Bernard Werber



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ZOMBIS: El ciclo de la duela grande del hígado (Fasciola hepática) constituye ciertamente uno de los mayores misterios de la Naturaleza. Ese animal merecería una novela. Como su nombre indica, se trata de un parásito que se desarrolla en el hígado de los corderos. La duela se nutre de sangre y de las células hepáticas, crece y luego pone sus huevos. Pero los huevos de la duela no rompen en el hígado del cordero. Les espera todo un periplo.

Los huevos dejan a su huésped saliendo del cuerpo con sus excrementos. Se encuentran en el mundo exterior, frío y seco. Tras un período de maduración, rompen la cáscara para dejar salir una larva minúscula, que será consumida por un nuevo huésped: el caracol.

La larva de la duela se multiplicará en el cuerpo del caracol antes de ser eyectada en las mucosidades que escupe el gasterópodo en período de lluvia.

Pero las duelas no han hecho más que la mitad del camino.

Esas mucosidades, en forma de racimos de perlas blancas, atraen con frecuencia a las hormigas. Las duelas penetran gracias a ese «caballo de Troya» en el interior del organismo insecto. No se quedan mucho tiempo en el buche social de las mirmeceanas. Salen de él horadando millares de agujeros, transformándolo en colador que luego cierran con una cola que se endurece y que permite a la hormiga sobrevivir al incidente. No hay que matar a la hormiga, indispensable para lograr la unión con el cordero. Luego las duelas circulan por el interior del cuerpo de la hormiga, mientras en el exterior nada permite presagiar el drama interno.

Porque ahora las larvas se han convertido en duelas adultas que deben volver al hígado de un cordero para completar su ciclo de crecimiento.

Pero ¿qué hacer para que un cordero devore a una hormiga, si además no es insectívoro?

Generaciones de duelas han debido plantearse la cuestión. El problema resultaba muy complicado de resolver, porque es en las horas frescas cuando los corderos mordisquean la parte superior de las hierbas, mientras que es en las horas cálidas cuando las hormigas abandonan su nido para circular únicamente entre la sombra fresca de las raíces de esas hierbas.

¿Cómo reunidos en el mismo lugar y a las mismas horas?

Las duelas encontraron la solución diseminándose por el cuerpo de la hormiga. Una decena de ellas se instala en el tórax; otra decena en las patas, otra decena en el abdomen y una sola en el cerebro.

En el momento en que esa única larva de duela se implanta en su cerebro, el comportamiento de la hormiga se modifica. ¡Sí! La duela culo, pequeño gusano primitivo cercano al paramecio y por tanto a los seres unicelulares más zafios, pilota en adelante a la compleja hormiga.

Resultado: por la noche, mientras todas las obreras duermen, las hormigas contaminadas por las duelas abandonan su ciudad. Avanzan como sonámbulas y suben a colocarse en las cimas de las hierbas. ¡Y no en una hierba cualquiera! Sólo en aquellas que prefieren los corderos: alfalfa y carraspiques.

Drogadas, las hormigas esperan allí a que las coman.

Ése es el trabajo de la duela del cerebro: hacer salir todas las noches a su huésped para que sea consumida por un cordero. Porque por la mañana, cuando vuelve el calor, si no ha sido tragada por un ovino, la hormiga recupera el control de su cerebro y de su libre albedrío. Se pregunta qué hace allí, en la cima de una hierba. Baja de prisa para regresar al nido y dedicarse a sus tareas habituales, hasta la próxima noche en que, como el zombi en que se ha convertido, volverá a salir con todas sus compañeras infectadas por las duelas para ser pastada.

Este ciclo plantea a los biólogos múltiples problemas. Primera pregunta: ¿cómo la duela agazapada en el cerebro puede ver en el exterior y ordenar a la hormiga ir hacia tal o cual hierva? Segunda pregunta: la duela que dirige el cerebro de la hormiga morirá, ella únicamente, en el momento de la ingestión por el cordero. ¿Por qué se sacrifica de esa forma? Es como si las duelas hubieran aceptado que una de ellas, y la mejor, muera para que las demás alcancen su objetivo y terminen el ciclo de fecundación.

Edmond Wells.

Enciclopedia del saber relativo y absoluto, tomo II.

129. Sudores cálidos.

El primer día no fue nadie a atacar al simulacro del profesor Takagumi.

Jacques Méliés y Laetitia Wells almacenaron conservas y alimentos deshidratados. Se hallaban instalados como para un asedio. Para matar el tiempo decidieron jugar al ajedrez. En ese juego Laetitia era más hábil que Méliés, que cometía tremendos errores.

Molesto por la superioridad de su compañera, intentó concentrarse mejor. Dispuso un sistema defensivo de sus piezas, con líneas de peones bloqueando cualquier iniciativa adversa. La batalla se transformó rápidamente en una batalla de trincheras, estilo Verdún. Los alfiles, los caballos, la dama y las torres se anulaban mutuamente al no poder lanzar ataques fulminantes.

—¡Hasta en el ajedrez tiene usted miedo! —le soltó Laetitia.

—¿Miedo yo? —Dijo indignado Méliés— Si dejo un espacio libre, usted acaba con mis líneas. Es lo único que puedo hacer para defender.

De pronto ella se llevó un dedo a los labios, para ordenarle silencio. Había percibido algo así como un ruidito en alguna parte de la habitación del «Hotel Beau Rivage».

Comprobaron las pantallas de control. Nada. Y, sin embargo, Laetitia Wells estaba segura de que el asesino estaba allí. El detector de movimiento lo confirmó empezando a parpadear.

—Ahí está el asesino —cuchicheó.

Con los ojos clavados en la pantalla de control, el comisario exclamó.

—Sí, le estoy viendo. Una hormiga completamente sola. ¡Está subiéndose a la cama!

Laetitia se lanzó sobre la camisa de Méliés, la desabrochó rápidamente, le alzó los brazos, sacó un pañuelo y lo pasó varias veces por las axilas del policía.

—¿Qué le pasa?

—Déjeme hacer. Creo haber comprendido la forma en que actúa nuestra asesina.

Empujó la falsa pared y, antes de que la hormiga alcanzara la parte superior del cubrecama, frotó el maniquí con el pañuelo impregnado en el sudor de las axilas de Jacques Méliés. Luego regresó rápidamente a esconderse a su lado.

—Pero... —empezó a decir él.

—Calle y mire.

La hormiga, sobre la cama, iba acercándose al maniquí. Cortó un trozo cuadrado y minúsculo del pijama del seudo profesor Takagumi y desapareció luego como había entrado, por el cuarto de baño.

—No comprendo —dijo Méliés—. Esa hormiga no ha atacado a nuestro hombre. Se ha limitado a apoderarse de un trocito de tela.

—Era para olerlo, sólo para olerlo, comisario.

Como parecía que ella se había hecho cargo del mando de las operaciones, él preguntó.

—¿Y ahora qué hacemos?

—Esperar. El asesino tiene que volver. Ahora estoy segura.

Méliés permanecía perplejo.

Ella lo miró con aquella mirada violeta que tanto le deslumbraba, y le explicó.

—Esta hormiga solitaria me ha recordado una historia que me contó mi padre. Él había vivido en África con la tribu de los baúles. Esta población había encontrado un medio bastante sorprendente de matar a las personas. Cuando alguien quería matar con total discreción, se apoderaba de un trozo de ropa impregnada con el sudor de su futura víctima. Lo ponía luego en un saco donde ya había encerrado a una serpiente venenosa. Luego colgaba todo encima de una olla de agua hirviendo. El dolor ponía furiosa a la serpiente, que asociaba esa persecución al olor del tejido. Luego, bastaba con soltar a la serpiente por el pueblo. Cuando olía un aroma semejante al del trozo de tela, mordía.

—¿Piensa entonces que es el olor de la víctima lo que guía a nuestro asesino?

—Exactamente. Después de todo, las hormigas sacan sus informaciones de los olores.

Méliés dijo por fin exultante.

—¡Ah! Por fin admite que son las hormigas las que matan.

Ella le tranquilizó.

—Por el momento, nadie ha muerto. El único delito es un pijama ligeramente estropeado.

Él reflexionó y terminó estallando.

—¡Usted ha puesto mi olor en ese trozo de tela! ¡Ahora van a querer matarme a mí!

—Seguimos con el miedo, comisario... Basta que se lave cuidadosamente debajo de los brazos y que luego se rocíe con un desodorante. Pero antes vamos a embadurnar copiosamente con su sudor a nuestro profesor Takagumi.

Méliés no se había tranquilizado del todo. Se metió un chicle entre sus dientes apretados.

—Pero si ya me han atacado una vez...

—...Y usted logró escapar, según creo. Por suerte, he pensado en todo, he traído el instrumento más idóneo para relajarle.

Y sacó de su bolso un pequeño televisor portátil.

130. La batalla de las dunas.

Larga es la marcha a través del desierto de dunas.

Los pasos se hacen cada vez más pesados.

Una fina película de arena se pega a los caparazones, reseca los labiales y hace crujir las articulaciones quitinosas.

Hay polvo en todos los lugares de los caparazones, que ya no brillan.

Y la cruzada avanza, sigue avanzando.

Las abejas ya no tienen más miel energética que ofrecer.

Los buches sociales están vacíos. Los puvilis de las patas crujen a cada pisada como pequeños sacos de yeso desmenuzable.

Las cruzadas están agotadas y de pronto surge una nueva amenaza. En el horizonte se alza una nube de polvo, que crece y se acerca. En medio de aquel halo cuesta distinguir cuáles son las legiones enemigas.

A tres mil pasos se distinguen mejor. Es un ejército termita el que aparece. Las soldados termitas, reconocibles por su cabeza en forma de pera, lanzan liga en la que van a enredarse las primeras filas de hormigas.

Los abdómenes mirmeceanos sueltan sus salvas de ácido corrosivo. La caballería termita se aclara pero las hormigas han disparado demasiado tarde, la horda enemiga las desborda y perfora el centro de la primera defensa hormiga.

Choque de mandíbulas.

Estrépito de corazas.

La caballería ligera mirmeceana no tiene tiempo siquiera de moverse y ya está cercada por las tropas termitas.



¡Fuego!, grita 103. Pero la segunda línea de artillería pesada, armada de ácido al 60 %, no se atreve a disparar contra aquella mezcla de combatientes hormigas y termitas. La orden no es secundada. Los grupos improvisan según su inspiración. Los dos flancos del ejército cruzado tratan de liberarse para coger al ejército termita por la espalda, pero realizan muy despacio su maniobra.

La liga termita abate a las abejas que intentan despegar. Como las moscas, como 24 y su capullo, se ocultan en la arena.

103 está en todas partes, animando a la infantería para que se reagrupe en cuadrados sólidos. Está cansada. Me estoy haciendo vieja, se dice cuando dispara y falla su blanco.

Las cruzadas retroceden por todas partes. ¿Qué ha sido de las brillantes vencedoras de los Dedos? ¿Qué ha sido de las conquistadoras de la Ciudad de oro abeja?

Las hormigas muertas se amontonan. Ya sólo quedan mil doscientas que creen que van a sufrir pronto el mismo destino terrible.

¿Están perdidas?

No, porque 103 ve surgir a lo lejos una segunda nube. Esta vez se trata de amigos. «Gran Cuerno» ha vuelto, arrastrando en su estela al más terrorífico de los ejércitos volantes.

Pasan ruidosamente por encima de las órbitas oculares, y todas los ven con un sentimiento mezclado de admiración y de espanto. Son auténticos demonios salidos de un Apocalipsis gótico.

Se abalanzan, soberbios, relumbrantes y haciendo restallar todas sus articulaciones lacadas.

Hay entre ellos minotauros tifos, neptunos, abejorros y grandes lucanos ciervos volantes con sus cuernos en forma de pinza.

La flor y nata de lo más sorprendente que existe entre las especies de coleópteros ha respondido a la llamada de «Gran Cuerno».

Son monstruos espléndidos, provistos de picas, lanzas, cuernos, puntas, placas-escudo, garras. Sus élitros están coloreados como las placas calcáreas de los peces, algunos tienen unas caras abiertas rosa y negro dibujadas en la espalda, otras llevan motivos más abstractos, manchas rojas, naranja, verdes o azul fluorescente.

Ningún herrero podría esculpir armaduras semejantes. Su casco les da aspecto de príncipes valientes, salidos de una Edad Media de leyenda.

Dirigida por «Gran Cuerno», la veintena de coleópteros realiza un movimiento envolvente; se alinean primero y luego cargan contra los montones más compactos de soldados termitas.

103 nunca ha visto nada tan espectacular.

Estupefacción entre las filas termitas. Con ese nuevo ejército, su viscosidad no sirve. Los proyectiles líquidos resbalan sobre las gruesas corazas pulidas y vuelven a caer sobre ellas.

Las termitas empiezan a batirse en retirada.

«Gran Cuerno» aterriza junto a 103.



¡Sube!

Despegue.

Bajo las patas de su montura desfila el campo de batalla como una alfombra mágica efervescente.

103 se pone al frente de su ejército para salir en persecución de las que huyen. Desde su ingenio volante, precisa los disparos de ácido que derriban a un enemigo cada vez.



¡Fuego!, grita con toda la potencia de sus antenas. ¡Fuego!

Las hormigas disparan ácido mientras corren.



131. Feromona estrategia militar.

Feromona memoria Nº 61

Tema: Estrategia militar.

Fecha de salivación: 44 días del año 100.000.667

Toda estrategia militar tiende ante todo a desequilibrar al adversario. Por instinto, este último trata de compensarlo ejerciendo su fuerza en un sentido inverso al empuje.

En ese momento, en vez de bloquearlo, hay que acompañarlo, hasta que se vea arrastrado lejos por su propia fuerza. Durante un breve instante, al adversario se vuelve especialmente vulnerable. Es él momento de acabar con el. Pasado ese momento, si no se ha sabido aprovechar, habrá que empezar de nuevo, y esta vez el enemigo se mostrará más desconfiado.

132. Guerra.

¡Fuego!


Varias oleadas de siluetas negras corren entre la metralla compacta.

Los esqueletos de los vencidos echan humo. Los soldados se entierran para evitar que les cojan. Hay grupos que se esconden en las dunas.

Estrépito de granadas. Crepitar de ametralladoras. A lo lejos, de los pozos de petróleo en llamas se desprende una pesada humareda negra que el sol no logra traspasar.

—Apáguelo. ¡Ya basta!

—¿No le gustan los informativos? —preguntó Méliés bajando el sonido del televisor por el que desfilaban las noticias mundiales cotidianas.

—La estupidez humana siempre cansa al cabo de un momento —dijo Laetitia—. ¿Seguimos sin nada?

—Seguimos sin nada.

La joven se envolvió en una manta.

—En tal caso, voy a dormir un poco. Si ocurre algo, despiérteme, comisario.

—Espere, uno de los detectores dé movimiento acaba de activarse.

Escrutaron las pantallas.

—Hay un movimiento en la habitación.

Encendieron uno por uno los monitores de vídeo, pero no vieron nada.

—«Ellas» están ahí —anunció Méliés.

—«Él» está ahí —le corrigió Laetitia—. No hay más que una sola señal en la pantalla.

Méliés destapó una botella de agua mineral. Por si acaso, se pasó otra compresa mojada debajo de los brazos y, para evitar cualquier riesgo, se roció de perfume.

—¿Todavía huelo a sudor? —preguntó.

—Apesta a Bebé Cadum.

Seguían sin ver nada, pero ahora oían algo así como un rasguño sobre el techo.

Jacques Méliés conectó los magnetoscopios de las cámaras de vídeo que inundaban la habitación.

—«Ellas» se acercan a la cama.

Frente a la cámara dispuesta a ras de la alfombra apareció el hocico de un ratón hirsuto en busca de alimento.

Se echaron a reír.

—Después de todo, las hormigas no son los únicos animales que viven entre los hombres —exclamó Laetitia—. Esta vez me acuesto por las buenas, y no me despierte salvo que tenga algo más serio que enseñarme.



133. Enciclopedia.

ENERGÍA: Cuando uno se sube a un gran carrusel durante una verbena caben dos actitudes. Una: sentarse en la vagoneta del final y cerrar los ojos. En tal caso, el aficionado a las sensaciones fuertes siente un miedo inmenso. Sufre la velocidad y cada vez que entreabre los párpados su espanto se duplica.

La segunda actitud consiste en elegir la primera fila de la primera vagoneta, abrir desmesuradamente los ojos imaginando que uno va a volar e ir cada vez más de prisa. Entonces el aficionado siente una embriagadora sensación de poder. Asimismo, si una música de rock duro surge de un altavoz cuando no se espera, parece teñida de violencia y de ensordecimiento. A duras penas se la soporta. Sin embargo, si uno lo desea, se puede no sufrirla sino utilizar esa energía para absorberla mejor. El oyente se halla entonces como drogado y completamente sobreexcitado por esa violencia musical.

Todo lo que desprende energía es peligroso cuando se sufre y enriquecedor cuando se canaliza en provecho propio.

Edmond Wells.

Enciclopedia del saber relativo y absoluto, tomo II.

134. El culto a los muertos.

Las doce últimas deístas se hallan reunidas en el último escondite improvisado junto a las fosas de abono, en Bel-o-kan.

Contemplan a sus muertas.

La reina Chli-pu-ni ha decidido matar a todas las rebeldes. Unas tras otras se han dejado prender mientras intentaban alimentar a los Dedos. Todas las no-deístas han desaparecido y el movimiento rebelde ya no está representado más que por estas pocas deístas que milagrosamente han sobrevivido a la inundación y a las persecuciones.

Ya nadie las escucha. Nadie se reúne con ellas. Se han convertido en parias y saben que, cuando las guardianas descubran su escondrijo, todo habrá terminado para ellas.

Con la punta de sus antenas tantean tres cadáveres de antiguas compañeras que se han arrastrado hasta allí para morir. Las deístas se disponen a transportarlas a la depuradora.

De pronto una de ellas se opone. Las otras la sondan, perplejas. Si no se llevan a aquellas mártires hacia la depuradora, dentro de unas horas apestarán a ácido oleico.

La rebelde insiste. La reina conserva perfectamente el cadáver de su propia madre en su aposento. ¿Por qué no obrar como ella? ¿Por qué no conservar los cadáveres? Después de todo, cuantos más haya, más demostrarán que en otro tiempo el movimiento deísta contaba con una multitud de militantes.

Las doce hormigas toquetean sus apéndices sensoriales. ¡Qué idea tan sorprendente! ¡No tirar los cadáveres...!

Todas juntas se entregan a una Comunicación Absoluta. Su hermana tal vez haya encontrado un medio de relanzar el movimiento deísta. Y conservar a los muertos es algo que agradará mucho.

Una rebelde propone enterrarlas en las paredes para evitar que difundan su olor a ácido oleico. La primera que había emitido la idea no se muestra conforme.

No, al contrario, tienen que verse. Imitemos a la reina Chli-pu-ni. Vaciemos las carnes y conservemos únicamente los caparazones huecos.

135. Termitero.

Las termitas escapan por todas partes.



¡Adelante!, grita 103 desde lo alto de «Gran Cuerno» para excitar mejor a sus cruzadas al combate.

¡Guerra sin cuartel!, lanza 9, que también ha montado en su corcel volador.

Las artilleras aéreas disparan sin interrupción, sembrando el ácido y la muerte.

En cuanto a las termitas, se produce la desbandada. Todas zigzaguean para escapar a los monstruos de los cielos y a los disparos mortales de sus pilotos. Cada una piensa sólo en ella. Diseminadas, las termitas galopan hacia su ciudad, gran fortaleza de cemento recientemente construida en la orilla oeste del río.

El edificio es impresionante desde fuera. La ciudadela ocre está compuesta por una campana central rematada por tres torres, a su vez coronadas por seis torreones. A ras del suelo, todas las salidas están taponadas por morrillos de grava. Algunas centinelas los vigilan a través de brechas en forma de troneras.

Cuando las cruzadas cargan contra el castillo enemigo, los cuernos de los soldados termitas nasutitermes surgen de las hendiduras verticales y rocían con liga a las atacantes.

Cinco pérdidas en la primera ofensiva. Treinta en la segunda oleada. Las que disparan de arriba abajo siempre tienen ventaja sobre las que disparan de abajo arriba.

No queda otra solución, por tanto, que el ataque aéreo. Unos rinocerontes golpean los torreones con sus cuernos, los lucanos arrancan las torres invadidas por una población enloquecida, pero la liga sigue haciendo maravillas y en la ciudad termita de Moxiluxun empiezan a respirar algo.

Se cuida a las heridas. Se taponan las brechas. Se preparan los graneros en previsión de un largo asedio Se releva a las centinelas.

La reina termita de Moxiluxun no manifiesta ningún temor. A su lado, el rey discreto y mudo continúa amurallado en su misterio. Entre las termitas, los machos sobreviven al vuelo nupcial y luego permanecen en la celda real al lado de su hembra.

Una espía cuchichea con gestos de conspiradora lo que todo el mundo ya sabe: las hormigas rojas de Bel-o-kan han lanzado una cruzada hacia el Este y han acabado durante el camino con varias poblaciones hormiga y una ciudad abeja.

Se cuenta que Chli-pu-ni, su nueva reina, intenta mejorar la Federación con toda suerte de innovaciones, arquitectónicas, agrícolas e industriales.

Las reinas jóvenes siempre se creen más inteligentes que las viejas, emite con ironía la vieja reina de Moxiluxun.

Las termitas muestran su aprobación mediante olores cómplices.

Es entonces cuando suena la alerta.

¡Las hormigas invaden la Ciudad!

Las informaciones que circulan entre las antenas de las soldados termitas son tan sorprendentes que su soberana no puede darles crédito.

Unos cortones —también llamados grillos-topo— han perforado los pisos inferiores. Sus patas anteriores alargadas les han permitido excavar rápidamente galerías subterráneas. Ahora avanzan en línea y, tras ellos, centenares de soldados hormiga lo saquean todo.

¿Hormigas? ¿Que han domesticado cortones?

Lo impensable es cierto. Por primera vez, gracias a ese ejército sub.-terrestre, una ciudad termita es asaltada desde abajo hacia arriba. ¿Quién hubiera podido esperar una ofensiva circunvalando la ciudad para terminar perforando el suelo? Las estrategas moxiluxianas no saben cómo reaccionar.

En las salas más bajas, 103 queda maravillada ante la sofisticación de aquella ciudad termita. Todo ha sido construido con objeto de gozar de la temperatura deseada en el lugar deseado. Pozos artesianos unen a más de cien pasos de profundidad capas de agua que aportan aire fresco. El aire caliente es generado por jardines de hongos dispuestos en los pisos superiores, encima del palacio real. De ahí arrancan varias chimeneas. Algunas se elevan hacia los torreones para evacuar el gas carbónico. Otras, atrayendo el frescor de la bodega, descienden hacia la cámara real y las incubadoras.

¿Y ahora qué hacemos? ¿Atacamos las guarderías?, pregunta una soldado belokaniana.

No, le explica 103. Entre las termitas, es diferente. Más vale empezar invadiendo los jardines de hongos.

Las cruzadas se dispersan por los corredores porosos. En los pisos del subsuelo, las tropas moxiluxianas están ciegas. Sólo ofrecen una débil resistencia al empuje de las hormigas, pero, a medida que suben, los combates son más asoladores. Se conquista cada barrio al precio de pesadas pérdidas por ambos bandos. En la oscuridad total, cada una retiene sus feromonas identificadoras para evitar convertirse en blanco del adversario escondido.

Se necesitarán por lo menos doscientos muertos todavía para llegar a los jardines termitianos.

Para los moxiluxianos no queda otra salida que rendirse. Las termitas, privadas de hongos, son incapaces de asimilar la celulosa y morirán todas de inanición, las adultas, las crías y la reina.

Las hormigas victoriosas, ¿las matarán hasta acabar con todas, como es la costumbre?

No. Estas belokanianas son decididamente sorprendentes. En la celda real, 103 explica a la soberana que las rojas no están en guerra contra las termitas sino contra los Dedos que viven al otro lado del río. No habrían atacado Moxilusun si sus habitantes no les hubieran atacado primero a ellas. Lo único que ahora exige la cohorte mirmeceana es pasar la noche en el termitero y recibir el apoyo de las moxiluxianas.

136. Cogidos.

—¡Ni hablar, no cuente con eso!

Laetitia levantó con enfado la manta que le cubría los ojos. —No pienso levantarme —farfulló— Seguro que se trata de otra falsa alarma.

Méliés la sacudió con más vigor.

—«Ellas» están ahí, casi —gritó él.

La eurasiática consintió en apartar la manta para abrir unos ojos violeta nublados. En todas las pantallas de control, centenares de hormigas avanzaban. Laetitia dio un salto, manejó los zooms hasta que el seudo-profesor Takagumi apareció nítidamente, con el cuerpo agitado por espasmos.

—Están desmenuzándole desde dentro —dijo Méliés en un susurro.

Una hormiga se acercó a la falsa pared y pareció aspirar con el extremo de sus antenas.

—¿Huelo otra vez a sudor? —preguntó inquieto el comisario.

Laetitia le olfateó las axilas.

—No, sólo a lavanda. No tiene nada que temer.

Aparentemente la hormiga compartía esa opinión, porque dio media vuelta para participar en la carnicería con sus compañeras.

El maniquí de plástico vibraba bajo los asaltos internos. Luego el movimiento se aplacó y ellos vieron una columna de pequeñas hormigas salir por la oreja izquierda de su muñeco.

Laetitia Wells tendió su mano a Méliés.

—Bravo. Estaba usted en lo cierto, comisario. Increíble, pero con mis propios ojos he visto a las hormigas que asesinan a los fabricantes de insecticidas. Y, sin embargo, no acabo de creérmelo.

Como policía adepto a las técnicas más modernas, Méliés había dispuesto en la oreja del maniquí una gota de producto radiactivo. Inevitablemente una hormiga tuvo que meter las patas en ella e impregnarse. Ahora esa hormiga les indicaría la pista a seguir. ¡Maniobra lograda!

En las pantallas, las hormigas daban vueltas en torno al maniquí y husmeaban por todas partes como para eliminar cualquier huella del crimen.

—Eso explica los cinco minutos sin moscas. Una vez realizada su fechoría, recogen a sus eventuales heridas y todo lo que podría dar cuenta de su paso. Durante ese tiempo las moscas no se atreven a acercarse.

En las pantallas, las hormigas se reunían en una larga fila india y Llegaban al cuarto de baño. Una vez allí, alcanzaron el sifón del lavabo y se adentraron todas por él.

Méliés estaba maravillado.

—¡Gracias a la red de tuberías de la ciudad, pueden penetrar por todas partes, en todos los pisos, y sin la menor violencia!

Laetitia no compartió su alegría.

—Para mí sigue habiendo demasiadas incógnitas —dijo la joven—. ¿Cómo han podido leer esos insectos el periódico, reconocer unas señas, comprender que les iba la vida en la muerte de los fabricantes de insecticidas? No lo entiendo.

—Hemos subestimado a esos animales, eso es todo... Recuerde que usted misma me acusaba de subestimar al adversario. Ahora se lo digo yo a usted. Su padre era entomólogo y, sin embargo, usted nunca ha sabido captar hasta qué punto habían evolucionado. Probablemente saben leer los periódicos y detectar a sus enemigos. Ahora ya tenemos la prueba.

Laetitia negaba la evidencia.

—¡No pueden saber leer! No nos habrían engañado durante tanto tiempo. ¿Se imagina lo que eso supone? Que lo sabrían todo sobre nosotros y, sin embargo, dejarían que las considerásemos como pequeñas cosas insignificantes que uno aplasta con el tacón.

—Veamos, de todos modos, adonde se dirigen.

El policía sacó de su estuche un contador Geiger, sensible a larga distancia. La aguja estaba parada sobre la radiactividad del producto con que se había imprentado la hormiga. Componían el aparato una antena y una pantalla donde un punto verde parpadeaba en un círculo negro. El punto verde avanzaba muy despacio.

—Lo único que tenemos que hacer es seguir a nuestra traidora —dijo Méliés.

Una vez en la calle, cogieron un taxi. Al chofer le costó comprender que sus clientes quisieran circular a 0,1 kilómetro por hora, velocidad de desplazamiento de la manada asesina. ¡Por regla general, la gente tiene tanta prisa! Tal vez aquellos dos habían cogido su taxi sólo para flirtear. Echó una ojeada a su retrovisor. No, estaban demasiado ocupados discutiendo, con los ojos clavados en un objeto extraño que tenían entre las manos.


137. Enciclopedia.
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