Bernard Werber



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VICTORIA: ¿Por qué cualquier forma de victoria es insoportable? ¿Por qué uno sólo se siente atraído por el calor tranquilizante de la derrota? Tal vez porque una derrota no puede ser más que el preludio de un cambio mientras que la victoria tiende a animarnos a conservar el mismo comportamiento. La derrota es innovadora, la victoria es conservadora. Todos los humanos sienten de forma confusa esa verdad. Por ello, los más inteligentes se han visto tentados a obtener no la victoria más hermosa sino la derrota más hermosa. Aníbal dio media vuelta ante una Roma que se le ofrecía. César insistió en llegar hasta los idus de marzo.

Saquemos una lección de estas experiencias.

Uno nunca construye lo suficientemente pronto su propia derrota. Uno nunca construye lo suficientemente alto el trampolín que le permitirá lanzarse a la piscina sin agua.

La meta de una vida lúcida es desembocar en una derrota que sirva de lección a todos los contemporáneos. Porque nunca se aprende de la victoria, sólo se aprende de la derrota.



Edmond Wells.

Enciclopedia del saber relativo y absoluto, tomo II.

197. Llamada a las poblaciones.

Retrato robot en la sección «animales extraviados» del Eco del domingo. Una cabeza de hormiga dibujada a plumilla.

Leyenda: «¡Atención! ¡Lean bien! No es una broma. La hormiga aquí representada puede salvar la vida de diecisiete personas en peligro de muerte. Las señas siguientes les permitirán evitar confundirla con cualquier otra hormiga.

»103 es una hormiga roja. Por lo tanto, no es negra del todo. Su tórax y su cabeza son naranja-pardo. Sólo su abdomen es oscuro.

»Su tamaño: 3 milímetros. Su caparazón tiene estrías. Antenas cortas. Si se le acerca uno con el Dedo, ella lanza inmediatamente un chorro de ácido.

«Sus ojos son relativamente pequeños, sus mandíbulas anchas y rechonchas.

»Seña particular: un trazo rojo en la frente.

»Si la descubren, si, incluso sin estar seguros, creen haberla reconocido, recójanla, abríguenla y no duden en llamar al 31 41 59 26. Pregunten por Laetitia Wells. También pueden llamar a la Policía y preguntar por el comisario Jacques Méliés.

»100.000 francos de recompensa para cualquier llamada que ayude a encontrar a 103.683.»

Laetitia, Méliés y Juliette Ramírez intentaron discutir con las hormigas del terrario y con hormigas cogidas al azar por las calles. Aunque las del terrario habían oído hablar de Bel-o-kan, eran incapaces de llevarles hasta allí. No sabían siquiera dónde se encontraban. En cuanto al secreto del cáncer, ni siquiera conseguían saber de qué se trataba.

La misma ignorancia encontraron en las hormigas halladas en calles, jardines o casas.

Se vieron obligados a constatar que la mayoría de las mirmeceanas eran más bien estúpidas. No se interesaban por nada. No comprendían nada. No pensaban más que en comer.

De este modo, Jacques Méliés, Juliette Ramírez y Laetitia Wells llegaron a comprobar que 103 era realmente un caso aparte. Su capacidad intelectual la convertía en única.

Laetitia Wells atrapó con una pinza las cápsulas en las que 103 había colocado sus feromonas zoológicas sobre los Dedos.

Decididamente, aquella 103 había intentado comprenderlo todo sobre su mundo y su época. Rara vez se había visto tanta curiosidad y avidez por saber, incluso entre humanos. 103 era realmente alguien excepcional, se dijo Laetitia Wells. Y se mordió los labios al pensar ya en 103 en pretérito imperfecto.

Por un momento sintió ganas casi de rezar. Después de todo, ¿qué podía permitir encontrar una hormiga en una ciudad humana si no era un milagro?

199. Osario.

La reina Chli-pu-ni baja, rodeada por una escolta de guardias de largas mandíbulas. Se reprocha no haberse comunicado antes con el doctor Livingstone. Ya conoce todas las preguntas que va a hacerle. Ya sabe cómo va a descubrir sus debilidades. Además, ha decidido alimentarlos. Hay que alimentarlos para seducirlos, como se hace para seducir a los pulgones salvajes antes de cortarles las alas e insertarlos en establos.

Piso -10: Se siente dominada por un ardor nuevo. La reina acelera el paso. Sí, va a alimentarlos y hablarles. Tomará notas y consignará además numerosas feromonas zoológicas sobre los Dedos.

A su alrededor caracolean sus guardianas. Todas sienten que hoy va a ocurrir algo importante. La reina de la Federación, fundadora del movimiento evolucionarlo, consiente por fin en hablar con los Dedos, en estudiarles para matarlos mejor.



Piso -12: Chli-pu-ni se dice que ha sido realmente una estúpida por no haber escuchado antes a 103. Habría debido dialogar con los Dedos desde hace tiempo. Habría debido escuchar a su madre. Belo-kiu-kiuni les hablaba. Era tan fácil hacer lo mismo.

Piso -20: ¡Ojala estén vivos todavía los Dedos de abajo! ¡Ojala no lo haya echado todo a perder por su voluntad de distinguirse, de hacer algo diferente de sus padres! No había que hacer lo contrario ni hacer nada, bastaba con continuar. Continuar la obra de Madre en lugar de negarla.

A su alrededor se activa, como cada día, la Manada. Las hormigas la saludan con la punta de las antenas. Pero la mayoría está sorprendida de ver descender a su reina tan profundamente en la Ciudad.



Piso-40: Chli-pu-ni galopa ahora con toda su tropa repitiéndose: «¡Ojala no sea demasiado tarde!» Tuerce en varios corredores y desemboca al final en una sala que no conoce. Una sala de proporciones sorprendentes, que ha debido ser construida hace una semana por lo menos en estos pisos tan poco poblados.

De pronto, ante ella, unas deístas. Son los cadáveres de todas las rebeldes deístas que han sido traídos a este lugar. Centenares de hormigas inmóviles parecen desafiar a la inoportuna visitante.

¡Soldados muertas conservadas en la Ciudad! Las antenas reales, pasmadas, hacen un movimiento de retroceso. A su espalda, las soldados belokanianas que la acompañan también están asustadas.

¿Qué hacen aquí todas estas muertas? ¡Deberían estar en la depuradora! La reina y las soldados dan algunos pasos entre los elementos de aquella lúgubre exposición. En su mayoría, las hormigas muertas están en posición de combate, con las mandíbulas separadas y las antenas hacia delante, dispuestas a saltar hacia un adversario tal vez igual de inmóvil.

Algunos de aquellos cadáveres todavía llevan huellas de perforaciones de penes de chinches. Y pensar que todas han muerto por instigación suya...

Chli-pu-ni se siente rara.

Está impresionada: todas están... como Madre en su celda real.

Las sorpresas no paran ahí.

Le parece que, entre estas hormigas demasiado inmóviles, se ha producido un movimiento.

¡Sí, casi la mitad se mueve! ¿Es un milagro, una subida del antiquísimo melazo de lome chuza, droga que ella tuvo la imprudencia de probar en otro tiempo?

¡Horror!

¡Los cadáveres se mueven por todas partes!

¡Y no es una alucinación! Centenares de fantasmas atacan ahora a las soldados que la rodean. Hay lucha en todas partes. Las guardianas de la reina poseen largas mandíbulas, pero las rebeldes deístas son mucho más numerosas. El efecto sorpresa y el estrés provocado por aquel lugar extraño juegan en contra de las guerreras convencionales.

Mientras combaten, las deístas agitan las antenas para emitir sin parar la misma feromona.

Los Dedos son nuestros dioses.

199. Reencuentros.

Laetitia Wells surge como una bala de cañón, sin aliento, en el desván donde Jacques Méliés y Juliette Ramírez se esforzaban por hacer una selección entre los centenares de cartas y de mensajes telefónicos en respuesta a su llamada pública.

—¡La han encontrado! ¡Alguien la ha encontrado! —gritó la periodista.

Ninguno de los dos reaccionó.

—Ya hay ochocientos estafadores que juran haberla encontrado —dijo Méliés—. Recogen cualquier hormiga, le meten un poco de pintura roja en la frente y vienen a reclamar la recompensa.

Juliette Ramírez insistió.

—¡Hasta se han presentado algunos con arañas o cucarachas pintarrajeadas de rojo!

—No, no, esta vez va en serio. Es un detective privado que, desde que hicimos la llamada, se pasea permanentemente por toda la ciudad con lentes de aumento sobre la nariz...

—¿Y qué te hace creer que ha encontrado de verdad a nuestra 103?

—Me ha dicho por teléfono que la marca sobre la frente no era roja sino amarilla. Y cuando me dejo la laca demasiado tiempo en las uñas, se vuelve amarilla.

En efecto, el argumento era convincente.

—¿Tiene el animal?

—No. Dice que la ha encontrado, pero que no ha podido cogerla. Se le ha escapado entre los dedos.

—¿Dónde la ha visto?

—¡Agarraos! ¡No será fácil!

—Pero ¿dónde la ha visto? ¡Di!

—¡En la estación de Metro de Fontainebleau!

—¿En una estación de Metro?
—Pero si son las seis, es hora punta. Debe estar abarrotada de gente —dijo Méliés asustado.

—Cada segundo es precioso. Si dejamos escapar esta ocasión, perderemos definitivamente a 103 y entonces...

—¡Corramos!

200. Instantes de respiro.

Dos gordas hormigas de ojos rosas y malencaradas se acercan a un montón de salchichas, tarros de confitura, pizzas y chucrut aliñado.

—¡Nierk, nierk, los humanos no nos ven! ¡Démonos un banquete!

Las dos hormigas se precipitan sobre los platos. Emplean abrelatas para abrir botes de conserva de alubias, se sirven champaña en unas copas alargadas y brindan.

De pronto, un proyector las ilumina y una bomba derrama una nube amarilla.

Las dos hormigas levantan sus cejas y abren desmesuradamente sus grandes ojos verdes gritando.

—¡Socorro, es PROCASA!

—¡No, PROCASA no, cualquier cosa menos PROCASA!

Vapores negros.

—Aaaaargggghhhhhhh.

Las dos hormigas se derrumban en el suelo. Trávelling hacia atrás. Un hombre esgrime un aerosol con gruesas letras inscritas en él: PROCASA.

Sonriente, se dirige a la cámara. «Con el buen tiempo y el calor, las cucarachas, las hormigas y las chinches proliferan. PROCASA es la solución. PROCASA mata sin discriminación todo lo que se mueve en sus cajones. PROCASA no es peligroso para los niños y no tiene piedad con los insectos. PROCASA es un nuevo producto CQG. CQG es eficacia.»

201. Persecución en el Metro.

Iban completamente lanzados. Jacques Méliés, Laetitia Wells y Juliette Ramírez zarandearon sin miramientos a los usuarios del Metro.

—¿No han visto una hormiga?

—¿Cómo dice?

—Ha debido ir por allí, estoy segura, a las hormigas les gusta la penumbra. Hay que buscar en los rincones oscuros.

Jacques Méliés llevó a un transeúnte a un rincón.

—¡Mire dónde pone los pies, imbécil, sería capaz de matarla!

Nadie comprendía lo que hacían.

—¿Matarla? ¿Matar a quién? ¿Matar qué?

—¡A 103!

Y, como de costumbre, la mayoría de los viajeros seguían su camino, negándose a ver o a oír a los perturbadores.

Méliés se pegó de espaldas a la pared embaldosada.

—Buscar una hormiga en una estación de Metro es como buscar una aguja en un pajar.

¡Laetitia Wells se dio una palmada en la frente!

—¡Ya está! ¿Cómo no se nos ha ocurrido antes! «Buscar una aguja en un pajar...»

—¿Qué quieres decir?

—¿Qué se hace para buscar una aguja en un pajar?

—¡Es imposible!

—Claro que es posible. Basta con emplear el método correcto. Encontrar una aguja en un pajar, es algo muy fácil: se prende fuego al pajar y luego se pasa un imán por las cenizas.

—De acuerdo, pero ¿qué tiene que ver eso con 103?

—Es una imagen nada más. Basta con encontrar el método. ¡Y tiene que haber forzosamente un método!

Quedaron desconcertados. ¡Un método!

—Jacques, tú eres policía, empieza por pedir al jefe de estación que haga salir a todo el mundo.

—¡No aceptará nunca, es hora punta!

—¡Dile que hay un aviso de bomba! Nunca asumirá el riesgo de tener miles de muertos sobre su conciencia.

—De acuerdo.

—Bueno, Juliette, ¿sería usted capaz de fabricar una frase feromonal?

—¿Cuál?

—«Dirígete a la zona más iluminada.»



—¡No hay problema! Puedo hacer incluso 30 centilitros que, con un spray, se vaporizarán por todas partes.

—Perfecto.

Jacques Méliés quedó entusiasmado.

—Ahora lo comprendo. Quieres instalar un potente proyector en el andén para que ella acuda.

—Las hormigas rojas de mi vivero iban siempre hacia la luz. ¿Por qué no intentarlo...?

Juliette Ramírez fabricó la frase olorosa: «Dirígete a la zona más iluminada», y regresó con esa llamada en un vaporizador de perfume.

Los altavoces de la estación pidieron a todo el mundo que evacuara el Metro con calma y en orden. Todo el mundo corrió, gritó, se zarandeó, se resbaló. Cada uno en su casa y Dios en la de todos.

Alguien gritó: «¡Fuego!» Fue la desbandada. El grito fue repetido por todos. La muchedumbre echó a correr. Derribaron las verjas de separación de los andenes. Las gentes se pegaban por pasar. Los altavoces seguían repitiendo: «Tengan calma, que no cunda el pánico», y esas palabras lograban el efecto contrario al buscado.

Ante la cabalgada de suelas que se abaten a su alrededor, 103 decide esconderse en el intersticio de una letra de cerámica de la estación «Fontainebleau». La sexta del alfabeto. La letra F. Allí espera a que se calme la algarabía de los olores del sudor dedalero.

202. Enciclopedia.



ABRACADABRA: La fórmula mágica «Habracadabrah» significa, en hebreo «que pase como está dicho» (que las cosas dichas cobren vida). En la Edad Media, se utilizaba como encantamiento para curar las fiebres. La expresión fue repetida luego por prestidigitadores, expresando con esa fórmula que el número llegaba a su fin y que el espectador iba a asistir a lo mejor del espectáculo (¿el momento en que las palabras cobran vida?). La frase, sin embargo, no es tan anodina como parece a primera vista. Hay que escribir la fórmula constituida por nueve letras (en hebreo no se escriben las vocales: HA BE RA HA CA AD BE RE HA, lo cual da HBR HCD BRH) en nueve líneas y de la siguiente manera, para descender progresivamente hasta la «H» original (Aleph: que se pronuncia Ha).

HBR HCD BHR

HBR HCD BR

HBR HCD B

HBR HCD

HBRHC

HBRH

HBR

HB

H

Esta disposición está concebida de forma que capte cuanto sea posible las energías del cielo y las haga descender hasta los hombres. Hay que imaginar ese talismán como un embudo, a cuyo alrededor la danza espiral de las letras que constituyen la fórmula «Habracadabrah» desemboca en un torbellino vertiginoso. Atrapa y concentra en su extremidad las fuerzas del espacio-tiempo superior.



Edmond Wells.

Enciclopedia del saber relativo y absoluto, tomo II.



  1. Una hormiga en el Metro.

Ya está, la multitud se ha dispersado. 103 sale de su escondite y camina por los vastos pasillos del Metro. La verdad es que no se acostumbrará nunca a este lugar. No le gusta esa luz de neón de un blanco tan duro.

De pronto huele en el aire un mensaje feromonal: «Dirígete a la zona más iluminada.» Reconoce ese acento olfativo. Es el de la máquina de traducir de los Dedos. ¡Bueno! Basta con buscar el rincón más iluminado.

204. Encuentro imposible.

Por toda la ciudad de Bel-o-kan se oye el choque de las armas. Las rebeldes caen del techo. Ninguna soldado acude para rescatar a la reina. Se lucha entre los cadáveres secos de las deístas. Pero rápidamente las más numerosas van obteniendo ventaja en los combates.

Chli-pu-ni está rodeada de mandíbulas que presiente hostiles. Se diría que aquellas hormigas no reconocen sus feromonas reales. Una de ellas se acerca, con las mandíbulas abiertas, como si quisiera decapitarla. Y, al acercarse, la asesina emite.

¡Los Dedos son nuestros dioses!

Ésa es la solución. Hay que entablar contacto con los Dioses. Chli-pu-ni no tiene intención de dejarse matar. Se lanza en medio de la pelea, zarandea las mandíbulas y antenas que tratan de pararla, galopa por todos los pasillos que descienden. Sólo hay una dirección los Dedos.

Piso -45. Piso -50. Descubre en seguida el pasaje que lleva debajo de la Ciudad. A su espalda, las rebeldes deístas la persiguen y siente sus olores hostiles.

Chli-pu-ni atraviesa el corredor de granito y penetra en la «Segunda Bel-o-kan», la ciudad secreta que su madre construyó en el pasado para acudir a hablar con los Dedos.

En el centro hay una silueta de la que sale un grueso tubo.

Chli-pu-ni sabe lo que es ese ser mal tallado en la resina. Las espías le han dicho su nombre. «Doctor Livingstone».

La reina se acerca. Las deístas la alcanzan, la rodean, pero la dejan avanzar hacia el representante de sus dioses.

La soberana toca las antenas de la seudo hormiga.

Soy la reina Chli-pu-ni, emite en su primer segmento.

Al mismo tiempo, a través de sus otros diez segmentos antenarios, lanza en desorden y en todas las longitudes de ondas olfativas una multitud de informaciones.

Tengo la intención de salvaros. De ahora en adelante, yo me encargo de alimentaros. Quiero hablar con vosotras.

Como si también ellas esperasen un prodigio, las deístas no se mueven.

Sin embargo, no ocurre nada. Desde hace varios días los dioses se han callado e incluso se niegan a hablar con la reina.

Chli-pu-ni aumenta la intensidad olfativa de sus mensajes. En el doctor Livingstone no se produce el menor estremecimiento. Permanece inmóvil.

De pronto, una idea cruza la mente de la soberana con la vivacidad y la fuerza luminosa de un relámpago.

Los Dedos no existen. Los Dedos no han existido nunca.

Ha sido un gigantesco engaño, rumores, historias, falsas informaciones difundidas por las feromonas de varias generaciones de reinas y por movimientos de hormigas enfermas.

103 ha mentido. Madre Belo-kiu-kiuni ha mentido. Las rebeldes mienten. Todo el mundo miente.

Los Dedos no existen y no han existido nunca.

Allí se detienen todos sus pensamientos. Una decena de láminas de mandíbulas deístas perforan su pecho.

103. En busca de 103

El jefe de estación apagó todas las luces, como se lo había ordenado Méliés. Luego les proporcionó una linterna lo suficientemente potente como para iluminar el andén. Juliette Ramírez y Laetitia Wells habían vaporizado la feromona de llamada por toda la estación. Sólo les quedaba esperar, impacientes, con el corazón latiendo con fuerza, a que 103 se acercase a su faro.

103 percibe unas sombras generadas por una luz más potente que los neones que ha aprendido a conocer. De acuerdo con el mensaje difundido por los Dedos «amables» para encontrarla, avanza hacia la zona iluminada. Deben estar esperándola allí. En cuanto se reúna con ellos, todo volverá al orden.

¡Qué larga se hacía aquella espera! Jacques Méliés, incapaz de permanecer en su sitio, paseaba arriba y abajo por el corredor. Encendió un cigarrillo.

—Apágalo. El olor a tabaco podría hacerla huir. El fuego le da pánico.

El policía apagó su cigarrillo con el talón y siguió andando arriba y abajo.

—Deja de andar. Podrías aplastarla si llegase por ahí.

—No te preocupes por eso, si hay algo que no dejo de hacer desde hace días es mirar dónde pongo los pies.

103 ve nuevas placas acercándose hacia ella. Esa feromona es una trampa. Unos dedos matadores de hormigas han difundido el mensaje para matarla mejor. Huye.

Laetitia Wells la descubrió en el círculo de luz.

—¡Mirad! Una hormiga sola. Seguro que es 103. Se ha acercado pero tú le has dado miedo con tus suelas. Si consigue huir, la volveremos a perder.

Avanzaron con breves pasos, pero 103 aceleró la marcha.

—No nos reconoce. Para ella, todos los humanos son montañas —dijo desolada Laetitia.

Le presentaron sus Dedos y sus manos, pero 103 echó a correr como ya lo había hecho durante la comida campestre. Se precipitó en dirección a las vías.

—Nonos reconoce. No reconoce nuestras manos. ¡Se desvía ante nuestros Dedos! ¿Qué podemos hacer? —Exclamó Méliés—. Si sale del andén, ¡nunca la volveremos a encontrar entre la gravilla!

—Es una hormiga. Y con las hormigas sólo funcionan los olores. ¿Tienes tu rotulador? La tinta huele mucho, lo suficiente al menos para detenerla.

Laetitia se apresuró a trazar una gruesa línea frente a 103.

Corre y se precipita cuando, de pronto, una pared olorosa, con fuerte sabor a alcohol, se yergue ante ella. 103 frena con todas sus patas, bordea aquella pared nauseabunda como si allí hubiera una frontera invisible pero infranqueable, luego la contornea y prosigue su carrera.

—¡Está contorneando la línea de tinta! Laetitia corrió para bloquear el camino con el rotulador. Trazó tres trazos rápidos en forma de triángulo prisión.

Estoy prisionera entre estas paredes olorosas, se dijo 103. ¿Qué puedo hacer?

Sacando fuerzas de flaqueza, se proyecta a través del trazo de tinta como si se tratara de una pared de cristal y corre a todo correr sin mirar adonde va.

Los humanos no esperaban tanta valentía y audacia. Se atropellaron unos a otros ante la sorpresa.

—-Está- ahí —indicó Méliés con el Dedo.

—¿Dónde? —preguntó Laetitia.

—¡Cuidado...!

Laetitia Wells estaba desequilibrada. Todo ocurrió como a cámara lenta. Para sostenerse, dio un pasito de lado. Puro reflejo. La punta de su zapato de tacón alto se alzó y luego cayó sobre...

—NNNOOOOOOOOOOOO —aulló Juliette Ramírez.

Empujó con todas sus fuerzas a Laetitia antes de que su pie tocara el suelo.

Demasiado tarde.

103 no tiene el reflejo de evitarlo. Ve una sombra que se cierne sobre ella y sólo le queda tiempo para pensar que su vida termina aquí. Su vida ha sido rica. Como en una pantalla de televisión, por sus cerebros desfilan imágenes. La guerra de las Amapolas, la caza del lagarto, la visión del confín del mundo, el vuelo en el escarabajo, el árbol cornígero, el espejo de las cucarachas, y tantas y tantas batallas antes del descubrimiento de la civilización dedalera..., el fútbol, Miss Universo..., el documental sobre las hormigas.

206. Enciclopedia.

BESO: A veces me preguntan qué es lo que el hombre ha copiado de la hormiga. Mi respuesta es: el beso en la boca. Se ha creído durante mucho tiempo que los romanos de la Antigüedad habían inventado el beso en la boca varios centenares de años antes de nuestra Era. De hecho, se limitaron a observar a los insectos. Comprendieron que, cuando las hormigas se tocaban los labiales, producían un acto generoso que consolidaba su sociedad. Nunca captaron su significado completo, pero se dijeron que había que reproducir aquel contacto para encontrar la cohesión de los hormigueros. Besarse en la boca es representar una trofalaxia. Pero, en la verdadera trofalaxia, hay un don de alimento mientras que, en el beso humano, no hay más que un don de saliva no nutritivo.

Edmond Wells.

Enciclopedia del saber relativo y absoluto, tomo II.

207. 103 en el otro mundo.

Estupefactos, contemplaron el cuerpo aplastado de 103.

—¿Está muerta?

El animal no se movía. Nada.

—¡Está muerta!

Juliette Ramírez golpeó la pared con el puño.

—Todo está perdido. No podemos salvar a mi marido. Todos nuestros trabajos no han servido de nada.

—¡Es demasiado estúpido! ¡Fracasar tan cerca del final! Estábamos a punto de conseguirlo.

—Pobre 103... Toda esa vida extraordinaria, y un simple zapato de tacón la ha...

—Ha sido culpa mía, ha sido culpa mía —repetía Laetitia.

Jacques Méliés era más pragmático.

—¿Qué hacemos con su cadáver? ¡No iremos a tirarlo!

—Habría que erigirle una pequeña tumba...

—103 no era una hormiga cualquiera. Era una Ulises o una Marco Polo de los mundos del espacio-tiempo inferior. Un personaje clave de toda su civilización. Merece más que una tumba.

—¿En qué estás pensando? ¿En un monumento?

—Sí.

—Pero, por ahora, nadie salvo nosotros sabe lo que esta hormiga ha hecho. Nadie sabe que ha sido el puente entre nuestras dos civilizaciones.



—¡Hay que proclamarlo por todas partes, hay que avisar a todo el mundo! —Afirmó Laetitia Wells—. Esta historia ha adquirido demasiada importancia. Es preciso que tenga una continuación, que nos permita llegar más lejos.

—Nunca habrá otra «embajadora» tan capacitada como 103. Tenía la curiosidad y la apertura de mente necesarias para el contacto. Lo he comprendido hablando con las otras hormigas. Era un caso único.

—Entre un millar de hormigas, deberíamos terminar encontrando otra igual de dotada.

Pero sabían de sobra que no. Empezaban a adoptar a 103 como ella les había adoptado. Así de sencillo. Nada más que por un interés bien entendido. Las hormigas necesitan a los hombres para ganar tiempo. Los hombres necesitan a las hormigas para ganar tiempo.

¡Qué lástima! ¡Qué lástima fracasar tan cerca de la meta!

Ni el propio Jacques Méliés conseguía permanecer insensible. Dio puntapiés contra los bancos.

—Es demasiado estúpido.

Laetitia Wells se echaba la culpa.

—No la he visto. Era tan pequeña. ¡No la he visto!

Y los tres miraban el pequeño cuerpo inmóvil. Era un objeto. Viendo el pobre caparazón retorcido nadie hubiera podido creer que aquello había sido 103, la guía de la primera cruzada contra los Dedos.

Se recogieron delante del cadáver.

De pronto, Laetitia Wells abrió desmesuradamente los ojos y dio un brinco.

—¡Se ha movido!

Escrutaron el insecto inmóvil.

—Ves lo que deseas ver.

—No, no he soñado. Os digo que la he visto mover una antena. Apenas era perceptible, pero sí claro.

Se miraron y observaron largamente el insecto. No había la menor onza de vida en aquel animal. Estaba fija en una especie de espasmo doloroso. Sus antenas estaban alzadas, y sus seis patas recogidas como para un largo viaje.

—¡Estoy... estoy segura de que ha movido una pata!

Jacques Méliés cogió a Laetitia por los hombros. Comprendía que la emoción le hiciese ver lo que deseaba ver.

—Lo siento. Puro reflejo cadavérico probablemente.

Juliette Ramírez no quería dejar a Laetitia Wells en la duda, cogió el pequeño cuerpo ajusticiado y se lo puso muy cerca de la oreja. Lo depositó incluso en la caverna de su cavidad auricular.

—¿Crees que vas a oír los latidos de su corazón?

—¿Quién sabe? Tengo muy buen oído, percibiría el menor movimiento.

Laetitia Wells volvió a coger los despojos de la heroína y lo depositó en un banco. Se puso de rodillas y colocó con precaución un espejo delante de sus mandíbulas.

—¿Esperas verla respirar?

—Las hormigas también respiran, ¿no?

—Su respiración es demasiado ligera para que podamos descubrir la menor huella.

Contemplaron al animal desarticulado con una cólera sorda.

—Está muerta. ¡Está completamente muerta!

—103 era la única que confiaba en nuestra unión entre especies. Había tardado tiempo, pero había imaginado una interpretación de nuestras dos civilizaciones. Había abierto una brecha y hallado unos denominadores comunes. Ninguna otra hormiga habría podido dar tal paso. Ella empezaba a volverse algo... humana. Le gustaba nuestro humor y nuestro arte. Cosas todas perfectamente inútiles, como ella decía..., pero, ¡tan fascinantes!

—Educaremos a otra.

Jacques Méliés tomó a Laetitia Wells entre sus brazos y la consoló.

—Cogeremos otra y le enseñaremos también lo que es el humor y el arte de los... Dedos.

—No hay ninguna otra como ella. Ha sido culpa mía... —repitió Laetitia.

Mantuvieron fijos los ojos sobre el cuerpo de 103. Sobrevino un largo silencio.

—Le haremos unas exequias dignas de ella —dijo Juliette Ramírez.

—La enterraremos en el cementerio de Montparnasse, al lado de los mayores pensadores del siglo. Será una tumba muy pequeña y encima escribiremos: «Fue la primera.» Sólo nosotros sabremos el sentido de esa inscripción.

—No le pondremos cruz.

—Ni flores ni coronas.

—Nada más que una ramita clavada en el cemento. Porque siempre ha permanecido erguida ante los acontecimientos, incluso cuando tenía miedo.

—Y siempre tenía miedo.

—Volveremos a encontrarnos cada año sobre su tumba.

—Personalmente, no me gusta insistir en mis fracasos.

Juliette Ramírez suspiró.

—¡Qué lástima tan grande!

Con la punta de la uña, golpeteó en las antenas de 103.

—¡Vamos! ¡Despierta ahora! Ya nos has engañado bastante, nos hemos creído que estabas muerta, dinos que estabas bromeando. Que gastas bromas como nosotros, los humanos.

¿Lo ves? ¡Tú has inventado el humor hormiga!

Llevó el cuerpo bajo la linterna halógena.

—Tal vez con un poco de calor...

Los tres contemplaban el cadáver de 103. Méliés no pudo dejar de murmurar una pequeña plegaria: «Dios mío, haz que...»

Pero seguía sin ocurrir nada.

Laetitia Wells contuvo una lágrima que fluyó, se deslizó por la arista de la nariz, contorneó la mejilla, se detuvo un instante en el hoyuelo de la barbilla y luego cayó junto a la hormiga.

Una salpicadura sucia tocó la antena de 103.

Entonces ocurrió algo. Los ojos se abrieron desmesuradamente y los cuerpos se inclinaron.

—¡Se ha movido!

Esta vez los tres habían visto estremecerse la antena.

—¡Se ha movido, todavía está viva!

La antena volvió a estremecerse.

Laetitia cogió una segunda lágrima de la comisura de sus ojos y humedeció con ella la antena.

De nuevo hubo un movimiento imperceptible de retroceso.

—Está viva. Está viva. ¡103 está viva!

Juliette Ramírez se frotó la boca con un Dedo escéptico.

—Aún no está todo ganado.

—Está muy malherida, pero podemos salvarla.

—Necesitamos un veterinario.

—Un veterinario para hormigas, ¡eso no existe! —observó Jacques Méliés.

—Entonces, ¿quién va a poder curar a 103? Sin ayuda, morirá.

—¿Qué podemos hacer? ¿Qué podemos hacer?

—Sacarla de aquí, y de prisa.

Estaban sobreexcitados y a la vez desconcertados, porque habían deseado con mucha fuerza verla moverse, y ahora que se movía no sabían qué hacer para cuidarla. A Laetitia Wells le habría gustado acariciarla, tranquilizarla, pedirle perdón. Pero se sentía tan torpe, tan patosa para el espacio-tiempo de las hormigas que no haría sino agravar la situación. En ese instante le habría gustado ser hormiga para poder lamerla, darle una buena trofalaxia...

Exclamó.


—Sólo una hormiga podría salvarla, tenemos que llevarla entre las suyas.

—No, está cubierta por olores parásitos. Una hormiga de su propio nido no la reconocería. La mataría. No hay nada que nosotros podamos hacer.

—Se necesitarían bisturís microscópicos, pinzas...

—Si sólo es eso, ¡corramos! —Gritó Juliette Ramírez—. Si llegamos a casa, tal vez no todo esté perdido. ¿Tenéis otra caja de cerillas?

De nuevo Laetitia colocó a 103 con mil precauciones, obligándose a creer que aquel trozo de pañuelo con el que había tapizado el fondo no era un sudario sino una sábana, que transportaba no un ataúd sino una ambulancia.

103 emite débiles llamadas con la punta de la antena, como si se supiera al límite de sus fuerzas y quisiera lanzar un último adiós.

Volvieron a subir a la superficie, corriendo y al mismo tiempo esforzándose por no agitar mucho la caja y a su herida.

Además, de rabia, Laetitia tiró sus zapatos a la cuneta.

Cogieron un taxi, le exhortaron a ir lo más de prisa posible evitando los baches.

El chofer reconoció a sus pasajeros. Eran los mismos que, la última vez, le habían exigido que no pasase de 0,1 kilómetro por hora. Siempre da uno con los mismos pesados. ¡O no tienen ninguna prisa o tienen demasiada!

De cualquier modo, corrió hacia el domicilio de los Ramírez.

208. Feromona.



Feromona: Zoología

Tema: Los Dedos

Salivadora: 103.683

Fecha año: 100.000.667

CAPARAZÓN: Los Dedos tienen la piel blanda. Para protegérsela, la recubren, bien con trozos de vegetales tejidos, bien con trozos de metal que llaman «coches».

TRANSACCIÓN: Los Dedos son ineptos en materia de relaciones comerciales. Son tan ingenuos que intercambian paletadas de alimento por un solo trozo de papel coloreado no comestible.

COLOR: Si se priva de aire a un humano durante más de tres minutos, cambia de color.

PARADA AMOROSA: Los Dedos se entregan a una parada amorosa compleja. Para hacerlo, se encuentran la mayoría de las veces en unos lugares especiales llamados «cajas de noche» o «boites». En ellas se menean cara a cara durante horas, representando así el acto copular. Si cada uno queda satisfecho con la actuación del otro, se dirigen a una habitación para reproducirse.

NOMBRES: Los Dedos se llaman entre sí Humanos. Y a nosotras, las Terrestres, nos llaman Hormigas.



RELACIONES CON EL ENTORNO: El Dedo sólo se preocupa de su propia persona. Por naturaleza, el Dedo siente unas ganas fortísimas de matar a todos los demás Dedos. Las «leyes», un código social rígido establecido de forma artificial, sirven para moderar sus pulsiones de muerte.

SALIVA: Los Dedos no saben lavarse con su saliva. Para lavarse necesitan una máquina que se llama «bañera».

COSMOGONÍA: ¡Los Dedos se imaginan que la Tierra es redonda y que gira alrededor del Sol!

ANIMALES: Los Dedos conocen muy mal la Naturaleza que les rodea. Creen ser los únicos animales inteligentes.

209. Operación última oportunidad.

—¡Bisturí!

Cada petición de Arthur era ejecutada inmediatamente.

—Bisturí.

—¡Pinza de depilar número uno!

—Pinza de depilar número uno.

—¡Escalpelo!

—Escalpelo.

—¡Sutura!

—Sutura.

—¡Pinza de depilar número ocho!

—Pinza de depilar número ocho.

Arthur Ramírez operaba. Cuando los otros tres llegaron, trayendo a 103 agonizante, él ya se había despertado y recuperado de su desmayo. Había comprendido inmediatamente lo que de él esperaban sus compañeros y se arremangó. Deseoso de conservar intacta toda la agudeza de sus sentidos para la delicada operación, había rechazado el cóctel de analgésicos que le ofrecía su esposa.

Ahora Jacques Méliés, Laetitia Wells y Juliette Ramírez estaban a su lado inclinados sobre la minúscula mesa de cirugía improvisada por el señor de los duendes a partir de una lámina de microscopio. Este último estaba colocado sobre una cámara de vídeo. Todos podían seguir la operación en un televisor.

Muchas hormigas-robot habían desfilado ya sobre aquella lámina para ser reparadas, pero era la primera vez que una hormiga de quitina y de sangre se hallaba en aquel mal trance.

—¡Sangre!

—Sangre.


—¡Más sangre!

Para salvar a 103 había sido preciso aplastar a cuatro hormigas verdaderas y recoger la sangre precisa para las transfusiones. No habían vacilado. 103 era única y merecía el sacrificio de algunos individuos de su especie.

Para aquellas mini transfusiones, Arthur había afilado una aguja microscópica y la había hundido en la zona blanda de la articulación de la pata posterior izquierda.

El cirujano improvisado ignoraba si la hormiga sufría con sus manipulaciones, pero, dado su estado de fragilidad, había preferido no intentar la anestesia.

Arthur empezó por encajar la pata mediana a la manera de un ensalmador. Igual de fácil resultó su trabajo con la pata anterior izquierda. A fuerza de trabajar con sus hormigas-robot, había adquirido una gran destreza digital.

El tórax estaba aplastado. Con una pinza fina volvió a darle forma, como se haría con una aleta de coche abollada, luego taponó con cola el lugar en que la quitina había sido perforada. Esa misma cola sirvió para volver a soldar el abdomen agujereado, tras haberlo llenado otra vez de sangre con la ayuda de una minúscula pipeta.

—¡Suerte que la cabeza y las antenas están intactas! —exclamó—. La punta de su tacón era tan estrecha que sólo ha aplastado el tórax y el abdomen.

Bajo la luz de la lámpara del microscopio, 103 recupera la energía. Alza un poco la cabeza y chupa lentamente la gota de miel que un Dedo ha dispuesto delante de sus mandíbulas.

Arthur se alzó, enjugó el sudor de su frente y suspiró.

—Creo que saldrá de ésta. Pero necesitará varios días de reposo para recuperarse. Ponedla en una zona oscura, cálida y húmeda.

210. Enciclopedia.

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