sus antenas se estremecen continuamente.

40. La ciudad secuestrada.



Feromona: Informe de expedición.

Origen: Soldado de la casta de cazadoras asexuadas.

Tema: Accidente grave.

Salivadora: Exploradora 230.

La catástrofe se produjo aquella mañana muy temprano. El cielo se oscureció de repente. Los Dedos rodeaban por completo la ciudad federal de Giu-li-kan. Las legiones de élite salieron en seguida, igual que los grupos de artilleras pesadas.

Se intentó todo. Y todo fue en vano. Algunos escalones después de la aparición de los Dedos, una gigantesca estructura plana y dura desgarró la tierra y se hundió al lado de la Ciudad, destrozando salas, pisoteando huevos, cortando corredores. La estructura plana se inclinó luego y levantó toda la Ciudad. Digo bien: ¡levantó toda la Ciudad! ¡De un solo golpe!

Todo ocurrió muy de prisa. Fuimos arrojadas a una especie de gran concha transparente y rígida. Nuestra ciudad fue puesta patas arriba. Las salas nupciales quedaron trastornadas, y las reservas de cereales saltaron por los aires. Nuestros huevos se desparramaron por todas partes. Nuestra reina fue capturada y herida. Yo debo mi salvación únicamente a una serie de brincos rabiosos que me permitieron saltar a tiempo por encima del borde de la gran concha transparente.

El olor a Dedos apestaba por todas partes.

41. Edmondpolis.

Laetitia Wells depositó el hormiguero, que acababa de desenterrar en el bosque de Fontainebleau, en un vasto acuario. Pegó su cara contra el cristal tibio.

Aparentemente aquellas a quienes observaba no la veían. Este nuevo arribo de hormigas rojas {Fórmica rufa) parecía particularmente animado. Laetitia había conseguido en varias ocasiones hormigas algo débiles. Hormigas rojas (pheidoles) u hormigas negras (Lasius niger) intimidadas por no se sabe qué. No probaban ningún alimento nuevo. Luego, al cabo de una semana, aquellos insectos se dejaban morir. No debemos creer que todas las hormigas sean inteligentes, al contrario. Existen numerosas especies algo simples de espíritu. El menor obstáculo en su pequeña rutina las hace desesperarse tontamente.

En cambio aquellas hormigas rojas le daban verdaderas satisfacciones. Estaban permanentemente ocupadas, acarreaban ramitas, se friccionaban mutuamente las antenas o se pegaban. Estaban llenas de vida, mucho más que todas las hormigas que hasta entonces había conocido. Cuando Laetitia les presentaba platos nuevos, los saboreaban. Si en el acuario se deslizaba un Dedo, intentaban morderlo o subirse encima.

Laetitia había guarnecido de yeso el fondo del habitáculo para conservar su humedad. Las hormigas habían hecho sus corredores sobre el yeso. A la izquierda, una pequeña cúpula de ramitas. En medio, una playa de arena. A la derecha, los musgos ondulados que servían de jardín. Laetitia había colocado una botella de plástico llena de agua azucarada, tapada con un tapón de algodón, para que las hormigas bebiesen en esa cisterna. En el centro de la playa, un cenicero en forma de anfiteatro estaba lleno de trozos de manzanas cortados muy finos, así como un poco de tarama.1

Parecía que aquellos insectos adoraban el tarama...

Mientras todo el mundo se queja de que le invaden las hormigas, Laetitia Wells se preocupaba de que sobreviviesen en su casa. El principal problema planteado por su hormiguero de salón era que la tierra se pudría. Por eso, además de cambiar regularmente el agua a los peces rojos, cada quince días debía renovar la tierra de las hormigas. Pero si basta manejar la manguilla para cambiar el agua de los peces, por lo que se refiere a la tierra de las hormigas el asunto es muy distinto. Se necesitaban dos acuarios: el antiguo, de tierra reseca, y el nuevo, de tierra humidificada. Ponía un tubo entre los dos. Las hormigas se mudaban entonces hacia el más húmedo. Su migración podía tardar una jornada entera.

Laetitia ya había tenido oportunidad de experimentar algunas emociones con sus hormigueros. Una mañana, por ejemplo, había descubierto que todos los habitantes de su acuario —mejor dicho, de su terrario— se habían cortado el abdomen. Se amontonaban detrás del cristal en una colina siniestra. Como si las hormigas hubieran querido demostrar que preferían la muerte al cautiverio.

Algunas de sus inquilinas forzosas habían hecho lo imposible para evadirse. Más de una vez la joven se había despertado con una hormiga en la cara. Eso significaba que, si una se dedicaba a pasear, probablemente había un centenar que corría arriba y abajo por el piso. Entonces debía dedicarse a su caza, recuperarlas con una cucharilla y una probeta antes de devolverlas a su prisión de cristal.

Con la esperanza de mejorar las condiciones de detención de sus huéspedes, y por tanto de su moral, Laetitia había instalado en el acuario un jardincillo de bonsáis y de flores. Para que las hormigas se pasearan por un paisaje más variado, había ideado un rincón con arena, un rincón con trocitos de madera, un rincón con piedrecillas. Para que reanudasen con gusto la caza llegaba a soltar, en lo que ella había bautizado.



  1. Huevas de bacalao fresco, ahumadas, machacadas y mezcladas con nata fresca y, a veces, con aceite. Es un plato originario de la cocina rumana. (N. del T.)

como su «Edmondpolis», pequeños grillos vivos. Para las soldados era un placer cazarlos a muerte entre los bonsáis.

Las hormigas rojas también le ofrecieron la más maravillosa de las sorpresas. Cuando por primera vez levantó la tapa del terrario, todas apuntaron hacia ella su abdomen y dispararon sus tiros de ácido formando un espléndido conjunto. Por casualidad inhaló una bocanada de aquella nube amarilla. Al punto su visión se alteró. Laetitia sufrió alucinaciones rojas y verdes. ¡Qué descubrimiento! ¡Podía «chutarse» con vapor de hormiguero!

Anotó inmediatamente el fenómeno en su cuaderno de estudio. Ya sabía que existía una enfermedad rara cuyas víctimas se sentían atraídas, como imantadas, por los hormigueros. Tumbándose durante horas, esas personas se atracaban de hormigas, para compensar, al parecer, un déficit de ácido fórmico en su sangre. Ahora sabía que, en realidad, esas gentes lo que hacían era buscar efectos psicodélicos provocados por el ácido fórmico.

Cuando volvió en sí, puso en orden las herramientas necesarias para el mantenimiento de su ciudad (pipeta, pinza de depilar, probeta y algunas más), y abandonó su hobby para interesarse únicamente por su trabajo de periodista. Como los anteriores, su próximo artículo estaría dedicado al misterioso caso de los hermanos Salta, que tenía prisa por aclarar.

42. Enciclopedia.

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