Bernard Werber



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SINCRONICIDAD: Un experimento científico realizado simultáneamente en 1901 en varios países demostró que, en relación a una serie de pruebas de inteligencia dadas, los ratones merecían una nota de 6 sobre 20.

Repetido en 1965, en los mismos países y exactamente con las mismas pruebas, el experimento otorgó a los ratones una media de 8 sobre 20.

Las zonas geográficas no tenían nada que ver con el fenómeno. Los ratones europeos no eran ni más ni menos inteligentes que los ratones americanos, africanos, australianos o asiáticos. En todos los continentes, todos los ratones de 1965 habían obtenido mejor nota que sus abuelos de 1901. En toda la Tierra habían progresado. Era como si existiese una inteligencia «ratón» planetaria que habría mejorado al hilo de los años.

Entre los humanos se ha comprobado que ciertos inventos se realizaron de forma simultánea en China, en las Indias y en Europa: el fuego, la pólvora y el tejido, por ejemplo. Incluso en nuestros días se realizan en el mismo momento descubrimientos en varios puntos del Globo y en períodos restringidos.

Todo permite pensar que ciertas ideas flotan en el aire, más allá de la atmósfera, y que quienes están dotados de la capacidad de captarlas contribuyen a mejorar el nivel de saber global de la especie.

Edmond Wells.

Enciclopedia del saber relativo y absoluto, tomo II.

157. Más allá del mundo.

La cruzada avanza escalando abruptas piedras. Al otro lado del puente, altas estructuras cúbicas se disparan hacia el cielo. No parecen tener raíces. Las hormigas se inmovilizan y observan aquellas cadenas montañosas de formas perfectas, altas y rígidas: ¿serán acaso nidos de Dedos?

Están en la región que se prolonga más allá del borde del mundo. ¡El territorio de los Dedos!

Una sensación más intensa que las que han conocido hasta ahora, tan numerosas y tan fuertes sin embargo, las inunda.

¡Allí están los nidos de los Dedos! Colosales, titánicos, mil veces más espesos y más elevados que los más viejos árboles del bosque. Sus sombras frescas se alargan varios miles de pasos. Los dedos se construyen unos nidos desmesurados. La Naturaleza por sí sola no proporciona nidos semejantes.

103 se queda clavada. Esta vez siente que se le agota el valor para continuar, para atravesar el confín del mundo, para ir más allá de lo posible. Ahora se encuentra en el estado que durante tanto tiempo la ha acosado: al margen de toda civilización.

Tras ella, otros insectos mueven dubitativos la extremidad de sus antenas.

Las cruzadas permanecen un momento en silencio, inmóviles, pasmadas por tanta potencia. Las deístas se prosternan. Las otras se interrogan sobre ese mundo tan diferente, de líneas rectas y volúmenes infinitos.

Las soldados se reagrupan y recuentan. Son ochocientas en país enemigo, pero ¿cómo matar a los Dedos que se esconden en tales ciudadelas? ¡Hay que atacar aquel nido!

Las legiones volantes de escarabajos y abejas serán fuerzas de apoyo, que sólo intervendrán en caso de problemas. Todo el mundo está de acuerdo y, dada la señal, el ejército cruzado avanza hacia la entrada del edificio.

Un extraño pájaro cae del cielo, es una placa negra. Aplasta a cuatro soldados termitas. Ahora placas negras caen por todas partes y aplastan las corazas de las artilleras.

¿Son eso los Dedos?

Durante esa primera carga, mueren más de setenta soldados.

Pero las cruzadas no desesperan. Se retiran antes de lanzar una segunda carga.



¡Adelante, matémoslos a todos!

En esta ocasión, el ejército mirmeceano se dispone en punta. Las legiones se precipitan.

Son las once y muchas personas van a llevar sus cartas a Correos. Pocos distinguen los pequeños charcos negros que se deslizan imperceptiblemente por el suelo. Las ruedas de los cochecitos de niños, los mocasines y zapatos deportivos aplastan las pequeñas siluetas oscuras.

Cuando uno de aquellos puntos negros consigue escalar un pantalón, rápidamente los expulsa el reverso de una mano.



Nos han descubierto y nos atacan por todas partes, vocifera una soldado antes de ser aplastada.

Suena la feromona de retirada. Otros sesenta muertos.

Conciliábulos de antenas.

Tenemos que tomar ese nido de Dedos al precio que sea.

9 sugiere que las legiones deben disponerse de otro modo. Hay que intentar un movimiento envolvente. Se da la orden de escalar cualquier tipo de suela.



¡A la carga!

Las artilleras situadas en primera línea pulverizan su veneno sobre el caucho de una zapatilla de baloncesto. Algunas cortan la película de plástico que hace brillar un par de escarpines femeninos.

Retirada. Nuevo recuento. Otros veinte muertos.

Los dioses son invulnerables, emite en son de triunfo el grupo de hormigas deístas que se ha situado en retaguardia de los combates, desde el principio, rezando.

103 no sabe qué hacer. Sigue apretando su capullo de la misión Mercurio y no se atreve a participar en esas cargas peligrosas.

El gran miedo a los Dedos vuelve suavemente y la invade. Es verdad, parecen invencibles.

Pero 9 no renuncia. Se decide a cargar con las legiones volantes. Todo el ejército se reagrupa en el plátano situado enfrente del edificio de Correos. 9 sube a un escarabajo y sitúa abejas en los dos flancos de su línea de ataque.

Ve el orificio abierto del nido de los Dedos y lanza feromonas de excitación guerrera.

Los escarabajos rinoceronte bajan la cabeza para que su cuerno esté en la línea de mira.



¡A por los Dedos!

Una empleada de Correos cierra la puerta de cristal. Hay demasiada corriente de aire, dice.

Las cruzadas no ven nada. Van lanzadas a toda velocidad cuando aparece la pared transparente. No les da tiempo a frenar.

Los escarabajos estallan y chorrean sus líquidos internos. Las artilleras situadas sobre su espalda quedan enviscadas en sus cadáveres.

—¿Está granizando? —pregunta una cliente de Correos. —No, creo que deben ser los niños de la señora Letiphue, que juegan con piedrecillas. Les gusta.

—Pero pueden romper el cristal de la puerta, ¿no? —No se preocupe. Es muy grueso.

Se recoge a los insectos heridos que pueden ser cuidados. En esa carga, la cruzada ha vuelto a perder ochenta soldados.

Los Dedos son más coriáceos de lo que pensábamos, emite una hormiga.

9 no quiere renunciar. Las termitas tampoco. ¡No han venido de tan lejos, ni han superado tantos obstáculos para dejarse detener ahora por placas negras y paredes transparentes!

Se disponen a pasar la noche bajo el plátano.

En todas alienta la confianza. Mañana será otro día.

Las hormigas saben poner el precio, el tiempo y los medios. Y siempre terminan triunfando. Lo saben de sobra.

Una exploradora descubre una hendidura en el frontón del nido que han atacado la víspera. Una hendidura muy rectangular. Piensa que tal vez se trate de una entrada oculta. Sin decirle nada a las otras, parte en tareas de localización. Penetra por la hendidura donde hay grabados símbolos que, en una dimensión espacio-tiempo distinta, significan «correo por avión larga distancia», y cae debajo de varias placas llanas y blancas. Decide colarse en una de ellas para examinar lo que hay dentro. Cuando trata de salir, se ve comprimida por una pared blanca. Se queda allí, pues, y espera.

Así fue como tres años más tarde se descubrió con sorpresa que una colonia de hormigas rojas típicamente francesas se había instalado en el Nepal, en pleno centro de las cadenas himalayas. Mucho más tarde, unos entomólogos se preguntaron cómo habían podido viajar tan lejos aquellas hormigas. Por último, llegaron a la conclusión de que debía tratarse de una especie paralela que se parecía a la hormiga francesa por pura coincidencia.

158. Es ella.

—¿Me reconoce? Jacques Méliés estaba seguro.

—Usted es... Juliette Ramírez, la concursante estrella de «Trampa para...

—... pensar» —completó Laetitia.

Con el ceño fruncido, la periodista trataba de establecer un vínculo entre la campeona de los enigmas, el falso papá Noel y la manada de hormigas asesinas.

Acostumbrado a las confrontaciones, el policía trató de calmar a Juliette Ramírez, a quien adivinaba a punto de un ataque de nervios.

—¡Es que nos encanta ese programa! Con unos ejemplos más simples de lo que parece, enseña a contemplar el Universo de otro modo. A pensar de otro modo.

—¡Pensar de otro modo! —suspiró la señora Ramírez, sin poder contener sus sollozos.

Desmaquillada, despeinada y con una vieja bata en vez de sus vestidos de lunares bien cortados, parecía más vieja, más cansada que en la pequeña pantalla. La maravillosa concursante no era más que una mujer de mediana edad.

—Es mi marido, Arthur —dijo señalando al hombre tendido en la cama—. Él es el «amo» de las hormigas. Y sin embargo, todo es culpa mía, ¡todo! Ahora que ustedes nos han descubierto, no puedo seguir guardando el secreto. Se lo contaré todo.



159. Puesta a punto.

—Nicolás, tengo que hablarte.

El niño bajó la cabeza, esperando la riña paterna.

—Sí, papá, he hecho mal —dijo dócilmente—. No volveré a hacerlo.

—Ahora no quiero hablarte de tus tejemanejes, Nicolás —contestó muy suave Jonathan—. Sino de nuestra existencia aquí. Tú has elegido seguir viviendo «normalmente», si es que puede decirse así, mientras que nosotros hemos decidido hacernos «hormigas». Algunos consideran que deberías unirte a nuestras sesiones de comunión. Yo creo que debemos informarte primero sobre nuestro estado de ánimo, y luego dejarte que elijas con toda libertad.

—Sí, papá.

—¿Comprendes lo que hacemos?

El chiquillo masculló, con los ojos clavados en el suelo.

—Os ponéis en círculo, cantáis juntos y cada vez coméis menos.

El padre estaba dispuesto a mostrarse paciente.

—Eso no es más que el aspecto exterior de nuestro trabajo. Hay otros. Dime, Nicolás, ¿cuántos sentidos tienes?

—Cinco.


—¿Cuáles?

—La vista, el oído..., el tacto, el gusto y el olfato —recitó el chiquillo como en un examen escolar.

—¿Y qué más? —le preguntó Jonathan.

—¿Qué más? No hay más.

—Muy bien. Me has citado cinco sentidos físicos que te permiten captar la realidad física. Ahora bien, existe otra realidad, psíquica, que puede captarse gracias a cinco sentidos psíquicos. Si te contentas con tus cinco sentidos físicos, es como si sólo te sirvieses de los cinco dedos de la mano izquierda. ¿Por qué no emplear también los cinco dedos de la mano derecha?

Nicolás se quedó sorprendido por lo menos.

—¿Y cuáles son esos cinco sentidos, «psíquicos», como tú los llamas?

—La emoción, la imaginación, la intuición, la conciencia universal y la inspiración.

—Yo creía que pensaba con mi cabeza, y nada más.

—Pues no, hay una multitud de formas de pensar. Nuestro cerebro es como un ordenador, podemos programarlo de tal forma que realice cosas fantásticas de las que apenas tenemos idea. Es una herramienta que nos han ofrecido y cuyo libro de instrucciones completo nunca hemos encontrado. Por ahora sólo utilizamos un 10 %. Dentro de mil años, tal vez, podemos utilizar un 50 %, y, dentro de un millón de años, el 90 %. En nuestra cabeza, somos niños de pecho. No comprendemos la mitad de lo que pasa a nuestro alrededor.

—Exageras. La ciencia moderna...

—La ciencia moderna no supone nada de nada. Sólo sirve para impresionar a los que no saben nada. Los verdaderos científicos saben que no saben nada y que, cuanto más avanzan, más cuenta se dan de su ignorancia.

—Pero el tío Edmond sabía cosas...

—No. Edmond nos señala el camino de nuestra propia emancipación. Nos muestra la forma de plantear las preguntas pero no nos ofrece respuesta. Cuando uno empieza a leer la Enciclopedia del saber relativo y absoluto se tiene la impresión de comprender mejor todo, pero a medida que se prosigue la lectura, se tiene la impresión de no comprender nada de nada.

—A mí me parece que comprendo lo que hay en ese libro.

—Tienes mucha suerte.

—Habla de la Naturaleza, de las hormigas, del Universo, de los comportamientos especiales, de la confrontación de los pueblos de la Tierra... He visto en él incluso recetas de cocina y enigmas. Cuando lo leo, me siento más inteligente y omnipotente.

—Realmente tienes suerte. Yo, en cambio, cuanto más lo leo, más constato cuan incomprensible es todo y cuan lejos estamos de los objetivos que hemos de alcanzar. Ni siquiera ese libro nos ayuda. No consiste más que en sucesiones de palabras, compuestas a su vez de letras. Las letras son dibujos, y las palabras tratan de capturar los objetos, las ideas y los animales detrás de las denominaciones. La palabra «blanco» posee su propia vibración, pero «blanco» se dice con otras palabras en otras lenguas: white, blanc, etc., lo cual demuestra que la palabra «blanco» no basta para definir ese color. Es una aproximación inventada en remotos tiempos por no sé quién. Los libros son sucesiones de palabras, los libros son sucesiones de muertos, sucesiones de aproximaciones.

—Pero la Enciclopedia del saber relativo y...

—La Enciclopedia no tiene ninguna relación con la vida vivida. Ningún libro igualará a un momento de reflexión sobre la acción presente.

—¡No comprendo ese galimatías!

—Perdóname, he ido algo de prisa. Digamos que, por lo menos, me escuchas cuando hablo, y eso ya es importante.

—Claro que te escucho, ¿por qué quieres que no te escuche?

—Escuchar es muy difícil..., se requiere una gran vigilancia.

—¡Qué raro eres, papá!

—Perdóname, no me he puesto a tu nivel. Quisiera enseñarte algo. Cierra los ojos y escúchame bien. Imagina un limón. ¿Lo ves? Es amarillo, muy amarillo, brilla al sol. Es áspero y muy oloroso. ¿Hueles su perfume?

—Sí.

—Bien. Ahora coges un gran cuchillo puntiagudo y cortante. Cortas el limón en rodajas: el limón se abre. La rodaja permite que salga al sol toda una red de pulpas llenas de líquido. Estrujas la rodaja y ves que las pulpas estallan, que el zumo fluye, muy amarillo y oloroso... ¿Lo hueles?



Nicolás mantiene los ojos cerrados.

—Sí.


—Bueno, dime, ¿tienes saliva en la boca?

—Ehhh... —chasquea la lengua—... sí, el fondo de mi boca está bañado de saliva. ¿Cómo es posible?

—Ahí radica el poder del pensamiento sobre el cuerpo. Ya lo ves, nada más pensar en un limón puedes provocar un fenómeno psicológico incontrolable.

—Pero eso es fabuloso.

—Es un primer paso. No tenemos necesidad de hacernos pasar por dioses, lo somos ya desde hace mucho tiempo, y sin saberlo.

El muchacho se embaló.

—Quiero aprender a ser así. Papá, por favor, enséñame a controlarlo todo con mi mente. Enséñame. ¿Qué debo hacer?

160. La droga de lomechusa.

Las guerras civiles van adquiriendo mayor amplitud en la Ciudad. Las rebeldes deístas han invadido un barrio entero, el de las hormigas cisterna. Desde ahí suministran miel de forma permanente a los Dedos.

Paradójicamente, éstos han dejado de expresarse por medio del Doctor Livingstone. La voz del profeta se ha callado.

Este silencio no mengua para nada el ardor de las religiosas.

De forma sistemática, las deístas muertas son reagrupadas en una habitación y las rebeldes van a visitarlas antes de los combates. Miman trofalaxias y diálogos con esas estatuas, dispuestas en su mayoría en actitud de combate.

Todas las que ponen una vez los pies en la sala de los muertos salen de ella como transfiguradas en el nivel de los perfumes de sus antenas. Conservar a la gente intacta después de la muerte es dar importancia a los seres.

El movimiento deísta es el único en afirmar en la Ciudad que las ciudadanas no son sólo individuos a las que se hace nacer y a las que luego se tira sin ninguna nostalgia.

Las rebeldes deístas tienen una manera de hablar que es como la droga de lomechusa. Cuando empiezan a emitir para evocar a los dioses, no se puede dejar de recibir su mensaje.

Además, las hormigas contaminadas por la «religión dedesca» no trabajan ya, no cuidan la cresa, sólo piensan en robar el alimento para llevarlo debajo del techo, a la Dedalera.

La reina Chli-pu-ni no parece molesta por ese recrudecimiento del movimiento rebelde. Sólo pide noticias de la cruzada.

Según las fuentes moscardonas, la cruzada ha franqueado ya el confín del mundo y han entablado batalla contra los Dedos.

Perfecto, dice la reina. ¡Pobres Dedos, cómo van a lamentar habernos desafiado! Cuando les hayamos derrotado definitivamente, el movimiento rebelde ya no tendrá razón alguna para existir entre nosotras.

161. Enciclopedia.

CUENTO: Las palabras «conté» [cuento] y «compte» [cuenta] tienen en francés la misma pronunciación. Y se ha comprobado que esa correspondencia entre cifras y letras existe prácticamente en todas las lenguas. Contar palabras o contar cifras, ¿dónde está la diferencia? En inglés «to count» y «to recount». En alemán, «zahlen» y «erzahlen». En hebreo, «le saper» y «li saper». En chino, «shu» y «shu».

Cifras y letras están unidas desde los balbuceos del lenguaje. Cada letra corresponde a una cifra, cada cifra a una letra. Los hebreos lo comprendieron desde la Antigüedad y por eso la Biblia es un libro mágico y lleno de conocimientos científicos, presentados en forma de cuentos codificados. Si se da un valor numérico a las primeras líneas de cada frase, se descubre un primer sentido oculto. Si se da un valor numérico a las letras de las palabras, se descubren fórmulas y asociaciones que no tienen nada que ver con las leyendas o con la religión.



Edmond Wells.

Enciclopedia del saber relativo y absoluto, tomo II.

162. Accidente en la marcha.

Los insectos se preparan para la gran ofensiva. El nido de los dedos está ahí, justo enfrente, provocándolos de manera insoportable.

El ejército de las cruzadas está decidido. Se batirán como locas, porque este primer nido es un símbolo. No debe resistírseles. Las legiones se alinean por especialidades. 103, encaramada sobre «Gran Cuerno», propone atacar mediante pequeños cuadrados compactos que se apartarán cuando aparezcan los Dedos. Esa tragedia fue empleada por las enanas durante la batalla de las Amapolas y entonces funcionó bastante bien.

Todas se lavan e intercambian las últimas trofalaxias. Las excitadoras emiten sus feromonas más salvajes.



¡A la carga!

La línea de las quinientas setenta últimas cruzadas avanza, terrible y decidida. Las abejas revolotean por encima de las antenas, han desenvainado su dardo envenenado. Los escarabeidos hacen crujir sus mandíbulas.

9 pretende rehacer un agujero y poner de nuevo en él el veneno de abeja. Después de todo, es la única técnica de caza que ha dado resultado contra los Dedos.

¡Ya está! La primera y la segunda línea de infantería ligera se agitan, y jinetes de largas patas gráciles caracolean en sus flancos. ¡Qué soberbio ejército forman esta mezcla de belokanianas, de zedibeinakanianas, de askoleínas, de moxiluxienses! Los escarabeidos quieren vengar a sus congéneres aplastadas contra la pared transparente surgida de la nada.

La tercera y cuarta olas de asalto se ponen a su vez en marcha. Están formadas por líneas de artillería ligera y de artillería pesada. Hasta el momento, nadie las ha inquietado.

La quinta y la sexta olas de asalto se preparan para rematar a los Dedos moribundos untando la punta de sus mandíbulas con veneno de abeja.

Nunca un ejército insecto ha peleado tan lejos de sus respectivos nidos. ¡Todas saben que de esa batalla depende tal vez la conquista de todos los territorios periféricos del planeta!

9 es muy consciente de ello y, viendo la forma agresiva con que tiende sus mandíbulas, no hay duda de que no tiene ninguna intención de hacerlo con delicadeza.

Las cruzadas están sólo a unos pocos miles de pasos de aquel nido de Dedos que las provoca.

8:30 horas. La puerta de la agencia de Correos acaba de abrirse. Los primeros clientes entran sin sospechar lo que se están jugando.

Los insectos pasan del trote al galope. ¡Adelante, a la carga!

El servicio de limpieza municipal pasaba todas las mañanas a las 8.30 horas. Era un pequeño camión con volquete, lleno de agua jabonosa que regaba la acera para lavarla.



¿Qué pasa?

Espanto en la cruzada: sobre ellas cae un ciclón de agua áspera.

Todo el ejército cruzado queda abatido y sumergido.

¡Dispersión!, aúlla 103.

La ola, de una altura de varias decenas de pasos, ahoga a todo el mundo. El agua rebota y sube hacia el cielo para golpear a las legiones volantes.

Las cruzadas reciben una lluvia de lejía.

Algunos escarabeidos consiguen despegar llevándose racimos de hormigas enloquecidas. Cada cual lucha por salvar su propia pata. Las hormigas empujan a las termitas. ¡Se terminaron la solidaridad y el entendimiento entre los pueblos! Que cada cual se ocupe de su propio caparazón.

Recargados de pasajeros, los escarabeidos revolotean a duras penas y se convierten en plato de las obesas palomas.

Abajo se produce la hecatombe.

Legiones enteras quedan diezmadas por el tifón. Los cuerpos acorazados de las soldados ruedan por el suelo y-, van a parar a la reguera.

Es el final de una hermosa aventura militar. Después de cuarenta segundos dé chorro de agua jabonosa intensivo, el ejército cruzado ha dejado de avanzar. De los tres mil insectos de especies diversas que se habían unido para acabar con el problema de los Dedos, sólo queda un puñado de supervivientes más o menos lisiadas. La mayoría de las soldados han sido arrastradas por la ola desencadenada por el servicio de limpieza municipal.

Deístas, no-deístas, hormigas, abejas, escarabajos, termitas, moscas, todas son barridas sin distinción por el tornado líquido.

Y para mayor INRI, el agente municipal que conducía el volquete no se ha dado cuenta de nada. Ningún humano se ha dado cuenta de que el Homo sapiens acababa de obtener la victoria en la Gran Batalla del Planeta. La gente sigue dirigiéndose a sus ocupaciones pensando en lo que va a comer a mediodía, en las tareas del día y en su trabajo en el despacho.

En cuanto a los insectos, saben de sobra que han perdido la guerra del mundo.

Todo ha sido tan rápido y tan definitivo que el desastre apenas resulta concebible. En cuarenta segundos, todas esas patas que han recorrido kilómetros, todas esas mandíbulas que se han batido en las peores condiciones y todas esas antenas que han olido los aromas de las zonas más exóticas, han quedado reducidas al estado de piezas sueltas flotando en una sopa olivácea.

La primera cruzada contra los Dedos ya no avanza, y ya no avanzará nunca más. Ha quedado engullida bajo una tromba de agua jabonosa.

163. Nicolás.

Nicolás Wells se unió a los demás. Con su onda propia, enriqueció la vibración colectiva: OM. Por un momento sintió que se convertía en una nube inmaterial y ligera que se elevaba, se elevaba y atravesaba las materias. Era mil veces mejor que ser dios entre las hormigas. ¡Libre! Era libre.



164. Ajuste de cuentas.

9 tiene un reflejo salvador. Clava profundamente sus garras en una ranura de la tapa de la alcantarilla. Lastimosamente, se arrastra por los adoquines de la plaza peatonal. Por su parte, 103 ha tenido tiempo suficiente para tomar altura con «Gran Cuerno» y ha evitado el ciclón. Ha salido indemne, igual que 23, que está agazapada en un agujero del asfalto.

Más lejos, unos escarabajos supervivientes huyen arrastrando sus cornamentas. Unas pocas termitas, las últimas, escapan lamentando no haberse quedado en la isla de la cornígera.

Las tres belokanianas consiguen reunirse.



Son demasiado fuertes para nosotras, dice desolada 9, secándose ojos y antenas irritados por el desinfectante.

Los Dedos son dioses. Los Dedos son omnipotentes. No parábamos de proclamarlo y vosotras no nos creíais. ¡Ya veis el desastre!, suspira 23.

103 todavía tiembla de miedo. Que los Dedos sean o no sean dioses no cambia nada, son terribles.

Las hormigas se friccionan, intercambian trofalaxias desesperadas, como sólo saben hacerlo las que han salido indemnes de una cruzada definitivamente derrotada.

Sin embargo, para 103 la aventura no termina en aquella plaza. Le queda una misión por cumplir. Aprieta tan fuerte contra ella su capullo de mariposa que 9, que hasta entonces no le había prestado atención, le pregunta.



¿Y qué hay en esa cosa que llevas a cuestas desde el principio de la cruzada?

Nada importante.

Enséñalo.

103 se niega.

9 se acalora. Declara a la soldado que siempre le ha parecido sospechosa de ser espía a sueldo de los Dedos. ¡Ha sido 103 quien las ha conducido directamente hacia aquella trampa, ella que decía ser su guía!

Confiando su paquete a 23, 103 acepta el duelo.

Las dos hormigas se sitúan frente a frente, separan cuanto pueden sus mandíbulas, lanzan la punta de sus antenas. Giran para evaluar mejor los puntos más vulnerables de su enemiga. Y luego, de pronto, se produce el choque. Se lanzan una contra otra, sus caparazones chocan, se empujan con el tórax.

9 fustiga el aire con su mandíbula izquierda y la clava en la coraza de quitina de su adversaria. Fluye una sangre transparente.

103 esquiva un segundo golpe de hoz. Como su adversaria se ve arrastrada por su impulso, 103 lo aprovecha para cortarle el extremo de una antena.

¡Detengamos este combate inútil! Sólo quedamos nosotras. ¿Quieres realmente rematar el trabajo de los Dedos?

9 se encuentra en un estado que no atiende a razones. Lo único que quiere es clavar su antena buena en la órbita ocular de aquella traidora.

Yerra el blanco por poco. 103 quiere disparar con ácido, apunta su abdomen y suelta una gota corrosiva que va a perderse en la vuelta del pantalón de un cartero.

También 9 dispara y, ahora, el saco del veneno de 103 está vacío. La excitadora cree llegado el momento de rematar su presa, pero a la soldado le queda todavía un recurso. Avanza con las mandíbulas separadas y le agarra la pata mediana izquierda retorciéndosela de adelante atrás.

9 hace lo mismo con la pata posterior derecha de 103. Ambas luchan para ver cuál de las dos arranca antes la pata a la otra.

103 recuerda una de sus lecciones de lucha.



Si se ataca cinco veces de la misma manera, el adversario parará el sexto asalto de la misma forma que los cinco primeros. No será difícil entonces sorprenderle.

Por quinta vez, 103 golpea la boca de 9 con la punta de su antena. Entonces ya sólo le queda aprovechar la posición de repliegue de las mandíbulas de la otra para agarrarla por el cuello. Con un movimiento seco, decapita a la hormiga.

La cabeza de 9 rueda por el resbaladizo asfalto.

Queda inmóvil. Su adversaria acude a contemplarla. Las antenas vencidas todavía se agitan. En las hormigas, todas las partes del cuerpo conservan cierta autonomía incluso después de la muerte.



Te equivocas, 103, dice el cráneo de 9.

La soldado tiene la impresión de haber vivido ya esa escena de un cráneo que trata de entregar su último mensaje. Pero no era aquí ni era el mismo mensaje. Era en el estercolero de Bel-o-kan y lo que le había dicho entonces la rebelde había cambiado por completo el curso de su existencia.

Las antenas del cadáver de 9 siguen moviéndose.

Te equivocas, 103. Crees que se puede estar con todo el mundo, pero no se puede. Hay que escoger. O estás a favor de los Dedos, o estás a favor de las hormigas. Con bellas ideas no se escapa a la violencia. Sólo con la violencia se escapa a la violencia. Hoy has ganado porque eras más fuerte que yo. Bien, muy bien. Pero te daré un consejo: no flaquees nunca, porque entonces ninguno de tus hermosos principios abstractos podrá ayudarte.

23 se acerca y dispara contra aquel cráneo decididamente demasiado charlatán. Felicita a la soldado y le tiende el capullo.



Ahora ya sabes lo que te queda por hacer. 103 lo sabe.

¿Y tú?

23 no responde de inmediato. Permanece evasiva. Afirma que es servidora de las divinidades dedescas. Piensa que, cuando sea preciso, los Dedos le indicarán lo que debe hacer. Mientras tanto, vagará por este mundo que está más allá del mundo.

103 le desea ánimo. Luego la soldado monta sobre «Gran Cuerno». Se cuelga en sus antenas. El escarabajo pone en funcionamiento sus élitros y despliega sus largas alas pardas. Contacto. Las velas nervadas agitan el aire contaminado del país de los Dedos. 103 despega y se dirige hacia la cima del primer nido de Dedo que le hace frente.

165. El señor de los duendes.

La mañana se había levantado, y Laetitia Wells y Jacques Méliés seguían escuchando, suspendidos de los labios de Juliette Ramírez, el relato de una historia extraordinaria.

Sabían ya que el hombre con aspecto de papá Noel retirado, Arthur Ramírez, era su esposo. Supieron que desde su infancia había sentido la pasión del bricolaje. Fabricaba juguetes, aviones, coches y barcos que dirigía con un mando a distancia. Objetos y robots obedecían la menor de sus órdenes. Sus amigos le habían apodado «el señor de los duendes».

—Todo el mundo posee un don que sólo tiene que cultivar. Por ejemplo, tengo una amiga que es una artista haciendo punto de cruz. Sus alfombras son...

Pero a su auditorio no le importaban nada las maravillas realizables con el punto de cruz. Ella prosiguió.

—En cuanto a Arthur, supo que, si tenía un pequeño «plus» que aportar a la Humanidad, sería gracias a su habilidad para manejar un mando a distancia.

Naturalmente, se orientó hacia la robótica y obtuvo en seguida su diploma de ingeniero. Inventó el cambio automático de neumáticos reventados, el engranaje injertable en el interior del cráneo e incluso el rascador de espaldas teledirigido.

Durante la última guerra, inventó unos «lobos de acero». Estos robots de cuatro patas eran evidentemente más estables que los androides de dos patas. Además, iban provistos de dos cámaras infrarrojas que permitían apuntar en la oscuridad, dos ametralladoras a la altura de las fosas nasales y un cañón corto de 35 Mm. en la boca. Los «lobos de acero» atacaban de noche. Unos soldados perfectamente a cubierto los teledirigían a más de cincuenta kilómetros de distancia. Los robots resultaron tan eficaces que no sobrevivió ningún enemigo para denunciar su existencia.

Sin embargo, cierto día Arthur estaba visionando imágenes ultra confidénciales sobre los daños provocados por sus «lobos de acero». Los soldados encargados de dirigirlos se hallaban dominados por la fiebre del juego y, como en un videojuego, habían machacado sobre sus pantallas de control todo lo que se movía.

Desalentado, Arthur optó por una jubilación anticipada y abrió aquella tienda de juguetes. En adelante pondría su talento al servicio de los niños puesto que los adultos eran demasiado irresponsables para hacer buen uso de sus descubrimientos.

Fue entonces cuando conoció a Juliette, que era funcionaría dé Correos. Ella le entregaba sus cartas, giros, tarjetas postales y cartas certificadas. El flechazo fue inmediato. Se casaron y vivieron felices en la casa de la calle Phoenix hasta el día en que ocurrió el accidente. Así era como ellos denominaban el suceso: «el accidente».

Mientras distribuía la correspondencia, durante el servicio, un perro la atacó. Arremetió contra la saca de la correspondencia, la mordió a dentelladas y reventó un paquete.

Juliette terminó su trabajo y llevó el paquete estropeado a casa. Arthur, tan hábil con sus Dedos, podría repararlos y el destinatario nunca se daría cuenta de nada, lo cual le evitaría posibles molestias con usuarios siempre dispuestos a reclamar.

Arthur Ramírez no llegó a reparar nunca el paquete.

Al manipularlo, le intrigó su contenido: un grueso informe de varios centenares de páginas, los planos de una curiosa máquina y una carta. Su curiosidad natural prevaleció sobre su discreción igual de natural: leyó el informe, leyó la carta, examinó los planos.

Y su vida dio un vuelco.

Arthur Ramírez fue presa de una obsesión única: las hormigas. Instaló en el granero un inmenso vivario. Decía que las hormigas eran más inteligentes que los hombres porque la unión de las mentes de un hormiguero supone la suma de las inteligencias que lo componen. Aseguraba que, entre las hormigas, 1 más 1 son 3. La sinergia social funcionaba. Las hormigas mostraban la forma de materializar una nueva manera de vivir, en grupo. En su opinión, esa manera de vivir hacía evolucionar el pensamiento humano, ni más ni menos.

Juliette Ramírez supo mucho más tarde lo que representaban los planos. Se referían a una máquina bautizada por su inventor con el nombre de «Piedra Roseta». Al transformar las sílabas humanas en feromonas hormiga y viceversa, permitía dialogar con la sociedad mirmeceana.

—Pero..., pero..., pero ¡si ése era el proyecto de mi padre! —exclamó Laetitia.

La señora Ramírez le cogió la mano.

—Lo sé, y por eso siento tanta vergüenza de que ahora esté usted aquí. Precisamente ese paquete había sido enviado, por su padre, Edmond Wells, y el destinatario era usted, señorita Wells. El informe contenía las páginas del segundo volumen de su Enciclopedia del saber relativo y absoluto, los planos eran los de su máquina de traducir el francés al hormiga. Y la carta, la carta..., la carta era para usted —dijo la señora Ramírez sacando una hoja blanca, cuidadosamente doblada, de un cajón de su escritorio.

Laetitia casi le arrancó el pliego de las manos.

Y leyó: Laetitia, hija querida, no me juzgues...

Devoró la escritura amada que acababa con otras frases de cariño firmadas por Edmond Wells. Se sentía destrozada y a punto de echarse a llorar. Gritó.

—¡Ladrones, no son más que unos ladrones! ¡Era mío, todo era mío! Ustedes me robaron mi única herencia. ¡Ustedes han ocultado el testamento espiritual de mi padre! ¡Yo habría podido desaparecer sin saber nunca que sus últimos pensamientos habían sido para mí! Pero ¿cómo han podido...?

Y se dejó caer sobre Méliés, que pasó un brazo consolador alrededor de los frágiles hombros sacudidos por sollozos reprimidos.

—Perdónenos —dijo Juliette Ramírez.

—Estaba segura de que esta carta existía. ¡Sí, estaba segura! ¡La he esperado toda mi vida!

—Quizá nos odie usted menos si le aseguro que la herencia espiritual de su padre no cayó en malas manos. Llámelo azar o fatalidad... Es como si el Destino hubiera querido que ese paquete llegase a nuestra casa.

Arthur Ramírez había empezado a reconstruir la máquina inmediatamente. Incluso había aportado algunas mejoras. Y las hizo tales que, ahora, la pareja conversaba con las hormigas de su terrario. ¡Sí, se comunicaban con insectos!

Dividida entre la indignación y la maravilla, Laetitia no salía de su asombro. Como Méliés, tenía prisa por oír el resto del relato.

—¡Qué euforia sentimos los primeros tiempos! —Decía la mujer—. Las hormigas nos explicaban el funcionamiento de sus federaciones, contaban las guerras, las luchas entre especies. Descubrimos un nuevo paralelo, ahí mismo, al nivel de nuestras suelas, que desbordaba de inteligencia. ¿Saben? Las hormigas tienen herramientas, poseen una agricultura propia, han desarrollado tecnologías punta. Evocan incluso conceptos abstractos como la democracia, las castas, el reparto de tareas, la ayuda mutua entre los vivos...

Gracias a ellas, y tras aprender a conocer mejor su forma de pensar, Arthur Ramírez había elaborado un programa informático que reproducía el «espíritu del hormiguero». Al mismo tiempo, ideó minúsculos robots: las «hormigas de acero».

Su objetivo: crear un hormiguero artificial compuesto por centenares de hormigas-robot. Cada una estaría dotada de una inteligencia autónoma —un programa informático incluido en un BIT electrónico—, que podría conectarse con el conjunto del grupo para obrar y pensar en común. Juliette Ramírez buscó las palabras.

—¿Cómo decirlo? El conjunto formaba un único ordenador hecho de diferentes elementos, o también un cerebro compuesto de neuronas solidarias. 1 más 1 son 3 y por tanto 100 más 100 son 300.

Arthur Ramírez consideraba a sus «hormigas de acero» perfectamente adaptadas para la conquista del espacio. Así, en vez de enviar una sonda-robot a planetas alejados, técnica espacial habitualmente empleada, ¿por qué no enviar en su lugar mil pequeñas sondas-robot, con su inteligencia a la vez individual y colectiva? Si una de ellas se estropeaba o se rompía, otras novecientas noventa y nueve tomarían el relevo, mientras que si la sonda única resultaba víctima de un estúpido accidente mecánico, todo el programa espacial quedaba aniquilado.

Méliés estaba sorprendido.

—Incluso en cuestión de armamento —dijo—, es más fácil destruir un gran robot muy inteligente que mil pequeños, más simplistas pero solidarios.

—Es el principio de la sinergia —subrayó la señora Ramírez—. La unión supera la suma de los talentos particulares.

Pero había un problema: para todos aquellos grandes proyectos, los Ramírez carecían de dinero. Los componentes miniatura cuestan caros y ni la tienda de juguetes ni el empleo de funcionaría de Correos de Juliette bastaban para pagar a los proveedores. Del fértil ingenio de Arthur Ramírez brotó entonces una nueva idea: ¡que Juliette concursara en el programa «Trampa para pensar»! ¡Diez mil francos diarios, menuda ganga! Él enviaba a los productores los mejores enigmas contenidos en la Enciclopedia del saber relativo y absoluto de Edmond Wells, y ella los resolvía. Los enigmas wellsianos eran los que se utilizaban regularmente en el programa, porque nadie más podía inventar otros tan sutiles.

—Es decir, que todo estaba amañado —dijo ofuscado Méliés.

—Todo está amañado —dijo Laetitia—. Lo que interesa es saber cómo está amañado. Por ejemplo, no comprendo por qué fingió usted tanto tiempo que no comprendía el enigma de los «unos», los «doces» y los «treces».

La respuesta era simple.

—¡Porque la mina de Edmond Wells no es inagotable! Con los comodines puedo conseguir que el juego dure y continuar ganando los diez mil francos diarios.

Esos beneficios permitieron a la pareja vivir cómodamente mientras Arthur progresaba en la elaboración de sus «hormigas de acero» y en el diálogo ínter especies. Todo fue bien en el mejor de los mundos paralelos hasta el día en que Arthur se estremeció al contemplar un anuncio publicitario en la televisión. Un anuncio para un producto CQG: «Por donde Krak Krak pasa, el insecto se asa.» En primer plano, una hormiga se debatía contra el insecticida que la roía por dentro.

Arthur se rebeló. ¡Cuánta perfidia para envenenar a un adversario tan pequeño! Una de sus hormigas de acero estaba ya lista. La envió inmediatamente a espiar a los laboratorios de la CQG. La hormiga mecánica descubrió que los hermanos Salta colaboraban con expertos internacionales en un proyecto más horrible todavía, llamado «Babel».

«Babel» era tan abominable que hasta los más eminentes investigadores de insecticidas trabajaban en el secreto más absoluto por miedo a que les cayesen encima los movimientos ecologistas. Incluso habían mantenido a los dirigentes de la CQG en la ignorancia de sus experimentos.

—«Babel» —dijo la señora Ramírez— es el formícida absoluto. Los químicos nunca han conseguido atacar de forma eficaz a las hormigas con los venenos clásicos de tipo órgano-fosforado. Pero «Babel» no es un veneno. Es una sustancia capaz de perturbar las comunicaciones antenarias entre las hormigas.

En su estadio final, «Babel» era un polvo que bastaba extender por el suelo para que emitiese un olor que parasitaba todas las feromonas mirmiceanas. Con unos pocos gramos podían contaminarse kilómetros y kilómetros cuadrados. Todas las hormigas de los alrededores se volvían incapaces de emitir o de recibir. Y, sin posibilidad de comunicarse, la hormiga ya no sabe si su reina está viva, ni cuál es su tarea, ni lo que es bueno o peligroso para ella. Si se untase toda la superficie del Globo con ese producto, en cinco años no quedaría una sola hormiga sobre la tierra. Preferirían dejarse morir antes que dejar de comprenderse unas a otras.

¡La hormiga es toda ella «comunicación»!

Los hermanos Salta y sus colegas habían comprendido ese dato esencial del sistema mirmeceano. Pero, para ellos, las hormigas no eran más que chusma a exterminar. Estaban orgullosos de haber descubierto que no es envenenando su sistema digestivo como se destruye a las hormigas, sino simplemente envenenando su cerebro.

—¡Espantoso! —dijo en un suspiro la periodista.

—Con su pequeña espía mecánica, mi marido tuvo todas las piezas del informe en la mano. Esa banda de químicos tenía la intención de erradicar de una vez por todas a la especie mirmeceana de la superficie del Globo.

—¿Fue en ese momento cuando el señor Ramírez decidió intervenir? —preguntó el comisario.

—Sí.

Los dos, Laetitia y Méliés, ya habían comprendido la forma en que se había comportado Arthur. Su esposa se lo confirmó: enviaba una hormiga exploradora para recortar un ínfimo trozo de paño empapado del olor de la futura víctima. Soltaba luego a la Manada que destruía al portador de la fragancia.



Feliz por haberlo adivinado con exactitud, el policía dijo en tono de experto.

—Su marido, señora, ha inventado la técnica de asesinato más sofisticado que he visto nunca.

Juliette Ramírez se ruborizó ante el cumplido.

—Ignoro cómo les sale a los demás, pero nuestro método ha resultado eficacísimo. Por otro lado, ¿quién podría sospechar de nosotros? Teníamos a nuestra disposición todas las coartadas del mundo. Nuestras hormigas actuaban solas, y nosotros podíamos estar a cien kilómetros del marco de operaciones.

—¿Quiere decir que sus hormigas asesinas eran autónomas?

—preguntó sorprendida Laetitia.

—Por supuesto. Utilizar hormigas no es sólo una manera nueva de matar, es también una nueva forma de pensar un trabajo. ¡Aunque ese trabajo sea una misión de muerte! ¡Es tal vez el summum de la inteligencia artificial! Su padre, señorita Wells, lo comprendió perfectamente. ¡Mire, él mismo lo explica en su libro!

Y les leyó el pasaje de la Enciclopedia donde se demuestra que el concepto de hormiguero era capaz incluso de revolucionar la inteligencia artificial informática.

Las hormigas enviadas a casa de los Salta no estaban teledirigidas. Eran autónomas. Pero estaban programadas para llegar a un piso, reconocer un olor, matar todo lo que oliera a ese perfume y hacer desaparecer luego toda huella del asesinato. Otra consigna: suprimir a todos los testigos del drama, si los había. Y no marcharse dejando subsistir una sola fragancia de vida.

Las hormigas circulaban por las alcantarillas y las canalizaciones. Surgían en silencio y mataban perforando los cuerpos desde dentro.

—¡Un arma perfecta e indetectable!

—Y, sin embargo, usted escapó a ellas, comisario Méliés. De hecho, bastaba correr para evitar la muerte. Nuestras hormigas de acero avanzan muy despacio, usted se dio cuenta al venir aquí. Lo que ocurre es que la mayoría de la gente se asusta tanto cuando nuestras hormigas les atacan que se quedan clavados de miedo y sorpresa en vez de precipitarse hacia la puerta para escapar. Además, en nuestros días las cerraduras son tan complicadas que unas manos temblorosas tienen dificultades para abrirlas con la rapidez suficiente para salir antes del ataque. Paradoja de la época: ¡las personas que tenían los mejores sistemas de puertas blindadas han sido las que se han encontrado más acorraladas!

—Así fue como murieron los hermanos Salta, Caroline Nogard, Maximilien MacHarious, el matrimonio Odergin y Miguel Cygneriaz —dijo el policía recapitulando.

—Sí. Eran los ocho promotores del proyecto «Babel». Y enviamos a nuestras matadoras contra su Takagumi porque temíamos que una conexión japonesa se nos hubiese escapado.

—Hemos podido juzgar la eficacia de sus duendecillos, pero, ¿podemos verlos?

La señora Ramírez subió a buscar una hormiga al desván. Había que observarla muy de cerca para darse cuenta de que no se trataba de un insecto vivo, sino de un autómata articulado. Antena de metal, dos minúsculas cámaras de vídeo de objetivo gran angular a la altura de los ojos, un abdomen proyector de ácido gracias a una cápsula presurizada, mandíbulas inoxidables afiladas como hojas de afeitar. El robot sacaba su energía de una pila de litio situada en el tórax. En la cabeza, un microprocesador gobernaba todos los motores de las articulaciones y trabajaba sobre las informaciones proporcionadas por los sentidos artificiales.

Lupa en mano, Laetitia admiraba aquella obra maestra de miniaturización y de relojería.

—¡Cuántas aplicaciones posibles para este pequeño juguete! Espionaje, guerra, conquista espacial, reforma de los sistemas de inteligencia artificial... Y presenta la apariencia exacta de una hormiga.

—La apariencia no basta —subrayó la señora Ramírez—. Para que el robot resulte verdaderamente eficaz, también ha sido necesario copiar e insuflarle la exacta mentalidad de una hormiga. ¡Escuche a su padre!

Hojeó la Enciclopedia antes de señalarle un pasaje.



166. Enciclopedia.
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