Bernard Werber



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CHOQUE ENTRE CIVILIZACIONES: En el siglo XVI, los primeros europeos que desembarcaron en Japón fueron unos exploradores portugueses. Llegaron a una isla de la costa Oeste, donde el Gobierno local los acogió con mucha cortesía. Se mostró muy interesado en las nuevas tecnologías que aportaban aquellos «narices largas». Los arcabuces le gustaron sobre todo, y trocó uno a cambio de seda y de arroz.

El gobernador mandó luego al herrero del palacio copiar el arma maravillosa que acababa de adquirir, pero el obrero se mostró incapaz de cerrar el casquillo del arma. El arcabuz de marca japonesa explotaba siempre en la cara de quien lo disparaba. Por eso, cuando los portugueses volvieron a atracar en su tierra, el gobernador pidió al herrero de a bordo que enseñara al suyo a soldar la culata de tal modo que no explotara durante la detonación.

Así consiguieron los japoneses fabricar armas de fuego en gran cantidad, y en su país todas las reglas de la guerra quedaron alteradas. Hasta entonces, en efecto, sólo los samuráis se batían con el sable. El shogun Oda Nogubana creó un cuerpo de arcabuceros al que enseñó a disparar en ráfagas para detener a una caballería enemiga.

A esta aportación material, los portugueses unieron un segundo regalo, esta vez espiritual: el cristianismo. El Papa acababa de dividir el mundo entre Portugal y España. Japón le había correspondido al primero. Los portugueses enviaron al punto jesuitas que, al principio, fueron muy bien recibidos. Los japoneses ya habían integrado varias religiones y, para ellos, el cristianismo no era sino una más. La intolerancia de los principios cristianos terminó, sin embargo, por molestarles. ¿Qué era aquella religión católica que pretendía que todas las demás eran erróneas? ¿Que aseguraba que sus antepasados, a los que consagraban un culto sin fisuras, estaban asándose en el infierno so pretexto de que no habían conocido el bautismo?

Tanto sectarismo sorprendió a las poblaciones niponas. Torturaron y mataron a la mayor parte de los jesuitas. Luego, durante la revuelta de Shimabara, les tocó a los japoneses ya convertidos al cristianismo ser exterminados.

Desde entonces los nipones se alejaron de cualquier intrusión occidental. Sólo toleraron a los comerciantes holandeses, aislados en una isla junto a la costa. Y durante mucho tiempo esos negociantes fueron privados del derecho de hollar con su pie el archipiélago mismo.



Edmond Wells.

Enciclopedia del saber relativo y absoluto, tomo II.



  1. En nombre de nuestros hijos.

La reina termita hace girar, perpleja, sus antenas. De pronto se detiene y se enfrenta a las hormigas que han invadido su celda.



Voy a ayudaros, les dice. Voy a ayudaros no porque me tengáis bajo la amenaza de vuestros chorros de ácido fórmico, sino porque los Dedos también son enemigos nuestros.

Según explica, los Dedos no respetan nada ni a nadie. Enarbolan largas varas provistas de un hilo de seda con crías de mosca en la punta, o con gusanos blancos empalados y sometidos a un suplicio horrible. Los Dedos los sumergen y los levantan hasta que unos peces caritativos consienten en acabar con ellos.

Para adornar sus hilos de seda, los Dedos han osado ir más lejos todavía. Uno de sus grupos la ha tomado con Moxiluxun, su propia ciudad. Han hundido los corredores, saqueado los graneros, aplastado la celda real. ¿Y qué buscaban esos bárbaros? Las ninfas. Se han apoderado de ellas y las han secuestrado.

Las termitas creían definitivamente perdidas a sus crías cuando unas cazadoras las vieron debatiéndose en la punta de una vara, lanzando feromonas de socorro.

¿Cómo salvarlas? Pidiendo ayuda a los dícticos. Estos coleópteros acuáticos servirían de barcos a las termitas.

¿De barcos?

La reina lo explica: las hormigas han aprendido a domesticar rinocerontes con objeto de utilizarlos como monturas volantes, y las termitas han domesticado a los dícticos para que las propulsen sobre el agua. Les bastaba con instalarse sobre una hoja de miosotis para hacerse empujar por ellos. Evidentemente, la cosa no era sencilla. Al principio, las ranas destrozaban la mayor parte de los esquifes.

Todo el medio acuático fue hostil a las termitas hasta que aprendieron a disparar cola contra el morro de las ranas, o a lanzarse al abordaje de grandes peces, a los que perforaban con sus mandíbulas.

Por desgracia, los navíos termitas nunca consiguieron salvar a las ninfas. Los Dedos las hundían bajo el agua antes de que llegaran a reunirse con ellas. La operación, no obstante, les permitió desarrollar sus técnicas de navegación y tomar el control de la superficie del río.



Tiene razón, clama la reina de Moxiluxun. Las cosas no pueden seguir así. Ha llegado el momento de unimos para hacer que entren en razón esos Dedos que destruyen nuestras ciudades, utilizan el fuego y torturan a nuestros hijos.

Y en nombre de la antigua alianza contra los utilizadores de fuego, la reina ofrece a la cruzada cuatro legiones de nasutitermes, dos legiones de cubitermes y dos legiones de esquedorrinotermes, subcastas termitas todas ellas cuya morfología se halla adaptada a diferentes formas de combates.



Olvidemos el odio secular entre hormigas y termitas. Ante todo hay que poner fin a las exacciones de estos monstruos.

Con objeto de acelerar la marcha de la cruzada, la soberana ofrece su flota para cruzar el río. Moxiluxun ha creado su propio puerto, en una bahía el abrigo de los vientos, prolongada por una playa de fina arena.

Las hormigas se dirigen a la playa. Por todas partes hay largas hojas de miosotis. Algunas contienen víveres termitas y esperan a ser descargadas. Otras están vacías y dispuestas a partir para nuevas comarcas. Las termitas han construido una rada artificial de celulosa para proteger sus esquifes. Han clavado incluso pequeños juncos sobre un dique para aislar mejor su puerto de los vientos y las olas.

¿Qué hay en la isla, ahí en frente?, pregunta 103.

Nada. Sólo una joven acacia cornígera que las termitas no se han comido porque no les gusta ese tipo de celulosa. Además, la isla les sirve a veces de refugio cuando se levanta la tempestad.

103, 24 y su capullo se instalan en una de las hojas de miosotis, con la superficie recubierta de una pelusa transparente. Hay hormigas y termitas que se unen a ellas. Otras empujan el navío hasta el agua y saltan luego rápidamente evitando mojarse las patas.

Un moxiluxiano mete sus antenas en el agua, suelta una feromona y dos formas se aproximan. Son dícticos, amigos de la Ciudad termita. Los dícticos son coleópteros que respiran bajo el agua aprisionando una burbuja de aire entre sus élitros. Gracias a esa botella de oxígeno pueden permanecer largo tiempo bajo el agua. Sus patas anteriores están equipadas con ventosas que sirven por lo general para el acoplamiento, pero que, en este caso, se fijan debajo de la hoja para propulsarla.

A una señal química que la termita suelta en la onda, los dícticos se ponen a bracear en el agua con sus largas patas posteriores, y poco a poco las naves termitas se adentran por el río.

Y la cruzada avanza, sigue avanzando.



139. Comunión.

Augusta Wells y sus compañeros de vida subterránea volvieran a formar el círculo para una nueva sesión de comunión. Uno tras otro emitieron un sonido antes de juntarse en OM, la tonalidad única. La dejaron resonar hasta que se hubo difuminado de sus pulmones para vibrar en sus cráneos.

Luego se hizo el silencio, sólo turbado por sus respiraciones amortiguadas.

Cada sesión era diferente. Esta vez, todos habían sido penetrados por una energía procedente del techo. Una energía lejana y capaz, sin embargo, de atravesar la roca hasta tocarlos.

La Enciclopedia contenía un pasaje que evocaba ondas cósmicas de puntos culminantes tan espaciados que podían perforar cualquier materia, incluidas las aguas y las arenas.

Jasón Bragel percibió en su cuerpo energías diversas, todas ellas representadas por sonidos. Al principio, había una energía de base, U. Se ramificaba en dos sub.-energías: A y WA, que a su vez se descomponían en otros cuatro sonidos, WO, WE, E, O. Que también se dividían en otros ocho, y luego en dos, para terminar en las tonalidades I y WI. En total, contó diecisiete, agrupadas en forma de pirámide a la altura de su plexo solar.

Tales sonidos formaban una especie de prisma que, al recibir la luz blanca-sonoridad OM, la descomponía en todos sus colores primitivos.

Concentración. Expansión.

Respiraban los colores y los sonidos.

Inspiración. Expiración.

Los comunicantes no eran más que dieciséis prismas tranquilos, llenos de sonidos y de luces.

Nicolás los observó, burlón.



140. Publicidad.

«Con el buen tiempo, cucarachas, hormigas, mosquitos y arañas proliferan en nuestras casas y jardines. Hay una solución para que usted se libre de ellos: los polvos KRAK KRAK.

¡Con Krak Krak, tendrá tranquilidad todo el verano! Su factor deshidratante reseca los insectos hasta que se rompen como cristal fino.

Krak Krak en polvo. Krak Krak en spray. Krak Krak en incienso.

«¡Krak Krak es la salubridad!»

141. Un río.

La hoja de miosotis de 103 va ganando velocidad poco a poco. El barco insecto avanza recto, surcando los vapores a ras de agua, alzando incluso su proa cuando delante de él se forma una espuma blanca. A su alrededor se distinguen otros cien navíos llenos de antenas y mandíbulas. Dos mil cruzadas sobre cien hojas de miosotis forman una vasta flotilla.

El liso espejo del río se perturba lleno de olas.

Unos mosquitos despertados por los esquifes moxiluxianos vuelan refunfuñando en su habla mosquita.

En la parte delantera del navío, la termita nasutiterme situada en la proa indica a otra termita el camino mejor. Esta última transmite luego las órdenes a los dícticos emitiendo sus feromonas en el agua.

Hay que evitar los remolinos, las rocas que afloran e incluso las algas lenticulares que lo bloquean todo.

Sus frágiles esquifes se deslizan sobre el río tranquilo y lacado.

El silencio sólo queda roto por los remolinos glaucos de las patas de los dícticos trabajando en el agua. Encima de ellos, un sauce llorón derrama todas sus largas hojas.

103 mete sus ojos y sus antenas bajo el agua. Allí abajo pulula la vida. Descubre toda clase de animales acuáticos divertidos, sobre todo dafnias y cíclopes. Estos minúsculos crustáceos rojos se agitan en todas direcciones. Todos los que se acercan a los dícticos son aspirados por estas fieras.

Por lo que se refiere a 9, observa que también encima de ellos hay abundante vida... Un banco de renacuajos se abalanza hacia ellas saltando a ras de las olas.



¡Cuidado, renacuajos!

Su piel negra brilla, y corren a gran velocidad contra la flotilla de insectos.



¡Los renacuajos, los renacuajos!

Se transmite esa información a todos los barcos termitas. Los dícticos reciben la orden de acelerar la cadencia de sus brazadas. Las hormigas no tienen que hacer nada, sólo se les exige aferrarse bien a los pelos de las hojas.



¡Nasutitermes, a vuestros puestos de combate!

Las termitas con cabeza en forma de pera apuntan su cuerno al nivel de las olas.

Un renacuajo se abalanza y muerde la hoja de miosotis del barco de 24. Éste desvía su trayectoria. Se ve atrapado en un remolino y empieza a dar vueltas.

Otro renacuajo carga contra el barco de 103.

9 apunta contra él y le dispara a quemarropa. Está tocado, pero, en un último reflejo, aquel animal oscuro y viscoso salta un poco más sobre la hoja y empieza a luchar, golpeando la superficie de la hoja con su larga cola negra. Las dos, hormiga y termita, son barridas y caen al agua.

Otro barco repesca a tiempo a 9 y a 103.

Varias hojas más de miosotis son hundidas por los renacuajos. Hay casi mil ahogadas.

Es entonces cuando intervienen por segunda vez «Gran Cuerno» y sus escarabeidos. Desde el inicio de la travesía, revoloteaban por encima de la flotilla. Cuando vieron a los renacuajos volcar las hojas de miosotis y abalanzarse sobre las ahogadas, cargan en picado, perforan de lado a lado a los jóvenes batracios húmedos y vuelven a subir antes de mojarse.

Algunos escarabajos se ahogan en esa peligrosa acrobacia, pero la mayoría remonta el vuelo, con el cuerno ensartado en renacuajos palpitantes que dan latigazos al aire con su larga cola negra y húmeda.

Esta vez los renacuajos se retiran.

Se corre en ayuda de los náufragos. No quedan más que cincuenta barcos llenos hasta reventar de un buen millar de cruzadas. El navío de 24 —que se había perdido durante la batalla— se une a grandes brazadas al conjunto de la flotilla.

Finalmente resuena el grito feromonal que todos esperaban.



¡Tierra a la vista!

142. Un punto verde en la noche.

La exaltación estaba llegando a su punto máximo.

—A la derecha. Despacio, despacio. Otra vez a la derecha. Luego a la izquierda. Todo recto. Aminore la marcha. Siga todo recto —pidió el comisario Méliés.

Laetitia Wells y Jacques Méliés se agitaban en el asiento posterior, ansiosos por conocer el desenlace de su investigación.

El taxista obedecía resignado.

—Si esto sigue así, se me va a calar el motor.

—Se diría que se dirigen hacia las lindes del bosque de Fontainebleau —dijo Laetitia retorciéndose las manos de impaciencia.

Bajo la luz blanca de la luna llena, al final de la calle, se dibujaban ya las copas de los árboles.

—¡Más despacio, más despacio!

Por detrás, unos automovilistas furiosos tocaban el claxon. Nada más molesto para la circulación que una carrera-persecución en primera. Para los que no participan en ella, más valdría que se desarrollase a tumba abierta.

—Otra vez a la izquierda.

El chofer suspiró, filósofo.

—¿No irían mejor a pie? Además, a la izquierda está prohibido.

—No importa. ¡Policía!. —¡Ah, bueno, como usted mande!

Pero el paso quedaba obstruido por vehículos que venían en sentido contrario. La hormiga impregnada de sustancia radiactiva estaba ya en el límite de la zona de percepción. La periodista y el comisario saltaron en marcha del coche, pero a esa velocidad no resultaba realmente peligroso. Méliés lanzó un billete sin preocuparse por recoger el cambio. Sus clientes se habían mostrado tal vez algo extraños, pero, en cualquier caso, no eran tacaños, pensó el chofer dando marcha atrás a duras penas.

Habían recuperado la señal. La Manada avanza, efectivamente, hacia el bosque de Fontainebleau.

Jacques Méliés y Laetitia Wells llegaron a una zona de pequeñas y míseras casas iluminadas por unas farolas. En las calles de aquel barrio pobre no había nadie. No había nadie, pero, en cambio, había muchos perros que ladraban con furia a su paso. En su mayoría se trataba de grandes pastores alemanes degenerados a fuerza de cruces consanguíneos que se consideraban buenos para preservar la calidad de su raza. Cuando veían a alguien en la calle, empezaban a ladrar y a saltar contra las verjas.

Jacques Méliés tenía mucho miedo, su fobia contra los lobos le nimbaba de una nube de feromonas de pánico que los perros olían. Esto les daba más ganas de morderle.

Algunos saltaban intentando traspasar las barreras. Otros pretendían cortar con sus colmillos las empalizadas de madera.

—¿Le dan miedo los perros? —preguntó la periodista al comisario, que se había puesto lívido—. Domínese, no es el momento de abandonarse. Se nos van a escapar las hormigas.

Justo en ese momento un gran pastor alemán empezó a ladrar con más fuerza que los demás. Con los molares mordía una empalizada y llegó a seccionar una tabla. Sus enloquecidos ojos giraban. Para él, alguien que emitía tantos olores de miedo era una verdadera provocación. Aquel pastor alemán ya había topado con niños espantados, con abuelas que aceleraban el paso de forma significativa, pero nadie había olido nunca con tanta fuerza a víctima expectante.

—¿Qué le pasa, comisario?

—No..., no puedo avanzar.

—No diga tonterías, sólo es un perro.

El pastor alemán seguía mordiendo con furia la empalizada. Una segunda tabla fue triturada. Los dientes brillantes, los ojos rojos, las orejas negras puntiagudas: para la mente de Méliés aquello era un lobo rabioso. El que estaba en el fondo de su cama.

La cabeza del perro logró pasar entre las tablas. Luego una pata, después todo el cuerpo. Estaba fuera y corría muy de prisa. El lobo rabioso estaba fuera. No había ninguna pantalla entre los dientes puntiagudos y la tierna garganta.

No había ya ninguna barrera entre la bestia salvaje y el hombre civilizado.

Jacques Méliés se puso blanco como una sábana y no se movió.

Laetitia se interpuso justo a tiempo entre el perro y el hombre. Clavó en el animal una miraba violeta, fría, que emitía: «No te tengo miedo.»

Ella permanecía allí, con la espalda recta y los hombros separados, en la posición de quien está seguro de sí mismo, en la posición y con la mirada dura que en otros tiempos había tenido el domador en la perrera cuando enseñaba al pastor alemán a defender una casa.

Bajando el rabo, el animal dio media vuelta y perezosamente regresó a su cercado.

La cara de Méliés todavía estaba pálida y temblaba de miedo y de frío. Sin pensar, como hubiera hecho con un niño, Laetitia le tomó en sus brazos para tranquilizarle y calentarle. Le estrechó dulcemente contra ella hasta que sonrió.

—Estamos en paz. Yo le he salvado del perro y usted me salvó de los hombres. Como ve, tenemos necesidad el uno del otro.

—¡Pronto, la señal!

El punto verde estaba saliendo casi del marco del aparato. Corrieron hasta que retornó al centro del círculo.

Se sucedían las casitas, todas semejantes, con placas, a veces, sobre las puertas: «Sam'suffit» o «Do mi si la do re». Y en todas partes perros, parterres de césped mal cuidados, buzones por los que asomaban prospectos, cuerdas de ropa llenas de pinzas, mesas de ping-pong estropeadas, y, aquí y allá, una caravana oscilante. Único rastro de vida humana: la claridad azul de los televisores en las ventanas.

La hormiga radiactiva galopaba bajo sus pies, por las alcantarillas. El bosque estaba cada vez más cerca. El policía y la periodista seguían la señal.

De buenas a primera torcieron en una calle semejante a las demás del barrio. «Calle Phoenix», indicaba la placa. No obstante, entre los edificios empezaron a vislumbrarse algunos comercios. En un fast-food, cinco adolescentes rumiaban ante unas cervezas de 6 grados. En la etiqueta de las botellas se podía leen «Cuidado: todo abuso puede ser peligroso.» La misma inscripción figuraba en los paquetes de cigarrillos. El Gobierno tenía previsto pegar pronto etiquetas similares sobre los pedales del acelerador de los coches y en las armas de venta libre.

Pasaron por delante del supermercado «Templo del Consumo» y del café «La cita con los Amigos» antes de detenerse ante una tienda de juguetes.

—Acaban de pararse. Aquí.

Inspeccionaron el lugar. La tienda ofrecía un aspecto un tanto destartalado. El escaparate mostraba artículos llenos de polvos, como amontonados sin orden: conejos de peluche, juegos de mesa, coches en miniatura, muñecas, soldaditos de plomo, disfraces de cosmonauta o de hada, artículos de broma... Una guirnalda multicolor, anacrónica, parpadeaba por encima de aquel desorden.

—Están ahí. Están ahí, seguro. El punto verde ha dejado de moverse.

Méliés apretó la mano de Laetitia hasta casi romperla.

—¡Ya los tenemos!

En medio de su alegría, saltó sobre su cuello. De buena gana la habría besado, pero ella le rechazó.

—Conserve su sangre fría, comisario. El trabajo no ha terminado.

—Están ahí. Mire usted misma, la señal sigue activa pero ya no se desplaza.

Ella movió la cabeza, y alzó los ojos. En el escaparate de la tienda estaba escrito en gruesas letras de neón azules: «Casa Arthur, el rey del juguete».



143. En Bel-O-Kan.

En Bel-o-kan, un moscardón mensajero informa a Chli-pu-ni.



Han llegado al río.

Lo cuenta con todo detalle. Tras la batalla contra las legiones volantes de la colmena de Askolein, la cruzada se perdió en la montaña, atravesó una cascada y luego se entregó a una gran batalla contra un nuevo termitero, a orillas del río Cometodo.

La soberana anota las informaciones en una feromona memoria.

Y ahora, ¿cómo van a cruzar? ¿Por el subterráneo de Satei?

No, las termitas han domesticado unos dícticos y los utilizan para arrastrar su flota de hoja de miosotis.

Chli-pu-ni se muestra muy interesada. Ella aún no ha conseguido domar perfectamente esos coleópteros acuáticos.

La enviada concluye con las malas noticias. Después han sido atacadas por renacuajos. Todas estas peripecias han diezmado las filas de las cruzadas. Ya no queda más que un millar de hormigas y hay en sus filas muchas heridas. Muy pocas tienen todavía sus seis patas intactas.

La reina no se preocupa demasiado. Incluso con algunas patas de menos, un millar de cruzadas, ahora ya ejercitadas, bastarán para matar a todos los Dedos de la Tierra, según dice. Evidentemente, no deberían sufrir nuevas pérdidas.

144. Enciclopedia.

ACACIA CORNÍGERA: La cornígera es un arbusto que sólo puede convertirse en árbol adulto con una curiosa condición: que lo habiten las hormigas. En efecto, para desarrollarse necesita unas hormigas que le cuiden y le protejan. Por eso, para atraer a las mirmeceanas, el árbol se ha transformado, con el paso de los años, en un hormiguero viviente.

Todas sus ramas están huecas y, en cada una de ellas, está prevista una red de corredores y de salas únicamente para comodidad de las hormigas.

Más aún: en esos corredores viven a menudo pulgones blancos cuya miel hace las delicias de las obreras y de las soldados mirmeceanas. La cornígera proporciona, por tanto, refugio y techo a las hormigas que quieran hacerle el honor de instalarse en ella. A cambio, éstas cumplen sus deberes de huéspedes. Evacuan todas las cochinillas, pulgones exteriores, arañas y demás xilófagos que podrían llenar las ramas. Por la mañana, cortan con la mandíbula las hiedras y otras plantas trepadoras que querrían parasitar el árbol.

Las hormigas eliminan las hojas muertas, rasgan los líquenes, cuidan el árbol con su saliva desinfectante.

Rara vez se encuentra en la Naturaleza una colaboración tan lograda entre una especie vegetal y una especie animal. Gracias a las hormigas, la acacia cornígera se eleva la mayoría de las veces por encima de la masa de otros árboles que podrían hacerle sombra. La acacia domina sus cimas y capta directamente los rayos del sol.

Edmond Wells.

Enciclopedia del saber relativo y absoluto, tomo II.

145. La isla de la cornígera.

La niebla se dispersa, poniendo de manifiesto un extraño decorado. Una playa, arrecifes, acantilados de roca.

La nave termita más adelantada choca con una playa de musgos verdes. Aquí, flora y fauna no se parecen a nada conocido. Unos moscardones de olores pantanosos dan vueltas entre nubes de mosquitos y libélulas. Las plantas parece que acaban de ser colocadas, pues no tienen raíces. Sus flores son mezquinas, sus hojas gotean en mechas. Bajo las algas, el suelo es duro. Roída por la espuma, la roca está horadada por una multitud de alvéolos y parece un jirón de esponja negra.

Más allá, la tierra se vuelve más blanda, y en medio del terreno reina la joven acacia cornígera. Ha salido sin duda de una semilla que, zarandeada por los vientos, ha aterrizado por azar en esta isla. El agua, la tierra y el aire, esos tres elementos han bastado para dar vida al vegetal. Le falta, sin embargo, una aportación para continuar su crecimiento: las hormigas. En sus genes está inscrito desde siempre el matrimonio con las hormigas.

Lleva dos años esperándolas. ¡Hay tantas hermanas cornígeras que no han logrado tener ese encuentro cósmico! Ella, indirectamente, deberá ese feliz acontecimiento a los Dedos. A esos mismos Dedos que han grabado en su corteza «Gilíes ama a Nathalie», ¡esa cicatriz que tanto la hace sufrir!

De pronto 103 se estremece. Plantado en medio de la isla hay un objeto que le trae a la memoria recuerdos demasiado precisos. Aquella protuberancia..., sí, no puede ser casualidad. Es eso. La torre de cúpula redonda y llena de agujeros. La primera anomalía que descubrieron en el país blanco. Sin avisar a nadie, deja el grupo y palpa. Es duro, transparente, y en el interior hay un polvo blanco. Exactamente igual que la última vez.

Las soldados termitas se unen a ella. Contacto de antenas.

¿Qué ocurre? ¿Por qué ha abandonado el grupo?

103 explica que aquel objeto es algo muy importante.

Sí, muy importante, repite 23, ¡es un objeto esculpido por los dioses Dedos! Es un monolito divino.

Inmediatamente las deístas empiezan a modelar una estatua de arcilla semejante.

Las hormigas más agitadoras deciden permanecer varios días en aquel puerto de paz para recuperarse de las emociones del viaje, curar las heridas de las guerreras y reponer fuerzas.

Todas aceptan gustosas ese alto.

103 da algunos pasos e inmediatamente algo la sorprende. Sus órganos de Johnston sensibles a los campos magnéticos terrestres le hacen cosquillas.

¡Están sobre un nudo de Hartman!

¡Las cruzadas no están lejos de un nudo de Hartman!

Los nudos de Hartman son zonas de un magnetismo particular. Las hormigas no construyen por regla general sus nidos más que en esos puntos precisos. Se trata de cruces de líneas de campos magnéticos terrestres de iones positivos. Esos puntos son generadores de malestar para muchos animales —sobre todo para los mamíferos—, pero, para las hormigas son, por el contrario, garantía de comodidad.

Mediante aquellos puntitos de acupuntura perforados en la corteza terrestre, ellas pueden dialogar con su planeta madre, descubrir los manantiales de agua y detectar los temblores de tierra. Su ciudad queda de este modo conectada con el mundo.

103 busca el lugar preciso donde esas energías demuestran más fuerza. Descubre entonces que el nudo de Hartman está situado justo bajo el árbol cornígero.

Acompañada por 24 y por 9, empieza a recorrer inmediatamente el arbusto. Hay un lugar en que la corteza es más fina. Juntas recortan la cápsula protectora y desfloran la acacia cornígera. ¡Qué maravilla! Allí hay un hormiguero vacío, de limpieza impecable, y que parece estar esperándolas.

Se adentran por la raíz llena de salas que no piden otra cosa que ser ocupadas por hormigas. Algunas poseen cierto aire de arquitectura donde fácilmente se reconocen los graneros y una celda nupcial. Hay incluso establos donde ya se afanan pulgones blancos sin alas.

Las belokanianas inspeccionan la inesperada morada. Todas las ramas están huecas, y la savia circula por la delgada pared de los muros de aquella ciudad viviente.

El árbol desvirgado suelta sus perfumes resinosos más acogedores a modo de bienvenida al pueblo mirmeceano.

24 descubre, admirada, las sucesiones de salas vegetales. De emoción abre las mandíbulas y suelta el capullo de mariposa. Pero no olvida su deber, y lo recoge rápidamente.

Una vieja exploradora le dice que ese «nido-regalo» tiene un precio. Si quieren vivir allí, tienen que cuidar del árbol. Es una obligación permanente, hay que sentirse jardinera de corazón. Salen y la vieja guerrera le muestra un brote joven de cuscuta y le da la explicación.

La simiente de cuscuta se desarrolla en contacto con cualquier putrefacción. Entonces sale de tierra un tallo que estira y gira lentamente a la velocidad aproximada de dos vueltas por hora.

Cuando ese tallo ha encontrado un arbusto, deja morir sus raíces y desarrolla unas espinas-ventosas que se fijan y aspiran la savia del arbusto. La cuscuta es realmente el vampiro del mundo vegetal.

103 señala precisamente una de aquellas plantas que crecen no lejos del árbol cornígero. Da vueltas con tanta lentitud que da la impresión de un movimiento natural impuesto por el viento.

24 saca sus mandíbulas más afiladas y se dispone a trocear la cuscuta.



No, emite 103. Si la cortas, cada punta se vuelve activa. Una cuscuta cortada en diez trozos es igual a diez cuscutas.

La hormiga asegura haber asistido a un fenómeno bastante sorprendente. Dos trozos de cuscutas plantados uno junto al otro daban vueltas en busca de un arbusto al que vampirizar. Como no lo encontraban, se enrollaron la una en la otra y se chuparon mutuamente la savia hasta que las dos murieron.



¿Qué se puede hacer entonces? Si la dejamos crecer, terminará por dar con el cornígero y se enrollará en su tronco, señala 24.

Hay que desarraigarla y tirarla inmediatamente al agua.

Dicho y hecho. Las hormigas aprovechan para eliminar todas las demás plantas que podrían resultar nocivas para la acacia. Luego expulsan todos los gusanos, pequeños roedores y cochinillas que andan por los alrededores.

En cierto momento, oyen un tic-tac regular. Es un coleóptero carcoma, un animal que agujerea a golpes regulares la madera.

Le responde un segundo tic-tac.



¡Es una carcoma macho que llama a su hembra!, indica una termita que ha tenido que enfrentarse a menudo con esos competidores. En efecto, los golpes parecen responderse como si se tratara de un canto con dos tam-tams.

Los descubren fácilmente, y luego degustan a los Romeo y Julieta carcomas.

Cuando uno ha elegido su campo, hay que hacer frente común contra los enemigos comunes.

Las cruzadas se instalan para pasar la noche en el árbol que es una ciudad.

Todas descubren maravilladas la cornígera hueca.

Comen en la cripta de la más ancha de las ramas.

Hormigas, termitas, abejas y pequeños escarabajos celebran su trofalaxia. Ordeñan a los pulgones y reparten su melazo azucarado. Luego, como en cada campamento, vuelven al eterno tema de los Dedos, objeto de su periplo.

Los Dedos son dioses, afirma una deísta belokaniana.

¿Dioses? ¿Qué son los dioses?, pregunta una termita moxiluxiana.

24 les explica que los dioses son potencias que lo dominan todo.

Las abejas, las moscas y las termitas descubren con estupor que en el seno mismo de la cruzada existen hormigas que veneran a los dioses hasta el punto de creerlos en el origen del mundo.

Prosiguen los debates. Cada cual quiere exponer su punto de vista.



Los Dedos no existen.

Los Dedos vuelan.

No, los Dedos se arrastran.

Pueden andar bajo el agua.

¡Se alimentan de carne!

No, son herbívoros.

No se alimentan de nada y viven de una reserva ele energía que poseen desde su nacimiento.

Los Dedos son plantas.

No, son reptiles.

Los Dedos son numerosos.

Debe haber todo lo más diez o quince que recorren el planeta en rebaños de cinco.

Los Dedos son inmortales.

Nada de eso, hemos matado a uno hace unos días.

¡No era realmente un Dedo!

¡Ah!, ¿entonces qué era?

Los Dedos son inatacables.

Los Dedos tienen nidos de cemento como las avispas.

No, duermen en los árboles como los pájaros.

¡No hibernan!

Alto, tampoco hay que exagerar. Los Dedos hibernan forzosamente. Todos los animales hibernan.



Los Dedos se alimentan de madera porque una termita ya ha visto ciertos árboles horadados de forma extraña.

No, los Dedos se alimentan de hormigas.

Los Dedos no se alimentan, viven de una reserva de energía que tienen desde su nacimiento, ya os lo he explicado hace un momento.

Los Dedos son rosas y redondos.

También pueden ser negros y planos.
El debate prosigue. Deístas y no deístas se enfrentan. Con sus teorías insensatas, 24 y 23 exasperan a 9.

Hay que matar a toda esta chusma antes de que contamine a otras cruzadas, asegura, tomando a 103 por testigo del riesgo que representan esas enemigas del interior.

La soldado agita sus antenas.



No. Dejémoslas. Forman parte de la diversidad del mundo.

9 se queda perpleja. Es extraño, desde el principio de aquella cruzada, todas tienen la impresión de estar cambiando. Las hormigas discuten ahora sobre temas abstractos. Experimentan cada vez más emociones, más miedos. ¿Estarán afectadas las rojas por una epidemia de «enfermedad de estados de ánimo»? ¿O estarán volviéndose menos hormigas?

Delante de ellas tienen monstruos a los que enfrentarse y, en cambio, se quedan allí, discutiendo. Más vale dormir. El árbol cornígero, feliz como sólo saben serlo los árboles, será el guardián de su sueño.

Fuera, los sapos de medianoche berrean por no poder deleitarse con aquella masa de insectos protegidos por su castillo de fibra y de savia.

Todas las cruzadas se han dormido, salvo las hormigas zombis, condicionadas por las duelas del hígado, que salen en fila para trepar a lo alto de una hierba y esperar a que las coman. Pero no hay el menor cordero en aquella isla. Por la mañana, después de olvidar su escapada, se unirán a sus compañeras.

Quinto arcano.

EL SEÑOR DE LAS HORMIGAS.


  1. Deísta.

Las rebeldes bajan a toda velocidad por los corredores de la Ciudad. Nunca conseguirán llevar a esta hormiga cisterna hasta el doctor Livingstone. Varias se sacrifican para entretener a la guardia federal.

Los disparos de ácido estallan. Una deísta se derrumba y luego otra.

Las supervivientes van siendo empujadas hacia la sala de las chinches de las camas. Pero antes de que perezcan todas, Chli-pu-ni quiere saber. Ordena que le traigan a su presencia a una de aquellas fanáticas.

¿Por qué hacéis esto?, le pregunta.

Los Dedos son nuestros dioses.

Siempre la misma cantinela. La reina Chli-pu-ni agita pensativa sus antenas. Desde hace poco, por razones desconocidas, el movimiento rebelde experimenta un nuevo auge. Según las espías de la reina, hace unas semanas apenas eran una docena, y ahora son ya un centenar.

Hay que intensificar la persecución de las rebeldes. Ahora son demasiado peligrosas.

147. La tienda de juguetes.

—Y ahora, ¿qué hacemos? —preguntó Laetitia Wells.

—Vamos dentro —decretó Jacques Méliés con seguridad.

—¿Cree que nos dejarán entrar?

—Bueno, no pensaba llamar a la puerta. Entremos por la ventana de la fachada. Si a alguien se le ocurre protestar, le presentaré una orden de registro. Siempre llevo una falsa encima.

—¡Bonita mentalidad! —Protestó la periodista—. La verdad es que no hay mucha diferencia entre policía y delincuentes.

—Con sus amables escrúpulos y sus buenos sentimientos nunca acabaremos con los criminales. ¡Vamos!

Demasiado curiosa para poner mala cara, Laetitia siguió al comisario cuando éste escaló la pared ayudándose del canal de desagüe de las aguas de lluvia.

Los humanos avanzan con dificultad sobre las superficies verticales. Se despellejaron las manos y estuvieron a punto de caerse varias veces antes de llegar a la terraza. Por suerte, la casa sólo tenía un piso situado directamente debajo del tejado.

Recuperaron el aliento. El punto verde seguía allí, inmóvil en el centro de la pantalla. Laetitia y Méliés debían estar ahora a cinco o seis metros de las hormigas asesinas. La puerta-ventana del balcón estaba entreabierta. Entraron.

Con su linterna de bolsillo, el comisario iluminó un vulgar dormitorio, con su gran cama cubierta por una colcha roja, un armario normando y, aquí y allá, sobre el papel floreado de las paredes, reproducciones de paisajes de montaña. La habitación desprendía un aroma a lavanda mezclado a naftalina.

Daba a un salón estilo «Supermercado del Mueble», con sus sillones de patas torneadas y su lámpara con colgantes. Una nota de originalidad: una colección de frascos de perfumes orientales sobre una consola.

Algo más lejos distinguieron una luz. Abajo debía haber alguien que cenaba en una cocina, con los ojos clavados en un televisor.

Méliés contempló su propia pantalla.

—Las hormigas están ahora encima de nosotros —cuchicheó—. O sea que tiene que haber un desván.

Buscaron una trampilla en el techo. En el corredor del cuarto de baño descubrieron una escalera dirigida hacia un desván donde sorprendieron la claridad de una lámpara.

—Subamos —dijo Méliés, desenfundando el revólver.

Desembocaron en una curiosa buhardilla. En el centro había un terrario semejante al de Laetitia, pero diez veces mayor. De aquel gigantesco acuario salían unos tubos que conectaban con un ordenador, enchufado a su vez a una multitud de frascos multicolores. A la izquierda, otros instrumentos de informática, un jergón, un microscopio, un revoltijo de cables eléctricos y de transistores. «El antro del sabio loco», pensaba la joven cuando un grito resonó a sus espaldas.

—¡Arriba las manos!

Se volvieron despacio. Al principio vieron un fusil de cañón ancho apuntándoles. Luego, encima del fusil, una cara sorprendentemente familiar. ¡Hacía tiempo que conocían al flautista de Hamelín!



148. Enciclopedia.
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