Bernard Werber



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CHOQUE ENTRE CIVILIZACIONES: En el año 53 antes de Cristo, el general Marco Licinio Craso, procónsul de Siria, envidioso del éxito de Julio César en las Galias, se lanza a grandes conquistas. César ha extendido su dominio sobre Occidente hasta Gran Bretaña, y por eso Craso quiere invadir Oriente hasta alcanzar el mar. Rumbo al Este. Pero el imperio de los partos se encuentra en su camino. Al frente de un gigantesco ejército, afronta el obstáculo. Se produce la batalla de Carres, pero es Sureña, rey de los partos, quien logra la victoria. De golpe, la conquista del Este concluye.

El intento tuvo dos consecuencias inesperadas. Los partos capturaron numerosos prisioneros romanos, que sirvieron en su ejército para luchar contra el reino cusano. Los partos son derrotados a su vez, y sus romanos se ven incorporados al ejército cusano, en guerra a su vez contra el imperio de China. Los chinos vencen, y los prisioneros viajeros terminan en las tropas del emperador de China.

Allí, aunque sorprendidos ante aquellos hombres blancos, se maravillan por sus conocimientos en materia de construcción de catapultas y otras armas de muerte. Los adoptan, hasta el punto de emanciparlos y darles una ciudad como patrimonio.

Los exiliados se casaron con mujeres chinas y tuvieron hijos de ellas. Años más tarde, cuando unos mercaderes romanos les propusieron regresar a su país, ellos declinaron la oferta, declarándose más felices en China.



Edmond Wells.

Enciclopedia del saber relativo y absoluto, tomo II.

91. Comida en el campo.

Para escapar a la canícula del mes de agosto, el prefecto Charles Dupeyron había decidido llevar a su familia a comer al campo, bajo las frondas agrestes del bosque de Fontainebleau. Georges y Virginie, los niños, se habían pertrechado para la ocasión de un calzado todo terreno. Cécile, su esposa, se había encargado de preparar la comida fría que Charles transportaba en una enorme nevera bajo la mirada burlona de los demás.

Aquel domingo, a las once de la mañana hacía ya un calor espantoso. Se adentraron bajo los árboles en dirección oeste. Los niños tarareaban una cancioncilla aprendida en la guardería: «Be-bop-a-lula, she is my baby». Cécile se esforzaba por no torcerse el tobillo en los baches.

Por su parte, aunque sudaba a chorros, Dupeyron no estaba disgustado por hacer novillos de aquel modo, lejos de los guardaespaldas, de las secretarias, de los encargados de Prensa y demás cortesanos. El retorno a la Naturaleza tenía sus encantos.

Llegado a un riachuelo más que a medias seco, aspiró con placer un aire lleno de aromas floridos y sugirió que se instalaran en la hierba, en las cercanías:

Cécile protestó inmediatamente:

—Pero ¿te parece divertido? Todo esto debe estar atestado de mosquitos. ¡Como si no supieras que en cuanto hay un mosquito me pica a mí!

—Les encanta la sangre de mamá porque es más dulce —dijo burlona Virginie blandiendo la red para mariposas que había llevado con la esperanza de enriquecer la colección de su clase.

El año anterior, con las alas de ochocientos lepidópteros, habían hecho un gran cuadro que representaba un avión volando en el cielo. En esta ocasión pretendían representar la batalla de Austerlitz.

Dupeyron se mostró conciliador. No iba a estropear aquel hermoso día por una cuestión de mosquitos.

—Muy bien, sigamos adelante. Me parece que allí hay un claro.

El claro era un cuadrado de tréboles del tamaño de una cocina y, debido a ello, generosamente sombreado. Dupeyron se libró de la nevera, la abrió y sacó un hermoso mantel blanco.

—Aquí estaremos perfectamente. Niños, ayudad a vuestra madre a preparar la mesa.

Y empezó a descorchar una botella de un excelente Burdeos, ganándose inmediatamente una indirecta de su esposa:

—¿No hay nada más urgente que hacer? ¡Los niños peleándose y tú sólo piensas en beber! ¿Por qué no ejerces tu oficio de padre?

Georges y Virginie se peleaban arrojándose puñados de tierra. Con un suspiro, Dupeyron les llamó al orden.

—¡Basta, niños! Georges, tú eres el chico, a ver si das ejemplo.

El prefecto agarró a su hijo por el pantalón y le amenazó con la mano.

—¿Ves esta mano? Si sigues molestando a tu hermana, te la encontrarás en la cara. Estás avisado.

—Pero, papá, no soy yo, es ella.

—No quiero saber quién es, a la menor tontería, te la ganas tú.

El pequeño comando de veinticinco exploradoras evoluciona muy por delante del grueso de las tropas, husmeando en todas direcciones. Como tentáculos del ejército, disponen de feromonas pistas que permitirán a la masa de las cruzadas tomar el mejor camino.

El grupo más avanzado está dirigido por 103.

Los Dupeyron mastican despacio bajo los tupidos árboles. El cansancio era tal que incluso los niños estaban ahora tranquilos. Alzando los ojos, la señora Dupeyron rompió el silencio:

—Creo que también por aquí hay mosquitos. En cualquier caso, hay insectos. Estoy oyendo zumbidos.

—¿Has visto alguna vez un bosque sin insectos?

—Me pregunto si tu comida en el campo ha sido una buena idea —dijo suspirando—. Habríamos estado mucho mejor en la costa normanda. ¡Sabes de sobra que Georges tiene alergias!

—Por favor, deja de mimar al pequeño. Acabarás consiguiendo que no sirva para nada.

—Pero, ¡escucha! Hay insectos, los hay por todas partes.

—No te preocupes, he traído un insecticida.

—Ah, ¿sí...? ¿Y de qué marca?
Señal procedente de una exploradora:

Fuertes olores no identificados que vienen del Nornordeste.

Los olores no identificados nunca faltan. Los hay a millares en el vasto mundo. Pero la entonación particularmente insistente de la mensajera desencadena de inmediato la alerta en el comando. Permanecen inmóviles y al acecho. En el aire flotan fragancias de matices poco habituales.

Una guerrera hace sonar sus mandíbulas, convencida de haber descubierto olores de becada. Las antenas entran en contacto para hacer consultas. 103 piensa que de todos modos sería preciso continuar avanzando, aunque sólo fuera para identificar al animal. Se ponen en fila siguiendo su opinión.

Las veinticinco hormigas remontan con precauciones el efluvio hasta su fuente. Terminan saliendo a un vasto espacio descubierto, un lugar completamente insólito con un suelo blanco, sembrado de minúsculos agujeros.

Se imponen precauciones antes de hacer nada. Cinco exploradoras vuelven sobre sus pasos a fin de dejar entre las hierbas la bandera química de la Federación. Bastan unas pocas gotas de tetradecilacetato (C6-H22-O2) para dar a entender a todo el planeta que ése es territorio de Bel-o-kan.

Eso las tranquiliza un poco. Nombrar un país es, en cierto modo, conocerlo.

Inspeccionan el terreno.

Se perfilan dos torres macizas. Cuatro exploradoras emprenden la escalada. También la cima, circular y abombada, está llena de agujeros por donde salen aromas salados o picantes. Les gustaría ver las sustancias más de cerca, pero los intersticios son demasiado pequeños para poder pasar. Decepcionadas, descienden.

Tanto peor: los equipos técnicos que vengan lograrán resolver sin duda el problema. Nada más llegar abajo se ven arrastradas hacia otra curiosidad, más extraña todavía, una sucesión de colinas con olor a bálsamo pero de formas bastante poco naturales. Suben a ellas y, tras desparramarse por valles y crestas, palpan y sondan.

¡Comestible!, exclama la primera que ha llegado a penetrar la capa superficial dura. Lo que hay debajo de lo que había tomado por una piedra, está excelente. ¡Nada menos que materia proteínica en cantidad inimaginable! Emite la noticia en una frecuencia entusiasta, con los filamentos nutritivos llenándole los palpos bucales.

—¿Qué más hay?

—Brochetas.

—¿De qué?

—De cordero, tocino y tomate.

—No está mal. ¿Y con qué?
Las hormigas no se quedan allí. Embriagadas por ese primer éxito, se llenan un poco el buche y se dispersan por el mantel blanco. Una escuadra de cuatro exploradoras se ha metido en un frasco blanco lleno de gelatina amarilla. Luchan mucho tiempo antes de zozobrar en la materia blanda.

—¿Con qué? Con salsa bearnesa de la mantequería.

103 se ha perdido en el corazón de un gigantesco amasijo de estructuras amarillas, cuya superficie rechina y cruje bajo sus pasos. Lienzos enteros se desmoronan. 103 salta por todas partes para evitar ser aplastada, y, apenas llega al suelo, tiene que saltar otra vez para evitar una caída que le sepultaría en la materia cristalina y desmenuzable.

—¡Estupendo! ¡Patatas fritas!

Un patinazo imprevisto sobre una especie de explanada untada de lípidos la saca por fin de la pesadilla. Prosigue su exploración, recorriendo un tenedor. Camina así de sorpresa en sorpresa, de un sabor suave a un sabor ácido, de un sabor acre a un sabor caliente. Chapotea en una hortaliza verde, se acerca prudentemente a una crema roja.

—Pepinillos a la rusa, con ketchup.

Con las antenas febriles por tantos descubrimientos exóticos, 103.683 atraviesa una vasta extensión de color amarillo pálido de donde asciende un fuerte aroma a fermentación. Sus hermanas merodean y se divierten entre las cavidades. Todo aquello forma una sucesión ininterrumpida de cavernas perfectamente esféricas y tiernas. Se pueden atravesar con la mandíbula, y entonces la pared amarilla se vuelve transparente.

—¡Queso gruyere!

103 está encantada pero no tiene tiempo para comunicarle sus impresiones sobre este país extraordinario donde todo se come. Un sonido bajo y sordo, enorme como el viento, le cae encima, zumbando como un trueno.

Cuiao ayen dormigas.

Una bola rosa surge del cielo y aplasta metódicamente a ocho exploradoras. ¡Paf, paf, paf! No dura siquiera tres segundos. El efecto sorpresa es total. Todas estas nobles guerreras son de constitución robusta. Sin embargo ninguna puede oponer la menor resistencia. Sus sólidas armaduras cobrizas estallan, su carne y su sangre se mezclan en una papilla que salpica. Irrisorios crespones oscuros sobre el suelo blanco inmaculado.

Las soldados de la cruzada no creen lo que están viendo.

La bola rosa se prolonga de hecho en una larga columna. Nada más terminar su obra destructora otras cuatro columnas se despliegan lentamente para unirse a la anterior. ¡Son cinco!

¡LOS DEDOS!

¡¡¡¡¡Son Dedos!!!!! ¡¡¡¡¡Los Dedos!!!!!

103 está convencida de que lo son. ¡Están allí! ¡Están allí! Tan pronto, tan cerca, con tanta fuerza. ¡¡¡¡¡Los Dedos están allí!!!!! Lanza sus feromonas de alerta más opiáceas.



¡Atención, son Dedos! ¡Los Dedos!

103 siente que la sumerge una ola de miedo puro. Aquello hierve en sus cerebros, tiembla en sus patas. Sus mandíbulas se abren y cierran alternativamente sin razón.



¡LOS DEDOS! ¡Son los DEDOS! ¡Ha cubierto todo el mundo!

Los Dedos se elevan todos juntos hacia el cielo, se apiñan de tal modo que sólo uno de ellos sobresale. Está tenso como una espuela. Su extremo rosa y plano persigue a las exploradoras y las aplasta sin dificultad.

Instintivamente 103, valiente pero no temeraria, se esconde en una especie de gran caverna color beige.

Todo ha ocurrido tan de prisa que no ha tenido tiempo de darse cuenta bien de lo que pasaba. Sin embargo, 103 los ha reconocido.

¡Eran... Dedos!

El miedo vuelve en una segunda oleada todavía más acida.

Esta vez no puede pensar en algo más terrorífico para anular así el miedo. Se encuentra frente a lo más terrible, frente a lo más incomprensible, tal vez frente a lo más poderoso que existe en el mundo. ¡Los Dedos!

El miedo se ha metido en todo su cuerpo, y tiembla y se ahoga.

Es extraño: al principio no ha comprendido bien, pero ahora que está protegida, en la calma de aquel refugio provisional, es cuando su miedo alcanza el grado más alto. Afuera todo está lleno de Dedos que quieren ajustarle las cuentas.

¿Y si los Dedos fueran dioses?

Se han burlado de ellos y ellos están furiosos. No es más que una miserable hormiga que va a morir. Chli-pu-ni tenía razón al preocuparse tanto, nunca hubiera pensado encontrarlos tan cerca de la Federación. ¡Así, pues, los Dedos han traspasado el confín del mundo e invaden el bosque!

103 da vueltas dentro de la gruta beige y cálida. Golpea histérica con su abdomen para librarse de todo el estrés que ha acumulado en los últimos segundos.

Tarda bastante tiempo en recuperar el autocontrol; luego, una vez que el miedo parece haberse disipado algo, inspecciona con pasos prudentes aquella extraña caverna de arcos. Unas laminillas negras adornan el interior. Destilan grasa tibia fundida. El conjunto desprende un olor a humedad nauseabundo, en el límite de lo soportable.

—Corta el pollo asado. Está muy apetitoso.

—Si estas hormigas nos dejaran tranquilos...

—Ya he matado un montón.

—De cualquier modo, tú y tu Naturaleza, ya me las pagarás. ¡Mira, las hay por todas partes, otra, y otra más!

Superando su repulsión, 103 cruza aquella gruta cálida y se agazapa en un borde.

Lanza hacia delante sus antenas y asiste, en efecto, a lo Increíble. Las bolas rosas, formidables depredadoras, acorralan a todas sus compañeras. Las hacen salir de debajo de los vasos, de los platos, de las servilletas, luego les quitan la vida sin más proceso.

Es una hecatombe.

Algunas tratan de disparar chorros de ácido contra sus asaltantes. En vano. Las bolas rosas vuelven, saltan, brotan por todas partes, no dan ninguna oportunidad a sus minúsculas adversarias.

Luego todo se calma.

El aire está lleno de esos tufos de ácido oleico que significan la muerte mirmeceana.

Los Dedos patrullan en grupos de cinco por el mantel.

Las heridas son rematadas, transformadas en manchas, raspadas para que no ensucien.

—Eyi, pasme as tijerotas.

De pronto una enorme punta atraviesa el techo de la caverna y separa sus dos partes con un crujido ensordecedor.

103 da un salto. Brinca hacia delante. De prisa. Huir. De prisa. De prisa. Los dioses monstruosos están allí.

Galopa con toda la celeridad de sus seis patas.

Las columnas rojas tardan algún tiempo en reaccionar.

Parecen completamente chasqueadas al verla salir de allí, pero rápidamente se lanzan en su persecución.

103 intenta todas las maniobras. Multiplica los virajes cerrados y las medias vueltas a contra pie. Su bolsa cardiaca late hasta romperse pero sigue viva. Dos columnas caen delante de ella. A través del tamiz de sus ojos, ve por primera vez las cinco siluetas gigantes que se recortan en el horizonte. Huele sus aromas almizclados. Los Dedos patrullan.

Enloquecedor.

Entonces se produce el disparo de un resorte en su cabeza. Tiene tanto miedo que hace lo impensable. Pura locura. ¡En lugar de huir, salta sobre sus perseguidores!

El efecto sorpresa es total.

Trepa a toda velocidad por los Dedos. Es un verdadero cohete sobre la pista de lanzamiento. Y cuando llega al final de la montaña, salta al vacío.

Su caída es amortiguada por las bolas rosas.

Se cierran para aplastarla.

Ella pasa por debajo y cae directamente, esta vez, en la hierba.

Corriendo se oculta bajo un trébol de tres hojas. Justo a tiempo. Ve cómo las columnas rosas rastrillan la vegetación que hay alrededor. Los diez Dedos quieren hacerla salir de su escondite. Pero al ras de las margaritas está su mundo. Ahí no volverán a encontrarla.

103 corre mientras en sus antenas chisporrotea toda suerte de ideas. Esta vez ya no queda ninguna duda, los ha visto, los ha tocado, los ha engañado incluso.

Sin embargo, haberlo hecho no responde a la cuestión esencial:

¿Son dioses los Dedos?
El prefecto Charles Dupeyron se limpió la mano con su pañuelo a cuadros.

—Bueno, ya veis que hemos podido echarlas, y sin tener que utilizar el insecticida.

—Ya te lo había dicho yo, querido, este bosque no está limpio.

—¡He matado a cien! —dijo jactándose Virginie.

—¡Pues yo muchas más, muchas más que tú! —exclamó Georges.

—A ver si os estáis tranquilos, niños... ¿Han tenido tiempo de tocar los alimentos?

—Yo he visto una salir del pollo asado.

—¡Pues yo no quiero comer un pollo ensuciado por la hormiga! —gritó entonces Virginie.

Dupeyron hizo una mueca.

—¡No vamos a tirar un hermoso pollo asado sólo porque lo haya tocado una hormiga!

—¡Las hormigas son sucias! Transportan enfermedades, nos lo ha dicho la maestra en la escuela.

—De todos modos nos comeremos el pollo —insistió el padre.

Georges se puso a cuatro patas.

—Hay una que ha escapado.

—¡Pues mejor! Así irá a decirles a las otras que no hay que pasar por aquí. Virginie, deja de arrancarle las patas a esa hormiga, que ya está muerta.

—¡No, mamá! Todavía se mueve algo.

—De acuerdo, pero entonces no pongas los trozos en el mantel, tíralos más lejos. ¿Es que no vamos a poder comer tranquilamente?

Lo había dicho alzando los ojos al cielo: se le quedaron fijos allí, estupefacta. Una nube de escarabajos cornudos, pequeña pero ruidosa, estaba reuniéndose en forma de corona a un metro por encima de su cabeza. Cuando vio que aquella suspensión continuaba, se puso pálida.

No era mejor el gesto de su marido. Acababa de comprobar que las hierbas habían oscurecido: las rodeaba una verdadera marea de hormigas. ¡Podían ser millones!

En realidad no eran más que las tres mil soldados de la primera cruzada contra los Dedos, que habían aumentado con los refuerzos zedibeinakanianos. Avanzaban decididas, todas con las mandíbulas fuera.

El esposo y padre articuló con una voz poco segura:

—Querida, pásame rápido el insecticida...





  1. Enciclopedia.


ÁCIDO FÓRMICO: El ácido fórmico es un componente esencial de la vida. El hombre lo posee en sus células. En la segunda mitad del siglo XIX el ácido fórmico se utilizaba para conservar los alimentos o los cadáveres de animales. Pero lo empleaban sobre todo para quitar las manchas de la ropa.

Como no sabían fabricar esa sustancia química de manera sintética, la sacaban directamente de los insectos. Se amontonaban millares de hormigas en una prensa de aceite cuyo tornillo se apretaba hasta obtener un zumo amarillento.

Una vez filtrado, ese «jarabe de hormigas manchadas» se vendía en todas las buenas droguerías, en la sección de quitamanchas líquidos.

Edmond Wells.

Enciclopedia del saber relativo y absoluto, tomo II.

93. Estadio final.

El profesor Miguel Cygneriaz sabía que en adelante nada podía impedirle pasar al estadio final.


Tenía entre sus manos el arma absoluta contra las fuerzas ctónicas.

Cogió el líquido plateado y lo echó en una palangana. Luego derramó un líquido rojo y procedió a lo que en química se llamaba vulgarmente la segunda coagulación.

El sustrato tomó entonces unos colores cambiantes, los de la cola de un pavo real.

El profesor Cygneriaz colocó el recipiente en un fermentador. Sólo quedaba esperar. La última fase no requería más que de ese ingrediente todavía mal controlado por las máquinas: el tiempo.

94. Los Dedos retroceden.

Cuando suben al asalto, las primeras líneas de infantería quedan envueltas de pronto en una nube verde que las hace toser con fuerza.

Mucho más arriba, los escarabajos rinoceronte picotean sobre las montañas móviles y blandas. Una vez llegadas a la altura de la jungla capilar de Cécile Dupeyron, las artilleras sueltan sus salvas de ácido. El único efecto de esta medida consiste en matar tres piojos jóvenes que pensaban elegir allí su domicilio.

Otro grupo de artilleras concentra sus tiros sobre una gruesa bola rosa. ¿Cómo podrían saber que se trata del dedo gordo de una mujer saliendo de una sandalia?

Será necesario encontrar alguna otra cosa, porque, si para los humanos el ácido fórmico es poco más o menos igual de corrosivo que la limonada, nuevas formaciones de nubes verdes de insecticidas están produciendo numerosas bajas en las filas belokanianas.

Buscad los agujeros, vocifera 9, mensaje repercutido inmediatamente por todas las que tienen experiencia en combates contra mamíferos y contra pájaros.

Varias legiones parten valientemente al asalto de los titanes. Hincan decididas sus mandíbulas en unas horas textiles, provocando anchas heridas en una camiseta de algodón así como en un short del mismo tejido. El chándal de Virginie Dupeyron (30 % de acrílico, 20 % polidamida) resulta en cambio una verdadera coraza en la que no consiguen ningún resultado las pinzas mirmeceanas.

—Tengo una en la nariz. ¡Ay!

—De prisa, ¡el insecticida!

—¡Pero no nos podemos echar el insecticida encima!

—¡Socorro! —gime Virginie.

—¡Vaya plaga! —exclama Charles Dupeyron, esforzándose por dispersar con la mano los coleópteros que zumban alrededor de su familia.

—No acabaremos nunca con...

... nunca con estos monstruos. Son demasiado grandes, demasiado fuertes. Son incomprensibles.

103 y 9 discuten febrilmente sobre la situación, en alguna parte del cuello del joven Georges. 103 pregunta si han traído los venenos exóticos. 9 responde que sí, que hay veneno de avispa o de abeja, y que va inmediatamente a por ellos. La batalla está todavía causando estragos cuando 9 vuelve, trayendo en la punta de las patas un huevo lleno de líquido amarillo que sale generalmente del aguijón de las abejas.

¿Cómo piensas inoculárselo? Nosotras no tenemos dardo.

103 no responde, hinca su mandíbula en la carne rosada y la hunde lo más profundamente que puede. Repite la operación varias veces porque el terreno es tan resistente como blando. ¡Por fin! Le basta con derramar el líquido amarillo en el agujero rojo que hierve.

Huyamos.

El repliegue no resulta fácil. El animal gigante se ve atacado por convulsiones, se sofoca, vibra y hace mucho ruido.

Georges Dupeyron dobla las rodillas y luego se desmorona sobre un costado.

Georges es derribado por los minúsculos dragones.

Georges cae. Cuatro legiones de hormigas se pierden entre sus cabellos, pero otras consiguen encontrar sus seis agujeros.

103 se queda por fin tranquila.

Esta vez, no hay duda. ¡Ya tiene a uno!

De pronto el miedo a los Dedos deja de acosarla. ¡Qué hermoso es el final de un miedo! Se siente libre.

Georges Dupeyron está en tierra y no se mueve.

9 se lanza, se sube a su cara y escala la masa rosada.

Un Dedo es, de hecho, un territorio entero. Por lo poco que lo ha recorrido, hará cien pasos de ancho por doscientos de largo al menos.

Dentro hay de todo: cavernas, valles, montañas, cráteres.

Equipada con las mandíbulas más largas de la cruzada, 9 piensa que el Dedo no está del todo muerto. Trepa por las pestañas, se detiene en la raíz de la nariz justo entre los dos ojos, en el emplazamiento de lo que los hindúes denominan el tercer ojo. Levanta la punta de su mandíbula derecha.

La hoja centellea bajo los rayos del sol como una Excálibur magnífica. Luego, de un golpe seco, ¡chuf!, la hunde lo más profundamente que puede en la superficie rosa.

9 libera con un ruido de succión su sable de quitina.

Inmediatamente, por encima de sus antenas se eleva un delgado géiser rojo.

—¡Querido! ¡Mira, Georges no parece encontrarse bien!

Charles Dupeyron soltó el insecticida en la hierba y se inclinó sobre su hijo. La tez de sus mejillas se había puesto color amapola y respiraba con dificultad. Las hormigas le recorrían a puñados.

—¡Lo que nos faltaba: un ataque de alergia! —Exclamó el prefecto—. Tenemos que ponerle una inyección en seguida, un médico...

—¡Vayámonos de aquí! ¡De prisa!

Sin perder tiempo recogiendo sus utensilios de comida campestre, la familia Dupeyron huye en dirección al coche. Charles lleva a su hijo en brazos.

9 salta a tiempo. Lame la sangre dedalera que se ha quedado pegada en su mandíbula derecha. Ahora todo el mundo lo sabe.

Los Dedos no son invulnerables. Se les puede hacer daño. . Se les puede vencer con veneno de abeja.

95. Nicolás.



El mundo de los Dedos es tan hermoso que ninguna hormiga puede comprenderlo todavía. El mundo de los Dedos es tan tranquilo que la inquietud y la guerra han sido arrojados de él.

El mundo de los Dedos es tan armonioso que todos viven en él en un éxtasis permanente.
Poseemos herramientas que nos permiten no trabajar nunca. Poseemos herramientas que nos permiten desplazarnos a grandísima velocidad en él espacio.
Poseemos herramientas que nos permiten alimentarnos sin el menor esfuerzo.
Podemos volar.

Podemos ir bajo el agua.

Podemos incluso abandonar este planeta para ir más allá del cielo.
Los Dedos lo pueden todo porque los Dedos son dioses. Los Dedos lo pueden todo porque los Dedos son grandes, Los Dedos lo pueden todo porque los Dedos son poderosos.
Ésa es la verdad.

—¡Nicolás!

El muchacho apagó rápidamente la máquina y fingió consultar la Enciclopedia del saber relativo y absoluto.

—¿Sí, mamá?

Apareció Lucie Wells. Era delgada y frágil, pero una fuerza extraña animaba su mirada sombría.

—¿No te has dormido? Ya es la hora de nuestra noche artificial.

—Verás, es que me he levantado para consultar la Enciclopedia.

Ella sonrió.

—Haces bien. Hay tantas cosas que aprender en ese libro. —Le coge por los hombros—. Dime, Nicolás, ¿nunca tienes ganas de participar en nuestras reuniones telepáticas?

—No, por ahora no. Creo que aún no estoy preparado.

—Cuando lo estés, te darás cuenta dé forma natural. No te fuerces.

Le estrechó en sus brazos y le dio un masaje en la espalda. Él fue soltándose despacio, cada vez menos sensible a estos testimonios de amor materno.

Ella le dijo al oído.

—Por ahora, no puedes comprender, pero un día...

96. 24 hace lo que puede (con lo que tiene)

24 camina hacia lo que ella espera que sea el Sudeste. Pregunta a todos los animales a los que puede acercarse sin demasiado peligro.

¿Han visto pasar la cruzada? Pero el lenguaje oloroso de las hormigas no goza todavía del estatuto de lengua universal. Un escarabajo cetonino, sin embargo, cree haber oído decir que las belokanianas habían combatido contra los Dedos y que habían ganado la batalla.

Es imposible, piensa inmediatamente 24. ¡A los dioses no se les puede vencer! Sin embargo, sigue preguntando en el camino y se entera de lo necesario para quedar convencida de que ha habido un encuentro. Pero ¿en qué circunstancias y con qué resultado?

Ella no estaba allí. No ha podido ver a sus dioses, y, lo que es peor, no ha podido entregarles el capullo de la misión Mercurio. ¡Malditos sean su atolondramiento y su perpetua falta de sentido de la orientación!

Divisa a un jabalí en su camino. Caminará mucho más de prisa que ella. Obsesionada por su deseo de reunirse con sus hermanas rojas y, quién sabe, de acercarse a los Dedos, se le sube a una pata. No tiene que esperar mucho tiempo antes de que el jabalí empiece a correr. El problema es que él tuerce hacia el Norte, y ella se ve obligada a saltar en marcha.

Tiene suerte. Aparece una ardilla, cuya piel parásita inmediatamente. La ardilla va hacia el Nordeste, pero el veloz roedor se detiene bruscamente en la copa de un árbol y la hormiga tiene que saltar para llegar cuanto antes al suelo.

Sigue haciendo camino, cierto, pero sigue sola. No se encuentra bien, pero debe serenarse: cree en los Dedos, dioses omnipotentes. Pues bien, debe invocarles, para que ellos la guíen hacia la cruzada y hacia ellos mismos.

¡OH Dedos, no me abandonéis en este mundo espantoso. Haced que encuentre a mis hermanas!

Repliega las antenas, como para contactar mejor con sus amos. Es en ese momento cuando percibe detrás de ella un olor de lo más familiar.

¡Tú!

24 siente la mayor de las alegrías.



103, que había salido en busca de información sobre Askolein, la Colmena de oro, se tranquiliza a la vista del capullo. También se alegra al encontrar a la joven rebelde deísta.

¿No has perdido el capullo de mariposa?

Ella le muestra el precioso recipiente y ambas se unen al resto del grupo.

97. Enciclopedia.


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