Bernard Werber



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Bernard Werber


EL DÍA DE

LAS HORMIGAS

Título original.

LE JOUR DES FOURMIS.



Traducción de.


MAURO ARMIÑO.















A Catherine.

Todo es uno (Abraham)

Todo es amor (Jesucristo)

Todo es económico (Karl Marx)

Todo es sexual (Sigmund Freud)

Todo es relativo (Albert Einstein)


¿Y luego?...



Edmond Wells.

Enciclopedia del saber relativo y absoluto.

Primer arcano.


LAS DUEÑAS DEL ALBA.



  1. Panorámica.

Negro.

Ha pasado un año. En el cielo sin luna de la noche de agosto palpitan las estrellas. Y por fin las tinieblas se difuminan. Unas fajas de bruma se estiran sobre el bosque de Fontainebleau. Pronto las disipa un gran sol púrpura. Todo centellea ahora bajo el rocío. Las telas de araña se transforman en bárbaros manteles de perlas color naranja. Hará calor.

Unos pequeños seres tiemblan bajo los ramajes. Sobre las hierbas, entre los helechos. Por todas partes. Pertenecen a todas las especies y son innumerables. El rocío, licor puro, limpia esa tierra donde ha de ocurrir la más extraña de las av...

2. Tres espías en el corazón.



Adelante, deprisa.

La orden perfumada es terminante: no hay tiempo que perder en observaciones ociosas. Las tres siluetas oscuras se apresuran a lo largo del corredor secreto. La que camina por el techo arrastra indolentemente sus sentidos a la altura del suelo. Le ruegan que baje, pero ella asegura que está mejor así, con la cabeza hacia abajo. Le gusta percibir la realidad al revés.

Nadie insiste. Después de todo, ¿para qué? El trío se separa para adentrarse por un pasillo más estrecho. Tantean el más ínfimo recoveco antes de aventurar el menor paso. Por ahora, todo parece tan tranquilo que resulta inquietante.

Ya han llegado al corazón de la ciudad, en una zona a buen seguro muy vigilada. Sus pasos se hacen más cortos. Las paredes de la galería son cada vez más satinadas. Las sombras resbalan sobre jirones de hojas muertas. Una sorda aprensión inunda todos los vasos de sus caparazones rojizos.

Ya están en la sala.

Husmean los olores. El lugar huele a resina, a coriandro y a carbón. Esta pieza es una invención muy reciente. En todas las demás ciudades mirmeceanas, las celdillas sólo sirven para almacenar el alimento o las cresas. Pero el año anterior, justo antes de la hibernación, alguien emitió una sugerencia:

No debemos perder nuestras ideas.

La inteligencia de la Manada se renueva demasiado de prisa.

Los pensamientos de nuestros antepasados deben aprovechar a nuestros hijos.

El concepto de almacenaje de los pensamientos era completamente nuevo entre las hormigas. Sin embargo, había entusiasmado a una gran mayoría de ciudadanas. Todas y cada una de ellas habían ido a verter las feromonas de su saber en los recipientes previstos a tal efecto. Luego los habían ordenado por temas.

Desde ese instante, todos sus conocimientos quedaban recogidos en aquella amplia celda: la «Biblioteca química».

Las tres visitantes, llenas de admiración a pesar de su nerviosismo, caminan. Los espasmos de sus antenas dejan traslucir su emoción.

A su alrededor se alinean unos ovoides fluorescentes en filas de seis, nimbados por vapores amoniacales que les dan un aspecto de huevos calientes. Pero esas conchas transparentes no esconden ninguna vida en gestación. Encastradas en su ganga de arena, están repletas de relatos olfativos sobre centenares de temas bien catalogados: historia de las reinas de la dinastía Ni, biología corriente, zoología (mucha zoología), química orgánica, geografía terrestre, geología de las capas de arena sub.-terrestres, estrategia de los combates de masas más célebres, política territorial de los últimos diez mil años. Se encuentran incluso recetas de cocina o los planos de los escondrijos de peor fama de la ciudad.

Movimiento de antenas.



De prisa, de prisa, démonos prisa, que si no...

Se limpian rápidamente sus apéndices sensoriales con el cepillo de cien pelos de su codo. Se disponen a inspeccionar las cápsulas donde se amontonan las feromonas de memoria. Rozan los huevos con la extremidad sensible del tallo de sus antenas para identificarlos bien.

De pronto, una de las tres hormigas se queda inmóvil. Le parece haber oído un ruido. ¿Un ruido? Todas piensan que esta vez van a ser descubiertas.

Esperan febriles. ¿Quién podrá ser?



3. En casa de los Salta.

—¡Vete a abrir, debe de ser la señorita Nogard!

Sébastien Salta desplegó su largo esqueleto y giró el picaporte de la puerta.

—Buenos días —dijo.

—Buenos días, ¿está listo?

—Sí. Está listo.

Los tres hermanos Salta fueron a coro en busca de una gran caja de poliestireno de la que sacaron una esfera de vidrio, abierta por su parte superior y llena de granulados pardos.

Todos se inclinaron sobre el recipiente y Caroline Nogard no pudo dejar de meter en él la mano derecha. Un poco de arena oscura fluyó entre sus dedos. Olisqueó los granos como lo hubiera hecho con un café de aroma precioso.

—¿Les ha costado mucho esfuerzo?

—Muchísimo —respondieron al unísono los tres hermanos Salta.

Y uno de ellos añadió:

—¡Pero merecía la pena!

Sébastien, Pierre y Antoine Salta eran unos colosos. Cada uno debía medir unos dos metros. Se arrodillaron para meter también sus largos dedos en el recipiente.

Tres velas hincadas en un alto candelabro iluminaban la extraña escena con luces de un amarillo anaranjado.

Caroline Nogard colocó la esfera en una maleta rodeándola cuidadosamente con numerosas capas de espuma de nailon. Contempló a los tres gigantes y sonrió. Luego se despidió en silencio.

Pierre Salta dejó escapar un suspiro de alivio.

—¡Esta vez creo que hemos logrado nuestro objetivo!

4. Carrera-persecución.

Falsa alarma. Sólo es una hoja seca que cruje. Las tres hormigas reanudan sus investigaciones.

Husmean uno por uno todos los recipientes atiborrados de informaciones líquidas. Por fin encuentran lo que buscan.

Por suerte, no les ha sido demasiado difícil descubrirlo. Cogen el precioso objeto, pasándolo de una pata a otra. Es un huevo lleno de feromonas y herméticamente cerrado mediante una gota de resina de pino. Lo descapsulan. Un primer aroma asalta sus once segmentos antenarios.



Desciframiento prohibido.

Perfecto. No hay mejor sello de calidad. Apoyan el huevo y meten en él, con avidez, la extremidad de las antenas.

El texto oloroso asciende por los meandros de sus cerebros.

Descodificación prohibida.

Feromona memoria n.° 81

Tema: Autobiografía.

Mi nombre es Chli-pu-ni.

Soy la hija de Belo-kiu-kiuni.

Soy la reina 333 de la dinastía Ni y la ponedora única de la ciudad de Bel-o-kan.

No siempre me he llamado así. Antes de ser reina, yo era la princesa 56 de primavera. Porque ésa es mi casta y ése mi número de puesta.

Cuando era joven, creía que la ciudad de Bel-o-kan era él confín del Universo. Creía que nosotras, las hormigas, éramos los únicos seres civilizados de nuestro planeta. Creía que las termitas, las abejas y las avispas eran poblaciones salvajes que no aceptaban nuestras costumbres por simple oscurantismo.

Creía que las demás especies de hormigas eran degeneradas y que las hormigas enanas eran demasiado pequeñas para inquietarnos.

Entonces vivía encerrada permanentemente en el gineceo de las princesas vírgenes, en el interior de la Ciudad Prohibida. Mi única ambición consistía en llegar a parecerme a mi madre y, como ella, construir una federación política qué resistiese al tiempo en todos los numerosos sentidos de esa palabra.

Hasta el día en que un joven príncipe herido, 327, llegó a mi celdilla y me contó una extraña historia. Afirmaba que una expedición de caza había sido completamente pulverizada por una nueva arma de efectos devastadores.

Sospechamos entonces de las hormigas enanas, nuestras rivales, y el año pasado dirigimos contra ellas la gran batalla de las Amapolas. Nos costó varios millones de soldados pero vencimos. Y esa victoria nos proporcionó la prueba de nuestro error. Las enanas no poseían ninguna arma secreta de envergadura.

Luego pensamos que las culpables eran las termitas, nuestras enemigas hereditarias. Nuevo error. La gran ciudad termita del Este se ha transformado en una ciudad fantasma. Un misterioso gas clorado envenenó a todos sus habitantes.

Investigamos entonces en el interior de nuestra propia ciudad y fue así como nos enfrentamos a un ejército clandestino que creía proteger a la colectividad absteniéndose de revelarle informaciones demasiado angustiosas. Esas matadoras desprendían cierto olor a roca y pretendían desempeñar el papel de glóbulos blancos. Constituían la autocensura de nuestra sociedad. ¡Tomamos conciencia de que en nuestro propio organismo-comunidad existían defensas inmunitarias dispuestas a todo para que todas y cada una de nosotras permaneciese en la ignorancia!

Pero al fin, después de la extraordinaria odisea de la guerra asexuada 103.693 lo hemos comprendido.

En el confín oriental del mundo existen unos...

Una de las tres hormigas interrumpe la lectura. Le parece sentir una presencia. Las rebeldes se ocultan, acechan. Nada se mueve. Por encima de su escondite se yergue tímidamente una antena, a la que pronto imitan otras cinco.

Los seis apéndices sensoriales se transforman en radares y vibran a 18.000 movimientos por segundo. Todo lo que alrededor desprende aroma queda identificado inmediatamente.

Otra falsa alarma. No hay nadie en los alrededores. Y prosiguen la descodificación de la feromona.



En el confín oriental del mundo existen unos rebaños de animales mil veces gigantescos.

Las mitologías mirmeaceanas los evocan en términos poéticos. Sin embargo están más allá de toda poesía.

Las nodrizas nos narraban su existencia para hacernos temblar con cuentos de horror. Están más allá del horror.

Hasta entonces yo nunca había dado mucho crédito a esas historias de monstruos gigantes, guardianes de los confines del planeta que viven en rebaños de cinco. Pensaba que sólo se trataba de cuentos destinados a princesas vírgenes e ingenuas.

Ahora sé que ellos existen realmente.

La destrucción de la primera expedición de caza, fueron ellos.

Los gases que envenenaron la ciudad termita, eran ellos.

El incendio que destruyó Bel-o-kan y mató a mi madre, también eran ellos.

Ellos: los dedos.

Yo quería ignorarles. Pero ahora ya no puedo.

Su presencia se detecta por todas partes en el bosque.

Cada día, los informes de las exploradoras confirman que se acercan un poco más a nuestro mundo y que son muy peligrosos.

Por eso hoy he tomado la decisión de convencer a los míos para lanzar una cruzada contra los dedos. Será una gran expedición armada cuyo objetivo final será eliminar a todos los dedos del planeta mientras estemos a tiempo.

El mensaje es tan desconcertante que necesitan unos segundos para asimilarlo. Las tres hormigas espías querían saber. Pues bien, ¡ahora ya saben!

¡Una cruzada contra los Dedos!

Hay que avisar a las demás a toda costa. Pero si pudieran saber un poco más todavía... De común acuerdo, vuelven a meter las antenas.



Para acabar con estos monstruos preveo que la cruzada necesitará veintitrés legiones de infantería de asalto, catorce legiones de artillería ligera, cuarenta y cinco legiones de combate todo terreno, veintinueve legiones...

Un ruido más. Esta vez no hay duda. La tierra seca cruje bajo una garra. Las tres intrusas levantan sus apéndices todavía bañados de informaciones secretas. Todo ha sido demasiado fácil. Han caído en una trampa. Están convencidas de que les han permitido penetrar en la Biblioteca química sólo para desenmascararlas mejor.

Sus patas se flexionan, dispuestas para el salto. Demasiado tarde. Las otras ya están allí. A las rebeldes sólo les queda tiempo para apoderarse de la concha que contiene la preciosa feromona memoria y escapar por un pequeño corredor transversal.

Suena la alerta en la jerga olfativa belokaniana. Es una feromona cuya fórmula química es «C8 —H18 —O». La reacción es inmediata. Ya se oye el roce de centenares de patas guerreras.

Las intrusas huyen a galope tendido. ¡Sería una lástima morir cuando son las únicas rebeldes que han entrado en la Biblioteca química y conseguido descifrar la feromona más esencial, sin duda, de la reina Chli-pu-ni!

Carrera y persecución a través de los corredores de la Ciudad. Como en un rallye de bosleigh, las hormigas van tan de prisa que realizan virajes perpendiculares al suelo.

A veces, en lugar de bajar, siguen esprintando por el techo. Es cierto que la noción de arriba y abajo es completamente relativa en un hormiguero. Con garras, se puede caminar e incluso correr por todas partes.

Los bólidos de seis patas huyen a una velocidad vertiginosa. El panorama se abalanza contra ellas.

Todo sube, baja y gira. Fugitivas y perseguidoras saltan un precipicio. Todas pasan por los pelos, salvo una que tropieza y cae.

Ante la primera rebelde surge una máscara brillante. No tiene tiempo de darse cuenta de lo que le pasa. Bajo la máscara se yergue la punta de un abdomen relleno de ácido fórmico. El chorro hirviente transforma al instante a la hormiga en una pasta blanda. La segunda rebelde, enloquecida, da media vuelta y se precipita por un pasadizo lateral.

«¡Dispersémonos!», aúlla en su lenguaje olfativo. Sus seis patas cavan profundamente en el suelo. Pérdida de energía. Aparece por su costado izquierdo una soldado. Las dos corren tan de prisa que la guerrera no puede ni coger a su presa con las mandíbulas ni apuntar su disparo de ácido. Por eso, la zarandea y se esfuerza por aplastarla contra las paredes.

Los caparazones chocan entre sí con un ruido mate. Las dos hormigas, propulsadas a más de 0,1 Km./h por los corredores demasiado estrechos del hormiguero, encajan algunos ataques bruscos. Intentan ponerse zancadillas. Se pinchan con la punta de la mandíbula.

Van a tal velocidad que ninguna se da cuenta de que el corredor sigue estrechándose, hasta el punto de que fugitiva y perseguidora, proyectadas de pronto por una galería-embudo, chocan entre sí. Los dos bólidos explotan juntos y los trozos de quitina rota se dispersan por un amplio perímetro.

La tercera rebelde corre con las patas por el techo, cabeza abajo. Una artillera la apunta y con un tiro preciso pulveriza su pata posterior derecha. Por efecto del choque, la espía suelta el ovoide que contiene la feromona memoria de la reina.

Una guardiana recupera el inestimable objeto.

Otra ametralla con diez gotas de ácido y licua una antena de la superviviente. Los impactos de la ráfaga dañan el techo cuyos cascotes obstruyen momentáneamente el pasadizo.

La pequeña rebelde puede respirar un instante pero sabe que no podrá ir muy lejos. No sólo tiene una antena y una pata de menos, sino que las guardianas deben de estar vigilando ahora todas las salidas.

Los soldados están ya tras ellas. Los disparos de ácido fórmico crepitan. Y otra pata más cercenada, esta vez una delantera. Sin embargo, continúa corriendo con las cuatro que le quedan y consigue agazaparse en una cavidad del corredor.

Una guardiana la apunta, pero a la herida también le queda todavía ácido. Bascula el abdomen, se coloca de prisa en posición de tiro y apunta a la guerrera. ¡En el medio! La otra ha sido menos hábil, sólo ha conseguido cortarle la pata media de la izquierda. No le quedan más que tres patas. La última hormiga espía jadea cojeando ligeramente. Tiene que salir a cualquier precio de la emboscada y advertir al resto de las rebeldes de esa cruzada contra los Dedos.

«¡Ha pasado por allí, por allí!», emite una soldado que ha descubierto el cadáver quemado del duelista.

¿Cómo salir de allí? La superviviente se entierra lo mejor que puede en el techo. A las otras no se les ocurrirá mirar hacia arriba.

El techo es probablemente el lugar ideal para improvisar una palanca.

Las guardianas no la ven hasta que pasan por segunda vez, cuando una de ellas percibe una gota que cuelga de lo alto. Es la sangre transparente de la rebelde.

¡Maldita gravedad!

La tercera rebelde se deja caer entre los escombras y empieza a golpear a todo el mundo con sus últimas patas y su última antena válida. Una soldado le agarra una pata y la retuerce hasta que se rompe. Otra le traspasa el tórax con la punta de su mandíbula sable. Sin embargo consigue liberarse. Todavía le quedan dos patas para arrastrarse renqueando. Pero no habrá una última escapatoria. Una larga mandíbula sale de un muro y le corta la cabeza en plena carrera. El cráneo salta y rueda a lo largo de la galería en cuesta.

El resto del cuerpo todavía consigue dar una decena de pasos antes de aminorar la marcha, detenerse y, por último, desmoronarse. Las guardianas recogen los trozos y los arrojan en la depuradora de la Ciudad, sobre los despojos de sus otras dos comparsas. ¡Eso es lo que les ocurre a los que son demasiado curiosos!

Los tres cadáveres yacen abandonados, como marionetas torpemente rotas antes del comienzo del espectáculo.

5. El caso empieza.

Diario El Eco del domingo.

TRIPLE CRIMEN MISTERIOSO EN LA CALLE

DE LA FAISANDERIE.

«Tres cadáveres fueron descubiertos el jueves en un inmueble de la calle Faisanderie, en Fontainebleau. Se ignoran las causas de la muerte de Sébastien, Pierre y Antoine Salta, tres hermanos que compartían el mismo piso.

»El barrio goza de buena reputación en materia de seguridad. No han desaparecido dinero ni objetos preciosos. Tampoco se han apreciado señales de violencia. En el lugar no se ha hallado ninguna arma que haya podido servir para cometer el crimen.

»La investigación, que promete ser delicada, ha sido confiada al célebre comisario Jacques Méliés, de la Brigada Criminal de Fontainebleau. Este extraño caso podría convertirse en el thriller del verano para los aficionados a los enigmas policíacos. El asesino no llegará muy lejos. L. W.»



6. Enciclopedia.

¿Otra vez usted?

O sea que ha descubierto el segundo volumen de mi Enciclopedia del saber relativo y absoluto.

El primero estaba colocado bien a la vista sobre el atril del templo subterráneo, pero éste ha sido más difícil de descubrir, ¿verdad?

Bravo.

¿Quién es usted exactamente? ¿Mi sobrino Jonathan? ¿Mi hija? No, usted no es ni el uno ni la otra.



¡Buenos días, desconocido lector!

Me gustaría conocerle mejor. Declare delante de las páginas de este libro su nombre, su edad, sexo, profesión y nacionalidad.

¿Qué interés tiene usted en la vida?

¿Cuáles son sus fuerzas y sus debilidades?

De todos modos, poco importa. Sé quién es usted.

Siento sus manos acariciando mis páginas. Es bastante agradable, desde luego. Por la punta de sus dedos, en las sinuosidades de sus huellas digitales, adivino sus características más secretas.

Todo está inscrito hasta en sus menores fragmentos. En ellos percibo incluso los genes de sus antepasados.

¡Y pensar que ha sido necesario que esos millares de personas no murieran demasiado jóvenes! ¡Que se hayan seducido y acoplado hasta llegar al nacimiento de usted!

Hoy tengo la impresión de verle delante de mí.

No, no sonría. Permanezca natural. Déjeme leer en usted con más profundidad. Es usted mucho mejor de lo que piensa.

No es simplemente un apellido y un nombre dotados de una historia social.

Usted es un 71 % de agua clara, un 18 % de carbono, un 4 % de nitrógeno, un 2 % de calcio, un 2 % de fósforo, un 1 % de potasio, un 0,5 % de azufre, un 0,5 % de sodio y un 0,4 % de cloro. Además de una buena cucharada sopera de oligoelementos diversos: magnesio, cinc, manganeso, cobre, yodo, níquel, bromo, flúor y silicio. Y además una pizca de cobalto, de aluminio, de molibdeno, de vanadio, de plomo, de estaño, de titanio y de boro.

Ésa es la receta de su existencia.

Todos estos materiales provienen de la combustión de las estrellas y únicamente se pueden encontrar en su propio cuerpo. Su agua es similar al agua del más anodino de los océanos. Su fósforo le convierte a usted en solidario de las cerillas. Su cloro es idéntico al que sirve para desinfectar las piscinas. Pero no es usted eso únicamente.

Usted es una catedral química, un asombroso juego de construcción con sus dosificaciones, sus equilibrios, sus mecanismos de una complejidad apenas concebible. Porque sus moléculas están formadas por átomos, por partículas, por quarks, por vacío, todo ello ligado por fuerzas electromagnéticas, gravitacionales y electrónicas de una sutileza que le supera.

¡Cómo! Si usted ha conseguido encontrar este segundo volumen, es que usted es un pillo y que ya sabe muchas cosas de mi mundo. ¿Qué ha hecho usted con los conocimientos que le aportó el primer volumen? ¿Una revolución? ¿Una evolución? Probablemente nada.

Ahora instálese cómodamente para leer mejor. Ponga recta su espalda. Respire con tranquilidad. Relaje su boca.

¡Escúcheme!

Nada de lo que le rodea en el tiempo y en el espacio es inútil. Usted no es inútil. Su efímera vida tiene un sentido. No lleva a un callejón sin salida. Todo tiene su sentido.

A mí que le hablo mientras usted me lee, me están devorando unos gusanos. ¿Qué digo? Sirvo de abono a unos jóvenes brotes de perifollo muy prometedores. Las gentes de mi generación no comprendieron en qué quería convertirme.

Es demasiado tarde para mí. Lo único que puedo dejar es un frágil rastro, este libro.

Es demasiado tarde para mí, pero no es demasiado tarde para usted.

¿Está usted bien instalado? Relaje sus músculos. No piense en nada más que en el Universo, en el que usted no es otra cosa que un ínfimo polvo.

Imagine el tiempo acelerado. ¡Paf!, usted nace, proyectado de su madre como un vulgar hueso de cereza. ¡Chaf, chaf! Se atraca usted con miles de platos multicolores, transformando así algunas toneladas de vegetales y de animales en excrementos. ¡Y paf!, ya está usted muerto.

¿Qué ha hecho con su vida?

No lo suficiente, a buen seguro.

¡Actúe! ¡Haga algo, tal vez minúsculo, pero páselo bien! ¡Haga algo con su vida antes de morir!

No ha nacido usted para nada. Descubra por qué ha nacido. ¿Cuál es su ínfima misión?

Usted no ha nacido por azar.

Preste atención.



Edmond Wells.

Enciclopedia del saber relativo y absoluto, tomo II.

7. Metamorfosis.

No le gusta que le digan lo que tiene que hacer.

La gorda oruga peluda, verde, negra y blanca, se aleja de aquella libélula que le aconseja tener cuidado con las hormigas y se dirige al extremo de la rama del fresno.

Se desliza por reptación y ondulación. Pone primero sus seis patas delanteras. Sus diez patas traseras se unen a las delanteras gracias a los bucles que la oruga forma con su cuerpo.

Llegada a la extremidad de su promontorio, la oruga escupe un poco de saliva-cola para fijar su cuarto trasero y se deja caer, colgada cabeza abajo.

Está muy cansada. Ha terminado con su vida de larva. Sus sufrimientos tocan a su fin. Ahora, o muda o muere.

¡Chitón!

Se arropa en un capullo formado por un sólido cabo de cristal flexible.

Su cuerpo se transforma en caldero mágico.

Ha esperado ese día durante mucho tiempo, durante muchísimo tiempo. Tanto tiempo.

El capullo se endurece y se pone blanco. La brisa acuna ese extraño ñuto de color claro.

Pocos días más tarde, el capullo se hincha, como si estuviera a punto de lanzar un suspiro. Su respiración se vuelve más regular. Vibra. Se produce toda una alquimia. Se mezclan colores, ingredientes raros, aromas delicados, perfumes sorprendentes, juegos, hormonas, lacas, grasas, ácidos, carnes e incluso costras.

Todo se ajusta, se dosifica con una precisión inigualable con el objetivo de fabricar un ser nuevo. Y luego, la parte superior de la concha se desgarra. De la envoltura de plata sale una tímida antena que desenrolla su espiral.

La silueta que se desprende de su ataúd-cuna no tiene ya nada en común con la oruga de la que ha salido.

Una hormiga, que andaba por aquellos parajes, ha seguido ese instante sagrado. Fascinada al principio por el esplendor de la metamorfosis, razona y recuerda que sólo se trata de una presa. Galopa por la rama con objeto de matar al maravilloso animal antes de que salga pitando.

El cuerpo húmedo de la mariposa esfinge se desprende completamente del huevo original. Las alas se despliegan. Espléndidos colores. Tornasol de velos ligeros, frágiles y puntiagudos. Festones pardos sobre los que resaltan tintes desconocidos: amarillo flúor, negro mate, naranja brillante, rojo carmín, bermellón medio y antracita nacarado.

La hormiga cazadora bascula su abdomen bajo su tórax para colocarse en posición de tiro. Centra a la mariposa en su mira visual y olfativa.

La esfinge ve a la hormiga. Está fascinada por el extremo del abdomen que la apunta, pero sabe que de allí puede brotar la muerte. Y no está dispuesta a morir en absoluto. Por lo menos ahora no. Sería realmente una lástima.

Cuatro ojos esféricos se contemplan de hito en hito.

La hormiga mira a la mariposa. Es preciosa, desde luego, pero hay que alimentar a las cresas con carne fresca. No todas las hormigas son vegetarianas, al contrario. Ésta adivina que su presa se apresta a despegar y anticipa su movimiento levantando su órgano de tiro. La mariposa aprovecha ese instante para lanzarse al aire. El chorro de ácido fórmico, desviado, traspasa su velamen, haciendo un pequeño agujero de redondez perfecta.

La mariposa pierde un poco de altura, el agujero de su ala derecha deja pasar un silbido. La hormiga es una tiradora de élite y está convencida de haberle dado. Pero no por eso la otra deja de bracear en el aire. Sus alas todavía húmedas se secan un poco más con cada batir. Recupera altura y distingue abajo su capullo. Pero no siente la menor nostalgia.

La hormiga cazadora sigue emboscada. Nuevo disparo. Una hoja impulsada por una brisa providencial intercepta el mortal proyectil. La mariposa gira sobre su ala y se aleja, vivaracha.

La soldado 103.683 del Bel-o-kan ha fallado el tiro. Su blanco está ahora fuera de alcance. Contempla, soñadora, al lepidóptero que vuela y por un momento siente envidia. ¿A dónde va? Parece dirigirse hacia el confín del mundo.

En efecto, la esfinge desaparece hacia el Este. Hace varias horas que vuela y, cuando el cielo empieza a oscurecerse, divisa a lo lejos una claridad y se precipita al acto hacia ella.

Cautivada, no tiene más que un objetivo: alcanzar aquella claridad fabulosa. Cuando, a toda velocidad, llega a unos centímetros de la fuente luminosa, sigue acelerando para saborear más de prisa el éxtasis.

Ya está cerca del fuego. La punta de sus alas está a punto de quemarse. Pero no le importa, quiere hundirse allí, gozar de aquella fuente de calor. Fundirse en aquel sol. ¿Se quemará?



8. Méliés resuelve el enigma de la muerte de los Salta.

—¿No?


Sacó un chicle de su bolsillo y lo engulló de un bocado.

—No, no y no. No deje entrar a los periodistas. Voy a examinar tranquilamente mis fiambres y luego ya veremos. ¡Y apágueme las velas de ese candelabro! ¿Por qué las han encendido? Ah, ¿había un corte de fluido en el inmueble? Pero ya ha vuelto la corriente, ¿no? Pues entonces, por favor, no corramos riesgo de incendio.

Alguien apagó las velas. Una mariposa, cuyas alas estaban quemándose ya por sus extremidades, escapo por poco a la cremación.

El comisario masticó ruidosamente su chicle mientras inspeccionaba el piso de la calle de la Faisanderie.

En este comienzo del siglo XXI, habían sido pocos los cambios respecto al siglo anterior. Sin embargo, las técnicas de criminología habían evolucionado algo. Los cadáveres se cubrían de formol y de cera vitrificante para que conservasen la posición exacta que tenían en el momento de su muerte. La Policía tenía tiempo, por tanto, para estudiar a capricho la escena del crimen. El método era mucho más práctico que los arcaicos contornos con tiza.

El procedimiento desconcertaba un poco, pero los investigadores habían terminado por acostumbrarse a aquellas víctimas de ojos abiertos, cuya piel y cuyas ropas quedaban enteramente recubiertas de cera transparente, fijadas como al segundo siguiente a su muerte.

—¿Quién ha sido el primero en llegar?

—El inspector Cahuzacq.

—¿Émile Cahuzacq? ¿Dónde está? Ah, abajo... Perfecto, dile que me busque.

Un joven agente vaciló.

—Eh, comisario... Hay ahí una periodista del Eco del domingo que pretende que...

—¿Quién pretende qué? ¡No! ¡Nada de periodistas por ahora! Que me busquen a Émile.

Méliés empezó a caminar a zancadas por el salón antes de inclinarse sobre Sébastien Salta. Su cara se pegó al rostro deformado, a los ojos desorbitados, a las cejas levantadas, a las aletas de la nariz separadas, a la boca totalmente abierta, a la lengua tensa. Llegó a ver incluso unas prótesis dentarias y los relieves de una última colación. El hombre había debido comer cacahuetes y pasas.

Méliés se volvió luego hacia los cuerpos de los otros dos hermanos. Pierre tenía los ojos desorbitados y la boca abierta. La cera vitrificadora había conservado la carne de gallina que erizaba su piel. En cuanto a Antoine, su rostro estaba desfigurado por una atroz mueca de terror.

El comisario sacó de su bolsillo una lupa luminosa y escrutó la epidermis de Sébastien Salta. Los pelos estaban hirsutos como estacas. También se le había quedado la carne de gallina.

Una silueta familiar se perfiló delante de Méliés. El inspector Émile Cahuzacq. Cuarenta años de buenos y leales servicios en la Brigada Criminal de Fontainebleau. Sienes plateadas, bigote en punta y una barriga tranquilizadora. Cahuzacq era un hombre tranquilo que se había labrado su sitio exacto en la sociedad. Su único anhelo era alcanzar pacíficamente, sin demasiados altibajos, el retiro.

—¿Has sido tú, Émile, el primero en llegar aquí?

—Afirmativo.

—¿Y qué has visto?

—Bueno, lo mismo que tú. Lo primero que he hecho ha sido pedir que se vitrificasen los cadáveres.

—Buena idea. ¿Qué piensas de todo esto?

—No hay heridas, no hay huellas, no hay arma del crimen, no hay posibilidades de entrar ni de salir... No hay duda, ¡es un caso enrevesado para ti! .

—¡Gracias!

El comisario Jacques Méliés era joven, apenas tenía treinta y dos años, pero ya gozaba de una reputación de fino sabueso. Desdeñaba la rutina y sabía encontrar soluciones originales a los casos más complicados.

Tras concluir sólidos estudios científicos, Jacques Méliés había renunciado a una brillante carrera de investigador para orientarse hacia su única pasión: el crimen. Al principio fueron los libros los que le orientaron en aquel viaje al país de los puntos de interrogación. Se había atiborrado de novelas policíacas. Del juez Ti al Sherlock Holmes, pasando por Maigret, Hércules Poirot, Dupin o Rick Deckard, se había zampado tres mil años de investigaciones policíacas.

Su Grial particular era el crimen perfecto, siempre rozado y nunca realizado. Para perfeccionarse más, se había matriculado de forma completamente natural en el Instituto de Criminología de París. Allí vivió su primera autopsia sobre un cadáver fresco (y su primer desmayo). Aprendió a abrir una cerradura con una horquilla, a fabricar una bomba artesana o a desactivarla. Exploró las mil maneras de morir propias del ser humano.

Sin embargo, había algo que le decepcionaba en aquellos cursos: la materia prima era mala. Sólo se conocían criminales que se habían dejado coger. Es decir, los imbéciles. De los otros, de los inteligentes, no se sabía nada, puesto que nunca los habían pillado. ¿Habría descubierto uno de aquellos impunes la forma de realizar el crimen perfecto?

El único medio de saberlo era meterse en la Policía y dedicarse en persona a la caza. Es lo que hizo. Fue ascendiendo sin dificultad los escalones jerárquicos. Obtuvo su primer éxito deteniendo a su propio profesor de desactivación de explosivos, ¡buena tapadera para el jefe de un grupo terrorista!

El comisario Méliés se puso a husmear por el salón, registrando con la vista el menor de sus recovecos. Sus ojos terminaron por fijarse en el techo.

—Dime, Émile, ¿había moscas cuando entraste aquí?

El inspector contestó que no se había fijado. Al llegar él, puertas y ventanas estaban cerradas, pero luego habían abierto la ventana y si hubiera habido moscas habrían tenido tiempo de volar.

—¿Es importante? —preguntó con inquietud.

—Sí. Bueno, no. Digamos que es una lástima. ¿Tienes un informe sobre las víctimas?

Cahuzacq sacó una carpeta de cartón de la bolsa que llevaba en bandolera. El comisario consultó las diferentes fichas que contenía.

—¿Qué piensas de todo esto?

—Hay ahí algo interesante... Todos los hermanos Salta eran químicos de profesión, pero uno de los tres, Sébastien, era un personaje menos anodino de lo que parece a primera vista. Llevaba una doble vida.

—Vaya, vaya...

—Ese Salta estaba dominado por el demonio del juego. Su gran pasión era el póquer. Le llamaban «el gigante del póquer». No sólo por su estatura, sino sobre todo porque apostaba sumas asombrosas. Recientemente había perdido mucho dinero. Se había metido en una espiral de deudas. Y para salir de ella, el único medio que había visto era jugar sumas cada vez más fuertes.

—¿Cómo sabes todo eso?

—No hace mucho tuve que meter las narices en los ambientes del juego. Sébastien estaba completamente quemado. Al parecer le habían amenazado de muerte si no pagaba en seguida.

Méliés, pensativo, dejó de masticar su chicle.

—Había por tanto un móvil por lo que se refiere a Sébastien...

Cahuzacq hizo un gesto afirmativo con la cabeza.

—¿Crees que se adelantó y que se ha suicidado?

El comisario hizo caso omiso a la pregunta y se volvió de nuevo hacia la puerta:

—Cuando has llegado, estaba bien cerrada por dentro, ¿no?

—Afirmativo.

—¿Y también las ventanas?

—También las ventanas, todas.

Méliés volvió a masticar su chicle con ardor.

—¿En qué piensas? —preguntó Cahuzacq.

—En un suicidio. Claro que puede parecer simplista, pero con la hipótesis del suicidio queda explicado todo. No hay huellas extrañas porque no ha habido intrusión exterior. Todo ha ocurrido dentro. Sébastien ha matado a sus hermanos y se ha suicidado.

—De acuerdo, pero ¿con qué arma?

Méliés cerró los párpados para buscar mejor la inspiración. Finalmente enunció: Un veneno. Un potente veneno de efecto retardado. Algo como cianuro cubierto de caramelo. Cuando el caramelo se funde en el estómago, libera su contenido mortal. Como una bomba química de efecto retardado. ¿No me has dicho que era químico?

—Sí, en la CQG.

—¡Por lo tanto, a Sébastien Salta no le ha costado mucho fabricar su arma!

Cahuzacq no parecía del todo convencido.

—Entonces, ¿por qué tienen todos unas caras tan horrorizadas?

—Por el dolor. Cuando el cianuro traspasa el estómago, es doloroso. Mil veces peor que una úlcera.

—Comprendo que Sébastien Salta se haya suicidado —dijo Cahuzacq en tono dubitativo—, pero ¿por qué habría matado a sus dos hermanos que no corrían ningún peligro?

—Para ahorrarles la degradación de la bancarrota. También existe ese viejo reflejo humano que impulsa a embarcar a toda la familia en la propia muerte. En el antiguo Egipto, los faraones se enterraban junto con sus mujeres, sus servidores, sus animales y sus muebles. Uno tiene miedo de ir solo, y entonces se lleva a los allegados...

El inspector estaba conmovido por las certidumbres del comisario. Todo aquello podía parecer demasiado simple o demasiado sórdido. Pero sólo la hipótesis del suicidio podía justificar la ausencia de toda huella extraña.

—Así, pues, resumo —continuó Méliés—. ¿Por qué está todo cerrado? Porque todo ha ocurrido dentro. ¿Quién ha matado? Sébastien Salta. ¿Con qué arma? Con un veneno de efecto retardado preparado por él mismo. ¿Cuál es el móvil? La desesperación, la incapacidad de hacer frente a las enormes deudas de juego contraídas.

Émile Cahuzacq no daba crédito a lo que oía. ¿Era acaso tan fácil de resolver el enigma anunciado por los periódicos como «el thriller del verano»? Y sin recurrir siquiera a todas esas verificaciones, confrontaciones de testigos, búsqueda de indicios, en resumen, a todas las mandingas de la profesión. La reputación del comisario Méliés era tan grande que apenas dejaba lugar a la duda. Su razonamiento, de cualquier modo, era el único lógicamente posible.

Se adelantó un policía de uniforme.

—Esa periodista de El Eco del domingo sigue ahí diciendo que quiere entrevistarle. Lleva más de una hora esperando e insiste...

—¿Es guapa?

El policía movió la cabeza con un gesto afirmativo.

—Incluso puede decirse que «muy guapa». Me parece que es una eurasiana.

—¿Qué? ¿Y cómo se llama? ¿Chung-li o Mang Chi-Nang?

El otro protestó:

—Nada de eso. Laetitia Uelle o algo por el estilo.

Jacques Méliés dudó, pero una ojeada a su reloj le permitió tomar una decisión:

—Dígale a esa señorita que lo siento mucho, pero que no me queda tiempo. Es la hora de mi programa de tele favorito: Trampa para pensar. ¿Lo conoces, Émile?

—He oído hablar de él, pero nunca lo he visto.

—Haces mal. Ese programa debería ser un jogging cerebral obligatorio para todos los detectives.

—Bueno, ya sabes que para mí es demasiado tarde.

El policía carraspeo: ¿Y sobre la periodista de El Eco del domingo?

—Dile que haré una declaración a la Agencia Central de Prensa. Le bastará con inspirarse en ella.

El policía se permitió una pequeña pregunta suplementaria.

—¿Ya ha encontrado la solución a este caso?

Jacques Méliés sonrió como especialista decepcionado por un enigma demasiado fácil. Sin embargo le respondió.

Se trata de un doble asesinato y de un suicidio, todo por envenenamiento. Sébastien Salta estaba lleno de deudas y enloquecido, quiso terminar de una vez por todas.

Luego el comisario rogó a todo el mundo que despejaran la casa. Él mismo apagó la luz y cerró la puerta.

De nuevo quedaba vacía la habitación del crimen.

Los cadáveres relucientes de cera reflejaban los neones rojos y azules que parpadeaban en la calle. La notable actuación del comisario Méliés los había privado de cualquier aura trágica. Tres muertos por envenenamiento, simplemente.

Por donde Méliés pasaba, la magia desaparecía.

Un suceso y sólo eso. Tres figuras hiperrealistas iluminadas con flashes multicolores. Tres personas petrificadas como las víctimas momificadas de Pompeya.

Sin embargo quedaba una especie de malestar: la máscara de terror absoluto que descomponía aquellos rostros parecía indicar que habían visto algo más espantoso que el desencadenamiento de las lavas del Vesubio.

9. Conversación con un cráneo.

103.683 se tranquiliza. Ha permanecido al acecho para nada. La hermosa mariposa nueva no ha vuelto. Se limpia la punta del abdomen con su peluda pata y se dirige hacia el extremo de la rama para recuperar el capullo abandonado. Es uno de esos objetos siempre útiles en un hormiguero. Puede servir tanto de ánfora para melazo como de cantimplora portátil.

103.683 es una hormiga rojiza de la ciudad federada de Bel-o-kan. Tiene un año y medio, que corresponde a cuarenta años en los humanos. Su casta es la de las soldados exploradoras asexuadas. Enarbola sus antenas en penacho, bastante alto. El aspecto del cuello y del tórax revela un carácter cada vez más firme. Uno de sus cepillos-espuela tibiales está roto pero el conjunto de la máquina todavía se halla en perfecto estado de marcha, aunque la carrocería esté plagada de estrías.

Sus ojillos hemisféricos examinan el panorama a través del tamiz de las facetas oculares. Visión de gran angular. Puede ver por delante, por detrás y por encima simultáneamente. "En los alrededores nada se mueve. Aquí no hay que perder más tiempo.

Baja del arbusto utilizando los puvilis situados bajo la extremidad de sus patas. Esas pequeñas bolas fibrosas segregan una sustancia adhesiva que le permite desplazarse sobre superficies completamente lisas, incluso en vertical, incluso boca abajo.

103.683 toma una pista olorosa y avanza en dirección a su ciudad. A su alrededor, las hierbas se elevan en altos matojos verdes. Se cruza con numerosas obreras belokanianas que corren siguiendo los mismos rieles olfativos. En algunos lugares, las peones camineras han excavado una pista por debajo para que a sus usuarias no les molesten los rayos del sol.

Una babosa cruza sin darse cuenta una pista de hormigas. Los soldados la echan inmediatamente picándola con la punta de las mandíbulas. Limpian luego toda la baba que ha dejado a través del camino.

103.683 se cruza con un insecto raro. No tiene más que un ala y se arrastra incluso por el suelo. Visto más de cerca, no es más que una hormiga que transporta un ala de libélula. Se saludan. Aquella cazadora ha tenido más suerte que ella. Porque apenas hay diferencia entre volver con las manos vacías y llevar a un capullo de mariposa.

Empieza a perfilarse la sombra de la Ciudad. Luego el cielo desaparece de buenas a primeras. Sólo hay un macizo de ramitas.

Es Bel-o-kan.

Creada por una hormiga reina extraviada (Bel-o-kan significa «Ciudad de la hormiga extraviada»), amenazada por las guerras entre hormigas, los tornados, las termitas, las avispas y los pájaros, la ciudad de Bel-o-kan sobrevive orgullosamente desde hace más de cinco mil años.

Bel-o-kan, sede central de las hormigas rojas de Fontainebleau.

Bel-o-kan, la mayor fuerza política de la región.

Bel-o-kan, hormiguero donde ha nacido el movimiento evolucionario mirmeceano.

Cada amenaza la consolida. Cada guerra la vuelve más combativa. Cada derrota la hace más inteligente.

Bel-o-kan, la ciudad de los treinta y seis millones de ojos, de los ciento ocho millones de patas, de los dieciocho millones de cerebros. Viva y espléndida.

103.683 conoce todas las encrucijadas, todos los puentes subterráneos. Durante su infancia visitó las salas donde se cultivan los hongos blancos, las salas donde se ordeñan los rebaños de pulgones y aquellas otras donde se mantienen inmóviles, pegados al techo, los individuos cisterna. Corrió por las galerías de la Ciudad Prohibida, excavadas antiguamente por las termitas en la madera de una corteza de pino. Fue testigo de todas las mejoras realizadas por la nueva reina Chli-pu-ni, su antigua cómplice de aventuras.

Fue Chli-pu-ni quien inventó el «movimiento evolucionario»

Renunció al título de nueva Belo-kiu-kiuni para crear su propia dinastía: la de las reinas Chli-pu-ni. Cambió la unidad de medida del espacio: ya no es la cabeza (3 milímetros), sino el paso (1 centímetro). Dado que las belokanianas viajaban más lejos, se imponía una unidad mayor desde entonces.

En el marco del movimiento evolucionario, Chli-pu-ni construyó la Biblioteca química y, sobre todo, acogió a todo tipo de animales comensales, que ella misma estudia para sus feromonas zoológicas. Intenta, sobre todo, domesticar las especies voladoras y nadadoras. Escarabajos y dícticos...

Hace mucho tiempo que 103.683 y Chli-pu-ni no se ven. Resulta difícil acercarse a la joven reina, demasiado ocupada con la puesta y con la reforma de la ciudad. La soldado no ha olvidado, sin embargo, sus comunes aventuras por los subterráneos de la Ciudad, ni la investigación que ambas hicieron para descubrir el arma secreta, ni la lome chuza suministradora de droga que trató de envenenarlas, ni la lucha contra las hormigas espía de olor de roca.

103.683 se acuerda también de su gran viaje hacia el Este, de su contacto con el confín del mundo, del país de los Dedos donde todo lo que vive muere.

En distintas ocasiones la soldado solicitó organizar una nueva expedición. Siempre le contestaban que dentro había demasiadas cosas que hacer como para lanzar caravanas suicidas a los confines del planeta.

Pero todo eso ya era agua pasada.

Por lo común, la hormiga no piensa nunca en el pasado, y tampoco en el futuro. Generalmente no es consciente siquiera de su existencia en tanto que individuo. No tiene la noción de «yo», de «mío» o de «tuyo», sólo se realiza a través de su comunidad y por la comunidad. Como no existe conciencia de uno mismo, no hay miedo a la propia muerte. La hormiga ignora la angustia existencial.

Pero en 103.683 se había producido una transformación. Su viaje al fin del mundo había hecho nacer en ella una pequeña conciencia del «yo», cierto que muy rudimentaria, pero ya muy dura de asumir. Cuando se empieza a pensar en uno mismo, surgen los problemas «abstractos». Entre las hormigas, eso se denomina la «enfermedad de los estados de ánimo». Afecta en general a las sexuadas. El solo hecho de preguntarse «¿Estoy afectada por la enfermedad de los estados de ánimo?» indica, según la sabiduría mirmeceana, que uno ya está seriamente tocado.

103.683 trata, por lo tanto, de no hacerse preguntas. Pero resulta difícil...

En torno a ella, la pista se ha ampliado ahora. El tráfico se ha hecho mucho más denso. Se roza con la multitud, se esfuerza para no sentirse sólo una ínfima partícula en una masa que la supera. Los demás, ser los demás, vivir a través de los demás, sentirse multiplicada por su entorno, ¿hay algo más alegre?

Avanza por la ancha ruta atestada. Y llega a los accesos de la cuarta puerta de la Ciudad. Como de costumbre, ¡el follón! Hay tanta gente que el paso está atascado. Habría que ensanchar la entrada número 4 e imponer un poco de disciplina en la circulación. Por ejemplo, que las hormigas que transportan las presas menos voluminosas cedan el paso a las otras. O que las que vuelven tengan prioridad sobre las que salen. En vez de esto, ¡el embotellamiento, plaga de todas las metrópolis!

Por su parte, 103.683 no tiene mucha prisa por regresar con su lamentable capullo vacío. Mientras espera que las cosas se calmen, decide dar un paseo por la depuradora. Cuando era joven, le encantaba jugar entre la basura. Junto con compañeras de su casta guerrera, lanzaba cráneos e intentaba alcanzarlos con un chorro de ácido mientras estaban en el aire. Había que apretar muy de prisa la glándula de veneno. Así fue como 103.683 se convirtió en una tiradora de élite. Fue allí, en la depuradora, donde aprendió a desenvainar y a apuntar a la velocidad de un chasquido de mandíbulas.

¡Ah, la depuradora...! Las hormigas siempre las construyen delante de su ciudad. Recuerda una mercenaria extranjera que, al llegar por primera vez a Bel-o-kan, dijo: «Veo la depuradora, pero ¿dónde está la Ciudad?» Hay que admitir que estas altas colinas hechas de caparazones, de vainas de cereales y de deyecciones diversas tienden a invadir los accesos de la Ciudad. Algunas entradas {¡Socorro!) están totalmente obstruidas y, en vez de barrer, se prefiere excavar en otro lado nuevos pasadizos.



(¡Socorro!)

103.683 se vuelve. Le ha parecido que alguien acababa de gemir un olor. ¡Socorro! Esta vez está segura. De aquel montón de inmundicias emana un nítido aroma de comunicación. ¿Pueden ponerse a hablar los excrementos? Se acerca y husmea con la punta de sus antenas una pila de cadáveres.



¡Socorro!

Ha sido uno de estos tres pedazos el que ha hablado. Están juntas una cabeza de cochinilla, una cabeza de saltamontes y una cabeza de hormiga roja. Palpa las tres y detecta una fragancia ínfima de vida en las antenas de un trozo de hormiga roja. La soldado coge entonces el cráneo entre sus dos patas anteriores y lo mantiene frente al suyo.

Hay algo que debe saberse, emite la bola mugrienta sobre la que torpemente está implantada una antena célibe.

¡Qué obscenidad! ¡Un cráneo que todavía quiere expresarse! ¡Esta hormiga no tiene la decencia suficiente como para aceptar el reposo de la muerte! Por un momento 103.683 experimenta la tentación de lanzar aquel cráneo al aire para pulverizarlo de un preciso chorro ácido como le gustaba hacer en otro tiempo. Algo más que la curiosidad la contiene de hacerlo: Siempre hay que recibir los mensajes de quien desea emitir algo, es un viejo refrán mirmeceano.

Movimiento de antenas. 103.683 indica que, de acuerdo con el precepto, recibirá todo lo que quiera emitir aquella cabeza desconocida.

El cráneo tiene cada vez más dificultades para pensar. Sin embargo, sabe que debe recordar una información importante. Sabe que debe llevar sus ideas a lo alto de su única antena, a fin de que la hormiga cuyo cuerpo prolongaba antaño no haya vivido para nada.

Pero, al no estar conectado al corazón, al cráneo le falta riego. Los repliegues de su cerebro están algo secos incluso. En cambio, la actividad eléctrica sigue siendo eficaz. Todavía queda un pequeño charco de neuromediadores en el cerebro. Aprovechando esa ligera humedad, se conectan unas neuronas, y unos pequeños cortocircuitos eléctricos prueban que las ideas logran algunas idas y venidas interesantes.

La memoria empieza a volver.

Eran tres. Tres hormigas. Pero ¿de qué especie? Rojas. ¡Rojas rebeldes! ¿De qué nido? De Bel-o-kan. Se había infiltrado en la Biblioteca química para... Para leer allí un feromona memoria muy sorprendente. ¿Y de qué hablaba aquella feromona? De algo importante. Tan importante que la guardia federal las ha perseguido. Sus dos amigas han muerto. Asesinadas por las guerreras. El cráneo se seca. Tres muertas para nada, si olvida. Debe conseguir que la información suba. Debe hacerlo. Tiene que hacerlo.

Frente a los globos oculares del cráneo hay una hormiga que pregunta por quinta vez qué es lo que tiene que comunicar.

En el cerebro aparece un nuevo charco de sangre. Se puede utilizar para seguir reflexionando un poco. Entre una placa entera de memoria y el sistema emisor-receptor se materializa la orden eléctrica y química. Alimentado por la energía de algunas proteínas y de azúcares que subsisten en el lóbulo frontal, el cerebro consigue entregar un mensaje.

Chli-pu-ni quiere lanzar una cruzada para matarlos a todos. Hay que avisar de prisa a las rebeldes.

103.638 no comprende. Aquella hormiga, o mejor dicho, aquel desecho de hormiga, habla de «cruzada», de «rebeldes». ¿Habrá rebeldes en la Ciudad? ¡Qué novedad! Pero la soldado nota que su cráneo no va a poder dialogar durante mucho tiempo. No perder una molécula en digresiones inútiles. Frente a una frase tan desconcertante, ¿cuál es la mejor pregunta? Las palabras salen por sí mismas de sus antenas.



¿Dónde puedo encontrar a esas «rebeldes» para avisarles?

El cráneo consigue producir todavía un esfuerzo, vibra.



Encima de los nuevos establos para escarabajos rinoceronte... Un falso techo...

103.683 se juega el todo por el todo.



¿Contra quién va dirigida esa cruzada?

El cráneo se estremece. Sus antenas tiemblan. ¿Logrará escupir una última semiferomona?

Emerge un resto, apenas perceptible, en la antena. No contiene otra cosa que una sola palabra perfumada. 103.683 lo toca con el último segmento de su apéndice sensorial. Lo huele. Ella conoce esa palabra. Incluso la conoce demasiado bien.

Dedos.

Las antenas del cráneo ya están completamente secas. Se crispan. En aquella bola negra no queda ya el menor olor de información.

103.683 está estupefacta.

Una cruzada para acabar con todos los Dedos...

Así, de buenas a primeras.

10. Buenas noches, mariposa de la noche.

¿Por qué se ha apagado de pronto la claridad? La mariposa había notado, desde luego, que el fuego estaba a punto de consumirle las alas, pero estaba completamente dispuesta para saborear el éxtasis de la luz... ¡Había estado tan cerca de lograr esa osmosis con el calor!

La esfinge decepcionada se vuelve al bosque de Fontainebleau y se eleva muy alto en el cielo. Vuela durante mucho tiempo antes de alcanzar los lugares en que su metamorfosis ha de terminar.

Gracias a sus millares de facetas oculares, divisa perfectamente, desde el cielo, el plano de la región. En el centro, el hormiguero de Bel-o-kan. Alrededor, aldeas y pueblos construidos por las reinas rojas, que llaman a ese conjunto la «federación de Bel-o-kan». De hecho, ha adquirido tal importancia política que ya se trata de un imperio. En el bosque nadie se atreve a poner en cuestión la hegemonía de las hormigas rojas.

Son las más inteligentes, las más organizadas. Saben utilizar las herramientas, han vencido a las termitas y a las hormigas enanas. Abaten animales cien veces más voluminosos que ellas. En el bosque nadie duda de que sean las verdaderas dueñas del mundo, y las únicas.

Al oeste de Bel-o-kan se extienden territorios peligrosos, llenos de arañas y de mantis religiosa. (¡Ten cuidado, mariposa!)

Al Sudoeste, una comarca algo menos salvaje está invadida por avispas asesinas, por serpientes y por tortugas. (Peligro.)

Al Este, todo tipo de monstruos de cuatro, de seis o de ocho patas y otras tantas bocas, colmillos y aguijones que envenenan, aplastan, mascan y licuan.

Al Nordeste está la reciente ciudad abeja, la colmena de Askolein. En ella viven abejas feroces que, con el pretexto de ampliar su zona de recolección de polen, ya han destruido varios nidos de avispas.

Más al Este se encuentra el río llamado «Cómelo todo», porque engulle al instante cuanto se posa sobre su superficie. Basta el nombre para incitar a la prudencia.

Vaya, una nueva ciudad ha hecho su aparición en la orilla. Intrigada, la mariposa se acerca. Han debido construirla hace poco las termitas. La artillería situada en las torretas más elevadas trata de abatir al instante a la intrusa. Pero esta última planea demasiado alto para que esas miserables la inquieten.

Le esfinge cambia de parecer, sobrevuela los acantilados del Norte, las montañas escarpadas que rodean la gran encina. Luego desciende hacia el Sur, país de los fasmos y de los hongos rojos.

De pronto descubre una mariposa hembra que exhala hasta esa altura el fuerte perfume de sus hormonas sexuales. Acude para verla más de cerca. Sus colores resultan aún más brillantes que los suyos. ¡Es tan hermosa! Pero permanece extrañamente inmóvil. ¡Qué raro! Tiene los efluvios, las formas y la consistencia de una señora mariposa, pero... ¡Infamia! Sólo es una flor que, por mimetismo, se hace pasar por lo que no es. En esa orquídea todo resulta falso: los olores, las alas, los colores. ¡Pura engañifa botánica! ¡Ay! La esfinge lo ha descubierto demasiado tarde. Sus patas han quedado enviscadas. No puede despegarlas de la flor.

La esfinge bate tan fuerte las alas que genera una corriente de aire que le arranca las estrellas a una flor de diente de león. Patina suavemente por los bordes de la orquídea en forma de hondonada. Realmente esa corola no es más que un estómago abierto. Al fondo de la hondonada se disimulan todos los ácidos digestivos que permiten a una flor comerse una mariposa.

¿Es el fin? No. El Destino se presenta en forma de dos Dedos que, haciendo de pinza, le cogen las alas y le liberan del peligro para colocarla en un tarro transparente.

El tarro recorre una gran distancia.

La joven mariposa es conducida a una zona luminosa. Los Dedos la sacan del tarro, la barnizan con una sustancia amarilla muy olorosa que endurece las alas. ¡Imposible volar! Los Dedos cogen entonces una gigantesca estaca cromada coronada por una bola roja y, de un golpe seco, la hunden en su corazón. A guisa de epitafio, ponen una etiqueta justo encima de su cabeza: Papülonus vulgaris.

11. Enciclopedia.

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