Aun no estaba confirmado, pero la voz ya corría. Había muerto



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HABIA MUERTO
Aun no estaba confirmado, pero la voz ya corría. Había muerto.

Todo empezó en la gasolinera de al lado del Hatillo. Un hombre había brincado de su camioneta verde y empezado a gritar “Ha muerto. Está muerto. Se murió”. La euforia era tal que no se preocupó por como su celular volaba por los aires y daba contra el asfalto sucio y tantas veces cepillado. Todos observaban como aquel hombre de bigotes y camisa de cuadritos azules se iba al piso de rodillas. Las manos, primero al pecho, se abrieron al cielo dando las gracias. Entre sollozos y risas se le podía entender como repetía “Murió. Murió. Murió”. El primero en digerir tal información fue el bombero (dígase el que trabaja en la estación de gasolina y no en la de bomberos) que, mientras contaba el cambio para un billete de diez mil, repetía sin querer: “Esta muerto. Se murió”, entonces los ojos le brillaron y dejó de contar el fajo de billetes. Primero no lo quería creer, pero al ver aquella escena del hombre arrodillado y envuelto en lagrimas la duda no existió más, los ojos se le aguaron y gritó junto al hombre de bigotes: “¡ESTA MUERTO!”.

La gente que los rodeaba, dígase el motorizado de la esquina, el del carrito Fíat Uno rojo, la señora de al lado de la ferretería y los demás bomberos, no entendieron al principio. No pasaron más de cinco segundos cuando cada uno tuvo un momento de incredulidad propia, un típico “No puede ser...” pero al final todos quedaron convencidos. El de la moto se le cayó el casco de bicicleta negro con rojo y no pudo encontrar su celular mientras contemplaba, aun boquiabierto, al hombre de bigotes. El joven del Fíat Uno simplemente sonrió, hoy era un día bueno, si no que lo negara su recién encontrada novia nueva. En cambio la señora de al lado de la ferretería apretó el puño donde llevaba la bolsa para su marido y miró nerviosa hacia todos lados. Los bomberos todos lloraron. Pero, una vez pasados estos cincos segundos y de sus respectivas actitudes, todos pensaron lo mismo “Está muerto”.

Frente a la bomba, en el mercado de la Muralla, una señora, de oído fino y atenta a todas las conversaciones ajenas, escuchó aquel primer grito. Se detuvo como dudosa, pero inmediatamente giró su cabeza sobre el hombro. Al fondo se veía, entre los carros que pasaban, aquella escena abstracta y confusa. Un hombre de rodillas llorando entre carcajadas y gritos, los bomberos abrazándose y felicitándose, como si se dieran el año nuevo, un motorizado que gritaba más que contento por su celular y aquella señora que se sostenía la frente limpiándose el sudor. El Fíat Uno no lo pudo ver pues ya había arrancado. Lentamente y sin apuro, pues era una señora muy recatada y de clase, se acerco a uno de los portones y, con toda la clase que le permitía la ocasión, gritó a pulmón pelado “Está muerto. Se murió.”. Después se montó en su carro y se fue. Dentro del mercado todos se frenaron, todos dudaron, todos se vieron, todos temieron, y, sobretodo, todos pensaron “Está muerto”. Igual que la vez anterior las reacciones fueron diversas, hubo quien lloró al instante, quien comenzó a reír, quien no dijo nada, quienes se abrazaron, quienes gritaron, quienes llamaron por celular, quienes robaron, quienes simplemente no lo creyeron, y solo uno se desmayó.

El grito era una noticia, era una verdad, era un milagro. Era lo que todos querían escuchar. Los celulares comenzaron a sonar por todos lados, de ida y de vuelta. Hubo quienes se lanzaron a la calle a parar los carros; y estos, al bajar la ventanilla y empezar a sacarle hasta la madre a quien los hacia detenerse, eran informados por gritos más fuertes que los insultos: “Está muerto.” Y los de los carros, igual que antes, reaccionaban a su manera. Algunos comenzaron a tocar corneta en caravana con los demás informados, otras pararon sus carros y se unieron a los que frenaban para dar la noticia. Pero igual lloraron, rieron, se abrazaron, se erizaron, pero, sobretodo, todos pensaron “Está muerto”.

No fueron necesarios más de quince minutos, ya todos sabían. Había quienes recibían llamadas de vuelta diciendo, en vez de hola, Está muerto. Y la respuesta siempre era “lo sé, lo sé”. Hubo quienes dijeron: pero si yo te llamé a ti para decirte y hubo quienes no dijeron nada. Hubo dicha. Hubo paz interna. Hubo lagrimas. Hubo solo un muerto. La reacción era unánime, era euforia y lagrimas, era alegría y llanto, era libertad y punto.

Todas las emisoras de radio lo decían, todas las bocas lo repetían. Los canales de televisión se amontonaron en diversos lugares. El primero en dar la información fue un noticiero donde la noticia no la dio el mismo locutor de siempre, ni el de repuesto, esos estaban tomando café. Fue el mismo camarógrafo que recibió la llamada y sin pensarlo dos veces prendió la cámara, se arrimó al escritorio y con los ojos llorosos dijo de manera calmada pero convincente “Está muerto”. Solamente el canal 8 y radio caracol seguían poniendo música y programas de cocina.

Desde cada esquina empezaron a verse banderas, a escucharse trompetas, cacerolas y pitos. La gente se lanzaba a la calle. Los Naranjos, La Lagunita, Petare, Chacao, Chacaito, La Urbina, La Trinidad, El Silencio, Dos Caminos, Prados del Este, Catia, Monte Verde, Los Chaguáramos, La Boyera, El Cigarral, Terrazas del Club Hípico... el locutor no dejaba de mencionar lugares, los mencionaba y los repetía, y no se olvidaba de ninguno. Las consignas eran tantas, eran miles, pero todas terminaban en el tan ansiado y más gritado está muerto. El tráfico prácticamente estaba bloqueado, pero la gente no se quejaba, estaban demasiado llenos de alegría para que eso los fastidiara. La mayoría simplemente bajó del carro y empezó a caminar con la masa que, sin duda, tenia el mismo objetivo y destino. Por horas la gente caminó con sus banderas en alto. El único momento que guardaban silencio era para pensar en lo mismo “Está muerto”. El único rojo que se vio en ese entonces fue el de la bandera que era acompañado del fiel azul y del amarillo y de sus siete estrellas céntricas y arqueadas. Para ojos extranjeros era todo un acontecimiento turístico. Desde el Hilton o desde el Gran Melia o desde cualquier lugar en realidad, solo se veía gente. Un río de gente. Un mar de gente. Un océano de gente. Un todo de gente. Un país de gente. Una Venezuela de gente, se le escuchó decir a algún poeta inspirado por la noticia.

Fue a alturas de la Avenida Bolívar cuando se incorporó un borrachito alegre y entusiasta. Brincaba con su botella envuelta en una bolsa de papel. Pero él no gritaba, solo brincaba como si todo fuese fiesta. Fue entonces cuando un momento de inspiración, producto del alcohol, le nubló la mente y le hizo preguntar mientras brincaba: “pero... ¿quién está muerto?”. El silencio abordó un segundo a quienes escucharon la pregunta, pero solo duro eso, un segundo. Luego no hubo duda. Igual no importaba. Para todos, ya estaba muerto.

Carlos Eduardo Carmona Prieto



5/05/03



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