Bernard Werber



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CHOQUE ENTRE CIVILIZACIONES: El papa Urbano II lanzó en 1906 la primera cruzada por la liberación de Jerusalén. En ella participaron peregrinos decididos pero carentes de toda experiencia militar. Al frente de ellos: Gautier Sans Avoir y Pedro el Ermitaño. Los cruzados avanzaron hacia el Este sin saber siquiera qué países atravesaban. Como no les quedaba nada que comer, saquearon todo a su paso y provocaron de este modo muchos más destrozos en Occidente que en Oriente. Hambrientos, se entregaron incluso al canibalismo. Estos «representantes de la verdadera fe» se transformaron rápidamente en una cohorte de vagabundos harapientos, salvajes y peligrosos. El rey de Hungría, aunque también era cristiano, irritado por los daños causados por aquellos desarrapados, decidió acabar con ellos para proteger a sus campesinos de las agresiones. Los escasos supervivientes que consiguieron llegar a la costa turca iban precedidos de tal reputación de bárbaros, semihombres, semibestias, que en Nicea los autóctonos los remataron sin la menor vacilación.

Edmond Wells.

Enciclopedia del saber relativo y absoluto, tomo II.

117. En Bel-O-Kan.

Unos moscardones mensajeros aterrizan en Bel-o-kan. Todos son portadores de las mismas noticias. Las cruzados han vencido a un Dedo gracias al veneno de abeja. Luego han atacado la colmena de Askolein y la han derrotado. Nada resiste a su paso.

Por toda la Ciudad se extiende la alegría.

La reina Chli-pu-ni está encantada. Siempre ha sabido que los Dedos eran vulnerables. Ahora ya está probado. En el colmo de la excitación, emite en dirección al cadáver de su madre.



Podemos matarlos, podemos vencerlos. No son superiores a nosotras.

Algunos pisos por debajo de la Ciudad prohibida, las rebeldes pro-Dedos se reúnen en una sala secreta, más estrecha todavía que su antiguo refugio encima del establo de pulgones.

realmente nuestras legiones han logrado matar a un Dedo, es que no son dioses, dice una no-deísta.

Son nuestros dioses, afirma con fuerza una deísta. Según ella, los cruzados han creído luchar contra un Dedo, pero de hecho se han enfrentado a algún otro animal redondo y rosáceo. Y repite con fervor.

Los Dedos son nuestros dioses.

Sin embargo, y por primera vez, la duda se insinúa en algunas de las rebeldes más deístas. Y cometen el error de hablar directamente sobre ello al profeta mecánico: el famoso «Doctor Livingstone».



118. Cólera divina.

Dios Nicolás estalla.

¿Cómo es que esas hormigas se permiten discutir? ¡Descreídas, impías, blasfemas! ¡Hay que matar a esas paganas!

Sabe que si no se afirma como un dios terrible y vengador su reino no durará mucho.

Se apodera del teclado del ordenador, que traduce sus palabras a feromonas.
Nosotros somos dioses.

Nosotros lo podemos todo.

Nuestro mundo es superior.

Somos invencibles.

Y nadie puede poner en duda nuestro reino.

Ante nosotros, no sois más que larvas inmaduras.

Del mundo nada comprendéis.

Respetadnos y alimentadnos.

Los Dedos lo pueden todo porque los Dedos son dioses.

Los Dedos lo pueden todo porque los Dedos son grandes.

Los Dedos lo pueden todo porque los Dedos son poderosos.

Ésa es la verd...

—¿Qué estás haciendo aquí, Nicolás? Él apaga de prisa la máquina.

—¿No duermes, mamá?

—El ruido de las teclas me ha despertado. Mi sueño se ha vuelto tan ligero que, a veces, ya no sé cuándo duermo, cuándo sueño y cuándo vivo en plena realidad.

—Ahora estás en un sueño, mamá. ¡Vuelve a acostarte!

Y la acompañó dulcemente hasta la cama.

Lucie Wells balbuceó.

—¿Qué hacías con el ordenador, Nicolás?

Pero el sueño se apoderó de ella antes de que terminara de hacer la pregunta. Soñó con su hijo, utilizando la «Piedra Roseta» para comprender mejor el funcionamiento de la civilización hormiga.

Por su parte, Nicolás pensó que se había librado de una buena. En el futuro, debería tener más cuidado.



119. Opiniones divididas.

Una larga columna oscura se extiende entre los matorrales de salvia, de mejorana, de tomillo y de trébol azul. Al frente de la primera cruzada anti-Dedos de la historia mirmeceana, 103 guía la tropa porque es la única que conoce el camino que lleva al confín del mundo y luego al país de los Dedos.



¡Esperadme, esperadme!

Cuando se despertó, 24 preguntó a su alrededor y fueron finalmente las moscas las que indicaron la forma de encontrar la caravana.

Alcanza a 103, que va al frente.

Al menos, ¿no habrás perdido el capullo?

24 se indigna. Tal vez tenga tendencia a mostrarse atolondrada, pero conoce la importancia de su carga. La misión Mercurio está por encima de todo. 103 la tranquiliza y le propone que se quede permanentemente a su lado. De este modo, correrá menos riesgo todavía de perderse. 24 aprueba y le sigue.

Detrás, 9, acompañada por los chirridos de un grupo de grillos-topo, entona un canto guerrero para estimular a las tropas.

¡Muerte a los Dedos, soldados, muerte a los Dedos! Si tú no los matas, ellos te aplastarán. Incendiarán tu hormiguero, Y matarán a las nodrizas.

Los Dedos no son como nosotros. Son totalmente blandos, No tienen ojos Y son viciosos.

Muerte a los Dedos, soldados, muerte a los Dedos. Mañana, ni uno escapará.

Por el momento, los que sufren la cruzada son más bien los pequeños animales de los alrededores. El conjunto de la procesión consume por término medio cuatro kilos de carne de insecto al día.

Para no hablar de los nidos saqueados por las rojas.

La mayoría de las veces, cuando las poblaciones advierten que la cruzada se acerca, prefieren unirse a ella antes que sufrir sus rapiñas. Hasta el punto de que las cruzadas no cesan de multiplicarse.

Cuando salieron de Askolein no eran más que dos mil trescientas. Ahora ya son dos mil seiscientas, reunidas en una masa compuesta dominada por hormigas de todos los tamaños y de todos los colores. Incluso la flota aérea ha sido reconstruida. Ahora se ha fortalecido con treinta y dos rinocerontes voladores, a los que se han unido las trescientas guerreras de la legión abeja, además de una familia de setenta moscas que van y vienen en medio de la indisciplina más total. Así pues, la mirada vuelve a tener ahora cerca de tres mil individuos.

A mediodía, toman un descanso porque el calor se hace insoportable.

Todo el mundo se refugia en las raíces umbrosas de una gran encina para improvisar una siesta. 103 lo aprovecha para efectuar un vuelo de reconocimiento. Pide a una abeja que la transporte sobre su espalda.

Pero la experiencia dura poco. La abeja termina resultando una mala montura porque produce demasiadas vibraciones. En tales condiciones resulta imposible precisar un tiro de ácido. Da igual. La escuadrilla abeja volará sin guías.

En un rincón, 23 celebra un nuevo mitin de propaganda. En esta ocasión ha logrado reunir a muchos más oyentes que durante la precedente reunión.

¡Los Dedos son nuestros dioses!

La audiencia repite a coro el eslogan deísta. Las hormigas se entusiasman emitiendo todas juntas, y al mismo tiempo, una misma feromona.



Pero, entonces, ¿esta cruzada?

No es una cruzada sino un encuentro con nuestros amos.

Algo más lejos, 9 dirige una campaña de un tipo totalmente distinto.

Cuenta a centenares de soldados reunidas a su alrededor relatos horribles sobre aquellos Dedos, capaces de secuestrar toda una ciudad en unos pocos segundos. Todos tiemblan oyéndola.

Más lejos todavía está 103, que no emite. Recibe. Dicho con mayor precisión, reúne todo lo que le han contado las especies extranjeras sobre los Dedos con objeto de completar su feromona zoológica.

Una mosca cuenta que fue perseguida por diez Dedos que intentaban aplastarla.

Una abeja cuenta que estuvo prisionera de un vaso transparente mientras que, desde fuera, unos Dedos la provocaban.

Un abejorro asegura haber chocado con un animal rosáceo y blando. Tal vez era un Dedo.

Un grillo dice haber sido encerrado en una jaula, alimentado con lechuga y luego liberado. Sus carceleros eran a buen seguro Dedos, porque se trataba de unas bolas rosadas que le traían el alimento.

Unas hormigas rojas afirman haber soltado su veneno contra una masa rosácea que huyó inmediatamente.

103 anota con aplicación todos los detalles de estos testimonios en su feromona zoológica sobre los Dedos.

Luego la temperatura se vuelve soportable y las hormigas prosiguen el camino.

La cruzada sigue avanzando.



120. Plan de batalla.

Laetitia tenía prisa por lavar su cuerpo de las impurezas del Metro. Propuso a Méliés que se dedicara a mirar la televisión en el salón mientras ella tomaba un baño.

Él se sentó cómodamente en un canapé y encendió el aparato mientras Laetitia en el agua, se convertía, en pez.

Se relajó conteniendo la respiración. Se dijo, qué si tenía buenos motivos para detestar a Méliés, también los tenía para estarle agradecida por haber intervenido en el momento adecuado. Borrón y cuenta nueva.

En el salón, Méliés seguía su programa favorito con una sonrisa de niño feliz ante su juguete preferido.

—Bueno, señora Ramírez, ¿ha dado con la solución?

—Verá... Si fuera formar cuatro triángulos con seis cerillas, estaría claro, pero hacer seis triángulos con seis cerillas, no lo veo del todo.

—Considérese afortunada. «Trampa para pensar» también habría podido pedirle construir una torre Eiffel con setenta y ocho mil cerillas... —Risas y aplausos—,... pero nuestro programa le pide simplemente que construya seis pequeños triángulos con seis pequeñas cerillas.

—Usaré un comodín.

—Muy bien. Le daremos, como ayuda, una frase: «Es como una gota de tinta que cae en un vaso de agua.»

Reapareció Laetitia, con su albornoz habitual y una toalla alrededor de la cabeza. Méliés apagó el televisor.

—Tengo que darle las gracias por su intervención. Ya ve, Méliés, tenía usted razón. El hombre es nuestro depredador más grande. Mi miedo es de los más lógicos.

—No exageremos. Sólo se trataba de unos gamberros de poca monta.

—Para mí, que fueran simples vagos o asesinos, las cosas no habrían cambiado. Los hombres son peores que los lobos. No saben dominar sus pulsiones primitivas.

Jacques Méliés no contestó y se levantó para contemplar el terrario de hormigas que la joven había instalado ahora, bien a la vista, en el centro mismo del salón.

Puso un Dedo contra el cristal, pero las hormigas no le prestaron ninguna atención. Para ellas, no era más que una sombra.

—¿Han recuperado su vitalidad? —preguntó el comisario.

—Sí. Su «intervención» ha diezmado las nueve décimas partes, pero la reina ha logrado sobrevivir. Las obreras la rodearon para amortiguar los golpes y protegerla.

—Realmente tienen comportamientos extraños. No humanos, no, sino... extraños.

—En cualquier caso, si no se hubiera producido un nuevo asesinato de un químico, todavía estaría yo pudriéndome en sus cárceles y ellas habrían muerto.

—No, a usted la habrían puesto en libertad de cualquier modo. El análisis médico del forense ha demostrado que las heridas de los hermanos Salta y las de los otros no podían haber sido provocadas por sus hormigas. Las mandíbulas son demasiado cortas. Una vez más debo decirle que he actuado demasiado de prisa y de forma estúpida.

Su pelo ya estaba seco. Fue a ponerse un vestido de seda blanco, con incrustaciones de jade.

Volviendo con una jarra de hidromiel, dijo.

—Ahora que el juez de instrucción ha ordenado mi libertad, resulta fácil decir que ya se había dado cuenta de que yo era inocente.

Él protestó:

—De todos modos, yo disponía de algunas presunciones serias. No puede negar usted los hechos. Fueron hormigas las que me atacaron realmente en mi propia cama. Fueron hormigas las que mataron realmente a mi gata Marie-Charlotte. Yo mismo las vi, con mis propios ojos. No han sido «sus» hormigas las que asesinaron a los hermanos Salta, a Caroline Nogard, a Maximilien MacHarious, a los Odergin y a Miguel Cygneriaz, pero de todos modos eran «unas» hormigas. Se lo repito, Laetitia, siempre he tenido necesidad de su ayuda. Compartamos nuestras ideas. —Se volvió insistente—. A usted le apasiona este enigma tanto como a mí. Trabajemos juntos, al margen de toda la maquinaria judicial. Ignoro quién es el flautista de Hamelín, pero es un genio. Hemos de enfrentarnos a él. Yo solo no lo conseguiría nunca pero con usted y con su conocimiento de las hormigas y de los hombres...

Ella encendió un largo cigarrillo en el extremo de su boquilla. Reflexionaba. Él seguía con su defensa.

—Laetitia, no soy ningún héroe de novela policíaca, soy un tipo normal. A veces me equivoco, echo a perder una investigación y encarcelo a inocentes. Sé que todo esto ha sido un grave error. Lo lamento y quiero enmendarme.

Ella le lanzó una voluta de humo a la cara. Estaba tan apesadumbrado por su error que a ella empezaba a parecerle enternecedor.

—Muy bien. Acepto trabajar con usted. Pero con una condición.

—La que usted quiera.

—Cuando hayamos encontrado a los culpables, usted me concederá la exclusiva de la divulgación de la investigación.

—De acuerdo.

Le tendió la mano.

Ella vaciló antes de estrechársela.

—Siempre perdono demasiado de prisa. Probablemente estoy cometiendo la mayor tontería de mi vida.

Se pusieron a trabajar inmediatamente. Jacques Méliés le presentó todas las piezas del informe: fotos de los cadáveres, informes de autopsia, fichero con el resumen del pasado de cada una de las víctimas, radiografías de las heridas internas, observaciones sobre las cohortes de moscas.

Laetitia no le ofreció ninguna de sus propias conclusiones, pero reconoció de buen grado que todo parecía converger hacia el concepto «hormiga». Las hormigas eran el arma y las hormigas eran el móvil. Quedaba por descubrir sin embargo lo esencial: quién las manipulaba y de qué forma.

Examinaron una lista de los movimientos ecologistas terroristas y los fanáticos amigos de los animales, deseosos de sacar a todos los animales de los zoológicos, y a todos los pájaros o insectos de las jaulas. Laetitia movió la cabeza.

—¿Sabe, Méliés? Aunque todo parece acusarlas, no creo que las hormigas sean capaces de matar a unos fabricantes de insecticidas.

—¿Porqué?

—Son demasiado inteligentes para hacer eso. Practicar la ley del talión es una idea humana. La venganza es un concepto humano. Estamos prestando nuestros propios sentimientos a las hormigas. ¿Por qué atacar a los hombres cuando a las hormigas les basta con esperar a que ellos se destruyan solos entre sí?

Jacques Méliés meditó un instante el razonamiento.

—Sean hormigas, un flautista o un humano que trata de hacerse pasar por hormiga, tenemos que encontrar al culpable o a los culpables. Aunque sólo sea para declarar inocentes a nuestras amigas.

—De acuerdo.

Contemplaron todas las piezas del rompecabezas, esparcidas por la gran mesa del salón. Ambos estaban convencidos de disponer de suficientes elementos para descubrir la lógica que los relacionaba entre sí.

Laetitia dio un brinco de repente.

—No perdamos el tiempo. De hecho, todo lo que queremos es descubrir al asesino. Y para conseguirlo, se me ha ocurrido una idea. Una idea muy simple. ¡Escuche!



121. Enciclopedia.

CHOQUE ENTRE CIVILIZACIONES: Godofredo de Bouillon se puso al frente de la segunda cruzada para liberar Jerusalén y el Santo Sepulcro. En esa ocasión, cuatro mil quinientos aguerridos caballeros escoltaban al centenar de miles de peregrinos. En su mayoría eran jóvenes hijos menores de la nobleza, privados de todo feudo en razón del derecho de primogenitura. So capa de religión, aquellos nobles desheredados esperaban conquistar castillos extranjeros y poseer finalmente tierras. Fue lo que hicieron. Cada vez que se apoderaban de un castillo, los caballeros se instalaban en él, abandonando la cruzada. A menudo, pelearon entre sí por la posesión de las tierras de una ciudad vencida. El príncipe Bohemundo de Tarento, por ejemplo, decidió apoderarse de Antioquia para su uso personal. Los cruzados tuvieron que luchar con algunos de los suyos para convencerles de que siguieran en la cruzada. Paradoja: para lograr mejor sus fines, hubo nobles occidentales que firmaron alianzas con los emires orientales para vencer a sus camaradas de lucha. Éstos no vacilaron, por lo demás, en asociarse a su vez con otros emires para enfrentarse a ellos. Llegó un momento en que ya nadie supo quién luchaba con quién ni contra qué ni por qué. Muchos incluso habían olvidado la meta original de la cruzada.

Edmond Wells.

Enciclopedia del saber relativo y absoluto, tomo II.

122. En las montañas.

A lo lejos se perfilan las sombras oscuras de las colinas, y más allá unas montañas. Las hormigas grises autóctonas han bautizado con el nombre de «Monte Turbera» el primer pico, debido a la turba seca que se riza en él. No resulta demasiado difícil pasarlo.

Las cruzadas han descubierto un puerto estrecho pero profundo para atravesarlo. Las altas paredes de piedra blanca, gris y beige, se suceden, mostrando los estratos de su historia. En la roca sin edad están impresas huellas de fósiles en forma de espiral o de cuerno.

Después de las gargantas, cañones. Cada fisura se convierte, para las soldados mirmeceanas, en un barranco mortal en el que no conviene resbalar.

El frío las afecta mucho en el desfiladero y el convoy se apresura a salir. A las hormigas que se quejan del frío las abejas caritativas les ofrecen un poco de miel para recuperar el vigor.

103 está inquieta. No recuerda haber escalado nunca aquel conjunto de montañas. ¡Bah!, tal vez se hayan desviado hacia el Norte, y bastará con dirigirse hacia Levante para llegar al confín del mundo. Sí, lo único que tienen que hacer es seguir todo recto.

La roca desolada no les ofrece más que unos líquenes amarillos como ensaladas. Hay, sobre todo, fauna higrométrica, así designada porque sus cápsulas se contorsionan cuando el aire se vuelve húmedo.

Finalmente llegan a un valle de bergamotos. Cuando la función crea el órgano, a fuerza de caminar al aire libre, las cruzadas mejoran sus facultades visuales. Soportan cada vez mejor la luz, no buscan ya las zonas de sombra y pueden distinguir paisajes que, sin embargo, se encuentran a más de treinta pasos de sus facetas oculares.

Lo cual no impide que las exploradoras caigan en una trampa de cicindelas. Estos pequeños coleópteros excavan mazmorras en el suelo, rematadas por una trampa. Cuando perciben una vibración, surgen y cazan a las que se pasean por su reino.

La caravana topa luego con una barrera de ortigas. Para las hormigas es como si ante ellas se alzase súbitamente una pared de púas gigantes en la que se enredan inmediatamente sus patas.

Lo atraviesan sin demasiados daños. El verdadero obstáculo está más adelante: una grieta y, justo detrás, una cascada. No saben cómo franquear al mismo tiempo un abismo y una muralla líquida. Unas abejas intentan la experiencia y caen en la cascada.



El agua atrae hacia abajo todo lo que vuela, dicen las moscas.

Y mucho más esa cortina de agua furiosa y helada.

Con su capullo de mariposa entre los brazos, 24 avanza. Tal vez pueda proponer una solución. Cierto día se perdió en los bosques del Oeste —¡qué cantidad de cosas interesantes descubre una cuando se ha perdido y busca el camino!—, y vio a una termita cruzar un arroyuelo que goteaba de una roca mediante un trozo de madera. La termita introdujo de frente el palo en la cascada, y luego lo vació por dentro.

Las termitas empiezan a buscar inmediatamente una rama espesa o algo parecido. Descubren un junco grueso. Formará un perfecto túnel móvil. Levantan el junco con el extremo de las patas y lo deslizan despacio hasta que perfora la pared de la cascada. Evidentemente, varias obreras se ahogan en la maniobra, pero la planta acuática avanza de forma inexorable y apenas encuentra resistencia.

Los grillos-topo se afanan entonces para excavar el interior hasta obtener un cilindro impermeable que permitirá a las cruzadas franquear tanto el barranco como la barrera hidráulica.

La prueba resulta difícil para los rinocerontes cuyos élitros se atrancan algo, pero a fuerza de empujarlos todos pasan.





  1. Hasta el próximo jueves.

Recorte del Eco del domingo.



Título: UN INVITADO DE EXCEPCIÓN.

«El profesor Takagumi, de la Universidad de Yokohama, presentará el próximo jueves su nuevo insecticida en la sala de conferencias del "Hotel Beau Rivage". El sabio japonés declara haber descubierto la forma de detener las invasiones de hormigas mediante una nueva sustancia tóxica sintética. El profesor Takagumi comentará en persona sus trabajos. En espera de la fecha de su exposición, se hospeda en el "Hotel Beau Rivage" y mantiene conversaciones con sus colegas franceses.»



124. La gruta.

Después del túnel, una caverna. Pero las cruzadas no han terminado en un callejón sin salida. La gruta se prolonga por una larga galería de roca donde el aire fresco circula con normalidad.

Y la cruzada avanza, sigue avanzando.

Las hormigas contornean gruesos trozos de caliza, estalagmitas. Las que caminan por el techo saltan sobre estalactitas. A veces, estalagmitas y estalactitas se unen y se fusionan en largas columnas. ¡Difícil distinguir lo alto de lo bajo!

En la caverna pulula toda una fauna específica. Hay en ella verdaderos fósiles vivientes. En su mayoría son ciegos y carecen de pigmentación. Unas cochinillas blancas escapan apresuradamente, los miriápodos se arrastran, los colémbolos saltan nerviosos. Unas quisquillas translúcidas, de antenas más largas que su cuerpo, nadan en los charcos.

En una cavidad, 103 detecta un grupo de chinches cavernícolas hediondas entregadas a sus orgías habituales con su sexo como perforador. La belokaniana mata a varias.

Una hormiga acaba de probar una chinche quemada por el ácido de 103. Dice que esa carne está mejor caliente y calcinada que fría y cruda.

Mira, piensa para sus adentros, podríamos freír la carne en baños de ácido.

Así es como se hacen con frecuencia los hallazgos gastronómicos. Por casualidad.



125. Enciclopedia.

OMNÍVOROS: Los amos de la Tierra no pueden ser sino omnívoros. Poder ingurgitar todas las variedades de alimento es una condición sine qua non para extender su especie en el espacio y en el tiempo. Para reafirmarse como amo del planeta, uno debe ser capaz de tragar todas las formas de alimento que éste produce.

Un animal que depende de una única fuente de alimento ve cuestionada su existencia si esa fuente desaparece. ¿Cuántas especies de pájaros han desaparecido simplemente porque se alimentaban de una sola clase de insectos, y porque esos insectos habían emigrado sin que ellos pudieran seguirles? Los marsupiales que sólo se alimentan de hojas de eucalipto son, asimismo, incapaces de viajar o de sobrevivir en zonas taladas. El hombre, como la hormiga, la cucaracha, el cerdo o la rata, lo ha comprendido. Estas cinco especies prueban, comen y digieren prácticamente todos los alimentos, incluso todos los restos de alimentos. Estas cinco especies pueden, pues, codiciar el título de animal dueño del mundo. Otro punto en común: estas cinco especies modifican permanentemente su bolo alimentario para adaptarse cada vez mejor a su medio ambiente. Todas están obligadas, por tanto, a entregarse a pruebas antes de ingurgitar alimentos nuevos, a fin de evitar las epidemias y los envenenamientos.



Edmond Wells.

Enciclopedia del saber relativo y absoluto, tomo II.

126. El cebo.

Cuando en El Eco del domingo apareció el suelto, Laetitia Wells y Jacques Méliés ya habían reservado una habitación en el «Hotel Beau Rivage» a nombre del profesor Takagumi. Algunas propinas acertadamente distribuidas les permitieron erigir una falsa pared e instalar allí un equipo de control muy sofisticado.

Alrededor de la habitación dispusieron cámaras de vídeo que se ponían en funcionamiento gracias a una alarma sensible al menor movimiento de aire. Por último, depositaron en la cama un maniquí de aspecto nipón.

Luego se pusieron al acecho.

—¡Apuesto a que serán las hormigas las que vengan! —soltó el comisario Méliés.

—Apostado. Yo le apuesto a que será un ser humano.

No les quedaba sino ver qué pez llegaba a morder el anzuelo.

127. Vuelo de reconocimiento.

Lejos, hacia delante, luce una claridad ínfima.

El aire se vuelve más caliente. Las cruzadas aceleran el paso. En una larga procesión, dejan el frescor umbroso de la gruta por una cornisa soleada.

Unas libélulas revolotean en la luz. Quien dice libélulas dice río. La cruzada no está lejos de su meta, seguro.

103 elige el más hermoso rinoceronte, uno al que llaman «Gran Cuerno» por ser el que tiene un apéndice nasal más largo. Se aferra con las garras a su quitina y le ruega que despegue para un vuelo de reconocimiento. Doce jinetes artilleras la siguen para asegurar la guardia en caso de un mal encuentro con algún pájaro.

Juntas cabalgan el viento y descienden en picado hacia el río, iluminado por lentejuelas de luz.

Resbalón entre las capas de aire.

Con una sincronía perfecta, los doce insectos voladores plantan el extremo de sus alas en un eje imaginario y giran a la izquierda.

La maniobra es tan rápida que 103 queda aplastada contra su montura por efecto de la fuerza centrífuga.

La pureza del aire la embriaga.

En aquellos cielos azules todo parece tan claro, tan límpido... Termina ese asalto de fragancias múltiples que obliga a los insectos a una vigilancia constante. Ya sólo queda el efluvio transparente de un aire transparente.

Los doce escarabajos aminoran su batir de alas. Planean en medio del silencio.

Abajo hay un desfile de formas y colores.

La escuadrilla desciende a ras de suelo. Los espléndidos navíos de guerra se deslizan entre los sauces llorones y los alisos.

103 está cómoda sobre «Gran Cuerno». A fuerza de tratar a los escarabajos rinoceronte, ha aprendido a conocerlos. Su montura no sólo posee el cuerno más alto y más puntiagudo de toda la escuadrilla, sino también las patas más musculosas y las alas más largas. «Gran Cuerno» presenta otra ventaja: es el único que se ha preguntado cómo volar para permitir a las artilleras precisar mejor sus tiros. También sabe dar media vuelta a tiempo cuando le persigue un depredador volante.

Mediante unas fragancias simples, 103 le pregunta si los escarabeidos están a gusto en el viaje. «Gran Cuerno» responde que el paso por la gruta ha sido penoso. Es duro estar encerrado en un corredor sombrío. Los grandes coleópteros necesitan espacio. Dejando eso a un lado, por casualidad ha percibido, lo mismo que otros compañeros, conversaciones evocando a «dioses». Dioses, ¿es otro apelativo de los Dedos?

103 se muestra evasiva. No conviene que la «enfermedad de los estados de ánimo» gane a las especies mercenarias. En caso contrario, la polémica aumentaría y la cruzada debería concluir antes incluso de haber alcanzado el confín del mundo.

«Gran Cuerno» señala una zona de turba. Y es en la turba donde les gusta arrellanarse a los escarabeidos del Sur. Algunos son realmente sorprendentes. Todos los coleópteros tienen su especificidad, ninguna especie es similar. Los meridionales también podrían ser útiles a la cruzada. ¿Por qué no reclutarlos? 103 se muestra conforme. Toda ayuda se agradece.

Vuelan.

Perfumes de cicuta, de miosotis de los pantanos y de reina de los prados aroman el entorno del río. Abajo, una alfombra de nenúfares blancos, rosados y amarillos desfila como un chorro de confetis multicolores mal distribuidos.



La escuadrilla da vueltas encima del río. A medio camino entre las dos orillas hay una pequeña isla con un gran árbol en el centro.

Las jinetes se deslizaban sobre el cabrilleo del río. Las patas de los rinocerontes estrían las leves olas.

Pero 103 sigue sin encontrar Satei, el famoso puerto que es de hecho un paso subterráneo que permite cruzar el río por debajo. Las cruzadas han debido apartarse del camino previsto, y mucho. Tendrán que caminar mucho tiempo.

Las exploradoras volantes vuelven y anuncian que todo va bien, que hay que seguir adelante.

Como un chorro de melaza, el ejército baja el acantilado, las hormigas con la ayuda de los puvilis-tapón pegajosos de sus matas, los rinocerontes revoloteando, las abejas en picado y las moscas en medio de un gran alboroto.

Abajo se extiende una playa de arena fina y beige, con dunas claras donde crecen algunas hierbas dispersas, pero sobre todo carrizos (pequeñas gramíneas) y esporas de las arenas (esporas de hongos). ¡Buen género para hormigas!

103 dice que para llegar al puerto de Satei hay que seguir la orilla hacia el Sur. La caravana se pone en movimiento.

Junto con los otros rinocerontes, «Gran Cuerno» se aleja del grueso de las tropas. Afirman que tienen una misión que cumplir, más tarde se reunirán con los demás.

A medida que avanzan, las exploradoras descubren grumos blancos que despiden un buen olor a caracoles. Hay carrizos suficientes y aquellos huevos tienen buen aspecto. 9 las pone en guardia. Antes de comer nada, hay que comprobar que el alimento no sea tóxico. Algunas la escuchan, otras se atiborran.

¡Qué error! No eran huevos sino saliva de escarabajo. Y algo peor todavía, saliva de escarabajo infectada de duelas.



128. Enciclopedia.
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