Bernard Werber



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TRAMPA INDIA: Los indios de Canadá utilizan una trampa para osos de lo más rudimentaria. Consiste en una gruesa piedra untada de miel, colgada de la rama de un árbol mediante una cuerda. Cuando un oso ve lo que cree ser una golosina, se adelanta e intenta agarrar la piedra dándole golpes con la pata. De este modo crea un movimiento de vaivén y, cada vez, la piedra vuelve a golpearle. El oso se pone nervioso y golpea cada vez con más fuerza. Y cuanto más fuerte golpea, más fuerte le golpea la piedra. Hasta su KO final.

El oso es incapaz de pensar: «¿Y si yo detuviera este ciclo de violencia?» Lo único que siente es frustración. «Me dan golpes, yo los devuelvo», se dice. De ahí su rabia exponencial. Sin embargo, si dejara de golpear, la piedra se inmovilizaría y tal vez se diese cuenta entonces, una vez restablecida la calma, de que sólo se trata de un objeto inerte unido a una cuerda. Le bastaría cortarla con sus colmillos para que la piedra cayese y así podría chupar la miel.



Edmond Wells.

Enciclopedia del saber relativo y absoluto, tomo II.

22. Misión en la sala de las cisternas.

Aquí, en el piso 40 del subsuelo, hay mucho movimiento. El mes de agosto está en todo su esplendor y el calor pone nerviosos a todos, incluso durante la noche, incluso a esa profundidad.

Unas guerreras belokanianas excitadas mordisquean sin razón a las que pasan. Unas obreras corren entre las salas de huevos y las salas de almacenamiento del melazo. El hormiguero Bel-o-kan tiene calor.

La muchedumbre de las ciudadanas fluye como una tibia linfa.

El grupo de las treinta rebeldes sale discretamente a la sala de las hormigas cisterna. Contemplan con admiración sus «sumos». Las hormigas cisterna forman una especie de frutas obesas y doradas, adornadas con bandas opacas rojas. Esas frutas son de hecho las quitinas estiradas en el extremo de individuos colgados del techo, con la cabeza hacia arriba y el abdomen hacia abajo.

Las obreras se afanan tanto para extraer el sustancial néctar como para llenar los buches vacíos.

La reina Chli-pu-ni viene a veces en persona a atiborrarse en las cisternas. Su presencia deja indiferentes a esos insectos fenómenos que, a fuerza de inmovilidad, han adquirido una filosofía de la inercia. Hay quien pretende que sus cerebros se han achicado. La función crea el órgano, pero la ausencia de función destruye el órgano. Como las hormigas cisterna no tienen otra ocupación que llenarse o vaciarse, se han transformado poco a poco en máquinas binarias.

Fuera de esa sala, no saben percibir ni comprender nada. Han nacido en la sub.-casta de las cisternas y cisternas morirán.

Sin embargo, mientras aún están vivas, se las puede colgar. Para hacerlo basta emitir una feromona que significa «migración». Las hormigas cisterna son desde luego depósitos, pero depósitos móviles, programados para aceptar ser transportados durante una migración.

Las rebeldes descubren algunas hormigas cisterna de buen tamaño. Se acercan con sus antenas y pronuncian la fórmula «migración». El enorme insecto se mueve entonces lentamente, despega una tras otra sus patas del techo y desciende. Otras patas lo cogen al punto para evitar que se aplaste contra el suelo.



¿A dónde vamos?, pregunta una de ellas.

Hacia el Sur.

Las hormigas cisterna no discuten y se dejan llevar por las rebeldes. Se necesitan seis para transportar una de aquellas calabazas, de lo pesadas que son. ¡Y pensar que tantos esfuerzos sólo aprovecharán a los Dedos!



¿Lo agradecen al meno?, pregunta 103.683.

¡Se quejan de que nunca les llevamos suficientes!, responde una rebelde.

¡Qué ingratos!

El comando gana con prudencia los pisos inferiores y llega por fin a la falla minúscula que atraviesa el suelo de granito. Al otro lado se encuentra la sala en que el doctor Livingstone les hablará.

103.683 tiembla. ¿Será tan fácil como parece dialogar con los terribles Dedos?

La discusión no se producirá de forma inmediata. De pronto, las rebeldes son perseguidas por unas guardianas que efectuaban una patrulla de rutina por el suburbio. Y abandonan apresuradamente sus cisternas para poder huir mejor.

¡Son rebeldes!

Una soldado ha reconocido el perfume distintivo que ellas creían imposible de descubrir. Las feromonas de alerta estallan y empieza la carrera-persecución.

Las guerreras federales son rápidas mas, pese a ello, no consiguen atrapar a las rebeldes. Entonces levantan barreras, cortan ciertas vías como si quisieran reunirías a todas en alguna parte.

Los soldados fuerzan al comando a subir los pisos a un ritmo desenfrenado. Niveles -40, -30, -16, -14. Resulta evidente que están empujando a sus presas hacia un lugar determinado. 103.683 adivina la trampa sin descubrir cuál pueda ser la escapatoria. Delante de ella no hay más que una salida. Si las federales la han dejado libre, sus razones tendrán. Pero ¿qué otra cosa puede hacer sino escapar?

Las rebeldes desembocan en una sala llena de chinches apestosas y de horrores. ¡Sus antenas se yerguen ante el pavoroso espectáculo!

Con la espalda acribillada de pequeñas vaginas dorsales, las apestosas chinches hembras corren en todas direcciones mientras las persiguen los machos blandiendo su puntiagudo sexo de extremo perforador. Más allá, unos machos homosexuales se encajan unos en otros, en largos racimos verdes. Los hay por todas partes, todo hormiguea, todo pulula. Los sexos perforadores de los chinches están erguidos, prestos a atravesar las quitinas.

Aún no han comprendido las rebeldes lo que pasa cuando ya están cubiertas por aquellos malditos insectos que las asaltan. Una hormiga se derrumba, aplastada por un espeso colchón de chinches femeninas en celo. Ninguna tiene tiempo de liberar su abdomen para defenderse disparando el ácido. Los sexos perforadores de los machos traspasan sus caparazones.

103.683 se debate enloquecida.



23. Enciclopedia.

CHINCHE: De todas las formas de sexualidad animal, la de los chinches de las camas (Cimex lectularius) es la más asombrosa. Ninguna imaginación humana alcanza semejante perversión.

Primera particularidad: el priapismo. La chinche de las camas no para un instante de copular. Algunos individuos tienen más de doscientas relaciones al día.

Segunda particularidad: la homosexualidad y la bestialidad. A las chinches de las camas les cuesta distinguir a sus congéneres, y, entre estos congéneres, tienen más dificultad para reconocer a los machos de las hembras. El 50% de sus relaciones son homosexuales, el 20% se producen con animales extraños, por último, el 30% se efectúan con hembras.

Tercera particularidad: el pene perforador. Los chinches de las camas están equipados con un largo sexo de cuerno puntiagudo. Por medio de esa herramienta semejante a una jeringa, los machos perforan los caparazones e inyectan su semilla en cualquier parte, en la cabeza, el vientre, las patas, la espalda e incluso el corazón de su dama. La operación no afecta apenas a la salud de las hembras, pero, en tales condiciones, ¿cómo quedarse encinta? De ahí, la...

Cuarta particularidad: la virgen encinta. Desde el exterior, su vagina parece intacta y, sin embargo, ha recibido un golpe de pene en la espalda. ¿Cómo sobrevivirían entonces en la sangre los espermatozoides masculinos? De hecho, la mayoría serán destruidos por el sistema inmunitario, como vulgares microbios extraños. Para multiplicar las posibilidades de que un centenar de esos gametos masculinos lleguen a su destino, la cantidad de esperma que sueltan es fenomenal. A título de comparación, si los chinches machos estuvieran dotados de una estatura humana, soltarían treinta litros de esperma en cada eyaculación. De esa multitud, sólo un número pequeñísimo sobrevivirá. Escondidos en los rincones de las arterias, emboscados en las venas, esperarán su hora. La hembra pasa el invierno invadida por esos inquilinos clandestinos. En primavera, guiados por el instinto, todos los espermatozoides de la cabeza, de las patas y del vientre se reúnen alrededor de los ovarios, los traspasan y se meten en ellos. La continuación del ciclo prosigue sin más problemas.

Quinta particularidad: las hembras de sexos múltiples. A fuerza de ser perforadas en cualquier parte por machos poco delicados, las chinches hembras se encuentran cubiertas de cicatrices que forman rajas oscuras rodeadas de una zona clara. ¡Igual que blancos! De este modo se puede saber con toda precisión cuántos acoplamientos han conocido las hembras. La Naturaleza ha alentado esas bribonadas engendrando extrañas adaptaciones. Generación tras generación, las mutaciones han desembocado en lo increíble. Las chinches crías han empezado a nacer provistas de manchas pardas, aureoladas de blanco, en la espalda. A cada mancha le corresponde un receptáculo, «sexo sucursal» directamente unido al sexo principal. Esta particularidad existe actualmente en todos los escalones de su desarrollo: ninguna cicatriz, varias cicatrices receptáculo en el nacimiento, verdaderas vaginas secundarias en la espalda.

Sexta particularidad: la auto puesta de cuernos. ¿Qué ocurre cuando un macho es perforado por otro macho? El esperma sobrevive y corre como tiene por costumbre hacia la región de los ovarios. Al no encontrarlos, estalla en los canales deferentes de su huésped y se mezcla a sus espermatozoides autóctonos. Resultado: cuando el macho pasivo perfora a una dama, le inyecta sus propios espermatozoides pero también los del macho con el que ha mantenido relaciones homosexuales.

Séptima particularidad: el hermafroditismo. La Naturaleza no termina de hacer experiencias extrañas sobre su cobaya sexual favorito. Los chinches machos también han mudado. En África vive la chinche Afroximex constrictus, cuyos machos nacen con pequeñas vaginas secundarias en la espalda. Sin embargo, estos machos no son fecundos. Parece que están ahí a título decorativo o para alentar las relaciones homosexuales.

Octava particularidad: el sexo-cañón que dispara a distancia. Algunas especies de chinches tropicales, los antocórides escolopelianos, están dotados de ellos. El canal espermático forma un grueso tubo espeso, enrollado en espiral, en el que está comprimido el líquido seminal. El esperma es propulsado luego a gran velocidad por unos músculos especiales que lo expulsan fuera del cuerpo. De este modo, cuando un macho divisa a alguna hembra a varios centímetros de él, apunta con su pene a los blancos-vagina situados en la espalda de la damisela. El chorro surca el aire. La potencia de esos tiros es tal que el esperma consigue traspasar el caparazón, más fino en esos puntos.

Edmond Wells.

Enciclopedia del saber relativo y absoluto, tomo II.

24. Persecución en el subsuelo.

Antes de sucumbir, una rebelde lanza un grito oloroso, desgarrador e incomprensible.



Los Dedos son nuestros dioses.

Luego se desploma con toda la longitud de sus patas y su cuerpo, tirado en el suelo, forma una especie de cruz de seis brazos.

Todas sus compañeras se derrumban una tras otra y 103.683 oye a algunas repetir esa misma frase extraña.

Los Dedos son nuestros dioses.

Las chinches furiosas penetran y violan, bajo la mirada de las federales, que visiblemente no tienen intención de poner término al suplicio.

103.683 se niega a morir tan de prisa. No antes de saber qué significa la palabra «dioses». Dominada por una furia terrible, golpea con sus antenas a la decena de chinches aferradas a su tórax, y luego carga con la cabeza baja contra el grupo de soldados. Efecto sorpresa que triunfa. Las guerreras están demasiado absortas en el espectáculo de esa orgía sangrienta para interceptarla. Sin embargo, se recuperan en seguida.

Pero 103.683 no es una novata en materia de carrera-persecución. Salta al techo y con la punta de sus antenas ampliamente separadas rastrilla la pared. Caen copos de tierra. La soldado los aprovecha para poner entre ella y sus perseguidoras un verdadero muro de arena. Colocándose en posición de tiro, abate a las guardianas que, pese a todo, consiguen pasar. Pero cuando varias franquean juntas el obstáculo, la soldado no puede ametrallarlas a todas con un disparo. Además, su bolsa de ácido está ahora prácticamente vacía.

Corre con todas sus fuerzas.

¡Es una rebelde! ¡Detenedla!

103.683 se apresura por galerías que le parecen reconocibles. ¡Y con razón! Ha dado media vuelta completa. Ya ha llegado a la sala de las cisternas. Sus miembros la han llevado de forma natural por un camino perfectamente memorizado puesto que acababa de recorrerlo en sentido inverso.

Su pata pierde un poco de sangre. Tiene que esconderse a cualquier precio. La salvación está en el techo. Sube a él y se agazapa junto a las patas de una hormiga cisterna. Por su volumen, el insecto la oculta perfectamente cuando las saldados irrumpen en la parte inferior de la sala.

Con sus antenas, las federales sondan el menor recoveco.

103.683 arranca una pata de la hormiga cisterna que la camufla.

¿Qué es lo que te pasa?, pregunta suavemente la afectada.

Migración, responde con autoridad 103.683, y arranca una segunda pata, y luego una tercera. Pero esta vez la otra adivina la trampa.

Vamos, vamos... ¡Deja de arrancarme patas ahora mismo!

Abajo, las federales han descubierto un charco de sangre transparente y buscan. Una guardiana recibe una gota en la cabeza y levanta sus antenas.



¡Ahí está, la he encontrado!

103.683 arranca de manera febril una pata más, y otra. La cisterna sólo se sostiene ya con dos garras y grita llena de pánico.



¡Ponme todas las patas en su sitio inmediatamente!

La guardiana se vuelve y dispone su abdomen para apuntar hacia el techo.

103.683 se deshace de la última pata con un golpe de su mandíbula sable. En ese preciso momento dispara la soldado, y la cisterna naranja le cae encima. Así la masa de líquido explota doblemente. 103.683 salta justo a tiempo de su percha mientras por toda la sala vuelan trozos de abdomen.

Aparecen nuevas soldados federales. 103.683 vacila. ¿Cuánto ácido le queda? Sólo para tres disparos. Decide entonces pulverizar las patas de las cisternas.

Tres hormigas cisterna son abatidas y sus sistemas de sustentación fulminados. Caen y estallan sobre la manada de perseguidoras. Sin embargo, una de ellas consigue liberarse, completamente enviscada de melazo.

103.683 está ya vacía de ácido. De todos modos se coloca en posición de tiro con la esperanza de intimidar a la otra y espera con estoicismo el chorro ardiente que acabará con ella.

Pero no ocurre nada. ¿Se habrá quedado seca también la otra? Lucha cuerpo a cuerpo. Las mandíbulas se agarran y tratan de cortar la quitina. La conquistadora del confín del mundo tiene más experiencia. Derriba a su adversaria, le tira la cabeza hacia atrás. Pero, cuando va a darle el golpe de gracia, una pata le da golpecitos como pidiéndole una trofalaxia.

¿Por qué quieres matarla?

103.683 hace girar sus antenas para identificar mejor la fuente de emisión.

Ya ha reconocido esos efluvios amigos.

Es la reina en persona la que está allí. Su antigua cómplice de aventuras, la iniciadora de su primera odisea...

Alrededor surgen las soldados, dispuestas a caer sobre ella, pero la soberana emite un olor ínfimo que les hace saber que esa hormiga está bajo su protección.

Sígueme, le propone la reina Chli-pu-ni.

25. Las cosas se complican.

La voz se vuelve insistente.

—Sígame, por favor.

Una doble hilera de fiambres se alienaba bajo la luz cruda de los neones, cada uno provisto de una etiqueta colgada del dedo gordo del pie. La sala desprendía un perfume a éter y a eternidad.

Morgue de Fontainebleau.

—Por aquí, comisario —dice el médico forense.

Avanzaron entre los cadáveres, unos metidos en una funda de plástico, otros tapados por una sábana blanca. Cada etiqueta llevaba un nombre y una anotación indicando la fecha y las circunstancias de la muerte del cadáver: 15 de marzo, matado a cuchilladas en la calle. 3 de abril, aplastado por un autobús; 5 de mayo, suicidio por defenestración...

Se detuvieron delante de tres gruesos dedos gordos cuyos rótulos precisaban que habían pertenecido, respectivamente, a Sébastien, Pierre y Antoine Salta.

Méliés no podía aguantar más su impaciencia.

—¿Ya sabe de qué han muerto?

—Más o menos... De una emoción fuerte. Yo diría, incluso, que de una emoción fortísima.

—¿De miedo?

—Es posible. O de sorpresa. De un estrés múltiple, en cualquier caso. Mire las observaciones que hay en esta hoja: los tres tienen en la sangre una tasa de adrenalina diez veces superior a la normal.

Méliés piensa que la periodista tenía razón.

—Es decir, que han muerto de miedo...

—No exactamente, porque el choque emocional no es la única causa de estas muertes. Venga y mire. Colocó una radiografía encima de una mesa luminosa. Por la radiografía se comprueba que sus cuerpos estaban llenos de pequeñas úlceras.

—¿Qué pudo provocarlas?

—Un veneno. Probablemente un veneno, pero un veneno de nueva especie. Con el cianuro, por ejemplo, sólo podemos comprobar una lesión grande. Mientras que aquí, las lesiones son múltiples.

—Entonces, doctor, ¿cuál es su diagnóstico?

—Le parecerá curioso. Yo diría que han muerto, en principio, de pasmo y que luego han intervenido las hemorragias estomacales e intestinales, igual de mortales que el pasmo primero.

El hombre de blusa blanca ordenó sus notas y le tendió la mano.

—Una última pregunta, doctor. A usted, ¿qué le produce miedo?

El médico suspiró.

—¿A mí? He visto tantas cosas. Ahora, realmente, ya no me afecta nada.

El comisario Méliés se despidió y abandonó la Morgue masticando un chicle, más perplejo de lo que había entrado. Sabía que tenía que habérselas con un adversario terrible.

26. Enciclopedia.

ÉXITO: De todos los representantes del planeta Tierra, las hormigas son las que mejor lo han conseguido. Ocupan un número récord de nidos ecológicos. Se encuentran hormigas en las estepas desérticas de los confines del círculo polar lo mismo que en las junglas ecuatoriales, los bosques europeos, las montañas, los abismos, las playas de los océanos, las orillas de los volcanes e incluso en el interior de los habitáculos humanos. Ejemplo de adaptación extrema: para resistir el calor del desierto sahariano que puede llegar a los 60° C, la hormiga catagíyphis ha perfeccionado técnicas de supervivencia únicas. Camina a la pata coja utilizando dos de sus seis patas para no quemarse al contacto del suelo ardiente. Contiene el aliento para no perder su humedad y deshidratarse. No existe un kilómetro de tierra firme libre de hormigas. La hormiga es el individuo que ha construido más ciudades y poblados sobre la superficie del Globo. La hormiga ha sabido adaptarse a todos sus depredadores y a todas las condiciones climáticas: lluvia, calor, sequedad, frío, humedad, viento. Recientes investigaciones han demostrado que un tercio de la biomasa animal y del bosque amazónico estaba formado por hormigas y termitas. Y esto en la proporción de ocho hormigas por cada termita.

Edmond Wells.

Enciclopedia del saber relativo y absoluto, tomo II.

27. Encuentros reales.

Las porteras de cabeza plana se apartan para dejarles paso. Caminan ahora juntas por los corredores de madera de la Ciudad prohibida: 103.683, la soldado que participó hace más de un año en el asalto final contra Bel-o-kan, y su reina, que desde entonces nunca le volvió a dar noticias suyas. ¿Ha olvidado su antigua complicidad?

Penetraron en la sala real. Chli-pu-ni ha remodelado la morada de su madre tapizándola con un hermoso terciopelo procedente de la pared interna de la corteza de castañas. En el centro de la sala, una visión horrible; ¡el cuerpo vaciado y translúcido de Belo-kiu-kiuni, su propia madre!

En los anales mirmeceanos es ésta, sin duda, la primera vez que una reina vive permanentemente junto al cadáver conservado de su propia genitora. La misma a la que en otro tiempo había declarado la guerra y a la que había vencido.

Chli-pu-ni y 103.683 se instalan exactamente en el centro de la sala, completamente oval. Por último acercan sus antenas.

Nuestro encuentro no es fortuito, afirma la soberana. Hacía mucho tiempo que andaba buscando a su soldado de élite. La necesitaba. Quiere lanzar una gran cruzada contra los Dedos, destruir todos los nidos que éstos han construido más allá del confín oriental del mundo. 103.683 es la más apropiada para guiar al ejército rojo hacia el país de los Dedos.

Las rebeldes habían dicho la verdad. Chli-pu-ni quiere realmente desencadenar una gran guerra contra los Dedos.

103.683 vacila. Cierto que se muere de ganas por partir de nuevo hacia Oriente. Pero también tiene ahora incrustado en su cuerpo aquel miedo terrible que amenaza con volver a brotar en cualquier momento. El miedo a los Dedos.

Durante toda la hibernación que siguió a su aventura no soñó más que con Dedos, con bolas rosas gigantes devorando ciudades como si fueran otras tantas presas. 103.683 había tenido muchas veces un despertar difícil, con las antenas mojadas.



¿Qué pasa?, pregunta la reina.

Tengo miedo a los Dedos que viven más allá del confín del mundo.

¿Qué es él miedo?

Es la voluntad de no encontrarse en situaciones que no se pueden dominar.

Chli-pu-ni cuenta entonces cómo, leyendo las feromonas de Madre, descubrió a una hormiga que también evocaba esa palabra. «Miedo.» Esa feromona explica que, cuando los individuos son incapaces de comprenderse, es que tienen «miedo» unos de otros.

Y según Belo-kiu-kiuni, cuando le vence el miedo al otro, muchas cosas consideradas imposibles se vuelven entonces perfectamente realizables.

103.683 reconoce en esa explicación el tipo de aforismo que tanto apreciaba la antigua reina. Con un movimiento ligero de la antena derecha, Chli-pu-ni pregunta: el miedo ¿volvería inepta a la soldado para dirigir la cruzada?



No. La curiosidad es más fuerte que el miedo.

Chli-pu-ni se tranquiliza. Sin la experiencia de su cómplice de antaño, la cruzada habría empezado mal.



En tu opinión, ¿cuántos soldados serán necesarios para matar a todos los Dedos de la Tierra?

¿Quieres que mate a todos los Dedos de la Tierra?

Sí. Evidentemente. Chli-pu-ni así lo quiere. Los Dedos deben ser exterminados, erradicados del mundo. Como estúpidos parásitos gigantes que son. Se pone nerviosa: pliega y despliega sus antenas. E insiste: los Dedos son un peligro, no sólo para las hormigas Sino también para todos los animales, para todos los vegetales, para todos los minerales. Ella lo sabe, y lo siente. Está absolutamente convencida de la rectitud de su causa.

103.683 la obedecerá. Se entrega a una estimación rápida. Para acabar con un solo Dedo se necesitan por lo menos cinco millones de soldados bien entrenados. Y, por lo menos, por lo menos... está convencida de que hay cuatro rebaños, es decir, veinte Dedos sobre la tierra.

Se necesitarán por lo menos cien millones de soldados.

103.683 vuelve a ver la inmensa cinta negra donde nada crece. Y todas las exploradoras, aplastadas de un solo golpe como si fueran las hojas más finas en medio de un estrépito de vibraciones y de humaredas de hidrocarburos.

También es eso el confín del mundo oriental.

La reina Chli-pu-ni deja que el silencio las invada un momento. Da algunos pasos por la cámara nupcial y toquetea unas cáscaras de trigo con el extremo de la mandíbula. Por fin, volviéndose, con las antenas bajas, asegura haber discutido con muchas hormigas para convencerlas de la necesidad de esta cruzada. Ella no dispone de ninguna autoridad política. Emite sugerencias. La comunidad es la que decide. Por otro lado, no todas sus hermanas e hijas comparten su punto de vista. Temen una reanudación de las guerras con las hormigas enanas y las termitas. No quieren que la cruzada deje indefensa a la Federación.

Chli-pu-ni ha hablado con muchas ciudadanas excitadoras. Se han esforzado, y también la reina. Juntas han llegado a una cifra, que es de ochenta mil.



¿Ochenta mil legiones?

No, ochenta mil soldados. Por lo que a ella se refiere, Chli-pu-ni cree que esos efectivos bastarán. Si 103.683 los juzga realmente demasiado irrisorios, la reina consiente en hacer algunos esfuerzos de estimulación suplementarios, para reclutar a cien o doscientas guerreras más. ¡Pero esa cifra es lo máximo que puede conseguir!

103.683 medita. ¡La reina no se da cuenta de la amplitud de la tarea! ¡Ochenta mil soldados para enfrentarse a todos los Dedos de la Tierra, eso es una insensatez!

Pero su sempiterna curiosidad la devora. ¿Cómo dejar pasar una ocasión tan preciosa? Trata de animarse. Después de todo, ochenta mil soldados tendrán bajo su mando una expedición importante. ¡Un poco de audacia, y todo resuelto! Tal vez no consiga matar a todos los Dedos, pero, a cambio, sabrá mucho mejor quiénes son y cómo funcionan.

De acuerdo con los ochenta mil soldados. No obstante, a 103.683 le gustaría hacer dos preguntas. ¿Por qué es necesaria la cruzada? ¿Y por qué esa animosidad contra los Dedos cuando tanta estima sentía por ellos Madre Belo-kiu-kiuni?

La reina se dirige hacia un corredor que se abre al fondo de la sala.



Ven. Te llevaré a visitar la Biblioteca química.

28. Laetitia está a punto de aparecer.

La sala era ruidosa, estaba llena de humo y abarrotada de mesas, de sillas y de máquinas de café.

Sonaban los teclados, unos desechos humanos tumbados sobre bancos renegaban, unos tipos agarrados a las rejas de sus jaulas clamaban que las cosas no quedarían así y que querían llamar a su abogado.

Un tablón exhibía varios rostros patibularios, cada uno con su precio de captura. La tarifa oscilaba entre mil y cinco mil francos. Cifras más bien modestas, si se considera que un hombre esconde en su cuerpo productos orgánicos (riñones, corazón, hormonas, vasos sanguíneos, líquidos diversos) cuyo valor comercial acumulado se acerca más bien a los setenta y cinco mil francos.

Cuando Laetitia Wells apareció en la comisaría, numerosos pares de ojos se alzaron hacia ella. Siempre producía ese efecto.

—Por favor, ¿el despacho del comisario Méliés?

Un subalterno de uniforme le pidió su citación antes de indicarle dónde se encontraba.

—Por ahí, al fondo, antes del aseo.

—Gracias.

Cuando cruzó su puerta, el comisario sintió que el corazón se le encogía.

—Estoy buscando al comisario Méliés —dijo.

—Soy yo.


Con un gesto, la invitó a sentarse.

No lograba reponerse. Nunca, en toda su vida había visto una mujer tan hermosa. Ninguna de sus conquistas, recientes o pasadas, le llegaba a la altura del zapato.

Lo que sorprendía ante todo eran sus ojos violeta. Luego venía su cara de madonna, su cuerpo suelto y el aura de perfume que de él se desprendía. El análisis de un químico habría ofrecido el siguiente resultado: bergamota, espina cardo, mandarina, galóxido, madera de sándalo, todo ello realzado por una pizca del almizcle de capra hispánica. Pero Jacques Méliés no podía hacer otra cosa que aspirar con delicia aquel aroma.

Se dejó arrastrar por el sonido de su voz antes de comprender sus palabras. ¿Qué había dicho la joven? Hizo un esfuerzo para reponerse. ¡Tantas informaciones visuales, olfativas y auditivas saturaban su cerebro!

—Gracias por haber venido —balbuceó por fin.

—Soy yo quien le está agradecida por haber aceptado esta entrevista, concede usted muy pocas.

—No, no, le debo mucho. Usted me ha abierto los ojos en este caso. Era de justicia recibirla.

—Perfecto. Tiene usted buen carácter. ¿Puedo grabar nuestra conversación?

—Como quiera.

Él hablaba. Intercambiaba palabras anodinas, pero estaba como hipnotizado por el rostro blanco de la joven, por sus cabellos negrísimos cortados a lo Louise Brooks con un pesado flequillo, por sus largos ojos violeta alargados encima de las altas mejillas. Se había pintado sus labios carnosos de un rosa discreto. Su traje púrpura llevaba probablemente la firma de un modisto elegante. Sus joyas, su porte, todo olía en ella a gran clase.

—¿Puedo fumar?

Él asintió, le tendió un cenicero y ella sacó una pequeña pitillera cincelada. Encendió el cigarrillo y soltó una bocanada azul de tufo opiáceo. Luego sacó un cuaderno de su bolso y empezó a interrogarle.

—He sabido que por fin ha pedido una autopsia. ¿Es exacto?

Él asintió con la cabeza.

—¿Cuál ha sido el resultado?

—Miedo más veneno. En cierto modo, los dos teníamos razón. Por lo que a mí se refiere, pienso que las autopsias no constituyen una panacea. No pueden revelárnoslo todo.

—¿Ha descubierto el análisis de sangre alguna huella de veneno?

—Negativo. Pero eso no quiere decir nada, existen venenos que no pueden descubrirse.

—¿Ha descubierto usted indicios en el lugar del crimen?

—Ninguno.

—¿Ha encontrado huellas de violencia?

—Ni el menor rastro.

—¿Tiene alguna idea sobre el móvil?

—Como ya he declarado en el despacho de agencia, Sébastien Salta perdía mucho dinero en el juego.

—¿Cuál es su convicción íntima sobre este caso?

Méliés suspiró.

—No tengo ninguna... ¿Puedo a mi vez hacerle alguna pregunta? Parece que ha estado usted investigando entre los psiquiatras.

Leyó la sorpresa en las pupilas violeta.

—¡Bravo, está usted bien informado!

—Es mi oficio. ¿Ha descubierto qué es lo que podía causar tanto miedo a tres personas hasta el punto de matarlas?

Ella dudó.

-Soy periodista. Mi oficio consiste en recoger información de la Policía, no en darla.

—Bueno, digamos que se trataría de un simple intercambio, aunque usted no está obligada, evidentemente, a suscribirlo.

Ella descruzó sus finas piernas, embutidas en medias de seda.

—A usted, ¿qué es lo que a usted le da miedo, comisario? —Le miró fijamente desde abajo, al inclinarse para dejar caer la ceniza en el cenicero—. No, no responda. Es demasiado íntimo. Mi pregunta era casi indecente. El miedo es un sentimiento tan complejo... Es la primera emoción del hombre de las cavernas. El miedo es algo antiquísimo y muy potente. Arraiga en nuestro inconsciente, y por eso no podemos controlarlo.

Aspiró profundamente su cigarrillo antes de aplastarlo en el cenicero. Luego alzó la cabeza y le sonrió:

—Comisario, creo que nos encontramos ante un enigma que está a nuestra altura. He escrito ese artículo porque temía que se lo dejase usted escapar. —Paró el magnetófono—. Comisario, no me ha dicho nada que yo ya no supiese. Y yo voy a informarle de algo. —Empezó a ponerse de pie. — El caso Salta es mucho más interesante de lo que supone. Pronto tendrá secuelas.

Él se sobresaltó:

—¿Qué es lo que sabe?

—Un pajarito... —dijo ella, estirando sus encantadores labios en una sonrisa misteriosa y cerrando sus ojos violeta.

Luego desapareció con la agilidad de un felino.

29. La búsqueda del fuego.

103.683 nunca ha estado en la Biblioteca química. El lugar es francamente impresionante. Hay huevos llenos de líquidos vivos que se alinean hasta perderse de vista. Cada uno encierra testimonios, descripciones, ideas únicas.

Mientras avanzan entre las hileras, Chli-pu-ni va explicando. Ha descubierto que Madre Belo-kiu-kiuni se comunicaba con los Dedos subterráneos desde el momento en que tomó posesión de la Ciudad prohibida de Bel-o-kan. Madre estaba completamente obnubilada por los Dedos. Pensaba que formaban una civilización aparte. Los alimentaba y, a cambio, ellos le informaban de cosas extrañas. De la rueda, por ejemplo.

Para la reina Belo-kiu-kiuni, los Dedos eran animales benéficos. ¡Cómo se engañaba! Chli-pu-ni tiene ahora la prueba. Todos los testimonios coinciden: fueron los Dedos quienes prendieron fuego a Bel-o-kan y de ese modo mataron a Belo-kiu-kiuni, la única reina que quería comprenderlos.

La triste verdad es que su civilización está basada en el... fuego. Por eso Chli-pu-ni no ha querido volver a dialogar con ellos, ni seguir alimentándolos. Por eso ha sellado el pasadizo a través del suelo granítico. Por eso trata de eliminarlos de la superficie de la Tierra.

Informes de expedición cada vez más abundantes subrayan las mismas informaciones: los Dedos encienden fuegos, juegan con el fuego, fabrican objetos con la ayuda del fuego. Las hormigas no pueden permitir a esos insensatos seguir así. Sería ir directamente al Apocalipsis. La prueba sufrida por Bel-o-kan lo ha demostrado sobradamente.

¡El fuego...! 103.683 hace un gesto de disgusto. Ahora comprende mejor la obsesión de Chli-pu-ni. Todas las hormigas saben lo que es el fuego. En el pasado también ellas descubrieron ese elemento. Igual que los humanos por casualidad. El rayo había derribado un arbolillo. Una ramita encendida cayó entre las hierbas. Una hormiga se acercó para ver mejor aquel trozo de sol que lo oscurecía todo a su alrededor.

Las hormigas intentan llevar al nido todo lo que es insólito. Aquella primera vez fue un fracaso. Y también los intentos siguientes. La llama solía apagarse por regla general durante el camino. Pero, a fuerza de coger ramitas cada vez más largas, una exploradora avisada consiguió llevar una hasta las cercanías de su hormiguero. Había demostrado que se podían transportar aquellos trozos de sol. Sus hermanas le hicieron una fiesta.

¡Qué maravilla el fuego! Aportaba energía, luz, calor. ¡Y qué hermosos colores! Rojo, amarillo, blanco e incluso azul.

Todo esto había ocurrido no hacía mucho tiempo, apenas unos cincuenta millones de años. Incluso los insectos sociales se acordaban.

Problema: la llama nunca duraba. Entonces había que esperar a que brotase de nuevo el rayo, que por desgracia venía acompañado por una lluvia que apagaba el fuego.

Para proteger mejor su tesoro encendido, a una hormiga se le ocurrió la idea de introducirlo en su ciudad de ramitas. ¡Desastrosa iniciativa! Cierto que el fuego duró algún tiempo más, pero incendiando inmediatamente las bóvedas de ramitas y provocando la muerte de millares de huevos, obreras y soldados.

No felicitaron a la innovadora. Pero, en realidad, la búsqueda del fuego no hacía sino empezar. Las hormigas son así. Siempre empiezan por la peor de las soluciones antes de llegar a descubrir, mediante ajustes sucesivos, la mejor.

Las hormigas cavilaron mucho tiempo sobre el tema.

Chli-pu-ni saca la feromona memoria donde están consignados sus trabajos.

Pronto se dieron cuenta de que el fuego era muy contagioso. Bastaba con acercarse a él para incendiarse. Al mismo tiempo, paradójicamente, era muy frágil. Un simple batir de alas de mariposa y el fuego no resistía más que una humareda negra que se desvanecía en el aire. Si las hormigas querían apagar "el fuego”, lo más cómodo para ellas era proyectar encima ácido fórmico poco concentrado. Las chapuceras precursoras que lanzaron sobre las brasas un ácido demasiado potente pronto quedaron transformadas en sopletes y luego en antorchas vivientes.

Más tarde, y de esto hacía setecientos cincuenta mil años, las hormigas descubrieron por casualidad, como siempre, al defender todo y nada (que es su forma de ciencia), que se podía «construir» fuego sin tener que esperar al rayo. Frotando una contra otra dos hojas muy secas, una obrera había visto que producían fuego y después se encendían. La experiencia fue reproducida y estudiada. A partir de ese momento las hormigas ya sabían encender fuego a voluntad.

A ese hermoso descubrimiento siguió un período de euforia. Cada nido encontraba, casi todos los días, nuevas aplicaciones. El fuego destruía los árboles demasiado molestos, desmigajaba los materiales más duros, reavivaba las energías al salir de la hibernación, sanaba ciertas enfermedades y por regla general embellecía el color de las cosas.

El entusiasmo empezó a decaer cuando, de forma ineluctable, aparecieron los empleos militares del fuego. Una vez que algo empezaba a arder, bastaba con un soplo de aire para atizarlo y las hormigas bombero apenas conseguían nada con su chorro de ácido poco concentrado para dominar el incendio.

Cuando un matorral se encendía, el fuego no tardaba en comunicarse de árbol en árbol y en una jornada no eran trescientos mil individuos sino treinta mil hormigueros los que se veían reducidos al estado de cenizas negruzcas.

Aquella plaga lo diezmaba todo: los árboles más gruesos, los mayores animales e incluso los pájaros. Hasta el punto de que, tras el entusiasmo, vino el rechazo. Total. Unánime. ¡Qué lejos estaba la alegría de los primeros días! El fuego era demasiado peligroso. Todos los insectos sociales se pusieron de acuerdo para lanzar el anatema y declararlo tabú.

Nadie debía acercarse a un fuego. Si el rayo caía sobre un árbol, la orden era alejarse. Si unas ramitas secas empezaban a quemarse, el deber de todos y cada uno era esforzarse en apagarlas. Las instrucciones franquearon los océanos. Todas las hormigas del planeta y todos los insectos supieron inmediatamente que había que huir del fuego y, sobre todo, no tratar de convertirse en amos de él.

Sólo algunas especies de moscones y de mariposas siguieron acercándose a las llamas. Pero en su caso era porque se drogaban con la luz.

Los demás aplicaron rigurosamente las consignas. Si un nido o un individuo utilizaba el fuego para la guerra, todos los demás, de todas las especies, pequeños y grandes, se coaligaban inmediatamente para aplastarlo.

Chli-pu-ni volvió a depositar la feromona memoria.

Los Dedos han empleado el arma prohibida, y siguen utilizándola en todo lo que emprenden. La civilización de los Dedos es una civilización del fuego. Por lo tanto debemos destruirla antes de que prendan fuego a todo el bosque.

De la reina se desprende un olor de convicción feroz.

103.683 sigue perpleja. Según la misma Chli-pu-ni, los Dedos constituyen un epifenómeno. Inquilinos temporales de la superficie del suelo. Y, probablemente, inquilinos efímeros. No están en la Tierra sino desde hace tres millones de años y, desde luego, no permanecerán en ella mucho tiempo más.

103.683 se lava las antenas.

Normalmente, las hormigas permiten que las especies se sucedan sobre la corteza terrestre, las dejan vivir y morir sin preocuparse de ellas. Entonces, ¿por qué esta cruzada?

Chli-pu-ni insiste.



Son demasiado peligrosos. No podemos esperar a que desaparezcan por sí mismos.

103.683 observa:



Parece que hay Dedos que viven bajo la Ciudad.

Si Chli-pu-ni pretende acabar con los Dedos, ¿por qué no empieza por éstos?

La reina se sorprende de que la soldado esté informada del secreto. A continuación se justifica. Los Dedos que están debajo no son una amenaza. No conocen la forma de salir de su agujero. Están aprisionados. Basta con dejarlos morir de hambre y el problema se resolverá por sí solo. Tal vez en ese momento no sean otra cosa que cadáveres.

Sería una lástima.

La reina lava sus antenas.



¿Por qué? ¿Te gustan los Dedos? ¿Te permitió tu viaje al confín del mundo comunicarte con ellos?

La soldado se enfrenta.



No. Pero sería una lástima para la zoología, porque ignoramos las costumbres y la morfología de esos animales gigantes. Y sería una lástima para la cruzada porque partiríamos hacia el confín del mundo sin apenas saber cómo son nuestros adversarios.

La reina queda turbada. La soldado aprovecha su ventaja.



¡Y sin embargo, qué ganga! Disponemos de un nido de Dedos a domicilio, a nuestra entera disposición. ¿Por qué, entonces, no lo aprovechamos?

Chli-pu-ni había pensado en ello. 103.683 tiene razón. Es verdad, esos Dedos son prisioneros suyos, en resumidas cuentas, exactamente igual que los ácaros que ella estudia en su sala de zoología. Aprisionados en su concha de avellana, los ácaros son un vivero de lo infinitamente pequeño. Aprisionados en su caverna, los Dedos le ofrecen otro vivero de lo infinitamente grande...

Por un momento la reina siente la tentación de escuchar a la soldado, de gestionar fríamente su «Dedalera», de salvar a los últimos Dedos si todavía viven, e incluso de reanudar eventualmente el diálogo con ellos. En nombre de la ciencia.

¿Y por qué no domesticarlos? ¿Por qué no transformarlos en monturas gigantes? Indudablemente podría conseguirse su sumisión a cambio del alimento.

Pero de pronto ocurre lo imprevisto.

Surgida de no se sabe dónde, una hormiga kamikaze se abalanza sobre Chli-pu-ni e intenta decapitarla. 103.683 reconoce en la regicida a una rebelde del establo de los escarabajos. De un salto, 103.683 abate a la audaz con un golpe de su mandíbula sable antes de que haya conseguido perpetrar su crimen.

La reina ha permanecido impasible.

¡Mira de lo que son capaces los Dedos! Han transformado a las hormigas de olores de roca en fanáticas dispuestas a asesinar a su propia soberana. Ya lo ves, 103.683, no se debe ni hablar con ellos. Los Dedos no son animales como los demás. Son demasiado peligrosos. Incluso sus palabras pueden matarnos.

Chli-pu-ni precisa que está al corriente de la existencia de un movimiento rebelde cuyos miembros siguen conversando con los Dedos que agonizan bajo el suelo. Además, ésa es la forma que ella tiene de estudiarlos. Espías adictas se han infiltrado en el movimiento rebelde y la mantienen informada de cuanto se emite desde la Dedalera. Chli-pu-ni sabe que 103.683 ha entrado en contacto con las rebeldes. En su opinión, es algo bueno. De este modo, la soldado también podrá aportarle su ayuda.

En el suelo, la rebelde regicida reúne sus últimas fuerzas para emitir un último.

Los Dedos son nuestros dioses.

Y luego, nada más. Ha muerto. La reina husmea el cadáver.



¿Qué significa la palabra «dioses»?

También 103.683 se lo pregunta. La reina recorre arriba y abajo la cámara real, repitiendo y repitiendo una y otra vez que cada día es más urgente matar a los Dedos. Exterminarlos. A Todos. Y cuenta con su experimentada soldado para realizar esa tarea capital.

Muy bien. 103.683 necesita dos días para reunir a sus tropas. Y después, adelante. ¡Abajo todos los Dedos del mundo!

30. Mensaje divino.

Aumentad vuestras ofrendas.

Arriesgad vuestra vida, sacrificaos.

Los Dedos son más importantes que la reina o la cresa.

No olvidéis nunca que.

Los Dedos son omnipresentes y omnipotentes.

Los Dedos lo pueden todo porque los Dedos son dioses. Los Dedos lo pueden todo porque los Dedos son grandes. Los Dedos lo pueden todo porque los Dedos son poderosos.

¡Ésa es la verdad!

El autor de este mensaje deja rápidamente la máquina antes de que los demás le descubran.



31. Segundo golpe.

A Caroline Nogard no le gustaban las comidas familiares. Tenía prisa de que aquélla se acabara para poder reanudar tranquilamente su «obra».

A su alrededor, aquella gente gesticulaba, parloteaba, se pasaba los platos, masticaba y discutía sobre problemas que a ella le traían totalmente sin cuidado.

—¡Qué calor! —dijo su madre.

—En la tele, el del tiempo ha anunciado que la canícula no ha hecho más que empezar. Parece que se debe a la polución de finales del siglo veinte —dijo su padre.

—La culpa es del abuelo. En su época, en los años noventa, contaminaron sin ningún freno. Deberían llevar a toda su generación ante los tribunales —dijo audazmente su hermanita.

Sólo eran cuatro a la mesa, pero los otros tres bastaban para agotar a Caroline Nogard.

—Dentro de un rato nos vamos al cine. ¿Quieres venir, Carol? —le propuso su madre.

—¡No, gracias, mamá! Tengo trabajo en casa.

—¿A las ocho de la noche?

—Sí, un trabajo importante.

—Como quieras. Si prefieres quedarte sola para trabajar a unas horas muy poco adecuadas en vez de distraerte con nosotros, estás en tu derecho...

Ya no podía aguantar más su impaciencia hasta que, por fin, cerró la puerta con doble llave tras ellos. Entonces corrió en busca de la maleta, sacó la esfera de cristal llena de granulados y vertió su contenido en una cacerola metálica que puso a calentar en un mechero Bunsen.

De este modo consiguió un puré pardo, del que se desprendió una bola de aire, sustituida sucesivamente por un humo grisáceo y una llama mezclada al principio con el humo, que terminó convirtiéndose en una hermosa llama, clara y pura.

El procedimiento era sin duda algo arcaico, pero en ese estadio no había otro. Examinaba su obra plenamente satisfecha cuando sonó el timbre.

Abrió la puerta y allí había un hombre con barba, muy pelirrojo. Maximilien MacHarious ordenó tumbarse a los dos grandes galgos que llevaba sujetos a unas cadenas plateadas y, antes incluso de saludar, preguntó.

—¿Está preparado?

—Sí, he acabado las últimas operaciones aquí, en casa, pero los tratamientos principales se han hecho en el laboratorio.

—Perfecto. ¿No ha habido problemas?

—Ninguno.

—¿Nadie está al tanto?

—Nadie.


Caroline derramó la sustancia caliente convertida en ocre en una gruesa botella y se la ofreció.

—Yo me ocuparé de todo. Ahora usted puede descansar —dijo.

—Hasta luego.

Con un gesto de connivencia, el hombre desapareció en el ascensor con sus dos galgos.

Sola de nuevo, Caroline Nogard se sintió aliviada de un gran peso. Ahora ya nada podría detenerlos, pensó. Tendrían éxito en aquel experimento en el que tantos otros habían fracasado.

Se sirvió una cerveza fresca que bebió saboreándola lentamente. Luego se quitó su blusa de trabajo para ponerse una bata rosa. En una de las mangas descubrió un minúsculo desgarrón de forma cuadrada. Zurcirlo no le llevaría mucho tiempo. Cogió hilo y aguja y se instaló delante de su televisor.

Era la hora de Trampa para pensar. Caroline Nogard conectó el aparato.

Televisión.

La señora Ramírez seguía allí, con su aspecto de francesa media y su timidez tan auténtica cuando anunciaba sus soluciones o los procesos de lógica que le habían guiado hasta ellas.

En cuanto al presentador, seguía haciendo su número habitual.

—¿Cómo? ¿Que no ha encontrado la solución? Mire bien el encerado y diga a las telespectadoras y a los telespectadores a qué le recuerda esta serie de cifras.

—Bueno, ya sabe, el problema es realmente singular. Se trata de una progresión triangular que parte de la unidad simple para dirigirse hacia algo mucho más complejo.

—¡Bravo, señora Ramírez! ¡Siga por ese camino y encontrará la solución!

—En primer lugar tenemos la cifra «uno». Se diría..., se diría casi que...

—¡Las telespectadoras y los telespectadores le escuchan, señora Ramírez! Y el público la animará.

Nutridos aplausos.

—¡Vamos, señora Ramírez! ¿Se diría casi que...?

—Que se trata de un texto sagrado. El uno se divide para dar dos cifras, que a su vez dan cuatro cifras... Es un poco como...

—¿Es un poco como...?

—Como el preludio de un nacimiento. El huevo original se divide primero en dos, luego en cuatro, y después sigue haciéndose más complejo. Intuitivamente, este cuadro me hace pensar en un nacimiento, en un ser que primero aparece y luego se desarrolla. Resulta bastante metafísico.

—Exacto, señora Ramírez, exacto. ¡Qué soberbio enigma le hemos ofrecido a usted! Digno de su perspicacia y de las ovaciones del público.

Aplausos.

El animador alimentó el suspenso.

—¿Y qué ley rige esa progresión? ¿Cuál es la mecánica de ese nacimiento, señora Ramírez?

Rostro chasqueado de la candidata.

—No la encuentro... Utilizaré mi comodín.

Un murmullo de decepción recorrió la sala. Era la primera vez que la señora Ramírez fallaba.

—¿Está usted segura, señora Ramírez, de que quiere gastar uno de sus comodines?

—¡Qué remedio me queda!

—¡Qué lástima, señora Ramírez! Después de un recorrido tan hermoso y sin ningún fallo...

—Este enigma es bastante especial. Merece la pena que nos detengamos en él. Comodín, y así me ayuda usted.

—Muy bien. Nosotros le habíamos dado una primera frase «Cuanto más inteligente es uno, menos posibilidades hay de hallar la solución.» La segunda frase es: «Hay que olvidar todo lo que se sabe.»

Aire chasqueado de la candidata.

—¿Y eso qué significa?

—Es usted quien debe descubrirlo, señora Ramírez. Para ayudarla, le diré que, como en un psicoanálisis, tiene que dar media vuelta dentro de su cabeza. Simplifique. Sustituya por el vacío los mecanismos de lógica y de reflexión preconcebidos.

—No resulta fácil. ¡Me está pidiendo que elimine la reflexión mediante la reflexión!

—¡Ah! Por eso nuestro programa se llama «Trampa para...

—... pensar» —terminó la sala a coro.

Los espectadores se aplaudieron a sí mismos.

La señora Ramírez, con el ceño fruncido, suspiró. El presentador hizo un gesto de socorro.

—Con su comodín tiene además derecho a una línea suplementaria en el cuadro.

Cogió el rotulador y anotó:

1

11 21


1121

111221


312211

Y luego añadió:

13112221

Primer plano del rostro consternado de la señora Ramírez. Sus ojos parpadearon. Masculló varios «uno», «dos», «tres», como si se tratara de la receta de un pastel de ciruelas. Ante todo, respetar bien las proporciones de los «tres». Y, en cambio, no escatimar con los «uno».

—Vamos, señora Ramírez. ¿Van mejor las cosas?

Muy concentrada, la señora Ramírez no respondió y refunfuñó un «hummm» que significaba: «estoy segura de que esta vez voy a resolverlo».

El presentador respetó su meditación.

—Espero que también ustedes, queridas telespectadoras y telespectadores, hayan anotado cuidadosamente nuestra nueva línea. Hasta mañana, entonces, si así lo desean.

Aplausos. Títulos de cierre. Tambores, trompetas y gritos diversos.

Caroline Nogard apagó el aparato. Le parecía percibir un leve ruido. Acabó su costura. Había quedado perfecto, no se veía la menor huella de aquel maldito agujero. Colocó en su sitio el hiló y las tijeras. De nuevo oyó un ruido de papel arrugado.

Procedía del cuarto de baño. No podía ser un ratón. No habría producido aquel tipo de sonido corriendo por las baldosas. Entonces, ¿uno o varios ladrones? ¿Qué podían estar haciendo en el cuarto de baño?

Por si acaso, fue a buscar en la cómoda el pequeño revólver de calibre 6 que su padre había escondido allí en previsión de circunstancias semejantes. Para sorprender mejor al intruso o intrusos, volvió a conectar la televisión, aumentó el volumen del sonido y se dirigió a paso de lobo hacia el cuarto de baño.

Un grupo de rap berreaba su rebeldía.

«Vuestras casas, vuestras tiendas, todo, todo, todo arderá, todo, todo...»

Caroline Nogard se pegó a la puerta, apretando con fuerza el revólver con las dos manos, como había visto hacer en los telefilmes americanos. La abrió de golpe.

Allí no había nadie y, sin embargo, el ruido continuaba dejándose oír, resonando cada vez con más fuerza detrás de la cortina de la ducha. La descorrió de un gesto seco.

Primero avanzó, para comprender mejor el fenómeno. Luego, espantada, gritó y vació en vano todas las balas de su cargador. Retrocedió, jadeante, y de una patada volvió a cerrar la puerta. Por suerte, la llave estaba en el lado bueno. Cerró con doble vuelta y se puso a esperar, al borde de un ataque de histeria.

¡«Aquello» no se atrevía a traspasar la puerta!

Pero «aquello» la traspasaba. E incluso la perseguía.

Empezó a gemir, corrió, cogió objetos que iba arrojando tras de sí. Dio patadas y puñetazos. Pero ¿qué podía hacer ella contra semejante adversario?



32. Motivos de perplejidad.

Está lavándose la cabeza con el peine de su tibia.

103.683 no sabe realmente dónde está.

Tiene miedo a los Dedos y... tiene por misión matarlos a todos. Empezaba a creer en la causa rebelde y... ahora tiene que traicionarla. Llegó al confín del mundo con veinte exploradoras y..., ahora que le ofrecen ochenta mil, considera esa cifra perfectamente ridícula.

Pero lo que le preocupa por encima de todo es el movimiento rebelde en sí mismo. Había pensado unirse a aquellas aventureras reflexivas y resulta que se encuentra enfrentada a unas locas, siempre dispuestas a soltar esa palabra que no quiere decir nada «dioses».Incluso resulta raro el comportamiento de la reina. Habla demasiado para una hormiga. Es anormal. Quiere matar a todos los Dedos pero no está dispuesta a hacerles nada a los que viven bajo su propia ciudad. Pretende que el futuro estriba en el estudio de las especies extranjeras y se niega a aprovechar su Dedalera para realizar experiencias sobre la más exótica y desconcertante de ellas.

Chli-pu-ni no se lo ha dicho todo. Y tampoco las rebeldes. O desconfían de ella o tratan de manipularla. Se siente juguete de la reina, de las rebeldes, incluso de ambas a la vez.

De pronto se le aparece una evidencia: en ningún hormiguero del planeta se ha producido nunca nada semejante. Se diría que Bel-o-kan, y todo el mundo, ha perdido el sentido común. Los individuos tienen pensamientos singulares, experimentan estados de ánimo, en resumen, son menos hormigas que antes. Están imitando. Las rebeldes son imitantes.

Chli-pu-ni es una mutante. En cuanto a la propia 103.683, decidida como está a pensarse como entidad independiente a partir de ahora, tampoco se siente una hormiga muy normal. ¿Qué va a ocurrir en Bel-o-kan?

Incapaz de responder a esta pregunta, quiere comprender ante todo los motivos que empujan a esas rebeldes de expresiones descabelladas.

¿Qué es eso de «dioses»?

103.683 se dirige hacia el establo de los escarabajos rinoceronte.

33. Enciclopedia.

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