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Título: La falta o disminución del discernimiento ¿constituye una incapacidad?

Autor: Llorens, Luis R.

Publicado en: LA LEY 14/09/2007, 1

SUMARIO: I. Introducción. - II. La problemática. - III. El régimen de capacidad en nuestro derecho. - IV. La falta o disminución del discernimiento no constituye una "incapacidad". - V. Consectarios.


I. Introducción
1. Para el I Congreso Iberoamericano sobre Síndrome de Down, desarrollado en mayo de 2007 en Buenos Aires, organizado por A.S.D.R.A. (Asociación Síndrome de Down de la República Argentina), en donde tuvimos la oportunidad y el honor de exponer nuestras ideas, se propuso premiar a los trabajos científicos que contribuyeran a una mejora en la calidad de vida de las personas afectadas por ese síndrome. En la convocatoria se enumeraron distintas disciplinas a las que se consideraban aptas para tal fin.
Entre ellas no hallamos ninguna vinculada con lo jurídico, lo que no nos sorprende. En primer lugar, porque en estos tiempos parece haberse esparcido en la sociedad el concepto de que lo jurídico es un mal del que no podemos prescindir, que sólo sirve para entorpecer las relaciones humanas y que nada nos aporta de bueno. Opinión generalizada que no compartimos, pero que comprendemos, ya que hasta nuestros propios Estados se encuentran imbuidos de esta desidia acerca de lo jurídico. Parecieran no estar convencidos de la necesidad de cumplir ni de hacer cumplir las normas. Así, por ejemplo, a propósito del conflicto entre la República Argentina y la República Oriental del Uruguay por la instalación de las "pasteras" en el Río Uruguay, destaca el constitucionalista Daniel A. Sabsay en el diario La Nación: "A pesar del importante y exhaustivo marco jurídico regulatorio existente, como lo es el Estatuto del Río Uruguay, firmado por ambos países en 1975, ni Uruguay ni la Argentina han reaccionado cumpliendo ni haciendo cumplir el tratado internacional" (1).
Por otro lado sabemos que, al menos en materia de capacidad y discernimiento, la ciencia jurídica se encuentra anquilosada en viejos cuerpos legislativos, tal como nuestro Código Civil argentino de 1870 (excelente, para entonces), y en algunas tradiciones, que provienen —muchas veces— de la antigua Roma y que no han sabido ser superadas. Resulta así de esa legislación que los minusválidos (2) psíquicos, dependientes de un régimen de protección jurídica, en vez de gozar de normas que los beneficien, son sancionados por la ley al incluirlos dentro de regímenes pensados con criterios de épocas en donde se consideraba más importante el interés de sus eventuales herederos que la persona del necesitado.
Sin embargo, veremos que nuestra legislación reciente y actual (que ha pasado inadvertido entre el fárrago de sorprendentes normas que se sancionan a diario sin ser sopesadas debidamente) —bien interpretada— nos conduce a reconocer que la persona necesitada de protección jurídica —incluida en primer lugar la persona que padece el síndrome de Down— puede otorgar innumerables actos jurídicos, en la medida en que tenga las aptitudes naturales de discernimiento necesarias para ese fin.
Esto es, afirmamos que tanto desde la esfera de la normativa jurídica como desde la esfera de la valoración (la dikh), el impedimento jurídico nunca puede ir más allá del impedimento natural.
Sostener que el hecho de que una persona tenga determinada característica genética le impide otorgar actos jurídicos (en general) y escrituras públicas (en particular) es una afrenta, que sólo conduce a negar el ejercicio de la característica distintiva del ser humano: Su libertad.
La libertad, junto con su potencial ejercicio, configuran la esencia de la dignidad del hombre. Por lo tanto, se impone no restringir injustificadamente a las personas con alguna minusvalía psíquica la libertad para otorgar negocios jurídicos, si ellas gozan del discernimiento necesario para ese acto. Esta decisión importa respetar a esas personas y mejorar su calidad de vida.
2. Para el replanteo del régimen de capacidad, desde esta óptica, es imperioso tener también presente la cuestión del ocultamiento. Hasta no hace tanto, al enfermo mental se lo consideraba una afrenta para la familia y, por lo tanto, se lo solía ocultar de la sociedad. Es lo que nosotros llamamos el ocultamiento "objetivo".
En las últimas décadas, es notoria la evolución social positiva hacia la integración del discapacitado psíquico. Es cada día más común su presencia en lugares públicos, escuelas, trabajos, etc.
Sin embargo, consideramos que —en ciertas oportunidades— se cae en lo que llamamos el ocultamiento "subjetivo", que consiste en insertar sin integrar. Esto es, no se trata de sacar al discapacitado a la calle, de mostrarlo, de exhibirlo casi impúdicamente y de recordar sólo la primera parte del lema "todos iguales, todos diferentes".
Se trata de tomar los cuidados especiales imprescindibles para su protección, los recaudos para que esa persona pueda ejercer sus derechos y su libertad en toda la medida de sus posibilidades, mediante la promoción de sus mejores cualidades, sin mayores riesgos que los inevitables.
El punto consiste en proteger sin sobre proteger. Según Marín Calero, los éxitos se han obtenido cuando "se les ha ayudado a dar cada paso, hasta habituarlos a que los den solos o con el menor nivel de ayuda posible" (3).
Desconocer esta verdad es también ocultar, desconocer y olvidar.
3. Veremos, además que el vocabulario es extremadamente pobre e impreciso.
II. La problemática
Una de las mayores inquietudes de los padres de las personas afectadas por minusvalías psíquicas, entre ellas el Síndrome de Down, consiste en el futuro de sus hijos cuando los sobrevivan. ¿Quién los acompañará, los cuidará, les brindará afecto, etc.? Aunque no menos importante es la preocupación acerca de los medios de subsistencia y la administración de dichos medios.
En algunos casos los notarios hemos advertido el deseo de constituir fideicomisos en favor de la persona discapacitada y, entre otros, el de donar bienes a estas personas, con o sin reserva de usufructo a favor de los progenitores o sin ella.
La respuesta tradicional, para el último supuesto, en el ámbito notarial apunta a la "incapacidad" del donatario, a la necesidad de su declaración, al nombramiento de un curador y de un representante adhoc (si es que este último es el donante) para aceptar la donación. Todo ello sin considerar si el pretendido donatario tiene el discernimiento necesario para el acto.
Al decir de Marín Calero: "(...) si se trata de personas cuya deficiencia cursa con un fenotipo característico y llamativo, como ocurre con las que tienen Síndrome de Down, es igualmente probable que ese mismo funcionario no se detenga a hacerle ningún examen particular y "presuma", sin más su incapacidad. (...) de manera que el incapaz, según el concepto social, se verá automáticamente tratado como si fuera un incapacitado jurídico, aunque formalmente no lo sea, en los actos de tal clase" (4).
Un análisis detallado de la situación, desprendido de las prácticas habituales en esta materia, nos permite llegar a la conclusión de que no existe inconveniente alguno para que personas afectadas por ese síndrome otorguen por sí mismos determinados actos jurídicos, entre ellos escrituras públicas de donación a su favor cuando tienen el discernimiento necesario para comprenderlo y decidir.
Ello, sin perjuicio del debido asesoramiento a las partes acerca de la apertura de un régimen jurídico de protección de la persona que se encuentra en situación de riesgo o de debilidad frente a los demás y de la eventual denuncia de la situación por el propio autorizante del acto a los funcionarios con competencia en la materia.
III. El régimen de capacidad en nuestro derecho
a) El régimen clásico
Es sabido que la capacidad es uno de los atributos inherentes a la persona, junto con el nombre, el domicilio, el estado (particularmente el de familia) y el patrimonio. Como tal, la capacidad importa reconocer a la persona como centro de "imputación subjetiva de derechos y su posibilidad de ejercerlos" (5).
Estos atributos son "cualidades intrínsecas de las personas que las determinan en su individualidad y singularidad" y cabe distinguirlos de los "derechos de la personalidad" que "son verdaderos derechos subjetivos", que "son todos aquellos derechos innatos del hombre cuya privación importaría el desmedro de su personalidad y que como tales poseen la característica de ser vitalicios, inalienables, imprescriptibles, extrapatrimoniales, absolutos; como el derecho a la vida, a la salud, a la libertad, al honor, entre otros muchos enunciados (...)" (6).
Es también sabido que cabe distinguir lo que se ha llamado "capacidad de derecho", de la "capacidad de hecho". La primera apunta a la posibilidad de determinada persona de ser titular de un derecho. La segunda, a su ejercicio.
Creemos innecesario dar aquí mayores precisiones al respecto. Sólo diremos que nadie —en virtud de una característica personal, no de un accidente o situación— puede ser privado de la titularidad de sus derechos.
Distinta es la situación de la capacidad de hecho: "La capacidad de hecho o de hacer es la aptitud jurídica, ya no de tener derechos subjetivos, sino de ejercerlos; es decir, de realizar actos jurídicos tendientes a adquirirlos, modificarlos o a perderlos. Cuando decimos "realizar" queremos significar "por uno mismo", sea directamente o dando poder a un tercero." (7).
Cuando determinada persona no tiene aptitud para ejercer por sí mismo —en igualdad de condiciones con las demás personas— determinados derechos, podemos decir que se trata de una persona dependiente, en riesgo y necesitada de un régimen de protección jurídica que lo beneficie y que impida el aprovechamiento por terceros de esa situación. Asimismo, que lo promueva en su crecimiento personal y patrimonial.
Al decir "que lo beneficie" no queremos significar que lo iguale sino que lo equipare, esto es, "que lo ponga en una situación fáctica de igualdad con los demás". Coincidimos con Marín Calero cuando dice: "El derecho parece haber decidido reaccionar ante la discapacidad como lo haría cualquier adulto ante el hecho de encontrarse a un niño manejando una navaja o unas tijeras: quitándoselas, para evitar que se dañe sin querer (...) cualquier bienintencionado propósito de proteger a los discapacitados, preservarlos de los problemas de la vida, pero a costa de alejarlos de ésta, es erróneo, aunque quien lo cometa sea el propio legislador (...)" (8).
En la actualidad, esta categoría de personas está integrada por: a) Los menores (con sus diversas categorías, incluidos los nasciturus); b) los "dementes" y c) "los sordomudos que no saben darse a entender por escrito". (art. 54 y concs., Cód. Civil).
Sin entrar en un análisis de cada uno de estos supuestos podemos decir que —sin considerar la controvertida categoría de sordomudos que no saben darse a entender por escrito— la "incapacidad" de ejercer por sí los derechos proviene de dos fuentes: La falta de madurez supuesta por la ley en razón de la edad del sujeto y la enfermedad mental.
No es del objeto de este estudio el análisis de las soluciones que la ley presta para el problema de la minoridad. Sólo consignaremos que el art. 475 del Cód. Civil dispone que las leyes sobre minoridad se aplican supletoriamente a las disposiciones sobre la incapacidad de los mayores.
Conforme con los arts. 140 y 141 de nuestro Cód. Civil, para que exista incapacidad a causa de una minusvalía psíquica, los requisitos son tres, a saber: La declaración judicial, la enfermedad mental y que ésta produzca la ineptitud referida. Si no se reúnen conjuntamente los tres elementos, el sujeto no es incapaz, principio que constituye una garantía para todos los habitantes1 (9).
Según el régimen del Código Civil de Vélez Sarsfield, la consecuencia primera de esta declaración judicial es la incapacidad absoluta del sujeto, aún en intervalos lúcidos (art. 54 inc. 3 y 469, Cód. Civil), lo que acarrea, por una parte, el nombramiento de un curador (art. 468 del mismo Código), que sustituye la voluntad del declarado "demente". Otra consecuencia es la nulidad de todos los actos jurídicos otorgados por el sujeto (10).
Se dice que estos eventuales actos son nulos, por oposición a anulables, porque no se necesita más prueba que la sentencia que declaró la incapacidad (art. 1041, Cód. Civil). Por otro lado, se dice de ella que es relativa (en oposición a absoluta), porque no puede ser declarada de oficio por el juez, sino a pedido del propio incapaz, de su representante o del ministerio público, quien no la puede pedir en "el solo interés de la ley" (art. 1048, Cód. Civil).
Este régimen, propio del siglo XIX, produce dos consecuencias prácticas gravísimas para el sujeto: La primera es la falta de matices, pues no se considera la importancia de la ineptitud, ni para qué cuestiones el sujeto está impedido o afectado. La segunda, es la absoluta irrelevancia de sus deseos y de su voluntad, aun de los que pueda sanamente formular (11).
Este régimen de "todo o nada" (12), perduró inalterado hasta que en el año 1968 se incorporó el instituto de la inhabilitación (art. 152 bis, conf. dec.-ley 17.711/68) (Adla, XXVIII-B, 1810), instituto para cuyo análisis remitimos a la conocida bibliografía sobre la materia (13).
Sólo consignaremos que, aun cuando el régimen necesita de una regulación más precisa y más desarrollada, a través de él puede lograrse una atenuación del principio de incapacitación absoluta y que los actos se otorgan conforme con la propia iniciativa del inhabilitado. Especialmente se discute si el régimen genérico del inhabilitado es de capacidad o de incapacidad (14).
Recientemente, entre las falencias del régimen del art. 152 bis del Cód. Civil, se ha señalado también que el instituto puede ser fuente de economía procesal, pero en determinados supuestos existen sujetos que, si bien no precisan de una incapacitación absoluta, están expuestos al otorgamiento "de actos complejos que directamente no los comprende, de allí que no necesita un complemento volitivo, sino directamente requiere que otro con control judicial disponga por sí. Por ello para ciertos actos la voluntad complementaria sería un riesgo, puesto que en la inhabilitación la intervención del curador cuando se realiza un acto de disposición no requiere de autorización judicial. De allí que no es suficiente garantía ni protección para los actos complejos la figura de la inhabilitación, pues no lo protege contra los errores y malos manejos del curador (15).
b) El "estallido" del régimen clásico
Ultimamente, una autorizada pluma ha dicho: "El régimen jurídico de capacidad/incapacidad ha estallado con las nuevas normas de derechos humanos (lo mismo sucede en el terreno de las personas con perturbaciones mentales) (...)" (16).
Este "estallido" comenzó, quizás, por la eficaz labor doctrinaria (17) y jurisprudencial. Así, uno de los autores de la cita precedente, en ejercicio de la magistratura, dijo hace ya muchos años: "Si el juez puede privar a una persona de dirigirse a sí misma y de administrar sus bienes en forma total, también puede hacerlo parcialmente" (18).
En igual sentido hemos detectado un fallo inédito del Juzgado de Primera Instancia Número Ocho en lo Civil y Comercial del Departamento Judicial de Morón, Provincia de Buenos Aires, en el que por auto del 28/09/84 el juez Pedro Iribarne, a pedido de la entonces Asesora de Menores, doctora Vilma A. Recoder, autoriza al insano a "percibir directamente" (y por tanto a administrar y disponer) de parte de su pensión. Posteriormente, a pedido de las autoridades del instituto en donde se encontraba internado el declarado demente, y con la conformidad de la misma asesora, con fecha 18/05/90, esta vez el juez Héctor Puga lo autorizó a trabajar como tornero contratado y, por ende, a percibir, administrar y disponer por sí del producto de su trabajo (19).
En igual sentido, fue en España una sentencia del Tribunal Supremo del 5 de marzo de 1947 la que abrió las puertas (20).
En el ámbito normativo, el estallido (en el sentido de la necesidad de una imprescindible reforma completa del régimen) se vislumbró ya con la aprobación en nuestro país de la Convención Internacional de los Derechos del Niño por la ley nacional 23.849 en 1990 (Adla, L-D, 3693). Esta Convención internacional forma parte ahora de nuestro actual sistema constitucional, conforme con lo dispuesto por el art. 75, inc. 22, de nuestra Carta Magna. A nuestro entender, tiene especial incidencia en el régimen de capacidad de los mayores en virtud de la ya citada remisión que efectúa el art. 475 de nuestro Cód. Civil, aspecto que ha pasado inadvertido para la doctrina y la jurisprudencia.
Entre otras disposiciones, la citada Convención internacional establece la aplicación del "interés superior del niño" (art. 3°) (para nuestro análisis "interés superior del minusválido psíquico") y en su art. 12 afirma: "1) Los Estados parte garantizarán al niño que esté en condiciones de formarse un juicio propio el derecho de expresar su opinión libremente en todos los asuntos que afectan al niño, en función de la edad y madurez del niño. 2) Con tal fin, se dará en particular al niño oportunidad de ser escuchado en todo procedimiento judicial o administrativo que afecte al niño, ya sea directamente o por medio de un representante o de un órgano apropiado, en consonancia con las normas de procedimientos de la ley nacional".
Si el estado debe asegurar al niño su derecho "de expresar su opinión (...) en función de la edad y madurez (...)", se colige, sin lugar a dudas, que los mayores que han sido declarados incapaces "absolutos", a pesar de ello gozan también de ese derecho a expresar su opinión, que debe plasmarse en la necesidad de que los órganos judiciales presten debida atención a sus deseos y necesidades, así como también en que las decisiones que les incumben no sean tomadas a sus espaldas. Todo ello, por supuesto, en la medida de la aptitud de discernimiento natural del enfermo con relación a esas cuestiones.
En la actualidad contamos también con la ley 26.061 (Adla, LXV-E, 4635), aplicable por la remisión del art. 475 del Cód. Civil, de cuyo articulado destacamos: art. 3° inc. b): "(...) Debiéndose respetar: b) El derecho (...) a ser oídos y que su opinión sea tenida en cuenta"; el art. 19 que se refiere al derecho a la libertad: " ... b) Expresar su opinión en los ámbitos de su vida cotidiana ..."; el 23 que les permite formar parte de asociaciones conformadas exclusivamente por niños, niñas y adolescentes; el 24: "Derecho a opinar y a ser oído. (...) tienen derecho a: a) Participar y expresar libremente su opinión en los asuntos que les conciernan y en aquellos que tengan interés; b) Que sus opiniones sean tenidas en cuenta conforme a su madurez y desarrollo. Este derecho se extiende a todos los ámbitos (...); entre ellos, al ámbito estatal, familiar, comunitario, social, escolar, científico, cultural, deportivo y recreativo"; y finalmente el art. 27 hace referencia al derecho a ser tenida en cuenta su opinión en los procedimientos judiciales y administrativos (21).
De estas normas se desprende también, en primer lugar, que no sólo se les concede a los niños, niñas y adolescentes la titularidad de estos derechos (capacidad de derecho), sino también la capacidad de ejercicio (capacidad de obrar), conforme con los arts. 1°, 5° y 12 de la Convención internacional, y 3° inc. 2 de la ley 26.061, el que utiliza la criticable expresión "capacidad de discernimiento" (22).
Por otro, advertimos también que ellas no regulan ya la capacidad a través de fechas o edades fijas (el día en que la persona cumple los 21 años, a los 16 años, a los 18 años, etc.) sino de criterios flexibles vinculados con el discernimiento del menor para el acto en cuestión. De donde resulta que, por ejemplo, un notario no podría negarse a autorizar una escritura otorgada por menores de edad, con discernimiento suficiente (por ejemplo, adolescentes de 15 años de edad) que quieran constituir una asociación civil "con fines sociales, culturales, deportivos, recreativos, religiosos, políticos, laborales o de cualquier otra índole, siempre que sean de carácter lícito y de conformidad a la legislación vigentes" (art. 23, ley 26.061).
Además, existe doctrina que compartimos, conforme con la cual la violación de las normas citadas que obligan a tener en cuenta la opinión del menor en todos los asuntos que les conciernan, en la medida de que éstos tengan el discernimiento necesario, produciría la nulidad de los actos así otorgados por sus representantes, entre ellos, por ejemplo, una autorización para la enajenación de un inmueble (23).
Todo ello, sin perjuicio de destacar que si el régimen de capacidad de los menores es aplicable por remisión al régimen de capacidad de los mayores "incapacitados" judicialmente, tendremos necesariamente que deducir que los declarados interdictos tienen también esa misma capacidad en la medida en que conservan el discernimiento natural necesario para ello.
Por supuesto, no pretendemos convalidar que un interdicto declarado enajene sus propiedades en base a estas disposiciones. Pero, volviendo a la realidad cotidiana, siempre pródiga, podemos referir que es ampliamente conocida la existencia de una radio en la ciudad de Buenos Aires operada por internos de un conocido neuropsiquiátrico estatal.
A la luz de la normativa que comentamos ¿podemos sostener que estas personas no tienen capacidad (24) —pese a la interdicción que los afecte, sin perjuicio del control institucional debido y si tienen en el momento el discernimiento necesario— para asociarse junto con otras personas a los fines de realizar las tareas necesarias para mantener la radio en funcionamiento?
Finalmente, no podemos omitir destacar que la ley 26.061 establece que "La Convención sobre los Derechos del Niño es de aplicación obligatoria en las condiciones de su vigencia (...) que se adopte respecto de las personas hasta los dieciocho años de edad", olvidando que la mayoría de edad se adquiere conforme con el art. 126 del Cód. Civil a los 21 años, lo que ha llevado a que la norma sea calificada por importantísima doctrina de "pintoresca" (25).
Además, en julio de 2000 se sancionó la ley 25.280 (Convención Interamericana para la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra las Personas con Discapacidad suscripto en la República de Guatemala el 08/06/99) (Adla, LX-D, 4086). Conforme con su art. 1°: "En los casos en que la legislación interna prevea la figura de la declaración de interdicción, cuando sea necesaria y apropiada para su bienestar, ésta no constituirá discriminación".
De donde se colige que discrimina (26) toda norma de la que resultan restricciones a la libertad de decidir acerca de la propia persona o de los propios bienes cuando esa restricción no es "necesaria y apropiada para su bienestar", esto es, el bienestar del sujeto en cuestión, tal como ocurre con nuestro Código Civil cuando dispone un régimen de incapacidad "absoluta" que sustituye la voluntad del enfermo por la de su "curador". En la inmensa mayoría de los supuestos: ¿Qué enfermo no tiene la posibilidad de expresar —aun en una mínima parte de sus incumbencias— sus deseos y sus determinaciones? ¿Qué justifica que, a la persona que tiene aptitud para tomar —al menos— pequeñas decisiones y ejercer así esa característica esencial de humanidad cual es la libertad, no se la promueva y, al contrario, se la sustituya por su curador?
A nuestro entender y conforme con la normativa citada, ninguna sentencia de incapacitación de un mayor podría ser dictada en nuestro ordenamiento jurídico actual sin indicación de sus limites "en la medida necesaria y apropiada para el bienestar del sujeto".
Por otro lado, el no indicar esos límites da la razón a José María Tau cuando dice: "Como si ese gran debate de la bioética norteamericana de fines del siglo XX todavía no hubiera llegado hasta aquí y les resultara extraño que se les pregunte: ¿incapaz de qué, o con relación a qué?" (27).
IV. La falta o disminución del discernimiento no constituye una "incapacidad"
(Situación de quien carece —en mayor o menor medida— del discernimiento necesario para los actos de la vida civil que no ha sido declarada demente o inhabilitada).
a) Distinción entre discernimiento y capacidad para el otorgamiento de actos jurídicos
Hasta aquí hemos analizado el régimen de capacidad. Recordamos que de no reunirse el requisito de su declaración judicial, es impropio decir de una persona que es "incapaz". Confusión habitual en la que incurre el propio codificador en el art. 1045 del Cód. Civil cuando dispone: "Son anulables los actos jurídicos, cuando sus agentes obraren con una incapacidad accidental, como si por cualquier causa se hallasen privados de su razón, ..." (28). En este caso, la palabra "incapacidad" sólo puede ser entendida como sinónimo de "incapacidad natural", en la terminología, por ejemplo, de Neri (29) y Cifuentes (30), o de "incompetencia", como se utiliza actualmente por quienes operan en el campo de la bioética.
Dicho todo esto sin desatender la crítica que formula Llambías a la expresión "incapacidad natural" cuando afirma: "Dado que la capacidad es asunto que maneja la ley, resulta desacertado emplear la expresión "incapacidad natural" o "incapacidad accidental", pues tratándose de sujetos que carecen de aptitudes psíquicas suficientes, ellos seguirán siendo capaces hasta que la ley, y no la naturaleza o el accidente, los declare incapaces (31).
Lo cierto es que, más allá de estos vocablos, no existe en el ámbito jurídico un léxico apropiado para designar a quien carece de discernimiento suficiente para otorgar negocios jurídicos y que no ha sido "incapacitado por sentencia judicial" o "beneficiado por un régimen de protección". Nótese que en las definiciones consignadas en las notas precedentes la expresión "incapacidad natural" aparece como opuesta a "incapacidad jurídica" (incapaz declarado), cuando lo que buscamos es referirnos a quien carece de discernimiento, más allá de su eventual declaración judicial.
Por tanto, es posible, en nuestro derecho y siempre con relación a actos o negocios jurídicos, que existan sujetos capaces y sujetos incapaces (o, entre ambos, inhabilitados). Los primeros pueden o no tener discernimiento en el momento para el otorgamiento del acto, esto último, tanto porque padecen algún trastorno o porque por cualquier otra razón se encuentren imposibilitados de comprenderlo; tanto en forma total como parcial, tanto en forma permanente como transitoria. Por su parte, los segundos (quienes han sido declarados incapaces absolutos de hecho por juez competente) pueden tener una recuperación en su enfermedad (transitoria o definitiva) que les permita el discernimiento, siempre en el momento (32). Es, por ejemplo, la previsión de los arts. 3615 y 3616 del Cód. Civil que permiten a quien fue declarado "demente", en sentido jurídico, otorgar testamentos válidos "en intervalos lúcidos" (33).
En resumen: La capacidad de obrar es una categoría jurídica; la existencia de discernimiento y sus grados es una cuestión de la naturaleza que el operador jurídico debe considerar.
Se impone así —desde la ciencia jurídica moderna— cuidar la terminología y evitar esta fuente de equívocos (34): Desterrar la palabra "incapacidad" para quienes sólo adolecen de una falta o falla en su discernimiento que no ha sido reconocida por sentencia alguna.
b) Protección legal en el derecho civil para quien otorga actos jurídicos sin el discernimiento necesario
La ley civil prevé institutos —completamente separados del régimen de capacidad— para proteger a quienes, sin estar declarados "dementes" o inhabilitados, pudieren llegar a otorgar un acto jurídico sin poder comprenderlo debidamente.
Con este fin, el Código Civil exige —para la validez de todo negocio jurídico— que él sea otorgado por sujetos que gocen de discernimiento (35).
Quienes carecen de este atributo, entre otras causas por su "demencia" (no se refiere aquí la ley al demente declarado, en sentido jurídico, sino al enfermo mental) o por su falta transitoria de lucidez, no otorgan negocios jurídicos válidos, pues la consecuencia de esa falta de discernimiento es su anulación (36).
Si bien aquí el vicio sólo puede ser demandado por el perjudicado o sus representantes, al igual que en el supuesto de falta de capacidad (se habla así de nulidad o anulabilidad relativa), no se trata ya de un acto "nulo" sino "anulable". Es el juez el que debe considerar y sopesar la existencia del vicio al tiempo del otorgamiento del acto.
c) ¿Qué es el "discernimiento" para el derecho civil?
El concepto de discernimiento, al igual que tantos otros en el estado actual de la evolución del derecho, no resulta preciso. Los autores, en general, lo vinculan con la capacidad de comprender las consecuencias jurídicas del acto que otorgan y con la capacidad de abstraer y de distinguir lo lícito de lo ilícito.
Según el "Diccionario de la lengua española" (edición 1992), "discernir" es "Distinguir una cosa de otra, señalando la diferencia que hay entre ellas. Comúnmente se refiere a operaciones del ánimo" (37).
Por su parte, Rabinovich-Berkman (38) efectúa apreciaciones interesantes, entre ellas, la de que el vocablo "discernir" tiene su origen en el verbo latino cernire, de raíz agrícola y vinculado con el acto de tamizar. Diríamos nosotros que, junto con el prefijo latino "dis", podría decirse que significa distinguir lo separado. Esto nos permite imaginar un neologismo para denominar a aquellas personas que tienen dificultades o anomalías para discernir, más allá o no de su capacidad jurídica: "disdiscerniente". En este caso, el primer "dis" estaría tomado de su raíz griega (39).
Vincula también Rabinovich-Berkman el discernimiento con la aptitud de entender la licitud o ilicitud del acto y con la habilidad de conocer y comprender (40). También señala que "el discernimiento importa la aptitud de abstraer, de formular conceptos eidéticos (ideas)", y agrega: "Sujetos con síndromes de Down poco acentuados, o padeciendo debilidad mental no severa, pueden perfectamente elaborar abstracciones a partir de los textos normativos y comprender si sus conductas proyectadas se adecuan o no a ellas".
Para Cifuentes, el discernimiento consiste en "la madurez intelectual para razonar, comprender y valorar el acto y sus consecuencias" (41).
Correlativamente, la dificultad o anomalía psíquica para discernir, minusvalía psíquica o retraso mental, está definido en el Real Decreto 1971/1999 del 23 de diciembre, del Reino de España, como "capacidad intelectual general significativamente inferior al promedio, que se acompaña de limitaciones de la capacidad adaptativa referidas a cómo afrontan los sujetos las actividades de la vida diaria y cómo cumplen las normas de autonomía personal esperables de su grupo o edad, origen sociocultural y ubicación comunitaria" (42).
Citas de las que resulta que esa aptitud para discernir se relaciona y valora siempre con relación al acto concreto a otorgar, en un tiempo y lugar determinados.
d) El discernimiento del otorgante apreciado por el funcionario que autoriza el acto
Los funcionarios, en general, y los notarios, en particular, tenemos muchas veces serias dificultades para apreciar la concreta aptitud de discernimiento del otorgante del acto. En otra oportunidad dijimos: "Más allá de este caso concreto, todos quienes ejercemos intensamente la profesión recordamos anécdotas de situaciones difíciles en las que nos hemos encontrado en la duda acerca de la aptitud intelectiva y volitiva del compareciente. Para quienes no están en nuestro lugar (...) resulta fácil hablar de "la responsabilidad notarial de celebrar un acto cristalino, en el que aparecieran cumplidas todas las exigencias", como dice la sentencia. Lo difícil ocurre ante la situación concreta en que se debe decidir autorizar o no autorizar un acto: Ello no sólo importa la difícil tarea de informar, en caso de negativa, al requirente, sino también la de asumir las consecuencias morales y jurídicas —léase daños— que la opción produzca en el caso de que erremos en nuestra decisión y resultase que el requirente era capaz" (43).
Las dificultades para que el otorgante comprenda el acto (discierna) pueden provenir también de otras causas, como la falta de educación, una minusvalía sensorial o una debilidad mental concreta.
Así, muchas personas que otorgan negocios jurídicos en nuestros protocolos no poseen una formación cultural suficiente para comprender todas y cada una de las expresiones jurídicas que en ella se vuelcan, si no se dan al sujeto las explicaciones y asesoramientos del caso. Por eso, esa carencia debe ser suplida por el notario, que está obligado a brindar a las partes, antes o durante la celebración del acto, las explicaciones y aclaraciones que se le requieran (44).
Más grave aun es la valoración que debe efectuar el autorizante del acto acerca de la comprensión que el sujeto tiene de ese mismo acto. Muchas personas padecen trastornos psíquicos que pasan desapercibidos aun para los expertos, cuestión que el propio art. 473 del Cód. Civil considera cuando se refiere a que la enfermedad mental "no era notoria" o podía no ser conocida públicamente.
Quizás, uno de los elementos de valoración que deben servir de guía para el autorizante es aquel al que se refiere el artículo siguiente, el 474: Que la falta de discernimiento ("capacidad" dice el artículo) "resulte de los mismos actos". Esto es, la coherencia del acto, sus fines, etc., es uno de los elementos fundamentales que el notario debe considerar, junto con la posibilidad de comprensión, de dialogar, ubicación temporo-espacial, etc.
El notario debe asegurarse, más allá del daño o no, de que el sujeto comprenda el acto que otorga. Lo que ocurre, es que la imposibilidad aparente de daño hace a la coherencia de la que hablábamos precedentemente.
Alguien podría objetar que, de esta manera, el notario está suplantando el procedimiento legal requerido tanto por la ley de fondo como por las leyes procesales, para la disposición de bienes por el incapaz, vinculadas con la autorización judicial conferida con intervención del ministerio pupilar. No se trata de ello, sino de que —si aceptamos que el notario tiene la obligación de asegurarse del discernimiento del otorgante— debe recurrir a los medios a su alcance con ese fin, entre ellos, a la coherencia y conveniencia del acto.
e) ¿Por qué causa debe el notario asegurarse del discernimiento de los otorgantes?
La exigencia de que el notario analice el discernimiento del otorgante sólo surge para la doctrina de la ley de fondo en forma indirecta. El art. 1001 del Cód. Civil sólo exige que "La escritura debe consignar (...) de las personas que la otorguen, si son mayores de edad, su estado de familia (...)". Si bien allí no se hace referencia alguna a la lucidez mental del sujeto, se deduciría de las expresiones precedentes que la ley le impone la obligación de analizar no sólo si son "mayores de edad", esto es, su capacidad por edad y por estado de familia, sino también su "capacidad" natural o "competencia", o sea, su discernimiento.
Viterbori explica que "En nuestro país, el Código Civil y las leyes notariales en general no incluyen reglas destinadas a mencionar la capacidad de los otorgantes en las escrituras públicas" (45).
En un trabajo posterior a la sanción del dec.-ley 9020/78 (ley orgánica del notariado de la Provincia de Buenos Aires) el mismo Viterbori entiende que "de la concordancia del art. 35, inc. 4, con el art. 136, ahora es necesario hacer la mención documental de tal juicio de valor" (46).
Trigo Represas no comparte la posición de Viterbori y expone que: "Igualmente se ha sostenido, en alguna oportunidad, que el escribano debe además emitir juicio sobre la capacidad de los otorgantes de una escritura pública, ya que la capacidad es un requisito para la validez del negocio instrumental y el juicio de capacidad integra entonces el contenido intelectual y hace a la autenticidad interna del instrumento, por ser presupuestos de su validez. Y al ser éste autorizado por el notario, ello hace presumir que el mismo evaluó los elementos constitutivos de la capacidad de los sujetos intervinientes y que su juicio fue favorable para el ingreso de ellos al documento (...) Creemos, no obstante, que ello no resulta del art. 1001 del Cód. Civil, que sólo exige que se exprese si las partes son mayores de edad, lo cual, a mayor abundamiento, por sí solo no implica tampoco necesariamente que aquéllas sean "capaces de hecho" (art. 54, inc. 3°, 140 y sigtes., Cód. Civil). Por todo ello, en principio y, salvo que fuese notoria o manifiesta a simple vista la incapacidad del compareciente, no participamos del criterio expuesto" (47).
Por su parte, Alberto J. Bueres, al hablar de la fe de conocimiento, dice: "Queda fuera del significado (de fe de conocimiento) lo atinente al estado de familia, capacidad, estado mental, etc. del individuo", y en nota agrega: "La CNCiv., sala B, 23/07/81, ED, 95-380, en un caso en que se declaró la nulidad de un testamento por alteración de las facultades mentales del causante —de resultas de lo cual formularon una pretensión los legatarios— decidió que no había responsabilidad civil del escribano, en vista de que la dación de fe no involucra el discernimiento o el estado mental del otorgante. Sin embargo, estimamos que si el notario autoriza el acto sabiendo que el otorgante es un incapaz de discernimiento, es evidente que procede con dolo (art. 1072). Y esa deficiencia pudo ser de su conocimiento —o de su previsión— actuará con culpa (arts. 512 y 1109). En tal caso, rigen los preceptos de la responsabilidad aquiliana respecto de terceros (legatarios y sucesores universales). Nos apresuramos en resaltar que no juegan las normas de los arts. 503 y 1195 ..." (48).
Nosotros adherimos a la opinión de Trigo Represas y creemos que la razón por la que el notario debe asegurarse del discernimiento de los otorgantes se vincula con su obligación ética en el ejercicio de la profesión y con su deber de asegurarse de "las ulterioridades legales previsibles" (49).
Quizás la explicación más clara que hemos encontrado de la obligación del notario, con fundamento legal y sin recurrir a expresiones apriorísticas, es en la sentencia a la que se refiere el doctor Bueres, en donde leemos en el voto del doctor Collazo: "Las disposiciones del Código Civil —arts. 997 y sigtes., 1001, 1004, 3627, 3654, 3657 y 3658— ponen de manifiesto que no es requisito esencial del instrumento público el juicio de capacidad del otorgante seguramente como consecuencia de la presunción contenida en el art. 140 del citado cuerpo legal (...) que no puede responsabilizarse al escribano por vicios del acto jurídico que no sean manifiestos (art. 1045), pero sí en la hipótesis de vicios que hacen al acto nulo y que el escribano pudo o debió conocer por su carácter manifiesto (arts. 1041 a 1044)." (50).
Esto es, la responsabilidad del notario sólo resultaría así de su obligación de no otorgar actos que pueda conocer (o haber conocido actuando con la debida prudencia) que resultaban inválidos o ineficaces. Pero, afirmamos que no resulta ni necesario ni conveniente que el escribano aclare que el otorgante es "capaz" o "hábil", toda vez que —de hacerlo— el escribano tendría que consignar, además y por ejemplo, que según aprecia (¿da fe?) el sujeto tiene intención, que actúa libremente, que no existe error, dolo, violencia, etc. ¡Y que no existe ventaja patrimonial desproporcionada! (art. 954, Cód. Civil).
Así, la obligación del notario de negarse a autorizar el acto ante una exteriorizada y aparente falta de discernimiento del otorgante no significa negarse ante la más mínima duda, sino sólo ante sospechas fundadas acerca de la salud mental del otorgante. Lo contrario importaría una discriminación inaceptable e injustificada en la evolución actual de nuestro derecho.
f) La protección de la persona en situación de riesgo en el derecho penal. (El delito de circunvención de incapaz).
Debemos advertir que lo dicho lo es sin perjuicio de que el art. 174, inc. 2°, del Cód. Penal Argentino se refiere al delito llamado de "circunvención de incapaz". La norma dispone así: "Sufrirá prisión de dos a seis años: (...) 2°) El que abusare de las necesidades, pasiones o inexperiencia de un menor o de un incapaz, declarado o no declarado tal, para hacerle firmar un documento que importe cualquier efecto jurídico, en daño de él o de otro, aunque el acto sea civilmente nulo." Cuestión no menor y sobre la cual el notario debe tener especial cuidado.
V. Consectarios
1. En el derecho argentino, para que una persona sea considerada demente en sentido jurídico y, por tanto, "incapaz" de otorgar por sí negocios jurídicos, deben coincidir tres elementos: a) La enfermedad mental; b) que esa enfermedad le impida administrar sus bienes y disponer de su persona; y c) sentencia judicial que así lo declare.
2. Por tanto, es impropio denominar "incapaz" a quien no ha sido declarado tal por sentencia judicial firme. Es imperioso que la ciencia jurídica acuñe un nuevo vocabulario para designar a quienes carecen, en forma transitoria o definitiva, en mayor o menor medida, de discernimiento.
3. Con relación a la "incapacidad" propiamente dicha:
a) Conforme con la legislación vigente en la República Argentina, especialmente la Convención Interamericana para la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra las Personas con Discapacidad suscripto en la República de Guatemala el 08/06/1999 (ley 25.280), no es correcto el dictado de una sentencia que incapacite a una persona para obrar en forma absoluta. Debe precisar para qué clase de actos lo dispone y en qué medida.
b) Por ello corresponde sustituir la expresión "incapaz" por "discapaz", en el sentido de (dus) imperfección, dificultad o anomalía en la capacidad.
c) Es imprescindible adecuar nuestra legislación a la actual evolución. De esa manera se lograría un verdadero sistema de protección y promoción para las personas en situación de riesgo. Ellas se transformarían así en verdaderos beneficiarios de esos regímenes para que éstos sean percibidos por el público como una solución y nunca como un problema más.
d) Conforme con las disposiciones de la Convención Internacional de los Derechos del Niño y con las de la ley 26.061, los menores de edad tienen derecho a expresar libremente su opinión en los asuntos que les conciernan y en aquellos que tengan interés. Por ello cabe considerar que tienen capacidad para otorgar cualquier clase de instrumento jurídico con ese fin, sin perjuicio de la verificación de que posean el discernimiento necesario.
e) De igual manera, por aplicación de la misma normativa, junto con el art. 475 del Cód. Civil, los dementes declarados tales en sentido jurídico, son capaces de otorgar cualquier clase de instrumento jurídico con el fin de expresar libremente su opinión en los asuntos que les conciernan y en aquellos que tengan interés, si poseen el discernimiento necesario para ello.
4. Con relación a la minusvalía psíquica no declarada:
a) Considerar que toda persona afectada por alguna característica psicofísica, genética (p. ej. Síndrome de Down), enfermedad o simple vejez, no tiene genéricamente el discernimiento necesario para otorgar actos jurídicos (en general) y escrituras públicas (en particular), es un acto discriminatorio e importa tanto como declarar su incapacidad sin los elementos que la ley exige para ello, en especial la sentencia judicial. (arts. 140/1, Cód. Civil).
b) El discernimiento de la persona física que otorga un negocio jurídico mediante instrumento público —más allá de su capacidad— se presume y debe ser valorado siempre por el funcionario que lo autoriza, en relación con el acto jurídico que el sujeto otorga. Todo ello, independientemente de su anulación judicial, en el supuesto de que el discernimiento no hubiese sido suficiente.
c) El funcionario sólo es responsable de las consecuencias del acto eventualmente anulado, si hubiese actuado de mala fe o sin los cuidados que el caso merecía.

Especial para La Ley. Derechos reservados (ley 11.723)

(*) Trabajo preparado a partir de la disertación del autor bajo el título "La capacidad de obrar desde la perspectiva legal" en el I° Congreso Iberoamericano sobre Síndrome de Down organizado por A.S.D.R.A. (Asociación Síndrome de Down de la República Argentina) en Buenos Aires en Mayo de 2007.

(1) Diario La Nación del 25 de enero de 2006, p. 17. El resaltado es nuestro.

(2) Según el Diccionario de la Lengua Española de la Real Academia Española (Madrid 1984) "Minusvalía (...) Detrimento o disminución del valor de alguna cosa". Según el mismo diccionario "Anomalía. (...) irregularidad, discrepancia de una regla". En su origen proviene del griego "auomos" que proviene de "an" (privativo) y de "omalos" (igual). Mantenemos "minusvalía" porque es imprescindible reconocer que si estudiamos estos temas es porque nos preocupa el "minus" que todos tenemos, de una manera u otra. Sin perjuicio de reconocer las enormes potencias que todos también tenemos, a pesar de esos "minus". De esa manera escapamos a la tentación de utilizar "anomalía".

(3) CALERO, Carlos Marín, "La Integración Jurídica y Patrimonial de las Personas con Discapacidad Psíquica o Intelectual", Ed. Universitaria Ramón Areces, p. 29.

(4) Ob. cit. p. 26.

(5) RABINOVICH BERKMAN, Ricardo D., "Derecho Civil, Parte. General", Astrea, Buenos Aires, 2000, 1ra. reimpresión, p. 409.

(6) MENDOZA, Elena, "La Convención sobre Derechos del Niño. Capacidad de hecho de niños, niñas y adolescentes", LA LEY, Suplemento Actualidad del 11/12/2003, p. 3.

(7) RABINOVICH BERKMAN, ob. cit. p. 411.

(8) Ob. cit. ps. 31/2.

(9) Recordemos las internaciones de los adversarios políticos en supuestos institutos de salud mental dispuesta por regímenes totalitarios en distintos momentos de la historia.

(10) Una excepción prevista en la ley es la posibilidad del otorgamiento de testamento en intervalo lúcido (arts. 3615 y 3616, Cód Civil). Otra consecuencia civil importante de la interdicción consiste en que los mandatos otorgados por el declarado incapaz caducan desde esa declaración (art. 1963, inc. 4, Cód. Civil). Adherimos a la postura de nuestro colega Norberto R. Benseñor, para quien "La incapacidad a la cual se refiere el inc. 4° del artículo en comentario, indudablemente es la declarada judicialmente" (por oposición a la mera falta de discernimiento en el otorgante o "incapacidad natural"). Ver: "Código Civil y leyes complementarias comentado, anotado y concordado" Director: Augusto C. Belluscio. Coordinador: Eduardo A. Zannoni, t. IX, Ed. Astrea, Buenos Aires, 2004, p. 352.

(11) "Proteger a través de la pérdida de la capacidad de actuar no es ciertamente una paradoja sino una técnica, que implica la existencia, en su origen, de un enfoque basado en la necesaria irrelevancia de la voluntad del sujeto". CALO, Emanuele, "Bioética. Nuevos derechos y autonomía de la voluntad", Ed. La Rocca, Buenos Aires, 2000, p. 73. Original en italiano: "Il Ritorno della Volontá. Bioetica, Nuovi Diritti e Autonomia Privata", Dott. A. Giuffrè Editore, Milano, 1999.

(12) RABINOVICH BERKMAN, ob. cit., p. 572.

(13) Especialmente, ver: TOBIAS, José W., "La inhabilitación en el derecho civil", Ed. Astrea, 2da. ed., Buenos Aires, 1992.

(14) Ver, por ejemplo, fallo de la SC Buenos Aires del 04/08/98, "M., J. O. c. B., H. A.", LLBA, 1998-1220.

(15) Sentencia del doctor Andrés Manuel Marfil en autos "S., J. A. s/inhabilitación". Juzgado en lo Civil y Comercial de la Ciudad de Federación (Entre Ríos) Expte. 6754.

(16) CARDENAS, Eduardo José - CIMADORO, Mirta - HERSCOVICI, Pedro – MONTES, Irene Beatriz en "La escucha del niño en el proceso judicial de familia", LA LEY del 26 de marzo de 2007, p. 1.

(17) Ver, entre otros: CIFUENTES, S. - RIVAS MOLINA, A. y TISCORNIA, B., "Juicio de Insania y otros procesos sobre la capacidad", Ed. Hammurabi, Buenos Aires, 1990, N° 69, p. 203; KEMELMAJER de CARLUCCI, Aída, "La demencia como base de las Nulidades del Código Civil", en "Revista de Derecho Privado y Comunitario", N° 8, Nulidades (1995); y luego KRAUT, Alfredo Jorge, "Salud Mental. Tutela Jurídica", Rubinzal - Culzoni Editores, Santa Fe, 2006, p. 155. RABINOVICH BERKMAN, ob. cit. p. 474. CORNELLI, Miguel A., "La declaración de incapacidad, ¿alcanza a los actos jurídicos familiares y personalísimos? Revista Notarial 953, p. 33.

(18) Conocido fallo del Dr. Cárdenas ratificado por la CNCiv., sala C, 12/8/85, autos: "Del V, J. L." en ED, 116-126, LA LEY, 1985-E, 47).

(19) Autos "H, R. A. s/declaración de insania", letra F, N° 29489 exp. 17035.

(20) Citada por CABRERA MERCADO, Rafael, p. 126 de "Discapacidad Intelectual y Derecho - IV Jornadas Fundación Aequitas" (2da. edición). Sin entrar en el análisis de la legislación extranjera destacamos la importantísima evolución en España, Italia, Austria, México, etc. y especialmente en Francia mediante las recientes leyes 2005-370 (Código de Salud) y 2007-308 que comenzará a regir en 2009, modificatoria del Código Civil.

(21) La enunciación precedente no agota los derechos conferidos. La norma habla del derecho a la salud (¿cómo funcionará aquí la necesidad del consentimiento informado?), derechos del consumidor, identidad, vida, a la documentación, etc.

(22) Conf: MENDOZA, Elena, ob. cit.; MIZRAHI, Mauricio Luis en "Los Derechos del Niño y la Ley 26.061" en LA LEY, 2006-A, 858.

(23) "(...) en todo proceso judicial en que el niño no haya intervenido, provocará la nilidad de dicho procedimiento". SOLARI, Néstor E., LA LEY. 2005-F, 1127. La cuestión, como notarios, nos llena de infinitos interrogantes: ¿Cuál es la incidencia de la nulidad en el otorgamiento de una autorización de venta a un incapaz, si no se tuvo en cuenta su opinión? ¿Afecta el título? ¿Cabe requerir al juez se expida sobre la procedencia o no de la consulta? ¿Tiene o no el "incapaz" en cuestión discernimiento para ello? ¿Cabe, por ejemplo, el comparendo de un menor de 17 años para que diga que, si bien él no fue consultado, está conforme? ¿A edad menor?

(24) Nos referimos a la capacidad de hecho, esto es, a la posibilidad de hacerlo por sí solos.

(25) ZANNONI, Eduardo A., "El patronato del Estado y la reciente ley 26.061", LA LEY, 2005-F, 923: " (...) el legislador parece haber olvidado que la mayoría de edad se adquiere, aún, a los 21 años. Pero más allá de este detalle pintoresco (...)".

(26) No en el sentido de su primera acepción ("Separar, distinguir, diferenciar una cosa de otra"), sino en el de la segunda: ("dar trato de inferioridad a una persona o colectividad por motivos raciales, religiosos, políticos, etc.") "Diccionario de la Lengua Española", vigésima edición, Madrid 1984.

(27) Ob. cit. p. 670.

(28) Conforme RIVERA, Julio César, "Instituciones de Derecho Civil - Pte. General", 1ª reimpresión, t. II, p. 983, N° 1558. Ed. Abeledo-Perrot, Buenos Aires, 1997. "En realidad no se refiere a supuestos de falta de capacidad, sino de discernimiento (art. 921)". Conf. también: TOBIAS, José W., "Capacidad jurídica y capacidad de obrar", LA LEY, del 19/04/2007.

(29) "De manera que hay capacidad natural y capacidad civil; la primera, como conjunto de condiciones reguladas por la naturaleza, para que el hombre pueda actuar, y la segunda como la serie de requisitos impuestos por la ley para que el individuo pueda ejercer distintos actos civiles." NERI, Argentino I., "Tratado Teórico y Práctico de Derecho Notarial", Volumen 3, p. 385, Desalma, Buenos Aires, 1970.

(30) "Se ha considerado que esa carencia en el sujeto es una "incapacidad natural" por oposición a la "incapacidad legal", cuando aquél, por insuficiente desarrollo, o por enfermedad mental o a causa de una perturbación psíquica, permanente o transitoria, se encuentra en efectiva condición de no poder entender y querer lo que hace, de manera que sus actos no son humanos, sino físicos. Es natural porque deriva de una situación de hecho, (...)". Ob. cit. parágrafo 20, p. 50.

(31) Voto del doctor Jorge Joaquín Llambías en autos "M. de H. de A., M. L. y otros c. R., A. y otros", CNCiv., sala A, septiembre 20-1960, LA LEY, 101-232.

(32) "El discernimiento apunta principalmente a la naturaleza concreta del sujeto; la capacidad, a una determinción legal abstracta y ordenadora. Se puede tener discernimiento sin capacidad, como el demente, declarado en intervalo lúcido y el sordomudo interdicto. La inversa es, asimismo, válida, como el sujeto capaz que sufre la pérdida accidental de la razón." CIFUENTES, ob. cit. p. 49.

(33) Sabemos que en los ámbitos psiquiátricos y psicológicos se niega desde hace ya muchos años la posibilidad del "intervalo lúcido". Las personas tienen enfermedades que los afectan o no, sin intervalos. Sin embargo, creemos que la categoría, en lo jurídico, debe ser mantenida para comprender que hay personas que se encuentran afectadas por trastornos que los mantienen en el límite y que, en determinados momentos, pueden tener discernimiento y en otros no.

(34) Conf. ZANNONI, Eduardo A., "Ineficacia y nulidad de los actos jurídicos", Ed. Astrea. Buenos Aires, 3ª reimpresión, 2004, p. 243. "He aquí la fuente inicial de equívocos. Cuando se alude al demente, no necesariamente se está aludiendo a quien, jurídicamente, se presume en estado de demencia; también puede referirse a quien de hecho sufre, en forma permanente o transitoria, de una alteración psíquica que le impide asumir un estado de idoneidad para entender y para querer".

(35) Arts. 897, 900, 921 del Cód. Civil.

(36) FREIRE AURICH, Juan Francisco en LLBA, 2001-20. "Demencia y protección de los incapaces. A propósito de una fallida aplicación del art. 473 del Código Civil": . "(...) Vale decir, el fundamento de la invalidez de los actos jurídicos realizados por insanos no interdictos no reside en su eventual incapacidad, sino en la ausencia de discernimiento del agente."

(37) Es interesante el análisis de los distintos significados de las voces "distinguir", "discernir", "discriminar", etc.

(38) Ob. cit. N° 165.

(39) El Diccionario de la Lengua Española incluye el vocablo "dis" en dos oportunidades. En su derivación del latín (dis), puede significar "negación o contrariedad: discordancia (...); separación ... o distinción: discernir, distinguir." En su derivación del griego (dus), significa "dificultad o anomalía: Dispepsia, disnea, dislexia".

(40) Cuando Dios le ofrece a Salomón lo que él quiera, éste le pide "un corazón que entienda para juzgar a tu pueblo, para discernir entre el bien y el mal" (I Reyes 3,9), a lo que Dios le responde: "Porque has pedido (...) discernimiento para poder juzgar, cumplo tu ruego y te doy un corazón sabio e inteligente como no lo hubo antes de ti ni lo habrá después" (I Reyes 3,11-12)

(41) Ob. cit. p. 49.

(42) Citado por MARIN CALERO, ob. cit. p. 1.

(43) Ver: Revista Notarial 936 fallos publicados en p. 634 y ss. junto con nota del autor. Nótese que en aquella oportunidad también erramos nosotros —como lo hace el codificador y como se hace tan habitualmente— al hablar de "capaz", pues no es a la capacidad a la que nos referíamos sino a la "capacidad natural", "competencia" o "discernimiento" del sujeto.

(44) Art. 35, del decreto-ley 9020 de la provincia de Buenos Aires: "Son deberes del notario: (...) 2. Asesorar en asuntos de naturaleza notarial a quienes requieran su ministerio. 3. Estudiar los asuntos para los que fuere requerido en relación a sus antecedentes, a su concreción en acto formal y a las ulterioridades legales previsibles. 4. Examinar, con relación al acto a instrumentarse, la capacidad de las personas individuales y colectivas, la legitimidad de su intervención y las representaciones y habilitaciones invocadas".

(45) VITERBORI, Juan Carlos, "El Juicio de Capacidad en las calificaciones del notario (Omisión y Responsabilidad") En Revista Notarial 813, p. 260. El autor se refiere tanto a la capacidad como a la "capacidad natural" o discernimiento.

(46) VITERBORI, Juan Carlos, "El documento notarial en la ley 9020". En Revista Notarial 837, p. 271.

(47) TRIGO REPRESAS, Félix A., "Responsabilidad Civil de los Escribanos de Registro" en Revista Notarial 845, ps. 1270/1. Se refiere también así el autor tanto a la capacidad como a la "capacidad natural" o discernimiento. Las citas demuestran lo confuso de la terminología, especialmente, cuando se habla de "incapacidad" para referirse a la falta total o parcial de discernimiento ("disdiscernimiento")

(48) BUERES, Alberto J., "Responsabilidad Civil del Escribano", Buenos Aires, Hammurabi, 1984, Cap. IX, p. 103.

(49) Art. 35, inc. 3, decreto-ley 9020/78 de la Provincia de Buenos Aires.



(50) "A.P., M. A. c. L. M.O.", CNCiv., sala B, julio 23-1981, LA LEY, 95-399.

© La Ley S.A. 2007


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