Bernard Werber



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¿CUÁL ES EL CAMINO? Hay que pensar en el hombre del año 100 millones. (Aquel que tiene tanta experiencia como las hormigas actuales.) Ese hombre debe tener una conciencia cien mil veces más desarrollada que la nuestra. Hay que ayudar a ese pequeño, pequeñísimo niño a la potencia 100.000. Para ello hay que trazar el sendero de oro. El camino que permitirá perder el menor tiempo posible en formalismos inútiles. El camino que impedirá las vueltas atrás bajo la presión de todos los reaccionarios, de todos los bárbaros, de todos los tiranos. Tenemos que encontrar el Tao, la vía que lleva a la conciencia más elevada. Esa vía se trazará a partir de la multiplicidad de nuestras experiencias. Para descubrir mejor ese sendero tenemos que cambiar nuestros puntos de vistas, no anquilosarnos en una forma de pensar. Sea la que fuere. Ni aunque sea buena. Las hormigas nos muestran un ejercicio espiritual. Ponerse en su lugar. Pero pongámonos también en el lugar de los árboles, en el lugar de los peces, en el lugar de las olas, en el lugar de las nubes, en el lugar de las piedras.

El hombre del año 100 millones deberá saber hablar con las montañas para profundizar en su memoria. En caso contrario, nada habrá servido de nada.



Edmond Wells.

Enciclopedia del saber relativo y absoluto, tomo II.

211. El agujero.

Tras tres días de convalecencia, 103 se había repuesto por completo de sus contusiones. Comía de forma casi normal, incluso trozos de carne de saltamontes y caldo de cereales. Movía normalmente sus dos antenas. Se lamía constantemente las heridas para quitarse la cola y así desinfectarlas con su saliva.

Arthur Ramírez hacía caminar a su paciente en una caja de cartón forrada de algodón hidrófilo para evitar cualquier choque. Cada día anotaba los progresos realizados. La pata rota no funcionaba muy bien, pero 103 lo compensaba contoneándose.

—Necesita rehabilitación para recuperar músculo en sus cinco patas —observó Jacques Méliés.

Tenía razón. Arthur depositó a 103 en una mini-cinta deslizadora y alternativamente todos y cada uno la hizo andar para fortalecerle los muslos.

La soldado ya había recuperado fuerzas suficientes para proseguir las discusiones.

Diez días después del accidente, decidieron que había llegado el momento de organizar la expedición para salvar a Jonathan Wells y a sus compañeros.

Jacques Méliés convocó a Émile Cahuzacq y a tres policías subalternos. Laetitia Wells y Juliette Ramírez también formaban parte del grupo. Arthur, demasiado débil por la enfermedad y las preocupaciones de aquellos últimos días, prefirió esperar su regreso confortablemente arrellanado en un sillón.

Iban provistos de picos y palas. 103 estaba con ellos para guiarles. ¡En marcha hacia el bosque de Fontainebleau!

Los Dedos de Laetitia depositaron a la hormiga en la hierba. Para estar segura de no perderla, había anudado un hilo de nailon alrededor de la articulación abdominal de la exploradora. En cierto modo, una correa. .

103 olfatea los efluvios circundantes y señala con la antena la dirección a tomar.

Bel-o-kan es por allí.

Para ir más de prisa, los Dedos la levantaban y la transportaban más adelante. Bastaba con que agitase sus apéndices sensoriales para que comprendiesen que necesitaba nuevos puntos de referencia. Entonces, volvían a colocarla en el suelo y ella señalaba de nuevo el camino.

Al cabo de una hora de marcha, vadearon un riachuelo y luego se adentraron por una zona de matorrales. Se veían obligados a avanzar despacio para que 103 pudiera seguir los rastros olfativos adecuados.

Tres horas más tarde divisaron a lo lejos, delante de ellos, un gran montón de ramitas.

La hormiga indicó que habían llegado.

—¿Esto es Bel-o-kan? —preguntó asombrado Méliés, que, en otras circunstancias, nunca habría reparado en semejante montículo.

Aceleraron el paso.

—¿Y ahora, jefe? —preguntó un policía.

—Ahora, a cavar.

—Pero sin hundir la ciudad, sobre todo sin hundir la ciudad —insistió Laetitia, apuntando con un Dedo amenazador—. No olvidéis que hemos prometido a 103 no estropear su ciudad.

El inspector Cahuzacq meditó sobre el problema.

—Bueno, basta con cavar justo al lado. Si es grande, tendremos que ir a parar forzosamente sobre el subterráneo, y, si no llegamos a él, avanzaremos de través por debajo para rodear el nido.

—¡De acuerdo! —dijo Laetitia.

Cavaron como filibusteros en busca de un tesoro enterrado en una isla. Pronto los policías quedaron cubiertos de tierra y de barro, pero sus palas seguían sin encontrar la roca.

El comisario les animó a proseguir.

Diez metros, doce metros, y nada. Unas hormigas, sin duda soldados de Bel-o-kan, acudieron en busca de noticias, deseosas de saber qué era lo que provocaba aquellas terribles vibraciones en los alrededores de la Ciudad, hasta el punto de poner en peligro sus corredores periféricos.

Émile Cahuzacq les ofreció miel para tranquilizarlas.

Los policías empezaron a cansarse de utilizar las palas. Al final tenían ya la impresión de estar cavando sus propias tumbas, pero el jefe parecía decidido a ir hasta el fin, y ellos no podían elegir.

Cada vez eran más las belokanianas que les observaban.

Son Dedos, emitió una obrera que había rechazado aquella miel, tal vez envenenada.

¡Unos Dedos que han venido a vengarse de nosotras por la cruzada!

Juliette Ramírez comprendió qué era lo que alteraba a las pequeñas criaturas.

—¡Pronto! Cojámoslas a todas antes de que tengan tiempo de dar la alerta.

Junto con Laetitia y Méliés, las metió, revueltas con puñados de tierra y de hierbas, en unas cajas-prisión sobre las que pulverizó un feromona Calmaos, todo va bien.

En apariencia, la maniobra dio resultado. No volvió a percibirse ningún barullo en las cajas.

—Tenemos que darnos prisa, porque, si no, pronto tendremos a todos los ejércitos de la Federación aquí —dijo la campeona de «Trampa para pensar». Y todos los vaporizadores del mundo no bastarían para contenerlas eternamente.

—Deje de preocuparse usted también —dijo uno de los policías—. Ya está. Aquí suena a hueco. Debemos estar encima de la gruta.

Y gritó.


—¡Eh! ¿Hay alguien ahí abajo?

No hubo respuesta. Iluminaron el lugar con una linterna.

—Parece una iglesia —constató Cahuzacq—. Y no veo a nadie.

Un policía cogió una cuerda, la ató al tronco de un árbol y descendió con la linterna. Cahuzacq le siguió. Recorrió una por una las salas antes de gritar hacia los que estaban arriba.

—Ya está. Los he encontrado. Parece que están vivos, pero duermen.

—Con todo el fogón que hacemos es imposible. Si no les hemos despertado es que están muertos.

Jacques Méliés quería verlo con sus propios ojos. Alumbró la sala y, sorprendido, descubrió una fuente, material informático y máquinas eléctricas susurrantes. Avanzó hacia el dormitorio, quiso sacudir a uno de los hombres allí tumbados y retrocedió con la impresión de haber rozado un esqueleto, de lo descarnado que estaba el brazo que había cogido.

—Están muertos —repitió.

—No...

Méliés se sobresaltó.



—¿Quién ha hablado?

—Yo —murmuró una voz débil.

Se volvió. Detrás de él, de pie, apoyándose contra un muro, había un ser demacrado.

—No, no estamos muertos —articuló Jonathan Wells, apoyándose en un brazo—. No les esperábamos, señores.

Se observaron mutuamente. Jonathan Wells no pestañeaba.

—¿No nos han oído cavar? —preguntó Jacques Méliés.

—Sí, pero preferíamos dormir hasta el último momento —emitió el profesor Daniel Rosenfeld.

Todos se levantaron. Estaban delgados y tranquilos.

Los policías estaban muy impresionados. Aquellas gentes ya no parecían seres humanos.

—¡Deben tener un hambre terrible!

—No, no nos alimenten ahora, podría matarnos. Hemos ido acostumbrándonos a vivir así, con poca cosa.

Émile Cahuzacq no daba crédito a sus sentidos.

—¡Madre mía!

Los hombres del subsuelo se vistieron tranquilamente y avanzaron. Retrocedieron cuando vieron la luz del día. Era demasiado violenta para ellos.

Jonathan Wells reunió a varios de sus compañeros de vida subterránea. Formaron un círculo y Jasón Bragel hizo la pregunta que ya todos se hacían.

—¿Nos vamos o nos quedamos?

212. Enciclopedia.

VITRIOLO: «Vitriolo» es una denominación del ácido sulfúrico. Durante mucho tiempo se creyó que «vitriolo» significaba «lo que vuelve vidrioso». Su sentido, sin embargo, es más hermético. La palabra «vitriolo» se formó a partir de las primeras letras de una fórmula de base que data de la Antigüedad: V.I.T.R.I.O.L.: Visita Interiora Terrae (visita el interior de la Tierra) Rectificando Ocultem Lapidem (y rectificándote encontrarás la piedra escondida).

Edmond Wells.

Enciclopedia del saber relativo y absoluto, tomo II.

213. Preparativos.

El cadáver de Chli-pu-ni preside la sala de muertos, donde las deístas lo han instalado.

Sin reina ponedora, Bel-o-kan está amenazada de desaparición. Las hormigas rojas necesitan imperativamente una reina. Una sola reina, pero una reina.

Todas lo saben, ser deísta o no deísta no salvará ahora a la Ciudad. Lo primero que hay que hacer es organizar, aunque ya haya pasado la estación, una Fiesta del Renacimiento.

Se reúne a las princesas retrasadas que no volaron en julio. Se acorrala a los machos débiles que no supieron salir de la Ciudad los días de los vuelos nupciales y se les prepara.

Para salvar la Ciudad resulta imprescindible un acoplamiento.

Sean o no sean dioses los Dedos, si las hormigas no consiguen una reina fecundada de aquí a tres días, todas las belokanianas morirán.

Se atiborra, por tanto, a las princesas de miel azucarada a fin de dinamizarlas con vistas al acto amoroso. Y a los machos deficientes se les explica con paciencia el desarrollo del vuelo nupcial. En el pesado calor de mediodía, la muchedumbre se apiña en el domo de la Ciudad. Desde hace milenios, la Fiesta del Renacimiento provoca el mismo entusiasmo, pero este año es la supervivencia de la comunidad lo que está en juego. ¡Nunca vuelo nupcial alguno fue tan esperado!

Es necesario que una reina viviente vuelva a aterrizar en Bel-o-kan.

Barullo olfativo. Las princesas están ahí, con su vestido de novia que sólo cuenta con dos alas transparentes. Las artilleras están en sus puestos para defender la Ciudad en caso de que los pájaros intenten acercarse.

214. Feromona zoológica.



Feromona: Zoología

Tema: Los Dedos

Salivadora: 103.683

Fecha año: 100.000.667

COMUNICACIÓN: Los Dedos se comunican entre sí emitiendo por la boca vibraciones sonoras. Éstas son captadas por una membrana libre, situada al fondo de unos agujeros laterales de la cabeza. Esa membrana recibe los sonidos y los transforma en impulsos eléctricos. El cerebro da luego un sentido a esos sonidos.

REPRODUCCIÓN: Las hembras de los Dedos son incapaces de elegir el sexo, la casta, o incluso la forma de su cresa. Cada nacimiento es una sorpresa.

OLOR: Los Dedos huelen a aceite castaño.

ALIMENTO: A veces los Dedos comen no porque tengan hambre sino porque se aburren.

ASEXUADO: No existen asexuados entre los Dedos, no hay en ellos más que machos y hembras. Tampoco tienen reina ponedora.

HUMOR: Los Dedos tienen una emoción que nos resulta completamente extraña, y a eso lo llaman «humor». Soy incapaz de comprender de qué se trata. Sin embargo, parece interesante.

NÚMERO: Los Dedos son más numerosos de lo que generalmente se cree. Han construido por el mundo una decena de ciudades de al menos mil Dedos. Según mis estimaciones, debe haber diez mil Dedos en la Tierra.

TEMPERATURA: Los Dedos están equipados con un sistema de regulación térmica interna que les permite conservar el cuerpo tibio, incluso aunque la temperatura del mundo exterior sea fría. Ese sistema les permite permanecer activos de noche y en invierno.

OJOS: Los Dedos tienen ojos móviles en relación al resto del cráneo.

MARCHA: Los Dedos caminan en equilibrio sobre dos patas. Aún no controlan perfectamente esa posición, relativamente reciente en su evolución fisiológica.

VACAS: Los Dedos ordeñan a las vacas (grandes animales para su tamaño), de la misma forma que nosotros ordeñamos a nuestros pulgones.

215. Renacimiento.

Decidieron salir. Iban muy dignos. No estaban ni moribundos ni enfermos. Sólo estaban debilitados. Muy debilitados.

—Al menos podían darnos las gracias —gruñó Cahuzacq in petto.

Su colega Alain Bilsheim le oyó.

—El año pasado os habríamos besado los pies. Ahora, es demasiado pronto o es demasiado tarde.

—¡Pero, sea como sea, os hemos salvado!

—¿Salvado de qué?

Cahuzcq estalló.

—¡En mi vida he visto tanta ingratitud! Como para ir en vuestra ayuda la próxima...

Escupió en el suelo del templo subterráneo.

Uno tras otro, los diecisiete cautivos salieron por la escalera de cuerda. El sol los cegaba. Pidieron vendas para protegerse los ojos. Se sentaron en el suelo.

—¡Explicadnos! —Exclamó Laetitia Wells—. ¡Háblame, Jonathan! Soy tu prima Laetitia Wells, la hija de Edmond. Dime cómo habéis podido resistir ahí abajo tanto tiempo.

Jonathan Wells se hizo portavoz de su comunidad.

—Simplemente tomamos la decisión de vivir, y de vivir juntos, eso es todo. Preferimos no hablar demasiado, perdónenos.

La vieja Augusta Wells se apoyó en una piedra, haciendo signos negativos a los policías.

—No queremos agua ni alimentos. Dadnos sólo mantas porque fuera tenemos frío y apenas nos queda grasa para protegernos —añadió con una risita.—

Laetitia Wells, Jacques Méliés y Juliette Ramírez habían esperado tener que socorrer a unos agonizantes. Ahora no sabían muy bien cómo comportarse frente a aquellos esqueletos tranquilos que se dirigían a ellos con modales llenos de orgullo.

Los instalaron en sus coches, los llevaron al hospital para hacerles exámenes completos y constataron que su estado de salud era mejor de lo que habían temido. Todos presentaban, desde luego, una multitud de carencias en vitaminas y proteínas, pero no sufrían ni lesiones internas o externas, ni degradación de células.

Como un mensaje telepático, una frase cruzó el cerebro de Juliette Ramírez.

Y ellos surgirán de las entrañas de la tierra nodriza cual extraños bebés, portadores de una nueva Humanidad.

Horas más tarde, Laetitia Wells se entrevistó con el psicoterapeuta que había examinado a los supervivientes.

—No sé lo que ocurre —dijo el médico. Prácticamente no hablan. Me sonríen todos como si me tomaran por imbécil, lo cual no deja de ser irritante, debo admitirlo. Pero lo más sorprendente es ese fenómeno extraño, que me desasosiega. Cuando se toca a uno, todos los demás sienten el gesto, como si pertenecieran a un mismo organismo. ¡Y eso no es todo!

—¿Qué más ocurre?

—Cantan.

—¿Cantan? —Dijo asustado Méliés—. Tal vez haya oído usted mal, tal vez sea porque les cuesta volverse a acostumbrar a la palabra o... '

—No. Cantan, es decir, emiten sonidos diferentes para encontrarse todos en la misma nota y mantenerla mucho tiempo. Esa nota única hace vibrar el hospital entero y, en apariencia, parece aliviarles.

—¡Se han vuelto locos! —exclamó el comisario.

—Tal vez esa nota sea un sonido de reunión, como los cantos gregorianos —sugirió Laetitia—. Mi padre sentía mucho interés por ellos.

—Un sonido de reunión para humanos, igual que el olor es signo de reunión para un hormiguero —dijo Juliette Ramírez completando la idea.

El comisario Jacques Méliés pareció preocupado.

—Sobre todo, no hable de esto con nadie y póngame a toda esa gente en cuarentena hasta nueva orden.

216. Tótems establecidos.

Cierto día cuando paseaba por el bosque de Fontainebleau, un pescador contempló un espectáculo desconcertante. Sobre un islote situado entre los dos brazos de un riachuelo, vio unas pequeñas estatuillas de arcilla. Habían sido modeladas sin duda con herramientas minúsculas porque tenían marcas de múltiples y microscópicos golpes de espátula. Había centenares de esas estatuillas, todas exactamente iguales. Casi se habría dicho que se trataba de saleros miniatura.

Además de pescar con caña, el paseante tenía otra pasión: la arqueología.

Aquellos tótem dispuestos en todas direcciones le hicieron pensar en seguida en las estatuas de la isla de Pascua.

¿Se encontraba acaso, pensó, en la isla de Pascua de un pueblo de liliputienses que en otro tiempo había vivido en aquel bosque? ¿Acaso tenía frente a sí los últimos vestigios de una antigua civilización cuyos individuos no debían superar el tamaño de un pájaro-mosca? ¿Gnomos? ¿Trasgos?

El pescador-arqueólogo no exploró con suficiente minuciosidad la isla. De haberlo hecho, habría observado también pequeños montones de insectos de todas las especies, afanados en tocarse con las antenas para comunicarse toda clase de historias.

Y habría comprendido quiénes eran los auténticos constructores de aquellas estatuillas de arcilla.

217. Cáncer.

103 había cumplido su primera promesa: la gente que vivía bajo su ciudad se había salvado. Juliette Ramírez la conminó a cumplir ahora la segunda: revelar el secreto del cáncer.

La hormiga vuelve a ocupar su sitio en la campana de «Piedra de Roseta» y emite un largo discurso oloroso.



Feromona biológica para uso de los Dedos.

Salivadora: 103

Tema: «Lo que vosotros llamáis "cáncer"»

Si vosotros, los humanos, no conseguís erradicar el cáncer es porque vuestra ciencia está anticuada. Por lo que se refiere al cáncer, vuestra forma de analizar os ciega. Sólo veis el mundo de una manera: la vuestra. Porque sois prisioneros de vuestro pasado. A fuerza de experimentación, habéis conseguido curar ciertas enfermedades. De ello habéis deducido que sólo la experimentación puede acabar con todas las enfermedades. Lo he visto en vuestros documentales científicos, en la televisión. Para comprender un fenómeno, lo medís, lo colocáis en una casilla, lo catalogáis y lo cortáis en trozos cada vez más pequeños. Tenéis la impresión de que cuanto más lo desmenuzáis, más os acercáis a la verdad.

Sin embargo, cortando una cigala en trozos no descubriréis por qué canta. Examinando con vuestras lupas las células de un pétalo de orquídea no comprenderéis por qué es tan hermosa esa flor.

Para comprender los elementos que nos rodean hay que ponerse en su lugar, en su globalidad. Y preferentemente mientras todavía están vivos. Si queréis comprender a la cigala, tratad de sentir durante diez minutos lo que puede ver y vivir una cigala.

Si queréis comprender a la orquídea, tratad de sentiros flor. Poneos en el lugar de los demás en vez de cortarlos en trozos y observarlos desde vuestras ciudadelas de conocimientos.

Ninguno de vuestros grandes inventos ha sido descubierto por convencionales sabios de blusa blanca. En la televisión he visto un documental sobre vuestros grandes inventos. No eran más que accidentes de manipulación, cacerolas con cuyo vapor levantabas una tapa, niños mordidos por perros, manzanas que caían de un árbol, productos mezclados por azar.

Para resolver vuestro problema de cáncer habríais debido involucrar a poetas, filósofos, escritores, pintores. En resumen, creadores dotados de intuición y de inspiración. Y no a gentes que han aprendido de memoria todas las experiencias de sus predecesores.

Vuestra ciencia clásica está anticuada.

Vuestro pasado os impide ver vuestro presente. Vuestros logros de antaño os impiden triunfar ahora. Vuestras glorias antiguas son vuestros peores adversarios. He visto a vuestros científicos en la televisión. No hacen más que repetir dogmas, y vuestras escuelas no hacen otra cosa que frenar las imaginaciones con protocolos de experimentación fijados para siempre. Además, sometéis a exámenes a vuestros estudiantes para aseguraros de que no se aventurarán a modificar esos protocolos.

Por eso no sabéis curar el cáncer. Para vosotros, todo es lo mismo. Como se ha conseguido vencer el cólera de un determinado modo, se conseguirá vencer el cáncer empleando los mismos procedimientos.

Sin embargo, el cáncer merece que os intereséis en él en su calidad de cáncer. Es una entidad en sí misma.

Voy a daros la solución. Voy a enseñaros la forma en que nosotras, las hormigas, a las que aplastáis tan fácilmente, hemos resuelto el problema del cáncer.

Observamos que entre nosotros había algunos raros individuos afectados por el cáncer pero que no morían. Entonces, en vez de estudiar a la multitud de los que morían, empezamos por estudiar a éstos, a los raros que estaban afectados y que, de pronto, se curaban sin razón. Buscamos entre ellos su mínimo denominador común. Buscamos durante mucho tiempo, durante muchísimo tiempo. Y descubrimos lo que había de común en la mayor parte de esas «milagrosas»: una capacidad para comunicar con su entorno más fuerte que las de la media de las hormigas.

De ahí una intuición: ¿y si el cáncer fuera un problema de comunicación? ¿De comunicación con quién, me diréis? Pues bien, de comunicación con otras entidades.

Investigamos en el cuerpo de los enfermos: no había en él ninguna entidad palpable. No había espora, microbio ni gusano. A una hormiga se le ocurrió entonces una idea genial: analizar el ritmo de propagación de la enfermedad. ¡Y nos dimos cuenta de que ese ritmo era un lenguaje! La enfermedad evolucionaba según una onda que podía analizarse como una forma de lenguaje.

Disponíamos por tanto del lenguaje, pero no de su emisor. Pero eso no era importante. Descodificamos el lenguaje. En líneas generales significaba: «¿Quiénes sois, dónde estoy?»

Entonces comprendimos. Los individuos afectados por él cáncer son, de hecho, receptáculos involuntarios de entidades extraterrestres no palpables. Extraterrestres que, de hecho, no serían más que una onda comunicante... Al llegar a tierra, esa onda no tendría más que una sola idea para hablar: reproducir lo que la rodea. Y como había aterrizado en cuerpos vivos, la onda extraterrestre reproducía las células que la rodeaban a fin de emitir mensajes del tipo «Buenos días, ¿quiénes son ustedes?, nuestras intenciones no son hostiles, ¿cómo se llama su planeta?».

Eso era lo que nos mataba: frases de bienvenida, preguntas de turistas extraviados.

Y así es como él cáncer os mata.

Para salvar a Arthur Ramírez tenéis que fabricar una máquina «Piedra de Roseta» semejante a la que os permite comunicaros con las hormigas pero destinada, en este caso, a traducir el lenguaje del cáncer. Estudiad sus ritmos, su onda, reproducidlos, manipuladlos, para emitir una respuesta. Desde luego, no estáis obligados a creer esta versión. Pero no perderéis nada probando este método.

Jacques Méliés, Laetitia Wells y los Ramírez quedaron desconcertados por la extraña propuesta. ¿Dialogar con el cáncer...? Sin embargo, Arthur, el señor de los duendes, estaba condenado a no vivir más que unos pocos días y en horribles condiciones. Cierto que todo en ellos les decía: es un absurdo. Esta hormiga no tiene ninguna prerrogativa para darnos lecciones de medicina. Este razonamiento es un disparate. Pero Arthur iba a morir. Entonces, por qué no tratar de explotar esa vía a priori completamente absurda? ¡Ya verían adonde les llevaba!

218. Contactos.

Martes, 14.30 horas. Atendiendo a la cita concertada con mucha antelación, el comisario Jacques Méliés es recibido por el señor Raphaél Hisaud, ministro de Investigación Científica. Le presenta a la señora Juliette Ramírez, a la señorita Laetitia Wells y una botella donde se agita una hormiga. Estaba prevista una conversación de veinte minutos, sin embargo se prolongará ocho horas y media. Y otras ocho horas al día siguiente.

Jueves, 19.23. El presidente de la República Francesa, el señor Regís Malrout, recibe en su salón al señor Raphael Hisaud, ministro de Investigación Científica. En el menú, zumo de naranja, cruasanes, huevos revueltos y comunicación de un mensaje que el ministro de Investigación considera de capital importancia.

El presidente se inclina por encima de los cruasanes.

—¿Qué me está pidiendo? ¿Que discuta con una hormiga? ¡No, y mil veces no! Ni aunque, como usted pretende, haya salvado a diecisiete personas encerradas bajo un hormiguero. ¿Se da usted cuenta de lo que dice? El caso Wells se le ha subido a la cabeza. ¡Vamos, consiento olvidar el tenor de esta entrevista, pero no vuelva a hablarme nunca, pero nunca más, de su hormiga!

—No es una hormiga cualquiera. Es 103. Una hormiga que ya ha hablado con humanos. También es la representante de la mayor federación mirmeceana de la región. ¡Una federación con ciento ochenta millones de individuos!

—¿Ciento ochenta millones de qué? ¡Palabra que está usted loco! ¡Hormigas! ¡Insectos! Animales que se aplastan con los Dedos... No sea usted víctima de juegos de manos de farsantes, Hisaud. Nadie creerá nunca su historia. Los electores pensarán que tratamos de distraerles con cuentos chinos para luego hacerles pagar nuevos impuestos. Por no hablar de las reacciones de la oposición... ¡Ya estoy oyendo sus carcajadas!

—¡Se conoce muy poco de las hormigas! —Objetó el ministro Hisaud—. Si nos dirigiéramos a ellas como a seres inteligentes, constataríamos probablemente que tienen mucho que enseñarnos.

—¿Se refiere a esas teorías extravagantes sobre el cáncer? Lo he leído en los periódicos sensacionalistas. ¿No pretenderá hacerme creer que se toma eso en serio, Hisaud?

—Las hormigas son los animales más esparcidos por la tierra, y seguramente se hedían entre los más antiguos y los más evolucionados. Durante cien millones de años han tenido tiempo de aprender muchas cosas que nosotros ignoramos. Los hombres sólo estamos en la tierra desde hace tres millones de años. Y nuestra civilización moderna tiene como máximo cinco mil años. Probablemente tenemos cosas que aprender de una sociedad tan experimentada. Las hormigas nos permiten imaginar nuestra sociedad dentro de cien años.

—Ya he oído eso, pero es estúpido. ¡Sólo son... hormigas! Si me hubiera hablado de perros, en fin, podría entenderlo. Una tercera parte de nuestros electores tienen perros, ¡pero hormigas...!

—No tenemos más que...

—Basta. Métaselo bien en la cabeza, amigo mío. No seré el primer presidente de República del mundo que hable con una hormiga. No estoy dispuesto a que todo el planeta se ría a mandíbula batiente a mi costa. Ni mi Gobierno ni yo mismo nos pondremos en ridículo por esos animaluchos. No quiero volver a oír hablar de esas hormigas.

Con el tenedor, el presidente se apoderó violentamente de una buena parte de los huevos revueltos y los engulló.

El ministro de Investigación permaneció impasible.

—Pues yo le hablaré de ellas una y otra vez. Hasta que cambie usted de opinión. Han venido a verme varias personas. Me lo han explicado todo con palabras sencillas y los he comprendido. Hoy tenemos la oportunidad de saltar por encima de los siglos, de dar un gran salto hacia el futuro. Y no la dejaré pasar.

—¡Pamplinas!

—Escuche, yo moriré un día, y usted también. Entonces, dado que estamos condenados a desaparecer, ¿por qué no dejar una huella original, diferente, de nuestro paso por esta Tierra? ¿Por qué no firmar acuerdos económicos, culturales e incluso... militares con las hormigas? Después de todo, es la segunda especie terrestre más fuerte.

El presidente Malrout se atraganta con una tostada y tose.

—¿Y por qué no inaugurar una Embajada de Francia en un hormiguero de paso?

El ministro no sonríe.

—Sí, ya he pensado en ello.

—¡Increíble, es usted increíble! —exclama el presidente alzando los brazos al cielo.

—Olvídese que se trata de hormigas. Piense en ellas como en extraterrestres. No son extraterrestres sino ultraterrestres. Su único error consiste en ser minúsculos y en ocupar este planeta desde siempre. Por eso no percibimos ya lo que tienen de maravilloso.

El presidente Malrout le miró directamente a los ojos.

—¿Qué es lo que me propone?

—Una entrevista oficial con 103 —responde Hisaud sin vacilar.

—¿Quién es?

—Una hormiga que nos conoce perfectamente y que podrá servir de intérprete llegado el caso. La invita usted al Elíseo, para un almuerzo informal, por ejemplo; lo más que come es una gota de miel. Poco importa lo que usted le diga, lo que cuenta es que el jefe supremo de nuestra nación se dirija a ella. La señora Ramírez le proporcionará el traductor feromonal. Por lo tanto, usted no tendrá ningún problema técnico.

El presidente pasea arriba y abajo por el salón y contempla largamente los jardines. Parece sopesar los pros y los contras.

—No. ¡Decididamente no! Prefiero desperdiciar la ocasión de marcar mi época antes que exponerme al ridículo. Un presidente que habla con hormigas... ¡Cuántas burlas en perspectiva!

—Pero...


—Hemos terminado. Ha abusado usted de mi paciencia con sus historias de hormigas. La respuesta es no, definitivamente no. ¡Adiós, Hisaud!

219. Epílogo.

El sol está en su cenit. Una vasta claridad se extiende sobre el bosque de Fontainebleau. Las telas de arañas bárbaras se transforman en tapetes de luz. Hace calor.

Unos pequeños seres insignificantes tiemblan entre los ramajes. El horizonte está carmesí. Los helechos se adormecen. La luz hiere todo y a todos. Esa irradiación intensa y pura reseca la escena donde se ha desarrollado una aventura más.

Y, más allá de las estrellas, en el fondo último del firmamento, la galaxia gira lentamente, indiferente a lo que ocurre en su polvo de planetas.

Sin embargo, en una pequeña población mirmeceana de la Tierra, se celebra la última Fiesta del Renacimiento de la estación. Ochenta y una princesas de Bel-o-kan despegan para salvar a la dinastía.

Dos humanos que pasan por allí las ven.

—Mamá, ¿has visto todas esas moscas?

—No son moscas. Son hormigas reina. Recuerda el documental que viste en la tele. Es su vuelo nupcial, y en vuelo se unirán a los machos. Luego algunas se irán tal vez muy lejos para crear imperios.

Las princesas suben muy arriba en el cielo. Arriba, cada vez más arriba, para escapar de los paros. Los machos las alcanzan. Juntos, suben, suben y suben. Esa claridad las absorbe y, poco a poco, se funden en los rayos ardientes del astro solar. Calor, claridad, luz. Todo se vuelve blanco, de un blanco resplandeciente.



Blanco.

GLOSARIO.



Abeja: vecinas voladoras. Las abejas se comunican mediante la danza giratoria en suspensión o mediante la danza sobre cera.

Acacia cornígera: árbol que es, de hecho, un hormiguero viviente.

Ácido fórmico: arma de lanzamiento de las hormigas rojas. El ácido fórmico más corrosivo está concentrado a un 60 %.

Batalla de la «Pequeña nube gris»: en el año 100.000.667 del calendario federal, primer choque entre las tropas hormigas rojas y las habitantes de la Ciudad de oro.

Bel-o-kan: ciudad central de la federación roja.

Belo-kiu-kiuni: madre de la reina Chli-pu-ni. Primera reina que mantuvo un diálogo con los Dedos.

Biblioteca química: invención reciente. Lugar de almacenamiento de feromona memoria.

Cestodos: parásitos que vuelven a las hormigas blancas y débiles.

Cicindela: depredador oculto en el suelo, peligro. Hay que mirar bien dónde se ponen las patas.

Comunicación Absoluta (CA): intercambio total de pensamiento mediante contacto antenario.

Chinche: la chinche es probablemente el animal de sexualidad más original.

Chli-pu-ni: Reina de Bel-o-kan. Iniciadora del movimiento revolucionario federal.

Cortón (o topo-grillo): modo de transporte rápido sub.-terrestre.

Dedos: fenómeno reciente en curso de interpretación. Dios concepto reciente en curso de interpretación.

Díctico: coleóptero acuático capaz de nadar bajo el agua tras aprisionar una burbuja de aire.

Doctor Livingstone: apelación dedesca de su sonda emisora.

Duela del hígado del cordero: parásito que vuelve sonámbulas a las hormigas.

Edad: una hormiga roja asexuada vive por término medio 3 años.

Escarabajo: navío de guerra volador.

Feromona: hormona volátil emitida por las antenas hormigas para transformar informaciones o emociones.

Fuego: el uso del fuego está prohibido por una convención aceptada por la mayoría de los insectos.

Glándula de Dufour: glándula que produce las feromonas pistas.

Gran Cuerno: viejo escarabajo domesticado por 103.

Humanos: nombre que los Dedos se dan a sí mismos.

Lluvia: calamidad.

Mandíbula: arma cortante.

Mariposa: Comestible.

Méliés, Jacques: Dedo macho. Pelo a cepillo.

Moxiluxun: joven termitero situado a orillas del río «Come-todo».

Nudo de Hartman: zona rica en iones positivos. Las hormigas se encuentran bien allí, mientras que da dolores de cabeza a los Dedos.

Órgano de Johnston: órgano hormiga que permite descubrir los campos magnéticos terrestres.

Pájaro: peligro aéreo.

Paso: nueva medida de distancias para la federación de Bel-o-kan. Un paso equivale aproximadamente a 1 cm.

Pulgón: pequeño coleóptero que puede ser ordeñado para obtener melazo.

Rebeldes: movimiento reciente. En 100.000.667 (calendario federal), las rebeldes actuaron para salvar a los Dedos.

Renacuajos: peligro acuático.

Segmento antenario: una antena tiene once segmentos. Cada uno de ellos proporciona un tipo de información diferente.

Sol: bola de energía amiga de las hormigas.

Televisión: modo de comunicación humano.

Termitas: vecinos gigantes. Hábiles arquitectos y navegantes.

Wells, Laetitia: Dedo hembra. Pelos largos.

Wells, Edmond: primer Dedo que comprendió lo que son las hormigas.

103: soldado exploradora.

23: soldado rebelde deísta.

24: soldado rebelde fundadora de la Comunidad libre de la Cornígera.

AGRADECIMIENTOS.



Deseo dar las gracias a Gérard y Daniel Amzallag, a David Bauchard, a Fabrice Coget, a Hervé Desinge, al doctor Michel Dezerald, a Patrick Filipini, a Luc Gomel, a Joél Hersant, a Irina Henry, a Christine Josset, a Fréderic Lenorman, a Marie Lag, a Eric Natafa, al profesor Passerat, a Olivier Ranson, a Gilíes Rapoport, a Reine Silbert, a Iris y a Dotan Slomka.

N. B. Quiero dedicar un recuerdo también a todos los árboles que han proporcionado la pasta de papel necesaria para la fabricación de los libros Las hormigas y El día de las hormigas. Sin ellos, nada hubiera sido posible.
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