Bernard Werber



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SUEÑO: En el fondo más intrincado de un bosque de Malasia vivía una tribu primitiva, los seneses. Éstos organizaban toda su vida alrededor de los sueños. Les llamaban «el pueblo del sueño».

Todas las mañanas, durante el desayuno, en torno al fuego, no hablaban de otra cosa que de sus sueños de la noche. Si un senés había soñado que hacía daño a alguien, tenía que ofrecer un regalo a la persona lesionada. Si había soñado con que un miembro de la concurrencia le había golpeado, el agresor debía excusarse y darle un presente para lograr el perdón.

Entre los seneses, el mundo onírico era más abundante de enseñanzas que la vida real. Si un niño contaba haber visto un tigre y haber huido, se le obligaba a soñar de nuevo con el felino la noche siguiente, luchar con él y matarle. Los ancianos le explicaban cómo tenía que hacerlo. Si el niño no conseguía acabar con el tigre, toda la tribu le reñía.

En el sistema de valores senés, si se soñaban relaciones sexuales había que llegar al orgasmo y dar las gracias luego, en la realidad al amante o a la amante deseado, mediante un regalo. Frente a los adversarios hostiles de las pesadillas, había que vencer y luego reclamar un regalo al enemigo a fin de que ambos se hicieran amigos. El sueño más deseado era el del vuelo. Toda la comunidad felicitaba al autor de un sueño de vuelo planeado. Para un niño, anunciar un primer vuelo era un bautismo. Le llenaban de regalos y luego le explicaban cómo volar en sueños hasta países desconocidos y traer ofrendas exóticas.

Los seneses sedujeron a los etnólogos occidentales. Su sociedad ignoraba la violencia y las enfermedades mentales. Era una sociedad sin estrés y sin ambiciones de conquistas guerreras. El trabajo se reducía al mínimo necesario para la supervivencia.

Los seneses desaparecieron en los años 1970, cuando el bosque en que vivían fue entregado a la roturación. Sin embargo, todos nosotros podemos empezar a aplicar su saber.

Ante todo, consignar todas las mañanas el sueño de la víspera, darle un título, precisar la fecha. Luego hablar de él con quienes nos rodean, en el desayuno por ejemplo, al modo de los seneses. Ir más lejos aún, aplicándole las reglas de base de la onironáutica. Decidir así, antes de dormir, la elección del sueño: mover montañas, modificar el color del cielo, visitar lugares exóticos, encontrar a los animales preferidos.

En los sueños, todo el mundo es omnipotente. La primera prueba de onironáutica consiste en volar. Extender los brazos, planear, caer en picado, subir en barrena: todo es posible.

La onironáutica exige un aprendizaje progresivo. Las horas de «vuelo» aportan seguridad y capacidad de expresión. A los niños les basta cinco semanas para poder dirigir sus sueños. En los adultos se precisan a veces varios meses.

Edmond Wells.

Enciclopedia del saber relativo y absoluto, tomo II.

Jasón Bragel se unió a Jonathan junto al atril. Vio que estaba interesado por los sueños y le confió que también él había soñado con hormigas. Éstas habían llegado a matar a todos los hombres y los únicos supervivientes de la Humanidad eran los «wellsianos».

Hablaron de la misión Mercurio, de las hormigas rebeldes, de los problemas causados por la nueva reina Chli-pu-ni.

Jasón Bragel preguntó por qué Nicolás seguía sin participar en su ceremonia de comunión. Jonathan Wells respondió que su hijo no había expresado semejante deseo y que era preciso que tal paso saliera de él. No se le podía aconsejar ni imponer un comportamiento de ese género.

—Pero... —articuló Jasón.

—Nuestro saber no es contagioso, no somos una secta: no tenemos que convertir a nadie. Nicolás será iniciado el día que lo desee. La iniciación es una forma de muerte. Una metamorfosis dolorosa. Debe salir de él y nadie tiene que influirle. Y yo menos que nadie.

Los dos hombres se habían comprendido. Con gestos lentos volvieron a la cama. Y soñaron que volaban en formas geométricas. Atravesaban cifras en relieve suspendidas en el cielo. Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco. Seis. Siete.

107. Algo zumba en los panales.

Ocho vertical.

Ocho al revés.

Ocho en espiral. Ocho. Doble ocho. Ocho horizontal. Cambio de ángulo en relación al sol. Tres vueltas.

Esta vez se trata de la alerta fase 3 en directo. Según el repetidor comunicativo aéreo, el cuerpo atacante está formado por hormigas voladoras. La reina reflexiona: sólo los príncipes y las princesas vuelan y con un objetivo muy preciso: copular en el cielo.

Sin embargo, las abejas-repetidor de comunicación lo confirman. Se trata de hormigas en suspensión en el aire que se dirigen hacia Askolein. Vuelan a una altura de mil cabezas y a una velocidad de doscientas cabezas por segundo.

Ocho vertical.



Pregunta: ¿Número de individuos?

Respuesta: Imposible de determinar por ahora.

Pregunta: ¿Se trata de hormigas rojas de Bel-o-kan?

Respuesta: Sí. Y ya han destruido a cinco de nuestras abejas-repetidor de comunicación.
Una veintena de obreras rodean a Zaha-haer-scha. La reina comunica a su corte que no hay motivo para el pánico. Se siente protegida en aquel templo consagrado a la cera y a la miel. Una colonia de abejas puede contener hasta ochenta mil individuos. La suya sólo tiene seis mil pero su política de agresión de los nidos vecinos (comportamiento rarísimo en las abejas) la ha hecho célebre y temida en toda la región.

Zaha-haer-scha se hace preguntas. ¿Por qué les ha avisado aquella hormiga? Hablaba de una cruzada contra los Dedos... Su propia madre le había hablado un día de los Dedos.



Los Dedos son otra cosa, una dimensión espacio-tiempo distinta. No hay que mezclar a los Dedos con los insectos. Si ves Dedos, ignóralos y ellos te ignorarán.

Zaha-haer-scha ha aplicado ese principio al pie de la letra. Ha enseñado a sus hijas a no ocuparse nunca de los Dedos, ni para atacarlos ni para ayudarlos. Había que hacer como si no existieran.

Pide a su corte un instante de respiro y lo aprovecha para tragar un poco de miel. La miel es el alimento vida. De la miel, el organismo lo asimila todo, porque es una sustancia purísima.

Zaha-haer-scha piensa que tal vez la guerra sea inevitable. Aquellas belokanianas desean simplemente parlamentar para que las abejas permitan el paso de su cruzada sin daños. Además, aunque las hormigas se hallen en el aire, eso no significa que controlen todas las técnicas del combate aéreo. Cierto que no han tenido problemas para abatir a las abejas-repetidor de comunicación, pero ¿qué podrían hacer contra una escuadrilla militar askoleína?

No, no bajarán el aguijón a la primera escaramuza contra las hormigas. Las abejas les harán frente y vencerán.

La reina convoca inmediatamente a sus excitadoras militares, abejas muy nerviosas que saben transmitir su nerviosismo. Zaha-haer-scha ordena zafarrancho de combate.



¡No hay que enfrentarse a las belokanianas en la colmena, interceptadlas en vuelo!

Nada más emitirse el mensaje, las guerreras se agrupan. Despegan en escuadra cerrada, formación en V, plan de ataque número 4, similar a los combates de defensa anti-avispas.

Todas las alas vibran a 300 hertzios en la Ciudad de oro, produciendo una especie de zumbido de motor febril. Bzzz bzzzzzzzzzz bzzz. Los aguijones están dentro, sólo saldrán en el momento en que tengan que matar.

108. Salto.

El prefecto Charles Dupeyron daba vueltas por la habitación. Había convocado al comisario Jacques Méliés y realmente no estaba de buen humor.

—A veces se confía en alguien, y luego queda uno decepcionado.

Jacques Méliés se contuvo para no decir que eso ocurría con mucha frecuencia en política.

El prefecto Charles Dupeyron se acercó con aire reprobatorio.

—Yo creí en usted. Pero ¿por qué se ha ensañado de manera tan ridícula con la hija del profesor Wells? ¡Y encima es periodista!

—Era la única persona que sabía que por fin había encontrado una pista. Criaba hormigas en su piso. Y precisamente esa noche las hormigas invadieron mi dormitorio.

—Y entonces, ¿qué debería decir yo? Sabe de sobra que a mí me han atacado las hormigas a millares en pleno bosque.

—A propósito, ¿qué tal se encuentra su hijo, señor prefecto?

—Se ha repuesto del todo. ¡Ah, no me hable de eso! El doctor ha diagnosticado picadura de abeja. Estábamos totalmente cubiertos de hormigas y la única explicación que ha encontrado es una picadura de abeja. Y fíjese, lo más increíble es que le ha puesto un suero anti-abejas y Georges se ha repuesto inmediatamente. —El prefecto movió la cabeza—. Realmente tengo buenas razones para odiar a las hormigas. Le he pedido al consejo regional que estudie un plan de saneamiento. Un buen rociado de DDT sobre el bosque de Fontainebleau, y podremos comer en él, durante años, sobre los cadáveres de esa plaga.

Se sentó detrás de su gran mesa estilo Regencia y continuó, igual de descontento.

—Ya he ordenado que pongan en libertad inmediatamente a esa Laetitia Wells. Él asesinato del profesor Cygneriaz ha convertido en inocente a su sospechosa y ridiculizado a toda nuestra Policía. No teníamos ninguna necesidad de esa bobada.

Como Méliés se disponía a protestar, el prefecto continuó cada vez más furioso.

—He pedido que se paguen a la señorita Wells los daños e intereses por perjuicio moral. Cosa que, evidentemente, no le impedirá decir en su periódico todo lo que piense de nuestros servicios, que siempre será malo. Si queremos mantener alta la cabeza, hay que encontrar cuanto antes al verdadero asesino de todos esos químicos. Una de las víctimas ha escrito con su sangre la palabra «hormigas». En el listín de París, sólo catorce personas llevan ese patrónimo. Soy partidario del «primer grado». Cuando un agonizante traza con sus últimas fuerzas la palabra «hormigas», creo a pies juntillas que se trata del nombre de su asesino. Busque en esa dirección.

Jacques Méliés se mordió los labios.

—En efecto, es tan sencillo que ni siquiera se me había ocurrido, señor prefecto.

—Entonces, póngase a trabajar, comisario. ¡No quiero responder por sus errores!

109. Enciclopedia.

ENJAMBRAZÓN: Entre las abejas, la enjambrazón obedece a un rito insólito. Una ciudad, un pueblo, un reino entero, en la cúspide de su prosperidad, decide súbitamente poner todo en cuestión. Tras haber llevado a sus súbditos al éxito, la vieja reina se marcha, abandonando sus tesoros más preciosos: almacenes de alimentos, barrios espléndidos, palacios suntuosos, reservas de cera, de propóleos, de polen, de miel, de jalea real. ¿Y a quién se lo deja? A unas recién nacidas feroces.

Acompañada por sus obreras, la soberana abandona la colmena para instalarse en otro lugar incierto adonde probablemente nunca llegará. Pocos minutos después de su salida, las crías de abeja despiertan y descubren su ciudad desierta. Todas y cada una saben por instinto lo que tienen que hacer. Las obreras asexuadas corren para ayudar a las princesas sexuadas a nacer. Las bellas durmientes del bosque acurrucadas en sus cápsulas sagradas experimentan su primer batir de alas.

Pero la primera en condiciones de caminar exhibe desde el principio un comportamiento asesino. Carga contra las otras princesas abejas y las destruye con sus pequeñas mandíbulas.

Impide a las obreras que las liberen. Traspasa a sus hermanas con su aguijón venenoso.

Cuanto más mata, más se aplaca. Si una obrera quiere proteger una cuna real, la princesa que primero se despierta lanza entonces un «grito de rabia abeja», muy diferente del zumbido que por regla general se percibe en los alrededores de una colmena. Sus súbditas agachan entonces la cabeza en señal de resignación y le permiten proseguir con sus crímenes.

A veces una princesa se defiende y entonces tienen lugar los combates entre princesas. Pero, hecho extraño, cuando no quedan más que dos princesas abejas que se baten en duelo, nunca se encuentran en posición de atravesarse mutuamente con su aguijón. A cualquier precio, una de las dos tiene que sobrevivir. Pese a su rabia por gobernar, nunca asumirán el riesgo de morir al mismo tiempo y dejar huérfana a la colmena.

La última y única princesa superviviente sale entonces de la colmena para ser fecundada en vuelo por los machos. Un círculo o dos alrededor de la Ciudad y vuelve para empezar a poner.

Edmond Wells.

Enciclopedia del saber relativo y absoluto, tomo II.

110. Emboscada.

La escuadrilla abeja cruza los aires con prestancia. Una askoleína emite para que la oiga una de sus vecinas.



Mira esas ocho en el horizonte. Nuestras mensajeras bailarinas dicen claramente que el ejército belokaniano vuela.

La otra intenta tranquilizarse.



Sólo vuelan las hormigas sexuadas. ¿Podría tratarse de un vuelo nupcial en grupo? ¿Qué daño podría hacemos eso?

La abeja es consciente de su propia fuerza y de la de su tropa. Siente en el extremo de su abdomen su aguijón puntiagudo, dispuesto a penetrar los caparazones de las rojas temerarias. Sienten en sus intestinos las reservas de miel azucarada que la drogan y las reservas de veneno que la roen. Tiene el sol a sus espaldas, cegando a sus futuras adversarias hormigas.

Durante un momento siente piedad por aquellos aventureros insectos que van a pagar cara su audacia. Pero hay que vengar a las mensajeras bailarinas. Y es preciso que aquellas mirmeceanas sepan que todo lo que está por encima del suelo está bajo control.

A lo lejos se perfila una nube densa, género estratocúmulo adolescente. Una abeja excitada lanza una sugerencia.

Podemos escondernos en esa pequeña nube y saltar sobre ellas cuando se acerquen.

Sin embargo, cuando sólo están a un centenar de batir las alas de ese refugio en suspensión, se produce lo inimaginable. Las abejas no dan crédito a sus antenas. Tampoco a sus ojos. Bajo el efecto de la sorpresa, su batir de alas desciende de 300 golpes por segundo a 50.

Frenan antes de alcanzar la nube gris.

—GRIS.—


Cuarto arcano.

EL TIEMPO

DE LAS CONFRONTACIONES.

111. Señor hormiga.

La primera vez que sonó el timbre, un hombre regordete abrió la puerta.

—¿El señor Olivier Hormiga?

—El mismo, ¿qué desea?

Méliés blandió su carnet cruzado por la bandera tricolor.

—Policía. Comisario Méliés. ¿Puedo pasar para hacerle unas preguntas?

El hombre, de profesión maestro, era el último «Hormiga» inscrito en el listín telefónico.

Méliés le presentó las fotos de las víctimas y le preguntó si las reconocía.

—No —dijo el hombre sorprendido.

El comisario le preguntó dónde se hallaba a la hora de los crímenes. El señor Olivier Hormiga no carecía ni de testigos ni de coartadas. Estaba, o en la escuela, o rodeado de su familia. Nada más fácil de probar.

Además apareció la señora Héléne Hormiga, envuelta en una bata con mariposas impresas. Entonces al comisario se le ocurrió una idea.

—¿Utiliza usted insecticidas, señor Hormiga?

—Desde luego que no. De niño, siempre había imbéciles que me trataban de «sucia hormiga». Por fuerza tuve que sentirme solidario con esos insectos que se aplastan con el tacón sin reflexionar. En esta casa hay tantos insecticidas como cuerdas en casa de un señor Ahorcado, a ver si me entiende.

Ophélie Hormiga apareció entonces y se acurrucó contra su padre. La niñita llevaba las típicas gruesas gafas de la primera de la clase.

—Es mi hija —dijo el maestro—. Ella ha reaccionado instalando un hormiguero en su cuarto. Enséñaselo al señor, querida.

Ophélie guió a Méliés hacia un gran acuario, semejante al de Laetitia Wells. Estaba lleno de insectos y lo remataba un cono de ramitas.

—Yo creía que estaba prohibida la venta de hormigueros —dijo el comisario.

La niña protestó.

—Pero si no lo he comprado. He ido a buscarlo al bosque. Basta con excavar a suficiente profundidad para que no se escape la reina.

El señor Olivier Hormiga estaba muy orgulloso de su cría.

—La pequeña quiere ser bióloga de mayor.

—Perdóneme, no tengo hijos y no sabía que las hormigas eran los «juguetes» de moda.

—No se trata de juguetes. Las hormigas están de moda porque nuestra sociedad vive cada vez más como ellas. Y, porque, quizá, mirándolas, un niño tiene la impresión de poder aprehender su propio mundo. Eso es todo. ¿Alguna vez ha contemplado durante unos minutos un acuario lleno de hormigas, señor policía?

—Pues no. En general no busco su presencia...



In petto, Jacques Méliés se dijo que no sabía si era él quien atraía a todos los majaretas formicófilos o si éstos formaban realmente una sociedad muy difundida.

—¿Quién es? —preguntó Ophélie Hormiga.

—Un comisario.

—¿Qué es un comisario?



112. La batalla de la pequeña nube.

Los copos del estrato-cúmulo van desprendiéndose poco a poco.

Al principio, las abejas de la Ciudad de oro sólo distinguen algo que les parece gordas moscas ruidosas que brotan de un orificio de la nube gris.

Pero en seguida comprenden las askoleínas de qué se trata.

¡No son moscas gordas, no! Ni mucho menos...

Son coleópteros. Y no abejorros o escarabajos peloteros, no, se trata de coleópteros rinoceronte.

¡Es una visión dantesca! ¡Esos grandes animales ruidosos y cornudos recubiertos de pequeños cañones vivientes prestos a soltar su carga!

¿Cómo han logrado domar a esos enormes animales y convencerlos para que luchen junto a ellas?, se preguntan al instante las abejas.

No tienen tiempo de hacerse más preguntas porque, en un momento, una veintena de aquellos rinocerontes se les echan encima. Los coleópteros cargan ya contra ellas y las artilleras rojas disparan.

La formación abeja en V tiene que pasar a una formación en W e incluso a otra en XYZ. Se produce la desbandada.

El efecto sorpresa es total. Cada coleóptero se convierte en blanco de cuatro o cinco artilleras que rocían a las abejas con recias ráfagas de ácido fórmico.

El enjambre de abejas se frena, luego se recupera. Las askoleínas desenvainan su aguijón.

¡Formación en línea de puntos!, grita una askoleína. ¡Disparad a las monturas!

La segunda línea de rinocerontes volantes es menos eficaz. Las abejas los evitan descendiendo bajo su vientre, luego suben otra vez en busca de la garganta para hundirles allí su aguijón hasta las guardas. Ahora son los coleópteros y sus torpes guías quienes descienden en caídas vertiginosas.

Se lanza de pronto una orden bailada.

¡Al ataque! ¡A la carga!
Surge una lluvia de aguijones askoleínos.

Las abejas están dotadas de un dardo en forma de arpón.

Si queda metido en la carne de su víctima, la abeja se arranca la glándula del veneno tratando de liberarse y muere. La coraza de las hormigas no retiene el aguijón, contrariamente a la de los escarabajos.

Varios rinocerontes caen en los minutos siguientes, pero se cierran en rombo mientras vuelan y hacen frente al último triángulo de abejas matadoras.

Las formas geométricas de las masas de soldados se descomponen. El rombo mirmeceano se transforma en varios rombos más pequeños y más recios. El triángulo apical se abre en forma de anillo.

Combaten todas ellas en vertical, en un centenar de niveles campos de batalla amontonados. Es como el juego de ajedrez en cien tableros paralelos.

Cuando más se acerca uno, más espectacular resulta. La armada de los navíos belokanianos centellea. Las abejas aprovechan las corrientes cálidas para ascender y lanzarse al abordaje de los plácidos escarabeidos. Son como una horda de pequeñas embarcaciones a la caza del gran navío.

Las salvas de ácido fórmico al 60 % suban como órganos de fuego líquido. Las alas calcinadas humean, las abejas tocadas tratan de aprovechar su impulso para clavarse en los caparazones de los escarabajos como flechillas.

Cuando los dardos están demasiado cerca, las artilleras que no consiguen apuntar los rompen con la pinza de sus mandíbulas.

El juego es arriesgado. La mayoría de las veces, el dardo se desliza y se planta en la boca. La muerte es casi instantánea.

Flota en el aire un olor a miel quemada.

Las abejas se han quedado sin veneno. Sus jeringas no pueden inocular ya la sustancia fatal. Las artilleras se han quedado sin ácido. Sus lanzallamas líquidos ya no son operativos. Las últimas escaramuzas enfrentan mandíbulas desnudas contra dardos secos. ¡Que gane la más rápida y la más espabilada!

A veces los rinocerontes llegan a emplear a las abejas en su cuerno frontal. Un escarabajo especialmente hábil ensaya una técnica: empuja a las abejas con sus carrillos y luego las ensarta en su cuerno. Cuatro desventuradas combatientes askoleínas están apiladas en esa punta como una brocheta de frutas amarillas con rayas negras.

103 descubre a una abeja que lucha contra 9. La apuñala por la espalda con su mandíbula derecha. Entre los insectos no hay ningún golpe prohibido. Para seguir vivo, todo está permitido.

Luego 9, sola sobre su rinoceronte, se abalanza contra una amalgama de abejas en formación de combate. Inmediatamente las abejas le presentan una línea erizada de picas. Sus aguijones apuntados hacia delante harían retroceder a más de una, pero 9, sobre su rinoceronte, ha adquirido tal velocidad que nada puede detenerla. El cuerpo choca contra la línea de espinas. La amalgama estalla.

103, erguida sobre sus dos patas traseras, intercambia golpes de mandíbula-sable contra los aguijones-florete de dos abejas ensordecedoras. Pero su rinoceronte pierde altura. Hay arpones negros plantados como banderillas alrededor de su cuerno frontal y cada vez le resulta más difícil conservar su equilibrio de vuelo.

El animal está agotado. Sigue perdiendo altura. Se le escapa la sangre por todas partes. Ya está a ras de las begonias.

103 aterriza con gran estrépito.

Las abejas siguen encima de ella, pero una escuadra de artilleras de infantería acude rápidamente a dispensarlas.

103 tiene que hacer ahora otra cosa importantísima.

Por encima de la barahúnda de combatientes, las abejas danzan en ocho comentando los combates.
Necesitamos tropas de refresco.

De la colmena despegan los refuerzos.

Las nuevas escuadrillas están formadas por abejas jóvenes —veinte o treinta días en su mayor parte—, pero audaces.

Al cabo de una hora, las belokanianas han perdido doce rinocerontes de los treinta de que disponían, y ciento veinte artilleras de las trescientas activas en la batalla.

En el otro bando, de setecientas askoleínas despachadas hacia la pequeña nube, han perecido cuatrocientas guerreras. Las supervivientes vacilan. ¿Qué conviene más, luchar hasta el final o regresar y proteger el nido? Se deciden por la segunda solución.

Cuando los coleópteros y sus artilleras belokanianas aterrizan a su vez en la Colmena de oro, les parece extrañamente vacía. Al frente va 9. Las rojas olfatean una trampa y vacilan en el umbral.



113. Enciclopedia.

SOLIDARIDAD: La solidaridad nace del dolor y no de la alegría. Todos nos sentimos más cerca de quienes han compartido con nosotros un momento penoso que de quien ha vivido con nosotros un acontecimiento afortunado.

La desgracia es fuente de solidaridad y de unión, mientras que la felicidad divide. ¿Por qué? Porque, en un triunfo común, cada cual se siente perjudicado en relación a su propio mérito. Cada cual piensa que es el único autor de un logro común.

¿Cuántas familias se han dividido en el momento de una herencia?

¿Cuántos grupos de rock and roll permanecen unidos... después del éxito? ¿Cuántos movimientos políticos han estallado, una vez alcanzado el poder?

Etimológicamente la palabra «simpatía» procede de sun pathein «sufrir con». Asimismo, «compasión» procede del latín cum patior, que también significa «sufrir con».

Imaginando el sufrimiento de los mártires de su grupo de referencia se puede abandonar por un momento la insoportable individualidad.

Y es en el recuerdo del calvario vivido en común donde residen la cohesión y la fuerza de un grupo.

Edmond Wells.

Enciclopedia del saber relativo y absoluto, tomo II.

114. En la colmena.

9 desciende de su corcel y huele con sus antenas. Otras hormigas aterrizan en los alrededores. Rápida coordinación.



Formación comando en terreno muy peligroso.

Penetran en la colmena formando un cuadrado compacto. En el interior, los rinocerontes voladores no serán ya de ninguna utilidad. Les dan algunas cortezas como pasto para que esperen en el umbral.

Las belokanianas tienen la impresión de violar un santuario. Ninguna no-abeja ha entrado nunca antes en aquel lugar. Las paredes de cera parecen querer enviscar a las hormigas, que avanzan con prudencia.

Las paredes, de geometrías irreprochables, presentan reflejos de oro. La miel reluce bajo la claridad de algunos panales de luz filtrantes. Las placas de cera están soldadas por propóleos, esa goma rojiza que las abejas recogen en las escamas de los brotes de estaño y de sauce.



¡No toquéis nada!, emite 9.

Demasiado tarde. Las hormigas atraídas por la miel y deseosas de probarla resbalan al punto. Imposible sacarlas de allí sin hundirse a su vez en aquella arena movediza.

Las artilleras que todavía conservan un poco de ácido en su depósito retroceden a fin de poder disparar rápidamente contra cualquier asaltante que surja de improviso.

Todo huele a azúcar y a emboscada.



¡No toquéis nada!

Huelen la presencia de obreras y de soldados askoleínas, escondidas en los panales de cera y dispuestas para saltar sobre ellas en el momento en que se lo ordenen.

Las cruzadas llegan a una parrilla hexagonal, semejante al corazón de un reactor nuclear. Con una salvedad, que las barras de uranio han sido sustituidas por las futuras ciudadanas de la Colmena de oro. Hay ochocientos alvéolos llenos de huevos, mil doscientos alvéolos conteniendo larvas, dos mil quinientos alvéolos ocupados por ninfas blancas. La zona central está formada por seis alvéolos más importantes. En ellos engordan las larvas de las princesas sexuadas.

La arquitectura impresiona a las hormigas. Es la expresión de una civilización que ha llegado a su plenitud. No tiene nada que ver con los corredores anárquicos, construidos al tuntún y según la ley del menor esfuerzo, de las ciudades hormiga. ¿Son acaso menos inteligentes o menos refinadas las hormigas que las abejas? Examinando el tamaño del cerebro de las abejas, mucho más voluminoso que el de las hormigas, podría llegarse a esa conclusión. Sin embargo, los estudios biológicos realizados por la reina Chli-pu-ni han demostrado que la inteligencia no es solamente un problema de volumen cerebral. Los cuerpos pedúnculos, privativos de la complejidad del sistema nervioso entre los insectos, son mucho más importantes en las hormigas.

Las belokanianas siguen avanzando y descubren un tesoro. Una sala llena a reventar de víveres. Hay allí diez kilos de miel, es decir, veinte veces el peso de todas las habitantes de la colmena. Las rojas discuten agitando nerviosamente sus antenas.

La aventura resulta demasiado peligrosa. Dan media vuelta y se dirigen hacia la salida.



¡A por las cobardes! ¡A por esas intrusas mientras estén encerradas entre nuestras paredes!, emite una abeja.

Los alvéolos hexagonales escupen por todas partes guerreras apiculares.

Las hormigas caen bajo los golpes de aguijones envenenados. Las que se enviscan en el suelo no tienen siquiera el honor de combatirlas.

9 y lo esencial del comando logran sin embargo librarse de la colmena. Las hormigas montan a horcajadas en sus corceles y despegan mientras una masa de askoleínas las persiguen lanzando olores de victoria.

Pero, mientras el interior de la Ciudad de oro se dispone a celebrar el éxito, se deja oír un crujido siniestro. El techo de Askolein se desmorona y hormigas, centenares de hormigas, irrumpen en la colmena.

103 ha elaborado una estrategia perfecta. Mientras las abejas perseguían a la armada mirmeceana, ella trepaba a un árbol y lanzaba millares de belokanianas al asalto de la Ciudad vaciada de sus soldados voladoras.



¡Cuidado con romper las cosas! ¡No hagáis más que el menor número de víctimas! ¡Es mejor coger las larvas sexuadas como rehenes!, emite 103, mientras ametralla a la guardia personal de la reina Zaha-haer-scha.

En unos segundos, todas las larvas sexuadas tienen el cuello cogido por la tenaza de las guerreras cruzadas. La ciudad se rinde. La colmena de Askolein capitula, vencida.

La soberana lo ha comprendido todo. La intrusión del comando no era más que una maniobra de diversión. Mientras tanto, las hormigas carentes de monturas voladoras horadaban el techo de su nido, abriendo un segundo frente mucho más peligroso que el primero.

Así se ganó la batalla de la «Pequeña Nube Gris», que marcó en la región la conquista definitiva de la tercera dimensión por parte de las hormigas.



¿Y ahora qué queréis?, pregunta la reina abeja. ¿Matarnos a todas?

9 responde que nunca ha sido ése el objetivo de las rojas. Su único enemigo son los Dedos. Sólo ellos son el blanco de la cruzada. Las hormigas de Bel-o-kan nada tienen contra las abejas. Necesitan simplemente su veneno para matar a los Dedos.



Deben ser muy importantes los Dedos para merecer tantos esfuerzos, emite Zaha-haer-scha.

103 reclama también una legión abeja de ayuda. La soberana consiente. Propone una escuadrilla de élite, la guardia de las Flores. Trescientas abejas empiezan a zumbar al punto. 103 las reconoce. Son las soldados askoleínas que más destrozos han causado entre las filas belokanianas.

Las cruzadas piden además a la Colmena de oro que las albergue durante la noche, además de reservas de miel para el camino.

La reina de Askolein pregunta.



¿Por qué estáis tan obsesionadas contra los Dedos?

9 le explica que los dedos utilizan el fuego. Representan, por tanto, un peligro para todas las especies. En otros tiempos los insectos firmaron un pacto: unión contra todos los que empleen fuego. Ha llegado el momento de cumplir ese pacto.

En ese momento 9 observa que 23 sale de un alvéolo.

¿Qué haces tú aquí?, pregunta 9 levantando sus antenas.

Acabo de dar una vuelta para visitar la celdilla real, dice con indiferencia 23. Las dos hormigas se caen mal y la respuesta no hace sino empeorar sus relaciones.

103 las separa y pregunta qué ha sido de 24.

24 se ha perdido en la colmena en el momento del asalto final. Ha luchado, ha corrido persiguiendo a una abeja y..., y ahora no sabe muy bien dónde se encuentra. Todas aquellas sucesiones de panales no acaban de tranquilizarla. Sin embargo, no suelta su capullo de mariposa. Toma una hilera de alvéolos y espera unirse al resto de la cruzada a la mañana siguiente.

115. En la tibieza húmeda del Metro.

Jacques Méliés se ahogaba entre la masa compacta del vagón. Una curva lo proyectó contra un vientre de mujer. Una voz ligeramente ronca protestó.

—¡Podría tener más cuidado!

Primero distinguió la melodía de las palabras. Luego, inmediatamente después, por encima de los tufos de grasa y sudor, descifró el suave mensaje del perfume. Bergamota, vetiver, mandarina, galóxido, madera de sándalo, mas un pellizco de almizcle de capra hispánica. El perfume decía.



Soy Laetitia Wells.

Y era ella, con su mirada violeta clavada sobre él con resplandores salvajes.

Le miraba realmente con animosidad. Se abrieron las puertas. Salieron veintinueve personas, entraron treinta y cinco. Más apretados aún que antes, cada uno percibió el aliento del otro.

Le miraba cada vez con más intensidad, como una cobra disponiéndose a comerse cruda una cría de mangosta, y él, fascinado, no conseguía apartar su mirada.

Ella era inocente. Él había actuado demasiado de prisa. En otro tiempo, habían intercambiado ideas. Habían simpatizado incluso. Ella le había ofrecido hidromiel. Él le había manifestado su miedo a los lobos, y ella su miedo a los hombres. ¡Cómo echaba de menos aquellos momentos de intimidad, echados a perder sólo por su culpa! Trataría de explicarse. Ella le perdonaría.

—Señorita Wells, me gustaría decirle cuánto...

Ella aprovechó una parada para escabullirse entre los cuerpos y desaparecer.

Se adentró con paso nervioso por los pasillos del Metro. Corría casi para salir cuanto antes de aquel lugar sórdido. Se sentía rodeada por miradas obscenas. ¡Y para rematar su disgusto, el comisario Méliés tomaba la misma línea que ella!

Pasillos oscuros. Corredores húmedos. Laberinto iluminado por neones macilentos.

—¡Eh, muñeca! ¿De paseo?

Tres siluetas patibularias avanzaron. Tres granujas con cazadora de vinilo, uno de los cuales ya la había abordado unos días antes. Ella aceleró el paso, pero los otros la persiguieron; el suelo resonaba con los clavos de hierro de sus botas.

—¿Estás sola? ¿No tienes ganas de charlar un rato?

Ella se detuvo en seco, con la palabra «largaos» escrita en sus pupilas. Había funcionado la vez pasada, pero ahora no tuvo ningún efecto sobre aquellos gamberros.

—¿Son suyos esos ojos tan bonitos? —preguntó uno alto de barbas.

—No, los tiene alquilados —dijo otro de sus compañeros.

Risas espesas. Golpes en la espalda. El barbudo sacó una navaja de muelle.

De pronto ella perdió toda su seguridad y, como se encontraba en el papel de la víctima los otros asumieron inmediatamente el de depredadores. Quiso correr pero los tres granujas le cortaron juntos el paso. Uno de ellos la agarró del brazo y se lo retorció detrás de la espalda.

Ella gimió.

El pasillo estaba iluminado, y en absoluto desierto. Había gentes que se cruzaban con el grupo y aceleraban el paso, bajando la cabeza y fingiendo no comprender nada de la escena. Un navajazo se da con tanta rapidez...

Laetitia Wells se sintió dominada por el pánico. Ninguna de sus armas habituales funcionaba con aquellos brutos. Aquel barbudo, aquel calvo, aquel forzudo..., también ellos debían haber tenido una madre que tejía para ellos ropitas de bebé azules mientras sonreía.

Los ojos de los depredadores brillaban y la gente seguía pasando alrededor, acelerando la marcha al llegar ante aquel pequeño grupo.

—¿Qué es lo que quieren, dinero? —balbuceó Laetitia.

—La pasta ya te la quitaremos después. Ahora eres tú la que nos interesas —dijo burlón el calvo.

El barbudo ya le estaba desabrochando uno por uno los botones de su chaqueta, con la punta afilada de su navaja.

Ella se resistió.

No era posible. Eran las cuatro de la tarde. ¡Alguien terminaría por reaccionar y dar la alerta!

El barbudo silbó al descubrir los senos.

—Algo pequeños, pero bonitos de todos modos, ¿no os parece?

—Es el problema de las asiáticas. Todas tienen un cuerpo de niñas pequeñas. No tienen lo suficiente para llenar la mano de un hombre honrado.

Laetitia Wells resistió contra el desvanecimiento. Estaba en plena crisis de humano fobia. Unas manos de hombre, sucias, la rozaban, la tocaban, trataban de hacerle daño. Su miedo era tan fuerte que no conseguía siquiera vomitar. Permanecía allí, prisionera, incapaz de escapar a sus atormentadores. Apenas oyó el «Alto, policía».

El cuchillo interrumpió su tarea.

Un hombre, con el revólver apuntándoles, exhibía un carné cruzado con la tricolor.

—¡Mierda, la poli! Larguémonos, muchachos. Y a ti, cerda, ya te cogeremos otro día.

Echaron a correr.

—¡Alto ahí! —gritó el policía.

—Que te lo has creído —dijo el calvo—. Dispáranos y te llevaremos a juicio.

Jacques Méliés bajó su revólver y ellos desaparecieron.

Laetitita Wells recuperó despacio el control de su respiración. Había terminado. Estaba a salvo.

—¿Cómo se encuentra? ¿La han maltratado mucho?

Ella movió la cabeza en sentido negativo. Se recuperaba poco a poco. Él, de forma completamente natural, la abrazó para tranquilizarla.

—Ahora todo irá bien.

Y, de forma también completamente natural, ella se apretó contra él. Se sentía aliviada. Nunca había pensado sentirse feliz un día por ver aparecer al comisario Méliés.

Clavó en él sus ojos violeta en los que la tempestad se había calmado. Ya no había resplandores de tigresa, sino pequeñas olas suavemente agitadas por la brisa.

Jacques Méliés recogió los botones de su chaqueta.

—Supongo que tengo que darle las gracias —dijo ella.

—No merece la pena. Se lo repito, me gustaría simplemente hablar con usted.

—¿Y de qué?

—De esos casos de químicos que nos preocupan a los dos. He sido un estúpido. Necesito su ayuda... Siempre he... necesitado su ayuda.

Ella vaciló. Pero, dadas las circunstancias, ¿cómo no invitarle a otra jarra de hidromiel en su casa?

116. Enciclopedia.

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