Bernard Werber



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ORIENTACIÓN: La mayoría de las grandes epopeyas humanas han tenido lugar de Este a Oeste. Desde siempre el hombre ha seguido el curso del sol, preguntándose sobre el lugar en que se abismaba la bola de fuego. Ulises, Cristóbal Colón, Atila..., todos han creído que la solución estaba en el Oeste. Partir hacia el Oeste es querer conocer el futuro.

Sin embargo, si algunos se han preguntado «dónde» iban, otros han querido saber «de dónde» venían. Ir hacia el Este es querer conocer los orígenes del sol, pero también sus antepasados. Marco Polo, Napoleón, Bilbo el Hobbit (uno de los héroes de El Señor de los anillos de Tolkien) son personajes del Este. Creyeron que si había algo que descubrir estaba allí, lejos, detrás, donde todo empieza, incluidos los días.

En el simbolismo de los aventureros quedan todavía dos direcciones. Y su significación es la siguiente. Ir hacia el Norte es buscar obstáculos para medir la fuerza propia. Ir hacia el Sur es buscar el descanso y la tranquilidad.

Edmond Wells.

Enciclopedia del saber relativo y absoluto, tomo II.

178. Vagabundeo.

103 vaga por el mundo sobrenatural de los Dedos llevando su precioso hatillo. Inspecciona numerosos nidos. A veces están vacíos, a veces unos Dedos la persiguen para matarla.

Durante un momento siente la tentación de renunciar a la misión Mercurio. Sería, de todos modos, una lástima haber hecho un trayecto tan largo y haber realizado tantos esfuerzos para abandonar ahora. Tiene que encontrar Dedos amables. Dedos amistosos hacia las hormigas.

103 inspecciona cerca de un centenar de pisos. Le resulta fácil alimentarse. Hay cantidad de alimentos por todas partes. Pero sola en esos espacios angulosos se siente como en otro planeta donde todo fuese geométrico y estuviese adornado por colores sobrenaturales: blanco brillante, marrón mate, azul eléctrico, naranja vivo, verde amarillo.

¡Qué país tan desconcertante!

Casi ningún árbol, ni planta, ni arena, ni hierbas. Sólo objetos o materiales lisos y fríos.

Casi ninguna fauna. Sólo algunas polillas que huyen cuando se acerca, como si tuviesen miedo de aquella salvaje venida del bosque.

103 se pierde en una bayeta, se debate en una caja de harina, explora cajones de contenidos sorprendentes.

Casi ninguna referencia olfativa o visual. ¡Cuántas formas muertas, cuántos polvos muertos, cuántos nidos vacíos o llenos de monstruos!



En todo hay que buscar él centro, afirmaba Belo-kiu-kiuni. Pero ¿cómo colocar un centro entre esta multitud de nidos cúbicos que se superponen o se pegan unos a otros?

¡Y ella sola, tan sola, tan lejos de las suyas!

Nostálgica, echa de menos la pirámide tranquilizadora de Bel-o-kan, la actividad de sus hermanas, el dulce calor de las trofalaxias, el perfume seductor de las plantas que reclaman sus inseminaciones, la sombra tranquilizante de los árboles. ¡Cómo echa de menos aquellas rocas donde se atiborraba de energía calórica, aquellas pistas feromonales que se deslizan entre las hierbas!

Y, como en otro tiempo la cruzada, 103 avanza, sigue avanzando. Sus órganos de Johnston se ven perturbados por una multitud de ondas extrañas: ondas eléctricas, ondas de radio, ondas luminosas, ondas magnéticas. El mundo más allá del mundo no es más que un caos de falsas informaciones.

Vaga de un inmueble a otro, siguiendo el capricho de un tubo, de una línea telefónica o de una cuerda de la ropa.

Nada. Ninguna señal de acogida. Los Dedos no la han reconocido.

103 está desconcertada.

Cansada, está ya preguntándose para qué sirve todo aquello y por qué hacerlo cuando de repente descubre feromonas insólitas. Una fragancia a hormiga roja en los bosques. Feliz, se abalanza hacia los milagrosos tufos. Cuanto más galopa, más reconoce aquella bandera olorosa: ¡Giu-li-kan, el nido secuestrado por los Dioses poco antes de la partida de la cruzada!

El delicioso perfume la atrae como un imán.

Sí. El nido de Giu-li-kan está allí, intacto. También con su población intacta. Querría hablar con sus hermanas, tocarlas, pero entre ellas se alza una pared dura y transparente que impide cualquier contacto. La Ciudad está encerrada en un cubo. Trepa hasta el techo. En él hay agujeros, demasiado estrechos para poder frotarse las antenas, pero suficientes para emitir a través de ellos.

Las giulikanianas le dicen cómo fueron arrastradas hacia aquel nido artificial. Desde que fueron instaladas en él por la fuerza, cinco Dedos las estudian. No, esos Dedos no son agresivos. No matan. Sin embargo, en cierta ocasión se produjo un hecho insólito. Otros Dedos, que no les resultaban familiares, las raptaron de nuevo, las agitaron sin miramientos y muchas giulikanianas murieron entonces.

Pero, desde que las trajeron aquí, no han vuelto a tener problemas. Los cinco Dedos encantadores las alimentan, velan por ellas y las protegen.

103 se alegra. ¿Habrá alcanzado por fin a esos interlocutores que busca desde hace tanto tiempo?

Mediante olores y gestos, las hormigas prisioneras del nido artificial, le indican la forma de ponerse en contacto con esos Dedos «amables».

179. Fragancia.

Augusta Wells estaba en la ronda de comunión. Todos lanzaban el sonido OM y con él se construyó una burbuja espiritual donde todos fueron a acurrucarse unos junto a otros.

Encima, en suspensión irreal, a un metro por encima de sus cabezas y a cincuenta centímetros por debajo del techo, ya no había hambre, ya no había frío, ya no había miedo, se olvidaban de sí mismos, uno no era más que un poco de vapor pesado en suspensión.

Sin embargo Augusta Wells salió precipitadamente de la burbuja. Volvió a materializarse en su cuerpo de carne. No estaba suficientemente concentrada. Algo la preocupaba. Una idea parásita. Permaneció con su mente y su ego en tierra. El incidente Nicolás le daba materia para meditar.

Se decía que el mundo de los humanos debía ser muy impresionante para una hormiga. Las hormigas nunca serán capaces de comprender lo que es un coche, o una cafetera, o un emisor de billetes de tren. Todo eso está más allá de su imaginación. Augusta Wells se dijo que la distancia entre el universo hormiga y ese universo humano incomprensible quizá fuese la misma que la que separa el universo humano de una dimensión superior (¿divina?).

Tal vez exista un Nicolás en una dimensión espacio-tiempo superior. Uno se pregunta por qué Dios actúa como lo hace, pero, en realidad, tal vez sea un chiquillo inconsciente que se divierte para pasar el rato.

¿Cuándo le dirán que es la hora de merendar y que debe dejar de jugar con los humanos?

Augusta Wells estaba aturdida por esta idea y, al mismo tiempo, preocupada.

Si las hormigas son incapaces de imaginar un emisor de billetes de tren, ¿qué máquinas, qué conceptos originales deben manipular los dioses del espacio-tiempo superior?

No eran más que reflexiones gratuitas e inútiles. Se reconcentró y volvió a encontrarse en la mullida burbuja de las mentes del grupo.

180. El objetivo se acerca.

Todo está lleno de ruidos, de olores y de calores. Aquí hay Dedos vivos, es evidente.

103 se acerca a la zona de ruidos y de vibraciones tratando de no perderse demasiado en la jungla de la espesa moqueta roja. Su camino está sembrado de obstáculos blandos. Por el suelo hay una multitud de tejidos variopintos.

La última cruzada sube a la chaqueta de Jacques Méliés, luego a su pantalón, prosigue su camino pisando un traje chaqueta de seda negra y desciende las montañas rusas formadas por el sostén de Laetitia Wells. Avanza hacia la zona de turbulencias.

Frente a ella hay un lienzo de cubrecama de punto, y lo escala. Cuanto más sube, más se mueve aquello. Hay perfumes de Dedos, calores de dedos, ruidos de Dedos, están allá arriba, seguro. Por fin va a encontrarse con ellos. Quita el tapón de su capullo de mariposa y libera su tesoro. La misión Mercurio toca a su fin. Escala la cima de la cama.

Que pase lo que tenga que pasar.

Laetitia Wells cerró sus ojos violeta, sentía la energía yang de su compañero mezclándose a su energía ying. Sus cuerpos unidos danzaban acompasados. Cuando Laetitia volvió a abrir los ojos, se sobresaltó. Prácticamente frente a su nariz tenía una hormiga que blandía entre sus mandíbulas un mínimo papelito doblado.

La visión fue suficiente para desconcentrarla. Dejó de moverse, se incorporó y deshizo el abrazo.

Jacques Méliés quedó sorprendido por aquella brusca interrupción.

—¿Qué pasa?

—¡Hay una hormiga en la cama!

—Ha debido escaparse de tu terrario. ¡Por hoy ya tenemos suficientes hormigas, échala y sigamos con lo que estábamos!

—No, espera, ésta no es como las demás. Tiene algo extraordinario.

—¿Es uno de los robots de Arthur Ramírez?

—No, es una hormiga completamente viva. Y tal vez no me creas, pero tiene un trozo de papel doblado entre sus mandíbulas y parece querer dárnoslo.

El comisario refunfuñó pero consintió en verificar la información. En efecto, vio a una hormiga que transportaba un trozo de papel doblado.

103 distingue ante ella un navío lleno de dedos.

Por regla general el animal dedalesco se descompone en dos rebaños de cinco Dedos. Pero éste debe ser un animal superior porque es más grueso y dispone, no de dos, sino de cuatro rebaños de cinco Dedos. Es decir, veinte Dedos que retozan a partir de una estructura principal rosa.

103 avanza y tiende la carta con el extremo de las mandíbulas, intentando no dejarse dominar por el miedo natural que le inspiran aquellas entidades extravagantes.

Vuelve a pensar en el episodio de la batalla contra los Dedos del bosque y siente deseos de huir con todas sus patas. Pero sería demasiado estúpido no dar la cara cuando está a punto de alcanzar su objetivo.

—Trata de saber qué es lo que tiene entre sus mandíbulas.

Jacques Méliés adelantó muy despacio su mano hacia la hormiga, murmurando.

—¿Estás segura de que no va a morderme o a rociarme con ácido fórmico?

—¿Vas a decirme que tienes miedo de una hormiguita? —le cuchicheó Laetitia al oído.

Los Dedos se acercan y el miedo la invade. 103 recuerda las lecciones que le enseñaban en Bel-o-kan cuando era pequeña. Frente a un depredador, hay que olvidar que él es el más fuerte. Hay que pensar en otra cosa. Permanecer tranquila. El depredador siempre espera a que huyan delante de él y tiene un comportamiento adaptado a esa huida. Pero si te quedas ahí, frente a él, imperturbable, sin manifestar temor, se desconcierta y no se atreve a atacar.

Los cinco Dedos avanzan tranquilamente a su encuentro.

No parecen nada desconcertados.

—¡Sobre todo, no la asustes! Espera, más despacio, en caso contrario huirá.

—Estoy seguro de que si no se mueve es porque espera a que yo esté cerca para morderme.

Sin embargo, continuó deslizando su mano a velocidad lenta aunque regular.

Los Dedos que se acercan a ella parecen indolentes. Ni la menor señal de comportamiento hostil. Desconfianza. Debe ser una trampa. Pero 103 se obliga a no huir.

No tener miedo. No tener miedo. No tener miedo. Vamos, se dice, he venido de muy lejos para entrar en contacto con ellos y ahora que están ahí; sólo tengo ganas de una cosa: poner patas en polvorosa y largarme. Valor, 103, ya te has enfrentado a ellos y no estás muerta.

No resulta fácil, sin embargo, ver cinco bolas rosas diez veces más altas y más voluminosas que tú avanzando y decirse que, a pesar de todo, lo que hay que hacer es no moverse.

—Despacio, despacio, ya ves que la asustas: sus antenas no paran de temblar.

—Déjame, ¿no ves que se está acostumbrando al avance progresivo de mi mano? Los animales no sienten miedo ante fenómenos lentos y regulares. Despacio, despacio, despacio.

Es instintivo. Cuando los Dedos están a menos de veinte pasos, 103 siente la tentación de abrir todo lo posible las mandíbulas para atacar. Pero en sus mandíbulas está el papel doblado. Está amordazada, no puede siquiera morder. Lanza la punta de sus antenas hacia delante.

En su cabeza se produce una aceleración. Sus tres cerebros dialogan y cada uno quiere imponer su opinión.

—¡Huyamos!

—¡Que no cunda el pánico! No hemos hecho un viaje tan largo para nada.

—¡Nos van a aplastar!

—De cualquier modo, los Dedos están demasiado cerca para que nos dé tiempo a huir.

—Párate, está muerta de miedo —le conminó Laetitia Wells. La mano se detuvo. La hormiga retrocedió tres pasos y luego se quedó inmóvil.

—Ves, cuando me paro es cuando más miedo tiene.

Durante un instante, 103 espera una tregua pero los Dedos siguen avanzando. Si no hace nada, en unos pocos segundos, terminarán por tocarla. 103 ya ha podido comprobar lo que era un papirotazo de los Dedos. Se acuerda de dos actitudes ante lo desconocido: actuar o sufrir. ¡Y como no puede sufrir, actúa!

Formidable: ¡la hormiga acababa de subírsele a la mano! Jacques Méliés estaba encantado. Pero la hormiga avanzaba, corría sobre él, utilizaba su brazo como trampolín, saltaba y se subía al hombro de Laetitia Wells.

103 avanza con pasos prudentes. Aquí huele mejor que en el otro Dedo. Se toma su tiempo para analizar todo lo que ve y todo lo que siente. Si sale bien librada de esta aventura, más tarde le servirá para su feromona zoológica sobre los Dedos. Posarse sobre un Dedo resulta de lo más curioso. Es una superficie plana rosa claro, rayada de estrías, y a intervalos regulares se descubren en ella pequeños pozos llenos de un sudor de olor dulce.

103 da unos pasos sobre la redondez blanca del hombro de Laetitia Wells. Ésta no se mueve, tiene demasiado miedo de aplastar a la hormiga. El insecto escala el cuello, cuya textura satinada le encanta. Avanza por la boca y apoya todo el peso de sus patas sobre sus almohadillas de rosa oscuro. Se extravía un momento en la gruta de la nariz derecha de Laetitia que hace cuanto puede para no estornudar.

Sale de la nariz y se asoma por encima del globo del ojo izquierdo. Es húmedo y móvil. No se aventura en él por miedo a que se le queden pegadas las patas. Hace bien, porque una especie de gran membrana terminada por un cepillo negro recubre ya el globo del ojo.

103 prosigue el camino del cuello y luego se desliza entre los senos. Vaya, ¡hay pecas en las que tropieza! Luego, encantada por la textura fina de los senos, parte al asalto de un pezón cuya cima rosácea es tornasolada. Se detiene sobre ella para tomar algunas notas. Sabe que está sobre un Dedo y que el Dedo la autoriza a inspeccionarlo. Las giulikanianas tienen razón. Estos Dedos no son realmente agresivos. Desde la punta del seno tiene una vista espléndida del otro seno y el valle del vientre.

Desciende y admira aquella superficie clara, cálida, mullida.

—No te muevas, se está acercando a tu ombligo.

—Me gustaría no moverme, pero me hace cosquillas.

103 cae en el pozo del ombligo, vuelve a subir, galopa por los largos muslos, escala la rodilla, vuelve a bajar por el tobillo y escala el contrafuerte del pie.

Desde allí ve cinco pequeños Dedos obesos y atrofiados cuyos extremos están coloreados de rojo. Vuelve a subir por la pierna. Corre por la pantorrilla, se desliza sobre su piel blanca y lisa. Trota por aquel desierto tibio, rosado, de grano suave. Pasa por la rodilla y sube hacia la parte superior de los muslos.

181. Enciclopedia.

SEIS: La cifra seis es una buena cifra para construir una arquitectura. Seis es el número de la Creación. Dios creó el mundo en seis días y al séptimo descansó. Según Clemente de Alejandría, el Universo fue creado en seis direcciones diferentes: los cuatro puntos cardinales, el Cenit (el punto más alto) y el Nadir (el punto más bajo en relación al observador). En la India, la estrella de seis puntas, llamada Yantra, significa acto de amor, interpretación del Yoni y del Lingam. Para los hebreos, la estrella de David, también llamada de Salomón, representa la suma de todos los elementos del Universo. El triángulo que apunta hacia lo alto representa el fuego. El que apunta hacia abajo representa el agua.

En alquimia se considera que a cada punta de la estrella de seis brazos le corresponden un metal y un planeta. La punta superior es Luna-plata. Luego, de izquierda a derecha vienen: Venus-cobre, Mercurio-mercurio, Saturno-plomo, Júpiter-estaño, Marte-hierro. La hábil combinación de los seis elementos y de los seis planetas produce en su centro el Sol-oro.

En pintura, la estrella de seis puntas se emplea para mostrar todas las asociaciones posibles de colores. La unión de todos los tintes produce una luz blanca en el hexágono central.

Edmond Wells.

Enciclopedia del saber relativo y absoluto, tomo II.

Sexto arcano.

EL IMPERIO DE LOS DEDOS.

182. Más cerca todavía del final.

103 sube hacia lo alto de los muslos pero cinco Dedos largos se acercan, aterrizan y le cortan el camino antes de que llegue a la ingle. La inspección ha terminado.

103 tiene miedo a ser aplastada. Pero no, los Dedos se quedan allí, colocados como si la esperasen para una cita. Decididamente las giulikanianas tenían razón, estos Dedos no son de mala pasta. Ella sigue viva. Se levanta sobre sus patas traseras y tiende su misiva hacia el cielo.

Laetitia Wells acercó despacio las largas uñas barnizadas del pulgar y del índice y, utilizándolas como una larga pinza, cogió el papel doblado.

103 vacila, luego abre ampliamente sus mandíbulas y entrega su preciosa carga.

¡Tantas hormigas muertas para este instante mágico!

Laetitia Wells depositó el papel en el hueco de su palma. Medía la cuarta parte de un sello, pero se distinguían unos pequeños caracteres inscritos en las dos caras de su superficie. Era tan diminuto que resultaba ilegible, pero de todos modos se reconocía una escritura humana.

—Creo que esta hormiga nos trae el correo —dijo Laetitia tratando de leer el diminuto papel.

Jacques Méliés fue a buscar su gruesa lupa luminosa.

—Con esto será más fácil descifrar la carta.

Depositaron a la hormiga en un pequeño frasco, se vistieron y luego se inclinaron con la lupa sobre el papelito.

—Tengo buena vista —afirmó Méliés—, pásame una pluma y anotaré las palabras que distinga, luego trataré de imaginar las que faltan.

183. Enciclopedia.



TERMITA: A veces hablo con sabios especialistas en termitas. Me dicen que mis hormigas son, desde luego, interesantes pero que no han conseguido la mitad de lo que han conseguido las termitas.

Es cierto.

Las termitas son los únicos insectos sociales, probablemente los únicos animales, que han creado una «sociedad perfecta». Las termitas se organizan en una monarquía absoluta en la que cada individuo se siente feliz de servir a su reina, en la que todas se comprenden y se ayudan entre sí, en la que nadie alimenta la menor ambición o la menor preocupación egoísta.

Es, ciertamente, en la sociedad termita donde la palabra «solidaridad» adquiere su sentido más fuerte. Tal vez porque la termita fue el primer animal que construyó ciudades, hace más de doscientos millones de años.

Sin embargo, en ese logro mismo reside su propia condena. Por definición, lo que es perfecto no puede ser mejorado. La ciudad termita ignora por tanto todo cuestionamiento, toda revolución, toda revuelta interna. Es un organismo puro y sano que funciona tan bien que no hay que hacer otra cosa que gozar de esa felicidad entre sus corredores labrados y construidos con un cemento extremadamente sólido.

En cambio, la hormiga vive en un sistema social mucho más anárquico. Avanza cometiendo errores y, en todo lo que emprende, empieza por cometer errores. Nunca está satisfecha con lo que posee, lo prueba todo, incluso arriesgando su vida.

El hormiguero no es un sistema estable sino una sociedad que tantea de forma permanente, probando todas las soluciones, incluso las más aberrantes, con riesgo a veces de su propia destrucción.

En mi opinión, ésas son otras tantas razones para interesarse más por las hormigas que por las termitas.



Edmond Wells.

Enciclopedia del saber relativo y absoluto, tomo II.

184. Desciframiento.

Tras varios minutos de desciframiento, Méliés consiguió una carta.

«Socorro. Somos diecisiete personas atrapadas bajo un hormiguero. La hormiga que os ha transmitido este mensaje es favorable a nuestra causa. Ella os indicará el camino para venir a salvarnos. Hay una gran losa de granito encima de nosotros, venid con picos y perforadoras. De prisa. Jonathan Wells. »

Laetitia Wells se puso de pie.

—¡Jonathan! ¡Jonathan Wells! ¡Pero si es mi primo Jonathan el que pide ayuda!

—¿Le conoces?

—Nunca le he visto pero, de cualquier modo, es mi primo. Se le creía muerto, desaparecido en la bodega de la calle de los Sybarites... ¿No te acuerdas del caso de la bodega de mi padre Edmond? ¡Él fue una de las primeras víctimas!

—Parece que está vivo, pero prisionero con todo un grupo de gentes debajo de un hormiguero.

Méliés examinó el papelito. Aquel mensaje era como una botella arrojada al mar. Había sido escrito por una mano temblorosa, tal vez por un agonizante. ¿Cuánto tiempo hacía que la hormiga transportaba aquella carta? Sabía que esos insectos caminan muy despacio.

Había otro asunto que le preocupaba. Evidentemente la carta había sido escrita en una hoja de tamaño normal, reducida luego múltiples veces mediante fotocopiadora. ¿Estaban, por tanto, lo bastante bien instalados allá abajo como para poseer una fotocopiadora y para tener, por consiguiente, electricidad?

—¿Crees que es cierto?

—¡No veo otra situación que pueda explicar que una hormiga ande de acá para allá con una carta!

—De todos modos, ha sido el azar el que ha impulsado a este insecto a llegar justo hasta tu casa. El bosque de Fontainebleau es grande, la ciudad de Fontainebleau mayor aún a escala de las hormigas, y esta mensajera ha conseguido, pese a todo, dar con tu casa situada en un cuarto piso... ¿No te parece algo fuerte?

—No, en ocasiones hay una posibilidad sobre un millón de que ciertas cosas se produzcan y aun así se producen.

—Pero ¿te imaginas a unas personas «acorraladas» debajo de un hormiguero, personas cuya vida depende de la buena voluntad de unas hormigas? Es imposible, ¡un hormiguero se destruye de un taconazo!

—Hablan de una losa gigante de granito que estaría bloqueándoles.

—Pero ¿cómo puede uno meterse debajo de un hormiguero? Hay que estar realmente chalado. ¡Es una broma!

—No. El enigma de la bodega misteriosa de mi padre que devoraba a quienes se aventuraban en ella era un misterio. Ahora el problema estriba en socorrer a los cautivos. No hay tiempo que perder y sólo hay un ser que puede ayudarnos.

—¿Quién?


Señaló el fraseo donde 103 se debatía.

—Ella. La carta dice que puede guiarnos hasta mi primo y sus compañeros.

Sacaron a la hormiga de su cárcel de cristal. No tenían a mano producto radiactivo alguno para marcarla. Por eso, Laetitia Wells untó con una gotita de su laca roja la frente del insecto para estar segura de distinguirla entre todas las demás hormigas.

—¡Vamos, preciosa, enséñanos el camino!

Contra toda esperanza, la hormiga no se movió.

—¿Crees que está muerta?

—No, sus antenas se agitan.

—Entonces ¿por qué no avanza?

Jacques Méliés la empujó con el Dedo.

Ninguna reacción. Sólo movimientos de antenas cada vez más nerviosos.

—Se diría que no tiene ganas de llevarnos —observó Laetitia Wells—. Sólo veo un modo de resolver este problema: hay que... hablarle.

—De acuerdo. Excelente ocasión para ver cómo funciona la máquina «Piedra de Roseta» del bueno de Arthur Ramírez.

185. Una tierra que construir.

24 no sabe cómo abordar el problema. Crear una comunidad utópica entre especies es muy hermoso. Hacerlo con el apoyo de un vegetal y con la protección del agua es todavía mejor. Pero ¿cómo arreglárselas para que todo el mundo se entienda?

Las deístas pasan la mayor parte de su tiempo reproduciendo sus estatuas en forma de monolitos y pretenden disponer de un rincón para enterrar a sus muertos.

Las termitas han encontrado un grueso trozo de leña seca y permanecen encerradas. Las abejas instalan una mini colmena en las ramas del cornígero. En cuanto a las hormigas, acondicionan una sala que servirá de jardín para la cría de hongos.

Todo funciona normalmente; ¿por qué ha de preocuparse 24 por querer ordenarlo todo? Cada una hace lo que le place en su rincón, siempre que no moleste a las demás.

Por la noche, todos los miembros de la comunidad se reúnen en una celda de la cornígera y se cuentan historias de su mundo.

Es ese instante trivial, ese instante en el que todos los insectos de todas las especies tienden sus antenas para escuchar relatos olfativos de guerreras abejas o de arquitectas termitas, el principal lazo de unión de la comunidad.

La Comunidad de la Cornígera está unida por una suma de leyendas y de cuentos. De sagas olfativas. Sencillamente.

La religión de las deístas no es otra cosa que una historia más entre el resto de las historias. Y nadie se permitiría juzgarla verdadera o falsa, sólo importa un criterio: que permita soñar. Y el concepto de dios permite hacerlo...

24 propone reunir las más hermosas leyendas hormiga, abeja, termita o escarabajo en unas cubas semejantes a las de la Biblioteca química.

La noche azul marino aparece en un orificio-ojo de buey de la cornígera, iluminada por una luna llena y blanca.

Esa noche hace calor y los insectos deciden contarse sus historias en la playa.

Un insecto emite.

...el rey termita daba vueltas desde hacía dos ciclos alrededor de la cámara nupcial de su reina cuando, de pronto, los equipos de excavación del árbol señalaron que un coleóptero carcoma perturbaba las pulsiones eróticas de la soberana...

Otro.


...y entonces surge una avispa negra. Carga contra mí, con el aguijón por delante. Yo apenas tengo tiempo de...

Todas se estremecen con el mismo miedo retrospectivo de la abeja askoleína.

El perfume de los junquillos de alrededor y el vaivén del rumor apacible del agua acariciando la orilla las tranquilizan.

186. El juicio final.

Arthur Ramírez les recibe calurosamente, ya se encontraba mejor. Les agradeció que no los hubieran denunciado a la Policía. La señora Ramírez no se hallaba en casa, había ido al programa «Trampa para pensar».

La periodista y el policía le explicaron que se había producido un hecho nuevo: por increíble que pudiera parecer, una hormiga había ido a llevarles un mensaje manuscrito.

Le mostraron la carta y Arthur Ramírez comprendió inmediatamente el problema. Se mezo los pelos de su barba blanca y luego aceptó poner en funcionamiento su máquina «Piedra de Roseta».

Los llevó al desván, puso en marcha varios ordenadores, iluminó los frascos de perfumes productores de feromonas y agitó unos tubos transparentes para evitar los posos.

Con mil precauciones, Laetitia sacó a 103 de su frasco y Arthur la instaló bajo una campana de cristal.

De aquella campana salían dos tubos: uno aspiraba las feromonas olorosas de la hormiga, el otro le transmitía las feromonas artificiales que traducían los mensajes humanos.

Ramírez se sentó delante de su mesa de mando, reguló varios botones, verificó unos testigos luminosos e hizo girar los potenciómetros. Todo estaba preparado. Sólo quedaba poner en marcha el programa que reproducía las palabras humanas como perfumes hormiga. Su diccionario francés-hormiga comprendía cien mil palabras y cien mil matices de feromonas.

El ingeniero se colocó delante del micrófono y articuló con cuidado.



Emisión: Saludos.

Apretó un botón y la pantalla transformó la frase en fórmula química, transmitida inmediatamente a los frascos de perfumes, que se vaciaron según la dosis exacta del diccionario informático. Cada palabra con su olor específico.

La pequeña nube que contenía el mensaje fue propulsada a la tubería gracias a una burbuja de aire y llegó a la campana.

La hormiga agitó sus antenas.



Saludos.

Mensaje recibido.

Un fuelle limpió la campana de cualquier tufo parásito para que el mensaje de respuesta pudiera ser perfectamente captado.

Vibraron los tallos sensitivos.

La nube respuesta remontó el bulto transparente llegó hasta el espectrómetro de masa y hasta el cromatógrafo, que lo descompusieron molécula a molécula para obtener cada líquido correspondiente a una palabra.

Poco a poco en la pantalla del ordenador fue apareciendo una frase.

Y, de forma simultánea, un sintetizador vocal la pronunció.

Todos oyeron la respuesta de la hormiga.

Recepción. ¿Quiénes son ustedes? Comprendo mal sus feromonas.

Laetitia y Méliés estaban maravillados. ¡La máquina de Edmond Wells funcionaba de verdad!



Emisión: Te encuentras en el interior de una máquina que puede servir para comunicarse a humanos y a hormigas. Gracias a ella podemos hablar y comprenderte cuando emites.

Recepción: ¿Humanos? ¿Qué es eso de humanos? ¿Una especie de Dedos?

Aparentemente, y resultaba una sorpresa, la hormiga apenas estaba impresionada por la máquina. Respondía sin problemas y parecía incluso conocer a aquellos a los que llamaba «Dedos». Por lo tanto, podía establecerse un diálogo. Arthur Ramírez cogió el micrófono.

Emisión: Sí, nosotros somos la prolongación de los Dedos.

La respuesta sonó en el altavoz situado encima del aparato.

Recepción: Entre nosotras os llamamos Dedos. Yo prefiero llamaros Dedos.

Emisión: Como quieras.

Recepción: ¿Quiénes sois? No sois el doctor Livingstone, supongo...

Los tres se quedaron pasmados. ¿Cómo había podido oír hablar una hormiga del doctor Livingstone y de la frase famosa: «Es usted el doctor Livingstone, supongo»? Al principio creyeron que había un error de ajuste del traductor o un desajuste en el mecanismo del diccionario francés-hormiga. A ninguno se le ocurrió reírse o imaginar que tal vez estaban en presencia de una hormiga dotada de humor. Se preguntaron más bien quién sería aquel doctor Livingstone que las hormigas conocían.

Emisión: No, no somos el «doctor Livingstone». Somos tres humanos. Tres Dedos. Nuestros nombres son Arthur, Laetitia y Jacques.

Recepción: ¿Cómo han aprendido a hablar el terrestre?

Laetitia cuchicheó.

—Debe querer decir que cómo sabemos hablar el lenguaje oloroso de las hormigas. Evidentemente creen ser los únicos verdaderos Terrestres de referencia...

Emisión: Es un secreto que nos ha sido transmitido por azar. Y tú, ¿quién eres?

Recepción: 103.683, pero mis compañeras prefieren llamarme 103 a secas. Soy una asexuada de la casta de las soldados exploradoras. Vengo de Bel-o-kan, la ciudad más grande del mundo.

Emisión: Y ¿por qué nos has traído este mensaje?

Recepción: Los Dedos que viven debajo de nuestra ciudad nos han pedido transmitiros ese paquete. Han bautizado esta tarea con el nombre de «misión Mercurio». Como yo era la única que con anterioridad me había acercado a los Dedos, mis hermanas pensaron que también sería la única en poder realizarlo.

103 se guardó mucho de precisar que, además, era la principal guía de una cruzada que debía eliminar a todos los Dedos de la Tierra.

Los tres tenían preguntas que hacer individualmente a la locuaz hormiga, pero Arthur Ramírez siguió llevando las riendas de la conversación.

Emisión: En la carta que nos has entregado, se dice que hay gentes, perdón, Dedos, atrapados debajo de tu ciudad y que sólo tú puedes guiarnos hasta ellos para que les ayudemos.

Recepción: Es exacto.

Emisión: Entonces, indícanos el camino y te seguiremos.

Recepción: No.

Emisión: ¿Y por qué no?

Recepción: Antes debo conoceros. En caso contrario, ¿cómo saber que puedo confiar en vosotros?

Los tres humanos quedaron tan sorprendidos que no supieron responder.

Sentían, desde luego, mucha simpatía, estima incluso, por las hormigas, pero, de ahí a oír a uno de aquellos animalejos decirles abiertamente «no», había un abismo. Aquel pequeño grumo negro descarado tenía bajo aquella campana, entre sus patas, la vida de diecisiete personas. ¡Podían aplastarla con un simple golpe de pulgar y se negaba a ayudarles con el pretexto de que no le habían sido presentados!

Emisión: ¿Por qué quieres conocernos?

Recepción: Sois grandes y fuertes, pero ignoro si os guían las buenas intenciones. ¿Sois monstruos, como cree nuestra reina Chli-pu-ni? ¿O dioses omnipotentes, como piensa 23? ¿Sois peligrosos? ¿Sois inteligentes? ¿Sois bárbaros? ¿Sois muchos? ¿Dónde está vuestra tecnología? ¿Sabéis utilizar, herramientas? Debo conoceros antes de decidir si merece o no merece la pena salvar a algunos de los vuestros.

Emisión: ¿Quieres que cada uno de nosotros tres te cuente su vida?

Recepción: No es a vosotros tres a quienes deseo comprender y juzgar, sino al conjunto de vuestra especie.

Laetitia y Méliés se miraron. ¿Por dónde empezar? ¿Iban a verse obligados a contarle a aquella hormiga las civilizaciones de la Antigüedad, la época medieval, el Renacimiento, las guerras mundiales? En cuanto a Arthur, parecía encantarle aquella discusión.

Emisión: Entonces, haznos preguntas. Nosotros te responderemos y te explicaremos nuestro mundo.

Recepción: Sería demasiado fácil. Presentaríais vuestro mundo bajo su mejor aspecto, aunque sólo fuera para poder salvar a vuestros Dedos prisioneros de nuestra ciudad. Debéis encontrar un medio para informarme de manera más objetiva.

¡Qué cabezota era aquella 103! Ni siquiera Arthur sabía ya qué decir para convencerla de su buena fe. En cuanto a Méliés, bufaba. Volviéndose a Laetitia, declaró furioso.

—Muy bien. Vamos a salvar a tu tío y a sus compañeros sin la ayuda de esa hormiga pretenciosa. Arthur, ¿tiene usted un mapa del bosque de Fontainebleau?

Sí, tenía uno, pero el bosque de Fontainebleau contaba con diecisiete mil hectáreas y no eran hormigueros precisamente lo que faltaban en ellas. ¿Dónde buscar? ¿Del lado de Barbizon, bajo las rocas de Apremont, junto a la charca de Franchard, en las arenas de las alturas de la Solle?

Podrían pasar años buscando. Nunca descubrirían Bel-o-kan por sus propios medios.

—No vamos a dejar que venga una hormiga aquí a humillarnos, ¿no? —dijo nervioso Méliés.

Arthur Ramírez defendió a su huésped.

—Lo único que quiere, antes de introducirnos en su nido, es comprendernos mejor. Y tiene razón. En su lugar, yo obraría del mismo modo.

—Pero ¿cómo darle una visión «objetiva» de nuestro mundo?

Pensaron. ¡Un enigma más! Jacques Méliés terminó por exclamar.

—Se me ocurre una idea.

—¿En qué consiste? —preguntó Laetitia, que siempre desconfiaba de las iniciativas fogosas del comisario.

—La Televisión. ¡La Te-le-vi-sión! Claro, con la Televisión nos posamos sobre el conjunto de la especie humana, palpamos el pulso de la Humanidad entera. La Televisión muestra todos los aspectos de nuestra civilización. Contemplando la televisión, nuestra 103 estará en condiciones de juzgar en su alma y en su conciencia lo que somos y lo que valemos.





  1. Feromona.

LEYENDA MIRMECEANA.

Desciframiento autorizado.

Feromona memoria nº 123

Tema: Leyenda Salivadora.

Reina: Chli-pu-ni.

Contaré la leyenda de los dos árboles. Dos hormigueros de especies enemigas vivían cada uno sobre un árbol. Los dos árboles eran vecinos. Pero ocurrió que una rama empezó a brotar lateralmente para reunirse con él otro árbol, de modo que cada día la rama se acercaba un poco más. Las dos especies sabían que, cuando la rama franquease el espacio entre los dos árboles, se produciría la guerra. Pero ninguna tomó la delantera. La guerra no empezó sino el día en que la rama rozó el árbol vecino. Los combates fueron despiadados. Esta historia muestra que existe un momento preciso para hacer las cosas. Antes, resulta demasiado pronto; después, demasiado tarde. Cada cual sabe intuitivamente cuál es el momento oportuno.

188. El peso de las palabras, el impacto de las imágenes.

Instalaron a 103 ante un pequeño televisor a color de cristales líquidos retro-iluminados. Como la pantalla seguía siendo demasiado grande para la hormiga, dispusieron delante una lupa al revés que reducía a su centésima parte la estatura de las imágenes. De este modo la hormiga tenía una visión televisada perfecta.

En cuanto al sonido, Arthur enchufó el altavoz del televisor frente al micrófono de la «Piedra de Roseta». De este modo la exploradora belokaniana podía disfrutar de la imagen y del sonido-perfume de la televisión de los Dedos.

Por supuesto, no percibiría ni la música ni los ruidos; con ese procedimiento comprendería sólo lo esencial de los comentarios y de los diálogos.

103 produjo una gota de saliva donde esperaba anotar sus observaciones sobre las costumbres dedaleras. De ellas deduciría luego lo que valían aquellos animales.

Arthur Ramírez enchufó el televisor. Apretó al azar una tecla de su mando a distancia.

Cadena 341: «Con Krak-Krak os libraréis fácilmente de las...»

Jacques Méliés dio un brinco y zapeó al instante. ¡Su brillante idea no estaba exenta de riesgos!

Recepción: ¿Qué es eso? —pregunta 103.

Angustia entre los humanos. Se apresuran a tranquilizarla.

Emisión: Nada más que publicidad de un alimento. Nada interesante.

Recepción. No, ¿qué es eso, esa luz plana?

Emisión: La televisión, nuestro modo de comunicación más difundido.

Recepción. Es fuego plano y frío, ¿no?

Emisión: ¿Conocéis el fuego?

Emisión: Evidentemente, pero no éste. ¡Explicádmelo!

Arthur Ramírez pasaba apuros para tratar de explicarle el principio del tubo catódico a una hormiga. Intentó una comparación.

Emisión. No es fuego. Brilla y es claro, pero porque se trata de una ventana por donde desfila todo lo que ocurre en todas partes en nuestra civilización.

Recepción: ¿Y cómo llegan esas imágenes hasta aquí?

Emisión: Vuelan por el aire.

103 no comprende esa tecnología dedalera pero capta que verá el mundo de los Dedos como si se encontrara al mismo tiempo en varios lugares a la vez.

Cadena 1.432. Informativos. Crepitar de ametralladoras. Voz en off: «Los iraquíes han elaborado unos gases capaces de matar...»

Arthur zapea de prisa.



Cadena 1.445. Elección de Miss Mundo. Pasan muchachas contoneándose.

Recepción. ¿Quiénes son esos insectos que tropiezan sobre sus dos patas inferiores?

Emisión: No son insectos. Se trata de animales, de humanos, de Dedos como ustedes los llaman. Ésas son nuestras hembras.

Recepción: Entonces, ¿eso es un Dedo visto en su totalidad, desde su altura?

La hormiga acerca su ojo derecho a la lupa y pasa largo rato examinando las formas que se agitan en la pantalla.

Recepción: O sea, que tenéis ojos y boca, pero colocados en la parte superior del organismo.

Emisión: ¿No sabías eso?

Recepción: Pensaba que no erais más que una masa rosa. No tenéis antenas. Entonces, ¿qué hacéis para hablarme?

Emisión: Empleamos el modo de comunicación auditivo sin utilizar antenas.

Recepción: Y os faltan dos patas. ¡Sólo tenéis cuatro! ¿Cómo podéis caminar?

Emisión: Dos patas inferiores nos bastan para caminar, pero hemos tardado mucho tiempo en hacerlo sin caernos. Utilizamos las dos patas anteriores para llevar objetos, por ejemplo. No es como en vuestro caso, en el que todas las patas sirven para avanzar.

Recepción: Las que tienen el pelo largo sobre el cráneo, ¿están enfermas?

Emisión: Algunas hembras se dejan crecer el pelo para seducir mejor a los machos.

Recepción: ¿Y cómo es que vuestras hembras no tienen alas?

Emisión: Ningún Dedo tiene alas.

Recepción: ¿Ni siquiera los sexuados?

Emisión: No.

103 escruta atentamente la pantalla. Las hembras Dedos le parecen realmente muy feas.

Recepción: ¿Cambiáis el color de caparazón como los leones?

Emisión: No tenemos caparazón. Nuestra piel es rosa y está desnuda y la protegemos con ropas de todos los colores y de todos los motivos.

Recepción: ¿Ropa? ¿Es una especie de camuflaje para que no os cojan vuestros depredadores?

Emisión: No exactamente, es más bien una forma de protegerse del frío y de mostrar la propia personalidad. Se trata de fibras vegetales tejidas.

Recepción: Ah, ¿sirve para la parada amorosa como en el caso de las mariposas?

Emisión: Si así lo quieres... Lo cierto es que, a veces, nuestras «hembras» vestidas de cierta manera atraen más la atención de los machos.

103 se hace muchas preguntas pero aprende de prisa. Algunas cuestiones resultan más difíciles de contestar que otras. Por ejemplo. «¿Por qué se mueven los ojos de los Dedos?», o «¿Por qué los individuos de una misma casta no tienen todos el mismo tamaño?» Los tres humanos tratan de responder del mejor modo posible, utilizando un vocabulario simplificado pero claro. Se ven casi forzados a reinventar la lengua francesa, porque sus palabras abundan en ocasiones en sobreentendidos y sutilezas que se veían obligados a redefinir en cada caso para hacerse comprender por la hormiga.

Por último, 103 se cansa de aquel desfile de hembras humanas. Quiere ver otra cosa. Méliés zapea. Cuando una imagen retiene su atención, la hormiga emite un «alto».

Recepción. Alto. ¿Qué es eso?

Emisión: Un reportaje sobre la circulación en las grandes ciudades.

Voz en off del comentarista: «Los embotellamientos constituyen uno de los problemas más preocupantes de nuestras metrópolis. Un estudio de los servicios especializados ha demostrado que, cuanto más autopistas y autovías se construyen, más coches compra la gente y más aumentan los embotellamientos.»

En la pantalla, largas filas de vehículos inmóviles entre una humareda grisácea. Travelling hacia atrás sobre varios kilómetros de caravanas, de camiones, de coches, de autobuses pegados al asfalto.

Recepción: ¡Ah, los embotellamientos en las grandes ciudades son una plaga en todas partes! Otra cosa.

Sucesión de imágenes.

Recepción: Alto. ¿Y eso qué es?

Emisión: Un documental sobre el hambre en el mundo.

Cuerpos macilentos, niños de ojos llenos de moscas, bebés descarnados colgados de los senos fláccidos y vacíos de unas madres harapientas, gentes sin edad de mirada fija...

Voz indiferente del comentarista: «La sequía continúa causando estragos en Etiopía. Tras cinco meses de hambre se anuncian ahora invasiones de grillos peregrinos. Los médicos de la ayuda internacional intentan socorrer con escasos medios a las poblaciones locales.

Recepción: ¿Qué es eso de médicos?

Emisión: Unos Dedos que ayudan a otros Dedos cuando están enfermos o en necesidad, cualquiera que sea su territorio e incluso si no tienen el mismo color de piel. No todos los Dedos son rosas, también los hay negros y amarillos por el mundo.

Recepción: También en nuestra especie los colores pueden ser diferentes. Eso basta a veces para crear enemistades.

Emisión: También entre nosotros.



Cadena 1.227, 1.226, 1.225. Alto.

Recepción: ¿Eso qué es?

Méliés reconoce inmediatamente la imagen.

—Es una cadena codificada. Es... una película pornográfica.

No hay posibilidad de explicárselo aunque Ramírez lo hace lo mejor que puede. 103 exige la verdad.

Recepción: ¿Qué?

Emisión: Son películas donde se muestra a unos Dedos reproduciéndose...

La hormiga contempla las imágenes con mucho interés.

Comentario de 103.

Recepción: ¿Lo hacéis por la cabeza?

Emisión: Bueno, realmente no —dice— Laetitia confusa.

En la pantalla, la pareja cambia de posición y se abraza.

Comentario de 103.

Recepción: De hecho, hacéis el amor como las babosas. Retorciéndoos sobre el suelo. No debe ser muy agradable. Debe uno rozarse por todas partes.

Laetitia Wells, molesta, zapea.

Cadena 1.224. Pululación de masas de puntitos negros.

Recepción: Alto. ¿Qué es?

Emisión: Un... un reportaje sobre las «hormigas».

Recepción: ¿Y qué son las «hormigas»?

Dudan en comentar las imágenes poco elogiosas para la especie mirmeceana, reducida al estado de magma pululante.

Recepción: ¿Qué son las «hormigas»?

Emisión: Bueno, algo complicado de explicar.

Ramírez vacila y luego confiesa.

Recepción: Las hormigas sois... vosotras.

Emisión: ¿Nosotras?

103 estira el cuello. Incluso en primer plano no consigue reconocer a sus hermanas porque su visión es esférica mientras que la de los humanos es plana.

Distingue vagamente la visión de un vuelo nupcial. Unas princesas y unos machos que despegan.

103 escucha al redactor y aprende muchas cosas sobre su especie. No sabía que las hormigas eran tan numerosas sobre la Tierra. No sabía que unas especies de Australia llamadas «hormigas de fuego» estaban dotadas de un ácido fórmico de una concentración tan fuerte que roía la madera.

103 anota y sigue anotando. No consigue separarse de aquella ventana por donde desfilan tan de prisa tantas informaciones interesantes.

Las horas siguientes se dedicaron por entero a esa cura intensiva de televisión.

El tercer día, 103 asiste a un espectáculo de actores cómicos. Varios comediantes se apoderan de un micrófono y cuentan historias que hacen reír a carcajadas a toda una sala.

Un hombre regordete y jovial arenga al público: «¿Sabéis cuál es la diferencia entre una mujer y un político? ¿No? Pues ésta. Cuando una mujer dice no, quiere decir tal vez, cuando una mujer dice tal vez, quiere decir sí, y cuando dice sí se la considera una guarra. Mientras que cuando el político dice sí, quiere decir tal vez; cuando el político dice tal vez, quiere decir no, y cuando el político dice no, se le considera un cerdo.»

La sala se revuelca.

La hormiga se frota las antenas.

Recepción: No he comprendido nada...

Emisión: Son cosas de risa —explicó Arthur Ramírez.

Recepción: ¿Y qué es la risa?

Laetitia Wells se esforzó por explicar el humor dedalera. Intentó en vano contarle la historia del loco que pinta una y otra vez su techo. Y más chistes. Pero sin las referencias culturales humanas, no tenían sentido.

Emisión: ¿No hay nada que os haga reír en vuestro mundo? —preguntó Jacques Méliés.

Recepción: Primero tendría que saber lo que es la risa, no veo realmente de qué se trata.

Intentaron inventar una broma hormiga: «Es la historia de una hormiga que pinta una y otra vez su techo...», pero el resultado no fue muy convincente. Habría sido preciso saber lo que es importante y lo que no lo es para una habitante de hormiguero.

103 renuncia a comprender por ahora, y anota en su feromona zoológica: «Los Dedos tienen necesidad de contar historias extravagantes que provocan feromonas psicológicas. Les gusta burlarse de todo.»

Zapearon.

«Trampa para pensar». Apareció la señora Ramírez, enfrentada al misterio de los seis triángulos construidos con seis cerillas. Seguía fingiendo que no poseía la respuesta, pero Laetitia y Jacques sabían ahora que la señora Ramírez conocía todas las respuestas hacía mucho tiempo.

Zapearon.

Película sobre la vida de Albert Einstein. Explicaciones en forma de vulgarización de sus teorías astrofísicas. 103 siente por ellas un interés inesperado.

Recepción: Al principio no diferenciaba a los Dedos unos de otros. Ahora, a fuerza de ver fisonomías dedaleras, distingo diferencias. Ése, por ejemplo, es un macho, ¿verdad? Lo reconozco porque lleva el pelo corto.

Reportaje sobre la obesidad. Explican la anorexia y la obesidad. La hormiga se rebela.

Recepción: Pero, ¿quiénes son esos individuos que no paran de comer? Comer es él acto más simple y más natural del mundo. Incluso una larva sabe cómo alimentarse. Cuando una hormiga cisterna engorda por atiborrarse de alimento es por el bien de la comunidad y está orgullosa de su cuerpo gordo, y no como esas hembras de Dedos que se lamentan porque son incapaces de limitar su alimento.

103 resulta ser una telespectadora incansable.

Los Ramírez habían cerrado su tienda de juguetes. Laetitia y Jacques durmieron en el cuarto de invitados. Todos se relevaban para satisfacer a la hormiga.

103 tiene avidez por informaciones de todo tipo. Todo le interesa: las reglas del fútbol, del tenis, de los juegos, las guerras entre Dedos, la política de las naciones, las paradas nupciales dedaleras. Los dibujos animados la encantan por su grafismo simple y claro. Queda extasiada ante La guerra de las galaxias. No comprende todo el guión de la película pero ciertas secuencias le recuerdan las batallas de la Colmena de oro.

Consigna todo en su feromona zoológica. ¡Tienen una imaginación estos Dedos!

189. Enciclopedia.

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