Bernard Werber



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LOCURA: Todos nos volvemos cada día un poco más locos, y cada uno de una locura diferente. Ésa es la razón por la que nos comprendemos tan mal los unos a los otros. Yo mismo me siento alcanzado por la paranoia y la esquizofrenia. Además, soy hipersensible, cosa que deforma mi visión de la realidad. Lo sé. Ahora intento, en vez de sufrirla, utilizar esa locura como motor para todo lo que emprendo. Pero cuanto más triunfo, más loco me vuelvo. Y cuanto más loco me vuelvo, mejor alcanzo los objetivos que me fijo. La locura es un león furioso escondido en cada cráneo. Sobre todo, no hay que matarlo. Basta con identificarlo y domarlo. Vuestro león domesticado os conducirá entonces mucho más allá que cualquier maestro, que cualquier escuela, droga o religión. Pero, como ocurre con toda fuente de poder, hay un riesgo si uno juega demasiado con su propia locura: a veces el león, sobreexcitado, se vuelve contra quien quería domarle.

Edmond Wells

Enciclopedia del saber relativo y absoluto, tomo II.

17. Huellas de pasos.

103.683 ha encontrado los establos de escarabajos. De hecho es una amplia sala donde se encierran coleópteros rinoceronte de imponente estatura. Su cuerpo está formado por placas negras, espesas y granulosas que encajan unas en otras. Por la parte trasera tienen formas redondas y lisas. Por la delantera, un capuchón de quitina rematado por un largo cuerno acerado, diez veces más grueso que la espina de una rosa.

Por lo que 103.683 sabe, cada uno de estos animales voladores mide seis pasos de largo por tres de ancho. Les gusta vivir en la penumbra pero, paradójicamente, su única debilidad es la atracción que sienten por la luz. En el mundo de los insectos, la brillantez es una golosina a la que pocos individuos son capaces de resistir.

Esos gordos animales pacen aserrín y brotes en putrefacción. Liberan sus excrementos por todas partes y la sala apesta, porque disponen de poco espacio para moverse en ese lugar de techo demasiado bajo. Unas obreras se encargan de la limpieza, pero parece que no han pasado desde hace mucho tiempo.

La domesticación de semejantes coleópteros no ha sido tarea fácil. A la reina Chli-pu-ni se le ocurrió buscar su alianza después de que uno de ellos la hubiera salvado de una tela de araña. Nada más convertirse en reina, los reagrupó como legión volante. Pero aún no se había presentado la ocasión de llevarlos al combate, aún no habían recibido su bautismo de ácido y nadie sabía cómo reaccionarían aquellos pacíficos herbívoros en situación de guerra, frente a hordas de soldados rabiosas.

103.683 se escurre entre las patas de esos mastodontes alados. Está muy impresionada por el invento que les sirve de abrevadero: una hoja que, en el centro de la sala, retiene una enorme gota de agua cuya piel se estira lateralmente cuando una de esas bestias acude para aplacar en ella su sed.

Al parecer, Chli-pu-ni convenció a estos escarabajos para que se instalaran en Bel-o-kan simplemente discutiendo con ellos mediante feromonas olfativas. Está orgullosa de sus talentos de diplomática. Para aliar dos sistemas de pensamiento diferentes, basta con encontrar un modo de comunicación, explica la reina en el marco de su movimiento evolucionarlo. Para conseguirlo, vale todo: donaciones de alimento, de olores pasaporte, de feromonas tranquilizadores. En su opinión, dos animales que se comunican ya no son capaces de matarse entre sí.

Durante la última reunión de las reinas federales, algunas participantes objetaron que la reacción más difundida en todas las especies consiste en eliminar todo lo que es diferente: si uno quiere comunicar y el otro matar, el primero siempre lleva las de perder. A lo que Chli-pu-ni replicó con ironía que, en resumidas cuentas, matar ya es una forma de comunicación, aunque sea la más elemental de todas. Para matar es preciso avanzar, mirar, estudiar, prever las reacciones del adversario. Es decir, interesarse en él.

¡Su movimiento evolucionario era rico en paradojas!

103.683 se aleja del espectáculo de los escarabajos para proseguir su búsqueda del pasaje secreto que la llevará a las hormigas rebeldes.

Descubre huellas de pasos en el techo. Las hay en todas direcciones, como si alguien hubiera pretendido borrar una pista. Pero la soldado es también una exploradora incomparable y sabe descubrir las huellas más frescas y seguirlas.

Estas la guían hasta una pequeña protuberancia que, en efecto, camufla una salida. Debe ser allí. Entierra su capullo de mariposa, que es lo que más le molesta, desliza su cabeza primero y luego todo su cuerpo por el corredor y avanza con cierto miedo.

Olores de gentes.

Rebeldes... ¿Cómo puede haber rebeldes en un organismo ciudad tan homogéneo como Bel-o-kan? Es como si en alguna parte, en un repliegue de intestino, unas células hubieran decidido dejar de seguir jugando al juego global del cuerpo. Podría compararse con una apendicitis. 103.683 estaba yendo al encuentro de un ataque de apendicitis que afectase a la ciudad viva.

¿Cuántas son las que engañan de esta manera? ¿Cuáles sus motivaciones? Cuanto más avanza, más dudas quiere despejar. Ahora que sabe que existe un movimiento rebelde, quiere identificarlo y comprender su función y su objetivo.

Mientras avanza, percibe olores frescos. Por aquel túnel estrecho han pasado hace poco ciudadanas. De pronto, dos patas rematadas por cuatro garras la cogen por el coselete y la lanzan hacia delante bruscamente. Es aspirada por el corredor y desemboca en una sala. Dos mandíbulas la agarran por el cuello y empiezan a apretarlo.

103.683 forcejea. A través de los caparazones que la zarandean divisa una sala de techo muy bajo. Más bien amplio. A vista de antena, debe medir unos treinta pasos por veinte de ancho y cubrir, al abrigo de un falso techo, todo el establo de los escarabajos.

Hay allí un centenar de hormigas que la rodean. Varias sondan con recelo los olores de identificación de la intrusa.

18. Enciclopedia.

¿Cómo librarse de ellas? Cuando me preguntan por la forma de librarse de las hormigas que inundan la cocina, respondo: ¿con qué derecho su cocina le pertenece más a usted que a las hormigas? ¿La ha comprado? De acuerdo, pero ¿a quién se la ha comprado? A otros humanos que la han fabricado empleando cemento y llenándola de alimentos surgidos de la Naturaleza. Es una convención entre usted y otros hombres lo que hace que a usted le parezcan suyos estos trozos de Naturaleza trabajados. Pero no es más que una convención entre humanos. Por tanto sólo afecta a los humanos. ¿Por qué había de pertenecerle más a usted que a las hormigas la salsa de tomate de su armario? ¡Esos tomates pertenecen a la Tierra! El cemento pertenece a la Tierra. El metal de sus tenedores, las frutas de su confitura y el ladrillo de sus paredes han salido del planeta. El hombre no ha hecho otra cosa que ponerles nombres, etiquetas y precios. Y no es eso lo que le convierte en «propietario». La Tierra y sus riquezas son libres para todos sus inquilinos...

Sin embargo, este mensaje es todavía demasiado nuevo para ser comprendido. Si a pesar de todo está usted decidido a librarse de esas ínfimas competidoras, el método «menos malo» es la albahaca. Siempre una plantita de albahaca en la zona que desea proteger. A las hormigas no le gustan los tufos de la albahaca y tenderán a irse a visitar el piso de su vecino.

Edmond Wells.

Enciclopedia del saber relativo y absoluto, tomo II.

19. Rebeldes.

103.683 se presenta ante las rebeldes con rápidos movimientos de antenas. Es una soldado. Asegura haber encontrado en la depuradora un cráneo que le ha pedido dirigirse hasta allí con objeto de avisar que pronto ha de lanzarse una cruzada contra los Dedos.

El anuncio produce su efecto. Las hormigas no saben mentir. No han comprendido aún la utilidad de la mentira.

La tensión cede. A su alrededor se agitan las antenas. 103.683 capta feromonas que evocan una incursión a la Biblioteca química. Algunas rebeldes estiman que la soldado ha podido dialogar con uno de los tres miembros del comando. Hace demasiado tiempo que no se han tenido noticias suyas.

Por lo poco que consigue captar, 103.683 comprende que tiene que vérselas con un verdadero movimiento clandestino y que hace cuanto puede por seguir siéndolo. Las rebeldes prosiguen comentando sus informaciones. Es sobre todo la expresión «cruzada contra los Dedos» lo que las atormenta. Parecen alteradas. Sin embargo, algunas se inquietan al mismo tiempo por la conducta a seguir con la visitante indeseada. Representa un peligro, puesto que ahora conoce su escondrijo sin ser una rebelde.

¿Quién eres?

103.683 emite todas las características que la definen: su casta, su número de puesta, su hormiguero natal... Las rebeldes están pasmadas. Resulta que quien se encuentra ante ellas es la soldado 103.683, la única hormiga roja que ha alcanzado el confín del mundo y que ha regresado.

La liberan. Incluso se apartan con respeto. Entablan un diálogo con ella.

Las hormigas hablan entre sí con ayuda de olores, esas feromonas que emiten los segmentos de antenas. Una feromona es una hormona capaz de salir del cuerpo, de circular por el aire y de penetrar en otro cuerpo. Cuando una hormiga experimenta una sensación, la emite por todo su cuerpo y todas las hormigas de los alrededores la perciben al mismo tiempo que ella. Una hormiga estresada comunica al instante su pena al entorno, de suerte que éste sólo tiene una preocupación: que cese el penoso mensaje encontrando un medio para ayudar al individuo.

Cada uno de los once segmentos de antena suelta su longitud de onda de palabras perfumadas. Son como otras tantas bocas hablando al mismo tiempo, cada una en su longitud de onda particular. Algunas emiten los graves y señalan las informaciones de base. Otras juegan con los agudos y envían mensajes más ligeros.

Los mismos segmentos cumplen el papel de oídos. De modo tan excelente que ambos lados discuten con once bocas y se oyen con once oídos. Y todo al mismo tiempo. De pronto, los discursos son muy ricos en matices. En un diálogo de hormiga, se aprenden probablemente más cosas y once veces más de prisa que en un diálogo humano. Por eso, cuando un hombre observa un encuentro entre dos hormigas, le parece que se tocan apenas con la punta de las antenas antes de irse cada una hacia sus ocupaciones respectivas. Sin embargo con ese ínfimo contacto, todo queda dicho.

Una soldado avanza cojeando (sólo tiene cinco patas) y pregunta si es realmente ella la antigua cómplice del príncipe 327 y de la princesa Chli-pu-ni.

103.683 asiente.

La coja le explica que durante mucho tiempo la buscó para matarla. Pero, ahora, el viento ha cambiado y emite una especie de olor de burla.

Ahora las asóciales somos nosotras y tú representas la norma.

Los tiempos cambian.

La coja propone una trofálaxia. Su interlocutora consiente y las dos se besan en la boca y se acarician con las antenas hasta que los alimentos calafateados en el fondo del buche social de la donante terminan de verterse en el estómago de 103.683.

Vasos comunicantes. Sistemas digestivos también comunicantes.

La coja vacía su energía, la visitante se llena con ella. Piensa en un proverbio mirmeceano del milenio XLIII: Uno se enriquece con lo que da, se empobrece con lo que quita.

Sin embargo, no podía rechazar la ofrenda.

Las rebeldes le dejan visitar luego su madriguera. Allí se encuentran almacenados las existencias de grano, las reservas de melazo, los huevos llenos de feromonas memoria.

103.683 no sabe por qué, pero todas aquellas soldados conjuradas apenas le parecen temibles. Las encuentra más preocupadas por conservar un misterioso secreto que por jugar a facciosas sedientas de poder político.

La coja se acerca y le hace confidencias. En otro tiempo, las rebeldes eran conocidas con un nombre distinto. Eran las «guerreras de los olores de roca», aquella especie de Policía secreta a las órdenes de la reina Belo-kiu-kiuni, la madre de la actual Chli-pu-ni. Entonces eran todopoderosas, hasta el punto de haber podido acondicionar bajo la gran losa-suelo de la Ciudad una ciudad paralela clandestina. Una segunda Bel-o-kan.

La coja confiesa que son ellas, las guerreras de los olores de roca, las que hicieron lo posible por eliminar al príncipe 327, a la princesa 56 (Chli-pu-ni) y a ella misma, la soldado 103.683. En aquella época, nadie sabía que los Dedos existían realmente. La obsesión de la reina Belo-kiu-kiuni era que sus súbditas fueran presas de pánico cuando descubrieran que esos animales gigantes están dotados de una inteligencia casi tan desarrollada como la de las hormigas rojas.

Belo-kiu-kiuni había firmado entonces un acuerdo con el embajador de los Dedos: ella acallaría cualquier información relativa a la existencia de los Dedos y, a su vez, éstos silenciarían cuanto ya sabían o aprenderían más tarde sobre la inteligencia de las hormigas. Cada uno de ellos, la reina y el embajador de los Dedos, debía mantener a los suyos al margen del secreto.

La reina Belo-kiu-kiuni estimaba que las dos civilizaciones no estaban preparadas para comprenderse. Encargó pues a sus guerreras de olores de roca suprimir a todos los que descubriesen la existencia de los Dedos.

Esa decisión costó cara.

La coja admite que fueron ellas las que mataron al príncipe sexuado 327, lo mismo que a millares de hormigas que, de una forma u otra, habían sabido que los Dedos no eran una simple leyenda, sino que realmente existían y que sus especimenes recorrían el bosque.

103.683 está intrigada. ¿Significa eso que hay diálogo entre las hormigas rojas y los Dedos?

La coja lo confirma. Hay Dedos instalados en una caverna bajo la Ciudad. Han fabricado una máquina y un embajador hormiga que les permite emitir y recibir feromonas también a ellos. La máquina se llama «Piedra Rosetta», y el embajador «Doctor Livingstone»; se trata de denominaciones digitales. Por medio de ambos, los Dedos y las hormigas han podido confiarse lo esencial.

«Nosotros existimos con tamaños diferentes, somos diferentes, pero cada uno de nosotros ha construido una civilización inteligente sobre este planeta.»

Ése fue el primer contacto. Hubo muchos más. Los Dedos eran prisioneros de su caverna bajo la Ciudad y Belo-kiu-kiuni los alimentaba y velaba por su supervivencia. La conversación continuó regularmente durante una estación. Gracias a los Dedos, Belo-kiu-kiuni descubrió el principio de la rueda, pero murió en el incendio de su ciudad antes de haber logrado que su pueblo se beneficiase de él.

Una vez reina, su hija Chli-pu-ni no quiso oír hablar de los Dedos. Exigió que dejaran de alimentarlos. Ordenó tapiar con cemento de avispa el pasadizo que llevaba a la segunda Bel-o-kan, y por lo tanto a la caverna de los Dedos. De este modo los condenó a morir de hambre.

Al mismo tiempo, la guardia de Chli-pu-ni persiguió a las guerreras de olores de roca. La nueva reina no quería que subsistiese el menor rastro de aquel vergonzoso episodio en que las hormigas habían colaborado con los Dedos. Para ser una roja amante de los contactos entre las especies, la reina se había mostrado en aquella ocasión de una extraña intolerancia.

Cerca de la mitad de las guerreras de la segunda Bel-o-kan fueron asesinadas en una sola jornada. Las que lograron escapar se escondieron en las paredes y en los techos. Para sobrevivir, decidieron abandonar sus perfumes de reconocimiento y se dotaron de un nuevo nombre. Se convirtieron en las «rebeldes pro-Dedos».

103.683 contempla a esas supuestas rebeldes. La mayoría están lisiadas. La guardia de la reina les hace la vida muy difícil. Pero también las hay jóvenes que gozan de perfecta salud.

Estas soldados tal vez se hayan dejado embaucar ingenuamente por esos relatos de civilización paralela.

Pero ¡qué locura arrastrar a todas aquellas belokanianas a una lucha fratricida! Y, en el fondo, ¿por qué? Por unos Dedos de los que en última instancia no se sabe gran cosa.

La coja dice que las rebeldes han unificado ahora su movimiento. Disponen de un cuartel general, aquí, en el falso techo del establo de escarabajos. Y saben emitir unos olores tan discretos que las soldados federales no logran identificarlas todavía.

Pero ¿para qué sirve este movimiento clandestino?

La coja mantiene durante un momento el suspense. Detiene la narración para declarar, de sopetón, que tampoco los Dedos instalados bajo el suelo están muertos. Las rebeldes han roto el cemento de avispa, han abierto de nuevo el pasadizo en el granito y han proseguido con las entregas de alimento.

¿Quiere convertirse ella también, la 103.683 en rebelde? La soldado vacila, pero, como siempre, la curiosidad es más fuerte. Inclina las antenas hacia atrás en señal de asentimiento. Todo el mundo se felicita. El Movimiento cuenta desde ahora en sus filas con una guerrera que ha ido hasta el confín del mundo. Le proponen numerosas trofalaxias y 103.683 no sabe ya dónde ofrecer los labios ¡Todos aquellos besos nutritivos reaniman su cuerpo!

La coja le informa que las rebeldes van a lanzar un comando encargado de robar hormigas cisterna y encaminarlas bajo el suelo para alimentar mejor a los Dedos. Si quiere conocer al Doctor Livingstone, ésa es una buena ocasión.

103.683 no deja que se lo propongan dos veces. Se apresura a descubrir aquel nido de Dedos escondido bajo la Ciudad. Está impaciente por hablarle. Ha vivido tanto tiempo con la obsesión de los Dedos. Y ahora puede salir de su «enfermedad de los estados de ánimo» al tiempo que satisface su curiosidad.

Treinta valerosas soldados rebeldes se reúnen y, después de haberse atiborrado de melazo para incrementar su energía, se dirigen hacia la sala de las hormigas cisterna. 103.683 va entre ellas.

Mientras no tropiecen con los equipos de vigilancia...

20. Televisión.

Acechaba todo cuanto entraba y salía.

La portera, fiel a su puesto, estaba detrás de su ventana entreabierta.

El comisario Méliés se acercó.

—Oiga, señora, ¿puedo hacerle una preguntita?

Ella pensó que debía tratarse de alguna reprimenda por la suciedad de los espejos del ascensor. Sin embargo, movió la cabeza con un gesto afirmativo.

—A usted, ¿qué es lo que más miedo le da en la vida?

—¡Qué pregunta tan rara! —Reflexionó, temiendo soltar alguna tontería y preocupada por no decepcionar a su inquilino más célebre—: Me parece que son los extranjeros. Sí, los extranjeros. Están en todas partes. Le quitan el trabajo a la gente. Les atacan de noche en las esquinas de las calles. No son como nosotros, no señor. ¡Vaya usted a saber lo que tienen en la cabeza!

Méliés movió la barbilla y le dio las gracias. Ya estaba en la escalera cuando ella le dijo, todavía ensimismada.

—¡Buenas noches, señor comisario!

Ya en su casa, se quitó los zapatos y se instaló frente al televisor. No había nada como la tele para parar la máquina que daba vueltas en su cabeza la noche de un día de investigación. Cuando uno duerme, sueña, y eso ya es un trabajo. La tele, en cambio, vacía la cabeza. Las neuronas se van de vacaciones y todas las luces cerebrales dejan de parpadear. ¡El éxtasis!

Cogió el mando.

Cadena 1.675, telefilme norteamericano: «Qué, Bill, estás mal, ¿eh? Te creías el mejor, y ahora te das cuenta de que eres un perdedor como los demás...

Zapeó.


Cadena 877, publicidad: «Con Krak Krak os libraréis de una vez para siempre de todos vuestros...

Zapeó de nuevo.

Tenía 1.825 cadenas a su disposición, pero únicamente la 622 le apasionaba todas las noches a las ocho en punto con su programa estrella: Trampa para pensar.

Sintonía. Trompetas. Aparición del presentador. Aplausos.

El hombre está radiante.

—Qué suerte encontrarles a todos ustedes, en sus casas, fieles a nuestra cadena 622. Bienvenidos a la 104 emisión de Trampa para...

—... pensar —contesta a coro el público.

Marie-Charlotte se acurrucó contra sus rodillas y reclamó unas caricias. Le dio un poco de paté de atún. A Marte-Charlotte le gustaba aún más el paté de atún que las caricias.

—Por si hay alguien que ve nuestro programa por primera vez, les recordaré las reglas.

Abucheos en la sala dedicados a tales novatos.

—Gracias. El principio del programa es simple. Nosotros proponemos enigma. Y es el candidato o la candidata quienes tienen que encontrar la solución. Esto es Trampa para...

...pensar—vitorea el público.

Siempre radiante, el presentador continúa.

—Por cada respuesta acertada, un cheque de diez mil francos más un comodín que autoriza un fallo y permite ganar los diez mil francos siguientes. Desde hace ya varios meses, la señora, eh, Juliette... Ramírez es nuestra campeona. Esperemos que no tropiece hoy. Señora... Ramírez, vamos a presentarla otra vez. ¿Cuál es su profesión?

—Funcionaría de Correos.

—¿Está usted casada?

—Sí, y seguramente mi marido estará viéndome desde casa.

—Entonces, buenas noches, señor Ramírez. ¿Tienen ustedes hijos?

—No.


—¿Cuáles son sus aficiones?

—OH... los crucigramas... la cocina...

Aplausos.

—Más fuerte, más fuerte todavía —ordena el presentador—. La señora Ramírez lo merece.

Aplausos más nutridos.

—Y, ahora, señora Ramírez, ¿cree estar preparada para resolver un nuevo enigma?

—Estoy preparada.

—Bueno, abro el sobre que contiene nuestro enigma del día y se lo leo.

Redoble de tambores.

—El enigma dice así: ¿cuál es la línea siguiente en relación a esta serie?

En un encerado blanco escribe con rotulador unas cifras.

1

11

21

1211

111221

312211

Primer plano de la candidata que pone una expresión dubitativa.

—Vaya... ¡No es nada fácil!

—Tómese su tiempo, señora Ramírez. Tiene hasta mañana. Pero, para ayudarla, ésta es la frase clave que la llevará por el buen camino. Atención, escuche bien: «Cuanto más inteligente es uno... menos oportunidades tiene de encontrarlo.»

La sala aplaude sin comprender.

El presentador saluda:

—Señoras y señores, amigos telespectadores, cojan también ustedes lápiz y papel. ¡Y hasta mañana, si les parece bien!

Jacques Méliés zapeó hasta encontrar los informativos regionales. Una mujer demasiado maquillada, de peinado impecable, recitaba con indiferencia el texto que desfilaba ante sus ojos: «Tras el brillante éxito del comisario Jacques Méliés en el caso Salta, el prefecto Dupeyron ha propuesto ascender al eminente policía al rango de oficial de la Legión de Honor. Sabemos de buena fuente que la Cancillería estudia con agrado esta candidatura.»

Desalentado, Jacques Méliés apagó el televisor. ¿Qué hacer ahora? ¿Seguir jugando a la estrella y enterrar el caso, o bien obstinarse, tratar de encontrar la verdad aunque sea peor para su reputación de sabueso infalible?

En el fondo sabía de sobra que no tenía elección. El señuelo del crimen perfecto era demasiado poderoso. Cogió el teléfono.

—Oiga... ¿Es la Morgue? Póngame con el médico... (Una irritante musiquilla.) Oiga, doctor, necesito una autopsia minuciosa de los cuerpos de los hermanos Salta... Sí, me urge mucho.

Colgó y marcó otro número:

—¿Émile? ¿Puedes buscarme el informe sobre la periodista de El Eco del domingo! Sí, Laetitia no sé qué. Bien, reúnete conmigo en la Morgue dentro de una hora. Además, Émile, permíteme una pequeña pregunta: ¿qué es lo que te da más miedo en la vida...? ¡Vaya! ¿Conque es eso? ¡Qué divertido! Nunca hubiera creído que eso pudiera asustar a alguien... Bueno, venga, corre a la Morgue...

21. Enciclopedia.

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