Bernard Werber



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CHOQUE ENTRE CIVILIZACIONES: El encuentro entre dos civilizaciones siempre constituye un momento delicado. La llegada de los primeros occidentales a América Central dio lugar a una gran equivocación. La religión azteca enseñaba que, un día, llegarían a tierra mensajeros del dios serpiente emplumada, Quetzalcóatl. Tendrían la piel clara, dominarían sobre grandes animales de cuatro patas y escupirían rayos para castigar a los impíos.

Hasta el punto de que, cuando en 1519 les dijeron que los jinetes españoles acababan de desembarcar en la costa mexicana, los aztecas pensaron que se trataba de «teúles» (divinidades, en lengua náhuatl).

Sin embargo, en 1511, justo pocos años antes de esa aparición, un hombre les había puesto en guardia. Guerrero era un marinero español que había naufragado en las costas del Yucatán, cuando las tropas de Cortés aún estaban acantonadas en las islas de Santo Domingo y de Cuba.

A Guerrero no le costó mucho ser aceptado por la población local y se casó con una autóctona. Anunció que los conquistadores desembarcarían pronto. Les aseguró que no eran ni dioses ni enviados de los dioses. Les avisó que deberían desconfiar de ellos. Les enseñó a fabricar ballestas para defenderse. (Hasta entonces los indios sólo utilizaban flechas y hachas con punta de obsidiana; y la ballesta era la única arma capaz de traspasar las armaduras metálicas de los hombres de Cortés.) Guerrero repitió que no había que temer a los caballos y recomendó, sobre todo, que no había que enloquecer ante las armas de fuego. No eran ni armas mágicas ni fragmentos de rayo. «Como vosotros, los españoles están hechos de carne y de sangre. Se les puede vencer», repetía una y otra vez. Y para demostrarlo, él mismo se hizo un corte de donde brotó la sangre roja común a todos los hombres. Guerrero se preocupó tanto y tan bien de instruir a los indios de su poblado que, cuando los conquistadores de Cortés los atacaron, se vieron sorprendidos porque, por primera vez en América, se enfrentaban a un verdadero ejército indio que se les resistió durante varias semanas.

Pero la información no había circulado fuera de esa población. En septiembre de 1519, el rey azteca Moctezuma salió al encuentro del ejército español con carros alfombrados de joyas a modo de ofrendas. Aquella misma noche era asesinado. Un año más tarde, Cortés destruía a cañonazos Tenochtitlán, la capital azteca, cuya población moría de hambre después de tres meses de asedio.

En cuanto a Guerrero, murió mientras organizaba el ataque nocturno a un fortín español.


Edmond Wells.

Enciclopedia del saber relativo y absoluto, tomo II.
12. Laetitia sigue sin aparecer.

Tras su rápida resolución del caso Salta, el comisario Jacques Méliés fue convocado ante el prefecto Charles Dupeyron. El responsable de la Policía quería felicitarle en persona.

En un salón ricamente decorado, el prefecto le confió de entrada que aquel «caso de los hermanos Salta» había producido una fuerte impresión «en las alturas». Algunos de los políticos mejor situados habían calificado su investigación de «modelo de rapidez y de eficacia a la francesa».

El prefecto le preguntó luego si estaba casado. Sorprendido, Méliés contestó que era soltero, pero como el otro insistía admitió que se comportaba como todo el mundo: mariposeaba por aquí y por allá tratando de evitar el contagio de alguna enfermedad venérea.

Charles Dupeyron pasó a sugerirle que pensara en tomar esposa. De este modo se labraría una imagen social que le permitiría entrar en política. Para empezar, él le veía de diputado o de alcalde. Subrayó que la nación, todas las naciones necesitaban personas que supiesen resolver problemas complejos. Si él, Jacques Méliés, era capaz de comprender la forma en que tres personas habían sido asesinadas a puerta cerrada, también podría resolver otras cuestiones delicadas como la forma de reabsorber el paro, luchar contra la inseguridad de los suburbios, reducir el déficit de la Seguridad Social y equilibrar la balanza del presupuesto. En resumen, todos esos pequeños enigmas a los que se ven enfrentados cotidianamente los dirigentes de un país.

—Necesitamos personas aptas para utilizar el cerebro y, en los tiempos que corren, son escasas —se lamentó el prefecto—. Sepa que si usted quiere lanzarse a esa otra aventura que es la política, yo seré el primero en apoyarle.

Jacques Méliés contestó que lo que le interesaba en un enigma consistía en que fuera abstracto y gratuito. Nunca investigaría con el objetivo de adquirir poder. Dominar a los demás resultaba demasiado fatigoso. En cuanto a su vida sentimental no funcionaba mal y prefería que siguiese perteneciendo a su dominio privado.

El prefecto Dupeyron se rió de buena gana, le puso la mano en el hombro afirmando que también él había tenido exactamente las mismas ideas a su edad. Y que luego había cambiado. No había sido la necesidad de dominar a los demás lo que le había empujado, sino la necesidad de no ser dominado por nadie.

—¡Hay que ser rico para despreciar el dinero, hay que tener poder para despreciar el poder!

El joven Dupeyron había aceptado, por lo tanto, subir uno por uno los estratos de la jerarquía humana. Ahora declaraba estar protegido de todo, no temía ya al futuro que decepciona, había engendrado dos herederos a los que había metido en una de las escuelas privadas más caras de la ciudad, poseía un coche de lujo y tiempo libre, y se había rodeado de centenares de cortesanas. ¿Podía soñarse algo mejor?

«Seguir siendo un niño fascinado por las novelas policíacas», pensó Méliés, que sin embargo decidió guardarse ese pensamiento para sí.

Acabada la entrevista, el comisario salía de la prefectura cuando observó junto a la verja un gran tablero cubierto de carteles electorales con eslóganes diversos: «¡Por una democracia basada en los verdaderos valores, votad socialdemócrata!», «¡No a la crisis! ¡Basta de promesas incumplidas! ¡Uníos al Movimiento de los radicales republicanos!» «¡Salvad el planeta apoyando la Renovación Nacional-Ecologista!», «¡Rebelaos contra las injusticias! ¡Uníos al Frente Popular Independiente!»

¡Y en todas partes las mismas caras de tipos bien alimentados, que tienen a su secretaria por amante y se creen cabecillas! Y el prefecto le proponía convertirse en uno de ellos. ¡Un notable!

Para Méliés no había ninguna duda. ¡Al cuerno con los honores! Valían mucho más su vida disoluta, su tele y sus investigaciones criminales. «Si no quieres quebraderos de cabeza, no tengas ambiciones», preconizaba su padre. Si no hay deseos, no hay sufrimientos. Y hoy tal vez añadiría: «No tengas las mismas ambiciones que todos esos cretinos, invéntate una búsqueda propia que trascienda la vida trivial.»

Jacques Méliés se había casado dos veces, y dos veces se había divorciado. Había resuelto con gusto una cincuentena de enigmas. Poseía un piso, una biblioteca y un grupo de amigos. Estaba satisfecho. En cualquier caso, se contentaba con ello.

Regresó a casa a pie, pasando por la plaza del Poids-de-l'Huile, por la avenida del Maréchal-de-Lattre-de-Tassigny y por la calle de la Butte-aux-Cailles.

A su alrededor, y por todas partes, la gente corría en todas direcciones, los automovilistas tocaban el claxon, agotados, y las mujeres vapuleaban ruidosamente sus alfombras en las ventanas. Unos chiquillos se perseguían disparándose con pistolas de agua. «¡PAM, PAM, muertos los tres!», gritó uno de ellos. Aquellos chavales jugando a policías y ladrones molestaron profundamente a Jacques Méliés.

Llegó delante de su edificio. Era un gran conjunto que formaba un rectángulo perfecto de ciento cincuenta metros de alto por otros tantos de ancho. Los cuervos daban vueltas alrededor de las antenas de televisión.

Siempre al acecho, la portera sacó la cabeza por la ventanilla de su portería. Y le habló inmediatamente:

—¡Buenos días, señor Méliés! ¿Sabe? He leído en el periódico lo que cuentan de usted. ¡Es pura envidia!

Él quedó sorprendido.

—¿Cómo?


—En cualquier caso, yo estoy segura de que es usted el que tiene razón.

Subió de cuatro en cuatro las escaleras de su piso. Allí le esperaba, como de costumbre, Marie-Charlotte, que le amaba con amor-pasión y que, como todos los días, había ido a buscar el periódico. Cuando abrió la puerta, aún lo sostenía entre los dientes. Le ordenó.

—¡Suéltalo, Marie-Charlotte!

Ella obedeció sin rechistar y Méliés se lanzó febrilmente sobre El Eco del domingo. No tardó en descubrir su foto y el grueso titular que lo coronaba:



CUANDO LA POLICÍA APARECE.

Editorial de Laetitia Wells.

«La democracia ofrece muchos derechos. Nos permite, entre otros, exigir respeto incluso cuando uno está reducido al estado de cadáver. Sin embargo, ese derecho se le ha negado a la difunta familia Salta. No sólo no se ha dilucidado el misterio de ese triple crimen sino que, para colmo, el difunto señor Sébastien Salta se encuentra acusado, sin que pueda ya defenderse, de haber asesinado a sus dos hermanos antes de hacerse a sí mismo justicia.

«¡Bonita burla! ¡Y qué cómodo es acusar a los muertos que ya no pueden disponer de la asistencia de un abogado. El triple crimen de la calle de la Faisanderie tendrá por lo menos un mérito: el de permitirnos conocer mejor la personalidad del comisario Jacques Méliés. Es éste un hombre que, orgulloso de su celebridad, se permite dar carpetazo a la investigación sin vergüenza alguna. Declarando a la Agencia Central de Prensa que todos los hermanos Salta han muerto envenenados, el señor comisario Méliés no sólo se permite un juicio apresurado sobre un caso mucho más complejo de lo que a primera vista parece, sino que, además, insulta a los muertos.

«¿Suicidio? Después de haber entrevisto el cadáver de Sébastien Salta, puedo asegurar que ese hombre ha muerto presa del más espantoso de los terrores. ¡Su rostro no era más que .horror!

«Resulta fácil pensar que el autor del doble fratricidio ha podido sentir el más vivo de los remordimientos, de ahí esa expresión. Pero, para cualquiera que posea algunas nociones de psicología humana, y no parece que ése sea el caso del señor comisario Méliés, un hombre capaz de poner un veneno mortal en un plato que luego ha de compartir con su familia ha superado el estadio de los estados de ánimo. Su rostro no debería expresar otra cosa que la serenidad por fin hallada.

» ¿El dolor, quizás? El que provoca un veneno no es tan agudo. Y, además, habría que saber de qué naturaleza era ese veneno que lo explicaría todo. Por mi parte, he ido a la Morgue dado que la Policía no me permitía investigar en los lugares del crimen. He interrogado al médico forense que me ha manifestado que sobre los cuerpos de los Salta no se había hecho ninguna autopsia. Por tanto el caso se ha cerrado sin que se conozcan las causas precisas de su muerte. ¡Qué falta de seriedad por parte del señor comisario Méliés, un criminólogo tan reputado!

»Este carpetazo tan rápido del caso Salta ofrece materia para la reflexión e incluso la inquietud. Uno puede preguntarse, con todo derecho, si el nivel de estudios de los cuadros de nuestra Policía nacional es lo suficientemente elevado para hacer frente a la sutileza de la nueva criminalidad. L. W.»

Méliés hizo una bola con el periódico y lanzó un juramento.



13. 103.683 se hace preguntas.

¡Dedos!

¡Los Dedos!

Un temblor desconocido se apodera de 103.683. '

Por regla general, las hormigas ignoran el miedo. Pero 103.683, ¿sigue siendo «normal»? Pronunciando la palabra olorosa Dedo, el cráneo de la depuradora ha despertado en ella una zona del cerebro adormecida por llevar mil generaciones inutilizada. La zona del miedo.

Hasta entonces, cuando la soldado pensaba en el confín del mundo, censuraba sus recuerdos. Borraba de la mente su encuentro con los Dedos. Los Dedos y su poder fenomenal, su morfología incomprensible, su pulsión de muerte ciega.

Pero aquel cráneo, aquel estúpido guiñapo de un caparazón reventado, había bastado para redinamizar la zona del miedo. En otro tiempo 103.683 había sido una guerrera intrépida, siempre situada en primera línea de las legiones que se enfrentaban al ejército de las hormigas enanas. De forma espontánea se había ofrecido para partir hacia el Oriente maléfico. Había luchado contra las espías de olores de roca. Había expulsado animales cuya cabeza era tan alta que ni siquiera se la veía. Pero su encuentro con los Dedos la había privado de todo su ímpetu.

103.683 se acuerda vagamente de esos monstruos apocalípticos. Vuelve a ver a su amiga, la vieja 4.000, aplastada como una hoja por una nube negra ultrarrápida.

Algunos los llamaban «guardianes del confín del mundo», «animales infinitos», «sombras duras», «come-maderas», «hedor-de-muerte »...

Pero hacía poco todos los hormigueros de la región se habían puesto de acuerdo para dar un mismo nombre al desconcertante fenómeno:

¡Los Dedos!

Dedos: esas cosas que surgen de ninguna parte para sembrar la muerte. Dedos: esos animales que todo lo convierten en polvo a su paso. Dedos: esas masas que hunden y aplastan las pequeñas ciudades. Dedos: esas sombras que contaminan el bosque con productos que envenenan a cuantos los prueban. No hay nada más que pensar, 103.683 sufre un sobresalto de repulsión.

Se encuentra dividida entre dos emociones: el miedo, extraño a su especie, y otra que, en cambio, le es muy propia: ¡la curiosidad!

Desde hace cientos de millones de años, las hormigas corren tras un progreso perpetuo. El movimiento evolucionario lanzado por Chli-pu-ni no es sino una expresión más de esa necesidad típicamente hormiguesca de ir siempre más allá, más arriba, con más fuerza.

103.683 no escapa a ella. Su curiosidad destierra su miedo. ¡Después de todo, un cráneo exangüe que habla de rebeldes y de cruzada contra los Dedos no es nada trivial!

103.683 se limpia las antenas, signo en ella de su necesidad de hacer balance.

Y las eleva hacia un cielo improbable.

El aire está pesado, como si una presencia depredadora se mantuviera en alguna parte al acecho, dispuesta a surgir para desafiar a la Ciudad. Los ramajes de alrededor son agitados por una brisa repentina. Los árboles parecen decirle que tenga cuidado, pero los árboles dicen cualquier cosa. Son tan grandes que no se preocupan por los dramas que se representan entre sus raíces. A 103.683 le gusta poco la mentalidad de los árboles, que consiste en dejar hacer y no moverse. ¡Como si fueran invencibles! Ocurre sin embargo que a veces los árboles se desmoronan, rotos por la tempestad, calcinados por el rayo, o simplemente minados por termitas. Es entonces cuando les llega a las hormigas su turno de mostrarse insensibles ante su decadencia.

Un proverbio de hormigas enanas lo precisa con exactitud: Los grandes siempre son más frágiles que los pequeños.

¿Serán los Dedos árboles móviles?

103.683 no pierde tiempo reflexionando sobre ese punto. Ha tomado una decisión: verificar la información del cráneo.

Penetra en su hormiguero por un estrecho pasadizo cercano a la depuradora y llega al bulevar periférico. Lo cruzan grandes avenidas que conducen a la Ciudad Prohibida. Pero no es ahí adonde se dirige. Va por chimeneas tan inclinadas que tiene que aferrarse a ellas con sus garras. Se deja resbalar por un corredor en cuesta y toma una red de galenas no demasiado atestadas pese al tráfico habitual.

Unas obreras que se afanan transportando alimentos y ramitas saludan a 103.683. No existe gloria personal entre las hormigas, pero, sin embargo, aquí hay muchas que saben que esa soldado estuvo allá, en el país de los Dedos. Vio el confín del mundo, se asomó al ángulo inseguro del planeta.

103.683 alza su antena y se pregunta por el lugar en que se encuentran los establos de escarabajos. Una obrera le precisa que están situados en el piso -20, en el barrio sur-sudoeste, a la izquierda de los jardines de hongos negros.

Y trota hacia allá.

Desde el incendio del pasado año, ha sido mucho el trabajo realizado. La antigua ciudad de Bel-o-kan estaba construida sobre cincuenta pisos de altura y otros cincuenta de profundidad. Repensada por Chli-pu-ni, la nueva ciudad se glorifica con ochenta pisos de altura. La profundidad no ha podido modificarse debido a la roca de granito que desde siempre cumple el papel de suelo.

Mientras camina, la soldado admira su metrópoli constantemente mejorada.

Piso +75: en él están las guarderías infantiles termo reguladas con humus en descomposición, la sala de secado de las ninfas con su arena fina que aspira la humedad. Gracias a un sistema de tobogán de suave pendiente, se pueden bajar con facilidad los huevos hasta los pisos de cuidados intensivos. Allí, unas nodrizas de pesado abdomen los lamen permanentemente. De este modo hacen pasar a través de la envoltura transparente de los capullos las proteínas y los antibióticos necesarios para su perfecto crecimiento.

Piso +20: contiene las reservas de carne seca, las reservas de trozos de frutos, las reservas de harina de hongo. Todo está bien recubierto de ácido fórmico para evitar que se pudran.

Piso +18: cubas de hojas grasas encierran ácidos militares experimentales que echan humo. Con la punta de sus largas mandíbulas, los químicos comprueban el poder disolvente de cada uno de ellos. Algunos proceden de frutas, como el ácido málico extraído de la manzana. Otros tienen un origen menos común: el ácido oxálico lo sacan de la hacedera, y el ácido sulfúrico de piedras amarillas. Lo ideal para la caza es el reciente ácido fórmico concentrado al 60%. Quema un poco las entrañas pero provoca daños incomparables. 103.683 ya lo ha probado.

Piso +15: la sala de combates ha sido elevada. Aquí las guerreras se entrenan en el cuerpo a cuerpo. Las nuevas formas de agarrar han sido catalogadas escrupulosamente sobre feromonas memorias destinadas a la Biblioteca química. La moda del momento consiste en no saltar a la cabeza del adversario, sino en romperle las patas una por una hasta que no pueda moverse. Un poco más lejos las artilleras se ejercitan en disolver de un certero chorro unas granas colocadas a diez pasos.

Piso -9: en él están los establos de pulgones. La reina Chli-pu-ni quiso que todos los establos estuvieran dentro de la Ciudad para no correr el riesgo de que los rebaños fueran atacados por las feroces cochinillas. Unas obreras trabajan lanzando a los pulgones ramas de acebo que ellos vacían rápidamente de toda su savia.

La tasa de reproducción de los pulgones ha aumentado. Ahora es de diez animales por segundo. 103.683 tiene la oportunidad de asistir de pasada a un fenómeno raro. Un pulgón da a luz un pulgoncito, dispuesto a su vez a ponerse debajo y dar nacimiento a otro pulgoncito más pequeño todavía. Así es como se convierte en madre y en abuela en un segundo.

Piso -14: las champiñoneras se extienden hasta perderse de vista, alimentadas por los barreños de abono donde cada hormiga deposita sus excrementos. Las agricultoras cortan los rizomas que sobresalen, otras deponen la mirmicacina que las protegerá de los parásitos.

De pronto un animal verde salta delante de 103.683, perseguido a su vez por otro animal verde. Parece que luchan entre sí. Pregunta a la concurrencia quiénes son esos curiosos insectos. Chinches cavernícolas hediondas, le dicen. Hacen el amor constantemente. De todas las maneras imaginables, sin importarles dónde ni con quién. Probablemente es el animal dotado de la sexualidad más insólita del planeta. Chli-pu-ni los estudia encantada.

Los comensales han proliferado desde siempre en todos los hormigueros. Por ello se han contabilizado más de dos mil especies de insectos, de miriápodos y de arácnidos que viven de forma permanente en el hormiguero y que han sido completamente tolerados por las hormigas. Algunos lo aprovechan para realizar su metamorfosis, otros limpian las salas comiéndose los desechos.

Pero Bel-o-kan es la primera ciudad que los estudia «científicamente». La reina Chli-pu-ni afirma que cualquier insecto puede ser educado y transformado en un arma temible. Según ella, cada individuo tiene su propio uso, que aparece cuando se empieza a hablar con él. Basta con estar atento.

Por ahora, Chli-pu-ni ha conseguido bastantes éxitos. Ha logrado «domesticar» varias especies de coleópteros dándoles de comer, construyéndoles un refugio, curándoles las enfermedades, como ya se hacía con los pulgones. El éxito más impresionante de la reina es haber llegado a domar escarabajos rinoceronte.

Piso -20: barrio sur-sudoeste, a la izquierda de los jardines de champiñones negros. Las informaciones eran precisas. Al fondo del corredor están los escarabajos.

14. Enciclopedia.

MIEDO: para comprender la ausencia de miedo en la hormiga, hay que tener presente que el conjunto del hormiguero vive como un organismo único. Cada hormiga desempeña en él el mismo papel que la célula de un cuerpo humano.

Las extremidades de nuestras uñas, ¿temen ser cortadas? ¿Tiemblan, al acercarse la cuchilla, los pelos de nuestros mentones? ¿Se asusta el dedo gordo de nuestro pie cuando le pedimos que compruebe la temperatura de un baño tal vez hirviente?

No sienten miedo porque no existen en tanto que entidades autónomas. De igual modo, si nuestra mano izquierda pellizca a nuestra mano derecha, no provocará ningún rencor en ésta. Si nuestra mano derecha está adornada con más anillos que nuestra mano izquierda, tampoco se producirán celos. Las preocupaciones acaban cuando uno se olvida para no pensar más que en el conjunto de la comunidad organismo. Ése es tal vez uno de los secretos del éxito social del mundo de las hormigas.

Edmond Wells.

Enciclopedia del saber relativo y absoluto, tomo II.

15. Laetitia sigue sin aparecer.

Una vez pasada su cólera, Jacques Méliés abrió su maletín y sacó el informe de los hermanos Salta. Empezó a examinar de nuevo todas sus piezas y, sobre todo, las fotos. Permaneció largo rato inclinado sobre un primer plano de Sébastien Salta, con la boca abierta. De sus labios parecía salir un grito. ¿Un grito de terror? ¿Un «no» ante una muerte ineluctable? ¿La identidad de su asesino? Cuanto más miraba la foto, más aterrado estaba y más avergonzado se sentía.

Acabó explotando, dando un brinco y propinando un puñetazo de rabia a la pared.

La periodista de El Eco del domingo tenía razón. Y él había metido la pata.

Había subestimado el caso. Excelente lección de humildad. No hay peor error que subestimar las situaciones o las personas. ¡Gracias, señora o señorita Wells!

Pero ¿por qué lo había hecho tan mal en este caso? Por holgazanería. Porque había tomado la costumbre de triunfar siempre. De pronto se había dejado ir a lo que ningún policía, ni siquiera el más novato en el oficio, había hecho: había convertido el caso en una chapuza. Y su fama era tal que nadie, salvo aquella periodista, había sospechado su equivocación.

Había que empezar de nuevo. ¡Dolorosa pero necesaria crítica! Sin embargo, más valía admitir hoy que se había equivocado antes que persistir en el error.

El problema era que, si no se trataba de un suicidio, se veía enfrentado a un caso de lo más espinoso. ¿Cómo podían haber entrado y salido los asesinos de un lugar cerrado sin dejar rastro? ¿Cómo se puede matar sin provocar heridas ni utilizar ningún arma? El misterio superaba a las mejores novelas policíacas que había leído hasta entonces.

Se apoderó de él una excitación completamente nueva.

¿Y si finalmente, por casualidad, había caído «sobre» el crimen perfecto?

Pensó en el caso del doble asesinato de la calle Morgue, tan bien narrado en una novela corta de Edgar Allan Poe. En esa historia, basada en hechos verídicos, una mujer y su hija son halladas muertas en su piso cerrado. Herméticamente cerrado, y desde el interior. La mujer había recibido un tajo de cuchilla y la hija fue matada a palos. No había rastro de robo, sólo los golpes mortales violentamente asestados. Al final de la investigación se descubre al asesino: un orangután escapado de un circo había penetrado en el edificio por los tejados. Las víctimas se pusieron a gritar al verlo aparecer. Los gritos enloquecieron al mono, que las mató para que callasen antes de escapar por el mismo camino. Al chocar su espalda contra el marco de la ventana de guillotina, ésta cayó, como si siempre hubiera estado cerrada desde dentro.

En el caso de los hermanos Salta, la situación era similar, salvo que nadie había podido cerrar una ventana golpeándola con la espalda.

Pero ¿era seguro? Méliés se dirigió inmediatamente a inspeccionar el lugar del crimen.

Habían cortado la electricidad, pero él llevaba su lupa-lámpara de bolsillo. Examinó la habitación, iluminada intermitentemente por los abigarrados neones de la calle. Sébastien Salta y sus hermanos seguían allí, yacentes vitrificados, yertos, como si estuvieran enfrentándose a algún inmundo horror brotado del infierno urbano.

Como la puerta atrancada no planteaba problemas, el comisario comprobó el cierre de las ventanas. Sus sofisticadas fallebas no permitían, desde luego, que pudieran cerrarse desde fuera, ni siquiera por accidente.

Golpeó con la mano sobre los tabiques empapelados de marrón en busca de algún pasadizo secreto. Levantó los cuadros para ver si ocultaban alguna caja de caudales. La habitación contenía numerosos objetos de valor: un candelabro de oro, una estatuilla de plata, una cadena compacta de alta fidelidad... Cualquier merodeador se los habría llevado.

Sobre una silla había unas ropas. Las palpó de forma maquinal. Algo le intrigó al tacto. En el paño de la chaqueta había un agujero minúsculo. Como un agujero de polilla, pero de contorno perfectamente cuadrado. Dejó la chaqueta sin volver a pensar en ella. Sacó uno de sus eternos paquetes de chicle de su bolsillo y, al hacer el movimiento, tiró el artículo de El Eco del domingo que había recortado cuidadosamente del periódico.

Volvió a leer pensativo el artículo de Laetitia Wells.

Hablaba de una máscara de espanto. Era cierto. Aquellas personas parecían muertas de miedo. Pero ¿qué podía dar tanto miedo como para matar?

Se sumió en sus propios recuerdos. En cierta ocasión, siendo niño, tuvo un terrible ataque de hipo. Su madre se lo quitó disfrazándose con una máscara de lobo y surgiendo ante él por sorpresa. Él lanzó un grito y su corazón dejó de latir durante un segundo. Su madre se quitó la máscara inmediatamente y le cubrió de besos. ¡Y el hipo había desaparecido!

En resumen, Jacques Méliés había sido educado en el miedo permanente. Miedos pequeños: miedo a estar enfermo, miedo al accidente de coche, miedo al señor que te ofrece caramelos y que va a raptarte, miedo a la Policía. Miedos más importantes: miedo a repetir curso, miedo a sufrir un chantaje a la salida del instituto, miedo a los perros.

A la superficie fueron ascendiendo montones de otros recuerdos de terrores infantiles.

Jacques Méliés recordaba el peor de todos los miedos. Su gran miedo.

Una noche, cuando era muy pequeño, había sentido que algo bullía al fondo de su cama. ¡Había un monstruo agazapado allí donde mejor protegido se creía! Permaneció un momento sin atreverse a meter los pies bajo las sábanas, y luego, recuperándose, fue deslizándolos poco a poco.

Pero de pronto los dedos gordos percibieron... un aliento tibio. Repulsión. ¡Sí, estaba seguro! Había unas fauces de monstruo al fondo de su cama, que esperaban que sus pies se acercasen para devorarlos. Por suerte, no llegaban hasta el final. No era lo bastante alto, aunque todos los días crecía un poco y sus pies se acercaban al pliegue de la sábana donde se ocultaba el monstruo devorador de dedos gordos. El joven Méliés se quedó varias noches durmiendo en el suelo o sobre las mantas. Pero eso le producía calambres, no era la solución. Se había decidido por tanto a meterse debajo de las sábanas, pero pedía a todo su cuerpo, a todos sus músculos, a todos sus huesos que no crecieran demasiado para no tocar nunca el fondo. Tal vez por eso no había crecido tanto como sus padres.

Cada noche era una prueba. Sin embargo, había encontrado un truco. Apretaba con fuerza su osito de peluche entre sus brazos. Con él se sentía preparado para enfrentarse al monstruo agazapado en el fondo de su cama. Y luego se ocultaba bajo las mantas y no dejaba salir nada, ni un brazo, ni el menor pelo o la menor oreja. Porque le parecía evidente que el monstruo esperaría a la noche para tratar de rodear la cama y agarrarle la cabeza pasando por el exterior.

Por la mañana, su madre encontraba una bola de sábanas y mantas en cuyo fondo estaban enterrados su hijo y su osito. Nunca había intentado comprender aquel extraño comportamiento. Y además Jacques nunca se tomó la molestia de contar cómo, junto con su osito, había resistido a un monstruo durante toda la noche.

Nunca ganó él, y nunca ganó el monstruo. Sólo seguía quedándole el miedo. El miedo a crecer y el miedo a hacer frente a algo espantoso que nunca había identificado. Algo que tenía los ojos rojos, los morros alzados y los colmillos babeantes.

El comisario se repuso, aferró su lupa luminosa y examinó con más seriedad que la primera vez la habitación del crimen.

Arriba, abajo, a derecha, a izquierda, encima, debajo.

Ni la menor huella de pasos con barro en la moqueta, ni un pelo de cabello extraño a la familia, ni una huella en los cristales. Ni huellas extrañas tampoco en los objetos de vidrio. Fue a la cocina. La iluminó con el rayo de su linterna.

Olfateó y probó los platos que en ella había. Émile había tenido, incluso, la presencia de ánimo de vitrificar los alimentos. ¡Bien por Émile! Jacques Méliés olfateó la jarra de agua.

Ningún rastro de veneno. Los zumos de fruta y el agua de soda parecían igual de anodinos.

Los hermanos Salta tenían la máscara del miedo en la cara. Probablemente un miedo similar al de las dos mujeres del doble crimen de la calle Morgue al ver a un torpe mono entrar por la ventana de su salón. Volvió a pensar en ese caso. De hecho, también el orangután había tenido miedo, y si había matado a las mujeres había sido para acallar sus aullidos. Había tenido miedo de sus gritos.

Un nuevo drama de incomunicabilidad. Se tiene miedo a lo que no se entiende.

Mientras se hacía esa reflexión, divisó algo que se movía tras la cortina y su corazón se heló. ¡El asesino había vuelto! El comisario soltó su lupa luminosa, que se apagó. A partir de ese momento sólo le quedaban las luces de los neones de la calle que se iluminaban alternativamente para deletrear una a Una las letras de las palabras «Bar a gogó».

Jacques Méliés quiso esconderse, no moverse, tirarse al suelo. Recuperó su ánimo a dos manos, recogió su lupa-antorcha y empujó la cortina sospechosa. No había nada. O se trataba del Hombre invisible.

—¿Hay alguien ahí?

Ni el menor ruido. Probablemente una corriente de aire.

No podía seguir estando allí, decidió ir a ver a casa de los vecinos.

—Buenos días, perdóneme. Policía.

Le abrió un señor elegante.

—Policía. Tengo que hacerle una o dos preguntas aquí mismo, en la puerta.

Jacques Méliès sacó un cuadernillo.

—¿Estaba usted aquí la noche del crimen?

—Sí.


—¿Oyó algo?

—Ninguna detonación, pero de pronto ellos gritaron.

—¿Que gritaron?

—Sí, gritaron muy fuerte. Unos gritos espantosos durante treinta segundos, y luego nada.

—¿Los gritos nacieron de forma simultánea o unos tras otros?

—Fueron más bien simultáneos. Realmente se trataba de berridos inhumanos. Debieron sufrir. Era como si les asesinasen a los tres al mismo tiempo. ¡Vaya historia! Puedo decirle que desde que oí a esas gentes gritar, me ha costado dormirme. Además, cuento con mudarme de casa.

—¿Qué piensa usted que pudo ser el origen de esos gritos?

—Sus compañeros ya han venido. Parece que un as de la Policía ha diagnosticado un... suicidio. No me parece muy acertado. Estaban frente a algo, frente a algo terrorífico, pero ¿qué? Lo ignoro. En cualquier caso, ese algo no hacía ningún ruido.

—Gracias.

En su mente iba imponiéndose una idea fija.

(El autor de los asesinatos ha sido un lobo rabioso y silencioso, que no ha dejado huellas.)

Pero sabía que no era nada de eso. Y si no era eso, ¿qué es lo que había causado más estragos que un orangután armado con una navaja de afeitar surgiendo por los tejados? Un hombre, un hombre genial y loco que había descubierto la receta del crimen perfecto.



16. Enciclopedia.
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