Bernard Werber



Descargar 2,24 Mb.
Página17/23
Fecha de conversión06.01.2017
Tamaño2,24 Mb.
1   ...   13   14   15   16   17   18   19   20   ...   23

BOMBARDERO: Los cárabos bombarderos (Brachynus creptians) están dotados de un «fusil orgánico». Si les atacan, sueltan humo seguido de una detonación. La produce el insecto asociando dos sustancias químicas que emanan de dos glándulas distintas. La primera libera una solución que contiene un 25 % de agua oxigenada y un 10 % de hidroquinona. La segunda fabrica una enzima, la peroxidada. Al mezclarse en una cámara de combustión, esos jugos alcanzan la temperatura del agua hirviendo, 100 °C, de donde se produce el humo y luego un chorro de vapor de ácido nítrico: de ahí la detonación.

Si uno acerca la mano a un cárabo bombardero, su cañón proyectará inmediatamente una nube de gotas rojas, ardientes y muy olorosas. El ácido nítrico provocará ampollas en la piel.

Estos coleópteros saben apuntar orientando su ápice abdominal flexible donde se opera la mezcla detonante. De este modo pueden dar en un blanco a varios centímetros de distancia. Si fallan, el ruido de la detonación bastará para hacer huir a cualquier asaltante.

Un cárabo bombardero tiene, por regla general, tres o cuatro salvas de reserva. Ciertos entomólogos han descubierto, sin embargo, especies capaces de disparar veinticuatro tiros seguidos cuando se les estimula. Los cárabos bombarderos son de color naranja y azul plateado. Y fáciles de descubrir. Es como si, armados con su cañón, se sintiesen invulnerables hasta el punto de ponerse ropas muy vistosas. En líneas generales, todos los coleópteros que despliegan colores chillones y élitros con grafismos centelleantes disponen de un «gadget» de defensa que les permite alejar a los curiosos.



Nota: sabiendo que el animal es delicioso para el paladar a pesar de ese «gadget», los ratones saltan sobre los cárabos bombarderos y les hunden inmediatamente el abdomen en la arena antes de que la mezcla detonante tenga tiempo de funcionar. Los tiros se pierden entonces en la arena y cuando el insecto ha gastado todas sus municiones, el ratón lo devora empezando por la cabeza.

Edmond Wells.

Enciclopedia del saber relativo y absoluto, tomo II.

149. Una mañana gloriosa.

24 se despierta, anidada en el hueco de una fina rama de la acacia cornígera. Por todo el lateral de la rama, distingue pequeños agujeros semejantes a ojos de buey y destinados a airear las celdas. Perfora la membrana del tabique del fondo y descubre una sala preparada para acoger una guardería. Las otras hormigas siguen durmiendo todavía. 24 sale a caminar un poco.

Los pecíolos de la cornígera son portadores de distribuidores de néctar para adultos y de corpúsculos «potitos» para larvas. Estos alimentos están llenos de proteínas y de cuerpos grasos perfectamente adaptados a la nutrición de hormigas de todas las edades.

Los acantilados crepitan bajo el asalto de las primeras olitas. El aire está perfumado de acres aromas mentolados y de tufos almizclados.

En la playa, un sol rojizo ilumina la superficie del río sobre la que patinan unos garapitos. Una ramita de madera seca sirve de escollera. 24 avanza por ella y, a través de las aguas transparentes, distingue sanguijuelas y larvas de mosquitos en espesos racimos.

24 sube hacia el norte de la isla. Una multitud de lentejas de agua, como un césped de granulados verdes y redondos del que a veces emergen los dos ojos globulosos de una rana, acarician el borde del acantilado. Más allá, en una bahía, blancos nenúfares de puntas malva se han abierto a las siete de la mañana para no cerrarse hasta el final de la tarde. El nenúfar posee un poder calmante célebre en el mundo de los insectos. En períodos de hambre, llegan a comer incluso su rizoma, muy rico en almidón.

La Naturaleza siempre piensa en todo, se dice 24 para sus adentros. Siempre hay un remedio cerca del mal. Por eso, en las orillas de las aguas estancadas crecen sauces llorones cuya corteza contiene el ácido salicílico —principal componente de la aspirina— que cura las enfermedades que se cogen en esos lugares insalubres.

La isla es pequeña. 24 ya ha llegado a la orilla este. El lugar está adornado con plantas anfibias cuyo tallo se hunde en el agua. Sagitarias, centinodias y ranúnculos crecen, añadiendo pinceladas de color violeta o blanco a aquel mundo de verdor.

Parejas de libélulas revolotean por encima de ella. Los machos tratan de colocar sus dos sexos en unión con lo extremo del abdomen; y, por su parte, la hembra tiene un sexo detrás de la cabeza y otro en el extremo del abdomen. Para que todo funcione es preciso que los cuatro sexos estén unidos en el mismo momento, lo cual requiere complejas acrobacias.

24 prosigue su visita a la isla.

Al Sur, las plantas palustres han arraigado directamente en tierra. Hay allí cañas, juncos, iris y mentas. De pronto, entre los bambúes, surgen dos ojos negros. Los ojos miran a 24. Avanzan. Pertenecen a una salamandra. Es una especie de lagarto cuyo vestido negro lleva listas amarillas y naranjas. Su cabeza es redonda y plana, su espalda está recorrida por verrugas grises, últimos vestigios de las puntas de su antepasado dinosaurio. El animal se acerca. A las salamandras les gustan los insectos pero son tan lentas que, la mayoría de las veces, sus presas escapan antes de que hayan podido cogerlas. Por eso tienen que esperar a que la lluvia las mate para luego apoderarse de ellas.

24 galopa hacia el refugio de la acacia.



¡Alerta!, grita en lenguaje olfativo, ¡una salamandra, una salamandra!

Los abdómenes apuntan a través de las troneras del árbol. Disparan una metralla de ácido que alcanza fácilmente su objetivo poco veloz. Pero la salamandra está a cubierto de los disparos bajo su espesa piel oscura. Las hormigas que se le echan encima para traspasarla mejor con sus mandíbulas mueren al punto, víctimas del humor altamente tóxico que recubre la piel de la salamandra. Así es como, a veces, un lento puede vencer a los rápidos.

Segura de su invulnerabilidad, la salamandra adelanta tranquilamente su pata hacia una rama llena de artilleras. Y... se pincha con una espina de la acacia cornígera. Sangra, examina su herida con espanto y va a esconderse entre los juncos. Lo inmóvil ha derrotado a lo lento.

Todas las inquilinas del árbol le felicitan como si se tratara de un animal llegado para defenderlas de un depredador. Le quitan los últimos parásitos que hay entre sus ramas y le inyectan algunos gramos de abono cerca de las raíces.

Con el calor de la mañana, que va aumentando, cada cual se dedica a sus ocupaciones. Las termitas empiezan a agujerear un trozo de leña arrastrado por el río. Las moscas se entregan a su parada sexual. Cada especie limpia su terreno preferido. La isla de la cornígera les ofrece todas las provisiones necesarias y las aísla de los depredadores.

El río es rico en alimentos: tréboles de agua cuyo jugo oprimen las hormigas hasta obtener una cerveza abundante en azúcar, miosotis de las charcas, saponarias que desinfectan las heridas, cáñamo de agua cuyos aguijones retienen peces que proporcionan a las rojas una carne nueva.

Bajo las nubes de mosquitos y libélulas, cada hormiga se apresta a gozar de aquella vida insular, lejos de las tareas rutinarias de las grandes ciudades.

Se oye un gran estrépito. Son dos lucanos ciervos volantes machos que pelean.

Los dos grandes escarabajos dotados de pinzas y cuernos afilados giran el uno alrededor del otro y luego se aferran con sus mandíbulas súper desarrolladas, se levantan en vilo y se derriban de espalda. Las placas de quitina chocan, los cuernos se golpean. Combate de lucha libre. Mucho polvo y ruido. Despegan y siguen dándose golpes en el cielo.

Todas las espectadoras están cansadas de asistir al magnífico duelo. Y entre la asistencia empiezan a crujir las mandíbulas, porque también ellas sienten ganas de golpear y pegarse.

El más grande va adquiriendo ventaja; el otro cae, patalea en el aire de espaldas. El lucano victorioso alza sus largas pinzas cortantes hacia el cielo en señal de triunfo.

103 ve en este incidente una señal. Sabe que las horas tranquilas sobre la isla de la cornígera están terminando. Los animales brincan de impaciencia por proseguir la cruzada. Si se quedan aquí, las justas sexuales, las riñas y las peloteras se sucederán, y las viejas rivalidades entre las especies saldrán a la superficie. La alianza se resquebrajará. Las hormigas lucharán contra las termitas, las abejas contra las moscas y los escarabajos contra los escarabajos.

Hay que canalizar esas energías destructoras hacia un objetivo común. Hay que proseguir la cruzada. Se habla de ello por todas partes. Toman la decisión de proseguir la marcha a la mañana siguiente con los primeros calores.

Por la noche, acurrucadas en el fondo de aquellas celdillas naturales, se habitúan a discutir de unas cosas y otras.

Hoy, una hormiga propone que, para que la cruzada tenga el relieve que merece, cada hormiga sustituya su número de puesta por un nombre, como hacen las reinas.

¿Un nombre...?

¿Por qué no...?

Sí, pongámonos nombres unas a otras.

¿Cómo me llamaríais vosotras?, pregunta 103.

Proponen llamarla «La que guía» o «La que ha vencido al pájaro», o «La que tiene miedo». Pero 103 decide que lo que más caracteriza su onda es la duda y la curiosidad. Su ignorancia es su principal orgullo. Desearía ser llamada «La que duda».



A mí me gustaría llamarme «La que sabe». Porque sé que los Dedos son nuestros dioses, anuncia 23.

Y a mí me gustaría que me llamen «La que es una hormiga», insiste 9, porque lucho por las hormigas y contra todos los enemigos de las hormigas.

Ya mí me gustaría que me llamen «La que...».

Antiguamente, «yo» o «a mí» eran expresiones tabúes. El hecho de que se den un nombre constituye en la práctica una necesidad de reconocerse, ya no en cuanto partes de un todo, sino en tanto que individualidades propias.

103 está nerviosa. Todo aquello no es normal. Se yergue sobre sus cuatro patas y pide que se renuncie a la idea.

Preparaos, salimos mañana temprano. Lo más temprano posible.

150. Enciclopedia.

AUROVILLA: La aventura de Aurovilla (abreviatura de Auroravilla), en la India, cerca de Pondicherry, figura entre las experiencias más interesantes de comunidad humana utópica. Un filósofo bengalí, Sri Aurobindo, y una filósofa francesa, Mira Alfassa («Madre»), empezaron a crear allí en 1968 «el» pueblo ideal. Tendría la forma de una galaxia para que todo irradiase desde su centro redondo. Esperaban a gentes de todos los países. Acudieron esencialmente europeos en busca de un utópico absoluto.

Hombres y mujeres construyeron generadores de viento, fábricas de objetos artesanales, canalizaciones, un centro informático, una fábrica de ladrillos. Implantaron cultivos en una región que, sin embargo, era árida. Madre escribió varios volúmenes relatando sus experiencias espirituales. Y todo fue bien hasta que unos miembros de la comunidad decidieron deificar a Madre en vida. Ella declinó al principio ese honor. Pero, muerto Sri Aurobindo, ya no había nadie lo bastante poderoso a su lado para apoyarla. No pudo resistir por más tiempo a sus adoradores.

La emparedaron en su habitación y decidieron que, dado que Madre se negaba a convertirse en diosa en vida, sería una diosa muerta. ¡Tal vez ella no había tomado conciencia de su esencia divina, pero eso no impedía que fuese una diosa!

Las imágenes de las últimas apariciones de Madre la muestran postrada y como bajo el efecto de un shock. Cuando trata de hablar de su encarcelamiento y del trato que le infligen sus adoradores, éstos le cortan la palabra y la devuelven a su habitación. Madre se convierte poco a poco en una vieja dama arrugada por las pruebas que le imponen día tras día quienes pretenden venerarla.

De todos modos, Madre conseguirá transmitir clandestinamente un mensaje a unos amigos de otro tiempo: tratan de envenenarla para poder convertirla en una diosa muerta y, por tanto, más fácilmente adorable. La llamada de socorro resultará vana. Quedarán excluidos inmediatamente de la comunidad todos aquellos que intenten ayudar a Madre. Último medio de comunicación: entre sus cuatro paredes, tocó el órgano para expresar su drama.

No consiguió nada. Víctima probablemente de una fuerte dosis de arsénico, Madre murió en 1973. Aurovilla le rindió funerales de diosa.

Pero, desaparecida ella, no quedaba nada para cimentar la comunidad, que se dividió. Sus miembros se enfrentaron entre sí. Olvidando la utopía de un mundo ideal, se llevaron unos a otros ante los tribunales y numerosos procesos sembraron la duda sobre una de las experiencias comunitarias humanas que, durante cierto tiempo, había sido una de las más ambiciosas y más logradas.

Edmond Wells.

Enciclopedia del saber relativo y absoluto, tomo II.

151. Nicolás.

Luchad hasta el final.

Sabía que al movimiento deísta, despiadadamente perseguido por Chli-pu-ni, le costaba recuperar su segundo aliento. Para ser eficaz, un dios debe mostrarse capaz de adaptar su discurso a la actualidad del momento. Aprovechando el sueño del conjunto de la comunidad subterránea, Nicolás Wells se había instalado ante la máquina de traducir. Durante un momento había buscado inspiración, y luego se había puesto a teclear como si fuera un joven Mozart de salón. Y no es que produjera músicas, producía sinfonías de perfumes, capaces de transformarle en divinidad.



Luchad hasta él final.

Lanzad misiones de ofrendas, cueste lo que cueste. Porque no nos habéis alimentado suficientemente, ahora conoceréis el sufrimiento y la muerte.

Los Dedos lo pueden todo porque los Dedos son dioses.

Los Dedos lo pueden todo porque los Dedos son grandes.

Los Dedos lo pueden todo porque los Dedos son poderosos.

Ésa es la ver...

—Nicolás, estás levantado, ¿qué haces? ¿No duermes?

Jonathan Wells estaba detrás de él y avanzaba frotándose los ojos y bostezando.

Pánico. Nicolás Wells quiso apagar la máquina pero se equivocó dé botón. En lugar de cortar la corriente, aumentó la intensidad luminosa de la pantalla.

Una sola ojeada bastó a Jonathan para adivinarlo todo. No había terminado de decir la última frase cuando ya lo había comprendido.

Su hijo se hacía pasar por el dios de las hormigas para obligarlas a alimentarles.

Los ojos de Jonathan se abrieron desmesuradamente. En un momento dedujo todas las implicaciones de aquel subterfugio.
¡NICOLÁS HA VUELTO RELIGIOSAS A LAS HORMIGAS!

Permaneció un instante desconcertado por aquel descubrimiento que le pasmaba. Nicolás no sabía qué hacer. Se precipitó hacia su padre.

—Debes comprenderlo, papá, lo he hecho para salvarnos, para que nos alimenten...

Jonathan Wells estaba asustado.

Nicolás balbuceó.

—He pretendido enseñar a las hormigas a venerarnos. Después de todo, estamos aquí abajo por ellas, y ellas son las que deben sacarnos de aquí. Y resulta que ya no nos traían alimento, que nos abandonaban, que nos moríamos de hambre. Era preciso que alguien reaccionase e hiciese algo. Entonces me puse a pensar y encontré la solución. Nosotros somos mil veces más inteligentes que las hormigas, mil veces más fuertes, mil veces más grandes. Cualquier persona, por miserable que sea, es un gigante para estos animales. Si nos tomaban por dioses, no nos dejarían morir. Por tanto, he formado hormigas deístas y estáis comiendo un poco de miel y hongos gracias a mí. Yo, Nicolás, de doce años, os he salvado a vosotros, a los adultos, que os estabais convirtiendo en insectos.

Jonathan Wells no dudó. Dos sonoras bofetadas imprimieron cinco Dedos rojos en las mejillas de su hijo. El ruido despertó a los demás. Todo el mundo captó en un abrir y cerrar de ojos el problema.

—¡Nicolás...! —exclamó Abuela Augusta estupefacta.

Nicolás estalló en sollozos. Los mayores no comprendían nada. Bajo la mirada helada de sus padres, .el dios vengativo se transformó en un chiquillo llorón.

Jonathan Wells alzaba de nuevo la mano para castigarle. Su mujer le detuvo.

—No. Que no haya violencia en este lugar. ¡Nos ha costado mucho desterrarla!

Pero Jonathan estaba fuera de sí.

—Ha abusado de sus prerrogativas de ser humano. ¡Ha introducido la noción de «dios» en la civilización hormiga! ¿Quién puede prever las consecuencias de un acto así? Las guerras de religión, la Inquisición, el fanatismo, la intolerancia... Y todo esto, por culpa de mi hijo.

Lucie predicó la indulgencia.

—Es culpa de todos.

—¿Cómo se puede reparar esa metedura de pata? —Suspiró Jonathan—. No veo ninguna solución.

Lucie cogió a su marido por los hombros.

—La hay. Hay una que me salta a la vista. Habla con tu hijo.



152. Nacimiento de la Comunidad Libre del Cornígero (CLC)

Alba. También esta mañana, 24 contempla el horizonte lleno de vapores.



Sol, álzate.

Y el sol la obedece.

Completamente sola en la punta de una ramita, 24 mira la belleza del mundo y medita. Si existen, los dioses no tienen necesidad de encarnarse en Dedos. No tienen que transformarse en animales gigantes y monstruosos. Al contrario, están allí. En aquellas suaves golosinas que el árbol ha producido para atraer a las hormigas. En las corazas resplandecientes de los escarabajos. En el sistema de refrigeración del termitero. En la belleza del río y en el perfume de las flores, en la perversidad de las chinches y en los cromos de las alas de mariposa, en la deliciosa miel del pulgón y en el mortal veneno de la abeja, en las montañas tortuosas y en el río plácido, en la lluvia que mata y el sol que reanima.

Como a 23, le gusta creer que una fuerza superior rige el mundo. Pero acaba de comprender que esa fuerza está en todas partes y en todo. ¡No la encarnan los Dedos únicamente!

Ella es dios, 23 es dios y los Dedos son dioses. No hay necesidad de buscar más lejos. Todo está allí, al alcance de la antena y de la mandíbula.

Recuerda la leyenda mirmeceana que le contó 103. Ahora la comprende en su totalidad. ¿Cuál es el mejor momento? ¡Ahora! ¿Qué es lo mejor que hay que hacer? ¡Preocuparse por lo que hay delante de una! ¿Cuál es el secreto de la felicidad? ¡Caminar sobre la Tierra!

Y 24 se levanta.

¡Sol, álzate más arriba todavía y vuélvete blanco!

Y, una vez más, el sol, dócil, obedece.

24 camina y suelta su capullo. No tiene que buscar más. Lo ha comprendido todo. Ya no hay necesidad de continuar la cruzada. Siempre se ha extraviado porque no encontraba su sitio. Ahora sabe que su sitio está aquí. Lo que debe hacer es acondicionar la isla, y su única ambición consiste en aprovechar cada segundo como un don de vida milagroso.

Ya no tiene miedo a la soledad. Y tampoco tiene miedo a las otras. Cuando una está en su sitio, no se tiene miedo a nada.

24 corre en busca de 103.

La encuentra reparando los barcos miosotis con saliva.

Contacto de antenas.

Le entrega el capullo.



No volveré a llevar este tesoro. Deberás llevarlo tú sola. Yo me quedo aquí. No tengo que probar nada, estoy cansada de combatir, estoy cansada de extraviarme.

Este discurso hace que todas las antenas de las hormigas presentes se levanten de sorpresa. 103, anonadada, coge el capullo de mariposa.

Le pregunta qué ocurre.

Los dos insectos se rozan con la punta de las antenas.



Me quedo aquí, repite 24. Aquí construiré una ciudad.

¡Pero si ya tienes Bel-o-kan, tu ciudad natal!

La joven hormiga admite de buen grado que Bel-o-kan es una federación grande y poderosa. Pero a ella no le interesan las rivalidades entre ciudades mirmeceanas. Está harta de aquellas castas que imponen a todas un papel desde el nacimiento. Quiere vivir lejos de ellas y lejos de los Dedos. Empezar desde cero. - ¡Pero estarás sola!



Si hay otras que también quieran quedarse en la isla, serán bienvenidas.

Se acerca una roja. También ella está harta de la cruzada. No tiene nada ni a favor ni en contra de los Dedos. Le resultan indiferentes. Otras seis más opinan. También ellas se niegan a abandonar la isla.

A su vez, dos abejas y dos termitas deciden abandonar la cruzada.

Las ranas os devorarán, les advierte 9.

Ellas no lo creen. Con sus espinas, la acacia cornígera las protegerá de los depredadores.

Un coleóptero y una mosca se pasan al campo de 24. Luego diez hormigas más, cinco abejas y cinco termitas.

¿Cómo retenerlas?

Una roja señala que ella es deísta pero que, sin embargo también desea vivir aquí. 24 responde que, por lo que se refiere a los Dedos, su comunidad no tiene nada a favor ni en contra de las deístas. En la isla, cada cual pensará como quiera...

Pensará..., dice estremecida 103.

Por primera vez, unos animales crean una comunidad utópica. Le dan, como nombre feromonal, el de «Ciudad de la Cornígera», y empiezan a instalarse en el árbol. Las abejas, que poseen un poco de jalea real llena de hormonas, transforman a las asexuadas que lo desean en sexuadas. De este modo, habrá reinas y la comunidad podrá perpetuarse.

103 se queda inmóvil un momento, sorprendida por esa decisión. Luego reactiva sus antenas y pide a todas las que quieran proseguir la cruzada que se reagrupen.

151. Enciclopedia.

COMUNICACIÓN ENTRE LOS ÁRBOLES: Algunas acacias de África presentan propiedades sorprendentes. Cuando una gacela o una cabra quiere ramonear en ellas, modifican los componentes químicos de su savia volviéndola tóxica. Cuando se da cuenta de que el árbol ya no tiene el mismo sabor, el animal se va a mordisquear en otro. Ahora bien, las acacias son capaces de emitir un perfume que captan las acacias vecinas y que inmediatamente las advierte de la presencia del depredador. En unos minutos, todas se vuelven no comestibles. Los herbívoros se alejan entonces, en busca de una acacia lo bastante alejada para no haber percibido el mensaje de alerta. Resulta, sin embargo, que las técnicas de cría en rebaños reúnen en un mismo lugar cerrado el grupo de cabras y el grupo de acacias. Consecuencia: una vez que la primera acacia afectada ha alertado a todas las demás, a los animales no les queda más solución que ramonear los arbustos tóxicos. Así es como se han envenenado numerosos rebaños, por razones que los hombres han tardado en comprender mucho tiempo.

Edmond Wells.

Enciclopedia del saber relativo y absoluto, tomo II.

154. El confín del mundo está a dos pasos.

Es mediodía. Mientras las pioneras prosiguen su instalación en la isla de la cornígera, 103 arma los navíos miosotis. Las cruzadas se instalan en ellos y se estiban en la pelusa de las hojas.

Unas moscas despegan como exploradoras para examinar la otra orilla, donde atracarán. Las moscas les encargan encontrar el mejor punto de amarre. Es decir, el menos peligroso.

Todos los barcos dejan sus pontones. Los miembros de la Comunidad de la Cornígera les acompañan hasta el agua y ayudan a lanzar las naves al río. Las antenas se alzan para intercambiar feromonas de ánimo. No se sabe qué es más difícil: inventar una sociedad libre en una isla desierta o combatir a los monstruos más allá del mundo. Cada uno de los grupos desea al otro perseverancia. Pase lo que pase, no hay que abandonar la meta que se han fijado.

Los barcos se alejan de la playa, y los navegantes estibados en las hojas de miosotis ven cómo las estatuas de arcilla fabricadas por los deístas se hacen cada vez más pequeñas. La flotilla avanza en línea.

Los frágiles esquifes propulsados por sus dícticos remadores surcan rápidamente las aguas del río. Por encima de ellos, los escarabajos rechazan a los pájaros que querrían acercarse a la caravana flotante.

Y la cruzada avanza, sigue avanzando.

Un canto feromonal guerrero asciende por el aire tibio.



Son gordos, están ahí,

Matemos a los Dedos, matemos a los Dedos.

Prenden fuego a los almacenes,

¡Matemos a los Dedos, tos cogeremos!

Saquean nuestras ciudades,

Matemos a los Dedos, matemos a los Dedos.

Empalan a los gusanos,

¡Matemos a los Dedos, venceremos!

No nos dan cuartel,

Matemos a los Dedos, matemos a los Dedos.
A ratos, gobios, truchas y siluros enseñan la punta de su aleta dorsal. Pero los rinocerontes también los vigilan. Si uno de esos monstruos acuáticos amenaza a un navío, no vacilan en clavarle su lanza frontal entre las escamas.

Las moscas exploradoras vuelven, agotadas, y aterrizan en las hojas como si se tratara de portaaviones. Han encontrado no sólo el confín del mundo cerca de la ribera sino además un arco de piedra para pasar por encima. ¡Todo un hallazgo!

No merece la pena excavar un túnel. 103 está encantada.

¿Dónde está ese puente?

Un poco más al Norte. Basta con remontar la corriente.

Las cruzadas se estremecen: ahora el confín del mundo está a un paso.

La flota alcanza la ribera opuesta sin demasiados daños. Un solo barco ha sido hundido por un tritón. ¡Riesgos del viaje!

Reagrupamiento por legiones y por especies. ¡Adelante!

¡Las moscas no han mentido!

¡Qué emoción para todas las que aún no habían divisado el confín del mundo! Está ahí, es esa banda negra rodeada de misterios y leyendas. Unas masas circulan por él a velocidades vertiginosas, en medio de un halo de polvo que apesta a humo y a hidrocarburo. Sus vibraciones son de una potencia desconocida. Ya nada es natural.

Para 103, aquellas masas oscuras que avanzan son los guardianes del confín del mundo. También piensa que se trata de un avatar de los Dedos.

¡Entonces, ataquémoslos!, dice un soldado termita.

No, a éstos no, y aquí tampoco.

103 estima que la banda negra da a los Dedos una fuerza prodigiosa. Más vale combatirlos en un terreno menos peligroso. Al otro lado del confín del mundo, es decir, al otro lado del puente, serán más fáciles de vencer.

En todo ejército hay insensatos temerarios. Una termita quiere saber a qué atenerse. Avanza por la banda negra y es inmediatamente aplastada como una hoja. Pero así son los insectos. Tienen que experimentar antes de convencerse de lo quesea.

Tras ese incidente, la cruzada sigue a 103 por el puente, y a pasitos se encamina hacia el gran territorio desconocido donde pastan los rebaños de Dedos.



155. Una cara conocida.

De pie sobre la escalera, una persona les apuntaba y sólo su torso y su fusil había surgido de la trampilla. Cuando subió algunos escalones para hacerles frente, Jacques Méliés rebuscó desesperadamente en los meandros de su cerebro: «Conozco esa cara.»

Como él, Laetitia Wells tenía un nombre en la punta de la lengua sin llegar a enunciarlo.

—¡Suelte el revólver, señor! —Méliés arrojó el revólver a sus pies—. Siéntense en esas sillas.

Aquel tono, aquella voz...

—No somos atracadores —empezó Laetitia—. Incluso mi compañero es...

El comisario le cortó inmediatamente la palabra.

—... de aquí. Vivo en el barrio.

—¡Me da igual! —contestó la mujer, que se apresuró a atarles en unas sillas con la ayuda de unos cables eléctricos.

—Bien, ahora podemos discutir en mejores condiciones.

—Pero ¿de qué se trata?

—¿Qué hace en mi casa, comisario Méliés? ¿Y qué hace usted, Laetitia Wells, periodista de El Eco del domingo! Y, además, juntos. Siempre he creído que ustedes dos se odiaban. Ella le ha insultado en la Prensa, y usted la ha mandado a la cárcel. Y ahora están los dos juntitos, como ladrones de feria, en mi piso, a medianoche.

—Es que...

De nuevo Laetitia fue interrumpida.

—Sé perfectamente qué pretenden con esta encantadora visita. Todavía no sé cómo lo han hecho, pero han seguido a mis hormigas.

Una voz llamó desde abajo.

—¿Qué pasa, querida? ¿Con quién discutes en el desván?

—Con unos indeseables que han entrado en casa.

Una segunda cabeza y un segundo cuerpo emergieron por la trampilla. «A él no le conozco.»

Había aparecido un hombre de larga barba blanca, con una camisa gris de cuadros rojos. Se parecía a un papá Noel, pero a un papá Noel gastado por la edad y al límite de sus fuerzas.

—Te presento al señor Méliés y a la señorita Wells. Han acompañado hasta aquí a nuestras amiguitas. ¿Cómo lo han hecho? Pronto nos lo dirán.

El papá Noel parecía alterado.

—Pero si estos dos son muy famosos. ¡Él como policía, y ella como periodista! A éstos no puedes matarlos... Además, no podemos seguir matando...

La mujer preguntó con sequedad.

—¿Quieres que renunciemos, Arthur? ¿Quieres que acabemos con todo?

—Sí —dijo Arthur.

Ella casi suplicó.

—Pero si abandonamos, ¿quién continuará nuestra tarea? No hay nadie, nadie...

El hombre de la barba blanca se retorció los Dedos.

—Si ellos nos han descubierto, también otros serán capaces de hacerlo. Y habrá que matar y matar... De cualquier modo, nunca terminaremos con nuestra misión. Cuando eliminamos a uno, reaparecen diez. Estoy harto de toda esta violencia.

«Al papá Noel no le he visto nunca. Pero a ella, a ella...» En medio del tumulto que agitaba su cerebro, Laetitia no lograba seguir aquella discusión en la que sin embargo estaban en juego dos vidas.

Arthur se enjugó la frente con el revés de una mano cubierta de manchas negras. La conversación le había agotado. Buscó algo a lo que agarrarse, no encontró nada y, desvanecido, se derrumbó en el suelo.

La mujer miró en silencio a los jóvenes, luego los soltó. Ellos se frotaron los tobillos y las muñecas de forma maquinal.

—Ayúdenme a llevarle hasta nuestra cama —dijo.

—¿Qué le pasa? —preguntó Laetitia.

—Un desmayo. Se están haciendo cada vez más frecuentes últimamente. Mi marido está enfermo, muy enfermo. No le queda mucho de vida. Y como siente que su muerte se acerca, se ha metido a cuerpo descubierto en esta aventura.

—He sido médico —dijo Laetitia—. ¿Quiere que le ausculte? Tal vez podría aliviarle.

La mujer hizo una mueca triste.

—Es inútil. Sé perfectamente lo que tiene. Cáncer generalizado.

Con precaución depositaron a Arthur sobre la colcha. La esposa del enfermo cogió una jeringuilla que contenía un cóctel de sedantes y de morfina.

—Ahora dejémosle descansar. Necesita sueño para recuperar algunas fuerzas.

Jacques Méliés la miró largamente.

—Ya está, ya sé de qué la conozco.

En ese mismo momento, una misma señal se disparó en el cerebro de Laetitia. ¡Evidentemente, también' ella reconocía a la mujer!



156. Enciclopedia.
1   ...   13   14   15   16   17   18   19   20   ...   23


La base de datos está protegida por derechos de autor ©absta.info 2016
enviar mensaje

    Página principal