Bernard Werber



Descargar 2,24 Mb.
Página10/23
Fecha de conversión06.01.2017
Tamaño2,24 Mb.
1   ...   6   7   8   9   10   11   12   13   ...   23

EL MÍNIMO DENOMINADOR COMÚN: La experiencia animal más compartida por todos los humanos de la Tierra es el encuentro con hormigas. Pueden haber pueblos que nunca hayan visto un gato o un perro, una abeja o una serpiente, pero nunca se encontrarán individuos que un día no hayan jugado a dejarse escalar por una hormiga. Es nuestra experiencia vital común más difundida. Y de la observación de esa hormiga que camina por nuestra mano hemos extraído informaciones básicas. Uno: la hormiga mueve las antenas para comprender lo que le pasa; dos: va por todas partes por donde se puede ir; tres: pasa a la segunda mano si le cortan el camino con ella; cuatro: se puede detener una columna de hormigas trazando delante de ella una línea con el Dedo mojado (los insectos llegan entonces como ante un muro invisible e infranqueable que terminan por rodear). Eso lo sabemos todos. Sin embargo, ese saber infantil, ese saber primario compartido por todos nuestros antepasados y por todos nuestros contemporáneos no sirve para nada. Porque ni lo enseñan en la escuela (donde se estudia a la hormiga de forma escasamente atractiva: por ejemplo, memorizando el nombre de las partes del cuerpo de la hormiga; francamente, ¿qué interés tiene?), ni es útil para encontrar trabajo.

Edmond Wells.

Enciclopedia del saber relativo y absoluto, tomo II.

80. Los visitantes de la noche.

¡Había acertado! El médico forense se lo había confirmado. Las lesiones internas podían muy bien haber sido causadas por mandíbulas de hormigas. Tal vez Jacques Méliés no había cogido todavía al culpable, pero estaba seguro de hallarse sobre la pista correcta.

Demasiado excitado para poder dormir, encendió la televisión y por casualidad tropezó con la reposición nocturna de «Trampa para pensar». La señora Ramírez había abandonado su aspecto tímido para enarbolar una fisonomía radiante.

—Entonces, señora Ramírez, esta vez tiene algo.

La señora Ramírez no ocultó su alegría.

—¡Sí, sí, esta vez he dado con ello! ¡En fin, que creo haber hallado la solución a su enigma!

Estallidos de aplausos.

—¿De veras? —dijo sorprendido el presentador.

La señora Ramírez batía palmas como una niñita.

—¡Sí, sí, sí! —exclamó.

—Bueno, pues, explíquenoslo, señora Ramírez.

—Ha sido gracias a sus frases clave. «Cuanto más inteligente es uno, menos posibilidades hay de hallar la solución», «Hay que olvidar lo que se sabe», «Como el Universo, este enigma nace en la simplicidad absoluta...» He comprendido que debía convertirme en una niña para llegar a la solución. Dar marcha atrás, volver a la fuente, de la misma forma que esa serie que representaba la expansión del Universo parece regresar a su Big Bang original. Era preciso que volviese a ser un espíritu simple, que recuperase mi alma de bebé.

—Eso la llevará lejos, señora Ramírez...

Completamente entregada, la concursante no se dejó interrumpir:

—Los adultos siempre nos esforzamos por ser cada vez más inteligentes, pero me he preguntado qué pasaría operando en sentido inverso. Romper la rutina y hacer lo contrario de lo que nos mandan nuestros hábitos.

—Bravo, señora Rodríguez.

Aplausos dispersos.

—Y, ¿cómo reacciona una mente inteligente ante este enigma? Frente a esa sucesión de números, ve un problema matemático. Va, por lo tanto, a buscar cuál es el denominador común entre esas líneas de cifras. Suma, resta, multiplica, pasa revista a todas las cifras. Pero se rompe la cabeza en vano, por la sencilla razón de que no tienen nada que ver con las matemáticas... Y si no es un enigma matemático, es que se trata de un enigma literario.

—Bien pensado, señora Ramírez. Un aplauso.

La concursante aprovecha las aclamaciones para recuperar aliento.

—Pero ¿cómo dar un sentido literario a una serie de cifras que se amontonan, señora Ramírez?

—Haciendo como los niños, enunciando lo que se ve. Los niños, cuando son muy pequeños, al ver una cifra pronuncian la palabra. Para ellos, «seis» corresponde a la sonoridad seis como «vaca» corresponde al animal de cuatro patas con tetas. Es una convención. Se designa a las cosas según sonidos arbitrarios que difieren en todo el mundo. Pero el nombre, el concepto y la cosa terminan siendo el mismo en todas partes.

—Muy filosófica está usted hoy, señora Ramírez, pero nuestras queridas telespectadoras y telespectadores piden algo concreto. Entonces la solución es...

—Si escribo «1», un niñito que apenas sepa leer me dirá: «Eso es un uno.» Por lo tanto escribo «un uno». Si le muestro lo que acabo de escribir, me dirá que ve «dos unos»: «2 1». Y así sucesivamente. La solución es la siguiente. Basta con nombrar la línea superior para obtener la línea siguiente. Nuestro niño lee por tanto «un dos, un uno» en la línea de abajo. 1211. Si la enumero, resultará 111212, luego 312211, luego 1311221, luego 1113213211... No creo que la cifra «cuatro» aparezca en seguida.

—¡Es usted formidable, señora Ramírez! ¡Y ha ganado!

La sala aplaude a rabiar y, en su pequeña nube, Méliés tiene la impresión de que le aplauden a él.

El presentador llama al orden:

—De todos modos, ¿vamos a dormirnos en nuestros laureles, señora Ramírez?

La mujer se mueve, sonríe, gesticula, se lleva unas manos sin duda más húmedas que frescas a sus mejillas carmesíes.

—Déjeme por lo menos que me recupere.

—¡Ah!, señora Ramírez: de qué forma tan brillante ha resuelto nuestro enigma cifrado; ¡pero ya se perfila nuestra nueva «¡Trampa para...

—...pensar!»

—...comunicada, como siempre, por un telespectador anónimo. Atienda a nuestro nuevo problema: ¿sabría formar con seis cerillas, repito, con seis cerillas, seis triángulos equiláteros del mismo tamaño, sin romperlas ni pegarlas?

—¿Seis triángulos, dice? ¿Está usted seguro que no se trata de seis cerillas y cuatro triángulos?

—Seis cerillas, seis triángulos —repite el presentador en tono inflexible.

—Por lo tanto saldrá un triángulo por cerilla —dice asustada la concursante.

—Así es, señora Ramírez. Y en esta ocasión, la primera frase clave será: «Hay que pensar de la misma manera que el otro.» Así pues, a pensar, amigos telespectadores. ¡Hasta mañana, si les parece bien!

Jacques Méliés apagó el televisor, volvió a acostarse y terminó durmiéndose. La exaltación le siguió hasta sus agitados sueños, donde se mezclaron Laetitia Wells, sus ojos violeta y sus lágrimas de entomóloga, Sébastien Salta y su cara de película de miedo, el prefecto Dupeyron que abandonaba la política para lanzarse a una carrera de médico forense, la concursante Ramírez, a quien nunca engañaba su reflexión...

Estuvo dando vueltas y más vueltas entre las sábanas durante buena parte de la noche, mientras sus sueños continuaban con su zarabanda. Dormía profundamente. Dormía menos. No dormía. Despertó sobresaltado. Era una pequeña vibración, una especie de golpeteo sobre el colchón, que había percibido al fondo de la cama. Su pesadilla de la infancia volvió para acosarle: el monstruo, el lobo rabioso de ojos rojos de odio... Logró reponerse. Ahora era un adulto. Completamente despierto, encendió la luz y comprobó que había una pequeña protuberancia que se movía a sus pies.

Saltó fuera de la cama. La joroba estaba allí, real. Dejó caer sobre ella el puño y oyó un chillido. Luego, estupefacto, vio cómo Marie-Charlotte salía cojeando de debajo de sus sábanas.

La pobre se refugió en sus brazos maullando. Para tranquilizarla, la acarició y le frotó la pata que tenía dolorida. Luego, decidido a recuperar algunas fuerzas esa noche, fue a cerrar a Marie-Charlotte en la cocina junto a un trozo de paté de atún con estragón. Bebió un vaso de agua del frigorífico y contempló la televisión hasta emborracharse con las imágenes.

En altas dosis, la televisión tenía un efecto tranquilizador, como una droga analgésica. Se sentía como flotando, con la cabeza llena de nada, y los ojos embebidos en problemas que no le concernían lo más mínimo. Un placer.

Volvió a acostarse y esta vez se puso a soñar como todo el mundo con lo que acababa de ver en la televisión, a saber: una película americana, anuncios, unos dibujos animados japoneses, un partido de tenis y algunas escenas de matanzas sacadas de los informativos.

Dormía. Dormía en profundidad. Dormía menos. Dejaba de dormir.

Decididamente, el Destino estaba contra él. Una vez más vio una pequeña duna que se movía en el fondo de su cama. Dio otra vez la luz. ¿Seguía haciendo de las suyas su gata bonsái Marie-Charlotte? Sin embargo, había cerrado cuidadosamente la puerta de la cocina.

Ya de pie, vio a la duna dividirse en dos, en cuatro, en ocho, en dieciséis, en treinta y dos, en un centenar de pequeños bultos apenas visibles que se desplazaban hacia la desembocadura de las sábanas. Retrocedió un paso. Y, estupefacto, contempló a las hormigas que invadían su almohada.

Su primer reflejo fue barrerlas con la palma de la mano. Cambió de opinión a tiempo. Sébastien Salta y todos los demás debían haber pretendido barrerlas con la mano. No hay peor error que subestimar al adversario.

Entonces, ante aquellos minúsculos animalitos cuya especie exacta no pensó en identificar ni por un segundo, Jacques Méliés se dio a la fuga. Las hormigas le perseguían, al parecer, pero por suerte su puerta de entrada no tenía más que un cerrojo y pudo abandonar el piso antes de que la tropa le hubiera alcanzado. En la escalera oyó los maullidos atroces de la pobre Marie-Charlotte cuando se dejaba desmigajar por aquellos malditos insectos.

Vivió todo aquello en un estado secundario, como acelerado. Descalzo y en pijama ya en la calle, logró parar un taxi y conminó al chofer a que se dirigiera volando a la Comisaría central.

Ahora estaba seguro: el asesino sabía que había resuelto el misterio de los químicos asesinados, y le había enviado a sus pequeñas ejecutoras.

Y no había más que una persona que supiera que había resuelto el enigma. ¡Sólo una persona!

81. Enciclopedia.

DUALIDAD: Toda la Biblia puede resumirse en su primer libro: el Génesis. Todo el Génesis puede resumirse en su primer capítulo: el capítulo que cuenta la Creación del mundo. Todo este capítulo puede asimismo resumirse en su primera palabra. Berechit. Berechit, que significa «en el comienzo». Toda esta palabra puede resumirse en su primera sílaba, Ber, que quiere decir «lo que ha sido dado a la luz». Toda esa sílaba puede a su vez resumirse en su primera letra, B, que se pronuncia «Beth» y se representa mediante un cuadrado abierto, con un punto en el medio. Ese cuadrado simboliza la casa, o la matriz que encierra el huevo, el feto, pequeño punto destinado a ser dado a luz.

¿Por qué empieza la Biblia por la segunda letra del alfabeto y no por la primera? Porque Be representa la dualidad del mundo, mientras que A es la unidad original. B es la emanación, la proyección de esa unidad. B es el otro. Salidos del «uno», nosotros somos «dos». Salidos de A, somos en B. Vivimos en un mundo de dualidad y en la nostalgia —incluso en la búsqueda— de la unidad, el Aleph, el punto de donde todo ha partido.



Edmond Wells.

Enciclopedia del saber relativo y absoluto, tomo II.

82. Todo recto.

La caída de una sámara de arce, una de esas hélices vegetales que van a llevar sus simientes muy lejos, sacude el campamento. El giro de su doble ala membranosa las hace peligrosas para las hormigas. Esta vez el bloque de cruzadas se ha visto dislocado y diseminado por tierra antes de proseguir su marcha.

Entre las filas, ya hay tema de conversación. Discuten sobre los riesgos comparados de los diferentes proyectiles naturales. El peor, según algunas, son los copetes del cardillo, que se pegan a las antenas y alteran todas las comunicaciones. Para 103.683 nada iguala en ese aspecto a la balsamina. Cuando una roza sus frutos, las tiras se enrollan de forma violenta y proyectan sus semillas a una distancia que puede superar los cien pasos.

Parlotean, pero no por ello aminora su marcha la larga procesión. Las hormigas frotan intermitentemente su vientre contra el suelo, a fin de que su glándula de Dufour imprima un rastro oloroso destinado a guiar a sus hermanas que las siguen.

Sobre sus cabezas revolotean numerosos pájaros, peligrosos también, aunque de forma muy distinta a las sámaras. Hay currucas meridionales de plumaje azulado, alondras lulú, pero sobre todo una multitud de pájaros carpinteros, picamaderos, negros o verdes. En el bosque de Fontainebleau, ésos son los volátiles más frecuentes.

Uno de ellos, un pájaro carpintero negro, se ha acercado demasiado. Se sitúa frente a la columna de hormigas rojas a las que tiene en la mira de su pico. Salta en picado, restablece el equilibrio de su vuelo y carga a ras de tierra. Enloquecidas, las hormigas se dispersan en todas direcciones.

Sin embargo, el objetivo del pájaro no es atrapar algunas desventuradas aisladas. Cuando se encuentra encima de una escuadra de soldados, suelta unos excrementos blancos que las manchan por completo. Como lo repite varias veces, consigue manchar a una treintena de hormigas. Un grito de alarma recorre todo el ejército.

¡No lo comáis! ¡No lo comáis!

En efecto, los excrementos de los pájaros carpinteros se hallan infectados, a menudo, de cestodos. Las que los prueben...

83. Enciclopedia.

CESTODOS: Los cestodos son parásitos unicelulares que viven en estado adulto en el intestino del pájaro carpintero. Los cestodos son expulsados junto con las heces del pájaro. Podría creerse que éste tiene conciencia de ello, por la frecuencia con que bombardea las ciudades hormiga con sus excrementos.

Cuando las hormigas quieren limpiar su ciudad de tales huellas blancas, se las comen y resultan contaminadas por los cestodos. Los parásitos perturban su crecimiento, modifican la pigmentación de su caparazón volviéndolo más claro. La hormiga infectada se vuelve indolente, sus reflejos son mucho menos rápidos, y, de hecho, cuando un picoverde ataca una ciudad, las hormigas infectadas por sus desechos son sus primeras víctimas.

Esas hormigas albinas son no sólo más lentas, sino que su quitina, al volverse clara, también las vuelve más fáciles de descubrir en los sombríos corredores de la ciudad.

Edmond Wells.

Enciclopedia del saber relativo y absoluto, tomo II.

84. Primeros muertos.

El pájaro vuelve para bombardearlas de nuevo. Aplica su estrategia a medio plazo: envenenar primero, luego recoger las hormigas afectadas en una próxima incursión.

Las soldados se sienten impotentes. 9 clama al cielo que ellas se dirigen a matar Dedos y que, al atacarlas, el estúpido pájaro protege a esos enemigos comunes. Pero el pájaro carpintero no recibe los mensajes olfativos. Hace un doping inverso y carga otra vez contra la columna de cruzadas.

¡Todas en defensa antiaérea!, dice una vieja guerrera.

Las artilleras pesadas escalan rápidamente unos tallos altos. Disparan al paso del pájaro, que decididamente resulta muy rápido. ¡Han fallado! ¡Peor aún, dos artilleras se fulminan mutuamente con sus tiros cruzados!

Pero cuando el pájaro carpintero se dispone a reincidir en su descarga de heces, ve frente a él un espectáculo poco frecuente. Hay un escarabajo rinoceronte, en suspensión casi inmóvil gracias a un batir de alas asíncrono, con una hormiga en posición de disparo, curiosamente encaramada en la punta de su cuerno frontal. Es 103.683. Su ano echa humo, porque lo ha llenado de ácido hiperconcentrado al 60 %.

Estando en equilibrio precario, la hormiga no resistirá mucho. El pájaro va a aniquilarla, es desmesuradamente mayor, más fuerte y más veloz. El abdomen de 103.683 se ve dominado por un temblor incontrolable, no puede siquiera apuntar.

Entonces piensa en los Dedos. El miedo a los Dedos supera todos los demás miedos. No flaqueará: cuando una se ha acercado a los Dedos, no se deja impresionar por un pájaro cazador.

Se yergue y suelta de una sola vez el contenido de su bolsa de veneno. ¡Fuego! El pájaro no ha tenido tiempo de tomar altura. Cegado, pierde su trayectoria, se golpea contra el tronco de un árbol, rebota y cae a tierra. Sin embargo, consigue despegar antes de que los equipos de matarifes le hayan puesto las patas encima.

103.683 consigue, con este episodio, un prestigio considerable. Nadie sabe que ha logrado vencer al miedo mediante un miedo todavía mucho mayor.

Las cruzadas adoptan desde ese momento la costumbre de hablar del valor de 103.683, de su experiencia, de su destreza en el tiro. ¿Quién habría conseguido parar en seco, en pleno vuelo, a un gran depredador salvo ella?

Esta popularidad aumentada tiene otra consecuencia: en señal de familiaridad afectuosa, abrevian su nombre. En adelante las cruzadas no la llaman sino 103.

Antes de proseguir camino, se recomienda a las que han recibido la hez del pájaro abstenerse de hacer trofalaxias para no contaminar a las demás soldados.

Las filas se alteran cuando 23 se acerca a 103. ¿Qué ocurre? 24 ha desaparecido. La buscan largo rato, pero no la encuentran. Sin embargo, el carpintero no ha devorado a nadie. La desaparición de 24 es muy fastidiosa, porque, junto con ella, ha desaparecido el capullo de mariposa de la misión Mercurio.

Imposible informar de lo que ocurre a las otras. Imposible seguir esperando. Peor para 24. La Manada prima sobre el individuo.

85. Investigación.

Méliés llegó solo al piso del matrimonio Odergin. La sabia etíope estaba recostada en una bañera sin agua. Un espeso champú verde distribuido sobre la cabeza presentaba los estigmas ya bien conocidos: carne de gallina, expresión de espanto y sangre coagulada junto a las orejas. El mismo esquema en el lavabo vecino, salvo que, por lo que se refiere al esposo, estaba encaramado en la taza, con la parte superior del cuerpo echada hacia delante y el pantalón caído sobre los calcetines.

En realidad, Jacques Méliés apenas si echó una ojeada a los dos cadáveres. Ahora ya sabía de qué se trataba e inmediatamente se dirigió al domicilio privado de Émile Cahuzacq.

El inspector quedó sorprendido al ver a su jefe aterrizar en su casa a hora tan temprana, vestido tan sólo con un pijama bajo su trenca. En qué mal momento Llegaba. Cahuzacq estaba entregado a su pasatiempo favorito: la taxidermia de mariposas.

Sin preocuparse por ello, el comisario anunció de sopetón:

—¡Amigo mío, ya lo tenemos! ¡Esta vez hemos cogido al asesino!

El inspector pareció escéptico.

Méliés se fijó entonces en el desorden que había sobre la mesa de su subalterno:

—Pero, ¿qué estás haciendo?

—¿Yo? Colecciono mariposas. ¿Qué pasa? ¿No te lo había dicho?

Cahuzacq cerró la botella de ácido fórmico, terminó de untar con un pincel las alas de un bómbice y luego lo manipuló con una pinza de puntas planas.

—Es bonito, ¿no? Mira..., éste es un bómbice del pino. Lo encontré hace unos días en el bosque de Fontainebleau. Es curioso, una de sus alas tiene un agujero perfectamente redondo y la otra está cortada. Tal vez haya descubierto una nueva especie.

Méliés se inclinó e hizo una mueca de repugnancia.

—¡Pero si esas mariposas están muertas! Pegas los cadáveres unos junto a otros. ¿Te gustaría que te metieran bajo un cristal con una etiqueta, Homo sapiens?

El viejo inspector se enfurruñó:

—Tú te interesas por las moscas y yo por las mariposas. Cada uno tiene sus manías.

Méliés le dio una palmada en el hombro:

—Vamos, no te enfades. No hay tiempo que perder, he dado con el asesino. Sígueme, vamos a cazar una especie muy distinta de mariposa.





  1. Extraviada.

Bueno, tendrá que haber una razón, no es por allí, tampoco es por allá, ni por acá, ni por el otro lado.

Tampoco el menor olor a hormiga en la esquina. ¿Cómo ha podido perderse tan de prisa, qué ha pasado? Cuando el pájaro se ha lanzado sobre ellas, una soldado ha dicho que había que escapar, que tenían que esconderse. Le ha hecho tanto caso que se ha extraviado en el Gran Exterior, sola. Es joven, no tiene experiencia y está lejos de las suyas. Y también lejos de los dioses.

Pero ¿cómo ha podido perderse tan de prisa? Ése es su gran defecto, la falta de sentido de la orientación.

Lo sabe, y por eso las otras no creían que tuviera agallas para partir con la cruzada.

Todo el mundo la llamaba 24-la-extraviada-de-nacimiento.

Aprieta contra sí la preciosa carga. El capullo de mariposa. Esta vez su extravío puede tener consecuencias inimaginables.

No sólo para ellos sino para todo el nido, quizás incluso para toda la especie. Debe encontrar a cualquier precio una feromona pista. Empieza a hacer vibrar sus antenas a 25.000 movimientos por segundo y no descubre nada significativo. Está completamente perdida.

Su carga se vuelve a cada paso más pesada y le estorba cada vez más.

Deja en el suelo el capullo, se lava frenéticamente las antenas y sorbe con virulencia el aire ambiente. Percibe un aroma de nido de avispas. Nido de avispas, nido de avispas... ¡siempre acaba topando con un nido de avispas rojas! Es hacia el Norte. Por lo tanto no es ésa la buena dirección. Además, sus órganos de Johnston sensibles a los campos magnéticos terrestres le confirman que se ha equivocado.

Durante un instante le parece que la espía un moscardón. Debe ser una ilusión. Vuelve a cargar con el capullo, y camina todo recto.

Bueno, esta vez está definitivamente perdida.

Desde que era muy joven, 24 no para de perderse. Se perdía ya por los corredores de las asexuadas cuando apenas tenía unos días de vida, más tarde se perdía en la Ciudad, y, cuando pudo salir del hormiguero, empezó a perderse en la Naturaleza.

Al final de cada una de sus expediciones, siempre había un momento de duda en que una hormiga decía:

Pero ¿qué ha pasado con 24?

La pobre soldado cazadora también se hacía la misma pregunta.

¿Dónde estoy?

Cierto que le parecía que ya había visto aquella flor, aquel trozo de madera, aquella roca, aquel bosquecillo, aunque... tal vez la flor fuera de otro color. Entonces, la mayoría de las veces empezaba a girar en redondo en busca de las feromonas pistas de su expedición.

A pesar de todo seguían enviándola a los caminos del Gran Exterior, porque, debido a un accidente genético extraño, 24 tenía una excelente vista para una asexuada. Sus glóbulos oculares estaban casi tan desarrollados como los de las sexuadas. Y aunque repitiera una y otra vez que no por gozar de tan buena vista tenía buenas antenas, todas las misiones deseaban tenerla en sus filas para que 24 pudiera asegurar un control visual de su buen desarrollo. Y ella se perdía.

Hasta ese momento siempre había conseguido, mejor o peor, volver al nido. Pero en esta ocasión era diferente, porque el objetivo no consistía en volver al nido, sino en llegar al confín del mundo. ¿Sería capaz de conseguirlo?

En la Ciudad formas parte de las otras, sola formas parte de la nada, se dice una y otra vez.

Rumbo al Este. Camina desesperada, abandonada, ofrecida al primer depredador que pase. Lleva mucho tiempo caminando cuando, de pronto, se ve detenida por una depresión radical en el suelo, a un buen paso de profundidad. Explora el borde y termina por constatar que, de hecho, hay dos depresiones, una junto a otra, dos hondonadas llanas; la mayor dibuja la mitad de un óvalo; la otra, más profunda, forma un semicírculo. Los diámetros de esos dos extraños recintos son paralelos, y distan entre sí cinco pasos aproximadamente.

24 resopla, palpa, prueba, sorbe. El olor es tan poco habitual como todo lo demás. Desconocido, nuevo... Perpleja al principio, 24 se ve dominada luego por una viva excitación. Ya no siente ningún miedo. A intervalos de unos sesenta pasos se suceden otras huellas gigantes. 24 está completamente segura de haber dado con huellas de Dedos. ¡Sus ruegos han sido atendidos! ¡Los Dedos la guían, le muestran el camino!

Corre sobre la huella de los dioses. Por fin va a encontrarlos.

87. Los dioses están furiosos.

Temed a vuestros dioses.

Sabed que vuestras ofrendas son demasiado pobres,

demasiado escasas para nuestro tamaño.

La lluvia ha destruido los graneros, nos decís.

Era el castigo merecido,

porque ya no hacéis suficientes ofrendas.

La lluvia ha aniquilado el movimiento rebelde, nos decís.

Hacedlo renacer con mayor fuerza.
¡Mostrad a todos la fuerza de los Dedos!

Lanzad comandos suicidas,

y vaciad los graneros de la Ciudad prohibida.
¡Temed a vuestros dioses!
Los Dedos lo pueden todo porque los Dedos son dioses. Los Dedos lo pueden todo porque los Dedos son grandes. Los Dedos lo pueden todo porque los Dedos son poderosos.
Ésa es la verdad.
Los Dedos apagan la máquina y se sienten orgullosos de ser dioses.

Nicolás vuelve a meterse en la cama con sigilo. Con los ojos abiertos, sonríe mientras sueña despierto. Si algún día consigue salir vivo de aquel agujero, tendrá muchas cosas que contar. ¡A sus compañeros de escuela, al mundo entero! Explicará la necesidad de las religiones. ¡Y será célebre demostrando que ha conseguido implantar la fe religiosa entre las hormigas!

88. Primeras escaramuzas.

Sólo en los territorios bajo control belokaniano son ya considerables el número de víctimas y la extensión de los destrozos ocasionados por el paso de la primera cruzada.

Y es que las soldados rojas no tienen miedo a nada.

Una topo que pretendía excavar en aquella masa de hormigas sólo ha tenido tiempo de tragarse catorce víctimas. Las hormigas la invaden inmediatamente y la despedazan. Una capa de silencio se abate sobre el largo cortejo. Ante él todo desaparece. Hasta el punto de que a la eufórica cazadora de los inicios le sucede la penuria y, sin tardar, el hambre.

En la estela de desolación que tras ella deja la cruzada también hay ahora hormigas muertas de hambre.

Ante semejante situación catastrófica, 9 y 103 se ponen de acuerdo. Proponen que las exploradoras se desplieguen en grupos de veinticinco unidades. Semejante abanico en cabeza debería ser lógicamente más discreto y, por lo tanto, menos pavoroso para los habitantes del bosque.

A las que empiezan a murmurar y hablan de retirada, se les responde con acritud que el hambre debe impulsarlas, por el contrario, a acelerar el paso, a seguir adelante. En dirección al Oriente. Su próxima presa será un Dedo.

89. La culpable es detenida por fin.

Tumbada en su baño y entregada a su ejercicio favorito, la zambullida en apnea, Laetitia Wells dejaba vagar sus pensamientos. Se le ocurrió que llevaba ya días sin tener amantes, ella que tenía tantos y que siempre se cansaba de ellos en seguida. Consideró incluso la posibilidad de meter en su cama a Jacques Méliés. A veces la molestaba un poco, pero ofrecía la ventaja de estar allí, al alcance de la mano, en el momento en que sintiese la necesidad de un macho.

¡Ay! Había tantos hombres por el mundo... Pero ninguno de la clase de su padre. Ling-mi, su madre, había tenido la suerte de compartir su vida. Un hombre abierto a todo, inesperado y raro, al que le gustaba bromear. ¡Y amante, tan amante!

Nadie podía ganar a Edmond. Su ingenio era un espacio sin límites. Edmond funcionaba como un sismógrafo, registraba todas las sacudidas intelectuales de su época, todas las ideas-fuerza, las asimilaba, las sintetizaba... y las regurgitaba convertidas en otras, en ideas propias. Las hormigas no habían sido más que un pretexto. Lo mismo habría podido estudiar las estrellas, la medicina o la resistencia de los metales: habría sobresalido igual. Había sido un espíritu realmente universal, un aventurero de una especie peculiar, tan modesto como genial.

¿Existía quizás en algún lado otro hombre de psicología lo bastante móvil para sorprenderla sin cesar y no cansarla nunca? Por el momento, no había encontrado ninguno de esa especie...

Se imaginó poniendo un anuncio por palabras: «Se busca aventurero...» Las respuestas la desanimaban por adelantado.

Sacó la cabeza del agua, respiró con fuerza y volvió a hundirla en el líquido. El curso de sus pensamientos había cambiado, Su madre, el cáncer...

Como de pronto le faltó aire, sacó de nuevo la cabeza. Su corazón latía con fuerza. Salió de la bañera y se puso el albornoz.

Llamaban a la puerta.

Se tomó algún tiempo para tranquilizarse un poco, tres expiraciones largas, y fue a abrir.

Era Méliés una vez más. Empezaba a acostumbrarse a sus incursiones, pero le costó reconocerle. El comisario llevaba un traje de apicultor, su rostro estaba oculto por un sombrero de paja con un velo de muselina, y llevaba guantes de caucho. Ella frunció el ceño al ver, detrás del comisario, a tres hombres vestidos del mismo tenor. En una de las siluetas reconoció al inspector Cahuzacq. Estuvo a punto de soltar una carcajada.

—¡Comisario! ¿Qué significa esta visita disfrazada?

No hubo respuesta. Méliés se echó a un lado, los dos enmascarados sin identificar —probablemente dos polis— avanzaron y el más forzudo le puso una esposa en la muñeca derecha. Laetitia Wells creía estar soñando. El colmo fue cuando Cahuzacq, con la voz deformada y amortiguada por la máscara, le recitó: «Queda usted detenida por asesinatos y tentativa de asesinato. A partir de este momento, cuanto diga podrá ser empleado contra usted. Tiene, por supuesto, derecho a negarse a hablar en caso de no estar presente su abogado.»

Luego los policías, arrastrando a Laetitia, se plantaron delante de la puerta negra. Méliés hizo una rápida y brillante demostración de sus talentos de atracador: la cerradura no se le resistió.

—¡Podía haberme pedido la llave en vez de romper la cerradura! —protestó la interpelada.

Los cuatro polis se quedaron pasmados ante el acuario de hormigas y todo un arsenal informático.

—Pero ¿qué es esto?

—Probablemente se trata de los asesinos de los hermanos Salta, de Caroline Nogard, de MacHarious y del matrimonio Odergin —dijo en tono sombrío Méliés.

Ella exclamó.

—¡Se equivoca! Yo no soy el flautista de Hamelín. Pero ¿no lo ve? ¡Es un simple nido de hormigas que recogí la semana pasada en el bosque de Fontainebleau! Mis hormigas no son asesinas. Nunca han salido de aquí desde que las traje. Ninguna hormiga podrá nunca obedecer a nadie. No se las puede domesticar. No se trata de perros ni de gatos. Son libres. ¿Me entiende, Méliés? Son libres, no hacen más que lo que se les ocurre y nadie podrá manipularlas ni influir en ellas. Mi padre ya lo había comprendido. Son libres. Y por eso siempre se quiere acabar con ellas. ¡No hay más que hormigas salvajes y libres! ¡Yo no soy su asesino!

El comisario ignoró sus protestas y se volvió hacia Cahuzacq.

—Te llevas todo esto, el ordenador y las hormigas.

Tendremos que comprobar si el tamaño de sus mandíbulas corresponde con el de las lesiones internas de los cadáveres. Manda que precinten la casa y lleva directamente a la señorita al juzgado de instrucción.

Laetitia se volvió vehemente.

—Yo no soy su culpable, Méliés. ¡Vuelve a equivocarse! Desde luego, ésa es su especialidad!

El se negó a escucharla.

—Muchachos —les dijo a sus subordinados—, cuidado que no escape ni una sola de las hormigas. Todas ellas son pruebas periciales.

Jacques Méliés se sentía dominado por la felicidad más viva. Había resuelto el enigma más complicado de su generación. Había rozado el Grial del crimen perfecto. Había vencido en un caso en el que ningún otro habría podido triunfar. Y ya tenía el móvil del asesino: era la hija del más célebre chiflado pro-hormigas del planeta, Edmond Wells.

Y se marchó sin haber cruzado una sola vez sus ojos con la mirada violeta de Laetitia.

—Soy inocente. Comete usted el mayor disparate de su carrera. Soy inocente.

90. Enciclopedia.


1   ...   6   7   8   9   10   11   12   13   ...   23


La base de datos está protegida por derechos de autor ©absta.info 2016
enviar mensaje

    Página principal