Bernard Werber



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ANTROPOMORFISMO: Los humanos siempre piensan de la misma manera, remitiendo todo a su escala y a sus valores. Porque están satisfechos y orgullosos de sus cerebros. Se encuentran lógicos, se imaginan sensatos. Por eso siempre ven las cosas desde su punto de vista: la inteligencia no puede ser más que humana, igual que la conciencia o la visión. Frankenstein es una representación del mito del hombre capaz de crear otro hombre a su imagen, como Dios creó a Adán. ¡Siempre el mismo molde! Incluso cuando fabrican androides, los humanos reproducen su manera de ser y de comportarse. Tal vez un día se den a sí mismos un presidente-robot, un papa-robot, pero eso no cambiará nada su forma de pensar. ¡Y hay tantas sin embargo! Las hormigas nos enseñan una de esas formas. Los extraterrestres tal vez nos enseñen otras.

Edmond Wells.

Enciclopedia del saber relativo y absoluto, tomo II.

Jacques Méliés masticaba indiferente su chicle.

—Todo eso es muy interesante. Pero, de todos modos, sigue sin aclararse una cuestión que a mí me preocupa mucho. Por qué quisieron matarme a mí, señora Ramírez?

—Bueno, en primer lugar no era de usted de quien desconfiábamos, sino de la señorita Wells. Leíamos sus artículos y sabíamos que ella tenía fundamentos serios. En cuanto a usted, ignorábamos incluso su existencia.

Méliés masticó el chicle más nervioso. Juliette continuó.

—Para vigilar a la señorita Wells, metimos en su casa una de nuestras hormigas mecánicas. Nuestra espía nos transmitió el registro de las conversaciones de ustedes dos y entonces supimos que el más perspicaz era usted. Con su historia del flautista de Hamelín, se acercaba demasiado. Por eso decidimos enviarle la Manada.

—Y por eso yo fui acusada... Por suerte siguieron ustedes con los asesinatos...

—El profesor Miguel Cygneriaz tenía entre sus manos el producto final. Era nuestro objetivo de destrucción prioritaria.

—Y ahora, ¿dónde está el famoso formícida absoluto «Babel»?

—Tras las muertes de Cygneriaz, uno de nuestros comandos hormiga destruyó la probeta que contenía esa infección. Que nosotros sepamos, era la única existente. Esperemos que nuevos investigadores no tengan un día esa idea. Edmond Wells escribió que las ideas están en el aire... ¡Las buenas ideas y las malas!

Y Juliette Ramírez suspiró.

—Bueno, ahora ya lo saben todo. He respondido a todas sus preguntas. No les he ocultado nada.

La señora Ramírez tendió las manos como si esperase que Méliés fuera a sacar unas esposas de su bolsillo.

—Interrógueme. Deténgame. Encarcéleme. Pero, por favor, deje en paz a mi marido. Es un buen hombre, pero no soportaba la idea de un mundo sin hormigas. Ha querido salvar una riqueza planetaria amenazada por un puñado de sabios locos llenos de orgullo. Por favor, deje a Arthur en paz. De todos modos, ya está condenado por el cáncer.



167. Si no hay noticias, son malas noticias.

¿Qué noticias hay de la cruzada?

No hay ninguna noticia.

¿Cómo que no hay ninguna noticia? ¿No ha aterrizado ningún moscardón mensajero procedente de Oriente?

Chli-pu-ni recoge sus antenas junto a sus labiales y las lava con insistencia. Presiente que las cosas no son tan sencillas como ella deseaba. ¿Se habrán agotado acaso las hormigas a fuerza de matar Dedos?

La reina Chli-pu-ni pregunta si el problema de las «rebeldes» se ha arreglado por fin.

Una soldado responde que ahora son doscientas o trescientas y que resulta difícil descubrirlas.



168. Enciclopedia.

UNDÉCIMO MANDAMIENTO: Esta noche he tenido un sueño extraño. Imaginaba que París era metido dentro de una vasija transparente por una gran pala. Una vez en la vasija, todo era agitado, hasta el punto de que la torre Eiffel golpeaba la pared de mi cuarto de baño. Todo quedaba patas arriba, yo rodaba por el techo, millares de peatones se aplastaban contra mi ventana cerrada. Los coches chocaban con las chimeneas, las farolas salían del suelo. Los muebles rodaban y yo huía de mi piso. Fuera todo estaba revuelto, el Arco de Triunfo en pedazos, Notre-Dame al revés, con sus torres profundamente clavadas en tierra. Los vagones del Metro brotaban del suelo destripado para escupir su confitura humana. Corría en medio de los escombros y llegaba ante una gigantesca pared de cristal. Detrás había un ojo. Un solo ojo, tan grande como el cielo entero, me observaba. En un momento, el ojo, para ver mi reacción, empezó a golpear, con lo que pienso que era una cuchara gigante, contra la pared. Sonó un ruido de campana ensordecedor. Todos los cristales todavía intactos en los pisos explotaron. El ojo seguía mirándome y era cien veces mayor que un sol. No me gustaría que todo eso se produjese. Desde ese sueño, ya no voy a buscar hormigueros al bosque. Si los míos mueren, no volveré a instalar ninguno más. Ese sueño me ha inspirado un decimoprimero mandamiento que empezaré aplicando en mí mismo antes de querer imponerlo a mi entorno: no hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a ti. Y por la palabra «demás» entiendo «todos» los demás.

Edmond Wells.

Enciclopedia del saber relativo y absoluto, tomo II.

169. En el país de las cucarachas.

Un gato ve pasar un curioso animal volador. Le golpea a través de la verja del balcón. El escarabajo «Gran Cuerno» cae. 103 tiene apenas tiempo para saltar antes de que el escarabajo toque el suelo.

Recibe el choque con las patas. Trece pisos no dejan de ser una gran altura.

En cuanto al escarabajo, ha tenido menos suerte. Su pesado caparazón explota contra el suelo. Es el fin del valeroso «Gran Cuerno», espléndido combatiente aéreo.

La caída de 103 se ha visto amortiguada por un ancho cubo de basura lleno de desperdicios. Sigue sin soltar su capullo.

Camina por la superficie agrietada y multicolor del cubo de basura. ¡Qué lugar tan mirífico! Aquí todo es comestible y lo aprovecha para sustentarse. Huele a una multitud de aromas y de pestilencias que no tiene tiempo de identificar.

Allá arriba, en un libro de cocina roto, ha descubierto una silueta furtiva. Hay varias. Hay millares de siluetas que la vigilan de reojo. Sus largas antenas se multiplican.

¡O sea que hay insectos que viven en el país de los Dedos!

Los reconoce. Son cucarachas.

Las hay por todas partes. Salen de una caja de conserva, de una zapatilla rota, de una rata dormida, de un paquete de detergente de enzimas glotonas, de un tarro de yogur con bífidus activo, de una pila eléctrica partida, de un muelle, de un esparadrapo rojo, de un tubo de tranquilizantes, de un tubo de somníferos, de un tubo de euforizantes, de una caja de congelados de fecha caducada y que por eso ha sido tirada intacta, de una lata de sardinas sin cola ni cabeza. Las cucarachas rodean a 103. La hormiga nunca las ha visto tan gordas. Tienen élitros pardos y larguísimas antenas curvas sin articulaciones. Huelen mal, menos mal que las chinches fétidas, pero tienen un tufo nauseabundo más acre, más matizado en las tonalidades olfativas de la podredumbre.

Sus costados son transparentes y a través de la quitina translúcida se distinguen las vísceras palpitantes, los latidos cardíacos, los chorros de sangre proyectados en las finas arterias. 103 está impresionada.

Una vieja cucaracha de emanaciones fétidas —tendencia melazo rancio—, de élitros amarillentos y patas cubiertas de pequeños garfios, se dirige a 103 en lenguaje olfativo.

Le pregunta qué ha ido a hacer allí.

103 responde que trata de encontrar a los Dedos en su nido.

¡Los Dedos! Todas las cucarachas parecen burlarse de ella.

¿Ha dicho eso? ¿Los Dedos?

Sí, ¿por qué resulta tan sorprendente?

Los Dedos están en todas partes. No resulta difícil encontrarlos, dice la cucaracha vieja.

¿Podéis llevarme a uno de sus nidos?, pregunta la hormiga.

La cucaracha vieja se acerca.



¿Sabes realmente quiénes son los... Dedos?

103 le hace frente.



Son unos animales gigantes.

103 no comprende lo que la cucaracha quiere emitirle.

La anciana le da por fin su respuesta.

Los Dedos son nuestros esclavos.

A 103 le cuesta creerla. ¿Cómo van a ser los gigantes Dedos esclavos de pequeñas cucarachas repugnantes?



Explícate.

La vieja cucaracha cuenta que las cucarachas han enseñado a los Dedos a entregarles todos los días toneladas de víveres diversos. Los Dedos les proporcionan refugio, alimento e incluso calor. Están a sus órdenes y tienen mil delicadezas con ellas.

Por la mañana, en cuanto las cucarachas han terminado de saborear algún tentempié entre las montañas de ofrendas entregadas por unos Dedos, llegan otros Dedos para retirar los platos. Hasta el punto de que siempre tienen para comer, y en abundancia, alimento muy fresco de primera calidad.

Otras cucarachas cuentan que, antes, también ellas vivían en el bosque, y que luego descubrieron el país de los Dedos y se instalaron en él. Desde entonces ya no tienen necesidad de cazar para alimentarse. Los alimentos ofrecidos por los Dedos contienen azúcares, son ricos en grasas, diversos y, sobre todo..., inmóviles.



Hace ya quince años que nuestra antepasada más lejana dejó de practicar la caza menor. Ahora nos llega cada día completamente fresca y servida por los Dedos, afirma una gorda cucaracha de espalda negra.

¿Les habláis a los Dedos?, pregunta 103, sorprendida por lo que percibe, pero también por lo que está obligada a ver: ¡montones de alimento!

La vieja cucaracha le explica que no es necesario hablarles. Ellos mismos obedecen antes de que ninguna cucaracha tenga necesidad de insistir.

¡Y de qué manera! En cierta ocasión, las ofrendas llegaron algo tarde. Las cucarachas habían manifestado su contrariedad golpeando el abdomen contra la pared y, al día siguiente, el alimento llegó a su hora. Por regla general, las basuras llegan todos los días.

¿Podéis llevarme a su nido?, dice la hormiga.

Conciliábulo. No todas parecen estar de acuerdo. La vieja cucaracha emite el resultado de la concertación.



Sólo te guiaremos hasta su nido si eres capaz de afrontar la «prueba sublime».

¿La prueba sublime?

Las cucarachas guían a la soldado hacia la sala de vaciado de basuras, en el primer sótano del inmueble. Allí hay un trastero atestado de muebles viejos, de aparatos de cocina, de cartones.

Las cucarachas guían a 103 hacia un lugar preciso.



¿En qué consiste esa «prueba sublime»?

Una cucaracha le responde que, sencillamente, la operación consiste en encontrar a alguien.



¿A qué alguien? ¿A un adversario?

Sí, a un adversario más zafio que tú, responde, sibilina, una cucaracha.

Caminan en fila india.

Llevan a la hormiga a ese lugar preciso. Allí 103 ve a otra hormiga con los pelos de la cabeza desgreñados. Es una soldado de aspecto feroz. También está rodeada de cucarachas.

103 lanza sus antenas hacia delante y percibe una primera anomalía: ¡la hormiga no posee absolutamente ningún olor pasaporte! Es probablemente una mercenaria habituada al combate cuerpo a cuerpo porque sus patas y su tórax están arañados por una multitud de golpes de mandíbula.

No sabe por qué, pero esa hormiga que le presentan en circunstancias tan extrañas le cae mal inmediatamente. No tiene olor, su aspecto es de vagabunda hambrienta, la forma de andar resulta bastante pretenciosa, y no debe haberse lamido desde hace dos días los pelos de patas, ¡vaya una hormiga más desagradable!

¿Quién es ese individuo?, pregunta 103 a las cucarachas que acechan interesadas sus reacciones.

Alguien que ha insistido en verse contigo precisamente, le responden.

103 se hace preguntas. ¿Por qué quiere entrevistarse con ella aquella hormiga y por qué ahora no le habla? 103 observa algo: finge dar cabezadas y luego, de pronto, abre mucho sus mandíbulas en posición de intimidación. ¿Va a someterse la otra, o aceptará el desafío? Y se sitúa en posición de combate frente a la mandíbula que la otra ha desenvainado lo mismo que sus dos sables labiales.



¿Quién eres?

No hay respuesta. La otra acaba de levantar sus antenas.



¿Que haces aquí? ¿Perteneces a la cruzada?

Había que volver a pelear.

103 intenta una intimidación más fuerte basculando el abdomen bajo su tórax, en posición de disparo de ácido a quemarropa. La otra no tiene por qué saber que su reserva de veneno está vacía.

Enfrente, la hormiga reacciona igual. Las dos representantes de la civilización mirmeceana se tienen respeto delante de las curiosas cucarachas. 103 comprende mejor ahora la prueba. De hecho, las cucarachas quieren asistir a un duelo de hormigas y la vencedora será admitida en su tribu.

A 103 no le gusta matar hormigas pero sabe que su misión es más importante —una cucaracha ha aceptado guardarle el capullo durante la prueba—. Además, el individuo que tiene enfrente le resulta cada vez más patibulario. ¿Quién es esa presuntuosa que no habla y que ni siquiera ha reconocido a 103, la primera hormiga que ha alcanzado el confín del mundo?

Yo soy 103.683.

La otra levanta de nuevo sus antenas pero sigue sin responder. Las dos permanecen en posición de tiro.



No iremos a disparamos, ¿verdad?, emite 103, diciéndose que probablemente la otra tiene la bolsa de ácido llena.

Escucha a su cuerpo y siente que todavía hay una última gotita en el fondo de la suya. Si dispara de prisa, tal vez logre la ventaja de la sorpresa.

Propulsa su gota con todo el poder de sus músculos abdominales.

Pero, por pura coincidencia, la otra dispara exactamente en el mismo momento, hasta el punto de que las dos gotas se anulan y caen despacio, muy despacio. (¿Muy despacio? Nunca se ha visto que el aire permita al líquido escurrirse, pero no le presta atención.) 103 se lanza contra la otra con sus mandíbulas abiertas y choco contra algo duro. La punta de las mandíbulas de la adversaria golpea precisamente la punta de sus mandíbulas.

103 medita. Su adversaria parece rápida, coriácea, y sabe anticiparse a sus golpes hasta el punto de bloquearlos al segundo y en el lugar exacto donde quiere asestarlos.

En estas condiciones, no es aconsejable una confrontación.

Se vuelve hacia las cucarachas y anuncia que se niega a batirse contra aquella hormiga porque es una roja como ella.

Tendréis que aceptamos a las dos o no aceptar a ninguna.

Las cucarachas no se sorprenden por esa frase. Le anuncian simplemente que ha superado la prueba. 103 no comprende. Entonces se lo explican. De hecho no había adversario, nunca lo ha habido delante de ella. Su única interlocutora ha sido siempre ella misma.

103 continúa sin comprender.

Las cucarachas añaden entonces que la han colocado delante de una pared mágica, recubierta de una sustancia que hace existir «a uno mismo en frente».



Esto permite aprender muchas cosas sobre los extranjeros. Y, sobre todo, la forma en que se estiman a sí mismos, dice la vieja cucaracha.

¿Qué mejor manera de juzgar a alguien que ponerle en una situación en la que confiesa francamente la forma de reaccionar frente a su propia aparición?

Las cucarachas habían descubierto aquella pared mágica por casualidad. Las reacciones habían sido interesantes. Algunos individuos se batían durante horas contra su propia imagen, otros se insultaban. La mayoría juzgaba al animal que aparecía delante de ellos «digno de ser agredido», porque no tenía olor, o, en cualquier caso, carecía de los mismos olores que ellos.

Pocos trataban de confraternizar desde el principio con su propio reflejo.



Pedimos a los demás que nos acepten y no nos aceptamos a nosotros mismos..., filosofó la cucaracha vieja. ¿Cómo se pueden tener ganas de ayudar a alguien que no está dispuesto a ayudarse a sí mismo? ¿Cómo se puede apreciar a alguien que no se aprecia?

Las cucarachas están muy orgullosas de haber inventado la «prueba sublime». Según ellas no hay ningún animal infinitamente pequeño o infinitamente grande que pueda resistir la visión de su propia persona.

103 se vuelve hacia el espejo al mismo tiempo que su doble.

Evidentemente nunca ha visto un espejo. Por un momento se dice que probablemente sea el prodigio mayor al que ha asistido. ¡Una pared que hace aparecer a otro yo, moviéndose de forma simultánea!

Tal vez 103 haya subestimado a las cucarachas. Si son capaces de fabricar paredes mágicas, ¡tal vez sean realmente las dueñas de los Dedos!

Como has terminado por aceptarte, nosotras te aceptamos, como has terminado por querer ayudarte, nosotras te ayudaremos, le anuncia la vieja cucaracha.

170. El reposo de los guerreros.

Laetitia Wells caminaba junto a Jacques Méliés por la calle Phoenix. Guasona, le cogió del brazo.

—Me ha sorprendido que se haya mostrado usted tan razonable. Estaba convencida de que detendría inmediatamente a esa amable pareja de ancianos. Por norma general, los policías son bastante obtusos y siempre siguen a rajatabla el reglamento.

Él se salió por la tangente.

—La psicología humana nunca ha sido su fuerte.

—¡Qué mala fe!

—¡Es normal, usted detesta a los humanos! Nunca ha tratado de comprenderme. No ve en mí otra cosa que un bobo a quien hay que devolver constantemente el camino de la razón.

—¡Pero si no es usted más que un gran bobo!

—Aunque sea un bobo, no es usted quien debe juzgarme. Está llena de prejuicios. No quiere a nadie. Odia a todos los hombres. Para agradarle, es mejor tener seis piernas que dos y mandíbulas en vez de labios. —Afrontó la mirada violeta, ahora endurecida—. ¡Niña mimada! ¡Siempre jactándose de tener razón! Yo, aunque me equivoque, sigo siendo humilde.

—Usted no es más que un...

—Un hombre cansado, que ha demostrado demasiada paciencia con una periodista que pasa el tiempo destruyéndole, sólo para darse importancia ante sus lectores.

—No tiene ningún sentido insultarme, me voy.

—Por supuesto, es mucho más fácil huir que escuchar la verdad. Y se va, ¿adonde? ¿A precipitarse sobre su máquina de escribir y sacar esta historia a plena luz? Prefiero ser un policía que se equivoca a una periodista que tiene razón. He dejado a los Ramírez en paz, pero por su culpa, sólo porque a usted le gusta hacerse la interesante, corren el peligro de acabar sus últimos días entre rejas.

—No le permito...

Iba a darle una bofetada. Él interceptó su muñeca con mano cálida y firme. Sus miradas chocaron, pupilas negras contra pupilas violetas. Bosque de ébano contra océano tropical. Al instante sintieron ganas de echarse a reír, y rieron juntos. A mandíbula batiente.

¡Cómo! Acababan de resolver el enigma de su vida, de entrar en contacto con otro mundo, paralelo y maravilloso, un mundo donde los hombres fabricaban robots solitarios, se comunicaban con las hormigas y dominaban el crimen perfecto. ¡Y estaban allí, en aquella triste calle Phoenix peleándose como niños cuando juntos, cogidos de la mano, deberían aunar sus pensamientos, reflexionar en esos instantes fuera del tiempo!

Laetitia perdió el equilibrio y, para reír mejor, se sentó en la acera. Eran las tres de la mañana. Eran jóvenes, estaban contentos y no tenían sueño.

Fue Laetitia la primera en recuperar el aliento.

—¡Perdón! —dijo—. ¡Soy una tonta!

—No, tú no. Yo.

—No, yo.

De nuevo la risa los inundó. Un juerguista retrasado que volvía a casa algo achispado miró, compadecido, a la joven pareja sin hogar que sólo tenía la acera para divertirse. Méliés ayudó a Laetitia a levantarse.

—Vámonos.

—¿Adonde? —preguntó ella.

—¿No querrás pasar la noche en la calle?

—¿Y por qué no?

—Laetitia, tú, tan razonable, ¿qué te ocurre?

—Me ocurre que estoy harta de ser tan razonable. Son los no razonables los que tienen razón, quiero ser como todos los .Ramírez del mundo.

Él la llevó hacia un rincón, bajo un soportal, para evitar que el rocío de la mañana humedeciese su cabellera sedosa y su cuerpo, tan delicado bajo el fino conjunto negro.

Estaban muy cerca. Sin pestañear, él adelantó la mano para acariciarle el rostro. Ella le esquivó.



171. Una historia de caracoles.

Nicolás daba vueltas en su cama.

—Mamá, no consigo perdonarme el haberme hecho pasar por el dios de las hormigas. ¡Qué horror! ¿Cómo puedo repararlo?

Lucie Wells se inclinó sobre él.

—¿Qué es lo que está bien, qué es lo que está mal, y quién puede decidir?

—Evidentemente está mal. Siento vergüenza. He cometido la peor tontería que se pueda imaginar.

—Nunca se sabe con certeza lo que es bueno ni lo que es malo. ¿Quieres que te cuente una historia?

—¡Sí, por favor, mamá!

Lucie Wells se sentó a la cabecera de su hijo.

—Es un cuento chino. Había una vez dos monjes que paseaban por el jardín de un monasterio taoísta. De pronto uno de los dos vio en el suelo un caracol que se cruzaba en su camino. Su compañero estaba a punto de aplastarlo sin darse cuenta cuando le contuvo a tiempo. Agachándose, recogió al animal. «Mira, hemos estado a punto de matar este caracol. Y este animal representa una vida y, a través de ella, un destino que debe proseguir. Este caracol debe sobrevivir y continuar sus ciclos de reencarnación.» Y delicadamente volvió a dejar el caracol entre la hierba. «¡Inconsciente!, exclamó furioso el otro monje. Salvando a ese estúpido caracol, pones en peligro todas las lechugas que nuestro jardinero cultiva con tanto cuidado. Por salvar no sé qué vida, destruyes el trabajo de uno de nuestros hermanos.»

»Los dos discutieron entonces bajo la mirada curiosa de otro monje que por allí pasaba. Como no llegaban a ponerse de acuerdo, el primer monje propuso: "Vamos a contarle este caso al gran sacerdote, él será lo bastante sabio para decidir quién de nosotros dos tiene razón." Se dirigieron entonces al gran sacerdote, seguidos siempre por el tercer monje, a quien había intrigado el caso. El primer monje contó que había salvado a un caracol y por lo tanto había preservado una vida sagrada, que contenía miles de otras existencias futuras o pasadas. El gran sacerdote lo escuchó, movió la cabeza y luego dijo: "Has hecho lo que convenía hacer. Has hecho bien." El segundo monje dio un brinco. "¿Cómo? ¿Salvar a un caracol devorador de ensaladas y devastador de verduras; es bueno? Al contrario, habría que aplastar al caracol y proteger así ese huerto gracias al cual tenemos todos los días buenas cosas para comer." El gran sacerdote escuchó, movió la cabeza y dijo: "Es verdad. Es lo que convendría haber hecho. Tienes razón." El tercer monje, que había permanecido en silencio hasta entonces, se adelantó. "¡Pero si sus puntos de vista son diametralmente opuestos! ¿Cómo pueden tener razón los dos?" El gran sacerdote miró largo rato al tercer interlocutor. Reflexionó, movió la cabeza y dijo: "Es verdad. También tú tienes razón."

Bajo las sábanas, Nicolás roncaba suavemente, tranquilo. Con ternura, Lucie le arropó.



172. Enciclopedia.

ECONOMÍA: Antiguamente los economistas estimaban que una sociedad sana es una sociedad en expansión. La tasa de crecimiento servía de termómetro, para medir la salud de toda estructura: Estado, empresa, masa salarial. Sin embargo, es imposible avanzar siempre hacia delante, con la cabeza gacha. Ha llegado el momento de frenar la expansión antes de que nos desborde y nos aplaste. La expansión económica no puede tener futuro. No existe más que un estado duradero: el equilibrio de fuerzas. Una sociedad, una nación o un trabajador sanos son una sociedad, una nación o un trabajador que no atacan y no son atacados por el medio que les rodea. No debemos tratar de conquistar, sino, al contrario, debemos integrarnos en la Naturaleza y en el Cosmos. Sólo puede haber una consigna: armonía. Interpretación armoniosa entre mundo exterior y mundo interior. Sin violencia y sin pretensiones. El día en que la sociedad humana deje de tener sentimientos de superioridad o de temor ante un fenómeno natural, el hombre estará en homeostasia con su universo. Conocerá el equilibrio.

Ya no se proyectará más en el futuro. No se fijará objetivos lejanos. Vivirá en el presente, simplemente.



Edmond Wells.

Enciclopedia del saber relativo y absoluto, tomo II.

173. Epopeya en una alcantarilla.

Suben por un corredor rugoso. 103 aprieta entre sus mandíbulas el capullo de mariposa de la misión Mercurio. Subida lenta. A veces una luz alumbra desde arriba el interminable corredor. Las cucarachas le hacen sena a la hormiga para que se pegue a la pared y recoja sus antenas hacia atrás.

Realmente, conocen bien el país de los Dedos. Porque inmediatamente después de la señal luminosa se oye un barullo espantoso y una masa pesada y olorosa cae a plomo por el corredor vertical.

—¿Has tirado la bolsa de la basura, querido? —Sí. Era la última., Acuérdate de comprar más, y más grandes. En éstas cabía muy poca cosa.

Los insectos van avanzando, con temor a nuevas avalanchas.

¿Adonde me lleváis?

Adonde quieres ir.

Franquean varios pisos, luego se detienen.



Aquí es, dice la vieja cucaracha.

¿No me acompañáis?, pregunta 103.

No. Un proverbio cucaracha dice: «Cada cual con sus problemas.» Arréglatelas con la ayuda de ti misma. Tú eres tu mejor aliada.

La anciana le indica una anfractuosidad en la trampilla del vertedero de basuras por la que 103 saldrá directamente al fregadero de la cocina.

103 se adelanta por ella apretando con fuerza su capullo.

Pero ¿qué he venido a hacer aquí?, se pregunta. ¡Ella, que tanto miedo tiene a los Dedos, se pasea por el interior mismo de su nido!

Sin embargo está tan lejos de su ciudad, tan lejos de su mundo, que sabe que lo mejor que puede hacer es avanzar, seguir avanzando.

La hormiga anda por aquel país extraño donde todo tiene formas geométricas de una regularidad absoluta. Descubre la cocina mientras mordisquea una miga de pan que ha encontrado.

Para darse ánimos, la última superviviente de la cruzada canturrea una melodía belokaniana.



Llega un momento en que.

El fuego se enfrenta al agua.

El cielo se enfrenta a la tierra.

Lo alto se enfrenta a lo bajo.

Lo pequeño se enfrenta a lo grande.

Llega un momento en que.

Lo simple se enfrenta a lo múltiple.

El círculo se enfrenta al triángulo.

La oscuridad se enfrenta al arco iris.
Pero, mientras tararea esa melodía, siente de nuevo que el miedo se apodera de ella y que sus pasos tiemblan. Cuando el fuego se enfrenta al agua, brota el vapor; cuando el cielo se enfrenta a la tierra, la lluvia lo inunda todo; cuando lo alto se enfrenta a lo bajo, aparece el vértigo.

174. Contacto cortado.

—Espero que tu equivocación no tenga demasiadas consecuencias.

Tras el incidente «divino», habían decidido destruir la máquina «Piedra de Roseta». Nicolás estaba arrepentido, desde luego, pero más valía defenderle de cualquier nueva veleidad divina. Después de todo, era un niño. Si el hambre le atenazase demasiado sería capaz de seguir haciendo tonterías. Jasón Bragel sacó el corazón del ordenador y todos lo pisotearon decididamente hasta que sólo quedaron las migajas.

«Contacto con las hormigas definitivamente cortado», pensaron.

Era peligroso creerse demasiado poderoso en un mundo tan frágil. Edmond Wells tenía razón. Era demasiado pronto y el menor error podía tener efectos devastadores para toda su civilización.

Nicolás miró a su padre directamente a los ojos.

—No te preocupes, papá. Probablemente las hormigas no han comprendido gran cosa de lo que les he contado.

—Esperémoslo, hijo mío, esperémoslo.



Los Dedos son nuestros dioses, vocifera en una ardiente feromona una rebelde surgiendo del muro. Al punto una soldado bascula su abdomen bajo su tórax y dispara. La deísta cae al suelo. En un último reflejo, la rebelde coloca su cuerpo humeante en forma de cruz de seis brazos.

175. El ying y el yang.

Por la mañana, Laetitia Wells y Jacques Méliés se dirigieron, sin prisa, hacia el piso de la joven periodista. Por suerte, estaba muy cerca. Como los Ramírez, como su tío en el pasado, Laetitia había decidido vivir junto al bosque de Fontainebleau. Su barrio, sin embargo, era más agradable que el de la calle Phoenix. Aquí había calles peatonales con tiendas de lujo, numerosos espacios verdes e incluso un campo de mini-golf, y, por supuesto, una oficina de Correos.

En el salón se quitaron las ropas húmedas y se derrumbaron en los sillones.

—¿Todavía tienes sueño? —preguntó cortésmente Méliés.

—No, yo he dormido algo.

En él, únicamente sus numerosas ojeras daban testimonio de que aquella noche no había pegado ojo, demasiado ocupado en contemplar a Laetitia. Su mente estaba despierta, preparada para nuevos enigmas, para nuevas aventuras. ¡Ojala ella le propusiera nuevos dragones que matar!

—¿Un poco de hidromiel? Bebida de los dioses del Olimpo y de las hormigas...

—No pronuncies nunca más esa palabra. No quiero volver a oír hablar nunca más de hormigas.

Laetitia se apoyó en el brazo del sillón de Méliés y brindaron.

—¡Por el fin de la investigación sobre los químicos aterrorizados y por el adiós a las hormigas!

Méliés suspiró.

—Me encuentro en un estado... Me siento incapaz de dormir, y al mismo tiempo estoy demasiado cansado para trabajar. ¿Qué te parece si jugáramos una partida de ajedrez, como en los buenos tiempos en que, en la habitación del «Hotel Beau Rivage», acechábamos a las hormigas?

—¡Nada de hormigas! —dijo Laetitia riendo.

«Nunca me he reído tanto en tan poco tiempo», pensaron los dos a la vez.

—Tengo una idea mejor —dijo la joven—. Las damas chinas. Es un juego que no consiste en destruir las piezas del adversario sino en utilizarlas para avanzar con más rapidez las propias.

—Esperemos que no sea demasiado complicado, dado el reblandecimiento de mi cerebro. Enséñame una vez más.

Laetitia Wells fue a buscar una bandeja de mármol en forma hexagonal sobre la que había grabada una estrella de seis puntas.

Enunció las reglas del juego.

—Cada punta de la estrella constituye un campo lleno de diez bolitas de cristal. Cada campo tiene su color. La meta consiste en llevar lo más rápidamente posible las bolas al campo situado justo enfrente. Se avanza saltando sobre las bolas propias o sobre las del adversario. Basta que haya una casilla libre detrás de una bola para mover. Se pueden saltar tantas bolas como se quiera y en todos los sentidos siempre que haya un espacio libre.

—¿Y si no hay bolas para saltar por encima?

—Se avanza casilla a casilla en todos los sentidos.

—¿Se apodera uno de las bolas que se salta?

—No, al contrario de las damas clásicas, no se come nada. Uno se adapta simplemente a la geografía de los espacios libres para encontrar el camino que debe llevar lo más rápidamente posible al campo de enfrente.

Iniciaron la partida.

Laetitia se abrió pronto una especie de camino, formado por bolas espaciadas por una casilla. Una tras otra, sus piezas tomaron aquella autovía para ir lo más lejos posible.

Méliés hacía lo mismo. Al terminar la primera partida, había colocado todas sus piezas en el campo de la periodista. Todas menos una. Una rezagada olvidada. Mientras él recuperaba la pieza aislada, la joven recuperaba todo el tiempo perdido.

—Has ganado —reconoció el comisario.

—Para ser principiante reconozco que te las has apañado muy bien. Ya has aprendido que no hay que, sobre todo, no hay que olvidarse de ninguna bola. Hay que pensar en sacarlas lo más de prisa posible, pero todas, sin dejar una sola.

Él ya no la escuchaba. Contemplaba el damero, como hipnotizado.

—¿Estás bien, Jacques? —preguntó ella inquieta—. No me extraña, después de una noche como ésta...

—No es mucho. Me siento estupendamente. Pero mira este juego, míralo bien.

—Ya lo miro, ¿qué pasa?

—¿Cómo que qué pasa? —exclamó—. ¡Pero si es la solución!

—Creía que ya habíamos encontrado todas las soluciones.

—Pero ésta no —insistió el comisario—. No habíamos encontrado la solución del último enigma de la señora Ramírez. ¿Te acuerdas? Cómo fabricar seis triángulos con seis cerillas. —Ella escrutó en vano el hexágono—. Sigue mirando. Basta con disponer las cerillas en estrella de seis puntas. La que está representada en este juego. ¡Con los dos triángulos ínter penetrándose!

Laetitia examinó el damero con más atención.

—Esta estrella es la estrella de David —dijo—. Simboliza el conocimiento del microcosmos, unido al del macrocosmos. Los esponsales de lo infinitamente grande y lo infinitamente pequeño.

—Me gusta ese concepto —dijo el comisario acercando su rostro a la cara de la mujer.

Permanecieron así, rozándose con las mejillas, mientras contemplaban el damero.

—También podríamos llamarlo la unión del cielo y de la tierra —observó él—. En esta figura geométrica ideal, todo se completa, se mezcla y se casa. Las zonas se ínter penetran conservando su especificidad. Es la mezcla de lo alto y de lo bajo.

Rivalizaron en comparaciones.

—Del ying y del yang.

—De la luz y las tinieblas.

—Del bien y del mal.

—Del frío y del calor.
Laetitia frunció el ceño buscando otros contrastes.

—¿De la sabiduría y de la locura?

—Del corazón y de la razón.

—Del espíritu y de la materia.

—De lo activo y de lo pasivo.

—La estrella —resumió Méliés— es como tu partida de damas chinas: cada uno parte desde su punto de vista para adoptar luego el del otro.

—De ahí la frase clave del enigma: «Hay que pensar de la misma manera que el otro» —dijo Laetitia—. Pero todavía me quedan asociaciones de ideas que proponerte. ¿Qué piensas de «la unión de la belleza y de la inteligencia»?

—¿Y qué piensas tú de lo masculino y de lo... femenino?

Él acercó más aún su mejilla, erizada por una barba naciente, a la aterciopelada de Laetitia. Y tuvo la audacia de pasar sus Dedos por sus cabellos de seda.

Esta vez ella no le rechazó.



176. Un mundo sobrenatural.

103 baja por el fregadero, se arrastra por los bordes del aspirador, toma el pasillo, escala una silla, repta por una pared, se esconde detrás de un cuadro, vuelve a salir y a bajar, trepa por los rebordes escarpados de la taza del lavabo.

Al fondo hay un pequeño lago, pero no tiene ganas de bajar hasta él. Va al cuarto de baño, aspira el olor mentolado de un tubo de dentífrico mal cerrado, el perfume azucarado de la loción para después del afeitado, salta sobre un jabón de Marsella, se desliza en un frasco de champú al huevo y evita por los pelos ahogarse en él.

Ha visto suficiente. No hay el menor Dedo en aquel nido.

Prosigue su ruta.

Está sola. Se dice a sí misma que es la representación más simple y más reducida de la cruzada. Todo se remite en última instancia a un individuo. Y todavía le queda una elección: estar a favor o en contra de los Dedos.

¿Puede 103, sola, destruirlos a todos?

Probablemente. Pero no será fácil.

¡Sobre todo porque las cruzadas se han visto obligadas a unirse tres mil para matar a uno solo de aquellos gigantes!

Cuanto más piensa en ello, más se dice que debe renunciar a la idea de matar ella sola a todos los Dedos de la Tierra.

Llega delante de un acuario con peces y permanece largos minutos pegada a la pared, contemplando cómo evolucionan aquellos raros pájaros multicolores e indiferentes, irisados de colores fluorescentes.

103 pasa luego bajo la puerta de entrada, toma la escalera principal y sube un piso.

Entra en un segundo aposento y reanuda sus investigaciones: el cuarto de baño, la cocina, el salón. Se pierde en la trampilla de un vídeo, inspecciona durante un momento los componentes electrónicos, vuelve a salir, penetra en un cuarto. Nadie. Ni el menor Dedo en el horizonte.

Halla un pasadizo por el vertedero de basuras y vuelve a subir un piso. Cocina, cuarto de baño, salón. Nadie. Se detiene, escupe una feromona e inscribe en ella sus observaciones sobre las costumbres dedalescas.



Feromona: Zoología

Tema: Los Dedos

Salivadora: 103.683

Año: 100.000.667
Todos los Dedos parecen tener nidos de configuración similar. Son amplias cavernas en roca inexcavable. Tienen forma de cubos y se apilan unas sobre otras. Esas cavernas están generalmente tibias. El techo es blanco y el suelo está cubierto por una especie de césped coloreado. Sólo van a vivir a ellas muy de vez en cuando.

Sale al balcón, escala la fachada empleando los puvilis adhesivos de sus patas y va a parar a un nuevo piso semejante a los anteriores. Entra en el salón. Por fin aparecen unos Dedos. 103 avanza. Ellos la persiguen para matarla. Apenas tiene tiempo de huir apretando con fuerza su capullo.

177. Enciclopedia.

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