Asignatura: Historia de América III



Descargar 168,81 Kb.
Página1/4
Fecha de conversión16.08.2017
Tamaño168,81 Kb.
  1   2   3   4
Universidad Nacional del Comahue

Facultad de Humanidades

Carrera de Historia – Sede CRUB

Asignatura: Historia de América III

Una revolución dentro de la revolución. O de cómo las mujeres indígenas zapatistas se enfrentan a algo más que los hombres.

Alumna: Ana María Quintanilla

ÍNDICE



Introducción 3

La primera revolución 4

Soy indígena y soy mujer, y eso es lo único que importa ahora 7

Repensando la tradición 9

Falta lo que falta 11

Las “güeritas” 13

Conclusiones 17

Bibliografía 19



Porque las instrucciones de ensamblaje dicen que la mujer debe ser sumisa y andar de rodillas.

Y, sin embargo, algunas mujeres hacen la travesura de caminar erguidas.

Hay mujeres que rompen las instrucciones de ensamblado y se ponen de pie.

Hay mujeres sin miedo.

Dicen que cuando una mujer avanza, no hay hombre que retroceda.
Subcomandante Insurgente Marcos.

México, Mayo del 2006.1

Introducción

Dar cuenta de la “cuestión de la mujer” en el marco del movimiento zapatista se presenta, en principio como una empresa casi inabarcable. Se han escrito, desde 1994, infinidad de artículos que intentan acercarse a esta problemática desde distintos abordajes, desde la antropología, las ciencias de la educación, la cuestión étnica, la perspectiva de género y aún desde el estudio de las nuevas tecnologías2. También son numerosos los documentos a los que ha dado lugar la situación de las mujeres zapatistas: declaraciones oficiales del movimiento, reportajes a las protagonistas, innumerables crónicas de intelectuales y miembros de instituciones oficiales y no gubernamentales que se muestran fascinados con esta novedosa rebelión, debates parlamentarios y columnas de opinión en los más diversos medios mexicanos y extranjeros. Es necesario, por tanto, concentrarse en algunos aspectos de una cuestión compleja y no exenta de contradicciones, tanto hacia el interior del movimiento como entre aquellos que pretenden teorizar sobre el tema.


Ante un primer intento de abordar los logros que el movimiento zapatista podría haber conseguido en torno a la situación de sus mujeres, comienzan a aparecer otras aristas interesantes que, aunque algo más abstractas en su planteo, permiten vislumbrar la riqueza de la cuestión y el desafío de comprender, desde una mirada cultural y geográficamente alejada, cuál es la medida del éxito o el fracaso de una empresa tan difícil como la emprendida por las mujeres indígenas de México.
No puede uno acercarse a este fenómeno sin sentirse interpelado por estas mujeres. Mujeres hasta hace poco invisibles para la mayoría de la sociedad civil mexicana y del mundo. Conminadas por el mandato ancestral a callar y a obedecer, relegadas por el sistema dominante a una situación de marginalidad y explotación. Pobres entre los pobres, las mujeres indígenas son sojuzgadas por la autoridad, por la comunidad y por sus propias congéneres. Cargan con las imposiciones propias de su etnia, de su género y de su clase. Triple explotación, doble desafío: el de rebelarse contra la autoridad en una demanda que comparten con todo el movimiento indígena y el de rebelarse, también, contra las propias tradiciones y costumbres de su comunidad que las obligan a ocupar una posición en la que ya no quieren estar.
La presente monografía intentará abordar las demandas de las zapatistas, representadas en parte por el discurso de la Comandante Esther ante el Congreso3, y analizarlas a la luz de los debates suscitados entre las feministas urbanas de México. Para ello, se tomarán en consideración los artículos elaborados por representantes de diferentes vertientes del feminismo que se posicionan frente al zapatismo y sus reivindicaciones, y se procurará mostrar las dificultades para abordar, desde una mirada occidental y no indígena, el complejo universo del denominado, por algunos, “feminismo indígena”. Un feminismo indígena que no siempre responde a las demandas clásicas del movimiento feminista, nacido en las ciudades y centrado en reivindicaciones vinculadas a logros individuales y a temas que atañen al ámbito privado de las mujeres.
Es interesante frente a un mundo globalizado e interdependiente y en el que está inserto un discurso feminista “homogeneizado”, preguntarse ¿cuáles son las principales diferencias entre el “feminismo zapatista” y el feminismo urbano hegemónico?, ¿cuáles son los aportes de las mujeres indígenas zapatistas a las luchas de otras mujeres?, ¿qué influencia tienen la cosmovisión maya y las tradiciones mesoamericanas en el particular planteo zapatista? Como con muchos aspectos de los propuestos por este movimiento, surge la pregunta de si es posible llevar a la práctica los postulados, casi ideales, de sus mujeres. Es innegable que su propuesta ha abierto nuevos espacios de debate y reflexión, basta saber si con ello será suficiente para cambiar una realidad apresada en la lógica de la sociedad capitalista y de una política internacional que no deja espacios para propuestas que no respondan a las redes globales del mercado y al pensamiento hegemónico occidental.

La primera revolución

Desde el inicio, el movimiento zapatista incorporó a las mujeres indígenas, tanto en su discurso como en sus movilizaciones y organización. Con la aparición del primer comunicado del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), ya aparece la Ley Revolucionaria de Mujeres. El Subcomandante Marcos declaró poco después, que esta Ley constituía el primer levantamiento zapatista4, y que lo habían concretado las mujeres. Fueron las zapatistas las que recorrieron las comunidades, consensuaron su contenido y lo impusieron a sus compañeros revolucionarios como demandas a presentar en el momento en que el movimiento saliera a la luz. Según Márgara Millán, las mujeres indígenas actuaron no como un sujeto pasivo, sino como “verdaderas actoras que re-interpretan y negocian en diferentes contextos su situación y sus representaciones culturales.”5 Tuvieron que vencer una fuerte resistencia, aún al interior del zapatismo. Los zapatistas no somos feministas, dijo Marcos, pero las mujeres están decididas.6 Agrega que la Ley fue impuesta por las mujeres zapatistas que son las que están construyendo el cambio a pesar de los periódicos, las iglesias, los códigos penales y la propia resistencia de los varones zapatistas que no desean “ser arrojados del cómodo espacio de dominación que nos heredaron”.7


Con la aparición del EZLN, surge un ejército conformado en un 30% por mujeres, muchas de ellas en puestos de mando. Las jóvenes encontraron una opción de vida, cuando la única oportunidad de salir de la selva era, hasta entonces, emplearse como domésticas en la ciudad. Las mujeres demostraron su capacidad de organización y lucha, ganando espacios de acción y discusión. Con el zapatismo se tejieron nuevas redes comunitarias y familiares, el movimiento pasó a “formar parte de la reciprocidad”.8 No solo participan las “insurgentas", las indígenas se organizan en proyectos comunitarios; como parte de las bases de apoyo, colaboran con los militantes y les sirven de red de contención, se transforman en “comandantas”, en miembros del Comité Clandestino Revolucionario Indígena, ocupando múltiples lugares y tareas, “componiendo un amplio repertorio de mujeres con autoridad moral, política, militar, donde unas figuras apoyan a otras y abren nuevos caminos para todas”.9 Mujeres de Maíz, libro que muestra a una constelación de mujeres en un registro novedoso que permite vislumbrar la complejidad de los procesos que se dan al interior del zapatismo10, nos acerca la idea de que las mujeres se constituyen no solo en protagonistas de la historia, sino también en un producto del mismo movimiento, inspirándose unas a otras y reaccionando frente al impacto de un proceso que se ha ido fortaleciendo y llenando de contradicciones al mismo tiempo.
Tras el levantamiento armado, conmocionada por la aparición de un ejército de novela que proclama que toma las armas para tomar la palabra y cuyos hombres y mujeres aparecen con los rostros tapados para hacerse visibles, la sociedad civil se deja envolver por el aura romántica de una gesta casi imposible y reclama al gobierno y a los insurgentes que se sienten a dialogar, que depongan las armas. Mientras las autoridades combinan el discurso del diálogo con la práctica represiva, los zapatistas, en lo que Giulio Girardi define como una concepción inédita de la clandestinidad11, inician una comunicación constante con la sociedad civil, nacional e internacional, para explicar el sentido de cada una de sus iniciativas y para provocar la movilización de la ciudadanía.
Se suceden, entonces, diversas instancias de debate: talleres, congresos, encuentros, que fueron abriendo nuevos espacios que sirvieron, a su vez, para discutir los derechos de las mujeres y para constituirlas en sujetos políticos, “cuestionando el estereotipo de la mujer indígena sumisa, victimizada, inactiva, pasiva.”12 Las mujeres valoran especialmente el intercambio de opiniones, la necesidad de organizarse para producir cambios, “para construir el futuro deseado.”13 Las zapatistas no tienen miedo de enfrentarse a ideas diferentes, porque con la diversidad de pensamiento “se hace una idea más buena y más grande”.14
Hay dos ocasiones en que el diálogo del zapatismo con la sociedad mexicana alcanza un carácter simbólico particular. La primera, en ocasión de la participación de los zapatistas en el Congreso Nacional Indígena realizado en octubre de 1996, y la segunda con el discurso ante el Congreso de la Unión en marzo de 2001. En ambas ocasiones, el zapatismo se expresa a través de sus mujeres: la Comandante Ramona, rompiendo el cerco que mantenía a los indígenas rebeldes en la selva, y la Comandante Esther, derribando prejuicios y asumiendo la responsabilidad de ser la voz de la dirección del movimiento rebelde. En 1996, la figura frágil de Ramona ratifica la voluntad de diálogo pacífico de los zapatistas, da una “lección de cómo hacer política” destinada no solo a mostrar la torpeza del gobierno en su estrategia de cerco y amenaza, sino a deslegitimar a cierta izquierda confiada en aprovechar el “liderazgo” de una figura carismática como la del Subcomandante Marcos.15 En el 2001, una pequeña mujer indígena se dirige al congreso de la nación en nombre de los comandantes del ejército zapatista, “los que mandamos en común, los que mandamos obedeciendo a nuestros pueblos”.16 Es en este discurso que interpela a la sociedad mexicana, a las autoridades, al gobierno y a las mujeres de todo el país y que vuelve a poner sobre el tapete la Ley Revolucionaria de Mujeres, en el que vamos a centrar el análisis para introducir luego las interpretaciones y los aportes desde el campo feminista.




Compartir con tus amigos:
  1   2   3   4


La base de datos está protegida por derechos de autor ©absta.info 2019
enviar mensaje

    Página principal